lunes, 15 de junio de 2026

2013- LA GLÁNDULA DE ÍCARO – Anna Starobinets



El año 2013 en Rusia estuvo marcado por un fuerte proceso de recentralización estatal, conservadurismo social e incremento del control político tras el regreso de Vladímir Putin a la presidencia en 2012 y las protestas ciudadanas previas. Un periodo de metamorfosis, por lo tanto, que era un reflejo de las que Anna Starobinets presentaba en la antología que ahora comentamos y que lleva el título del primero de sus cuentos.

 

En ella, encontramos la radiografía concentrada de su producción desde 2010 a 2013, recogiendo en sus relatos los temores que estaban despertando las nuevas tecnologías, el clima de alienación social de ese mismo periodo y, sobre todo, las amenazas que se cernían sobre el pueblo ruso con el advenimiento del nuevo gobierno. Aunque Starobinets utiliza el ropaje de la ciencia ficción, la tecnología y lo mutacional, sus cuentos son una radiografía descarnada de los mecanismos de control del Kremlin, la apatía de la sociedad civil y la pérdida de libertades resultado de todo ello. Así, en estos cuentos encontraremos el interés activo del gobierno por domesticar a la población y erradicar la disisencia (“La Glándula de Ícaro”), la retórica del aislamiento y la paranoia del enemigo exterior (“Siti”), el control de los flujos de información y la maquinaria de propaganda estatal (“Spoki”, “El Lazarillo”), el centralismo asfixiante y el desprecio por el valor de la vida individual por parte del Estado (“El Parásito”) o los privilegios de la oligarquía (“Delicados Pastos”).

 

Fuera de la ficción, la postura de Starobinets contra el régimen ha sido constante, frontal y pública, pagando por ello un alto precio personal y profesional. Durante la ola de manifestaciones masivas en Rusia conocidas como la "Revolución de la Nieve", que tuvieron lugar en 2011 y 2012 contra el fraude electoral y el regreso de Putin a la presidencia, la autora participó activamente y utilizó sus redes y tribunas periodísticas para denunciar los abusos de poder. Fue en este tenso clima político donde concibió y publicó la antología que nos ocupa.

 

El punto de no retorno llegó en febrero de 2022 con la agresión militar a gran escala contra Ucrania. Starobinets se manifestó públicamente en contra de la guerra desde el primer día, calificándola de tragedia y acto criminal. Ante la aprobación de leyes que castigaban con hasta 15 años de cárcel cualquier crítica al ejército o el uso de la palabra "guerra", y tras sufrir el acoso y las amenazas de círculos ultra-nacionalistas, Starobinets tomó la dolorosa decisión de abandonar Moscú a toda prisa con sus hijos. Se unió así a la gran oleada de intelectuales, periodistas y artistas rusos exiliados, residiendo desde entonces en el extranjero (hoy, en España).

 

Volviendo a la colección que nos ocupa, “La Glándula de Ícaro” es una magnífica e inquietante antología de relatos de ciencia ficción, terror psicológico y distopía en la que Starobinets disecciona la condición humana contemporánea a través de la pérdida de la identidad, la tecnología y el absurdo.

 

En “La Glándula de Ícaro”, el primer cuento, la ciencia descubre, en un futuro no muy lejano, un pequeño orgánulo en el cuerpo masculino que, según los estamentos científicos y estatales, es la raíz de todos los males del comportamiento del hombre: el ansia de aventura, la infidelidad, la ambición desmedida, la impulsividad y la incapacidad para conformarse con la rutina familiar y social. Así que el Estado promueve su extirpación quirúrgica voluntaria para garantizar la paz familiar y la estabilidad social.

 

La trama sigue a un hombre común de mediana edad que es infiel a su esposa con una jovencita. Cuando ella lo descubre, lo presiona con la amenaza de no volver a ver a su hijo para que se someta al procedimiento de extirpación. Él siempre se ha negado a ello argumentando que no quiere renunciar a su libre albedrío –el cual se vería modificado o, al menos, dirigido, por la eliminación de la glándula-, pero su mujer lo pone como condición para readmitirlo en casa.

 

Sin embargo, tras la operación, el marido experimenta una transformación radical e irreversible. Al amputar el órgano que generaba la insatisfacción, también se erradican sus pasiones, su creatividad, su instinto de rebeldía y su individualidad. Cuando su hijo, entrando en la adolescencia y perturbado por las tóxicas dinámicas que mantienen sus padres, empieza a mostrar un comportamiento rebelde y agresivo, deciden someterlo también a la operación.

 

El relato concluye con una imagen perturbadora, con el padre absolutamente indiferente a lo que parece ha sido el suicidio de su hijo. Se ha convertido en un ser dócil, predecible y plano; un clon perfecto del resto de los hombres operados de la ciudad. Ha alcanzado la "paz" prometida, pero a costa de perder su condición de ser humano libre, transformado en un autómata al servicio de la estabilidad del sistema. Lo terrorífico del desenlace no es, como suele ser lo habitual en la tradición literaria, el dolor del protagonista, sino su absoluta falta de él. La metamorfosis final del personaje en un "dron familiar" plantea una pregunta profundamente incómoda: ¿es preferible vivir una vida de insatisfacción y dolor pero auténticamente humana, o una existencia pacífica y feliz basada en el vacío identitario?

 

No es difícil establecer paralelismos entre “La Glándula de Ícaro” y otras distopías clásicas, como “Un Mundo Feliz” (1932) de Aldous Huxley. En ambos casos, las autoridades “solucionan” los problemas existenciales, las crisis de pareja o la insatisfacción crónica a través de atajos químicos en un caso o quirúrgicos en el otro. La ciencia médica se convierte en una herramienta biopolítica para ajustar los cuerpos y las mentes a las necesidades productivas y reproductivas del engranaje estatal.

 

Además de la amputación del libre albedrío y la domesticación social patrocinada por el Estado, Starobinets retrata magistralmente cómo los mecanismos de control no siempre se imponen mediante la fuerza bruta, sino a través de la coerción social pasiva. El protagonista no es llevado a quirófano a punta de pistola; va allí empujado por la abierta desaprobación de su esposa, el bombardeo publicitario y el miedo a quedar marginado en un mundo donde todos los demás hombres ya están siendo "reparados". El horror radica en la normalización de lo aberrante.

 

También es interesante la crítica que vierte la autora a la confianza que depositamos en internet, cuando éste no es más que un recurso que sirve para apoyar nuestros prejuicios. En diferentes estadios del proceso que atraviesa (la confirmación de la infidelidad del marido, las dudas sobre la seguridad de la intervención, la alarma ante los efectos secundarios que padece su esposo), la protagonista acude a foros de internet buscando consejo. Y lo que encuentra en ellos siempre coincide con el sesgo que ya anida en su interior, encontrando testimonios que apoyan lo que en el fondo busca o siente… y todo lo contrario cuando su opinión o sentimientos cambian.

 

Otra metamorfosis –una doble, en realidad- es la que sufre el protagonista y narrador del segundo cuento, “Siti”, quien, tras un riguroso proceso de selección, logra el codiciado "privilegio" de ser invitado a la ciudad de Siti bajo el mecenazgo de un programa cultural para que escriba su gran obra, una que tiene que versar sobre ese lugar. Viaja acompañado de su pareja, Sasha (la cual accede al país en calidad de acompañante o "+1"). Siti, una metrópolis colosal, hermética y mítica que se presenta como el pináculo del éxito, la cultura y la civilización en una clara e inhóspita parodia de ciudades hiperglobalizadas, en concreto Nueva York. Todo el mundo en el exterior sueña con emigrar, conseguir un visado o ser invitado a Siti, idealizándola a través de las películas y la propaganda cultural que irradian de allí.

 

Sin embargo, al poco de establecerse en la ciudad, la fantasía se desmorona de inmediato. Siti no es el paraíso prometido, sino una urbe lúgubre, repulsiva, asfixiante y profundamente deshumanizada. Lejos de ser un simple entorno geográfico, la ciudad actúa como un organismo vivo y monstruoso que, como una bactería, se instala y coloniza en sus habitantes. En Siti impera una norma sociopolítica implícita pero implacable: la obligación absoluta de ser feliz y de mostrarse perfectamente adaptado. 

 

La atmósfera de la ciudad empieza a absorber la energía del protagonista. Incapaz de sintonizar con la hipocresía colectiva y las dinámicas y espíritu de la urbe, el escritor empieza a experimentar un proceso de degradación física y psicológica que lo aliena de su entorno y de Sasha. La urbe no tolera la disidencia emocional ni la debilidad. Un ejemplo de ello es que "las farmacias de Siti están pensadas solo para la gente sana", vendiendo lociones, condones y suplementos alimenticios y relegando los medicamentos a una trastienda que parece la sección pornográfica de los antiguos videoclubs. En lugar de inspirar su arte, la opresión de la ciudad lo enloquece, destruye su relación y lo arrastra hacia la decrepitud absoluta, en un desenlace que recuerda a las distopías de control mental y alienación como “1984”.

 

Starobinets utiliza esta pesadilla urbana para criticar de una forma visceral y corrosiva tanto la falacia del "Sueño Americano" como la idealización urbana. La maquinaria de la cultura de masas vende una imagen brillante como tierra de oportunidades y éxito, cuando, en realidad, para muchos habitantes, nativos e inmigrantes, es un monstruo devorador.

 

Siti es un lugar deshumanizador, entre otras cosas porque la felicidad no se contempla como un derecho o siquiera una aspiración, sino como una exigencia del sistema. Según esta positividad tóxica en la que militan la mayoría de los ciudadanos y que es fomentada por las autoridades, quien se sienta triste, enfermo o deprimido, es inmediatamente visto no sólo como un fracasado sino como una amenaza de la que hay que deshacerse lo antes posible. Las personas se convierten en simples herramientas desechables para sostener el estatus de la urbe. Si no eres "afín" a ella, el propio entorno te fagocita.

 

El cuento también señala acusadoramente a la presión a la que el sistema somete a los creadores. El protagonista es llevado allí para producir bajo los estándares de Siti, pero la burocracia, la vigilancia constante y el entorno hostil terminan por anular por completo su capacidad creativa y su cordura, provocando en él una metamorfosis que le lleva a perder la identidad, la invidualidad y cualquier aspiración o ilusión que pudiera haber albergado.

 

"Siti" es, en resumen, una perturbadora metáfora sobre cómo los espacios que construimos para alcanzar la perfección social terminan convirtiéndose en auténticas prisiones psicológicas de las que resulta muy difícil escapar.

 

Otra transformación, ésta inspirada por Kafka, es la que describe “El Lazarillo”. En esta ocasión, el protagonista y –otra vez- narrador es un guionista de televisión venido a menos, atrapado en la mediocridad de escribir programas de tres al cuarto. Una llamada telefónica le hace albergar nuevas esperanzas: dos productores ejecutivos de un canal desconocido lo citan en plena noche para, quizás, ofrecerle un contrato millonario.

 

Al llegar, se encuentra con una reunión de lo más extraña y perturbadora. Los ejecutivos (un productor y un director) son seres fríos, robóticos y sumamente extraños que no tienen el menor interés por el proyecto que aparentemente le ha llevado allí. Lo que quieren es que escriba, según las instrucciones que le faciliten, una serie sobre una pandemia global. A medida que avanza la noche y el invitado bebe más de la cuenta, descubre la terrorífica verdad: el programa no es ficción, sino un experimento de control social a gran escala. Él ha sido seleccionado no por su talento, sino porque su mente cumple con los requisitos exactos para ser el "guía" (el lazarillo) que conduzca a la audiencia, completamente ciega e indefensa ante los hilos del poder, hacia una sumisión absoluta.

 

Al final del cuento, el protagonista, debido a las circunstancias de abuso, manipulación y violencia que ha vivido, comienza a asumir características monstruosas. Starobinets juega con descripciones inquietantes que pueden sugerir cambios físicos grotescos o deformaciones, pero esto está más en el tono del terror psicológico y simbólico que en la literalidad fantástica. Así, la exposición al Mal lo cambia profundamente y lo transforma en alguien que ni siquiera él mismo reconoce. La historia sugiere que el verdadero monstruo no siempre es sobrenatural, sino que puede ser la corrupción mental o espiritual propiciada por el miedo, la inseguridad o la desesperación. El protagonista representa al creador que, devorado por la necesidad económica y la ambición, vende su alma al sistema, convirtiéndose en cómplice de la opresión de sus semejantes a cambio de estatus y dinero.

 

El cuento es también una crítica feroz a los medios de comunicación. Los productores no buscan divertir, sino anestesiar, adoctrinar y dirigir la percepción de la población. Pero para ello necesitan guionistas que conozcan los resortes narrativos y emocionales con los que puede manipularse a la masa.

 

Además de la “transformación” monstruosa que el protagonista percibe en sí mismo, la otra conexión con el humor negro y el absurdo de Kafka consiste en la disonancia que suscita la situación. La reunión nocturna se desarrolla bajo la apariencia de una negociación comercial y creativa de lo más normal, pero los términos que se discuten son completamente absurdos y terroríficos; las reglas cambian constantemente; el entorno es gris, opresivo y amenazante; y el individuo se descubre completamente impotente ante una maquinaria poderosa e invisible. Abundando en esto, el guionista es alguien mediocre, frustrado y vulnerable, fragilidades que el sistema aprovecha para obligarlo a cooperar. Al final, el protagonista no es una víctima completamente inocente porque acepta el rol de "lazarillo" o manipulador, convirtiéndose en un engranaje más de la misma maquinaria opresora que lo ha atrapado, algo muy propio de la alienación que describía Kafka.

 

“Parásito” es, sin duda, uno de los relatos más crudos y viscerales de la antología. En él, la autora se mete de lleno en el terror biológico o “body horror” y el thriller psicológico, La premisa del relato parte de un descubrimiento científico: los investigadores detectan en el organismo humano la presencia de ecdisona, la hormona que en los insectos regula la metamorfosis, esto es, la transición de oruga a crisálida y luego a mariposa. En los seres humanos esta hormona está bloqueada por una serie de genes. Científicos y autoridades llegan a la conclusión de que la raza humana está "incompleta" y estancada debido a un supuesto "parásito" biológico que frena nuestra evolución natural hacia un estado superior.

 

Para solucionar esto, se pone en marcha un ambicioso experimento científico-religioso respaldado por el clero y las autoridades. El objetivo prometido a la sociedad es extirpar o neutralizar ese "parásito" para que la humanidad pueda mutar, romper su crisálida y alcanzar una suerte de elevación espiritual y física: convertirse, literalmente, en una especie de "ángeles".

 

Sin embargo, el experimento se revela como una farsa trágica y grotesca. Como sujeto de experimentación se escoge a un niño con una enfermedad terminal, al que ayudará el narrador, un joven discapacitado pero con gran empatía –y, parece ser, también algún tipo de telepatía básica- al que eligen los doctores porque es el único al que el aspecto que está cobrando el paciente no causa rechazo alguno. Éste será testigo impotente de las indignidades que infligen al niño, de cómo lo que era un proyecto científico acaba siendo “parasitado” por los religiosos, quienes toman el control y despiden a los doctores que no se avienen a sus exigencias. En connivencia con las autoridades, el pope al cargo pretende servirse del fanatismo que suscita entre las masas este anunciado “ángel” para manipularlas.

 

El problema es que el niño no se ha convertido en un ser de luz, sino en un monstruo digno de compasión al que se ha privado de toda voluntad. Conducido a un templo para ser adorado por una multitud enfervorizada, tiene lugar la gran revelación. La metamorfosis se ha completado y ahora lo que se alza ante las masas es el verdadero parásito: un vampiro que subyuga con su canto a quienes le rodean y de los que va a alimentarse. La Humanidad, cegada por la promesa de la divinidad y la propaganda del Estado y la Iglesia, ha financiado y provocado voluntariamente su propia extinción biológica, entregándose como alimento para que nazca una nueva especie de monstruos.

 

Como la propia autora ha reconocido en varias entrevistas, este claustrofóbico relato es uno de los que más capas políticas esconde y, en concreto, relacionadas con la situación que vivía su propio país. Desde la década de 2010, el gobierno de Vladímir Putin venía impulsando una agenda de "valores tradicionales" apoyada firmemente por la Iglesia Ortodoxa Rusa. Las instituciones religiosas recuperaron el antiguo papel que durante el Imperio desempeñaron como órgano de propaganda estatal para justificar la política interior de los zares y la persecución de la disidencia. En el relato, Starobinets caricaturiza esta realidad haciendo que los sacerdotes bendigan una mutación aberrante y la vendan como una "ascensión celestial" o una purificación espiritual. La fe se utiliza como anestesia para anular el pensamiento racional de la población.

 

Por otra parte, la premisa del relato es que la sociedad rusa/humana no puede alcanzar su plenitud porque tiene un "parásito" dentro, un elemento extraño que bloquea su evolución y que debe ser extirpado a toda costa. Pues bien, coincidiendo con la época en que se escribió el cuento (marcada por las protestas de la plaza Bolótnaya en Moscú entre 2011 y 2013), el Kremlin empezó a promulgar leyes (como la de "Agentes Extranjeros") destinadas a señalar a periodistas, activistas y pensadores independientes y críticos con el gobierno. El discurso oficial insiste a menudo en que Rusia debe "limpiarse" de los traidores que "parasitan" la cultura eslava y la estabilidad del país desde dentro. En el cuento, lo que el Estado etiqueta como "parásito nocivo" que impide la evolución del hombre hacia la perfección es, en realidad, la propia conciencia humana, el libre albedrío y la capacidad de cuestionar al poder.

 

El clímax del cuento muestra cómo la sociedad corre voluntariamente a someterse a la criatura, arrastrada por una histeria colectiva y un falso fervor patriótico. Nadie quiere quedarse fuera. Se trata de un retrato de la psicología de las masas en los regímenes autoritarios, donde el miedo a ser señalado como "anómalo", "enfermo" o "antipatriota" empuja a los ciudadanos corrientes a adoptar discursos fanáticos y a vigilar a sus propios vecinos. Es la cultura de la delación y el conformismo social por pura supervivencia.

 

Por último, el giro final del cuento –en el que se descubre que el “ángel” es en realidad un vampiro- constituye otra crítica demoledora a las agendas imperialistas y los mensajes mesiánicos. La promesa del Kremlin de devolver a Rusia su estatus de "superpotencia espiritual y política", rescatando las glorias del pasado y exigiéndole al pueblo una fe ciega en el líder, se cobra un precio altísimo: el sacrificio constante del bienestar, los derechos y las vidas de sus propios ciudadanos. En el relato, la promesa de "grandeza y ascensión" se revela como un absoluto engaño. El aparato totalitario (el vampiro ciego que completa su metamorfosis) termina devorando a los propios humanos que lo habían adorado.

 

Starobinets, por tanto, no nos habla en "Parásito" de ningún futuro sino de un presente que ella conoce bien. Nos advierte de cómo una sociedad alimentada por la propaganda institucional, el miedo al aislamiento y un retorcido misticismo, puede terminar financiando y aplaudiendo su propio proceso de deshumanización.

 

"La Frontera" es uno de los relatos más crípticos y melancólicos de la antología. Su historia sigue a un matrimonio y su hija que organiza unas vacaciones muy deseadas y necesarias. Desde el comienzo queda claro que los cónyuges están distanciados y su matrimonio está dominado por discusiones silenciosas y tiras y aflojas insatisfactorios para ambas partes. Los tres abordan y se instalan en el tren que les servirá de medio de transporte, ya que “viajarán hacia atrás”, mientras que un avión habría sido lo adecuado en caso de hacerlo “hacia delante” –aunque este último sólo lo pueden pagar los más adinerados-.

 

Y es que, en realidad, lo que han contratado es un viaje en el tiempo, que en ese futuro indeterminado puede realizarse con facilidad, ingiriendo una pastilla y pasando a una especie de trance que permite “bajarse” en la época deseada cuando el tren llega a la misma. Ni siquiera los tres miembros de la familia han elegido el mismo destino. Madre e hija, buscando una experiencia más edificante, se han decidido por el Paleolítico, mientras que el padre se quedará en 1988, donde podrá reencontrarse con su propia esposa cuando era joven y ambos aún no se habían conocido. Es la versión todavía vivaz, cariñosa y optimista de la mujer cínica, irritante y gastada que es ahora.

 

A medida que el tren avanza, el trayecto se vuelve cada vez más irreal y metafórico. El padre rechaza como leyenda urbana la existencia de una supuesta “Frontera”, en la que algunos pasajeros son obligados a apearse para ser abandonados allí. Sin embargo, eso es lo que le ocurre precisamente a él: su “tren” no llegará a su destino, transformando su viaje en un tránsito irrevocable hacia la no existencia, la muerte o un cambio de estado definitivo.

 

Starobinets utiliza este "viaje sin retorno" para profundizar en una de las obsesiones habituales de su literatura: la crisis matrimonial y la alienación. El matrimonio protagonista se encuentra 
en un estado de desconexión emocional, fingiendo felicidad frente a los demás mientras el resentimiento por la infidelidad lo envenena todo (infidelidad relativa, claro, porque él la comete con la versión joven de su esposa). Y como el concepto compartido de los relatos que componen esta antología es la metamorfosis, aquí también tenemos una, no biológica, como los cuentos precedentes, sino ontológica: el paso de la vida a la muerte, de la realidad tangible al olvido o a un limbo eterno. Precisamente el final deja la interpretación abierta y al gusto del lector. Esa “Frontera”, ¿es la muerte –tal y como parece sugerir el breve diálogo de los empleados del tren- ¿O quizá la difusa línea que separa la cordura de la locura, el pasado del futuro, y la presencia de la ausencia? Al fin y al cabo, mientras viajan en el tren, los pasajeros habitan un espacio intermedio donde ya no pertenecen al mundo que dejaron atrás, pero tampoco han alcanzado el futuro al que aspiran.

 

“Delicados Pastos” continúa jugando con la idea de la metamorfosis, llevándola en otra dirección, en este caso la de la identidad personal. La acción se ambienta en un futuro distópico y transhumanista en el que la Humanidad ha vencido a la muerte biológica. La tecnología permite digitalizar la conciencia de una persona al morir y reimplantarla en un nuevo cuerpo. Sin embargo, este milagro médico no es accesible para todos, abriendo una nueva brecha social.

 

La historia sigue a un joven que se encuentra en el corredor de la muerte por un crimen. A diferencia de las ejecuciones tradicionales, en este mundo el castigo es retorcidamente corporativo: su cuerpo va a ser “vaciado” de su mente para servir como nuevo "recipiente" de la consciencia de un ciudadano adinerado que ha pagado una fortuna por una segunda vida –o una tercera, o cuarta…- . A lo largo del relato, mientras el protagonista lidia con la desesperanza y las falsas promesas de su abogado, se desvelan las horribles implicaciones éticas del proceso de "reimplantación" y las verdaderas condiciones bajo las cuales opera este mercado de la inmortalidad. 

 

El título elegido por la autora hace referencia directa a una cita que el protagonista aprendió de su pareja, Alisa, y que pertenece al Salmo 23 de la Biblia: “En lugares de delicados pastos me hará descansar”, evocando la idea de un lugar de paz, descanso y protección. En el relato, la pareja fantasea con la idea de volar juntos con sus mentes traspasadas a cuerpos de palomas –que es todo lo que pueden permitirse-, de ser libres como aves sobre una pradera verde, un espacio idílico y natural que contrasta con la sociedad distópica y opresiva en la que viven. Los "delicados pastos" representan ese anhelo de libertad, de unión y de trascendencia más allá de los límites corporales y sociales impuestos.

 

Sin embargo, la ironía del título y del propio cuento es que ese lugar de descanso y libertad nunca se alcanza realmente. La pareja es condenada por "trato negligente al cuerpo" y otros delitos absurdos, y su destino es ser ejecutados y sus cuerpos reutilizados para otros fines, en una sociedad que mercantiliza y controla hasta el último aspecto de la vida y la muerte. El título, por tanto, funciona como una metáfora amarga: los "delicados pastos" son tanto el sueño de una vida mejor como el destino final de los cuerpos, que acabarán sirviendo para "fertilizar el trigo" o la avena, como dice el texto, o para ser habitados por otras conciencias digitalizadas.

 

Starobinets utiliza este cuento para abordar el lado más oscuro de varias problemáticas actuales. Para empezar, la posibilidad de burlar a la muerte mediante la tecnología de la consciencia. La autora anima a reflexionar sobre si seguimos siendo humanos cuando, al tener al alcance de nuestra mano la inmortalidad, el ansia por obtenerla borra cualquier rastro de empatía hacia los demás. Este comportamiento egoísta se agudiza al ser la inmortalidad un “producto” de lujo al alcance de sólo una élite. No es ya que la gente, digamos “normal”, tenga que endeudarse de por vida para acceder a ello –y, quizá, sólo para que su consciencia sea transferida a un animal- sino que los marginados se convierten, literalmente, en mercancía, envases listos para ser consumidos y habitados por los ultra-ricos. De hecho, el propio sistema penintenciario y judicial ya no es más que el proveedor logístico de un mercado biológico. Los criminales valen más muertos (mentalmente, aunque su cuerpo siga estando en buenas condiciones) que vivos.

 

Al final del relato, un millonario que ha comprado los cuerpos de dos amantes condenados para ocuparlos simultáneamente con su mente –y así disfrutar de una experiencia sexual única- empieza a sentir “perturbaciones” en su consciencia, ecos de la identidad de quienes ocuparon esos receptáculos, lo que lleva a plantear un dilema filosófico respecto a qué pasa con el alma o la identidad asociada a un cuerpo cuando es “expulsada” del mismo.

 

"Spoki" es la novela corta que cierra la antología, pasando en esta ocasión del terror biológico al tecnológico, en concreto, la ansiedad y preocupación que hoy nos genera el uso de los dispositivos móviles y el contenido que se ofrece en ellos, particularmente en el caso de niños.

 

Zhenia es una madre soltera que vive desbordada por su trabajo de ilustradora y consumida por la culpa de no poder pasar suficiente tiempo con su hija pequeña, Tasia. El padre, Dania, desapareció un día sin dar más explicaciones y bien podría estar muerto o haber continuado su vida en otro lugar. Aunque es una buena madre, Zhenia siente que, de algún modo, debe compensar a Tasia por el tiempo que no le dedica y, cediendo a las insistencias de la niña, le compra lo que ahora está causando furor entre sus compañeras de la escuela: Spoki, una avanzada videoconsola / tablet interactiva diseñada específicamente para el cuidado, educación y entretenimiento de los niños.

 

Sin embargo, conseguir un Spoki no es tan fácil como podría pensarse. Las tiendas de La Nodriza, la empresa que los fabrica y vende, someten a los niños a una serie de pruebas previas para que la inteligencia artificial del aparato determine qué "modelo" exacto se adapta mejor a su psicología. Tasia, no obstante, las pasa y, aunque Zhenia no está del todo convencida de la cacareada bondad de ese artefacto, accede.

 

Al principio, la publicidad cumple su promesa: el ambiente familiar se destensa, la niña está permanentemente calmada y entretenida, y el dispositivo parece educar a Tasia de forma adecuada. Pero el terror va filtrándose insidiosamente en esa cotidianeidad cuando Zhenia empieza a notar que el grado de intimidad, simbiosis y dependencia entre su hija y el Spoki se ha convertido en algo enfermizo. Se encierra en su cuarto, no interactúa ya con ella y no suelta el Spoki para nada. Aún peor, el sentido de la realidad, el comportamiento y los valores de los niños que poseen el aparato comienza a desdibujarse y a coordinarse de formas perturbadoras, como el violento acoso grupal contra un niño que no tiene el dispositivo por no haber pasado las pruebas. Cuando

 

Zhenia, asustada, intenta intervenir y desconectar a su hija de la consola, es demasiado tarde, porque el aparato ya controla la percepción de la realidad de la niña, y lo que es peor: se da cuenta de que ella misma ha normalizado sucesos completamente aberrantes sin ser consciente de ello.

 

Obviamente, de lo que nos advierte aquí la autora es de la alienación de la infancia a través de la tecnología y la abdicación de la responsabilidad paterna por un sentimiento de culpa o la simple comodidad. Lo que sucede en el cuento no tiene lugar en un futuro lejano y, de hecho, es algo muy presente hoy y con lo que todos estamos familiarizados. ¿Quién no ha visto a padres utilizar los móviles como un sustituto del chupete? Aunque todo el mundo lo comprende en su fuero interno, quien opta por esa solución está delegando la crianza en terceros entre cuyos intereses no se cuenta el bienestar del niño. Los algoritmos propician la homogeneización de las mentes infantiles, el adoctrinamiento, la pérdida de la invididualidad, la mutilación de cualquier atisbo de criterio propio y el aislamiento de quien, por elección o necesidad, es diferente.

 

Y, si embargo y como retrata el cuento, esa metamorfosis individual y colectiva que lleva aparejada la pérdida de control sobre la educación del niño en aras de una paz doméstica artificial, se produce de forma tan sutil como consentida. Las madres de las compañeras de Tasia están encantadas con Spoki, lo han incorporado a sus vidas e incluso hacen proselitismo activo del dispositivo, repitiendo las bondades de las que presume su publicidad.

 

En Rusia, la ciencia ficción tiene una larga tradición de corte marcadamente intelectual y filosófico, desde “Nosotros” (1924), de Yevgueni Zamiatin al “Picnic Junto al Camino” (1972) de los hermanos Strugatski, por nombrar sólo dos hitos bien conocidos. Starobinets toma ese testigo de la fantaciencia clásica rusa y la hibrida con el horror contemporáneo, alejándose de los tópicos anglosajones de monstruos y fantasmas. La CF, para ella, deja de ser un marco de reglas fijas y se convierte en un mero fondo referencial muy flexible cuyos límites no tiene inconvenientes en transgredir. La ciencia, en estos cuentos, no es más que un instrumento con el que explorar la crueldad e inmoralidad de que es capaz la condición humana.

 

Y ese es el caso de “Spoki”, que opera bajo los mecanismos del horror psicológico que caracterizan a la autora rusa. No hay monstruos físicos aquí, sino que el terror nace de la distorsión de lo cotidiano y de la pérdida de los lazos afectivos más fundamentales: el de una madre y su hija. La genialidad del relato radica en cómo Starobinets maneja la perspectiva. La tecnología de Spoki no se impone por la fuerza, sino que se introduce en el hogar de forma orgánica, deslizándose por las grietas emocionales de los personajes, como la fatiga de una madre trabajadora y sin esposo o el deseo de una niña por integrarse en el círculo social de su escuela.

 

El clímax del cuento no consiste en un susto o una explosión de acción, sino en una perturbadora revelación psicológica: que la domesticación de la sociedad ha llegado tan lejos que la propia percepción de la realidad ya está mediada por el software del Spoki. Por ejemplo, Zhenia y Tasia empiezan a creer que su desaparecido marido y padre ha vuelto a casa. La desconexión ya no es una opción física porque el código se ha instalado para siempre en la psicología de los niños y, si se les priva del Spoki, su salud mental y física se resiente de tal forma que la única manera de sanarlos es devolverles el dispositivo.

 

Los universos que salen de la mente de Anna Starobinets se materializan en una atmósfera de visiones inquietantes, dolor físico y un profundo extrañamiento existencial. En sus relatos, la lógica cruel de los cuentos de hadas tradicionales se filtra en la realidad contemporánea, provocando que lo grotesco invada sin previo aviso los escenarios más cotidianos. Lo que distancia su obra de las convenciones del terror angloparlante más comercial –habitualmente dependiente de monstruos predecibles o dinámicas de susto efectistas- es lo que muchos críticos han definido como “poética de la metamorfosis”. Mientras que el horror occidental suele centrarse en la amenaza exterior que asalta al individuo, la autora rusa prefiere explorar la disolución del yo desde dentro; el verdadero espanto no es lo que acecha en la oscuridad, sino el cuerpo y la mente que se traicionan a sí mismos.

 

Esta transformación mutacional se manifiesta en su narrativa a través de dos vertientes principales: la orgánica y la inducida por el progreso. En el primer caso, la transmutación puede adoptar un carácter literal y biológico: los lazos afectivos e identitarios se corrompen hasta volverse monstruosos. Un ejemplo paradigmático de esto se encuentra en “El Parásito”, donde una terapia médica radical de carácter experimental termina por alterar por completo la naturaleza de un niño. El tratamiento no solo deforma su fisiología, sino que lo deshumaniza, convirtiéndolo en una criatura sedienta de sangre y transformando el entorno en un escenario de asfixiante desesperación. Starobinets utiliza aquí la infancia y la enfermedad como vehículos para subvertir la confianza en la ciencia médica.

 

En el segundo caso, el cambio adopta un cariz quirúrgico, tecnológico y sociopolítico. Así ocurre en “La Glándula de Ícaro”. Lo que se publicita como una intervención menor para alcanzar la armonía conyugal y la estabilidad psicológica resulta ser una castración espiritual: al extirpar el "vicio", se amputa también la pasión.

 

Estas mutaciones corporales conectan directamente con la alienación de Franz Kafka (“La Metamorfosis”) o Nikolai Gógol (“La Nariz”), donde el individuo es despojado de su humanidad por fuerzas abstractas, médicas o estatales que no alcanza a comprender. En lugar de buscar inspiración en el terror gótico o el slasher anglosajón, Starobinets recupera la crudeza original de los mitos eslavos y los cuentos de los hermanos Grimm antes de ser edulcorados. En esa tradición, la transformación física (en lobo, en piedra, en ceniza…) es el reflejo inevitable de un castigo, un pacto o una condición existencial.

 

En definitiva, las metamorfosis de Starobinets funcionan como una poderosa metáfora de la sociedad contemporánea, un reflejo del pánico moderno a perder el control sobre el propio cuerpo, el miedo a la despersonalización tecnológica y la inquietante sospecha de que, para encajar en el mundo actual, el ser humano debe renunciar a su propia esencia.

 

Resulta muy significativo, por último, la poca atención que han prestado a Starobinets los blogs y webs anglosajones, más proclives a la endogamia cultural dando proyección a otros autores de calidad claramente inferior. En cambio, en su Rusia natal, “La Glándula de Ícaro” cimentó la reputación de Starobinets como una de las voces más incómodas, lúcidas y vanguardistas de las letras contemporáneas, ganándose el apodo de la "Stephen King rusa" aunque su estilo sea mucho más cercano al humor negro de Philip K. Dick o la frialdad perturbadora de “Black Mirror”. Sus méritos sí fueron reconocidos también en Europa. El libro se convirtió de inmediato en una obra de culto en los círculos de la literatura de género en España, abriendo camino a que Starobinets fuera invitada a festivales literarios y ganara prestigiosos galardones europeos, como el premio de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción a la mejor autora en 2018.

 


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