(Viene de la entrada anterior)
El segundo volumen de “Infinity 8” (que recopila la prepublicación original de los comic books nº 4, 5 y 6), la ambiciosa ópera espacial de Lewis Trondheim y Olivier Vatine, se titula “Regreso al Führer” y continúa su viaje a través del bucle temporal explicado en la primera aventura. La protagonista de ésta, Yoko Keren, había recopilado información sobre el cúmulo de macabros artefactos que bloqueaba la travesía del crucero espacial que título a la serie, pero ésta había resultado insuficiente, así que el Capitán de la nave, un imponente alienígena tentacular que flota en un acuario gigante, se ve obligado a ejecutar el protocolo 8, retrocediendo en el tiempo para probar otra estrategia –al hacerlo, él no pierde memoria de lo sucedido en el primer intento-.
En esta segunda
línea temporal, la protagonista es la Agente Stella Moonkicker, t
an exuberante
y atractiva como su predecesora Yoko Keren, pero en vez de estar obsesionada
con encontrar un macho genéticamente compatible, ésta es una adicta a las redes
sociales, a las estadísticas de sus perfiles y a tomarse selfies en mitad de
situaciones peligrosas. También tiene una forma un tanto brusca de acometer su
trabajo de mantenimiento del orden, por lo que sus superiores no han tenido otra
opción que asignarle a Bobbie, un robot de seguridad sin muchas luces encargado
de vigilarla temporalmente. Su divertido diálogo inicial ya deja clara la
situación. Cuando Stella le pregunta cuánto va a tener que soportar su compañía,
el robot contesta: “En seis días, salvo
que de aquí a entonces tengas un nuevo arrebato de violencia con los
pasajeros”.
“Eran unos maleantes e iban armados. Y la inspección general ha retirado los cargos. Lo que no les ha gustado es que colgara un selfie con sus cadáveres”.
“El informe también hace referencia a tu sonrisa de satisfacción”.
C
omo castigo, le
imponen una misión en principio sin importancia: supervisar la seguridad de un
congreso, tal y como dice el robot, “de ocio y cultura” y que resulta estar
organizado por "nazis benevolentes". En este futuro lejano, la
ideología fascista ha sufrido un proceso de "desdemonización"
cosmética, convirtiéndose en una especie de club social encantador, apasionado
por las tartas de la amistad, los consejos de belleza, las recetas para perder
peso y el el merchandising con esvásticas, aceptando a humanos y extraterrestres
por igual e incluso utilizando clones de Rudolf Hess a partir del ADN del
original. El único dispuesto a montar follón es un judío ultraortodoxo
alienígena, Shlomo Judaí, que según los archivos de la nave fue condenado por
pegar a su mujer: “Estaba en mi
derecho…Se puso a hablar con un hombre”, se justifica él mientras la agente
Moonkicker se lo lleva arrestado.
Esta comedia
aparentemente inofensiva se convierte en una amenaza cuando la Infinity llega
al enorme obstácu
lo formado por escombros fúnebres de innumerables
civilizaciones. La presencia de Stella es reclamada por el Capitán y el
teniente Ruffo la pone al tanto de la situación. Tras algunas rápidas explicaciones,
la agente se prepara para un paseo espacial que le permita reunir aún más
información del extraño fenómeno con el que se han topado.
Pero, mientras
tanto, uno de los neonazis piratea el sistema de la nave y a través de sus
escáneres detecta un proyectil V4 nazi (un guiño a los cohetes de Von Braun)
con cargamento desconocido. A c
ontinuación, salen ilegalmente de la nave y se
encuentran con que el derelicto lleva en su interior la cabeza criogenizada y
perfectamente conservada de Adolf Hitler. Creyendo estar resucitando al líder
de su benéfico movimiento, recuperan esa reliquia y, para evitar que se
estropee en el vacío espacial es implantada en el robot Bobbie
Controlando su nuevo
cuerpo mecánico, el Führer promueve una revolución relámpago en la Infinity. En
tan solo siete horas, aprovechando la propaganda mediática y la maleabilidad
mental de los pasajeros menos adinerados (a los que convence de la existencia
de una conspiración por parte de los andromedianos), se pone al mando de un
ejército de robots. Stella Moonkicker se ve obligada a actuar como agente
doble, tirando de ingenio y valentía para detenerlo. Si el Führer destruye al
Capitán, el bucle no podrá reiniciarse y el Cuarto Reich Intergaláctico se
convertirá en la única línea temporal real. En el desenlace, sin embargo, el
protocolo 8 vuelve a ejecutarse in extremis salvando a todos los habitantes de
la nave y devolviendo la cabeza de Hitler a su sarcófago original, pero, aparte
del descubrimiento de que los nazis no es
tuvieron detrás de la creación de esa
acumulación de objetos mortuorios, la investigación ha avanzado poco.
A nivel argumental, el guion firmado por Lewis Trondheim y Olivier Vatine funciona como una maquinaria de relojería pulp que rinde homenaje a la ciencia ficción de los años 70, pero pasada por el filtro cínico, ácido y violento del siglo XXI. El uso del bucle de 8 horas otorga una urgencia que no deja espacio a ningún tipo de solemnidad ni reflexión. Ahora bien, tras el largo encadenamiento de situaciones absolutamente disparatadas, late una intencionada sátira política. Y es que Trondheim utiliza el “blanqueamiento” de los neonazis espaciales como una alusión nada velada al auge del populismo contemporáneo y a formaciones políticas reales como el Frente Nacional en Francia. La historia nos muestra cómo los argumentos simplificadores, el lavado de cara estético y la retórica amable pueden manipular los cerebros de la sociedad hasta permitir que el fascismo tome el control en cuestión de horas.
Durante el
proceso de gestación del comic, ambos autores mantuvieron una suerte de tenso
debate s
obre el papel y aspecto de los personajes femeninos. El concepto de las
pin-ups espaciales es uno de los pilares estéticos más representativos de la ciencia
ficción clásica y su origen se remonta a los mismísimos orígenes de la CF
literaria en Estados Unidos, concretamente a las portadas de revistas hoy
legendarias como “Amazing Stories”, “Astounding Stories” o “Startling Stories”.
Su función estaba muy clara: llamar la atención de los potenciales compradores –casi
en su totalidad masculinos- que acudían a los quioscos y que se encontraban con
una inmensa oferta de este tipo de productos. Esas portadas casi siempre
repetían el mismo esquema: un monstruo alienígena de aspecto repulsivo o un robot
amenazador, un héroe masculino en segundo plano y una mujer hermosa en apuros. Lo
llamativo es que estas damiselas solían vestir trajes espaciales de látex o bañadores
futuristas que desafiaban toda lógica física y biológica. Por supuesto, no había
ni se pretendía rigor científico alguno porque lo que primaba era el erotismo
ingenuo y la sensación de aventura. Eran, en cierto modo, la versión futurista
de las pin-ups que los soldados pintaban en los bombarderos de la Segunda
Guerra Mundial.
La combinación de
la revolución sexual, el movimiento de liberación femenina
de los años 60 y 70,
y el auge del cómic de ciencia ficción europeo (especialmente el francés, con
la revista “Métal Hurlant”), provocaron un cambio en la figura y concepto de la
pin-up espacial. Ya no eran las damiselas indefensas que esperaban llorosas la
llegada del Flash Gordon de turno. Ahora ellas llevaban sus propias pistolas de
rayos. El mayor exponente de este cambio fue Barbarella, creada por Jean-Claude
Forest en 1962 y popularizada por Jane Fonda en el cine en 1968. Barbarella era
libre, dueña de su sexualidad y viajaba por el cosmos resolviendo conflictos (a
menudo perdiendo parte de su vestuario por el camino).
Muchísimos artistas de cómic, Olivier Vatine entre ellos, crecieron mamando esta tradición en la que el desnudo y la sensualidad no estaban sujetos a la misma censura que en el mainstream norteamericano. Para esta escuela, dibujar una mujer hermosa en un entorno tecnológico no es degradante, sino una celebración de la estética pop. Y ahí estaba el punto de fricción entre Vatine y su socio creativo Lewis Trondheim. Mientras que el primero defendía la tradición de las pin-ups espaciales, el segundo temía caer en el vulgar cliché cosificador.
¿Y cómo
resolvieron este dilema? Pues equilibrando ambos mundos, redefiniendo el
concepto para adaptarlo a los nuevos tiempos sin perder el encanto del papel
clásico. Stella Moonkicker o Yoko Keren están visualmente hipersexualizadas
(trajes muy ajustados, curvas marcadas, poses dinámicas), pero el guion nunca
las trata como meros trofeos. Todo lo contrario, mantienen en todo momento el control
de la narrativa. Sus réplicas verbales son más afiladas que sus curvas y no
necesitan que ningún héroe las rescate; de hecho, los hombres a su alrededor
suelen ser los torpes o los que meten la pata (como, en este caso, el robot
Bobbie o el teniente Ruffio, por no hablar de Hitler). Además y en el caso de Stella
Moonkicker, su sensualidad se mezcla con la sátira a cierto aspecto de la
modernidad al convertirla en una adicta a las redes sociales. Así, los
creadores se ríen de la propia superficialidad visual de la pin-up utilizándola
como un rasgo de personalidad y asimilándola a una influencer, escenificando
con ello momentos tan cómicos como cínicos.
La idea original
de “Infinity 8” era que Trondheim, sobre la premisa inicial, elabor
ara los argumentos
junto a otro guionista, mientras que Vatine se encargaría de todo lo
relacionado con el diseño general, dejando el dibujo de la historia a quien
fuera el colaborador de turno. En este segundo volumen, sin embargo, es el
propio Vatine el que asume la totalidad de la responsabilidad gráfica, desde
los lápices al color. Desde luego, es su trabajo la mayor virtud de la obra:
narrativa visual fluida, trazo limpio, extraordinaria originalidad y variedad
en los diseños, luminosidad y armonía en las composiciones… Sus líneas son
redondeadas, sensuales y orgánicas. No hay rigidez en sus personajes; los
cuerpos se mueven con una soltura casi coreográfica y frente al estatismo de
ciertos cómics de ciencia ficción “serios”, dota a sus personajes de una
expresividad caricaturesca muy sutil. Stella Moonkicker pasa de la mirada
altiva de una influencer al cinismo absoluto con apenas dos trazos en las cejas,
un talento éste esencial para que el humor de Trondheim funcione.
En “Regreso al
Führer”, en concreto, Vatine se enfrentaba a un desafío tonal muy co
mplejo:
mezclar la estética nazi con alienígenas grotescos sin caer en la apología ni
en el mal gusto absoluto, un problema que resuelve a través de su habilidad
para el diseño, el color y la composición. Para empezar, los uniformes y la
iconografía del Tercer Reich son perfectamente identificables, pero al
colocárselos a alienígenas deformes con aspecto de molusco o de seres amorfos
apasionados por las pastas de té, desactiva cualquier atisbo de solemnidad
fascista. Por otra parte, frente al gris, negro y rojo característicos del
"Reich Intergaláctico", Vatine inunda las páginas con los blancos,
azules y verdes que dominan los entornos públicos de la nave.
Tengo que decir
que “Regreso al Führer” me inspira sentimientos encontrados. Por una parte, me
parece un ejemplo de creatividad y libertad autoral. Al no estar atados a los
corsés de los gigantes americanos como Disney o Marvel, los autores ofrecen un
producto irreverente, libre y sumamente entretenido. La ligereza y el humor
omnipresentes salvan a la obra de caer en el mal gusto. Pero también es cierto
que el factor sorpresa del primer volumen se ha diluido algo en este tomo. A
pesar de la descabellada premisa, da la sensación de que los autores podrían
haber ido todavía más lejos y creado algo aún más perturbador, grotesco incluso
–aunque quizá el dibujo de Vatine hubiera sido entonces, debido a su limpieza,
inadecuado-.
En fin, que a pesar de que la investigación general sobre el cúmulo estelar que bloquea la travesía de la Infinity avanza muy poco en este tomo, “Regreso al Führer" sí es una obra deliciosamente iconoclasta, una carta de amor al exceso y a la imaginación sin límites, a la aventura y el espíritu pulp, y un escaparate para uno de los mejores dibujantes con que cuenta la CF moderna en los comics.
(Continúa en la siguiente entrada)

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