martes, 23 de junio de 2026

1991- LA PATRULLA DEL TIEMPO - Poul Anderson (1)





Poul Anderson fue uno de los autores más destacados y prolíficos de su generación, que supo mantener siempre un nivel de calidad que, como mínimo, era competente y, en ocasiones, sobresaliente. Su carrera se extendió durante más de sesenta años, desde la década de 1940 hasta principios de la de 2000, periodo en el que escribió tanto ficción como no ficción. Publicó en una gran variedad de géneros, incluyendo fantasía, ciencia ficción, novelas históricas y misterio. A lo largo de este tiempo, escribió docenas de novelas y cientos de relatos cortos.

 

Para cuando falleció en 2001, contaba con más de 70 novelas y numerosos relatos cortos en su haber. La “Encyclopedia of Science Fiction”, en su tono a menudo áspero y riguroso, lo califica como "el escritor de ciencia ficción más prolífico de su generación con una calidad consistente". Además, fue reconocido con prácticamente todos los galardones del género, habiendo ganado siete premios Hugo y tres Nébula.

 

A pesar de estos logros, en los 25 años transcurridos desde su fallecimiento, casi toda su obra ha dejado de publicarse. Como ocurre con muchos de los grandes autores de ciencia ficción del siglo XX, Anderson corre ahora el grave peligro de caer en el olvido. Y es una auténtica lástima por no hablar de una injusticia, porque en su bibliografía podemos encontrar joyas en prácticamente todos los subgéneros, desde la ópera espacial a los escenarios postapocalípticos, de la CF dura a los viajes en el tiempo. Y de estos últimos es de lo que vamos a hablar a continuación.

 

Poul Anderson tuvo dos grandes pasiones, ambas nacidas tanto de una necesidad técnica de coherencia como de un profundo respeto por la realidad: la Ciencia y la Historia.

 

Anderson se graduó en Física y esta base de conocimientos influyó muchísimo en su literatura. Para él, la ciencia ficción no era “solo” aventura, sino un ejercicio de especulación intelectual en el que debían respetarse las leyes físicas y biológicas. Este enfoque le permitió escribir tanto ficción como no ficción, abordando géneros que exigían un alto nivel de competencia técnica, como la ciencia ficción "dura" y la fantasía construida sobre bases lógicas.

 

Si la ciencia le proporcionaba la estructura, la Historia le ofrecía un laboratorio en el que estudiar la psicología y sociología humanas. Su predilección era claramente por la Edad Media y las sagas nórdicas, pero supo dar vida también a otros periodos históricos con una autenticidad poco habitual en la CF, porque lo que perseguía no era la nostalgia, sino el entendimiento. Quería comprender las fuerzas que moldean el cambio social y cómo los individuos responden a las crisis de su época. En fin, que, para él, la Ciencia y la Historia eran los dos motores de la civilización: la primera nos explica cómo funciona el mundo y la segunda qué hemos hecho con él.

 

De la combinación de ambos intereses nacieron una serie de cuatro cuentos con un protagonista común, Manse Everard, y que se publicaron, entre 1955 y 1960, en la prestigiosa revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, uno de los pilares de la llamada "Edad de Oro" y la posterior "Edad de Plata" del género. Posteriormente, fueron recopilados en un volumen titulado “Guardianes del Tiempo” (1960), que, lejos de quedarse en obra autoconclusiva, pasó a ser el arranque de una de las sagas más influyentes del subgénero de viajes en el tiempo.

 

El cuento inaugural, “Patrulla del Tiempo” (1955), nos narra el reclutamiento y adiestramiento para la organización del título, de Manse Everard, un ingeniero militar de treinta años que, en 1954, responde a un anuncio publicado en la prensa. Intrigado por el secretismo, se somete a una exhaustiva batería de pruebas antes de que los convocantes le revelen el verdadero propósito de esa organización: vigilar la estabilidad de la corriente temporal.

 

La Patrulla del Tiempo no se organiza como un ejército tradicional o un cuerpo de policía burocrático similar a los de nuestra propia época. Al abarcar todas las épocas de la Tierra, su estructura es sutil, descentralizada y opera bajo un absoluto secretismo. En lo más alto de la jerarquía y a millones de años en el futuro, se encuentran los fundadores y beneficiarios últimos de la Patrulla: los Danelianos, una raza post-humana que representa la cúspide evolutiva de nuestra especie. Irónicamente, su único propósito al crear la organización no fue (es o será) el altruismo, sino la pura supervivencia: como el viaje en el tiempo fue inventado en el año 19.352 d.C., el pasado se volvió maleable. Si algún viajero incauto o terrorista alterara un evento histórico crucial, la línea temporal cambiaría y los Danelianos podrían dejar de existir. Para evitarlo, utilizan la Patrulla, aunque apenas tienen contacto directo con los agentes humanos de los que se sirven.

 

Dado que los Danelianos operan en una esfera incomprensible, la gestión diaria de la organización recae en el Mando Medio, compuesto por humanos avanzados de un futuro más cercano. Ellos coordinan las oficinas principales, analizan las fluctuaciones temporales y emiten las misiones. A los agentes de la Patrulla se les prohíbe taxativamente viajar al futuro profundo para visitar la civilización daneliana.

 

La Patrulla no engendra a sus propios agentes, sino que los recluta a todo lo largo y ancho de la Historia humana. Buscan a hombres y mujeres con trasfondo militar, veteranos de guerra o especialistas con un perfil psicológico muy específico: personas capaces de soportar el aislamiento cultural y el tremendo peso moral de su misión. Es el caso del protagonista, Manse Everard, veterano del ejército estadounidense de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, puede tener como compañeros a un legionario romano o a un guerrero del medievo.

 

Una vez reclutados, los candidatos son enviados a una base de entrenamiento situada un millón de años en el pasado, en pleno periodo Oligoceno. Se eligió esta época prehistórica porque está totalmente libre de observadores humanos y cualquier perturbación allí es irrelevante para la Historia. En esta academia aprenden disciplinas como Cronofísica, esto es, las paradojas y la teoría del tiempo (que Anderson describe como una "malla de bandas elásticas", difícil de romper, pero peligrosa si se fuerza); Idiomas y Antropología para mimetizarse perfectamente en cualquier siglo; Combate y Tecnología.

 

Tras graduarse, los agentes regresan a vivir a su época natal para mantener la fachada, y actúan desde allí. Algunos quedan asignados de forma permanente a un sector o época concretas que conocen al dedillo. Viven allí como "infiltrados" de por vida, vigilando que no aparezcan anacronismos o tecnologías sospechosas. Otros, como Manse Everard, son la “elite”, los solucionadores de problemas con total libertad para requisar cronociclos, viajar a cualquier época y actuar bajo su propio criterio sin dar explicaciones al Mando Medio, interviniendo de urgencia cuando se detecta una alteración grave en el continuo temporal.

 

Lo más duro que la organización exige a sus miembros es la directriz de no intervención humanitaria. Los agentes tienen prohibido alterar la historia para hacer lo que consideren correcto. Si viajan a la Edad Media o a la Segunda Guerra Mundial, deberán presenciar, sin intervenir, masacres, pestes y torturas. El fin de la Patrulla no es lograr una línea temporal "justa" o "perfecta", sino mantener intacta la Historia tal y como ocurrió, porque saben que el más mínimo cambio compasivo podría borrar del futuro el nacimiento de millones de personas.

 

El primer encargo que le encomiendan a Everard en su propia época es, simplemente, leer: revisar cualquier documento a la búsqueda de posibles pistas que indiquen alguna alteración o incoherencia en la línea temporal. En un texto de la Inglaterra victoriana, descubre la noticia de una caja hallada en un túmulo datado al final del Imperio Romano, una caja aparentemente maldita dado que mató a su descubridor, un noble y arqueólogo aficionado. Esto apunta a la posible intervención de un viajero temporal rebelde, así que él y un compañero recién graduado viajan hasta el puesto de la Patrulla a finales del siglo XIX para, conseguido el vestuario y dinero pertinente, investigar más a fondo. Las pesquisas les conducen a conocer –aunque no se le nombra- a Sherlock Holmes (Poul Anderson fue un gran devoto de ese personaje y miembro de la sociedad literaria Baker Street Irregulars. Además, escribió ensayos eruditos sobre el detective y pastiches literarios protagonizados por el mismo).

 

Pero para descubrir cómo la caja ha llegado hasta el túmulo, ambos viajeros deberán desplazarse todavía más atrás, hasta el siglo V d.C., cuando los britanos y jutos se disputan los restos de un Imperio Romano ya desvanecido. Su objetivo será un individuo originario del futuro lejano que se está haciendo pasar por mago y que actúa de consejero de un rey con ambiciones de unificar el territorio (referencia clara al Rey Arturo, figura por la que Anderson tuvo un interés profundo y recurrente).

 

Este cuento inaugural sienta las bases y el contexto para el resto de entregas de la saga. A diferencia de otros autores de la época que usaban el viaje en el tiempo como un simple vehículo para la aventura, este relato se centra en la verosimilitud histórica de la Inglaterra antigua, tratando el entorno como un personaje más que debe ser respetado y no alterado. Anderson no retrata en ningún momento una sociedad idealizada, sino que subraya repetidamente la suciedad, pobreza, insalubridad, mal olor e incomodidad en la que vivía aquella gente.

 

Se establece también el carácter del propio Everard. La Patrulla busca individuos como él, con una capacidad innata para la adaptabilidad y que no sientan la tentación de "mejorar" el pasado, sino de preservarlo tal y como ocurrió, con todas sus tragedias incluidas. Ello, no obstante, no implica en el caso de Everard el absoluto distanciamiento emocional y el frío cinismo, puesto que se las arregla para, arriesgándose a un duro castigo por parte de sus superiores, ayudar a su compañero a formar una familia mediante una microalteración en el Londres de 1944, castigado por las V2 alemanas. Que haya sido capaz de solucionar satisfactoriamente el dilema ético en el que debe decidir qué elementos son "históricamente necesarios" y cuáles son "impurezas" que deben ser eliminadas, no sólo le confirma en su puesto, sino que le vale un ascenso: “Tu personalidad se ajusta mejor a la condición de No Asignado... cualquier época, cualquier lugar, dondequiera y cuando se te necesite. Creo que te gustará”.

 

Curiosamente, este cuento fundacional, publicado en 1955, coincidió con el año en que Isaac Asimov editó en la editorial Doubleday su famosa novela “El Fin de la Eternidad”. En plena década de los 50, con la Guerra Fría en su apogeo y un miedo general a un cataclismo nuclear, la literatura de anticipación estaba obsesionada con el control, la vigilancia y las realidades alternativas. Aunque ambas obras compartían la premisa de una organización policial encargada de proteger el pasado para evitar alteraciones que modificaran el devenir de la humanidad, el enfoque de Poul Anderson fue muy distinto al determinismo sociológico de Asimov.

 

Y es que ya desde este primer cuento, Anderson se aleja deliberada y justificadamente de las tesis propuestas posteriormente por Robert A.Heinlein en otro de los relatos canónicos del subgénero de viajes en el tiempo, “Todos Vosotros Zombis” (1959), cuando a Everard se le enseña que: “No podría ser usted su propia madre, por ejemplo, por razones puramente de genética. Si retrocediese y se casase con su propio padre, los hijos serían otros, ninguno de ellos usted, porque cada uno de ellos sólo tendría la mitad de sus cromosomas”.

 

No es la única paradoja que Anderson se quita elegantemente de en medio: “En el caso de un hombre perdido, no se obligaba a otro a buscarle si, en algún registro cualquiera, había un informe en que se afirmaba haberlo hecho ya. Pero, ¿cómo, sino insistiendo en la búsqueda, se tenían probabilidades de hallarlo? Era posible retroceder, y así cambiar los hechos de tal modo que acabasen por encontrarle; pero, en ese caso, el informe que se archivaba recogía “siempre” sólo el éxito, y únicamente los interesados conocían la primitiva verdad. Todo podía resultar tan confuso que no era sorprendente el que la Patrulla fuese minuciosa hasta en los pequeños detalles que no influían en la estructura general del hecho”.

 

Con todo esto, Anderson quiere dejarnos claro que su foco de interés no va a estar en las paradojas temporales y cómo burlarlas (aunque sí las hay, como en el caso de “La Única Partida en esta Ciudad”). En cambio, sobre lo que se va a centrar, salpicado con grandes dosis de aventura, es en la Historia y las posibles realidades paralelas a que puedan dar lugar ciertas disrupciones, ya se hayan materializado (como en “Delenda Est”) o corran el peligro de hacerlo destruyendo nuestra propia realidad (“La Única Partida en la Ciudad”).

 

Así, en “El Valor de ser un Rey” (1959), no se trata, en principio, de impedir los desmanes de un infractor temporal, sino de una misión de rescate. Mason recibe en su casa la inesperada visita de Cynthia, esposa de Keith, un compañero y buen amigo suyo en la Patrulla. Presa de una gran ansiedad, le dice que Keith ha desaparecido en una misión en la Persia del siglo 542 a. C, durante el reinado de Ciro II el Grande, el fundador del Imperio Aqueménida. A diferencia de Mason, Keith era un arqueólogo cuyas misiones no consistían en evitar desastres o enmendar posibles paradojas, sino en documentar el pasado para que el trabajo de los agentes No Asignados sea más sencillo. La Patrulla no ha dado con él pese a haber enviado agentes; ni siquiera han encontrado el vehículo temporal. Y dado que todavía sigue enamorado de Cynthia, Mason accede a su súplica de tratar de dar con él.

 

Una vez más, Anderson describe el pasado sin pizca de ese idealismo con que tantas veces el cine de Hollywood ha representado a las antiguas y poderosas civilizaciones. Valga este pasaje para ilustrarlo: 

 

Manse Everard entró en Pasargada como a una primavera de esperanza. Aunque no era como si cualquier época real se mereciese esa metáfora. Cabalgó millas. Los campesinos se inclinaban con hoces, cargando quejumbrosos carros de bueyes, y el polvo saltaba de los campos a sus ojos. Niños andrajosos se chupaban el pulgar en el exterior de chozas de barro sin ventanas y lo miraban. Un pollo chilló de un lado a otro por el camino hasta que el mensajero real al galope que le había asustado estuvo muy lejos y el pollo muerto. Un escuadrón de lanceros llevaba un uniforme muy pintoresco, pantalones anchos y corazas con incrustaciones, cascos con puntas o flechas, capotes a rayas alegres; pero los hombres estaban sucios, sudorosos e intercambiaban chistes verdes. Tras los muros de adobe, los aristócratas vivían en grandes casas con hermosos jardines, pero una economía como aquella no podía soportar demasiadas mansiones.

 

Pasargada era en un noventa por ciento una ciudad oriental de calles retorcidas y sucias entre casuchas sin rostro, trapos grasientos para el pelo y togas sombrías, mercaderes gritando en los bazares, mendigos mostrando sus llagas, comerciantes guiando reatas de camellos viejos y burros demasiado cargados, perros atacando montones de menudillos, música de taberna como un gato en una lavadora, hombres que agitaban los brazos como molinos y gritaban maldiciones... ¿cómo empezó aquel mito del Este inescrutable?”.

 

Haciéndose pasar por griego y portador de siempre bienvenidas noticias sobre lo que ocurre en otras partes del mundo, consigue infiltrarse en la corte de Ciro con la esperanza de obtener noticias de su amigo desaparecido. Pero lo que se va encontrar es algo que le va a poner en un auténtico brete, viéndose en la necesidad de navegar entre las complejidades políticas y culturales de la Persia antigua sin alterar el curso de la historia.

 

Una de las razones por las que este cuento es tan sólido es que dos de los personajes, Keith y Cynthia, se sienten como reales. Anderson demuestra haber reflexionado lo suficiente sobre su situación como para no hacer que la reunión de los dos amantes separados por el tiempo sea un final absolutamente feliz. Y es que Keith no está tan seguro de querer volver. Para Cynthia, solo había pasado una semana desde que desapareció sin dejar rastro; pero, para él, en el momento en que Manse lo encuentra, han transcurrido años. En ese intervalo, se ha acostumbrado a un tipo de vida muy diferente de lo que será regresar a un diminuto apartamento en la congestionada Manhattan. Y en el pasado no solo tiene un harén, sino una esposa a la que ama y respeta: “Cassandane. Ha sido mi mujer aquí durante, ¡Dios mío!, catorce años, me ha dado tres hijos, me ha cuidado durante dos enfermedades y en un montón de accesos de desesperación, y una vez, con los medos a nuestras puertas, sacó a las mujeres de Pasargada en nuestro apoyo, ¡y los vencimos!”.

 

Esa ambivalencia que siente en su interior, hace de Keith quizá el mejor y más trágico personaje de todos estos cuentos. Cuando, por fin, se reúne con Cynthia, lo hace con un regusto agridulce que dista mucho de parecerse a la felicidad: “El hábito de ceder a una mujer, e incluso el de pedirle opinión, era cosa que tenía que reaprender. Y no sería fácil. Ella levantó su húmeda faz al encuentro del beso. ¿Era aquella como él la imaginaba? No podía recordar, no podía. En todo el tiempo de su separación sólo había recordado que era pequeña y rubia. Había vivido con ella pocos meses. Cassandane le había llamado aquella misma mañana su estrella matutina, le había dado tres hijos y había hecho siempre cuanto él quiso durante catorce años.

 

—¡Oh, Keith! ¡Bienvenido a casa! —dijo la voz aguda y breve de ella.

 

«¡A casa! ¡Dios!», pensó”.

 

Por otra parte, el cuento incluye muy interesantes observaciones sobre el curso de la Historia y la forma que tenemos de entenderla desde el lugar que ocupamos en la misma: “Deja de engañarte a ti mismo! Tenemos prejuicios contra los persas porque fueron alguna vez enemigos de los griegos, y ocurrió que obtuvimos de éstos los rasgos más notables de nuestra cultura. Pero los persas son, por lo menos, tan importantes como ellos. Has visto que es así. Claro que son bastante brutales, según tus ideas; toda esta época lo fue, incluso los griegos. Y no son demócratas, pero no se les puede reprochar el no haber hecho una invención europea que cae enteramente fuera de sus horizontes mentales.

 

“Persia fue el primer país conquistador que hizo un esfuerzo para respetar y atraerse a los pueblos que dominaba; el primero que obedeció sus propias leyes; que pacificó el suficiente territorio para abrir contactos con el lejano Oriente; que creó una religión mundialmente viable, el mazdeísmo, no limitada a una cierta raza o localidad. Quizá no sepas que gran parte de la creencia y rito cristianos es de origen mitraico, pero así es. Y eso sin hablar del judaísmo, que tú, Ciro, estás llamado a salvar, ¿recuerdas? Conquistarás Babilonia y permitirás que regresen a su patria aquellos judíos que hayan conservado su identidad; sin ti, habrían sido absorbidos y hubieran desaparecido, como ya ocurrió con las otras diez tribus. Aun cuando ahora sea decadente, el Imperio persa será una matriz de la civilización”.

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 

 

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