El anhelo por el rejuvenecimiento y la eterna juventud ha sido uno de los sueños más antiguos y persistentes de la humanidad, reflejado en mitos, religiones y, por supuesto, la ficción. ¿A quién no le gustaría recuperar la juventud y el vigor, la vitalidad y la apariencia física que conlleva? Ello nos permitiría triunfar, aunque fuera temporalmente, sobre el declive físico y cognitivo que acompaña al envejecimiento y precede a la muerte. Tendríamos más tiempo para lograr todo lo que deseamos en términos de conocimiento, experiencia y realización personal. Y si, además, conservamos la sabiduría y madurez mental que nos han dado los años de vida, ¿qué más se puede pedir? En resumen, que ese sueño es una extensión del instinto natural de supervivencia, el deseo de permanecer en el mundo y seguir siendo relevante.
El cine de género abunda en científicos locos que desafían los límites
de la cien
cia y la ética buscando obsesivamente fórmulas de rejuvenecimiento.
En las películas de aventuras, tenemos a los exploradores que corren mil y un
peligros en territorios inexplorados tratando de hallar la legendaria Fuente de
la Eterna Juventud. En el cine fantástico, los personajes se sirven de
hechizos, rituales o pactos arcanos para lograr el rejuvenecimiento. En cuanto
al terror, criaturas o individuos siniestros se aprovechan de otros,
absorbiendo su fuerza vital o extrayendo los elementos orgánicos necesarios
para crear su fórmula. Y en la CF, claro, tenemos a los científicos, tronados o
no, que juguetean con matraces y tubos de ensayo para dar con la mezcla ideal
de elementos que les devuelvan la juventud o les conviertan en ricos y famosos.
En la ficción, rara vez el proceso de adquisición de la juventud tiene
éxito duradero o carece de consecuencias. Con frecuencia implica un alto costo
moral y físico, o requiere el sacrificio de extraer la esencia de otras
personas vivas para mantener el efecto. Cuando la empresa fracasa, el resultado
suele ser catastrófico: la persona involucrada pierde abruptamente el beneficio
obtenido, sin lograr retener la juventud y padeciendo de golpe el peso de su
edad real o incluso experimentando un e
nvejecimiento acelerado y fulminante.
Por supuesto, el tema puede ser tratado con humor, recurriendo al disparate y al absurdo pero sin dejar de plantear cuestiones interesantes, como el valor del tiempo y la memoria. Ahí tenemos a nuestro ilustre dramaturgo Enrique Jardiel Poncela, que en 1936 estrenó su muy divertida obra “Cuatro Corazones con Freno y Marcha Atrás”. Otra propuesta en un tono similar –aunque en mi opinión inferior a la comedia española- es la que ofrece Howard Hawks en “Me Siento Rejuvenecer.
El científico Barnaby Fulton (Cary Grant) se esfuerza por encontrar
una fórmula que revierta el proceso de envejecimiento. Está felizmente casado con la comprensiva Edwina (Ginger Rogers), quien tolera con buen humor el
temperamento ausente de su marido. Trabajando con monos en el laboratorio de
una compañía farmacéutica propiedad del industrial Oliver Oxley (Charles
Coburn), la última fórmula de Barnaby no da resultado, hasta que uno de los
chimpancés escapa de la jaula y mezcla al azar los ingredientes adecuados,
creando una poderosa pócima rejuvenecedora. El mono, sin pensarlo dos veces,
vierte la mezcla en el tanque de agua de boca que hay en el laboratorio (de ahí
el título original de la película, “Monkey Business”).
Barnaby e
s el primero en ingerir involuntariamente la fórmula y, durante
unas horas, modifica su comportamiento y actúa como un adolescente, embarcándose
en una alocada aventura con la voluptuosa secretaria de Oxley, Lois (Marilyn
Monroe). Mientras el empresario fantasea con las riquezas que semejante
invención le va a granjear, Edwina tiene su turno de rejuvenecimiento pero, en
este caso, su periodo como adolescente pone a prueba su matrimonio con Barnaby
al revivir recuerdos de su antiguo novio y actual abogado de la pareja, Hank
Entwhistle (Hugh Marlowe).
Howard Hawks está considerado como uno de los grandes directores
norteamericanos. Dirigió 41 films, muchos de ellos clásicos y adscritos a todo
tipo de gé
neros, desde el cine negro (“Scarface, el Terror del Hampa”, 1932) a
la comedia (“La Fiera de mi Niña”, 1938; “Luna Nueva”, 1940), pasando por el
bélico (“Sargento York”, 1941) y el western (“Río Rojo”, 1948; “Río Bravo”,
1959). Sus sellos característicos eran los diálogos afilados y el choque de
sexos. Y precisamente eso es lo que encontramos en “Me Siento Rejuvenecer”,
película para la cual Hawks reunió un reparto estelar: Cary Grant en la cima de
su estrellato (básicamente repitiendo su papel en “La Fiera de mi Niña”); la
bailarina-actriz Ginger Rogers, famosa por sus películas con Fred Astaire; y
una entonces relativamente desconocida Marilyn Monroe en un papel secundario
como la ingenua secretaria de Grant.
“Me Siento Rejuvenecer” llegó al principio de la carrera de Monroe,
justo antes de obtener un gran éxito con “Niebla en el Alma” (1952), y es el
tipo de papel que ella luego rechazaría durante su etapa de gloria, a saber, la
de rubia cómicamente torpe y falsamente ingenua con frases como “El señor Oxley
se ha estado quejando de mi puntuación, así que me aseguro de llegar antes de
las 9”. (Le fue mucho mejor cuando, al año siguiente, Hawks la eligió para el
musical “Los Caballeros las Prefieren Rubias”, donde ofreció una de sus
actuaciones más memorables).
La década de 1950 estuvo marcada por el auge de la clase media
estadounidense. La publicidad comercial alcanzó su máximo esplendor y comenzó a
dirigirse al consumidor de clase media, convirtiendo el ideal de la familia
nuclear en la aspiración de la sociedad. Sin embargo, bajo esa fachada, se
alzaban voces de descontento ante el conformismo y la rigidez del estilo de
vida que se pretendía imponer. Las mujeres quedaban relegadas a un segundo
plano social, profesional e incluso familiar; los niños debían obedecer
ciegamente; las máximas aspiraciones consistían en tener acceso a una bonita
vivienda, unos electrodomésticos modernos y los círculos sociales más
exclusivos; y los ciudadanos que no tuvieran la piel blanca eran prácticamente
excluidos de cualquier ficción. Este descontento se manifestó abiertamente unos
años después a través de los escritos de gente como Jack Kerouac y el
surgimiento de la Generación Beat, antes de desembocar en el espíritu rebelde
del movimiento hippie.
En aparente contraste con esta vida controlada, surgieron en este
periodo varias películas que celebraban el abandono de la seriedad y ensalzaban
la frivolidad. En la clásica “El Invisible H
arvey” (1950), se nos decía que los
locos disfrutaban de la vida mucho más que los cuerdos; y otros films como “De
Ilusión también se Vive” (1947) o “La Suerte de los Irlandeses (1948), defendían
la legitimidad de las creencias excéntricas tanto como la importancia de
tomarse la vida en serio. En esta misma línea, “Me Siento Rejuvenecer” también
aboga por dejar de lado la solemnidad y abrazar el regreso a la adolescencia.
Las escenas iniciales están dominadas por la monotonía y grisura del
distraído Barnaby (quien pasa gran parte de la película con gruesas gafas de
culo de botella) y su dedicación al trabajo, mientras que su esposa Edwina ve
contin
uamente frustrados sus intentos de llevar una vida social junto a él. El
resto de la película está repleto de escenas diseñadas para que el matrimonio
se libere de esas ataduras: bajo los efectos de la poción, el antes aburrido
científico de repente hace cosas tan temerarias como cortarse el pelo a cepillo,
comprarse una chaqueta deportiva y conducir imprudentemente un descapotable (su
miopía es corregida por la fórmula) pasando la tarde con la secretaria de su
jefe en lugar de trabajar. Tras beber del mismo agua, Edwina le mete al jefe de
su marido un pez en los pantalones y arrastra a su marido a una noche de baile
frenético.
Reuniendo otra vez a Hawks y Grant, “Me Siento Rejuvenecer” trató de
recrear el ambiente,
ritmo, dinámica y humor de “La Fiera de Mi Niña”, sustituyendo
al leopardo por un mono y conservando al científico torpe y los conflictos y
enredos de pareja. Sin embargo, el guion de Ben Hecht, Charles Lederer e I.A.L.
Diamond, carece de la chispa de su antecesora y tampoco la dirección está a la misma
altura. Hay algunos momentos cómicos que funcionan bien, pero también
demasiadas situaciones bochornosamente incómodas cuando unos actores ya
talluditos (Grant tenía 48 años y Rogers 41) se comportan como niños de cinco
años de una forma forzadamente exagerada.
La primera parte de la película está razonablemente bien resuelta, sobre
todo gracias al carisma de Grant y la verosimilitud de Rogers como esposa
cariñ
osa que comprende la genialidad de su marido. Pero en el último tercio, el
argumento tropieza estrepitosamente al intentar dar un giro de tuerca tras otro
a la farsa. El enredo alcanza su punto álgido de absurdo y vergüenza ajena durante
el clímax, cuando Barnaby se pinta la cara de guerrero y se une a un grupo de
niños que juegan a vaqueros e indios, convenciéndolos para que aten y le
“arranquen” la cabellera a su rival amoroso, Hank Entwhistle. Hay otras
escenas igualmente disparatadas, aunque no muy divertidas vistas hoy en día,
como la del mono descontrolado en la sala de juntas; o cuando Edwina confunde
incomprensiblemente a un bebé con Barnaby.
“Me Siento Rejuvenecer” y, especialmente, “Un Sabio en las Nubes”
(1961), de Disney, fueron las
películas responsables de suavizar la figura del “mad
doctor”. Durante las décadas de 1930 y 1940, el científico era visto como un
profanador de la divinidad, una figura severa, cuando no siniestra, cuyos
experimentos siempre estaban condenados al fracaso. Esto cambió repentinamente
en la década de 1950, cuando el personaje se convirtió en un excéntrico
entrañable y sus despistes en objeto de comedia. Se diría que la película de
Hawks sirvió de modelo a la de Disney: el mismo triángulo amoroso entre el
científico que ignora a su esposa y su antiguo amor que intenta reconquistarla,
el mismo descubrimiento de una sustancia que desata un torbellino de caos y situaciones
cómicas…. Claro que lo que faltaba en la versión edulcorada de Disney era el
carisma de Grant y la encantadora presencia de Marilyn Monroe.
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