viernes, 7 de agosto de 2026

2011- BLACK MIRROR (13)



(Viene de la entrada anterior

 

El periodo entre la segunda temporada (2013) y la tercera (2016) de “Black Mirror” conllevó la transformación más profunda en la historia de la serie, marcada por un un conflicto creativo con la televisión británica, el cambio de cadena y la expansión internacional.

 

Tras la emisión de la segunda temporada en Channel 4, el creador de la serie,  Charlie Brooker, y la productora Annabel Jones lanzaron el episodio especial de Navidad "White Christmas", protagonizado por Jon Hamm y que sería el último trabajo de Brooker para la mencionada cadena a tenor de una serie de desencuentros creativos y presupuestarios. A pesar del prestigio internacional que ya había conseguido acumular la serie, Channel 4 consideraba que se estaba volviendo demasiado cara para el departamento de “comedia y drama” en el que se encuadraba y dudaba de su viabilidad económica. A esto se sumó que cuando Brooker presentó las primeras ideas para lo que sería la tercera temporada, los ejecutivos las rechazaron argumentando que querían tramas más oscuras, cínicas y arraigadas al tono británico tradicional.

 

Mientras la relación con la cadena británica se enfriaba, las dos primeras temporadas de “Black Mirror” se estrenaron en el catálogo de Netflix en Estados Unidos, donde se convirtieron en un fenómeno viral de culto. Esto desató una pugna entre varias cadenas y plataformas estadounidenses como HBO, AMC o SyFy, por hacerse con los derechos, una batalla de la que salió victoriosa Netflix ofreciendo un acuerdo sin precedentes para producir de golpe dos nuevas temporadas de 12 episodios en total (divididos en bloques de seis para la tercera y cuarta temporadas)

 

El respaldo de Netflix alteró radicalmente la escala de producción. Se multiplicaron los recursos económicos, lo que permitió rodar con reconocidos directores de cine, fichar a actores internacionales de renombre como Bryce Dallas Howard o Gugu Mbatha-Raw, y diversificar las localizaciones abandonando Gran Bretaña para rodar también en Estados Unidos o Sudáfrica). Además, con la libertad creativa que les dio la plataforma, Brooker se permitió experimentar más allá del puro pesimismo tecnológico, introduciendo colores más vivos, atmósferas ochenteras e incluso finales luminosos como en el famoso episodio “San Junípero”.

 

“Caída en Picado”, el episodio que abrió la temporada, por ejemplo, opta por un terror tecnológico más sutil que en otras ocasiones, pero que cala incluso más hondo.

 

A estas alturas, sabemos perfectamente que las redes sociales no son únicamente herramientas de comunicación; también lo son de construcción de identidad. Cuando una persona publica una fotografía, no solo está compartiendo una imagen, está enviando un mensaje sobre quién es, cómo quiere ser percibida, qué aspectos de su vida considera importantes… Los psicólogos llaman a esto “gestión de la impresión”, es decir, el intento de influir en la forma en que los demás nos ven.

 

Y esto no tiene nada de malo, es un comportamiento humano normal. Todos queremos ser comprendidos y sentir que pertenecemos a algún lugar o colectivo. Hay quienes encuentran esa sensación de identidad principalmente dentro de sí mismas y otras que la buscan con mayor frecuencia en las reacciones de los demás. Por eso, algunas personas sienten el impulso de compartir constantemente. Y cuando esto se hace de forma compulsiva, enfermiza, se convierte en un problema. Y si, para colmo, se normaliza hasta el punto de moldear la propia sociedad, lo que tenemos es una distopía aterradora.

 

El futuro que nos presenta “Caída en Picado” es uno cuyos habitantes, inexplicablemente, visten con tonos tan suaves que casi parecen un dibujo animado. Todos los entornos son limpios, de líneas pulidas, ordenados e iluminados suavemente. Esto, sumado a las sonrisas fingidas que acompañan a la ropa, simbolizan la insipidez y falsedad imperantes en esa sociedad. Y es que cada interacción social, desde comprar un café hasta charlar en el ascensor pasando por llenar el depósito de gasolina o saludar de pasada a alguien por la calle, se califica mutuamente de acuerdo a una escala de 1 a 5 estrellas. Cada puntuación hace que tu promedio general suba o baje. Hay una transparencia casi total e instantánea en estas calificaciones, de modo que la gente termina sus encuentros con una sonrisa educada y señalando con su teléfono inteligente. Para cuando te despides de la otra persona, ya has escuchado el dulce tintineo de un voto positivo o la triste espiral, al estilo de un videojuego, que denota una puntuación negativa. Este último puede provocar confusión si a la otra persona tú le diste un punto positivo.

 

Ese es precisamente el problema de Lacie (Bryce Dallas Howard), una mujer común y corriente: con curvas, pero sin sobrepeso; ni ejecutiva de éxito ni novata. Viste el mismo vestido y pintalabios rosa chicle que todas las demás, aunque no sea su color. Tiene una sólida calificación de 4,2 gracias a su fingida alegría, cortesía y felicidad, como publicar en su perfil social fotos de su café con leche y su linda galletita con carita sonriente (que muerde delicadamente para luego escupir las migas cuando nadie la ve) o investigar a sus compañeros para poder entablar la conversación más ingeniosa y cordial posible cada mañana.

 

Porque la auténtica aspiración de Lacie consiste en obtener un 4,5 o, incluso, si se atreve a soñar, más alto todavía. Aborda cada encuentro interpersonal dispuesta a que sea positivo, calificando con cinco estrellas a todo el mundo, desde el desconocido en la calle hasta Naomi (Alice Eve), su mejor amiga de la infancia que lleva la vida con la que ella sueña y que exhibe un triunfante 4.8 mostrando en redes su esbelta figura mientras hace yoga en un diminuto bikini, cocinando tapenade francesa en casa y compartiendo imágenes con Paul, su novio tan guapo que parece irreal y con el que va a casarse en breve.

 

Lacie es una ferviente seguidora de Naomi en redes, aunque ambas llevan muchos años sin hablarse cara a cara. Por eso, la sorprende que la llame un día para ofrecerle ser su dama de honor en la boda que va a celebrar en su isla privada. Es la oportunidad que Lacie necesita para socializar con gente con calificaciones de 4,5 o superior y obtener de ellos, a su vez y gracias al conmovedor discurso de madrina que va a preparar, una mejora de su propio promedio. Y es que ella y su hermano Ryan (una especie de ermitaño ajeno al sistema y cuya mediocre puntuación de 3.7 proviene exclusivamente de sus amigos gamers), van a tener que mudarse porque la casa en la que viven de alquiler se va a vender. Ryan se marchará a compartir apartamento con un amigo, pero Lacie, como parte de su anhelo de ascenso social, quiere instalarse en un exclusivo complejo de unifamiliares que sólo admiten personas con calificaciones de 4.5 o superiores. Lacie puede ver su vida perfecta al alcance de su mano, y no solo porque la presentación de ventas incluya un holograma de una versión de ella más esbelta y con el pelo más arreglado siendo acurrucada por un musculoso mulato.

 

Pero le faltan unas décimas para ser elegible en esa urbanización y el asesor que contrata para mejorar su desempeño en redes, tras analizar la situación, le recomienda que se relacione con personas de “alto valor”… que son las que acudirán a la boda de Naomi. Así que, convencida de que triunfará, Lacie paga el depósito no reembolsable que le exigen como entrada a la vivienda de sus sueños.

 

Hasta aquí, el planteamiento. El episodio se titula "Caída en Picado" debido a una serie de errores y golpes de mala suerte que asedian a Lacie camino a la boda. Para empezar, una discusión con su hermano le hace perder el Uber, cuyo conductor la califica negativamente. Al salir de su casa, nerviosa y con prisas, tropieza con una desconocida y le mancha la ropa, por lo que ésta le baja aún más la puntuación. Al llegar al aeropuerto, se entera de que su vuelo se ha cancelado y, aunque hay otro que le permitiría llegar a tiempo a la ceremonia, sólo es para pasajeros con calificación superior a la suya, que en ese punto está en 4,1. Un arrebato de pánico la lleva a gritar a la empleada de la aerolínea y la mala impresión que causa no sólo la lleva a que los otros pasajeros la penalicen con sus móviles sino a que un guardia de seguridad, como sanción, le reduzca aún más sus puntos durante 24 horas, dejándola en 3,1.

 

Esa puntuación sólo le permite alquilar un coche eléctrico obsoleto que no tiene el adaptador adecuado para la estación de recarga a mitad de viaje, lo que la obliga a hacer autostop mientras se pierde la cena de ensayo y sus posibilidades de llegar a tiempo para la ceremonia a la mañana siguiente se vuelven cada vez más escasas. Para colmo, cuanto más desaliñada y desesperada se ve, peor la califican los desconocidos que pasan a toda velocidad en sus coches, hasta que su puntuación baja a un patético 2,6.

 

Cuando la conocemos al comienzo del episodio, cada acción de Lacie está marcada por la inseguridad que le genera el que quienes la rodean la observen y analicen, listos para juzgar el más mínimo gesto, palabra o expresión. Parte de su conflicto con Ryan radica en el horror que él siente al verla ensayar su discurso de madrina, hasta el punto de derramar lágrimas de falso amor que la hacen parecer más una sociópata que una persona sensible y auténticamente emocionada por la felicidad de su mejor amiga. Y si bien esa paranoia latente es claramente el marco que rodea cada expresión personal en este futuro, la triste realidad es que nadie vigila constantemente a Lacie, porque es una persona común y corriente. No es una privilegiada como Naomi; es, simplemente, otra persona más. De hecho, la atención que atrae la genera su constante y exagerado esfuerzo por agradar y encontrar validación de desconocidos.

 

El razonamiento de Lacie es a la vez comprensible y frustrantemente ingenuo: piensa que, si califica a todo el mundo con cinco estrellas, ellos le devolverán el favor, bien sea por sentirse obligados, o por tener una mentalidad similar a la de ella. Pero esa actitud indiscriminadamente positiva la convierte en alguien visiblemente ansiosa, demasiado falsa. Como le dice el empleado de la estación de recarga después de darle dos estrellas: “No fue un encuentro agradable”. ¡Y eso lo dice el tipo que está viendo videos pornográficos mientras la atiende! Hay algo profundamente inquietante en que alguien emita un juicio precipitado (y, además, con la transparencia ya mencionada) y que su calificación defina tu identidad como persona.

 

El caso es que hoy día confiamos en las opiniones ajenas que se vierten en internet para comprar artículos o reservar en restaurantes, por ejemplo. Hay un paso muy corto entre eso y confiar o no en un desconocido según su índice de aprobación general. Lacie pensó que había encontrado el camino perfecto y sencillo para obtener una calificación de cinco estrellas, cuando en realidad ha debilitado su situación porque lo ansía con demasiada intensidad, lo que reduce su atractivo.

 

En plena noche y varada en la autopista, Lacie termina aceptando que Susan (Cherry Jones), una camionera con una calificación peligrosamente cercana a cero, la lleve. Y, sin embargo, su interacción es lo único genuino del episodio. Susan le explica que, en el pasado, ella fue igual que Lacy, pero que dejó atrás la obsesión por las calificaciones después de que a su marido, un 4,3, no le aplicaran un tratamiento contra el cáncer que podría haberle salvado la vida pero que se reservaba para los 4,4. La gente en este mundo está demasiado ocupada intentando subir sus puntuaciones como para pararse a considerar la jerarquía social en la que sus clasificaciones los atrapan.

 

Tras dejar a Susan –su ruta sigue otra dirección-, consigue, mediante engaños, que la lleven un grupo de cosplayers que están viajando en una furgoneta a una convención de su serie de ciencia ficción favorita. Y entonces, Naomi la llama y le dice que no vaya a su boda porque su popularidad ha caído a un vergonzoso 2.6. La verdad es que ninguna de las dos se conocía en realidad y ambas se estaban aprovechando la una de la otra. Lacie se queda atónita, pero Naomi la reprende: sabía que Lacie había calculado todos los votos positivos que podía conseguir por su discurso, del mismo modo que Naomi y Paul contaban con que la inclusión de una amiga con calificaciones relativamente bajas sería bien recibida por el público como un gesto de generosidad. Su hermano Ryan tenía razón: así ha sido la relación tóxica entre Lacie y Naomi desde la infancia.

 

Pero el caso es que Lacie consigue llegar al lugar donde se está celebrando el enlace matrimonial. En estado de shock y con una apariencia lamentable, se cuela y se empeña en pronunciar su discurso en una escena tan desagradable que da vergüenza ajena, tan patético es verla revolcarse en su propia humillación y rematar su “caída en picado”. Si bien hay un breve momento en el que parece ganarse al público gracias a unas ocurrencias espontáneas que provocan risas genuinas, en su mayor parte solo se oyen sonidos de desaprobación y una cacofonía de votos negativos. Para cuando los agentes de seguridad se la llevan a rastras, Lacie ya es un cero a la izquierda.

 

El episodio finaliza con Lacie, despojada del vestido de dama de honor que le quedaba fatal y del pintalabios chillón, de pie en una celda mientras su compañero de cárcel, al otro lado del pasillo, se ríe de su desgracia. Pero su agresividad es tan solo un desahogo, porque él está en la misma situación. Sin que nadie los observe, sin consecuencias, ambos se lanzan insultos cada vez más ridículos.

 

“Caída en Picado” es un episodio muy interesante en cuanto a la relevancia y actualidad del tema que toca, pero cuyo desarrollo –aunque venga dirigido por Joe Wright, británico responsable de películas como “Expiación” u “Orgullo y Prejuicio”- no acaba de cuajar. Quizás porque centrarse en que Lacie llegue a la boda aproxima demasiado la historia al terreno de la comedia romántica; tal vez porque el entusiasmo de la protagonista acaba resultando insoportable; o porque nunca llegamos a saber qué sucede cuando la puntuación llega a 0, si se puede obtener una calificación negativa o cómo se puede funcionar en esa distopía si uno quiere permanecer ajeno al sistema de validación social. Como solo vemos la experiencia de tres o cuatro personas, el episodio impide comprender cómo opera realmente esa sociedad.

 

Lo que sí nos han dejado claro es que el sistema de calificación social no es solo una herramienta de validación superficial o de estatus: funciona como un mecanismo de exclusión total que convierte a quienes optan por mantenerse al margen en ciudadanos de segunda clase. Se nos dice que el acceso a la atención médica está condicionado por la puntuación. Las personas con notas bajas son relegadas a listas de espera interminables, se les niegan tratamientos o se les aparta de los mejores centros hospitalarios, lo que convierte el sistema en una amenaza directa para la supervivencia física. El promedio de tu nota también determina el acceso a la vivienda, la posibilidad de alquilar vehículos, viajar en avión o incluso optar a determinados puestos de trabajo. Así que parece que vivir al margen del sistema no es una alternativa viable porque implica quedar completamente desconectado de la vida en comunidad, sin derechos básicos garantizados y bajo el estigma constante del rechazo institucional y social.

 

Y en un contexto semejante, es difícil encajar un final esperanzador. Cuando la protagonista termina en la cárcel, libre de la presión de la pantalla, no experimenta una epifanía que la convierte en una rebelde sistémica, sino un aislamiento forzoso tras el colapso total de su identidad digital y un desahogo verbal producto solamente del estrés acumulado.

 

La vigencia de "Caída en Picado" es tan sorprendente como inquietante, porque lo que en 2016, cuando se emitió el episodio, se percibía como una hipérbole distópica y exagerada, hoy lo interpretamos como un reflejo casi literal de las dinámicas socioeconómicas y tecnológicas en las que ya estamos sumidos.

 

Aunque –afortunadamente- por el momento no existe un "marcador social" unificado y obligatorio como en la historia que nos cuenta Brooker, las métricas de reputación digital operan de forma muy similar. En el ámbito laboral, los algoritmos de las plataformas de empleo, los perfiles de LinkedIn, las valoraciones de los usuarios en apps de transporte o reparto, y la huella digital general determinan el acceso a oportunidades económicas. Una mala puntuación o una cancelación digital pueden traducirse en la pérdida real de ingresos y sustento.

 

El futuro que imaginó Brooker anticipó la mercantilización de la vida privada en redes sociales. Hoy en día, la métrica de los likes, visualizaciones y algoritmos de recomendación en plataformas como TikTok, Instagram o X, condicionan la autoimagen, la validación personal y el comportamiento público. La obligación de proyectar una felicidad perpetua y una vida "aspiracional" se ha convertido en una carga psicológica, especialmente para las generaciones más jóvenes.

 

Pero hay más. El aspecto más oscuro del episodio, a saber, la penalización del ciudadano mediante la denegación del acceso a servicios básicos, encuentra su reflejo en el uso cada vez más extendido de datos masivos y puntuaciones de riesgo o “scoring” en el sector bancario y de seguros. Los historiales de crédito, los algoritmos de riesgo que utilizan las entidades financieras y las primas de seguros médicos o de hogar ya utilizan perfiles de comportamiento y consumo para decidir quién merece mejores tarifas o acceso preferente, dejando a los perfiles más vulnerables o desconectados en una situación de exclusión sistemática.

 

En el episodio, las interacciones humanas se han desprovisto de sinceridad y se han convertido en transacciones utilitarias donde cada gesto se mide por su rendimiento social. En la actualidad, la cultura de la cancelación y la polarización digital premian la conformidad y el aplauso tribal, castigando la disidencia o el error con el ostracismo virtual.

 

Así que, lejos de quedar anticuado,”Caída en Picado” funciona hoy como un manual de advertencia sobre cómo hemos normalizado que nuestras vidas dependan de algoritmos que premian la conformidad y penalizan la disidencia.

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 


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