La encrucijada en la que confluyen la literatura realista y/o mainstream con la ciencia ficción suele ser un terreno minado. Cuando un autor de prestigio ajeno al género decide experimentar con sus códigos, a menudo es recibido con hostilidad o escepticismo por la comunidad de aficionados. Este recelo no es un simple elitismo de nicho, sino que tiene raíces justificadas.
El principal punto de fricción radica en la falta de bagaje del “turista”. Con frecuencia, estos escritores se aproximan a los tropos de la literatura especulativa ignorando el corpus de obras que ya han digerido, deconstruido y superado desde hace décadas las ideas que ellos presentan como originales. Por ejemplo, en no pocas ocasiones, críticos poco versados en la CF o incluso los mismos autores consagrados se arrogan con ingenuo entusiasmo el mérito de "redescubrir" el subgénero de la Ucronía o Historia Alternativa, como si estuvieran colonizando una tierra virgen, cuando en realidad pisan un terreno ya muy transitado tiempo atrás por autores tan diferentes como Philip K. Dick o Ward Moore.
Para
ilustrarlo, tomemos un par de obras significativas, ambas técnicamente
sobresalientes pero que adolecen de una notable timidez especulativa. En “El
Joven Adolfo” (1978), la británica Beryl Bainbridge juega con la premisa de un
joven Adolf Hitler viviendo en Liverpool en 1913. Aunque el planteamiento
resulta atractivo, la obra funciona más como una sátira doméstica o un estudio
de personaje que como una verdadera ucronía (por no hablar de que, por ejemplo,
Norman Spinrad, había hecho algo mucho más original poco tiempo antes con “El
Sueño de Hierro”, 1972). En “La Conjura contra América” (2004), el
norteamericano Philip Roth imagina un escenario en el que el aviador y simpatizante
nazi Charles Lindbergh derrota a Franklin D. Roosevelt en las elecciones
presidenciales de 1940. La trama se enfoca en el auge del antisemitismo en EE.
UU. a través de los ojos de una familia judía de Newark.
A pesar de sus innegables virtudes literarias, ambas novelas comparten un defecto al que los críticos del género se refieren como “cautela estéticamente debilitante”, esto es, el temor a alejarse demasiado de la "historia real". En lugar de permitir que la divergencia temporal florezca y transforme el mundo por completo, los autores fuerzan los acontecimientos para que la cronología oficial termine imponiéndose o restableciéndose. La consecuencia final es que el potencial de la ucronía no se explota adecuadamente, quedando como un simple decorado o una parábola política que no se atreve a romper amarras con la realidad histórica conocida.
Es por razones como esta que el aficionado a la CF mira con desconfianza a los “turistas literarios”. Y no digamos ya cuando éstos, habiendo acumulado un notable grado de prestigio, se sirven de los tropos del género, pero luego etiquetan la obra como, por ejemplo, "fábula política" o "realismo mágico" tratando de evitar el “estigma” de la literatura popular. Así que todo sale mal: por una parte el escritor cree que está innovando porque desconoce el género; y el lector de género siente que el autor menosprecia las reglas del juego de las que se aprovecha.
Otro ejemplo de
este fenómeno es la novela que ahora nos ocupa, “La Flecha del Tiempo”, de
Martin Amis. Cuando se publicó inicialmente, la crítica literaria tradicional
encumbró la novela como un monumento de originalidad inaudita y profunda
audacia estructural. Sin embargo, si se analiza bajo el microscopio de la
literatura de género, la obra revela costuras profundamente derivativas, ya que
sus dos grande
s pilares —la inversión del tiempo y la fragmentación de la
memoria del horror— pertenecen a autores que la crítica institucionalizada
solía mirar por encima del hombro.
Pero antes, ¿quién fue Martin Amis? No era un escritor cualquiera sino el “enfant terrible” de la literatura contemporánea, una celebridad con un estilo pirotécnico, hijo de otro gigante de la literatura (Kingsley Amis, que también visitó la CF) y miembro de una generación que redefinió la novela británica junto a Ian McEwan, Salman Rushdie y Julian Barnes.
Amis debutó muy
joven, cargando con la inevitable comparación con su padre, un autor consagrado
de corte más tradicional. Sin embargo, el hijo prodigio dejó claro desde el
principio que su voz era mucho más salvaje, cínica y obsesionada con la cultura
pop, el sexo y el declive urbano. A los 24 años escribió “El Libro de Rachel”
(1973), una novela de maduración cargada de un humor
negro y una
autoconsciencia que le valió el Premio Somerset Maugham. Con “Niños Muertos”
(1975) y “Éxito” (1978) refinó su nihilismo satírico, retratando a unas
juventudes aristocrática y burguesa decadentes, destructivas y obsesionadas con
el estatus. En esta época compaginó la escritura con el periodismo cultural,
llegando a ser el editor literario del prestigioso “The New Statesman”, lo que
le otorgó un enorme poder de influencia y un conocimiento profundo del mundillo
editorial.
Los años 80 fueron
la década dorada de Amis, un periodo en el que se erigió como cronista de los
excesos del capitalismo tatcheriano, el dinero rápido, la sordidez urbana y la
vulgaridad de la era moderna. Su estilo barroco y mor
daz impregna “Dinero”
(1984), considerada por muchos como su obra maestra; y “Campos de Londres”
(1989), una novela monumental y preapocalíptica ambientada en un Londres al
borde del colapso moral y climático a las puertas del año 2000. Para cuando
termina la década, Amis es ya el rey indiscutible de la vanguardia literaria más
comercial del Reino Unido. Pero había un problema: se le acusaba a menudo de
ser un estilista brillante pero superficial, un autor fascinado por la escoria,
pero incapaz de conmoverse o de tratar temas con verdadero peso histórico o
moral.
A finales de
los 80, Amis empieza a obsesionarse con las grandes amenazas globales de la
segunda mitad de
l siglo XX, como las armas nucleares y los totalitarismos. En
1987 publica “Monstruos de Einstein”, una colección de relatos con un extenso
ensayo introductorio en el que confiesa su terror y su fijación con la guerra
nuclear, argumentando que la existencia de la bomba ha distorsionado la psique
humana y el tiempo mismo. Es en este estado mental de "búsqueda de
trascendencia" donde decide dar el salto al tema más tabú y complejo de la
historia europea: el Holocausto. Consciente de que la narrativa tradicional se
queda corta ante Auschwitz, busca una estructura formal que le permita abordar
el horror desde un ángulo oblicuo. Y es ahí donde nace “La Flecha del Tiempo”.
La historia comienza
con la muerte de su protagonista, aunque a primera vista no lo parezca. La novela
comienza así: “Desperté del más negro sueño y me
encontré rodeado de médicos… Médicos norteamericanos: percibí su vigor, tan incontrolable como su profuso vello
corporal, y también el ominoso tacto de sus omi
nosas manos, manos de médico,
fuertes, limpias, aromáticas”.
Este pasaje parece bastante discreto, sin nada especial. Podríamos
interpretarlo simplemente como un hombre que despierta de un hospital, tal vez
tras un accidente, y por eso los médicos lo rodean. Entonces, la verdad
comienza a revelarse lentamente. No está en un hospital, sino en una residencia
de ancianos. Y empiezan a suceder cosas extrañas: parece estar recuperando la
salud y rejuveneciendo, la gente camina hacia atrás y las conversaciones
carecen de sentido porque se pronuncian al revés. En este punto, el lector
comienza a comprender gradualmente la idea central del libro.
Y es que en “La Flecha del Tiempo”, Amis subvierte las leyes de la física y de la narrativa al iniciar su relato en el momento de la muerte del protagonista. Sin embargo, a diferencia de propuestas de ciencia ficción anteriores como “Criptozoico” (1967) de Brian Aldiss, en la que el viaje hacia atrás en el tiempo es una forma de percepción o un plano mental-, el narrador de Amis experimenta el tiempo de manera literal, física y biológicamente.
Este narrador
es una especie de "parásito consciente" o una voz incorpórea atrapada
dentro del cuerpo de Tod Friendly, un médico ya anciano que vive en Estados
Unidos. Sin control sobre las acciones del cuerpo que habita, esta consciencia
observa la vida del docto
r en un implacable rebobinado cronológico: la comida
sale de la boca para volver al plato; las heces ascienden del retrete hasta su
esfínter; las heridas se cierran con el impacto de un golpe; el dinero se
entrega al comprar bienes en lugar de recibirlo; los objetos se recogen de la
basura para entrarlos en casa, utilizarlos a la inversa y, más tarde, llevarlos
a la tienda; y los pacientes sanos pagan a un médico para que los enferme.
Este narrador siente el cuerpo y percibe lo que su huésped hace, pero no puede penetrar en su mente ni controlar sus actos. Desconoce la vida que Friendly ya ha vivido (aunque, según su percepción, ésta no existe todavía), pero tampoco es un completo ignorante, una tábula rasa: “No soy totalmente inocente. Por ejemplo, resulta que estoy equipado con una abundante información que no vale nada, o de cultura general, si así se prefiere”. Comprende lo que tendría sentido y entiende que su vida no lo tiene. El lector es, por tanto, invitado a empatizar con él, no solo por ser el narrador el supuesto protagonista, sino también por su ingenio y humor. Realiza numerosas observaciones perspicaces sobre los desconcertantes sucesos que ocurren en todo el mundo, describiendo actividades domésticas y cotidianas de maneras inusuales y a menudo humorísticas, como el caso de los taxis:
“El tinglado ése de los taxis amarillos
parece un negocio realmente inmejorable. Siempre están a mano cuando los
necesitas, aunque llueva a cántaros o sea la hora de cierre de cines y teatros.
Te pagan nada más entrar, sin hacer preguntas. Siempre saben adónde vas. Son
estupendos. No es de extrañar que nos quedemos plantados, durante horas y
horas, despidiéndolos con la mano, o saludándolos, s
aludando la existencia de
tan espléndido servicio. Las calles están llenas de gente con el brazo
levantado, gente calada hasta los huesos, agotada, que da las gracias a los
taxis amarillos. No hay más que una pega: siempre les da por llevarme a sitios
a los que no quiero ir”.
Ahora bien, ¿tiene esta singular estructura alguna relación con la trama general o es solo un recurso para contar una historia que, de otro modo, sería aburrida? Puede que no sea evidente al principio, ya que aproximadamente la mitad del libro se centra en un hombre que se muda constantemente de un lugar a otro, cambia de identidad en cada nueva ciudad, tiene relaciones disfuncionales con múltiples mujeres y sufre frecuentes pesadillas con bebés. El narrador, que, como he dicho, solo habita la consciencia de Todd Friendly pero no tiene acceso a su mente ni a sus recuerdos, considera estos sucesos como señales de que su huésped tiene un pasado oscuro. Es en la segunda mitad del libro cuando descubrimos que lo que esconde y la razón para muchos de sus comportamientos está relacionado con la Segunda Guerra Mundial, en particular con el Holocausto, al revelarse que Todd Friendly se llamaba en realidad Odilo Unverdorben y fue uno de los médicos nazis del Tercer Reich que trabajó en Auschwitz.
En este punto, la estructura narrativa de la novela pasa de ser un recurso llamativo a una herramienta necesaria para explorar la retorcida psicología nazi.
Desde el punto de vista del narrador, lo que hacían en Auschwitz era justo:
“Jamás se me ocurriría afirmar que
Auschwitz-Birnekau-Monowitz fuese algo bello de contemplar, o de escuchar, o de
oler, o de probar, o de tocar. Entre todos mis colegas, allí existía un generalizado
intento por encontrar, aunque sin ningún método, una mayor elegancia. Entiendo
bien esa palabra y todo el anhelo que encierra: elegancia.
No por su elegancia
llegué a amar el cielo del atardecer, de un rojo infernal, en el
que se iban reuniendo la almas. La creación es bien fácil. Y fea. Hier ist kein
warum. Aquí no hay porqué. Aquí no hay cuándo, ni cómo, ni dónde. ¿Nuestro
propósito preternatural? Soñar una raza. Hacer un pueblo a partir de la climatología.
Del trueno y del relámpago. Con el gas, con la electricidad, con la mierda y
con el fuego”.
Es aquí donde debemos empezar a cuestionar si el narrador es tan inocente como nos había parecido durante el resto de la novela, pues, aunque no puede controlar las acciones de su anfitrión, sí parece ansioso por defenderlas y es incapaz de ver la verdad más allá de la narración retrospectiva de la que es testigo. Esa inocencia que le habíamos atribuido, se resquebraja en el campo de exterminio porque, incapaz de encontrarle sentido a un mundo literalmente al revés, afirma ahora que “el mundo va a empezar a tener sentido”, precisamente en un momento histórico en el que, de hecho, tenía muy poco.
Al invertir el
tiempo, Amis logra algo terrorífico: el nazismo solo tiene sentido y se vuelve "constructivo",
si se lee al revés. En el orden temporal correcto, la ideología nazi es pura
entropía y destrucción; al revés, se convierte en un milagro de sanación
masiva. El narrador, inocente y horrorizado por la violencia cotidiana del
mund
o normal (donde los médicos "hacen daño" al quitar puntos o
pinchar con agujas), encuentra en Auschwitz el único lugar donde la medicina
parece "crear" vidas, donde el horror que inflige se transforma en
algo hermoso.
El drama y la ironía residen, por supuesto, en que el lector conoce la verdad. Habiendo sido ya ejercitado por Amis para reinterpretar cada acción como su inversa, el lector ahora lo hace automáticamente y no puede evitar ver la tragedia en la interpretación distorsionada que el narrador hace del Holocausto: el humo y las cenizas de las chimeneas se condensan para dar forma a cuerpos humanos que descienden a las cámaras de gas; dentro de los barracones, los médicos nazis no destruyen, sino que "sanan" e inyectan vida a los moribundos; los prisioneros, curados de su desnutrición, recuperan sus ropas, sus dientes de oro y sus maletas para ser embarcados en trenes que, marcha atrás, los devuelven sanos y salvos a sus hogares y con sus familias…
“Es un tó
pico insistir en que el triunfo de Auschwitz
fue en lo esencial algo puramente organizativo: habíamos encontrado el fuego
sagrado que arde en el corazón del hombre, y construimos una autobahn para ir
directos hasta allí. Ahora bien: ¿cómo explicar las divinas sincronías de la
rampa? En el momento mismo en que los débiles, los jóvenes y
los viejos fueron transportados de la sala de duchas a la estación de
ferrocarril, nuevecitos todos ellos, los hombres completaron el plazo previsto
de trabajos obligatorios, y se aventuraron incluso a reclamarlos, allí sobre la
rampa, hechos más bien un asco, qué duda puede caber, pero de todos modos
fortalecidos y lustrosos gracias al régimen de trabajo duro y una dieta muy estricta.
Desconocíamos el significado de la palabra fracaso; sobre la rampa, los éxitos
de campanillas eran tan baratos como los salivazos. Cuando las familias se
fundían, cómo suplicaban las manos y los ojos de los unos por los otros, bajo nuestra
mirada indulgente. Los despedíamos como se merecían al adentrarse en lo más
profundo de la noche. Un guardián, con las rodillas flexionadas, balanceándose,
tocaba el acordeón. La verdad es que bebíamos todos como cosacos. ¿Y aquellas
despedidas de soltero en la rampa?; los Kapos, como si
fuesen los amigos del novio, empujaban al hombre a la carretera que lo estaba
esperando, recién espolvoreado de basura y de mierda, bien preparado para el
viaje de vuelta a casa”.
Aquí también se
plantea una cuestión sobre la ideología y su poder. Si bie
n Amis presenta el
Holocausto como una visión literalmente inversa, que solo tiene sentido en un
mundo patas arriba, también expone algunos elementos clave del pensamiento
nazi. Los miembros de ese partido eran fervientemente eugenistas y creían que
la “raza aria” -término utilizado principalmente como justificación
pseudocientífica para distinguir a los europeos blancos de los judíos, romaníes
y negros- era biológica y moralmente superior a otros grupos étnicos. Así, los
médicos que sirvieron en los campos de concentración aseguraron que creían
estar haciendo un favor a la humanidad al extirpar el tejido maligno para el bien
del cuerpo en su conjunto. De este modo, la comprensión que tiene el narrador
del Holocausto como un acto de creación, preocupado por la preservación de la
vida, es coherente con las intenciones de los científicos nazis que lo llevaron
a cabo, por muy abominables que fueran tales ideas.
Co
mo el
narrador es incapaz de comprender correctamente el mundo que le rodea en cada
momento, tampoco puede evaluarlo críticamente. Si bien es un “ser” inteligente
y deductivo, a menudo comete errores al interpretar lo que ve, lo que da lugar
a interpretaciones erróneas y cómicas. Claramente, no es “alguien” malo per se,
dado que la moralidad, de hecho, significa mucho para él. Al principio señala: “No podría decir, y la verdad es que
necesitaría saberlo, si Tod es bueno. O lo malo que es”. Esta preocupación acerca
de si su anfitrión es o no una buena persona persiste a lo largo de la novela.
Lo trágico es que el deseo del narrador de encontrar la verdad moral no va más
allá de la superficie de lo que percibe, y por ello, comete errores fatales,
como considerar el Holocausto como algo positivo. Incapaz de aplicar su
inteligencia para evaluar el mundo de forma crítica -a pesar de estar
frustrantemente cerca de comprender su dilema cuando afirma: “tengo la sensación de que esta película han
empezado a pasarla por el final”- el narrador se deja llevar fácilmente por
sus primeras suposiciones y nunca las cuestiona lo suficiente.
Mientras tanto
y como apuntaba antes, Amis ha ido instruyendo al lector en el ejercicio del pensamiento
crítico del que carece su narrador. A lo largo de la novela, es necesario
reinterpretar constantemente, en orden inverso, todo lo que aquél relat
a para
determinar qué es lo que de verdad ocurre en tiempo lineal. Así, cuando el
lector llega a la parte de Auschwitz, ya se encuentra preparado para reevaluar los
acontecimientos. Y la sensación es terrible porque el error moral del narrador
ya no es fuente de comicidad, sino una auténtica tragedia. Además de generar un
profundo impacto emocional, la novela enseña al lector a mirar más allá de la
superficie de los acontecimientos y demuestra la necesidad moral del
pensamiento crítico.
Cuando
analizamos detenidamente la novela, vemos que los títulos de los capítulos,
aunque aparentemente inocentes a primera vista, parecen transmitir la culpa
subconsciente de Odilo, ya que presentan algunas defensas para sus acciones:
"Hay que ser cruel para ser bueno”
sirve como justificación para cometer horrores en aras de la preservación de
una supuesta "raza superior"; "Como soy curandero, cuanto hago es curativo”, sugiere una
conclusión inevitable con respecto a las acciones de Odilo; "Se hace lo que se puede, que no siempre es
lo mejor” busca desviar la responsabilidad, convirtiendo las acciones del
nazi en algo predeterminado por su habilidad; y "Aquí no hay por qué" implica que nuestra falta de comprensión
sobre el significado de la vida nos permite ignorar la moralidad por c
ompleto.
Si bien el narrador ingenuamente considera la contribución de Odilo al Holocausto
como algo totalmente positivo, subyace en la narración (ya que los títulos de
los capítulos se derivan directamente de su contenido) una conciencia oculta
que implora perdón.
Aunque algunas reseñas afirman que “La Flecha del Tiempo” es una novela efectista y que las bromas sobre la locura del mundo pierden algo de gracia hacia el final, creo que Amis logra impactar a los lectores con su representación del poder de la ideología. El narrador es claramente un fragmento de la conciencia de Odilo, y aunque nunca se revela la razón de su existencia ni por qué experimenta la vida al revés, yo interpreto que es una secesión de su propia mente producto de los remordimientos, una suerte de negación. La disociación entre el cuerpo y la mente refleja la propia psicología de los perpetradores de crímenes de lesa humanidad, su capacidad de compartimentar la mente para cometer atrocidades sin sentir culpa en el día a día.
En resumen, la
novela nos cuenta cómo tendría que funcionar el mundo para que la negación de
Odilo tuviera algún sentido. Así pues, “La Flecha del Tiempo”
es,
principalmente, una historia sobre ideología, sí, pero también sobre negación y
hasta dónde estamos dispuestos a llegar para justificar nuestros propios actos
de odio.
Cuando se publicó “La Flecha del Tiempo” en 1991, generó muchísima expectación. Quedó finalista en el prestigioso Premio Booker y para la crítica generalista, fue la demostración de que el genio satírico de Amis finalmente había madurado al atreverse con el gran trauma del siglo XX. Tengo que decir que la novela me parece fascinante por su estructura, por la forma que tiene de involucrar al lector y por las ideas que plantea. Otra cosa es que los entusiastas comentarios que a menudo recibe relativos a su originalidad, estén plenamente justificados. Tiene una estructura y una premisa inusuales, sí, pero no nuevas en la ciencia ficción.
Por ejemplo, el
concepto de un mundo que “rebobina” sus días está mucho mejor planteado,
teorizado y ejecutado en “El Mundo Contra Reloj" (1967), de Philip K. Dick.
Mientras A
mis lo utiliza como un dispositivo estilístico y un tanto rígido,
Dick explora las consecuencias teóricas, filosóficas y cotidianas de la
inversión del tiempo con una soltura especulativa que a Amis se le escapa. En
cuanto a la idea de procesar una catástrofe histórica y un trauma personal a
través de una mente que viaja a la deriva en el tiempo ya la había desarrollado
magistralmente Kurt Vonnegut en “Matadero Cinco” (1969), donde exorcizó su
propia herida espiritual como superviviente del bombardeo de Dresde. De hecho,
su estructura es más compleja y emocionalmente conmovedora que la novela de
Amis.
Así que, desde el punto de vista del aficionado a la CF, “La Flecha del Tiempo”, independientemente de sus méritos –que los tiene- no es el epítome de la vanguardia. Que el circuito cultural oficial la celebrara como tal es el equivalente a que un pintor del siglo XVIII se hubiera presentado ante la Academia reclamando haber inventado las leyes de la perspectiva lineal y -lo que resulta verdaderamente insólito y ofensivo para los lectores de género-, que toda la comunidad artística le hubiera creído y aplaudido el engaño.
Este caso demuestra cómo la “Alta Crítica” suele operar en una burbuja aislada. Si un recurso formal como la inversión del flujo temporal aparece en una novela con portadas de colores y naves espaciales, se etiqueta como "literatura de consumo" y se la margina como subproducto cultural. Si ese mismo recurso lo firma el hijo de Kingsley Amis y lo publica una editorial de prestigio, la crítica lo bautiza instantáneamente como "alta literatura" y "experimento formal pionero". Esos críticos, por inopia o por prejuicio, optaron por ignorar que mientras que Philip K. Dick utilizó la inversión del tiempo como herramienta para cuestionar la naturaleza misma de la realidad y la religión (en su libro, los muertos resucitan de sus tumbas y los concilios vaticanos tienen que borrar dogmas), para Amis es un vector unidireccional diseñado para generar un impacto ético concreto. Y mientras que Vonnegut fue testigo presencial de la masacre de Dresde y utilizó la fragmentación temporal para reflejar el trastorno de estrés postraumático que él mismo padeció, la estructura de Amis se percibe más como un artificio de laboratorio, un andamiaje intelectual que busca epatar al lector antes que comprender la psique del trauma.
Hechas estas apreciaciones con el fin de poner las cosas en su sitio y atribuir los méritos a quien corresponde, no puedo sino recomendar la lectura de “La Flecha del Tiempo”. Original o no, la novela de Amis no es solo un experimento formal o un juego literario sino una profunda reflexión sobre la culpa, la imposibilidad de escapar del pasado y cómo el lenguaje y la perspectiva pueden alterar la percepción de las peores crueldades humanas. Lectura muy recomendada para cualquiera que tenga interés en el tema del Holocausto o aprecie el virtuosismo literario.

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