martes, 26 de mayo de 2026

1991- LA FLECHA DEL TIEMPO – Martin Amis



La encrucijada en la que confluyen la literatura realista y/o mainstream con la ciencia ficción suele ser un terreno minado. Cuando un autor de prestigio ajeno al género decide experimentar con sus códigos, a menudo es recibido con hostilidad o escepticismo por la comunidad de aficionados. Este recelo no es un simple elitismo de nicho, sino que tiene raíces justificadas.

 

El principal punto de fricción radica en la falta de bagaje del “turista”. Con frecuencia, estos escritores se aproximan a los tropos de la literatura especulativa ignorando el corpus de obras que ya han digerido, deconstruido y superado desde hace décadas las ideas que ellos presentan como originales. Por ejemplo, en no pocas ocasiones, críticos poco versados en la CF o incluso los mismos autores consagrados se arrogan con ingenuo entusiasmo el mérito de "redescubrir" el subgénero de la Ucronía o Historia Alternativa, como si estuvieran colonizando una tierra virgen, cuando en realidad pisan un terreno ya muy transitado tiempo atrás por autores tan diferentes como Philip K. Dick o Ward Moore.

 

Para ilustrarlo, tomemos un par de obras significativas, ambas técnicamente sobresalientes pero que adolecen de una notable timidez especulativa. En “El Joven Adolfo” (1978), la británica Beryl Bainbridge juega con la premisa de un joven Adolf Hitler viviendo en Liverpool en 1913. Aunque el planteamiento resulta atractivo, la obra funciona más como una sátira doméstica o un estudio de personaje que como una verdadera ucronía (por no hablar de que, por ejemplo, Norman Spinrad, había hecho algo mucho más original poco tiempo antes con “El Sueño de Hierro”, 1972). En “La Conjura contra América” (2004), el norteamericano Philip Roth imagina un escenario en el que el aviador y simpatizante nazi Charles Lindbergh derrota a Franklin D. Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. La trama se enfoca en el auge del antisemitismo en EE. UU. a través de los ojos de una familia judía de Newark.

 

A pesar de sus innegables virtudes literarias, ambas novelas comparten un defecto al que los críticos del género se refieren como “cautela estéticamente debilitante”, esto es, el temor a alejarse demasiado de la "historia real". En lugar de permitir que la divergencia temporal florezca y transforme el mundo por completo, los autores fuerzan los acontecimientos para que la cronología oficial termine imponiéndose o restableciéndose. La consecuencia final es que el potencial de la ucronía no se explota adecuadamente, quedando como un simple decorado o una parábola política que no se atreve a romper amarras con la realidad histórica conocida.

 

Es por razones como esta que el aficionado a la CF mira con desconfianza a los “turistas literarios”. Y no digamos ya cuando éstos, habiendo acumulado un notable grado de prestigio, se sirven de los tropos del género, pero luego etiquetan la obra como, por ejemplo, "fábula política" o "realismo mágico" tratando de evitar el “estigma” de la literatura popular. Así que todo sale mal: por una parte el escritor cree que está innovando porque desconoce el género; y el lector de género siente que el autor menosprecia las reglas del juego de las que se aprovecha.

 

Otro ejemplo de este fenómeno es la novela que ahora nos ocupa, “La Flecha del Tiempo”, de Martin Amis. Cuando se publicó inicialmente, la crítica literaria tradicional encumbró la novela como un monumento de originalidad inaudita y profunda audacia estructural. Sin embargo, si se analiza bajo el microscopio de la literatura de género, la obra revela costuras profundamente derivativas, ya que sus dos grandes pilares —la inversión del tiempo y la fragmentación de la memoria del horror— pertenecen a autores que la crítica institucionalizada solía mirar por encima del hombro.

 

Pero antes, ¿quién fue Martin Amis? No era un escritor cualquiera sino el “enfant terrible” de la literatura contemporánea, una celebridad con un estilo pirotécnico, hijo de otro gigante de la literatura (Kingsley Amis, que también visitó la CF) y miembro de una generación que redefinió la novela británica junto a Ian McEwan, Salman Rushdie y Julian Barnes.

 

Amis debutó muy joven, cargando con la inevitable comparación con su padre, un autor consagrado de corte más tradicional. Sin embargo, el hijo prodigio dejó claro desde el principio que su voz era mucho más salvaje, cínica y obsesionada con la cultura pop, el sexo y el declive urbano. A los 24 años escribió “El Libro de Rachel” (1973), una novela de maduración cargada de un humor negro y una autoconsciencia que le valió el Premio Somerset Maugham. Con “Niños Muertos” (1975) y “Éxito” (1978) refinó su nihilismo satírico, retratando a unas juventudes aristocrática y burguesa decadentes, destructivas y obsesionadas con el estatus. En esta época compaginó la escritura con el periodismo cultural, llegando a ser el editor literario del prestigioso “The New Statesman”, lo que le otorgó un enorme poder de influencia y un conocimiento profundo del mundillo editorial.

 

Los años 80 fueron la década dorada de Amis, un periodo en el que se erigió como cronista de los excesos del capitalismo tatcheriano, el dinero rápido, la sordidez urbana y la vulgaridad de la era moderna. Su estilo barroco y mordaz impregna “Dinero” (1984), considerada por muchos como su obra maestra; y “Campos de Londres” (1989), una novela monumental y preapocalíptica ambientada en un Londres al borde del colapso moral y climático a las puertas del año 2000. Para cuando termina la década, Amis es ya el rey indiscutible de la vanguardia literaria más comercial del Reino Unido. Pero había un problema: se le acusaba a menudo de ser un estilista brillante pero superficial, un autor fascinado por la escoria, pero incapaz de conmoverse o de tratar temas con verdadero peso histórico o moral.

 

A finales de los 80, Amis empieza a obsesionarse con las grandes amenazas globales de la segunda mitad del siglo XX, como las armas nucleares y los totalitarismos. En 1987 publica “Monstruos de Einstein”, una colección de relatos con un extenso ensayo introductorio en el que confiesa su terror y su fijación con la guerra nuclear, argumentando que la existencia de la bomba ha distorsionado la psique humana y el tiempo mismo. Es en este estado mental de "búsqueda de trascendencia" donde decide dar el salto al tema más tabú y complejo de la historia europea: el Holocausto. Consciente de que la narrativa tradicional se queda corta ante Auschwitz, busca una estructura formal que le permita abordar el horror desde un ángulo oblicuo. Y es ahí donde nace “La Flecha del Tiempo”.

 

La historia comienza con la muerte de su protagonista, aunque a primera vista no lo parezca. La novela comienza así:Desperté del más negro sueño y me encontré rodeado de médicos… Médicos norteamericanos: percibí su vigor, tan incontrolable como su profuso vello corporal, y también el ominoso tacto de sus ominosas manos, manos de médico, fuertes, limpias, aromáticas”. Este pasaje parece bastante discreto, sin nada especial. Podríamos interpretarlo simplemente como un hombre que despierta de un hospital, tal vez tras un accidente, y por eso los médicos lo rodean. Entonces, la verdad comienza a revelarse lentamente. No está en un hospital, sino en una residencia de ancianos. Y empiezan a suceder cosas extrañas: parece estar recuperando la salud y rejuveneciendo, la gente camina hacia atrás y las conversaciones carecen de sentido porque se pronuncian al revés. En este punto, el lector comienza a comprender gradualmente la idea central del libro.

 

Y es que en “La Flecha del Tiempo”, Amis subvierte las leyes de la física y de la narrativa al iniciar su relato en el momento de la muerte del protagonista. Sin embargo, a diferencia de propuestas de ciencia ficción anteriores como “Criptozoico” (1967) de Brian Aldiss, en la que el viaje hacia atrás en el tiempo es una forma de percepción o un plano mental-, el narrador de Amis experimenta el tiempo de manera literal, física y biológicamente.

 

Este narrador es una especie de "parásito consciente" o una voz incorpórea atrapada dentro del cuerpo de Tod Friendly, un médico ya anciano que vive en Estados Unidos. Sin control sobre las acciones del cuerpo que habita, esta consciencia observa la vida del doctor en un implacable rebobinado cronológico: la comida sale de la boca para volver al plato; las heces ascienden del retrete hasta su esfínter; las heridas se cierran con el impacto de un golpe; el dinero se entrega al comprar bienes en lugar de recibirlo; los objetos se recogen de la basura para entrarlos en casa, utilizarlos a la inversa y, más tarde, llevarlos a la tienda; y los pacientes sanos pagan a un médico para que los enferme.

 

Este narrador siente el cuerpo y percibe lo que su huésped hace, pero no puede penetrar en su mente ni controlar sus actos. Desconoce la vida que Friendly ya ha vivido (aunque, según su percepción, ésta no existe todavía), pero tampoco es un completo ignorante, una tábula rasa: “No soy totalmente inocente. Por ejemplo, resulta que estoy equipado con una abundante información que no vale nada, o de cultura general, si así se prefiere”. Comprende lo que tendría sentido y entiende que su vida no lo tiene. El lector es, por tanto, invitado a empatizar con él, no solo por ser el narrador el supuesto protagonista, sino también por su ingenio y humor. Realiza numerosas observaciones perspicaces sobre los desconcertantes sucesos que ocurren en todo el mundo, describiendo actividades domésticas y cotidianas de maneras inusuales y a menudo humorísticas, como el caso de los taxis:

 

“El tinglado ése de los taxis amarillos parece un negocio realmente inmejorable. Siempre están a mano cuando los necesitas, aunque llueva a cántaros o sea la hora de cierre de cines y teatros. Te pagan nada más entrar, sin hacer preguntas. Siempre saben adónde vas. Son estupendos. No es de extrañar que nos quedemos plantados, durante horas y horas, despidiéndolos con la mano, o saludándolos, saludando la existencia de tan espléndido servicio. Las calles están llenas de gente con el brazo levantado, gente calada hasta los huesos, agotada, que da las gracias a los taxis amarillos. No hay más que una pega: siempre les da por llevarme a sitios a los que no quiero ir”.

 

Ahora bien, ¿tiene esta singular estructura alguna relación con la trama general o es solo un recurso para contar una historia que, de otro modo, sería aburrida? Puede que no sea evidente al principio, ya que aproximadamente la mitad del libro se centra en un hombre que se muda constantemente de un lugar a otro, cambia de identidad en cada nueva ciudad, tiene relaciones disfuncionales con múltiples mujeres y sufre frecuentes pesadillas con bebés. El narrador, que, como he dicho, solo habita la consciencia de Todd Friendly pero no tiene acceso a su mente ni a sus recuerdos, considera estos sucesos como señales de que su huésped tiene un pasado oscuro. Es en la segunda mitad del libro cuando descubrimos que lo que esconde y la razón para muchos de sus comportamientos está relacionado con la Segunda Guerra Mundial, en particular con el Holocausto, al revelarse que Todd Friendly se llamaba en realidad Odilo Unverdorben y fue uno de los médicos nazis del Tercer Reich que trabajó en Auschwitz.

 

En este punto, la estructura narrativa de la novela pasa de ser un recurso llamativo a una herramienta necesaria para explorar la retorcida psicología nazi.

 

Desde el punto de vista del narrador, lo que hacían en Auschwitz era justo:

“Jamás se me ocurriría afirmar que Auschwitz-Birnekau-Monowitz fuese algo bello de contemplar, o de escuchar, o de oler, o de probar, o de tocar. Entre todos mis colegas, allí existía un generalizado intento por encontrar, aunque sin ningún método, una mayor elegancia. Entiendo bien esa palabra y todo el anhelo que encierra: elegancia. No por su elegancia llegué a amar el cielo del atardecer, de un rojo infernal, en el que se iban reuniendo la almas. La creación es bien fácil. Y fea. Hier ist kein warum. Aquí no hay porqué. Aquí no hay cuándo, ni cómo, ni dónde. ¿Nuestro propósito preternatural? Soñar una raza. Hacer un pueblo a partir de la climatología. Del trueno y del relámpago. Con el gas, con la electricidad, con la mierda y con el fuego”.

 

Es aquí donde debemos empezar a cuestionar si el narrador es tan inocente como nos había parecido durante el resto de la novela, pues, aunque no puede controlar las acciones de su anfitrión, sí parece ansioso por defenderlas y es incapaz de ver la verdad más allá de la narración retrospectiva de la que es testigo. Esa inocencia que le habíamos atribuido, se resquebraja en el campo de exterminio porque, incapaz de encontrarle sentido a un mundo literalmente al revés, afirma ahora que “el mundo va a empezar a tener sentido”, precisamente en un momento histórico en el que, de hecho, tenía muy poco.

 

Al invertir el tiempo, Amis logra algo terrorífico: el nazismo solo tiene sentido y se vuelve "constructivo", si se lee al revés. En el orden temporal correcto, la ideología nazi es pura entropía y destrucción; al revés, se convierte en un milagro de sanación masiva. El narrador, inocente y horrorizado por la violencia cotidiana del mundo normal (donde los médicos "hacen daño" al quitar puntos o pinchar con agujas), encuentra en Auschwitz el único lugar donde la medicina parece "crear" vidas, donde el horror que inflige se transforma en algo hermoso.

 

El drama y la ironía residen, por supuesto, en que el lector conoce la verdad. Habiendo sido ya ejercitado por Amis para reinterpretar cada acción como su inversa, el lector ahora lo hace automáticamente y no puede evitar ver la tragedia en la interpretación distorsionada que el narrador hace del Holocausto: el humo y las cenizas de las chimeneas se condensan para dar forma a cuerpos humanos que descienden a las cámaras de gas; dentro de los barracones, los médicos nazis no destruyen, sino que "sanan" e inyectan vida a los moribundos; los prisioneros, curados de su desnutrición, recuperan sus ropas, sus dientes de oro y sus maletas para ser embarcados en trenes que, marcha atrás, los devuelven sanos y salvos a sus hogares y con sus familias…

 

Es un tópico insistir en que el triunfo de Auschwitz fue en lo esencial algo puramente organizativo: habíamos encontrado el fuego sagrado que arde en el corazón del hombre, y construimos una autobahn para ir directos hasta allí. Ahora bien: ¿cómo explicar las divinas sincronías de la rampa? En el momento mismo en que los débiles, los jóvenes y los viejos fueron transportados de la sala de duchas a la estación de ferrocarril, nuevecitos todos ellos, los hombres completaron el plazo previsto de trabajos obligatorios, y se aventuraron incluso a reclamarlos, allí sobre la rampa, hechos más bien un asco, qué duda puede caber, pero de todos modos fortalecidos y lustrosos gracias al régimen de trabajo duro y una dieta muy estricta. Desconocíamos el significado de la palabra fracaso; sobre la rampa, los éxitos de campanillas eran tan baratos como los salivazos. Cuando las familias se fundían, cómo suplicaban las manos y los ojos de los unos por los otros, bajo nuestra mirada indulgente. Los despedíamos como se merecían al adentrarse en lo más profundo de la noche. Un guardián, con las rodillas flexionadas, balanceándose, tocaba el acordeón. La verdad es que bebíamos todos como cosacos. ¿Y aquellas despedidas de soltero en la rampa?; los Kapos, como si fuesen los amigos del novio, empujaban al hombre a la carretera que lo estaba esperando, recién espolvoreado de basura y de mierda, bien preparado para el viaje de vuelta a casa”.

 

Aquí también se plantea una cuestión sobre la ideología y su poder. Si bien Amis presenta el Holocausto como una visión literalmente inversa, que solo tiene sentido en un mundo patas arriba, también expone algunos elementos clave del pensamiento nazi. Los miembros de ese partido eran fervientemente eugenistas y creían que la “raza aria” -término utilizado principalmente como justificación pseudocientífica para distinguir a los europeos blancos de los judíos, romaníes y negros- era biológica y moralmente superior a otros grupos étnicos. Así, los médicos que sirvieron en los campos de concentración aseguraron que creían estar haciendo un favor a la humanidad al extirpar el tejido maligno para el bien del cuerpo en su conjunto. De este modo, la comprensión que tiene el narrador del Holocausto como un acto de creación, preocupado por la preservación de la vida, es coherente con las intenciones de los científicos nazis que lo llevaron a cabo, por muy abominables que fueran tales ideas.

 

Como el narrador es incapaz de comprender correctamente el mundo que le rodea en cada momento, tampoco puede evaluarlo críticamente. Si bien es un “ser” inteligente y deductivo, a menudo comete errores al interpretar lo que ve, lo que da lugar a interpretaciones erróneas y cómicas. Claramente, no es “alguien” malo per se, dado que la moralidad, de hecho, significa mucho para él. Al principio señala: “No podría decir, y la verdad es que necesitaría saberlo, si Tod es bueno. O lo malo que es”. Esta preocupación acerca de si su anfitrión es o no una buena persona persiste a lo largo de la novela. Lo trágico es que el deseo del narrador de encontrar la verdad moral no va más allá de la superficie de lo que percibe, y por ello, comete errores fatales, como considerar el Holocausto como algo positivo. Incapaz de aplicar su inteligencia para evaluar el mundo de forma crítica -a pesar de estar frustrantemente cerca de comprender su dilema cuando afirma: “tengo la sensación de que esta película han empezado a pasarla por el final”- el narrador se deja llevar fácilmente por sus primeras suposiciones y nunca las cuestiona lo suficiente.

 

Mientras tanto y como apuntaba antes, Amis ha ido instruyendo al lector en el ejercicio del pensamiento crítico del que carece su narrador. A lo largo de la novela, es necesario reinterpretar constantemente, en orden inverso, todo lo que aquél relata para determinar qué es lo que de verdad ocurre en tiempo lineal. Así, cuando el lector llega a la parte de Auschwitz, ya se encuentra preparado para reevaluar los acontecimientos. Y la sensación es terrible porque el error moral del narrador ya no es fuente de comicidad, sino una auténtica tragedia. Además de generar un profundo impacto emocional, la novela enseña al lector a mirar más allá de la superficie de los acontecimientos y demuestra la necesidad moral del pensamiento crítico.

 

Cuando analizamos detenidamente la novela, vemos que los títulos de los capítulos, aunque aparentemente inocentes a primera vista, parecen transmitir la culpa subconsciente de Odilo, ya que presentan algunas defensas para sus acciones: "Hay que ser cruel para ser bueno” sirve como justificación para cometer horrores en aras de la preservación de una supuesta "raza superior"; "Como soy curandero, cuanto hago es curativo”, sugiere una conclusión inevitable con respecto a las acciones de Odilo; "Se hace lo que se puede, que no siempre es lo mejor” busca desviar la responsabilidad, convirtiendo las acciones del nazi en algo predeterminado por su habilidad; y "Aquí no hay por qué" implica que nuestra falta de comprensión sobre el significado de la vida nos permite ignorar la moralidad por completo. Si bien el narrador ingenuamente considera la contribución de Odilo al Holocausto como algo totalmente positivo, subyace en la narración (ya que los títulos de los capítulos se derivan directamente de su contenido) una conciencia oculta que implora perdón.

 

Aunque algunas reseñas afirman que “La Flecha del Tiempo” es una novela efectista y que las bromas sobre la locura del mundo pierden algo de gracia hacia el final, creo que Amis logra impactar a los lectores con su representación del poder de la ideología. El narrador es claramente un fragmento de la conciencia de Odilo, y aunque nunca se revela la razón de su existencia ni por qué experimenta la vida al revés, yo interpreto que es una secesión de su propia mente producto de los remordimientos, una suerte de negación. La disociación entre el cuerpo y la mente refleja la propia psicología de los perpetradores de crímenes de lesa humanidad, su capacidad de compartimentar la mente para cometer atrocidades sin sentir culpa en el día a día.

 

En resumen, la novela nos cuenta cómo tendría que funcionar el mundo para que la negación de Odilo tuviera algún sentido. Así pues, “La Flecha del Tiempo” es, principalmente, una historia sobre ideología, sí, pero también sobre negación y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para justificar nuestros propios actos de odio.

 

Cuando se publicó “La Flecha del Tiempo” en 1991, generó muchísima expectación. Quedó finalista en el prestigioso Premio Booker y para la crítica generalista, fue la demostración de que el genio satírico de Amis finalmente había madurado al atreverse con el gran trauma del siglo XX. Tengo que decir que la novela me parece fascinante por su estructura, por la forma que tiene de involucrar al lector y por las ideas que plantea. Otra cosa es que los entusiastas comentarios que a menudo recibe relativos a su originalidad, estén plenamente justificados. Tiene una estructura y una premisa inusuales, sí, pero no nuevas en la ciencia ficción.

 

Por ejemplo, el concepto de un mundo que “rebobina” sus días está mucho mejor planteado, teorizado y ejecutado en “El Mundo Contra Reloj" (1967), de Philip K. Dick. Mientras Amis lo utiliza como un dispositivo estilístico y un tanto rígido, Dick explora las consecuencias teóricas, filosóficas y cotidianas de la inversión del tiempo con una soltura especulativa que a Amis se le escapa. En cuanto a la idea de procesar una catástrofe histórica y un trauma personal a través de una mente que viaja a la deriva en el tiempo ya la había desarrollado magistralmente Kurt Vonnegut en “Matadero Cinco” (1969), donde exorcizó su propia herida espiritual como superviviente del bombardeo de Dresde. De hecho, su estructura es más compleja y emocionalmente conmovedora que la novela de Amis. 

 

Así que, desde el punto de vista del aficionado a la CF, “La Flecha del Tiempo”, independientemente de sus méritos –que los tiene- no es el epítome de la vanguardia. Que el circuito cultural oficial la celebrara como tal es el equivalente a que un pintor del siglo XVIII se hubiera presentado ante la Academia reclamando haber inventado las leyes de la perspectiva lineal y -lo que resulta verdaderamente insólito y ofensivo para los lectores de género-, que toda la comunidad artística le hubiera creído y aplaudido el engaño.

 

Este caso demuestra cómo la “Alta Crítica” suele operar en una burbuja aislada. Si un recurso formal como la inversión del flujo temporal aparece en una novela con portadas de colores y naves espaciales, se etiqueta como "literatura de consumo" y se la margina como subproducto cultural. Si ese mismo recurso lo firma el hijo de Kingsley Amis y lo publica una editorial de prestigio, la crítica lo bautiza instantáneamente como "alta literatura" y "experimento formal pionero". Esos críticos, por inopia o por prejuicio, optaron por ignorar que mientras que Philip K. Dick utilizó la inversión del tiempo como herramienta para cuestionar la naturaleza misma de la realidad y la religión (en su libro, los muertos resucitan de sus tumbas y los concilios vaticanos tienen que borrar dogmas), para Amis es un vector unidireccional diseñado para generar un impacto ético concreto. Y mientras que Vonnegut fue testigo presencial de la masacre de Dresde y utilizó la fragmentación temporal para reflejar el trastorno de estrés postraumático que él mismo padeció, la estructura de Amis se percibe más como un artificio de laboratorio, un andamiaje intelectual que busca epatar al lector antes que comprender la psique del trauma.

 

Hechas estas apreciaciones con el fin de poner las cosas en su sitio y atribuir los méritos a quien corresponde, no puedo sino recomendar la lectura de “La Flecha del Tiempo”. Original o no, la novela de Amis no es solo un experimento formal o un juego literario sino una profunda reflexión sobre la culpa, la imposibilidad de escapar del pasado y cómo el lenguaje y la perspectiva pueden alterar la percepción de las peores crueldades humanas. Lectura muy recomendada para cualquiera que tenga interés en el tema del Holocausto o aprecie el virtuosismo literario.

 

 

 


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