Todo comenzó con “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1818), escrito por Mary Shelley cuando aún era una adolescente. La novela fue un enorme éxito y a partir de 1823 se adaptó al teatro. En cuanto al cine, Frankenstein lleva con nosotros 116 años, porque la primera traslación a la pantalla está datada en 1910. Sin embargo, la cinta que popularizó realmente a la criatura fue la producida en 1931 por Universal y con Boris Karloff encarnando al monstruo. Convertido en icono cultural, esa versión derivó en diversas secuelas realizadas por el mismo estudio, mientras que, en Inglaterra, la productora Hammer Films llevó a cabo su propia traslación con “La Maldición de Frankenstein” (1957), que dio lugar, a su vez, a una larga serie de secuelas protagonizadas por Peter Cushing como el monstruo. Desde entonces, ha habido numerosísimos remakes de la historia, secuelas, parodias, comedias, hijos e hijas del monstruo, películas eróticas e incluso otras que narran cómo Shelley ideó y escribió la novela.
Treinta años estuvo Guillermo del Toro madurando y
persiguiendo su prop
ia visión de esa trágica historia, hasta que por fin pudo
verla estrenada en 2025. Del Toro había ido evolucionando desde sus inicios
como director de películas de terror premiadas en festivales, como “Cronos”
(1993) o “El Espinazo del Diablo” (2001), hasta alcanzar el éxito comercial con
“Blade II” (2002) y “Hellboy” (2004). A continuación, consolidó su
reconocimiento como “autor” con películas como “El Laberinto del Fauno” (2006).
“La Forma del Agua” (2017) le valió un Óscar a Mejor Director y Mejor Película,
mientras que su “Pinocho” (2022) ganó el premio a Mejor Película de Animación.
Como he apuntado, el camino que siguió su ambicioso proyecto
de Frankenstein fue largo y accidentado. A finales de los 2000 y principios de
los 2010, estuvo en desarrollo activo con Universal Pictures (con Doug Jones
contemplado originalmente para ser la criatura). Sin embargo, la película quedó
en el limbo y fue cancelada de forma definitiva cuando Universal decidió
priorizar su universo interconectado de monstruos clásicos que, al final, no
prosperó. Durante años, los estudios tradicionales
de Hollywood vieron el proyecto con recelo debido al enorme presupuesto que
requería una adaptación gótica, operística y fiel a la época. Además, del Toro
quería limitar el uso de efectos digitales y dar prioridad a los efectos
prácticos a gran escala.
La salvación del proyecto llegó gracias a la relación que
estableció el director con Netflix, consolidada tras firmar un acuerdo general
de colaboración de varios años para desarrollar películas y series, como “El
Gabinete de Curiosidades” (2022) y la mencionada versión en stop-motion de “Pinocho”. El propio Del Toro reveló que, durante una
charla con Ted Sarandos (co-CEO de Netflix), el directivo le pidió que le
dijera cuáles eran los proyectos de su "lista de deseos" que nunca
había
podido hacer. El director respondió sin dudarlo: "Pinocho y
Frankenstein", a lo que Sarandos dio luz verde a ambos de manera inmediata.
Para la plataforma, fichar a un autor consagrado y ganador del Óscar como
Guillermo del Toro para adaptar una obra cumbre de la literatura universal
representaba un estandarte de prestigio. A diferencia de lo habitual en los
estudios tradicionales, donde le exigían compromisos de presupuesto o cambios
de tono, Netflix le brindó el respaldo financiero y la libertad creativa
necesarios para montar una gran superproducción
En 1857, en los mares boreales, la tripulación de un barco danés atrapado por el hielo rescata a un gravemente herido Victor Frankenstein (Oscar Isaac), llevándolo abordo. Sin embargo, la Criatura responsable de su estado (Jacob Elordi), lo persigue, resiste las balas que le disparan los marineros y mata ferozmente a media docena de éstos antes de que le den por muerto. Después, Victor le cuenta al capitán Anderson (Lars Mikkelsen) su historia, comenzando por su niñez.
El joven Vi
ctor (Christian Convery) era hijo de un viudo y severo
cirujano, el barón Leopold Frankenstein (Charles Dance), quien castigaba al
niño con una vara en la mejilla por no memorizar correctamente todos los detalles
de la anatomía humana. El barón, además, tenía predilección por el hermano
menor de Victor, William –nacido en el mismo parto en el que murió su madre-,
lo que aviva aún más el deseo de aquél de rebelarse contra su creador,
superándolo en su propio campo: la medicina.
Así, Victor crece hasta convertirse en un científico
renombrado, algo excéntrico y defensor de teorías extremas, pero con un porte
imponente, luc
iendo un sombrero de ala ancha, patillas afiladas y un andar y
ademanes enérgicos, seguros y decididos. Atormentado por la muerte de su madre,
su obsesión es desafiar a la muerte creando vida en un laboratorio. Utilizando
baterías eléctricas, reanima la mitad de un cadáver frente a sus colegas, pero
esa demostración no sirve más que para calificarlo de arrogante y antinatural,
siendo expulsado de la comunidad médica. Sin embargo, entre la audiencia se
encuentra alguien dispuesto a financiar sus experimentos, Harlander (Christoph
Waltz), un rico fabricante de armas que es, además, el tío de Elizabeth (Mia
Goth), la prometida de su hermano William (Felix Kammerer). Al conocer a la
sensible e inteligente joven, Victor se quedará fascinado por ella (por motivos
enfermizos, ya que Mia Goth también había interpretado antes brevemente a la
madre de Victor).
Harlander instala a Frankenstein en un torreón aislado en suelo
austriaco. Allí monta su laboratorio, consigue cadáveres de las ejecuciones
públicas o recorriendo campos de batalla, chapotea en
tre la sangre y vísceras
que cubren el suelo de sus estancias y, finalmente, levanta a su criatura
creada a base de retazos de cadáveres, atado a una especie de crucifijo que
recibe el rayo de una tormenta. La electricidad completa el proceso y nace la
Criatura, un mosaico de piel, músculo y hueso. Pero, ¿qué hay de su alma? Lo
único que parece capaz de pronunciar es el nombre de “Víctor”, lo que acaba con
la paciencia de éste antes de acercarlo al abismo de la locura. Con una mezcla
de precaución y crueldad, encadena a su creación en los sótanos de la torre.
Víctor no previó convertirse en una niñera, ni tampoco que Elizabeth -a quien había intentado, sin éxito, seducir a espaldas
de su hermano- se sintiera tan fascinada por la Criatura. Así que, en un
arrebato de rabia, celos y arrepentimiento, quema la torre con la Criatura
dentro, perdiendo una pierna en el proceso.
La historia va regresando de vez en cuando al barco
atrapado en el hi
elo, donde se encuentra un Víctor sumido en una agonía física
y espiritual. Finalmente, la Criatura consigue subir a bordo y, en el camarote
donde se encuentran el moribundo científico y el capitán, expone su relato, que
constituye el tercer acto de la película. Sobrevivió al incendio, se escondió
en un viejo molino y ayudó secretamente a una familia de granjeros que atribuía
sus intervenciones al “espíritu del bosque”. El abuelo ciego de esa familia
(David Bradley) se queda solo durante unas semanas y hace amistad con la
Criatura, apoyándolo en su educación y brindándole compañía y afecto. La
Criatura desarrolla el alma de un poeta atormentado y, cuando se da cuenta de
jamás podrá morir, pero tampoco llevar una vida satisfactoria, decide vengarse
del creador que renegó de él.
La mayoría d
e los más recientes adaptadores de la historia
de Shelley, comenzando con el telefilm “La Verdadera Historia de Frankenstein”
(1973) y especialmente a partir de la década de 1990, se han esforzado por
acercarla a la versión original literaria. Esta es una aproximación que también
sigue del Toro, pero efectuando algunos cambios. Mary Shelley empezó su novela
con un prólogo en el que Victor Frankenstein es encontrado por un navío
británico en el Ártico y le cuenta su historia al capitán. En cambio, del Toro
presenta un barco danés y no solo coloca al científico a bordo, sino también a
la Criatura para que narre su propia peripecia, mientras que la escritora no la
incluyó ni en el prólogo ni en el epílogo.
Otra diferencia radica en que Elizabeth y William, el
hermano de
Frankenstein, desempeñan roles muy distintos respecto del libro y demás
versiones cinematográficas. Aquí, ella es la prometida de William, no de
Victor, aunque éste sí se siente atraído por la inteligencia y pureza de la
joven. En la novela, William es el hermano menor de Victor y siempre se le
retrata como un niño cuyo único papel consiste en morir víctima de la Criatura,
mientras que aquí tiene un papel mucho más activo. Es más mayor, se ha
convertido en un exitoso financiero y es quien, a la postre, monta el laboratorio
de Victor.
Otro rasgo divergente respecto a las demás versiones
cinematográficas lo encontramos en la secu
encia de la creación, que se
convirtió en un momento clásico de las películas de Universal y Hammer. Vemos
diversas máquinas ensambladas en el laboratorio de Frankenstein, pero Del Toro
evita mostrar que Victor controla realmente el proceso, ya que Shelley no dio explicaciones
detalladas en la novela. De hecho, ni siquiera mencionó nunca explícitamente la
palabra "cadáveres" ni entró en detalles anatómicos escabrosos sobre
cómo Víctor Frankenstein consiguió los materiales para dar vida a su criatura. Aunque
el imaginario popular y las adaptaciones cinematográficas nos han habituado a
la imagen del científico desenterrando tumbas y cosiendo miembros de diferentes
cuerpos en una mesa de operaciones, el texto original es mucho más ambiguo y
sugerente, dando más importancia a la transgresión moral y
filosófica que supone jugar a ser Dios.
Hay directores que parecen haber nacido para reinterpretar
ciertas historias. Y en esa idea subyace quizás una advertencia implícita: lo
que parece prede
stinado rara vez se desarrolla como esperamos. El hecho de que
muchos se entusiasmaran con la idea de que Guillermo del Toro adaptara la que
podría considerarse la primera obra del canon de la ciencia ficción moderna
podría haber sido un aviso en sí mismo. Esto no quiere decir que “Frankenstein”
sea una película mediocre. Ni mucho menos. Del Toro transforma una historia mil
veces contada en algo dinámico y emocionante. El apartado visual la convierte
en una obra extraordinaria en la que cada escena es un deleite para la vista.
Posee un gran talento para el drama y dota a las escenas de una intensidad
mucho mayor que la que tenían en el guion. Además, se percibe que el cineasta
ha profundizado en cada detalle del libreto, buscando vincular la historia con
algún elemento de la época o dotar a los personajes de una verosimilitud coherente
con la misma. Es una de esas ocasiones en las que se puede decir que un autor insufla
nueva vida a una historia ya conocida.
D
esde la década de 2010, las películas de Del Toro han ido
potenciando cada vez más su carga visual. Por ejemplo, “La Cumbre Escarlata”
(2015) y “El Callejón de las Almas Perdidas” (2021) son obras en las que el
diseño de producción, el vestuario y la fotografía se fusionan para crear
atmósferas muy especiales. “Frankenstein” mantiene esa síntesis hasta tal punto
que cada plano parece casi una obra de arte digna de colgar en la pared. El
comedor del científico está exquisitamente decorado e iluminado, como si fuera
un lienzo clásico, mientras que el joven Frankenstein se sienta en un sofá bajo
un cuadro, ambos extendiéndose a lo largo de toda una pared; la biblioteca es
otra obra de arte que se extiende hasta donde alcanza la vista; en su
habitación, Victor tiene estatuas de ángeles a las que reza durante su niñez.
El primer laboratorio de Frankenstein es del tamaño de un
almacén y está repleto de cachivaches de lo más pintoresco. El que utiliza para
crear a la Criatura, mucho más grande, tiene enormes ventanas redondas,
maquinaria
de vapor y gigantescos rostros en relieve en las paredes (esta es quizá
la única película de Frankenstein que muestra adecuadamente lo repugnante que
sería la creación de una nueva forma de vida cosida a partir de partes muertas.
El laboratorio está repleto de vísceras y sangre). Incluso la humilde cabaña
del ciego tiene un interior tan amplio que parece un salón aristocrático. En
los funerales se entierran los cuerpos en féretros con máscaras mortuorias de
cerámica, transportados por cortesanos con sombreros de copa y largas colas
negras. El vestuario es exquisito, en particular los atuendos turquesa que luce
Elizabeth o los vaporosos velos rojos de la madre de Victor cuando espera a su
marido en los escalones de su mansión.
Aunque parezca extraño, en muchos sentidos esta película se
parece al “Drácula” (1992) de Francis Ford Coppola. Y con esa comparación
abarco tanto lo positivo como lo negativo: es un magnífico ejercicio de
autocomplacencia que podría envejecer bien con el paso del tiempo, pero también
resulta difícil disipar la sensación de potencial desaprovechado. Todas las
características de las mejores obras de Del Toro están presentes aquí: buenas interpretaciones
de actores con talento y bien dirigidos; un vestuario irreal pero hipnótico; la
atmósfera gótica; vísceras y sangre representadas con un cuidado minucioso; una
historia basada en los giros emocionales y que avanza a base de manipulaciones,
crueldades, decepciones, obsesiones y desesperación. Incluye muchos de los
elementos del libro y la película se toma su tiempo para narrar la historia
(dos horas y media). Y, sin embargo, hay demasiados temas que quedan sin
explorar y cada vez que las virtudes del director claman por brillar, parece
contenerse. En conjunto, no termina de cuajar del todo.
La cuestión de los narradores poco fiables es, quizás, el
error más notorio que comete la película al principio. Victor le dice al
capitán de la expedición que parte de lo
que cuenta no sucedió, pero que todo
es cierto. Sin embargo, no hay nada en la película que sugiera que Frankenstein
mienta, ni que tenga motivo alguno para hacerlo. La forma más sencilla de
presentarnos un narrador poco fiable habría sido hacer que la historia del
monstruo contradijera la de Victor de alguna manera; pero la Criatura elige
comenzar su relato justo donde termina el de aquél, evitando así cualquier
discrepancia. El resultado es un recurso que se plantea de inicio y que luego
queda colgando sin utilizar.
Del Toro ha declarado en entrevistas que su versión de “Frankenstein”
trata sobre la relación entre padres e hijos. Pero es evidente que también
aborda de lleno la relación de una creación con su creador en un sentido más
divino, y dado que la película logra esquivar ambos temas durante gran parte
del metraje, resulta desconcertante cada vez que reaparecen. Esto también se
aplica a otros arcos argumentales clave: la intimidad de la Criatura con lady
Elisabeth; el papel de Henrich Harlander como benefactor de la investigación de
Victor y su absurdo desenlace; el dilema entre vivir la vida plenamente u
obsesionarse por conservarla rechazando cualquier placer; el trato que la
sociedad da a los marginados y a quienes no pertenecen a las clases
privilegiadas…
También se aprecian decisiones extrañas, más propias de un
blockbuster al estilo de Hollywood que de una película de autor y que están completamente
fuera de lugar en cualquier adaptación cinematográfica de “Frankenstein”.
Aunque la película es excesivamente larga, el periodo que abarca la historia
parece relativamente corto, lo que resta al relato la sensación de terror que
sí ofrecía la novela, a saber, la del creador perseguido y atormentado durante
años por un monstruo de su propia creación. ¿Cuánto tiempo lleva Victor huyendo
de la Criatura? ¿Quizás un año? ¿Tal vez dos? ¿Y se supone que debemos creer en
su miedo a ser cazado cuando no se le da el tiempo necesario a ese temor para
que vaya acumulándose hasta hacerse insoportable?
Por otra parte, en un giro argumental propio de una
película de superhéroes, la Criatura puede regenerar su cuerpo sin razón
aparente, lo que solo sirve como excusa para que un buen número de agresores le
disparen con armas y explosivos. Además, a mitad de la película se produce un
incómodo cambio de género: mientras que la historia de Victor sabe a puro
terror gótico, la de su Criatura parece un cuento de hadas que incluye
otorgarle una conexión mágica con los animales salvajes (alimenta a un ciervo
como si fuera una princesa de Disney) y retratar a los lobos como bestias
rabiosas y asesinas.
Si ese cambio narrativo hubiera sido intencional, podría haber
sido un giro interesante a mitad de una historia tan larga… pero ese no parece
ser el objetivo, sino más bien recordarle al público con qué personaje se
identifica más el director. También, en varias ocasiones, se aprecian ciertas
similitudes con “Eduardo Manostijeras” (1990), tanto en lo visual como en la
banda sonora, pero como aquélla era ya una versión del mito de Frankenstein, esta
conexión resulta un tanto retorcida y extraña.
Posiblemente debido a la bifurcación tonal dentro de la
propia historia, la película resulta increíblemente torpe en su tratamiento del
romance, el sexo y la sensualidad de cualquier tipo. Hay fuertes connotaciones
BDSM en ciertos momentos de la historia, pero nunca se destacan ni se
desarrollan de forma significativa a lo largo de la narrativa. Por ejemplo, no
se explora –ni se menciona, de hecho- que el amor de Victor siempre adopte la
forma de una obsesión. Y la homosexualidad, o incluso los vínculos platónicos
profundos, se eluden de una manera extrañamente intencionada. Cuando la
criatura le pide a Victor u
n "compañero", como lo hace en el libro,
no se menciona el género en ningún momento (aunque en la traducción al español
sí se optó por utilizar el femenino); es Victor quien, en respuesta a la
petición del monstruo, hace referencia al potencial de la lujuria, el sexo y la
procreación, lo cual parece que debería ser muy importante en un relato que se
pregunta qué significa crear vida y vivirla, pero esto se abandona de inmediato
para pasar al siguiente punto de la historia.
Guillermo del Toro ya había abordado estas ideas en otras
películas con tanta profundidad como belleza: el descubrimiento sexual en “La
Forma del Agua”, la lujuria aterradora de “La Cumbre Escarlata” o la fusión íntima
de mentes compatibles en “Pacific Rim” (2013). Por eso resulta extraño que no
haya sido capaz de plasmar estos temas precisamente en “Frankenstein”, una
historia que dejaba amplio espacio para ello.
En cuanto a los actores, todos están a un gran nivel. Oscar
Isaac irradia en l
a pantalla la energía de un maniaco obsesivo, transitando con
una fluidez pasmosa por la delgada línea que separa el genio visionario del
delirio absoluto. Su Victor transmite una arrogancia trágica, un egocentrismo
tan desmedido que resulta tan detestable como trágicamente seductor, impulsado
por una urgencia febril por desafiar a la muerte. Mia Goth está apropiadamente
etérea y vulnerable en su lucha por liberarse de las decisiones de los hombres.
Christoph Waltz aporta su característica e ironía inquietante a un papel por lo
demás intrascendente. Pero, sin duda, el que destaca sobre todos los demás es
Jacob Elordi.
D
el Toro eligió personalmente a este actor por varias
razones. En primer lugar, por su mirada. Mantener los ojos reales del actor le
permitió transmitir una profunda humanidad, vulnerabilidad, dolor y asombro sin
necesidad de palabras. En segundo lugar, por su imponente presencia física. Con
su altura de 1,96 m y atlética complexión, Elordi le da a la Criatura una
escala casi mitológica y, al mismo tiempo, tangible, evitando la necesidad de
recurrir a una sobrecarga de efectos digitales con los que mostrar su potencial
amenaza y su trágica desproporción.
La transformación de Elordi requirió jornadas maratonianas de
hasta 10 horas diarias de maquillaje, aplicándole cerca de 40 piezas protésicas
diseñadas por Mike Hill. El actor demostró una disciplina férrea y una resistencia
mental inquebrantable, soportando el proceso físico más exigente de su carrera
sin mermar la calidad de su actuación. También trabajó con esmero su voz,
utilizando prótesis dentales especiales y realizando ejercicios de r
esonancia frente
al espejo, lo que le permitió dotar a la Criatura de una progresión verbal
creíble, simulando el proceso de aprendizaje y asimilación del lenguaje desde
su origen balbuceante. Y, sobre todo, distanciándose radicalmente del arquetipo
del zombi torpe o la simple abominación, Elordi canalizó una enorme inocencia
mezclada con el dolor del rechazo sufrido por su creador. Su interpretación
logró equilibrar la furia justificada de la criatura con la desgarradora
ternura de un "hijo" abandonado por su “padre”.
El “Franke
nstein” de Del Toro es tan ambicioso y
gloriosamente desmesurado que cuesta abarcarlo. Es evidente por qué pasó tanto
tiempo desarrollando este proyecto que, como otras de sus películas, trata
sobre la esencia del alma y el significado de ser humano. Es un auténtico
prodigio formal: el diseño de vestuario, la fotografía, la dirección artística y
la paleta de colores recrean un deslumbrante universo gótico que transpira el
amor incondicional y absoluto de Del Toro por el cine clásico de monstruos. Los
actores están implicados en una versión del clásico de Shelley que se desmarca
del terror convencional en favor de una tierna y desgarradora fábula sobre la
empatía, el rechazo, la necesidad de ser comprendido y la tragedia de la
paternidad negligente.
Pero por muy elegante, extraña, majestuosa y grotesca que
pueda ser “Franke
nstein”, no es la mejor película de Del Toro. La historia,
quizá demasiado larga, a menudo resulta asfixiante, no desarrolla adecuadamente
la tensión sexual o los temas más relevantes de la novela y tiende a confiar
poco en la inteligencia del espectador o en el subtexto visual, al verbalizar
explícitamente a través del diálogo cada dilema moral, trauma o sentimiento, lo
que resta misterio y poesía.
Al final, quizá su principal mérito sea, precisamente, ser
una película de Guillermo del Toro, con todo lo que ello implica. Con todas sus
pegas, “Frankenstein” es una película fascinante, con imágenes suntuosas y una
fidelidad notable al material original. Pocas cosas resume
n mejor la visión del
director que la imagen de Mia Goth arrastrando por el suelo del ruinoso
castillo un metro de cabello pelirrojo y un vestido turquesa transparente,
mientras camina hasta la catacumba parecida a un matadero donde la Criatura de
color marfil y azul pálido, se encuentra sola, encadenada y esperando ser
tratada como un hombre y no como una cosa. Esa secuencia de dos minutos es una
historia en sí misma. “Frankenstein” es una película creada a partir de las
obsesiones que han acompañado a Del Toro toda su vida: la culpa católica, el
amor condenado y los monstruos que solo quieren un abrazo. Es romanticismo
gótico a gran escala.

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