sábado, 30 de mayo de 2026

1993- EXPEDIENTE X (y 4)



Durante la década de 1990, la frontera entre el cine y la televisión de culto se difuminó drásticamente debido a la dispersión de las plataformas multimedia (vídeo, televisión por cable, DVD, Internet). El término "culto" dejó de estar confinado a las salas de cine de sesión golfa para empezar a aplicarse también a la ficción televisiva. "Expediente X" obtuvo plenamente esa categorización al crear un estilo estético y conceptual muy particular que enfatizaba deliberadamente la sensación de ausencia, de vacío, utilizando con maestría los escenarios oscuros y sombríos, el uso expresivo de la penumbra y el contraste de luces brillantes para oscurecer en lugar de revelar, sintonizando a la perfección con la propia metanarrativa de una serie que trataba sobre secretos, engaños y ocultamiento.

 

Tradicionalmente, las películas de culto obtenían ese estatus a través de grupos de aficionados que se definían a sí mismos en oposición a la cultura comercial mayoritaria. En los años 90, parte de la televisión replicó esta dinámica de rebeldía contracultural, pero incorporando y adaptando elementos de la cultura popular mainstream. Esto no implicó una disolución total de la televisión convencional –siguió existiendo la diferenciación entre géneros, narrativas y formatos comerciales-, pero demostró que, para comprender el auge de las series de ciencia ficción en los 90 y su posterior consolidación en el nuevo milenio, el estatus de "culto" debía ya entenderse, fundamentalmente, a través de sus dinámicas de consumo y la apropiación por parte de la audiencia. Ciertas series, como “Expediente X” adoptaron las propiedades estéticas y narrativas del cine de culto para erigirse rápidamente en fenómenos de masas fomentados y apoyados por comunidades de fans completamente entregados.

 

La naturaleza siniestra y conspirativa de la invasión alienígena remite a películas clásicas como "La Invasión de los Ladrones deCuerpos", mientras que el “Cáncer Negro” recuerda a otras películas “víricas” en la línea de "La Amenaza de Andrómeda" (1971). Muchos comentaristas encontraron paralelismos entre Scully y otra agente del FBI, Clarice Starling (Jodie Foster), en "El Silencio de los Corderos" (1991), mientras que el concepto de alienígenas gestándose dentro de huéspedes humanos condenados a morir cuando aquéllos emerjan, evoca las horribles imágenes de la saga de películas de “Alien”, que cuenta con otra fuerte protagonista femenina en Ripley, interpretada por Sigourney Weaver.

 

Algunos episodios hacían claras y extensas referencias a antiguas películas. En "Lunes", el mismo día se revive una y otra vez, al estilo de "Atrapado en el Tiempo" (1993), mientras que "Triángulo" se inspira abiertamente en "El Mago de Oz" (1939). De manera similar, "El Prometeo Posmoderno", rodado en blanco y negro, imita a modo de pastiche posmoderno a "Frankenstein" (1931). Otras alusiones cinematográficas fueron más sutiles o fugaces, como el conflicto de testimonios en el episodio cómico de vampiros "Mala Sangre", que evoca el clásico de Akira Kurosawa "Rashomon" (1950); una escena de "Dreamland" imita la hilarante escena del espejo de "Sopa de Ganso" (1933) de los Hermanos Marx, o cuando descubrimos que José Chung es el autor de "El Candidato Caligari", un thriller sobre control mental cuyo título lo vincula con "El Mensajero del Miedo" ("The Manchurian Candidate"), con un toque de "El Gabinete del Doctor Caligari" (1920).

 

Estos episodios le dieron a "Expediente X" un aire posmoderno y algo extravagante, pero la oscuridad intrínseca de su enfoque nunca quedó en entredicho. En el contexto de la opulencia de la sociedad estadounidense de los años 90, el tono paranoico de la serie podría resultar sorprendente. Sin embargo, esta insistente visión de que cualquier cosa diferente (extraterrestres, extranjeros, vampiros, lunáticos o, simplemente, blancos pobres del Sur -a menudo retratados como siniestros paletos-), puede ser comprensible. Como ya apunté anteriormente, por un lado, aquel periodo hizo ricos a muchos estadounidenses, algunos ya eran gente acaudalada, otros ascendieron de clase media a alta. Pero en cualquier caso la acumulación de activos les proporcionó más poder que nunca. Por otro lado, este aumento en la riqueza de parte de la ciudadanía conllevó una brecha cada vez mayor con las masas empobrecidas no sólo del país, sino también del extranjero. Como resultado, los estadounidenses más ricos tenían buenos motivos para sentirse incómodos con su nueva prosperidad, dado que ésta había sido obtenida a expensas de los trabajadores pobres de todo el mundo; y, no menos inquietante, porque era lógico esperar que esos desfavorecidos acabaran resintiéndose y pasando a la acción. Así, cuanto más ricos se volvían los estadounidenses, más amenazados y asediados se sentían, y la paranoia de "Expediente X" respondía perfectamente a esta mentalidad.

 

Una vez terminó la serie, Gareth Wigmore, de la revista “TV Zone” se preguntaba asombrado: “¿En qué estábamos pensando todos? Mirando hacia atrás, es difícil pensar en el éxito fenomenal de "Expediente X" como otra cosa que no sea un ejemplo de extraordinario delirio popular y locura de las masas. ¿Gillian Anderson un símbolo sexual? ¿David Duchovny una estrella de cine? ¿Tramas mediocres e insatisfactorias y un énfasis en el estilo sobre la sustancia?" Fue una evaluación sorprendente de un programa a menudo elogiado como innovador y que pasó inmediatamente al mainstream: “Saturday Night Live” la parodió y "Los Simpson" hicieron lo propio en "The Springfield Files", con Duchovny y Anderson prestando sus voces.

 

Antes de emitir su último episodio, el 19 de mayo de 2002, "Expediente X" ganó  141 premios de 24 organizaciones diferentes, incluyendo dieciséis Emmys, tres Globos de Oro y un premio Peabody. Con esas nueve temporadas, conquistó el corazón de una nación y se convirtió en un referente de la cultura pop, generando innumerables proyectos y productos derivados, incluyendo dos largometrajes, múltiples novelizaciones, guías oficiales y no oficiales, una revista oficial, una colección de cómics, tazas, chaquetas, gorras y no una ni dos, sino tres bandas sonoras. En el momento de su finalización, "Expediente X" era la serie de ciencia ficción de mayor duración jamás emitida en la televisión estadounidense y la trigésimo séptima mejor de todos los tiempos, según “TV Guide”. Desde entonces, diferentes críticos y medios la han situado en listas de las mejores o más influyentes series de todos los tiempos.

 

Su éxito también propició el surgimiento de otras series con el mismo tono y estilo, como “Dark Skies”, “Psi-Factor: Crónicas de lo Paranormal”, “Strange World” u otra creación de Carter, “Millenium”. Novelistas de prestigio como William Gibson o Stephen King escribieron guiones para la serie y la cantante Cher admitió ser una gran seguidora.

 

En todo esto tuvo mucho que ver que la serie naciera y evolucionara al compás de la primigenia internet convirtiéndose en una de las primeras en beneficiarse de ese nuevo recurso. Aparecieron cientos de sitios web creados por fans y los foros de Usenet (como alt.tv.x-files) transformaron al espectador pasivo en un participante activo que analizaba, compartía y discutía cada fotograma. Las narrativas conspirativas de la serie creaban mitos compartidos por unos pocos, y las redes de personas que se alimentaban de desinformación y medias verdades se sentían únicas y especiales en una incipiente era multimedia donde la “información” y la “verdad” empezaban a estar amplia y libremente disponibles. Fue en este contexto digital, por ejemplo, donde nació el término “shipper” (de relationship), acuñado originalmente por los fans que deseaban una relación romántica entre Mulder y Scully, un concepto que hoy domina el consumo de cualquier serie de televisión.

 

Más allá de su trama, “Expediente X” funcionó como la mayor incubadora de talento de la televisión moderna. En su equipo de guionistas y productores se formaron figuras como Vince Gilligan (quien posteriormente crearía “Breaking Bad” y “Better Call Saul”), Howard Gordon y Alex Gansa (creadores de “24” y “Homeland”), y Frank Spotnitz (“El Hombre en el Castillo”). La televisión del siglo XXI no se puede entender sin las lecciones de ritmo, estructura y ambición visual que este equipo ensayó en los lluviosos bosques de Vancouver.

 

Disgustado con el gobierno, desconfiado ante el creciente fundamentalismo religioso que impregnaba su nación y convencido más que nunca de que existen muchas más cosas de las que creemos, el público estadounidense estaba preparado para un programa que reflejara esa sensación de incomodidad, que les hiciera reevaluar sus sistemas de creencias bajo una nueva perspectiva y que reuniera en un mismo escenario temas hasta entonces aislados. Chris Carter supo percibir ese zeitgeist y lo remodeló en forma de thriller de CF. En un comentario revelador, el propio creador de “Expediente X” afirmó: “El espíritu original del programa se ha convertido en una especie de espíritu del país, si no del mundo”. Y tenía razón.

 

Por supuesto, si consideramos el espíritu de la época y las influencias que impulsaron a Carter, no podemos ignorar la fascinante y a menudo inquietante antología de no ficción “Cultura del Apocalipsis”, escrita por Adam Parfrey y publicada originalmente en 1987. De hecho, el propio Carter la ha citado con frecuencia no solo como una de las principales influencias formativas de Expediente X, sino también como uno de los libros más importantes de la historia.

 

Para entender el alcance de esta afirmación, es necesario sumergirse en lo que el libro de Parfrey representó: una auténtica radiografía de las alcantarillas culturales, psíquicas y políticas de los Estados Unidos a finales del siglo XX. “Cultura del Apocalipsis” no era un análisis académico convencional, sino un compendio de ensayos, manifiestos y entrevistas que daban voz a todo aquello que la sociedad bienpensante consideraba marginal, demente o peligroso. Entre sus páginas se mezclaban desde teorías de conspiraciones planetarias y obsesiones con el control mental, hasta sectas apocalípticas, cirugías estéticas extremas, teóricos de la conspiración ufológica y las primeras manifestaciones de la paranoia tecnológica.

 

Para Chris Carter, este libro funcionó como la piedra Rosetta del malestar contemporáneo. Mientras el discurso oficial de los años 90 celebraba el triunfo del capitalismo tras el fin de la Guerra Fría, Parfrey demostraba que en el subsuelo de la psique estadounidense latía un pánico sordo hacia el inminente cambio de milenio. De allí extrajo el productor la atmósfera claustrofóbica de la serie y, más importante aún, la noción de que las subculturas de la paranoia no debían ser tratadas como simples chistes, sino como síntomas reales de una ciudadanía profundamente alienada y traumatizada por sus instituciones. En “Expediente X”, Carter validó la tesis principal de esa obra, a saber, que para encontrar la verdad de una época, a veces no hay que mirar a los informativos oficiales, sino los márgenes sociales en los que la realidad y la locura empiezan a confundirse.

 

En una entrevista de 1996, Carter lo explicó así: "Creo que tiene mucho que ver con el clima político global, la falta de un enemigo claro y cierta dosis de ingenuidad. Pero también creo que tiene que ver con dar saltos cuánticos. No sabemos comprender del todo esas cosas, y nos da la sensación de que, de hecho, puede que no tengamos el control".

 

Y lo más aterrador de todo es que, un cuarto de siglo después de que “Expediente X” finalizara su andadura en televisión, todo lo anterior no sólo sigue siendo válido, sino que ha crecido de forma exponencial. Cuando Parfrey presentó “Cultura del Apocalipsis”, recopilar todas esas teorías requería un esfuerzo casi de antropólogo: buscar fanzines fotocopiados, contactar con sectas por correo postal o rebuscar en los rincones más oscuros de los foros primigenios de Internet. En “Expediente X”, personajes marginales como "Los pistoleros solitarios" tenían que imprimir físicamente su propio pasquín para difundir sus sospechas.

 

Hoy, un cuarto de siglo después, la paranoia se sirve a domicilio y a gran escala. No hace falta buscar la madriguera de conejo; los algoritmos de las redes sociales están diseñados para empujarte a ella. Las dinámicas de desinformación, las cámaras de eco y las teorías de la conspiración globales (desde QAnon hasta las corrientes terraplanistas o los movimientos antivacunas más extremos) ya no son el reducto de cuatro "bichos raros" en un sótano de Washington; son fenómenos de masas capaces de movilizar elecciones, polarizar naciones enteras y alterar la salud pública global.

 

El gran motor dramático de “Expediente X” era la búsqueda de una verdad oculta por el Gobierno. Había un pacto implícito en la serie: la verdad existía, pero estaba secuestrada por unos pocos elegidos en trajes oscuros. El escenario actual es mucho más complejo y desalentador. No es que el poder oculte la verdad; es que ha diluido la noción misma de verdad en un océano de ruido, "hechos alternativos" y deepfakes. La desconfianza institucional que Mulder abanderaba tras el Watergate se ha radicalizado hasta convertirse en un nihilismo epistémico: ya no se cree en la ciencia, ni en el periodismo, ni en los datos y hechos más básicos. El lema "No confíes en nadie" ya no es una advertencia de supervivencia ante un complot; es el estado mental por defecto de gran parte de la sociedad.

 

Si los espectadores de los años 90 temblaban ante los transgénicos, la oveja Dolly o el VIH, hoy esos temores biológicos y tecnológicos no solo siguen vigentes, sino que han alcanzado cotas de ciencia ficción dura. La ingeniería genética CRISPR, el debate ético sobre los implantes neuronales, la vigilancia masiva a través del reconocimiento facial y los teléfonos móviles, o el pánico existencial ante el desarrollo descontrolado de la Inteligencia Artificial son la evolución directa de los monstruos mecánicos y biológicos de Carter.

 

El verdadero terror radica en comprobar que “Expediente X” no ha resultado ser un mero producto de entretenimiento, sino un manual de instrucciones profético. Nos advirtió de que, cuando la sociedad pierde sus guías y figuras de confianza, la mente humana prefiere abrazar una conspiración terrorífica pero ordenada antes que aceptar el vacío de un mundo caótico.

 

En esencia, "Expediente X" fue una serie que buscaba significado en el mundo que nos rodea. Ya fuera que aquél implicara la existencia de extraterrestres o la de Dios, seguía siendo una búsqueda de orden, una investigación para comprender cómo funciona y se relaciona todo. Al salirse de lo convencional, al mostrarnos esa búsqueda a través de los ojos de dos personajes fundamentalmente diferentes, "Expediente X" brindó a los espectadores la oportunidad de examinar sus propios miedos, su propia búsqueda de significado, y de intentar darle sentido a todo, tal como se esforzaban por conseguir Scully y Mulder.

 

La estructura de la serie, la selección de actores, la mezcla y fusión de distintos géneros… todo esto influyó en su éxito. En conjunto, esos aciertos dieron como resultado una obra que animó a su público a reflexionar al tiempo que despertaba su imaginación. Y es por eso, sobre todo, que "Expediente X" se labró un lugar especial en nuestra cultura y sigue siendo tan querida hoy como el día en que se emitió su último episodio. En palabras del propio Chris Carter: "Lo único que puedo hacer es hablar de mi propia paranoia, lo cual es genial. Así que, si mi paranoia ha inspirado más paranoia, creo que soy un hombre feliz". ¿Qué más se puede decir?

 


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