miércoles, 20 de julio de 2016

1962- LA NARANJA MECÁNICA - Anthony Burgess



 

Crítico, compositor y sobre todo prolífico escritor, más asociado a la literatura generalista que a la ciencia ficción, la obra del británico Anthony Burgess fue mayormente ignorada en su país natal por razones de esnobismo cultural y religioso (sus orígenes sociales eran de clase media-baja y católicos). Es por ello que resulta paradójico que la única novela por la que es hoy verdaderamente recordado, “La Naranja Mecánica”, sea precisamente aquella que más amargura le provocó en las décadas que siguieron a su publicación.



La acción transcurre sobre el fondo de una Inglaterra futurista de tipo orwelliano y muy influenciada por la Unión Soviética. El nadsat (adolescente) Alex es un sujeto vicioso, egocéntrico y sociópata que por las noches lidera a su banda de drugos (amigos) en orgías de pillaje, depravación y ultraviolencia tras beber unas cuantas copas de moloco (leche drogada). Cuando finalmente los militsos (policías) lo capturan y lo meten en la staja (cárcel) acusado de asesinato, Alex acepta servir de conejillo de indias para la nueva Técnica Ludovico, un método aprobado por el Estado mediante el cual se somete a los criminales a condicionamiento mental con el fin de eliminar sus impulsos violentos y poderlos reintegrar en la sociedad.

Sin embargo, el procedimiento, que provoca incontrolables sentimientos de asco y enfermedad ante cualquier imagen mental de carácter violento, no sólo deja a Alex en un estado pasivo que le incapacita para defenderse en una sociedad tan agresiva como en la que vive, sino que su mente queda en tan mal estado que poco a poco se desliza hacia la locura. Entretanto, un grupo contrario al gobierno lo elige como símbolo de la naturaleza opresora del Estado. Un importante ideólogo de ese movimiento resulta ser el marido de una mujer que Alex violó en su etapa de delincuente juvenil…

Anthony Burgess sirvió en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial y ejerció de profesor de literatura inglesa antes de unirse al Servicio Colonial como docente. Fue primero destinado a Malasia en 1954, donde empezó a escribir como hobby, publicando sus primeras novelas. Pero a finales de esa década, mientras trabajaba como profesor en Brunei, se le diagnosticó un tumor cerebral inoperable que le mataría antes de un año. Dado que llevó una vida muy productiva hasta su muerte ¡en 1993!, hoy hay quien cree que su enfermedad no fue más que una excusa que sirvió al Servicio Colonial para librarse de él. Bebía demasiado y se alimentaba deficientemente, sufría de constipados crónicos, aguantaba mal el opresivo clima tropical y estaba harto de malgastar su tiempo en intentar enseñar a los vástagos de unos sultanes más interesados en gastar a manos llenas su fortuna que en adquirir una formación intelectual.

El caso es que, apoyado financieramente por una herencia recibida por su mujer y los ahorros
acumulados tras años de vivir en el lejano pero barato Oriente, Burgess decidió dedicarse por completo a la escritura. Planeó escribir diez novelas en doce meses con el fin de dejar a su esposa bien situada cuando llegara el momento de su fallecimiento gracias a los derechos sobre las mismas. Aunque no consiguió su meta (“sólo” escribió siete libros –dos de ellos con seudónimo-, incluido el borrador de “La Naranja Mecánica”), tampoco murió, por lo que, una vez pasado el susto y confirmado que el diagnóstico inicial era erróneo, pudo dedicarse con más calma a revisar el manuscrito de la obra que nos ocupa y que apareció finalmente publicada en 1962.

“La Naranja Mecánica” destaca de entre muchas otras distopias por la valentía de su autor a la hora de utilizar el lenguaje, puesto que se trata de un libro sobre un futuro cercano narrado en un lenguaje futurista. De hecho, una de las razones por las que se retrasó tanto su publicación fue por la meticulosidad con la que Burgess trabajó en su lenguaje, un aspecto por el que siempre había demostrado un gran interés (él mismo había aprendido a hablar y escribir malayo durante su estancia en el servicio colonial): argots, neologismos, dialectos, jergas de las subculturas (o, como las denominamos hoy, “tribus urbanas”)…

Cuando regresó a Inglaterra tras pasar cinco años en Oriente, Burgess experimentó un considerable shock ante algunos de los fenómenos sociales que estaban surgiendo en Inglaterra: la música pop, la moda, las cafeterías…y las bandas callejeras. Le impresionó especialmente la salvaje rivalidad que enfrentaba a los Mods y a los Rockers, dos tribus urbanas de origen proletario que hacían gala de una vestimenta y unos gustos musicales muy diferentes pero cuya angustia y decepción por la sociedad en la que vivían eran similares. Su actitud y su jerga inspiraron a Burgess, que empezó a escribir “La Naranja Mecánica” utilizándolos como modelo. Sin embargo, pensó que sus respectivos y rápidamente cambiantes argots podrían quedar desfasados para cuando se publicara la novela. Tenía que encontrar una solución.

Ésta llegó en 1961, a raíz de una estancia de varios días en Leningrado con su esposa. En primer lugar, tomó conciencia de que el régimen totalitario de la Unión Soviética también empezaba a tener problemas con sus propias bandas de adolescentes (en absoluto relacionadas con los disidentes políticos con los que la dictadura estaba acostumbrada a lidiar); esa nueva situación inspiró a Burgess a la hora de diseñar su distopia futurista. Pero sobre todo, la visita le animó a estudiar ruso otra vez (lo había
aprendido en su juventud) y fue en ese momento cuando decidió que su nueva jerga del futuro podría construirse a partir del ruso y el inglés popular. Había nacido el nadsat, la jerga en la que se expresa Alex y que permea toda la novela.

Este recurso puede inicialmente sorprender al lector e incluso provocar su rechazo: solamente en el primer párrafo del libro ya encontramos nada menos que catorce palabras desconocidas. El siguiente extracto, en el que Alex describe una de sus correrías, incluyendo una violación, es un ejemplo no sólo de la violencia del libro sino del uso del lenguaje que hacía Burgess:

“Lerdo se acercó a la débochca, que seguía haciendo crich crich crich, y le sujetó las rucas a la espalda, mientras yo le desgarraba esto y aquello, y los otros largaban los ja ja ja, y vimos que tenía unos buenos grodos joroschós, que exhibían unos glasos sonrosados, oh hermanos míos, entre tanto yo me sacaba los pantalones y me preparaba para la zambullida. Mientras me zambullía pude slusar los gritos de sufrimiento, y al veco escritor lleno de sangre que Georgie y Pete sostenían y que casi se soltaba, aulIando como besuño las palabras más sucias que yo conocía y algunas que él estaba inventando. Después de mí era justo que le tocase el turno al viejo Lerdo, y lo hizo resoplando y jadeando como una bestia, sin que se le moviera un centímetro la máscara de Pebe Shelley, mientras yo sujetaba a la filosa. Después hicimos cambio de parejas, el Lerdo y yo aferramos al baboseante veco escritor, que ya no luchaba casi, y apenas musitaba algún slovo aquí y allá, como si estuviese muy lejos, en el bar donde sirven la leche-plus, y Pete y Georgie tuvieron lo suyo. Luego, todo se serenó, y nosotros estábamos llenos de algo parecido al
odio, de modo que cracamos lo que todavía quedaba sano —la máquina de escribir, la lámpara, las sillas— y el Lerdo, como era ya típico en él, apagó el fuego orinando y se disponía a cagar sobre la alfombra, pues por allí abundaba el papel, pero yo dije no. — Fuera fuera fuera —aullé. El veco escritor y su china no estaban realmente en sus cabales, lastimados, ensangrentados, y haciendo ruidos. Pero vivirían.”

Probablemente fue a la vista de pasajes como éste por lo que el editor americano de “La Naranja Mecánica” exigió la inclusión de un glosario de términos al final del volumen que facilitara las cosas al lector, aunque el propio Burgess era reacio a ello. Quería que el libro supusiera un desafío, que obligara a pensar y relacionar términos. Y lo cierto es que llega un punto de la lectura en el que su experimento florece: ya no es necesario recurrir continuamente al glosario, el lector se ve capaz de asignar inconscientemente a cada palabra su significado en función de la gramática y el contexto.

La utilización del nadsat, además de su valor experimental, tiene otra virtud: ayuda a dotar de
verosimilitud a ese futuro imaginario, utilizando coherentemente el vocabulario y las expresiones para lanzar ideas que permitan hacerse una composición de lugar acerca de cómo funciona esa enfermiza realidad del mañana sin recurrir a los tradicionales pasajes descriptivos. Aporta, además, el elemento ajeno que nos separa de un mundo que no es el nuestro pero que, al mismo tiempo, reconocemos. Y es que, a pesar de haberse escrito hace más de medio siglo, lo que nos cuenta “La Naranja Mecánica” sigue estando tanto o más de actualidad que cuando apareció por primera vez.

“La Naranja Mecánica” es una novela que refleja la brecha generacional abierta en los años sesenta entre la antigua guardia, representada por Burgess, y los jóvenes cuyas costumbres, gustos e inquietudes sus padres eran incapaces de comprender. Pero el principal tema del libro es otro muy diferente.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la esposa embarazada de Burgess fue asaltada y violada por un grupo de soldados norteamericanos estacionados en Inglaterra. Ese incidente se halla muy presente en la novela, donde trata de reflexionar acerca de quién eran aquellos atacantes, qué les
impulsó a un acto tan violento y si existe alguna forma de redimirlos. Así, Alex, el protagonista, es un joven que dedica todas sus energías a destruir y causar dolor. Cuando se le “reacondiciona” en la cárcel, desde luego se le hace incapaz de volver a sucumbir a sus impulsos violentos; pero, ¿está realmente curado? ¿Puede alguien como Alex encontrar la salvación o está destinado a seguir siendo un psicópata toda su vida?

El principal discurso de la novela gira alrededor del libre albedrío y Burgess lo centra en el tema de la rehabilitación de delincuentes. Así, el nudo de la historia se asienta sobre un dilema moral: supongamos una sociedad arrasada por el crimen y la delincuencia en la que las autoridades, por mucho control que pretendan ejercer, se ven impotentes para defender a los ciudadanos. ¿Hasta dónde sería lícito llegar para salvaguardar la seguridad pública? ¿Podría considerarse como medida aceptable el lavado de cerebro de los infractores?

Cuando Alex habla con el capellán de la cárcel antes de someterse al procedimiento Ludovico,
éste, atrapado entre su función como empleado público y los dictados de su religión, confiesa sus dudas: “Algunas veces no es grato ser bueno (…) Ser bueno puede llegar a ser algo horrible. Y te lo digo sabiendo que quizá te parezca una afirmación muy contradictoria. Sé que esto me costará muchas noches de insomnio. ¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien. Son problemas profundos y difíciles”.

Como el buen católico que es, Burgess defiende la postura de que provocar a la fuerza una aversión hacia el mal no es lo mismo que implantar un sentido de la moral o someterse voluntariamente a un proceso de rehabilitación. Para él, el bien y el mal son entidades separadas, opciones igualmente válidas. Si no existe la alternativa de ser malo, la elección de ser bueno no es más que un gesto vacío, carente de valor y significado. Los crímenes de Alex son horrendos, pero su condicionamiento psíquico, su lavado de cerebro, es aún peor. Ése es el significado del extraño título del libro: según Burgess, usaba el término “Naranja
Mecánica” para referirse a “la aplicación de una moralidad mecánica a un organismo vivo que rebosa de jugo y dulzura”. Convertir a Alex en un autómata equivale a afirmar que la naturaleza humana es algo prescindible.

El problema resulta aún más grave si tenemos en cuenta que Alex tiene tan sólo quince años, lo que convierte sus crímenes en actos todavía más horribles, pero también el castigo que se le inflige resulta asimismo más escalofriante, no sólo por las consecuencias físicas y psíquicas del mismo, sino porque aplicar un lavado de cerebro a alguien tan joven equivale a una rendición, a admitir el fracaso en encontrar cualquier otra solución de regeneración individual y colectiva.

Como representante del Estado, aparece el personaje del Ministro del Interior, símbolo de la cambiante postura del gobierno hacia sus ciudadanos. Su prioridad absoluta es la estabilidad de la sociedad y para conseguirla, el dirigente implementa dos políticas relacionadas con el comportamiento criminal: para aquellos delincuentes ya encarcelados, da el visto bueno al programa de rehabilitación experimental que destruye sus tendencias violentas. De esta forma, puede liberar espacio en las cárceles para los disidentes políticos, que son los que
verdaderamente le preocupan. Y en cuanto a los que todavía andan libres, les da un uniforme y una placa y los convierte en policías, guardianes autoritarios del orden, perros de presa contra sus antiguos camaradas.

El personaje del Ministro sirve como sátira de la inclinación de los gobiernos totalitarios a ignorar las necesidades y derechos de los individuos que resultan incómodos para el modelo de orden social oficialmente sancionado. Las libertades individuales y los principios éticos no significan nada para el político, ni tampoco tiene interés alguno en descubrir el origen de la violencia generalizada. La suya es una actitud totalmente pragmática enfocada a conseguir los fines del Estado en materia de seguridad y orden. Éste pasa por suprimir lo individual en beneficio de lo colectivo haciendo uso de los avances tecnológicos, los medios de comunicación de masas y la amenaza de la violencia entre otras estrategias. Cuanto más predecible sea un individuo, menos peligroso será.

Como he dicho al principio, el éxito de la obra fue fruto de no poca amargura para Burgess desde que se estrenó la película basada en ella en 1971. Él mismo describió “La Naranja Mecánica” como “una novela que estoy preparado para repudiar”. Como muchos autores cuyas reputaciones quedaron totalmente ligadas a una sola obra, Burgess estaba frustrado porque sólo se le conociera por un libro que, según decía, había escrito en tres semanas.

Pero también y quizá más importante, su malestar provenía de la polémica adaptación
cinematográfica que realizó Stanley Kubrick. Burgess escribió en la introducción a la novela para su edición de mediados de los ochenta, que estaba harto de que todo el mundo recordara, mencionara y comentara el mensaje de la película, sin saber que ésta se basaba en la versión americana de la novela…a la que faltaba el capítulo final, que sí apareció en Inglaterra (el editor americano lo eliminó pensando que el público de ese país no aceptaría el giro que éste contiene). Y es precisamente ese último capítulo lo que transforma completamente el mensaje de la historia: mientras que la película parece resaltar el nihilismo y la tendencia destructora del hombre, el libro prefería terminar con una nota de esperanza en su potencial de cambio y redención mediante la actividad creador una vez llegada la madurez. Ese “malentendido” alentado por una película que parecía “glorificar el sexo y la violencia” le “perseguiría hasta la muerte”, según afirmó.

Salta a la vista que el auténtico –el único, en realidad- interés de Burgess radica en los aspectos psicológicos y sociológicos del relato: las motivaciones de Alex, su proceso de transformación, sus orígenes sociales, los efectos del control estatal, los monstruos que se crean cuando se intenta manipular la mente y el alma… es, por tanto, una novela adscrita a la rama “soft” de la ciencia ficción. No hay aquí ánimo predictivo ni descripción de nuevas tecnologías o imaginativos artefactos; lo que le importa no es la Ciencia, sino la Humanidad.

En este sentido y por nombrar un ejemplo, uno de los detalles de la novela que más chocan hoy en día y que más la envejecen es la tozuda negativa de Burgess a admitir que la música pop-rock pudiera ser algo más que una tontería pasajera. Alex, tan creíble como resulta en su faceta de matón, cultiva un inverosímil amor por Beethoven, cuyas sinfonías lo sumen en un estado de trance violento. Ciertamente, el trashmetal aún no existía en 1962 y la nueva música pop era considerada por muchos (probablemente también por Burgess) como poco más que una
extravagante y efímera moda; al fin y al cabo, ni siquiera los Beatles habían todavía saltado a la fama. Pero sí existían intérpretes y estilos que a muchos conservadores les producían tanto rechazo como hoy puede causar el hip-hop entre los más conservadores, y que por su carácter agresivo y contracultural hubieran resultado más adecuados como estimulante sonoro para Alex.

Dejando esa discordancia al margen, el gusto de Alex por Beethoven, símbolo de la cultura clásica, es la forma que Burgess tiene de decirnos que el joven alberga, efectivamente, inclinaciones artísticas, sensibilidad y potencial creador, pero que todo ello se canaliza hacia la violencia. De hecho, Alex ve la ejecución de sus propios crímenes y tropelías con cierto ánimo estético. El placer que siente al escuchar música clásica está relacionado con el éxtasis que experimenta durante sus actos de violencia. Al escuchar un disco, por ejemplo, Alex describe: “Los trombones crujían como láminas de oro bajo mi cama, y detrás de mi golová (cabeza) las trompetas lanzaban lenguas de plata, y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. ¡Oh, era una maravilla de maravillas!". Y, a continuación,
se le aparece otra imagen: "Eran vecos (tios)y ptitsas (tias), unos jóvenes y otros starrios (viejos), tirados en el suelo y pidiendo a gritos piedad, y yo smecaba (reía) con toda la rota (cara) y descargaba la bota sobre los litsos (rostros). Y había débochcas (muchachas) desgarradas y crichando (gritando) contra las paredes, y yo me hundía en ellas como un schlaga (garrote).”

Por cierto, que la música clásica está relacionada también con la propia estructura de la novela: ésta se divide en tres partes de siete capítulos cada una, en la que la primera parte es un espejo de la última, similar estructura a la de un aria operística (los veintiún capítulos también hacen referencia a la mayoría de edad). Asimismo, Burgess salpica la narración con frases repetitivas, un recurso habitual en las composiciones clásicas.

La novela contiene otros temas, como la necesidad de un objetivo vital. Burgess pensaba que la apatía y la neutralidad eran los grandes pecados de la sociedad inglesa de posguerra. “La Naranja Mecánica” ataca ese tipo de actitud en la figura de los padres de Alex: temerosos de salir al exterior y satisfechos de quedarse en casa dormitando frente a la televisión, ejemplifican lo que Burgess interpretaba como la naturaleza esencial de la clase media. Por contraste, hace que el “héroe” de la novela sea Alex, un individuo que busca activamente su satisfacción personal, aunque ello conlleve un tremendo sufrimiento para el prójimo.

Podría hablar también del juego de dualidades alrededor de las cuales se estructura la novela, o
las similitudes de Alex con la figura de Cristo (mártir de una causa que sacrifica su individualidad por la salvación de un colectivo, muerte y resurrección, referencias a los Evangelios…), los símbolos que se utilizan (la leche para representar la uniformización social e infantilización del individuo…) pero ello significaría alargar todavía más el artículo y convertirlo en un soporífero análisis filosófico-literario .

La originalidad e influencia de la novela (en autores como Martin Amis o J.G.Ballard) no sólo está relacionada con su sobresaliente uso del lenguaje, sino por la honestidad con la que expone su tesis, a saber: que es mucho mejor para la Humanidad poseer libre albedrío, incluso aunque haya quienes lo utilicen para el mal, que verse privada de ello a favor de un condicionamiento externo, aun éste conlleve mayor grado de paz social. Es gracias a este trasfondo claramente católico y no a pesar de él, que “La Naranja Mecánica” ha pasado a ser un clásico no sólo del género, sino de la literatura del siglo XX.


2 comentarios:

  1. Increíble, sin duda una novela que la envuelve su propia historia. Genial reseña.

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  2. Increíble la cantidad de matices que aporta la reseña.

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