jueves, 2 de julio de 2026

2016 – TRAIN TO BUSAN - Yeon Sang-ho




El subgénero de películas de zombis se popularizó enormemente en la década de 2000 y 2010, tras éxitos mundiales como “Resident Evil” (2002), “28 Días Después” (2002), “El Amanecer de los Muertos” (2004) o “Zombis Party” (2004). Todas ellas se basaban en los elementos ya canónicos establecidos por George Romero en su trilogía zombi original entre 1968 y 1985. Como era de esperar, numerosos imitadores, generalmente manejando presupuestos muy magros, se subieron al carro del resurgimiento zombi antes de descubrir que se trataba de un campo con escasas posibilidades de cultivar argumentos originales. Por eso, la mayoría de las películas de zombis de la segunda mitad de la década de 2000 en adelante se convirtieron en gamberradas paródicas a cada cual más extravagante en las que se combinaban zombis con cualquier otro elemento lo más absurdos e improbable posible.

 

Así, aparecieron en el mercado “Zombie Strippers!” (2008), “Attack of the Vegan Zombies!” (2009), “Santa Claus versus the Zombies” (2010), “Bong of the Dead” (2011), “Cockneys vs Zombies” (2012), “Pro Wrestlers vs Zombies” (2014), “Castores Zombis” (2014), “MILFs vs Zombies” (2015), “Zombi Camp” (2015), “Attack of the Lederhosen Zombies” (2016), “Orgullo y Prejuicio Zombi” (2016) o “Fat Ass Zombies” (2020), entre muchas otras. Este enfoque desvergonzadamente juguetón se ha vuelto tan común que el cine serio de apocalipsis zombi se ha convertido, irónicamente, en una especie en extinción.

 

“Train to Busan” es una de las pocas propuestas zombis de los últimos años que se toma en serio a sí misma. Y, además, lo hizo tan bien que recibió buenas críticas en varios festivales de cine fantástico y fue aclamada de inmediato como una obra maestra del terror coreano.

 

Seok Woo (Yoo Gong), un gestor de fondos de inversión de Seúl, divorciado y adicto al trabajo, se da cuenta de que ha venido descuidando a su pequeña hija Soo-an (Soo-an Kim). Así que decide concederle su único deseo para su cumpleaños: visitar a su madre en Busan. Al día siguiente, ambos parten en tren a esa localidad. Sin embargo, una mujer enferma sube a bordo y ataca a una azafata. Rápidamente, estas dos mujeres y el resto de los pasajeros se convierten en zombis famélicos. Con todo el tren infectándose rápidamente, varios pasajeros logran cerrar las puertas de los compartimentos afectados. El maquinista intenta despejar el camino para que puedan llegar a salvo a Busan, pero la propagación de la infección y las acciones egoístas de algunos pasajeros les ponen a todos al borde de la muerte.

 

En honor a la verdad, hay que admitir que “Train to Busan” no aporta nada particularmente original al subgénero zombi. De hecho, se basa en los convencionalismos más extendidos, de tal manera que el espectador se pone inmediatamente en situación y el guionista puede permitirse no abordar más que muy tangencialmente las causas del apocalipsis. El único tópico que no se incorpora a esta ficción es la necesidad de disparar a los zombis en la cabeza para liquidarlos definitivamente, aunque, a cambio, se incorpora una nueva vulnerabilidad: su incapacidad de ver en la oscuridad, lo cual resulta de ayuda a los protagonistas al ser un trayecto el suyo con varios túneles de bastante longitud.

 

Lo que hace que una película de zombis sea realmente entretenida e intensa es la reducción de escala, algo que el guionista y director Yeon Sang-ho comprende bien, optando por alejarse de la epicidad de, por ejemplo, “Guerra Mundial Z” (2013), cuyo protagonista viajaba por diversos países buscando pistas para una vacuna. “Train to Busan” hace justo lo contrario: mantiene el mismo escenario durante la mayor parte de la película, centrando a sus personajes en sobrevivir en lugar de buscar una cura. Esto permite aumentar las dosis de acción y suspense en vez de bajar el ritmo con conversaciones triviales sobre cómo eliminar el virus. Además, se matan dos pájaros de un tiro. En primer lugar, contener el presupuesto; y, en segundo lugar y quizá lo más importante, facilitar la inmersión del espectador al mantenerlo confinado en un espacio reducido durante toda la historia.

 

Esa “reducción de escala” es, a la postre, la única variación llamativa que nos ofrece esta película, a saber, ambientar la acción en un tren. Básicamente, el guion toma la premisa básica de “Serpientes en el Avión” (2006) y coloca la amenaza a bordo de un tren en movimiento. Un cambio que, en realidad, no es tan revolucionario como pudiera parecer dado que existían precedentes como “Serpientes en el Tren” (2006), de The Asylum; “Pánico en el Transiberiano” (1972) y “Alien Express” (2005), con extraterrestres; “Howl” (2015), con un hombre lobo; o “Red Eye” (2004), un tren embrujado. Cabe mencionar también que ya habíamos visto zombis en un avión en “Plane Dead” (2007) y “Cuarentena Terminal” (2011).

 

No es hasta bien entrada la película que “Train to Busan” alcanza su punto álgido, cuando el tren se detiene en una estación, los pasajeros salen al edificio de la terminal para buscar ayuda y se ven obligados a retroceder al encontrarse con una horda de zombis, desatándose una carrera desesperada por regresar al expreso antes de que parta de nuevo. Más tarde, se desarrolla una secuencia igualmente intensa en la que los tres hombres deciden rescatar a un puñado de supervivientes atrapados en el baño. Para ello, deben atravesar tres vagones infestados de zombis y luchar contra ellos a puñetazo limpio en un espacio reducido. O, hacia el final, la dramática carrera por cruzar la estación de trenes de Busan, con varios de los personajes principales atrapados en un hueco formado por dos trenes que han colisionado, tratando de escapar mientras esquivan descargas eléctricas y ante la mirada enloquecida de los zombis que se agolpan contra las ventanas que amenazan con romperse; o el momento final, en el que locomotora escapa arrastrando una horda de zombis por la vía, una masa que crece a medida que más y más monstruos se lanzan sobre ella.

 

La acción de la película es brutal y angustiosa. Sin armas con las que acabar rápidamente y a distancia con los zombis ni lugar al que escapar, los protagonistas recurren a bates de béisbol y cinta adhesiva en los brazos, lo que resulta en abundante sangre, violencia explícita, pero, sobre todo, en enfrentamientos creíbles. Llama la atención que la coreografía no sea tan elaborada como en, por ejemplo, la saga de Jason Bourne, pero es que no debía ser de otra manera. Dado que todos los personajes son civiles, ninguno está adiestrado en combate cuerpo a cuerpo y mucho menos para combatir zombis, lo que les lleva a cargar contra ellos utilizando movimientos poco sofisticados pero realistas.

 

En todas estas escenas, el director demuestra tener muy buena mano para el suspense, lo cual es aún más meritorio si tenemos en cuenta que esta fue su primera película de acción real. Anteriormente y aparte de unos cortos y una serie de dibujos animados, había realizado dos películas también de animación pero sin elementos fantásticos: “El Rey de los Cerdos” (2011) y “El Impostor” (2013). El suspense de “Train to Busan” es constante y agotador, con un par de de sobresaltos impredecibles. Aunque no es una película de “sustos”, la ansiedad que genera en el espectador supera a muchas películas de terror más comerciales y publicitadas.

 

Y como en toda película de terror, hay que dejar pasar algunos detalles poco verosímiles pero necesarios para crear tensión dramática. Por ejemplo, resulta particularmente difícil de creer que las puertas corredizas de cristal que separan los vagones resistan tan sólidamente a las hordas de zombis que se agolpan contra ellas. Según aclara una frase, sólo hay un pestillo que las mantiene cerradas y los zombis carecen de la inteligencia suficiente como para descubrir cómo abrirlo, pero su mero número y la presión de sus cuerpos probablemente bastaría para romper el cristal o deformar el mecanismo de cierre.

 

También hay muchos personajes que toman decisiones estúpidas, como el típico: "Separémonos". Sin embargo, podemos salvar este cliché pensando que los personajes se encuentran sometidos a una inmensa presión. En retrospectiva, “Train to Busan” no es sólo una película de zombis sino también un estudio de cómo reaccionan los humanos bajo tensión. Y, en este sentido, aunque involuntariamente, la película captó a la perfección algo con lo que cuatro años después se familiarizaría, a su pesar, todo el planeta: la forma en que las pandemias se propagan psicológicamente, desde su primera escena –en la que un granjero desestima una advertencia sobre un derrame químico con la misma arrogancia con la que muchos restaron importancia a la inminente amenaza de la COVID-19- al proceso social y psicológico que siguen los supervivientes del tren: primero, apatía; luego, pánico y confusión; después, histeria y, finalmente, aceptación.

 

Así que, más allá de ser una notable película de terror, “Train to Busan” es también un retrato sorprendentemente preciso de cómo se fractura la sociedad durante una crisis sanitaria global y una reflexión sobre la ética –o la falta de ella- a que da lugar. La situación pone a prueba el carácter de los protagonistas, revelando quiénes son realmente más allá de la fachada con que afrontan su segura vida cotidiana. ¿Llevan dentro a un héroe o se rinden ante las dificultades? ¿Cómo afrontan las consecuencias de sus actos? En un entorno caótico, ¿hay espacio para el amor, el sacrificio e incluso el altruismo? Algunos de los personajes demuestran una crueldad egoísta mientras que otros hacen gala de una entrega y capacidad de sacrificio heroicos. Los ricos se colocan en primera fila para protegerse. Los padres dan la vida por sus hijos. Los no infectados temen el contagio con una intensidad casi rabiosa…. Es cierto, no obstante, que el guion quizá enfatiza más de lo necesario el tema de la necesidad de cooperación grupal por encima de la supervivencia individual. En este sentido, el arco de Seok Woo, que abarca de principio a fin de la película es el más completo aunque también el más predecible.

 

Casi al mismo tiempo que esta película, Yeon Sang-ho también estrenó otra de animación, “Seoul Station” (2016), que sirve de precuela. Posteriormente, en 2020, realizó una secuela de acción real titulada “Península”.

 

En resumen, “Train to Busan” es una recomendable película del subgénero zombi. A pesar de que algunas escenas pueden estar más estiradas de la cuenta, la mayor parte del film mantiene un ritmo sostenido desarrollando una trama sencilla en la que se integran con habilidad los tópicos habituales: zombis asquerosos, personajes entrañables y otros detestables, un “body count” hasta cierto punto predecible….  Todo ello mejorado, además, por unos muy logrados efectos visuales y unas interpretaciones perfectamente ajustadas. Una propuesta tan íntima como aterradora que, además, incorpora una enérgica denuncia del egoísmo. Es la empatía y no el individualismo, lo que separa a la humanidad de una horda de zombis voraces.

 

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