A mediados de la década de 1980, cuando la popularidad de “He-Man y los Masters del Universo” empezó a declinar, el legendario estudio de animación Filmation centró su atención en una nueva serie original. Con un presupuesto estimado de 65 millones de dólares, “Bravestarr” narra las aventuras del marshall del título, cuya misión es mantener el orden en el siglo XXIII.
Al
contrario del habitual proceso creativo, en el que primero se diseña a
l héroe y
luego a sus antagonistas, el concepto de Bravestarr empezó a cobrar forma a
partir de su archienemigo, Tex Hex. En
1984, mientras el equipo de Filmation, liderado por Lou Scheimer, trabajaba en
la serie “Los Cazafantasmas”, idearon a ese personaje, que resultó ser tan
carismático e interesante que Scheimer decidió sacarlo de aquel proyecto y
construir un universo propio a su alrededor. Y, a diferencia del caso de He-Man
y los Masters del Universo (donde Mattel impuso la línea de juguetes antes de
estructurar a fondo la historia), en Bravestarr los creativos de Filmation
desarrollaron primero el concepto y los argumentos antes de asociarse con la
compañía juguetera para lanzar la línea de figuras de acción.
“Bravestarr”
fue concebida por Donald Kushner y Peter Locke, quienes, para expandir ese
universo a partir de un único personaje, decidieron apostar por un formato de “space
western” ambientado en el siglo XXIII en el planeta Nuevo Texas. En ese mundo, rico en un mineral energético
llamado kerium, la cultura tradicional de los forajidos, sheriffs y nativos
americanos convive con tecnología futurista, robots y naves espaciales.
Guiado
por su mentor, guía espiritual y padre adoptivo, Chamán, y dotado de poderes insuflados
por espíritus animales, Bravestarr protege Nueva Texas de las maquinaciones de
un malvado y demoníaco broncosaurio llamado Estampida y su secuaz, Tex Hex,
igualmente dotado de poderes sobrenaturales y con un aspecto que recuerda a una
versión de Skeletor interpretada por Lee van Cleef. La historia de este último es
ligeramente más compleja que la del típico villano de serie animada. Tras
abandonar a su querida exnovia y pactar con el diabólico Estampida para hacerse
con el kerium, Tex se lamenta constantemente de haber sacrificado la vida
sencilla que llevaba antes de convertirse en forajido.
Con la
ayuda de su caballo robótico parlante y armado hasta los dientes, Thirty-Thirty,
y de la jueza
–e interés romántico- J.B. McBride, Bravestarr se enfrenta a los
planes de sus enemigos desbloqueando alguno de sus superpoderes mediante la
orden correspondiente: Fuerza del Oso, Ojos del Halcón, Oídos del Lobo y
Velocidad del Puma. A pesar de sus extraordinarias habilidades, Bravestarr
tiende a ser terco e impulsivo, lo que lo convierte en un héroe mucho más
falible que otros de Filmation, teniendo a menudo que recurrir a Chaman en
busca de consejo antes de resolver el problema de la semana.
A
medida que avanza la serie, empiezan a apreciarse ciertos “préstamos” de lo
s
guiones de “He-Man”, algo inevitable considerando la coincidencia del equipo
creativo y la presión por producir rápidamente 65 episodios. Por destacar
alguno, mencionaría uno en dos partes titulado “Sherlock Holmes en el siglo
XXIII”, en el que Bravestarr viaja al planeta Nuevo Londres, donde se une a
Holmes contra un hombre llamado Moriarty.
Creada
para su distribución en el mercado sindicado estadounidense, esta serie liberó a
los productores de las inevitables restricciones e interferencias de las
grandes cadenas y les permitió abordar temas más serios e incluso oscuros, como
el racismo, los
prejuicios, la esclavitud, la naturaleza del heroísmo o los
horrores de la drogadicción en un episodio impactantemente gráfico en el que
muere un adolescente. Cada episodio incluía una moraleja al final, asegurándose
así que el espectador comprendiera el mensaje del día.
Pero lo
que hizo destacar a “Bravestarr” fue su significancia cultural, al hacer del
protagonista un nativo americano. De hecho, de todas las series de animación
contemporáneas, esta es la única cuyo héroe pertenece a una minoría de cuya
cultura no solo reniega, sino que reivindica. Aunque enmarcado en los tropos de
la época y la fantasía mística, otorgó visibilidad a la cultura y el folclore
nativos en una franja horaria dominada casi exclusivamente por héroes
caucásicos o alienígenas genéricos
En lo
que respecta a la acción y la animación, “Bravestarr” no ofrece nada diferente a
otras producciones contemporáneas de Filmation, como “He-Man”. Como es habitual
en este estudio, los escenarios están razonablemente cuidados y aunque se puede
argumentar que la
animación es, en el mejor de los casos, meramente funcional,
la serie está producida con esmero y siempre resulta entretenida. Quizá el
mayor problema es que la estética del western, incluso ambientada en el espacio
exterior, resulta restrictiva, sobre todo para una mente preadolescente
acostumbrada a los misterios de la Eternia de He-Man. Los pistoleros de
Bravestarr pueden ser criaturas cibernéticas con forma de pájaro y dos cabezas,
pero siguen siendo pistoleros, y los diseñadores de personajes no podían
desviarse demasiado de arquetipos muy sobados que, en no pocas ocasiones,
tenían difícil encaje en una serie de CF.
Sea
como sea, el estudio tenía grandes esperanzas puestas en “Bravestarr”. Su
objetivo era llegar tanto a un público infantil como adulto. Era una serie diferente
gracias a su peculiar mezcla de géneros y llevó a Filmation más allá de la
espada y brujería de He-Man y She-Ra, adentrándose en el género de la space
opera. Los guiones eran variados y, como he dicho, más osados de lo que solía
ser habitual. Sin embargo, los resultados no acompañaron las expectativas y
sólo logró un decepcionante séptimo puesto en su franja horaria. Tras cinco
meses y 65 episodios, la serie fue cancelada. En retrospectiva, lanzar una saga
espacial con temática del Oeste en una época dominada por Transformers, los
Thundercats, las Tortugas Ninja y los Go-Bots parecía un proyecto condenado al
fracaso.
A
finales de los 80, la época en que los niños –y, en realidad, hasta los
adultos- disfrutaban de los wester
ns había quedado muy atrás. Por dar un poco
de contexto, “Bravestarr” se estrenó casi al mismo tiempo que la directora
Kathryn Bigelow, sin conseguir financiación para rodar un western puro, tuvo
que limitarse a darle un giro al género introduciendo una familia de vampiros
paletos, lo que dio como resultado “Los Viajeros de la Noche” (1987). Para la
juventud de finales de los 80, los westerns eran un producto nostálgico para
sus mayores, independientemente del planeta en el que se desarrollaran.
Lamentablemente,
este fracaso le costó caro a Filmation. El famoso estudio d
e animación cesó sus
actividades un año después de la emisión de “Bravestarr”. No es que la serie provocara
la quiebra de la compañía (había otros factores que ya la habían puesto en ese
camino), pero sí fue el último clavo en su ataúd. El cierre definitivo del
estudio en 1989 marcó el fin del modelo tradicional de animación limitada en
Estados Unidos antes de la llegada de los grandes conglomerados y la
externalización masiva a estudios asiáticos.
Sinceramente,
no puedo decir que “Bravestarr” prometiera grandes cosas. Era una serie
decente, pero no
excepcional. En los años 80 hubo muchos dibujos animados más
populares que pasarán a la historia por su mayor carga nostálgica en quienes
los vieron. Pero “Bravestarr”, aunque hoy pueda considerársela caduca técnica y
argumentalmente, merece una reivindicación dentro del género porque años antes
de que series más modernas como “Firefly”, adoptaran la mezcla de tecnología
futurista y estética de frontera, apostó con valentía por ese concepto,
fusionando con naturalidad los códigos clásicos del western (saloons,
forajidos, diligencias, disputas por minas) con elementos de ciencia ficción
(robots, naves espaciales, láseres y corporaciones mineras galácticas).
Ojo: no
fue la única. “Las Aventuras de los Guardianes de la Galaxia”, emitida entre
1986 y 1989, compartió muchos paralelismos estéticos y conceptuales con
Bravestarr. Aunque la serie era americana, los diseños y la ejecución de la
animación corrieron a cargo del prestigioso estudio japonés Tokyo Movie
Shinsha, lo que le otorgó un dinamismo visual, una fluidez en las escenas de
acción y un
nivel de detalle muy superior a la media de los dibujos animados de
la época, lo que quizá perjudicó, por comparación, a “Bravestarr”, cuya
animación adolecía de la rigidez característica de Filmation, poco refinada por
el empeño de su cofundador, Lou Scheimer, en mantener la producción en el
ámbito nacional. Poses y escenas se reutilizan a lo largo de toda la serie y
las moralejas del final de cada episodio pueden tener buena intención y ser
sinceras, pero hoy resultan anticuados (de hecho, dudo que tuvieran sentido ya
en 1987).
Con todas sus pegas, “Bravestarr” no merece ser olvidada porque fue un ejemplo de lo que Filmation podía lograr a pesar de sus bajos presupuestos, compensándolos con historias entretenidas y personajes disparatados pero interesantes.

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