(Viene de la entrada anterior)
El principal tema sobre el que versan prácticamente todos los episodios de “Black Mirror” es el peligro que, bajo diferentes formas, se oculta en la tecnología moderna. Esto puede abarcar desde algo aparentemente inocente como las redes sociales hasta las posibilidades futuras de la realidad virtual o la forma en que la tecnología digital puede atizar los aspectos más siniestros de la naturaleza humana. Cada episodio juega con la idea de que la tecnología ha transformado radicalmente quiénes somos y cómo interactuamos con el mundo y entre nosotros.
Dentro de esos peligros hay uno en particular
que se aborda repetidamen
te en la serie: la piratería informática y sus
diferentes modalidades y consecuencias. La visión que nos brinda el creador y
guionista Charlie Brooker sobre esta problemática arroja una luz incómoda sobre
la realidad de los hackers en nuestra sociedad actual. Es el caso del episodio
“Cállate y Baila”.
(ATENCIÓN: SPOILERS) El protagonista es un
adolescente llamado Kenny (Alex Lawther), un muchacho apocado que vive con su
familia y sufre acoso laboral en el restaurante de c
omida rápida donde trabaja.
Una noche, en la intimidad de su habitación, Kenny enciende su ordenador, se
baja la cremallera del pantalón y se agencia unos pañuelos de papel. Minutos
después de haber terminado, recibe un correo electrónico de una cuenta anónima que
dice: “Vimos lo que hiciste”. Luego,
otro: “Responde con tu número de teléfono
o enviaremos el vídeo a todos tus contactos”. Kenny, aterrorizado, obedece
ante la posibilidad de que filtren el vídeo de su masturbación. A partir de ese
momento, se suceden acontecimientos cada vez más espeluznantes.
Siguiendo las perentorias instrucciones que
recibe via móvil, conoce a varias p
ersonas en el curso de la misión que le han
encomendado, todas ellas chantajeadas de la misma manera, en especial Héctor
(Jerome Flynn), al que han enviado pruebas de que engaña a su esposa con una
prostituta. Juntos, deben completar una serie de tareas para evitar que sus
vergonzosas acciones salgan a la luz.
La última cosa que le exigen a Kenny es
entregar el dinero que ha robado de un banco a un hombre con quien luego le
dicen que debe luchar a muerte mientras un dron de juguete les observa desde el
aire con una cámara. Al otro individuo, que también es víctima de los hackers,
le dan las mismas instrucciones. Éste le pregunta a Kenny qué pruebas tienen
contra él, y la r
espuesta que da que sólo miró algunas fotos por el ordenador….
"¿Qué edad tenían?", le
interpela el desconocido. Sí, resulta que Kenny, como su interlocutor, es un
pedófilo.
El giro más aterrador y el que convierte a este episodio en uno de los sombríos de la serie hasta ese momento, es que, a pesar de que Kenny hace todo lo que los hackers le demandan, éstos divulgan igualmente la información que tienen sobre él, lo que lleva a su arresto no tanto por la falta original como por lo que ha hecho después por ocultarla. Si bien este escenario puede parecer un poco extremo y retorcido, lo cierto es que este tipo de incidentes pueden ocurrir y, de hecho, ocurren todos los días.
Aunque el episodio es, obviamente, una
advertencia inquietamente plausible sobre los peligros de usar de forma
descuidada la tecnología y empeñarnos e
n la ilusión de que estamos solos cuando
tenemos un dispositivo electrónico al lado, su mensaje en realidad trata sobre
la vergüenza y cómo las personas pueden ser fácilmente manipuladas mediante el
miedo. Como sociedad, hemos creado una especie de cultura de la vergüenza que
nos hace muy vulnerables al chantaje. Si cometemos un error, incluso uno
pequeño, el primer instinto de la mayoría es ocultarlo. Automáticamente,
tememos las consecuencias, así que, en lugar de admitirlo, intentamos
corregirlo, esconderlo o lidiar con él de alguna otra manera que no sea
reconocerlo y admitirlo. Esto no es culpa de nadie; es, simplemente, un
subproducto de la cultura en la que vivimos.
Según las compañías de seguridad informática,
casi el 90% de los ciberataques y las filtraciones de datos se deben a errores
o comportamientos humanos. En otras palabras, a la gente. Algunas veces, los
responsables ni siquiera son conscientes de haber cometido una impru
dencia.
Pero en muchos otros casos, lo saben, pero sienten demasiada vergüenza o miedo como
para contárselo a alguien. En “Cállate y Baila”, todas las víctimas del
chantaje de los hackers temen que sus secretos –ya sean errores, deslices
morales o delitos- salgan a la luz. No les preocupan tanto las repercusiones
legales como lo que la gente va a pensar de ellos. Y ahí radica la clave. Si
Kenny y los demás que le acompañan en esta carrera hacia el abismo no sintieran
una profunda vergüenza por lo que han hecho, los hackers carecerían de
instrumentos de presión. El episodio no tendría sentido, sería irrelevante.
Hay otra idea presente en este capítulo:
independientemente de que un sujeto sea o no culpable, la justicia no pueden
impartirla individuos anónimos e
n base a criterios sólo conocidos por ellos. Brooker
ya había tratado en varias ocasiones, tanto en “Black Mirror” como en otras de
sus series, el tema de tomarse la justicia por su mano y por qué y cómo
consideramos que la merecen ciertos crímenes o faltas. Su opinión al respecto
es bien conocida: desconfía profundamente de las masas y cree que la
indignación pública y la “justicia” que imparten vía redes sociales, periódicos
u otras formas de expresión, son la forma más injusta de lidiar con los
criminales, los enfermos y los incompetentes.
Este episodio repite ese argumento,
manteniéndonos en vilo antes de soltarnos un golpe final devastador. Pero, ¿es
suficiente esa oscura revelación final para articular una trama que
gira
alrededor de un tema que la serie ya había abordado en varias ocasiones? Me inclino a pensar que no. A diferencia de
"Oso Blanco", por ejemplo, los giros argumentales no funcionan tan
bien, ni tampoco hay una sensación de sorpresa mayúscula. La historia del pobre
incauto que es torturado injustamente por fuerzas desconocidas es ya un cliché
en las antologías televisivas y, en este caso, no aporta nada nuevo. Todos los
personajes reaccionan y actúan como cabría esperar. Si la clave era lo
convencional que parece todo hasta el final, éste no consigue reconfigurar la
historia ni
generar el suficiente impacto como para que todo lo anterior
merezca la pena. Lo que mantiene la trama en movimiento y el interés del
espectador a flote no es la inclusión de aportaciones originales, sino la
propia progresión de la historia, cada vez más intensa hasta culminar en un
climax desolador, así como ese “realismo británico” que lo diferencia de otros
episodios más pulidos: hormigón sucio, cielos encapotados, fotografía gris y
cámara en mano.
Est
e convencionalismo no significa que el
capítulo carezca de aspectos destacables. Alex Lawther ofrece una actuación magistral,
encarnando con absoluta verosimilitud a este adolescente extraño, triste y
complejo. De hecho, el episodio no funcionaría en absoluto sin la empatía que
despierta Kenny en el espectador ya que, al llegar la revelación final, le obliga
a cuestionarse si alguien como él es o no un monstruo y la empatía es una
brújula suficientemente fiable.
Además, a pesar de ser, como digo, un episodio
algo convencional, sí tiene un cierto veneno jugoso en su esencia. La historia cuestiona
la arraigada tendencia humana hacia la justicia por mano propia, reservando su
ácido más corrosivo para lo
s hackers anónimos, retratados como cobardes
sedientos de sangre y desesperados por obtener satisfacción a sus perversiones.
Las cámaras, el voyeurismo, el dron al final…. hay una cierta depravación
“high-tech” en la forma en que operan los hackers, una condena a sus actos y
una incómoda pregunta: ¿por qué somos tan proclives a rodearlos de un halo de justicieros
románticos? ¿Puede que sea porque, en el fondo, no somos mejores que ellos?
Es una pena que estos aciertos y unas cuestiones tan interesantes como las que se abordan queden enmarcados en una narrativa tan formulaica. “Cállate y Baila”, más que un fascinante e inmersivo capítulo de “Black Mirror”, parece hecho a propósito para proyectárselo a alumnos de instituto durante una clase de ética.
(Continúa en la siguiente entrada)

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