sábado, 16 de mayo de 2026

2011- BLACK MIRROR (11)


(Viene de la entrada anterior)

 

El principal tema sobre el que versan prácticamente todos los episodios de “Black Mirror” es el peligro que, bajo diferentes formas, se oculta en la tecnología moderna. Esto puede abarcar desde algo aparentemente inocente como las redes sociales hasta las posibilidades futuras de la realidad virtual o la forma en que la tecnología digital puede atizar los aspectos más siniestros de la naturaleza humana. Cada episodio juega con la idea de que la tecnología ha transformado radicalmente quiénes somos y cómo interactuamos con el mundo y entre nosotros.

 

Dentro de esos peligros hay uno en particular que se aborda repetidamente en la serie: la piratería informática y sus diferentes modalidades y consecuencias. La visión que nos brinda el creador y guionista Charlie Brooker sobre esta problemática arroja una luz incómoda sobre la realidad de los hackers en nuestra sociedad actual. Es el caso del episodio “Cállate y Baila”.

 

(ATENCIÓN: SPOILERS) El protagonista es un adolescente llamado Kenny (Alex Lawther), un muchacho apocado que vive con su familia y sufre acoso laboral en el restaurante de comida rápida donde trabaja. Una noche, en la intimidad de su habitación, Kenny enciende su ordenador, se baja la cremallera del pantalón y se agencia unos pañuelos de papel. Minutos después de haber terminado, recibe un correo electrónico de una cuenta anónima que dice: “Vimos lo que hiciste”. Luego, otro: “Responde con tu número de teléfono o enviaremos el vídeo a todos tus contactos”. Kenny, aterrorizado, obedece ante la posibilidad de que filtren el vídeo de su masturbación. A partir de ese momento, se suceden acontecimientos cada vez más espeluznantes.

 

Siguiendo las perentorias instrucciones que recibe via móvil, conoce a varias personas en el curso de la misión que le han encomendado, todas ellas chantajeadas de la misma manera, en especial Héctor (Jerome Flynn), al que han enviado pruebas de que engaña a su esposa con una prostituta. Juntos, deben completar una serie de tareas para evitar que sus vergonzosas acciones salgan a la luz.

 

La última cosa que le exigen a Kenny es entregar el dinero que ha robado de un banco a un hombre con quien luego le dicen que debe luchar a muerte mientras un dron de juguete les observa desde el aire con una cámara. Al otro individuo, que también es víctima de los hackers, le dan las mismas instrucciones. Éste le pregunta a Kenny qué pruebas tienen contra él, y la respuesta que da que sólo miró algunas fotos por el ordenador…. "¿Qué edad tenían?", le interpela el desconocido. Sí, resulta que Kenny, como su interlocutor, es un pedófilo.

 

El giro más aterrador y el que convierte a este episodio en uno de los sombríos de la serie hasta ese momento, es que, a pesar de que Kenny hace todo lo que los hackers le demandan, éstos divulgan igualmente la información que tienen sobre él, lo que lleva a su arresto no tanto por la falta original como por lo que ha hecho después por ocultarla. Si bien este escenario puede parecer un poco extremo y retorcido, lo cierto es que este tipo de incidentes pueden ocurrir y, de hecho, ocurren todos los días.

 

Aunque el episodio es, obviamente, una advertencia inquietamente plausible sobre los peligros de usar de forma descuidada la tecnología y empeñarnos en la ilusión de que estamos solos cuando tenemos un dispositivo electrónico al lado, su mensaje en realidad trata sobre la vergüenza y cómo las personas pueden ser fácilmente manipuladas mediante el miedo. Como sociedad, hemos creado una especie de cultura de la vergüenza que nos hace muy vulnerables al chantaje. Si cometemos un error, incluso uno pequeño, el primer instinto de la mayoría es ocultarlo. Automáticamente, tememos las consecuencias, así que, en lugar de admitirlo, intentamos corregirlo, esconderlo o lidiar con él de alguna otra manera que no sea reconocerlo y admitirlo. Esto no es culpa de nadie; es, simplemente, un subproducto de la cultura en la que vivimos.

 

Según las compañías de seguridad informática, casi el 90% de los ciberataques y las filtraciones de datos se deben a errores o comportamientos humanos. En otras palabras, a la gente. Algunas veces, los responsables ni siquiera son conscientes de haber cometido una imprudencia. Pero en muchos otros casos, lo saben, pero sienten demasiada vergüenza o miedo como para contárselo a alguien. En “Cállate y Baila”, todas las víctimas del chantaje de los hackers temen que sus secretos –ya sean errores, deslices morales o delitos- salgan a la luz. No les preocupan tanto las repercusiones legales como lo que la gente va a pensar de ellos. Y ahí radica la clave. Si Kenny y los demás que le acompañan en esta carrera hacia el abismo no sintieran una profunda vergüenza por lo que han hecho, los hackers carecerían de instrumentos de presión. El episodio no tendría sentido, sería irrelevante.

 

Hay otra idea presente en este capítulo: independientemente de que un sujeto sea o no culpable, la justicia no pueden impartirla individuos anónimos en base a criterios sólo conocidos por ellos. Brooker ya había tratado en varias ocasiones, tanto en “Black Mirror” como en otras de sus series, el tema de tomarse la justicia por su mano y por qué y cómo consideramos que la merecen ciertos crímenes o faltas. Su opinión al respecto es bien conocida: desconfía profundamente de las masas y cree que la indignación pública y la “justicia” que imparten vía redes sociales, periódicos u otras formas de expresión, son la forma más injusta de lidiar con los criminales, los enfermos y los incompetentes.

 

Este episodio repite ese argumento, manteniéndonos en vilo antes de soltarnos un golpe final devastador. Pero, ¿es suficiente esa oscura revelación final para articular una trama que gira alrededor de un tema que la serie ya había abordado en varias ocasiones?  Me inclino a pensar que no. A diferencia de "Oso Blanco", por ejemplo, los giros argumentales no funcionan tan bien, ni tampoco hay una sensación de sorpresa mayúscula. La historia del pobre incauto que es torturado injustamente por fuerzas desconocidas es ya un cliché en las antologías televisivas y, en este caso, no aporta nada nuevo. Todos los personajes reaccionan y actúan como cabría esperar. Si la clave era lo convencional que parece todo hasta el final, éste no consigue reconfigurar la historia ni generar el suficiente impacto como para que todo lo anterior merezca la pena. Lo que mantiene la trama en movimiento y el interés del espectador a flote no es la inclusión de aportaciones originales, sino la propia progresión de la historia, cada vez más intensa hasta culminar en un climax desolador, así como ese “realismo británico” que lo diferencia de otros episodios más pulidos: hormigón sucio, cielos encapotados, fotografía gris y cámara en mano.

 

Este convencionalismo no significa que el capítulo carezca de aspectos destacables. Alex Lawther ofrece una actuación magistral, encarnando con absoluta verosimilitud a este adolescente extraño, triste y complejo. De hecho, el episodio no funcionaría en absoluto sin la empatía que despierta Kenny en el espectador ya que, al llegar la revelación final, le obliga a cuestionarse si alguien como él es o no un monstruo y la empatía es una brújula suficientemente fiable.

 

Además, a pesar de ser, como digo, un episodio algo convencional, sí tiene un cierto veneno jugoso en su esencia. La historia cuestiona la arraigada tendencia humana hacia la justicia por mano propia, reservando su ácido más corrosivo para los hackers anónimos, retratados como cobardes sedientos de sangre y desesperados por obtener satisfacción a sus perversiones. Las cámaras, el voyeurismo, el dron al final…. hay una cierta depravación “high-tech” en la forma en que operan los hackers, una condena a sus actos y una incómoda pregunta: ¿por qué somos tan proclives a rodearlos de un halo de justicieros románticos? ¿Puede que sea porque, en el fondo, no somos mejores que ellos?

 

Es una pena que estos aciertos y unas cuestiones tan interesantes como las que se abordan queden enmarcados en una narrativa tan formulaica. “Cállate y Baila”, más que un fascinante e inmersivo capítulo de “Black Mirror”, parece hecho a propósito para proyectárselo a alumnos de instituto durante una clase de ética. 

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 

 

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