La ciencia ficción americana de dibujos animados ha estado tradicionalmente dirigida sobre todo a un público familiar, pero otros países no se han mostrado tan escrupulosos. La original producción checofrancesa “El Planeta Salvaje” (1973), mostraba criaturas humanoides mantenidas como mascotas de gigantes azules; mientras que la canadiense “Heavy Metal” (1981), basada en la iconoclasta revista de comic francesa “Metal Hurlant”, no tenía inconveniente en exhibir dosis abundantes de violencia, sexo y drogas.
El país con la tradición más rica en la ciencia ficción animada es, sin embargo, Japón, que desde hace décadas ha acumulado cientos de producciones de este tipo. Destacan, por supuesto, directores como los geniales Hayao Miyazaki (“Nausicaa del Valledel Viento”, 1984; “El Castillo en el Cielo”, 1986), Mamoru Hosoda (“SummerWars”, 2009) o Katsuhiro Otomo (“Akira”, 1988; “Steamboy”, 2004), pero también producciones televisivas de gran calidad, como “Cowboy Bebop” (1988), “Neon Genesis Evangelion” (1995), “Planetes” (2003) o “Freedom” (2006), por nombrar solo un puñado. Y luego está, por supuesto, el universo mediático que ha surgido a partir de “Ghost in the Shell”.






