miércoles, 5 de agosto de 2026

JOHN CARTER EN EL CINE: EL PROYECTO MALDITO


La Fantasía y la Ciencia Ficción todavía estaban en su infancia cuando “Bajo las Lunas de Marte”, de Edgar Rice Burroughs, hizo su debut como serie en las páginas de la revista pulp “All-Story” en febrero de 1912, menos de un año antes de que la creación más famosa de ese autor, Tarzán, hiciera su primera aparición.

 

El planeta Marte, llamado así por el dios romano de la guerra, ya había aparecido en una novela de ciencia ficción como origen de invasores extraterrestres en “La Guerra de los Mundos”, de H. G. Wells, publicada en 1898. Sin embargo, poco se sabía entonces sobre el “planeta rojo”, conocido así por su tonalidad vislumbrada desde la Tierra. Una malinterpretación de las observaciones de su superficie condujo a especular con la posible presencia de agua y, por lo tanto, vida. De este modo, Burroughs contaba con un lienzo prácticamente en blanco sobre el cual imaginar relatos de hazañas heroicas, evasiones milagrosas y sangrientas batallas ambientadas en el extraño paisaje donde John Carter, un veterano de la Guerra Civil estadounidense, se encuentra transportado después de morir y renacer misteriosamente, quizá a través de alguna forma de proyección astral.

 

En Marte, al que los nativos llaman “Barsoom”, Carter descubre que la menor gravedad le otorga una fuerza sobrehumana y, aceptando su destino como salvador guerrero, protege a los humanoides indígenas de una gran variedad de criaturas, muchas de las cuales se asemejan a seres mitológicos de la antigüedad terrestre. En la primera historia serializada, la mencionada “Bajo las Lunas de Marte”, se hace merecedor de la mano de una princesa marciana (o barsoomiana), Dejah Thoris, de la ciudad-estado de Helium; por eso, cuando la historia fue recopilada como novela en 1917, fue retitulada como “Una Princesa de Marte”.

 

Aunque el extraordinario éxito de Tarzán eclipsó otras obras de Burroughs, regresó al planeta rojo para narrar más aventuras de John Carter: “Los Dioses de Marte” (1918), “El Señor de Marte” (1919), “Thuvia, Dama de Marte” (1920); “Los Ajedrecistas de Marte” (1922), “El Cerebro Supremo de Marte” (1928), “Un Guerrero de Marte” (1931), “Espadas de Marte” (1936), “Los Hombres Sintéticos de Marte” (1940), “Llana de Gathol” (1948) y la póstuma “John Carter de Marte” (1964). Estas obras han seguido reeditándose desde su publicación original y prueba de su popularidad es, por ejemplo, que la ciudad de Tarzana, California, fue bautizada en honor al personaje de Burroughs; y uno de los mayores cráteres de Marte lleva el nombre del autor que, durante generaciones, hizo soñar con ese planeta a innumerables aficionados a las aventuras y la ciencia ficción.

 

De forma muy inusual para su época, Burroughs tuvo la astucia de un hombre de negocios a la hora de capitalizar el éxito de su literatura, licenciando a Tarzán para una amplia serie de soportes, incluidos comic-books, tiras de prensa, películas y merchandising. Sin duda, vio un potencial similar en John Carter, y ya en 1931, la futura leyenda de la animación Robert Clampett -creador del cerdito Porky y director de muchos de los más memorables cortos de “Looney Tunes”- le hizo una propuesta para convertir “Una Princesa de Marte” en la primera película animada de larga duración. Burroughs se mostró entusiasmado con el proyecto y reunió una extensa variedad de bocetos, esculturas y notas de producción con la ayuda de su hijo, John Coleman Burroughs, que era el portadista de las novelas de Tarzán y John Carter.

 

Con todo ello, consiguieron convencer a la Metro-Goldwyn-Mayer para adquirir los derechos de las historias, con miras a estrenar la película tan pronto como 1932. “¡Un héroe que puede saltar veinte pies en el aire con facilidad, que lucha contra hombres verdes de cuatro brazos y ocho patas!” prometía el material de prueba de Clampett. Los fragmentos de demostración que han sobrevivido, tanto en blanco y negro como en forma de boceto y pintadas al óleo, muestran imágenes sugerentes de Carter en acción luchando contra un oponente, así como un Thoat de ocho patas, o caballo marciano, al galope.

 

Por desgracia, Burroughs, Clampett y el estudio no compartían la misma visión para el proyecto. MGM quería hacer una comedia bufonesca con un héroe fanfarrón, un enfoque en completa oposición con el deseo de Burroughs de poner en pantalla un espectáculo de ciencia ficción más serio y acorde con el tono de las historias. Después de un año de desarrollo, el estudio canceló el proyecto, dejando que fuera Disney, cinco años más tarde, quien se pusiera la medalla de estrenar el primer largometraje de animación: “Blancanieves y los Siete Enanitos”.

 

Aparte de un interés pasajero a finales de los años cincuenta por parte del animador de stop-motion Ray Harryhausen, pasaron varias décadas antes de que John Carter fuera considerado seriamente otra vez como protagonista de su propia película. Fue Disney el estudio que estuvo dispuesto a darle una nueva oportunidad en la esperanza de que así podrían aprovecharse de la moda por las aventuras épicas que habían encendido tanto “Star Wars” como “Conan el Bárbaro”. A tal fin, contrataron para el guion a Ted Elliott y Terry Rossio, que escribirían más tarde “Aladdín” (1992), “Piratas del Caribe: La Maldición de la Perla Negra” (2003), “Godzilla” (1998) o “Shrek” (2001). Mario Kassar y Andrew G.Vajna, productores de las películas de “Rambo” y socios de Carolco que más adelante financiarían éxitos como “Instinto Básico” (1992) o “Terminator 2” (1991), subieron a bordo como productores.

 

Ellos, a su vez, cortejaron al director de “La Jungla de Cristal”, John McTiernan, y al actor Tom Cruise. Pero la escala del proyecto unido que a McTiernan consideraba que los efectos especiales no podrían hacer justicia a la historia, llevó, otra vez, a un punto muerto. Durante la siguiente década, Disney conservó los derechos de John Carter, en buena medida por que su CEO, Jeffrey Katzenberg, era un entusiasta defensor del proyecto. Por desgracia, los años 90 no favorecieron al cine fantástico de acción real, así que el estudio dio carpetazo final a esta aventura y dejó los derechos libres.

 

El éxito de la primera película de la trilogía de “El Señor de los Anillos” (2001), de Peter Jackson, hizo que a los estudios la fantasía les volviera a parecer una oportunidad económica viable. Como adictos al juego tratando de apostar en una carrera que ya se había ganado, todos los ejecutivos comenzaron a rebuscar en su departamento de derechos con la esperanza de asegurarse la opción sobre otra fantasía épica. En el espacio de un año, grandes producciones basadas en “Las Crónicas de Narnia”, “La Brújula Dorada”, “Eragon” y “Las Crónicas de Spiderwick” pasaron a estar en diversos estadios de desarrollo. Cuando el polvo de esta batalla épica se despejó, los derechos de John Carter seguían, milagrosamente, disponibles. Si las precuelas de Star Wars de George Lucas habían fabricado oro en la taquilla en el nuevo milenio, ¿podría la combinación, en una sola película, de ciencia ficción y fantasía lograr la misma magia?

 

Harry Knowles, fundador y redactor de la influyente web de chismes cinematográficos “Ain't It Cool News”, así lo pensaba. Veterano fan de Burroughs y defensor acérrimo de su adaptación al cine, en julio de 2001, describió a Carter de Marte como “la mayor película de ciencia ficción que jamás se hizo”. Un año después, Knowles se explayó sobre el asunto en su autobiografía, “Ain't It Cool? Hollywood´s Redheaded Stepchild Speaks Out”. Y resultó que alguien en la industria le estaba prestando atención: el productor James Jacks, que junto a su socio Sean Daniel, había estado tras la exitosa versión de Universal de su propio monstruo, “La Momia” (1999) y su secuela, “El Regreso de la Momia” (2001). El libro de Knowles le recordó la pasión que en su propia juventud sintió por el personaje de Burroughs y convenció a Paramount para adquirir los derechos en nombre de su productora, Alphaville Productions. Tan pronto como los derechos habían sido asegurados -por 300,000 dólares tras una guerra de ofertas con Columbia- Jacks pagó su “deuda” con Knowles, incorporándolo como asesor no oficial del proyecto, mientras que Mark Protosevich, guionista de “La Celda” (2000), se puso a trabajar en el libreto.

 

Una vez que el guion estuvo completo, la mayoría de los productores habrían comenzado a enviarlo a los agentes de Hollywood en busca de un director. Sin embargo, con un proyecto tan querido para Jacks, prefirió no dejar nada al azar. Como residente de Austin, Texas, sabía de un cineasta local a quien consideraba perfecto para liderar la película de más de 100 millones de dólares: Robert Rodríguez, quien al final del año firmó como director y accedió a ejercer también de productor junto con su esposa Elizabeth Avellan, socia de su productora Troublemaker Studios.

 

Hablando con “Variety” sobre su participación una vez fue oficialmente anunciada, Rodríguez dijo que esperaba comenzar a rodar a principios de 2005 y que el título podría ser “Una Princesa de Marte” o “John Carter de Marte”. “Después de “El Señor de los Anillos”, esta es, probablemente, la última gran fantasía clásica por hacer, y, probablemente no ha sido posible hasta que la tecnología lo ha permitido”, dijo. En el mismo artículo, Jacks describió el proyecto como “uno de los grandes relatos de fantasía y aventuras de todos los tiempos”, pero admitió que era una empresa desafiante habida cuenta del nivel de calidad que habían fijado las precuelas de “Star Wars” y las películas de “El Señor de los Anillos”. También dijo que Protosevich, que recientemente había adaptado otra historia añeja de CF, “Soy Leyenda” (1954), de Richard Matheson, había prescindido de los aspectos más chirriantes de una novela que ya iba camino de ser centenaria.

 

Teniendo a Rodríguez vinculado al proyecto significaba que rodaría utilizando su formato preferido: cameras digitales de alta definición, un proceso que luego seguiría perfeccionando en “Sin City” (2005). De hecho, él fue uno de los pioneros en abandonar por completo el celuloide tradicional (película de 35 mm) dentro de la industria de Hollywood para abrazar las ventajas del flujo de trabajo digital en alta definición. Fue precisamente su decisión de codirigir esa película con el creador del comic original en que se basaba, Frank Miller, e incluir a su amigo Quentin Tarantino, lo que le llevó a abandonar el Sindicato de Directores en marzo de 2004 como protesta por el rechazo de esa organización a permitir que se acredite a más de un director si no es una situación clara de codirección bona fide como es el caso de los hermanos Cohen o las hermanas Wachowski.

 

Dado que Paramount Pictures era y es signataria de los acuerdos laborales pactados con el sindicato -lo que significa que el estudio no contrata directores no sindicados- la renuncia de Rodriguez lo apartó de la silla de dirección de “John Carter”. Unos días después, aseguró en una entrevista a “Entertainment Weekly” que no tenía por qué afiliarse otra vez al Sindicato para dirigir la película, dado que su contrato para la misma era anterior a su renuncia. En mayo, sin embargo, Paramount oficialmente lo descartó y los productores empezaron a hablar con otro posible candidato y pionero de la tecnología digital en el cine: Kerry Conran, cuyo revolucionario “Sky Captain y el Mundo del Mañana” (2004) había sido rodado casi enteramente frente a una pantalla azul, utilizando el mismo procedimiento digital de alta definición que luego adoptaría “Sin City”. Eso sí, ya desde el principio, Conran dijo que su visión de “John Carter” no pasaba por ser enteramente digital, aunque sí incorporaría esos efectos a las escenas que lo requirieran. 

 

En diciembre de 2004, Conran visitó las oficinas de Edgar Rice Burroughs, Inc, en Tarzana, California, para entrevistarse con el nieto del escritor, Danton Burroughs, y revisar la enorme colección de libros, comic books, juguetes, juegos y merchandising generados por las historias de John Carter. Como suele suceder con la mayoría de los directores que entran en un proyecto, Conran trajo su propio guionista, en este caso Ehren Kruger, que había firmado el guion de “Arlington Road” (1999) y el remake de “The Ring” (2002). Kruger trató de mantenerse fiel a las novelas al tiempo que modernizaba su sensibilidad y tono.

 

A lo largo de 2005, se siguió avanzando en la preproducción, contratando a varios artistas conceptuales bajo la supervisión de la ilustradora y especialista en color Stephanie Lostimolo (que había participado también en “La Venganza de los Sith”, 2005). Su labor era la de crear modelos de los personajes y pintura digital para esta primera fase. También se buscaron localizaciones, poniendo el ojo en Australia, cuyo paisaje desértico del interior podía imitar al de Marte, tal y como se había hecho ya en “Planeta Rojo” (2000). Sin embargo, en septiembre se confirmaron los rumores de que Kerry Conran había abandonado el proyecto.

 

Le sustituyó en la silla de director Jon Favreau, que ya tenía experiencia manejando producciones familiares con abundantes efectos especiales en películas como “Elf” (2003) o “Zathura: Una Aventura Espacial” (2005). Favreau entró en juego cuando, después de concluir una reunión con el ejecutivo de Paramount, Brad Weston, le preguntó sobre el estado del proyecto de Jonn Carter. Al enterarse de que estaba disponible y que los derechos de los once libros estaban a punto de renovarse, Favreau repasó sus conocimientos sobre el material original y presentó su idea para la película: permanecer fiel a las novelas e introducir un sustrato emocional. Viendo el éxito que habían cosechado las dos películas mencionadas de Favreau, Paramount le otorgó su confianza. Hablaron con los propietarios de los derechos (recordemos, Edgar Rice Burroughs, Inc) y éstos aceptaron renovarlos en base a la incorporación de Favreau.

 

En enero de 2006, el director explicó que se estaba realizando un nuevo guion e ilustraciones conceptuales. También dio un giro radical a la forma de enfocar técnicamente la película, porque, a diferencia de Rodríguez y Tarantino, prefería utilizar efectos tradicionales siempre que fuera posible. Aunque tanto “Elf” como “Zathura” habían incorporado efectos generados por ordenador, Favreau era partidario de utilizarlos sólo como último recurso, cuando la imagen buscada no podía conseguirse delante de una cámara o resultaba muy complicado y/o costoso. Por otra parte, siendo él también actor, se interesó por aspectos del personaje sobre los que sus antecesores no habían reparado y quiso hacer de la historia algo más íntimo, parecido a la experiencia del astronauta Taylor (Charlton Heston) en “El Planeta de los Simios” (1968): "Lo convirtieron en un viaje personal sobre alguien en una tierra extraña que aprende sobre una cultura extraña en una sociedad extraña y que finalmente llega a un punto en el que la comprende y puede comunicarse con ellos".

 

Para Favreau, “El Planeta de los Simios” también sirvió como referencia para imaginar cómo visualizar en pantalla a los Tharks de cuatro metros y medio de altura: "Aunque el maquillaje limitaba bastante el movimiento de las caras y no me gustaría ir por ese camino del todo, sí que pensaba que se podía diferenciar a los simios. Se notaba que era Roddy McDowall quien estaba ahí detrás, y fue una actuación maravillosa, llena de emoción. Lo que me gustaría hacer es encontrar la manera de basarlo en actores reales para poder contratar a gente como Tharks y no solo usar sus voces para animar marionetas generadas por ordenador. Dicho esto, tengo que ver qué tal está la tecnología actual de efectos especiales por ordenador, pero tengo la sensación de que será una mezcla de efectos prácticos con algún tipo de mejoras digitales para que se note que son diferentes de los humanos. No quiero simplemente ponerles zapatos enormes y brazos de goma."

 

Otro cambio importante que Favreau esperaba implementar era rechazar la idea de convertir a John Carter en un personaje del siglo XX o XXI, y devolverlo a sus orígenes en la Guerra Civil Americana. "Si realmente lo transformaras en alguien que regresa de Oriente Medio, no contarías la historia completa. Para empezar, no podría ser jinete ni espadachín... y también creo que ser oficial en un ejército que ya no existe define su carácter y lo que lo hace ser quien es. Creo que sacrificar eso implicaría perder aspectos del personaje que ni siquiera se notan en una reunión de desarrollo, pero que, en última instancia, al ver la película y escribir el guion, la perjudicarían".

 

Favreau se propuso encontrar un nuevo guionista que fomentara una visión más tradicional del material, más cercana al espíritu de los libros: “No sé cuánto de lo que escribió Ehren Kruger fueron decisiones impuestas o cuánto surgió de él. Sé que los guiones no me conmovieron, en el sentido de lo que sí me parecía atractivo de los libros”. Sabiendo que sus puntos fuertes eran los personajes y los diálogos, Favreau esperaba encontrar un guionista que pudiera aportarle la estructura: “Lo que necesito es alguien que pueda ayudar a conformar la estructura de esta película, para que no nos veamos obligados a tomar decisiones difíciles sobre qué se puede mantener y qué se puede eliminar. Creo que hay elementos básicos sobre los que podemos construir, pero hay problemas logísticos que resolver en cuanto al idioma, y ​​problemas técnicos en cuanto a la fisiología de los alienígenas”.

 

En un intento por apropiarse de un proyecto y dejar su sello personal, muchos cineastas que se incorporan a uno ya existente no solo rechazan los borradores del guion, sino también cualquier arte conceptual elaborado antes de su entrada. Sin embargo, Favreau no tenía intención de seguir ese camino. "He estado revisando todo el trabajo de los cineastas que me precedieron, incluso antes de Conran y Rodríguez. Creo que la gente se ha preocupado mucho y siente pasión por ello, y agradezco todo lo que se haya hecho antes de llegar yo. Soy bastante humilde en este sentido. La mejor idea gana. Lo que sea que haga que la película sea lo mejor posible".

 

Mark Fergus, nominado al Óscar por "Hijos de los Hombres", era el guionista favorito de Favreau y al que encargó adaptar los tres primeros libros de la serie de Burroughs. Nunca antes había leído los libros, según contó en una entrevista, "lo cual fue genial porque lo convirtió en material nuevo. Pensé: 'Vaya, todo el mundo ha saqueado estos libros a lo largo de los años para hacer historias y películas de ciencia ficción'. Lo que realmente teníamos que hacer era centrarnos en que fuera, simplemente, un cuento de hadas mítico. Podría ser una película de cuatro horas si quisiéramos. Pero es una historia bastante simple si eliminamos los cientos de personajes secundarios, las capas y todo eso. Cuando les demostramos que sabíamos cómo adentrarnos en su material y encontrar esa historia, creo que fue lo que realmente los impulsó a involucrarnos. Creo que lo logramos a la perfección".

 

El guion se entregó en abril de 2006 y una semana después, Favreau abrió un foro en Myspace sobre John Carter, confirmando que el libreto y el material conceptual habían sido presentados y bien recibidos y que estaban aguardando la respuesta y un presupuesto. Pero pasaron las semanas y Paramount permaneció en silencio. Favreau seguía pensando que el estudio lo apoyaba, pero que quizá, habiendo programado para 2008 el estreno de la versión de “Star Trek” de J.J.Abrams, no tuviera presupuesto ni agenda para invertir en otra gran superproducción de ciencia ficción.

 

La preocupación de Favreau resultó estar justificada. Sólo cuatro días después de haberla expresado en el foro, el director confirmó que Paramount había vuelto a dejar “John Carter” en la columna de “pendientes”. Aunque nunca dejó de estar interesado en sacar adelante la película, tenía que seguir trabajando y en junio de 2006 firmó para dirigir “Iron Man” para Marvel –coescrita con Mark Fergus-. Siguió soñando con que, si esta película de superhéroes obtenía buen resultado, Paramount le dejaría seguir adelante con “John Carter”, aunque también admitió que el estudio no parecía tener ya interés en ello. De hecho, en agosto de 2005, Edgar Rice Burroughs Inc confirmó que Paramount Pictures no había ejercitado su opción para renovar los derechos del material.

 

A lo largo de 2006, empezaron a cobrar fuerza los rumores de que Disney sería el estudio que asumiría el desafío, probablemente poniendo al frente a Robert Zemeckis, un confeso fan de la obra de Burroughs y un cineasta con especial predilección por la animación por captura de movimiento, lo cual le hacía doblemente elegible para dirigir la adaptación de John Carter en un estilo a su “Beowulf” (2007). Sin embargo, “The Hollywood Reporter” reveló que Disney se encontraba ultimando las negociaciones para adquirir los derechos no para la nueva productora de Zemeckis sino para Pixar. El mes siguiente, el presidente del estudio, Dick Cook, deslizó que Disney todavía estaba tratando de decidir si “John Carter de Marte” sería acción real, animación o una combinación de ambas. A lo largo de los siguientes meses, el personal de Pixar admitiría únicamente que la compañía seguía adelante con el proyecto y que el público debería esperar algo más duro que el tipo de cine que solía salir de ese estudio.

 

Y, por fin, en marzo de 2008, se rumoreó que Andrew Stanton, uno de los principales directores de Pixar, había completado un primer borrador para la primera película de lo que se esperaba sería una trilogía, y que él y el exproductor de Lucasfilm Digital, Jim Morris, empezarían a organizar un plan de trabajo para el proyecto tan pronto como Stanton finalizara la producción y promoción de “Wall-E” (2008). Esto situó el estreno de “John Carter de Marte” en 2012, un año perfectamente apropiado dado que marcaba el centésimo aniversario de la publicación de la primera aventura del personaje.

 

En cuanto a la película en sí, podéis leer mi comentario en esta entrada.  

 

 

 

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