Resulta asombroso que el primer largometraje estadounidense de ciencia ficción no cuente todavía con una edición en formato doméstico ni pueda encontrarse en plataformas o internet. Existe una copia en perfecto estado en los archivos del MoMA de Nueva York que ocasionalmente se proyecta en festivales y exposiciones. Pero, por alguna razón, esa institución parece reacia a que el público general tenga acceso a la película. Por eso, en esta ocasión, en lugar de reseñarla, me limitaré a glosarla y aportar la información y apreciaciones que sobre ella han aportado críticos que sí han podido verla.
Estrictamente hablando, esta no fue la primera
película estadounidense con el
ementos de ciencia ficción. En 1922, se había estrenado
“The Man From Beyond”, un melodrama de acción protagonizado por Harry Houdini
en el que éste, tras haber sido congelado cien años atrás, despertaba en el
presente (en el de entonces, claro). El drama romántico “Black Oxen” (1923) giraba
en torno a una mujer que se había sometido a un procedimiento médico para
rejuvenecerse. Las dos versiones de 1920 de “El Extraño caso del Dr. Jekyll y
Mr. Hyde”, protagonizadas respectivamente por John Barrymore y Sheldon Lewis,
tienen también elementos de CF aunque su tratamiento las acerca más al terror
gótico.
Si todo esto demuestra algo, es la baja estima que se tenía por la Ciencia Ficción en Norteamérica en comparación con Europa, donde directores célebres realizaron películas del género no solo bastante costosas sino utilizándolas como reflejo de la agitación política y social del continente, que estaba saliendo de una guerra mundial para entrar en otra y soportando el auge del comunismo y el fascismo.
La premisa de la película se basa muy libremente en la
novela “El Último Hombre” (1826),
de Mary Shelley, una sombría profecía sobre
la aniquilación de la Humanidad víctima de una misteriosa plaga venida de Asia.
Este libro, en parte, es una metáfora de las enormes pérdidas que sufrió
Shelley a título personal –su padre a temprana edad y más tarde su madre, un
hijo, su marido Percy y muchos amigos en edad todavía joven-. Por otra parte,
sirvió como crítica a las ideas políticas de carácter romántico que sostenían
algunos de sus amigos fallecidos, como Lord Byron, quien en 1823,
aburrido de su vida en Italia y buscando un propósito noble, se unió a la causa
de la Guerra de Independencia de Grecia contra el Imperio Otomano, solo para
morir de enfermedad en ese país un año después. “El Último Hombre” es una
visión desengañada de un mundo en el que los románticos e idealistas, por mucho
que se esfuercen, están condenados al fracaso. También vertió en ella la autora
sus propios sentimientos de soledad y aislamiento, tanto a nivel social como
intelectual.
La idea fue retomada por el escritor de novelas
populares John D. Swain, quien publicó un relato titulado “El Último Hombre
sobre la Tierra” en la revista “Munsey'
s Magazine” en 1923. En el libro de
Shelley, la mortífera plaga no discriminaba por género, pero en la historia de
Munsey, el mundo es asolado por un virus llamado masculitis que liquida a todos
los varones mayores de 14 años, dejando a las mujeres al frente de lo que queda
de la sociedad. El mercado inmobiliario se esfuma y las supervivientes pueden
elegir entre las mansiones más lujosas; la Ley Seca se mantiene vigente por mera
inercia, aunque debido a la ausencia de hombres, el consumo de alcohol se ha
desplomado; a pesar de la aparición de una nueva clase de “enloquecidas evangelistas”, la asistencia a los oficios religiosos
es mínima porque “una religión sin hombres
estaba condenada a la atrofia”. Deja de practicarse el fútbol y la literatura
pierde su brillo: “Sin amor, peleas,
celos sexuales, doble vida, contrabando, bohemia, villanos, herederos
desaparecidos y amantes y tutores infieles, ¿qué podía hacer el pobre
novelista?”, se preguntaba Swain.
En ese contexto aparece Elmer, un ermitaño que huyó del mundo y se refugió en un bosque antes de la llegada del virus. Allí sobrevivió y ahora su antigua novia tiene que luchar por su amor compitiendo contra el resto de sus congeneres.
La adaptación al cine arranca con un idílico prólogo que
nos muestra cómo el enamorado Elmer Smith (Earle Foxe) no consigue arrancar ni
la sombro de una sonrisa al amor de su vida, Hattie (Derelys Perdue). Ésta lo
rechaza bruscamente diciendo: “No me
casaría contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra”. Desconsolado,
Elmer se instala al pie de un árbol, mientras la antes mencionada plaga asola
la población ma
sculina. En 1954, es redescubierto y secuestrado por una banda
de mujeres gánsteres. Elmer no es un héroe en el sentido tradicional, sino más
bien un trofeo. La escena en la que lo llevan de vuelta a Washington D.C. y lo subastan
es quizás la crítica más mordaz de la película a la cosificación. Aquí, el
cuerpo masculino es examinado, discutido y disputado por las mujeres con la
misma ferocidad con la que los hombres de 1924 podrían haber jugado una partida
de poker con mucho dinero en juego o una carrera de caballos con apuestas
astronómicas. El mejor postor resulta ser el gobierno de Estados Unidos. Dos
“senadoras” de Massachusetts y California terminan enfrentándose en un combate
de boxeo por la custodia de Elmer.
La película se estrenó cinco años después de que las
mujeres obtuvieran el derecho al voto en Estados Unidos, y esta premisa les
brinda a los cineastas mu
chas oportunidades de señalar lo ridículo que sería el
mundo si los Estados Unidos tuvieran una mujer como presidenta y el país fuera
gobernado por senadoras. En lugar de presentarlas como mujeres fuertes y
poderosas que asumen con competencia y entrega sus nuevos roles en ese futuro
roto, se las retrata como criaturas bastante ridículas completamente
desesperadas por conseguir un hombre. Obviamente, una película con ese enfoque
sería hoy impensable así que hay que verla como un reflejo de la época.
Hoy, el principal interés de la película reside en ver
cómo el guionista Donald W. Lee fantaseó con una sociedad exclusivamente
femenina. Sí, el mundo cuenta con políticas, grandes científicas y la
mencionada presidenta. Pero las demás mujeres responden básicamente a los
mismos estereotipos que durante décadas explotó el cine: flappers, marimachos o
figuras decorativas. La película nunca contempla la posibilidad de que no todas
las mujeres, desaparecido el deseo o la necesidad de complacer a los hombres,
quisieran lucir peinados elaborados, ponerse pestañas postizas o usar monos
ajustados como uniforme de trabajo en un laboratorio de enfermedades
infecciosas, y mucho menos como atuendo de gánster para un día de subasta de
hombres y pequeños actos de extorsión.
Desde el principio queda claro que “El Último Varón
sobre la Tierra” es una creación masculina. Si hubiera sido una mujer
contemporánea la que fantaseara con un futuro en el que una misteriosa epidemia
hubiera matado a todos los hombres de la Tierra excepto a uno, sin duda el
superviviente se parecería a Gary Cooper, Cary Grant, Gilbert Roland o
cualquiera de los galanes del cine de entonces. Pero lo que es seguro
, es que
no sería Earle Foxe, un actor mediocre con una personalidad irritante.
Earle Foxe era un actor muy popular en los primeros
años de Hollywood y mantuvo su tirón hasta comienzos de los 40, participando en
algunas películas de primera división, a menudo como villano, junto a colegas
de la talla de Douglas Fairbanks, Jr., Barbara Stanwyck, Bette Davis, Joan
Crawford, Lillian Gish, Peter Lorre, Fredric March o Maurice Chevalier. En “El
Último Varón sobre la Tierra” no llena los zapatos de un símbolo sexual, en
primer lugar, porque no tiene madera para ello; y en segundo lugar, porque,
irónicamente, la película es indiferente al sexo propiamente dicho. Aunque se pro
mocionó
como “Una fabulosa novedad con 1000 chicas hermosas”, la historia les da a esas
chicas muy poco que hacer. Al menos, el guionista evita la trampa de convertir
esa sociedad exclusivamente femenina bien en una utopía, bien en una distopía;
en cambio, la presenta como una realidad meramente funcional, aunque, eso sí,
desesperada ante la inminente extinción de la especie. Es este ultimo factor el
que eleva la tensión y da pie a la comedia.
Durante toda la película desde que es secuestrado, Elmer
se muestra invari
ablemente desconcertado. Tras su desamor, sólo aspiraba a la
soledad y la paz; y ahora, en cambio, se ve convertido en una obsesión global.
Su singularidad sirve para subrayar lo absurdo de los sueños románticos cuando
la dinámica de poder está tan violentamente desequilibrada. Aunque está rodeado
de millones de mujeres que le concederían cualquier deseo, él sigue obsesionado
con la que lo rechazó. Este detalle aporta un nivel psicológico quizá
inesperado en lo que a priori no es más que una comedia porque cabe preguntarse
si Elmer está realmente enamorado, o simplemente, se aferra a lo único que le
queda del mundo que conoció.
Dirigida por el especialista en comedias de la Fox,
John G. Blystone, “El Último Varón sobre la Tierra” nunca llega a explorar el
potencial de su premisa y casi siempre se contenta
con encadenar una situación
cómica con la siguiente. ¿Para qué analizar lo que podrían hacer las mujeres en
un mundo sin hombres cuando la mera idea de una presidenta ya hubiera hecho
sentir incómodo a un público que trataba de asimilar el nuevo orden social tras
la 19.ª Enmienda a la Constitución? Incluso años después, con el sufragio
universal ya bien asentado como parte de la normalidad política estadounidense,
la idea de una ginocracia seguía siendo una fantasia ridícula y Fox rehizo la
historia en 1933 con el título “It´s Great to Be Alive” –un batacazo
financiero, además, que liquidó durante años el crédito del cine de CF en
Hollywood, al menos el de gran presupuesto-.
Lo que sí hizo el director fue aprovechar los
limitados recursos de la ép
oca para crear sensación de escala. Las escenas de
multitudes con cientos de extras, están coreografiadas con una precisión que
enfatiza el frenesí de la población femenina, desesperada por la necesidad de
compañía del sexo opuesto. El uso de intertítulos es escaso pero efectivo,
permitiendo que la narración visual sostenga el peso de la historia. Esto
contrasta notablemente con las adaptaciones teatrales de la época, más
centradas en el diálogo, lo que demuestra que el guionista y el director
comprendieron las ventajas exclusivas del medio cinematográfico.
Por otra parte, al comparar la estructura de la película con otras obras mudas contemporáneas, se aprecia un enfoque más audaz en la fusión de géneros. “El Último Varón sobre la Tierra” es simultáneamente un romance, una epopeya de ciencia ficción y una comedia de enredos. El ritmo apenas decae, incluso durante los momentos más introspectivos en la cabaña de Elmer. La transición del presente al futuro se maneja con una seguridad narrativa que confía en la capacidad del público para dar este tipo de saltos en una época en la que éstos no eran tan habituales.
“El Último Varón sobre la Tierra”, en fin, es un un fascinante precedente de posteriores exploraciones del tema del "último superviviente". Mientras que propuestas futuras, como las diversas adaptaciones de la novela “Soy leyenda" (1954), adoptarían un tono más terrorífico, la versión de 1924 encuentra el humor inherente a la situación. Dirigida con un ritmo sorprendentemente bueno, sugiere que, incluso ante la posibilidad de la extinción de la especie, persistirán la vanidad, los celos y la obstinación romántica.

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