miércoles, 22 de julio de 2026

1987- BRAVESTARR

A mediados de la década de 1980, cuando la popularidad de “He-Man y los Masters del Universo” empezó a declinar, el legendario estudio de animación Filmation centró su atención en una nueva serie original. Con un presupuesto estimado de 65 millones de dólares, “Bravestarr” narra las aventuras del marshall del título, cuya misión es mantener el orden en el siglo XXIII.

 

Al contrario del habitual proceso creativo, en el que primero se diseña al héroe y luego a sus antagonistas, el concepto de Bravestarr empezó a cobrar forma a partir de su archienemigo, Tex Hex.  En 1984, mientras el equipo de Filmation, liderado por Lou Scheimer, trabajaba en la serie “Los Cazafantasmas”, idearon a ese personaje, que resultó ser tan carismático e interesante que Scheimer decidió sacarlo de aquel proyecto y construir un universo propio a su alrededor. Y, a diferencia del caso de He-Man y los Masters del Universo (donde Mattel impuso la línea de juguetes antes de estructurar a fondo la historia), en Bravestarr los creativos de Filmation desarrollaron primero el concepto y los argumentos antes de asociarse con la compañía juguetera para lanzar la línea de figuras de acción.

 

“Bravestarr” fue concebida por Donald Kushner y Peter Locke, quienes, para expandir ese universo a partir de un único personaje, decidieron apostar por un formato de “space western” ambientado en el siglo XXIII en el planeta Nuevo Texas.  En ese mundo, rico en un mineral energético llamado kerium, la cultura tradicional de los forajidos, sheriffs y nativos americanos convive con tecnología futurista, robots y naves espaciales.

 

Guiado por su mentor, guía espiritual y padre adoptivo, Chamán, y dotado de poderes insuflados por espíritus animales, Bravestarr protege Nueva Texas de las maquinaciones de un malvado y demoníaco broncosaurio llamado Estampida y su secuaz, Tex Hex, igualmente dotado de poderes sobrenaturales y con un aspecto que recuerda a una versión de Skeletor interpretada por Lee van Cleef. La historia de este último es ligeramente más compleja que la del típico villano de serie animada. Tras abandonar a su querida exnovia y pactar con el diabólico Estampida para hacerse con el kerium, Tex se lamenta constantemente de haber sacrificado la vida sencilla que llevaba antes de convertirse en forajido.

 

Con la ayuda de su caballo robótico parlante y armado hasta los dientes, Thirty-Thirty, y de la jueza –e interés romántico- J.B. McBride, Bravestarr se enfrenta a los planes de sus enemigos desbloqueando alguno de sus superpoderes mediante la orden correspondiente: Fuerza del Oso, Ojos del Halcón, Oídos del Lobo y Velocidad del Puma. A pesar de sus extraordinarias habilidades, Bravestarr tiende a ser terco e impulsivo, lo que lo convierte en un héroe mucho más falible que otros de Filmation, teniendo a menudo que recurrir a Chaman en busca de consejo antes de resolver el problema de la semana.

 

A medida que avanza la serie, empiezan a apreciarse ciertos “préstamos” de los guiones de “He-Man”, algo inevitable considerando la coincidencia del equipo creativo y la presión por producir rápidamente 65 episodios. Por destacar alguno, mencionaría uno en dos partes titulado “Sherlock Holmes en el siglo XXIII”, en el que Bravestarr viaja al planeta Nuevo Londres, donde se une a Holmes contra un hombre llamado Moriarty.

 

Creada para su distribución en el mercado sindicado estadounidense, esta serie liberó a los productores de las inevitables restricciones e interferencias de las grandes cadenas y les permitió abordar temas más serios e incluso oscuros, como el racismo, los prejuicios, la esclavitud, la naturaleza del heroísmo o los horrores de la drogadicción en un episodio impactantemente gráfico en el que muere un adolescente. Cada episodio incluía una moraleja al final, asegurándose así que el espectador comprendiera el mensaje del día.

 

Pero lo que hizo destacar a “Bravestarr” fue su significancia cultural, al hacer del protagonista un nativo americano. De hecho, de todas las series de animación contemporáneas, esta es la única cuyo héroe pertenece a una minoría de cuya cultura no solo reniega, sino que reivindica. Aunque enmarcado en los tropos de la época y la fantasía mística, otorgó visibilidad a la cultura y el folclore nativos en una franja horaria dominada casi exclusivamente por héroes caucásicos o alienígenas genéricos

 

En lo que respecta a la acción y la animación, “Bravestarr” no ofrece nada diferente a otras producciones contemporáneas de Filmation, como “He-Man”. Como es habitual en este estudio, los escenarios están razonablemente cuidados y aunque se puede argumentar que la animación es, en el mejor de los casos, meramente funcional, la serie está producida con esmero y siempre resulta entretenida. Quizá el mayor problema es que la estética del western, incluso ambientada en el espacio exterior, resulta restrictiva, sobre todo para una mente preadolescente acostumbrada a los misterios de la Eternia de He-Man. Los pistoleros de Bravestarr pueden ser criaturas cibernéticas con forma de pájaro y dos cabezas, pero siguen siendo pistoleros, y los diseñadores de personajes no podían desviarse demasiado de arquetipos muy sobados que, en no pocas ocasiones, tenían difícil encaje en una serie de CF.

 

Sea como sea, el estudio tenía grandes esperanzas puestas en “Bravestarr”. Su objetivo era llegar tanto a un público infantil como adulto. Era una serie diferente gracias a su peculiar mezcla de géneros y llevó a Filmation más allá de la espada y brujería de He-Man y She-Ra, adentrándose en el género de la space opera. Los guiones eran variados y, como he dicho, más osados de lo que solía ser habitual. Sin embargo, los resultados no acompañaron las expectativas y sólo logró un decepcionante séptimo puesto en su franja horaria. Tras cinco meses y 65 episodios, la serie fue cancelada. En retrospectiva, lanzar una saga espacial con temática del Oeste en una época dominada por Transformers, los Thundercats, las Tortugas Ninja y los Go-Bots parecía un proyecto condenado al fracaso.

 

A finales de los 80, la época en que los niños –y, en realidad, hasta los adultos- disfrutaban de los westerns había quedado muy atrás. Por dar un poco de contexto, “Bravestarr” se estrenó casi al mismo tiempo que la directora Kathryn Bigelow, sin conseguir financiación para rodar un western puro, tuvo que limitarse a darle un giro al género introduciendo una familia de vampiros paletos, lo que dio como resultado “Los Viajeros de la Noche” (1987). Para la juventud de finales de los 80, los westerns eran un producto nostálgico para sus mayores, independientemente del planeta en el que se desarrollaran.

 

Lamentablemente, este fracaso le costó caro a Filmation. El famoso estudio de animación cesó sus actividades un año después de la emisión de “Bravestarr”. No es que la serie provocara la quiebra de la compañía (había otros factores que ya la habían puesto en ese camino), pero sí fue el último clavo en su ataúd. El cierre definitivo del estudio en 1989 marcó el fin del modelo tradicional de animación limitada en Estados Unidos antes de la llegada de los grandes conglomerados y la externalización masiva a estudios asiáticos.

 

Sinceramente, no puedo decir que “Bravestarr” prometiera grandes cosas. Era una serie decente, pero no excepcional. En los años 80 hubo muchos dibujos animados más populares que pasarán a la historia por su mayor carga nostálgica en quienes los vieron. Pero “Bravestarr”, aunque hoy pueda considerársela caduca técnica y argumentalmente, merece una reivindicación dentro del género porque años antes de que series más modernas como “Firefly”, adoptaran la mezcla de tecnología futurista y estética de frontera, apostó con valentía por ese concepto, fusionando con naturalidad los códigos clásicos del western (saloons, forajidos, diligencias, disputas por minas) con elementos de ciencia ficción (robots, naves espaciales, láseres y corporaciones mineras galácticas).

 

Ojo: no fue la única. “Las Aventuras de los Guardianes de la Galaxia”, emitida entre 1986 y 1989, compartió muchos paralelismos estéticos y conceptuales con Bravestarr. Aunque la serie era americana, los diseños y la ejecución de la animación corrieron a cargo del prestigioso estudio japonés Tokyo Movie Shinsha, lo que le otorgó un dinamismo visual, una fluidez en las escenas de acción y un nivel de detalle muy superior a la media de los dibujos animados de la época, lo que quizá perjudicó, por comparación, a “Bravestarr”, cuya animación adolecía de la rigidez característica de Filmation, poco refinada por el empeño de su cofundador, Lou Scheimer, en mantener la producción en el ámbito nacional. Poses y escenas se reutilizan a lo largo de toda la serie y las moralejas del final de cada episodio pueden tener buena intención y ser sinceras, pero hoy resultan anticuados (de hecho, dudo que tuvieran sentido ya en 1987).

 

Con todas sus pegas, “Bravestarr” no merece ser olvidada porque fue un ejemplo de lo que Filmation podía lograr a pesar de sus bajos presupuestos, compensándolos con historias entretenidas y personajes disparatados pero interesantes.

 

 

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