lunes, 19 de febrero de 2018

1979- ZAFIRO Y ACERO


Conforme la década de los setenta llegaba a su fin, la ciencia ficción tanto en el cine como en la televisión experimentaba importantes transformaciones. En Estados Unidos, el género había ido aumentando y consolidando su popularidad durante los años de la Guerra Fría y terminados los sesenta ya no tenía inconvenientes en abordar temas potencialmente polémicos en una nación dividida. Con mucha frecuencia, los autores optaban por imaginar el futuro como una pesadilla distópica que podía hacerse realidad si las naciones no efectuaban cambios inmediatos en lo económico y social.

La ciencia ficción consiguió sobrevivir a este bache pesimista y volver a ofrecer aventuras espectaculares de puro entretenimiento hasta el punto de que, desde el estreno de “Star Wars” y hasta hoy, Hollywood considera a este género uno de sus filones más seguros a la hora de hacer taquilla. Aunque las películas de los setenta parecían más preocupadas por lanzar inquietantes avisos sobre el futuro que despertar el sentido de lo maravilloso, tanto la televisión norteamericana como la británica ofrecieron un espacio para formatos más tradicionales que combinaban la CF con la acción y la aventura y que se acercaban al tono de programas clásicos de los cincuenta y sesenta. Fue el caso de “Sapphire and Steel”, “Zafiro y Acero”.



Cada episodio de esta serie se abría con la misma locución: “Todas las irregularidades serán tratadas por las fuerzas que controlan cada dimensión. Los elementos pesados transuránicos no deben usarse donde haya vida. Los pesos atómicos medios son utilizables: oro, plomo, cobre, azabache, diamante, radio, zafiro, plata y acero. Zafiro y Acero han recibido la misión”. La serie, por tanto, planteaba la existencia de irregularidades temporales y los personajes que le daban título eran los agentes encargados de solucionarlas. Ahora bien, a diferencia de otras historias sobre viajes en el tiempo, Zafiro (Joanna Lumley) y Acero (David McCallum), no son humanos sino una especie de seres elementales; y su labor es la de arreglar anomalías en nuestro presente (el de los setenta) más que en otros puntos de la corriente temporal. Estas anomalías pueden ser fantasmas que se niegan a desaparecer de nuestro plano de existencia, siniestras criaturas incorpóreas que quieren acabar con la línea temporal o incluso una personificación del propio Tiempo.

Una de las características más notables de varias series de finales de los setenta y principios de los ochenta fue su ambigüedad. No sabemos quién o por qué envía a esta pareja de detectives
extratemporales a nuestro mundo material del presente. Tampoco se nos proporciona información acerca de su naturaleza ni su pasado. Como he dicho, no son humanos aunque sí adoptan nuestra forma. ¿Son extraterrestres? ¿Seres de otra dimensión? Los guionistas, aunque nunca lo aclararon en la serie, los veían como seres formados a partir de la propia fábrica del universo y que extraían sus poderes de ciertos elementos físicos. Ambos son telépatas. Zafiro tiene la habilidad limitada de “hacer retroceder el tiempo”, reúne información mediante su toque “psicométrico” (puede determinar con él la edad de un objeto o el destino de una persona) y controlar hasta cierto punto las mentes de los humanos. Las habilidades de Acero son, como su propio nombre indica, más físicas: fuerza extraordinaria, telekinesis y el poder para extraer calor de otro cuerpo y resistir el flujo del Tiempo. Por tanto y a pesar de su actitud algo distanciada por su naturaleza inhumana, Zafiro es más diplomática, cálida y empática, mientras que Acero es más lógico, brusco y práctico.

Nada se dice tampoco sobre sus edades, pero deben ser considerables (si es que este concepto tiene sentido para alguien que vive ajeno al tiempo). En la “Cuarta Aventura” mencionan que intervinieron en el caso del “Marie Celeste” en 1872 (el caso real de un barco que se encontró misteriosamente abandonado y a la deriva en el Atlántico sin que nunca llegara a aclararse el destino de la tripulación), el cual hundieron “por su propio bien”. No alteraron el cuaderno de bitácora, lo que provocó que la réplica de ese navío que fabricaron se convirtiera en una anomalía temporal.

Puntualmente, los dos agentes (u “operadores”, como se les denomina en la serie) reciben la ayuda de otros especialistas, sobre todo el superfuerte Plomo (Val Pringle) y el genio tecnológico Plata (David Collings). También en un episodio otorgan poderes de bajo nivel a un humano y le bautizan Bronce (que no es un metal ni un elemento sino un compuesto).

El creador y guionista de casi toda la serie fue Peter J.Hammond (que más adelante retomaría
la misma premisa para “Torchwood”, el spin-off de “Doctor Who”). Desde mediados de los sesenta había trabajado como guionista de diversas series policiacas (“Z-Cars” “New Scotland Yard”), de espionaje (“Spy Trap”), dramáticas (“Within This Walls”, “Angels”) o infantiles (“Ace of Wands”) y su intención original con “Zafiro y Acero” era la de escribir historias de detectives pero esta vez incorporando un elemento fantástico: el Tiempo. En lugar de historias en las que la gente saltaba de su vida cotidiana al Tiempo, sería éste el que irrumpiría en sus existencias. Los “operadores” tendrían la misión de enfrentarse a las malvadas fuerzas del caos que se deslizan por las grietas del Tiempo, neutralizarlas y sellar las brechas.

Inicialmente, “Zafiro y Acero” se propuso como una serie infantil para la Thames Television llamada “The Time Menders” (“Los Arregladores del Tiempo”), en la línea de programas de ciencia ficción como “Doctor Who” u “Hombres del Mañana”. La Thames acabó perdiendo interés en el asunto, entrando en su lugar la más modesta ITV. Sus responsables quedaron tan impresionados por la fuerza de la idea y el bajo coste implicado, que se le dio vía libre. Sin embargo, cuando se contrató a McCallum y Lumley como protagonistas, el presupuesto hubo de elevarse necesariamente y ya no era factible mantenerlo como programa infantil. Era necesario llegar a un público más amplio que incluyera desde adolescentes hasta adultos. El tono de las historias se hizo más oscuro y extraño y la cadena decidió que en vez de la franja horaria de emisión para niños (antes de las seis) lo idóneo sería programarla para las siete.

La serie llegó, como he apuntado al principio, en un momento extraño en la historia de la CF
audiovisual. “Star Wars” había sido un colosal éxito pero “Zafiro y Acero” era casi la antítesis de aquella space opera. No tenía un gran presupuesto y se asemejaba bastante a una obra teatral, estructurando cada episodio en tres actos que discurrían en sus respectivos escenarios. Todos los decorados se elaboraban en tonos grises y los únicos colores vivos de la serie se encontraban en el azul del vestido de Zafiro y sus intensos ojos. El vestuario era discreto y corriente. El drama se apoyaba no en los efectos especiales o la acción sino en el suspense creciente y una atmósfera muy particular impregnada de amenaza y claustrofobia gracias a que las historias solían transcurrir en entornos pequeños y cerrados.

Al ir contracorriente del tono de acción y aventura tan extendido entre las producciones de CF de principios de los ochenta, “Zafiro y Acero” aprovecharon su factor diferencial para abordar temas más cerebrales. Estando ambientada en un presente oscuro y claustrofóbico, había poco o ningún resquicio para la épica o el humor. Incluso en el más normal de los lugares u objetos podía percibirse una sensación psicológica de amenaza inminente, quizá incluso para todo el planeta. Si los agentes fallaban en su misión de corregir los fallos temporales, ocurrirían cosas terribles.

Como he apuntado más arriba, el Tiempo no se limita aquí a ser una herramienta abstracta
para hacer avanzar la trama sino que cobra entidad propia como un ser maligno y consciente que trata de penetrar en nuestro mundo con consecuencias terroríficas que oscilan entre la extinción global y la “simple” desaparición de personas corrientes. El que se explicaran tan pocos detalles hacía que los espectadores tuvieran la sensación de que en ese universo operaban fuerzas tan incomprensibles, casi Lovecraftianas, que su presencia y poderes se manifiestaban de forma aparentemente mágica –idea que se ajustaba a la Tercera Ley de Arthur C.Clarke: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”-.

Es por eso que aunque el corazón de la serie pertenece claramente al terreno de la CF, los
personajes y sus extraños poderes psíquicos tenían un pie en el campo de lo fantástico. La única otra serie televisiva que trató de fusionar lo inexplicable y lo esotérico utilizando además un esquema muy similar fue la incorrectamente titulada “Viernes 13”, estrenada en 1987 y en la que el propietario de una tienda de antigüedades trataba de recuperar y destruir objetos malditos que podían poner en peligro a la especie humana. En la “Cuarta Aventura”, como veremos, Zafiro y Acero tienen que enfrentarse a una tienda de objetos perdidos en la que un villano oculto atrapa a sus víctimas en viejas fotografías, un argumento bastante similar a otro utilizado en “Viernes 13”.

Estos extraños guiones y la austera producción –en buena medida debido también a motivos presupuestarios- son combinados y llevados a buen término por el hacer de los dos actores protagonistas, ambos ya muy conocidos gracias a sendas series de CF. Joanna Lumley acababa de terminar en “Los Nuevos Vengadores”, el revival setentero de la mítica serie británica; y David McCallum debía su popularidad a su participación en “El Agente de CIPOL”. Ambos fueron contratados por el presidente de ITV, Lew Grade, con la intención de hacer de la serie un producto más vendible en mercados extranjeros. El desapego y la frialdad que transmitían los protagonistas reforzaba la sensación de que los eventos narrados en las historias estaban más allá del conocimiento humano. Los escasos momentos en los que los personajes abandonan sus maneras distantes sirven para subrayar la importancia y la tensión de su misión. El que los agentes de esta serie tengan poderes cuasi divinos y el distanciamiento propio de los Señores del Tiempo son probablemente las razones por las que se ha sugerido en no pocas ocasiones que Joanna Lumley y David Collings podrían haber sido buenos candidatos para encarnar al Doctor Who. De hecho, no resulta tan extraño pensar en Zafiro y Acero como personajes de ese universo, agentes enviados por los Señores del Tiempo a corregir ciertas anomalías peligrosas.

Como sucedería en muchas series de los noventa y primeros dos mil, los arcos argumentales de
“Zafiro y Acero” podían durar varios episodios, conformando todos ellos una “Aventura”. Pero a diferencia de aquéllas, en las que dichos arcos se alargaban toda una temporada y paralelamente en cada capítulo se narraba una minihistoria autoconclusiva, los de “Zafiro y Acero” sólo duraban de cuatro a ocho episodios de media hora dos veces a la semana. Así, a los espectadores se les iban presentando sucesivamente misterios que podrían terminar en uno o dos meses como máximo.

La primera, “Aventura”, titulada “Huída por una Grieta en el Tiempo” (de seis episodios), como he dicho antes, fue planteada como una especie de piloto para un programa infantil, algo que se nota en su argumento. Zafiro y Acero, tenían que rescatar a una niña y su hermano de una brecha temporal abierta accidentalmente al recitar una nana. Aunque la premisa puede sonar trillada, su desarrollo acaba siendo una reflexión bastante lúgubre acerca de la autoridad de los adultos que sienta el tono general para el resto de la serie. Puede que los protagonistas triunfen, pero a menudo el coste de la victoria es muy oneroso.

La “Aventura Dos”, “La Estación de Tren”, abordaba un pasaje de la historia moderna no tocada por la televisión en más de veinte años. Un soldado de la Primera Guerra Mundial pena en la estación del título, víctima de un cruel destino: murió once minutos antes del alto el fuego tras la firma del Armisticio que puso fin al conflicto. Zafiro y Acero se unen a un cazafantasmas para contactar con otros espíritus atrapados en la estación y que, como el soldado, perdieron la vida injustamente. Como apunte más arriba, parajes de lo más cotidiano, como una estación, se transforma en peligroso, en esta ocasión debido a la Oscuridad creada por la desesperación de los fantasmas. ¿O quizá esa Oscuridad es una entidad maléfica que utiliza la angustia de las almas en pena para sus propios fines? Como sucedía en las aventuras de “Zafiro y Acero”, nunca se responden todas las preguntas. En un momento determinado, Joanna Lumley llega a interpretar tres personajes: Zafiro, Zafiro poseída por la Oscuridad y Zafiro como la propia Oscuridad. Se trata de un ser infernal que siembra el caos y la muerte pero todo resulta un tanto críptico y confuso –como, por otra parte, sucede con los héroes protagonistas-. Hay un punto de la aventura en la que Zafiro incluso trata de matar a Acero utilizando la energía maléfica contenida en un ramo de flores. La idea es que la belleza también puede ser mortal y que tras cada esquina acecha la traición. La solemne conclusión consiste en que el cazafantasmas cede los años que le restan de vida a la Oscuridad a cambio de que se cierre la brecha temporal.

“La Venganza de las Criaturas” presenta una anomalía temporal en la forma de una pareja, Eldred y Rothwyn, proveniente de 1500 años en el futuro y que de algún modo no explicado viven sin ser detectados en un apartamento invisible en lo alto de un rascacielos. En su propio tiempo, todos los animales excepto el Homo sapiens se han extinguido, lo que da pie a abordar una de las preocupaciones del creador, Hammond: el maltrato a los animales. Los viajeros temporales han llegado a nuestro presente para realizar un experimento histórico que incluye diseccionar
animales vivos. En su transportador temporal, las pieles cobran vida para atacar a los humanos y las almohadas de plumas pueden asfixiar al durmiente: es la rebelión de los animales muertos contra el trato que recibieron por parte de sus antiguos dueños. La corriente temporal se disloca cuando una forma de vida compuesta por aspectos de todos los animales busca vengarse de los crueles viviseccionistas del futuro. Esta siniestra aventura es una metáfora de la crueldad y el olvido a los que, voluntariamente o no, sometemos a los animales en nuestro mundo

Aunque no es una aventura tan lograda como las dos primeras y que algunas secuencias de efectos especiales rebajan la sensación de gravedad de la amenaza a la que deben enfrentarse los protagonistas, la opresiva atmosfera de la serie sigue presente. Interviene además el antes mencionado “operador” Silver, una buena adición al dúo titular. Se apunta a una relación con Zafiro, lo que irrita a Acero, si bien todo ese asunto está tratado con discreción gracias al brillante trabajo de caracterización.

“El Hombre sin Rostro” (4 episodios), aunque de forma indirecta, se atreve con el espinoso tema de la pedofilia. Cerca de un viejo edificio, aparecen niños que sólo se distinguen vagamente. Zafiro y Acero acuden a investigar y descubren que el inmueble es una casa de objetos perdidos repleto de trampas cuyo dueño original ha desaparecido. El nuevo propietario es un villano sin rostro que puede atrapar a las personas dentro de viejas fotografías (entre ellos los niños del principio). Liz es una prostituta que vive en el piso de arriba y cuando se entera de la atrocidad, acaba también prisionera en una de esas fotos. Zafiro y Acero la salvan, encarcelan al hombre sin rostro en un caleidoscopio y lo colocan en un barco que se hunde y que no será hallado hasta dentro de 75 años. Aconsejan a Liz que busque y destruya todas las fotografías en las que aparezca ella y que no vuelva a tomarse otra nunca más, si bien no queda claro si es una advertencia para que no persiga la fama o bien otra de esas ambigüedades tan habituales en la serie. Dado que los protagonistas han sido incapaces de acabar definitivamente con el villano, se apunta a que su maldad es eterna y nunca podrá ser completamente derrotada. Un final psicológicamente bastante lúgubre para cualquier serie de televisión.

“¡El Doctor McDee Debe Morir!” (seis episodios) es otra aventura en la que, como “La Estación
de Tren”, una vida debe ser sacrificada para salvar a muchas. Y también como en aquella, Zafiro y Acero no muestran aflicción o remordimiento a la hora de hacer semejante transacción. El argumento, en el que mueren varios invitados a una cena y en el que el pasado y el presente se funden para confusión de todos, está estructurado como un misterio de asesinato firmado por Agatha Christie pero narrado a la inversa, pelando diferentes capas temporales y revelando con ellas sucesivas capas de intriga. George McDee, un genetista, ha creado un shock en la fábrica del propio Tiempo al crear una plaga que exterminará a la humanidad. Zafiro y Acero asumen la identidad de unos detectives humanos que tienen que ir siguiendo el rastro de muertes hacia el pasado hasta llegar a 1930, cuando se descubre el terrorífico secreto de McDee. El villano resulta ser el propio Tiempo, a través de una de cuyas fisuras puede transmitirse la plaga, pero los protagonistas salvan la situación disparando al científico e incendiando el laboratorio en el instante preciso.

La naturaleza del virus nunca se explica del todo, pero lo que sí está muy claro es el mensaje de
advertencia hacia la investigación genética sin control ni supervisión algunos. ¿Fue casualidad que esta aventura se emitiera en agosto de 1981, tan sólo dos meses después de que el Centro de Control de Enfermedades norteamericano informara de una serie de muertes causadas por un agente entonces desconocido –y que acabaría revelándose como el SIDA-¿. El tono de este arco argumental es algo distinto del de ocasiones anteriores, en buena medida porque los protagonistas deben enfrentarse a la mayor amenaza imaginable: una plaga que podría acabar con la especie humana. Este sentido épico es algo que no había estado presente en las aventuras anteriores y que quizá responda a que el guión está firmado por Don Houghton y Anthony Read, que no tenían la misma comprensión del espíritu de la serie que su creador original, P.J.Hammond, algo que se pone de manifiesto también en el final, en el que la victoria del dúo es completa y sin ambigüedades.

La última aventura, “La Trampa”, enfrenta a Zafiro y Acero contra tres oponentes, seres
efímeros que responden a una autoridad superior. Los protagonistas acabarán apresados en una trampa temporal que recuerda a una gasolinera al estilo de los años 40 y de la que no pueden escapar. Ya fueran sus fútiles intentos de evasión una declaración existencialista o bien un deliberado cliffhanger que sirviera de puente a una séptima aventura, nunca se supo. Porque tanto ambos operadores como la serie quedaron suspendidos en el limbo desde la emisión del último episodio de esa temporada en 1982.

Así, la serie sólo duró seis “Aventuras”, totalizando treinta y cuatro episodios entre 1979 y 1982 (peor resultado aún que las épocas más pobres del “Doctor Who”). Su cancelación no se debió tanto a que el público no supiera percibir su calidad (de hecho, tuvo unas excelentes cifras de audiencia) como a los problemas que minaron su producción. Las huelgas de técnicos de la ITV dificultaron los rodajes de la segunda aventura y los compromisos de los actores titulares con otros proyectos hacía que fuera difícil juntarlos para cada episodio. Esto provocó que la serie nunca pudiera asentarse de verdad en la parrilla de programación, ya que no se sabía con certeza cuándo iba a poder terminarse cada nuevo capítulo. Éstos acabaron emitiéndose en diferentes horarios y fechas en las distintas emisoras de la ITV. Cuando la cadena perdió la licencia de emisión y fue reemplazada por la Central Independent Television, la serie se canceló aun cuando Hammond tenía más historias pensadas para ella. El guión del último episodio fue alterado para tratar de dar un remate definitivo. Mucho más tarde, en 2005-2008, “Zafiro y Acero” fue revivido en forma de audioprogramas directamente para CD aunque con otros actores diferentes aportando sus voces.

A pesar de que duró menos que muchas otras series pasadas, contemporáneas o futuras, “Zafiro y Acero” goza de un considerable respeto entre los aficionados. En buena medida esto es gracias a la forma en que los guiones, la producción y la caracterización conformaron una atmósfera contenida pero misteriosa. Hammond planteaba enigmas sin respuestas fáciles –o sin respuesta alguna-, convirtiéndose en digno sucesor de, por ejemplo, “El Prisionero”, y tocando temas que incluían los derechos de los animales, la pedofilia, la ingeniería genética, la brutalidad de la guerra o la frialdad e injusticia de la propia vida. Posteriores series como “Buffy Cazavampiros”, “Héroes” o “Perdidos” utilizarían un formato similar, eso sí, completando arcos argumentales en el curso de temporadas completas. En cambio, cada aventura de cuatro, seis u ocho episodios de “Zafiro y Acero” puede verse como una miniserie completa y autónoma.

2 comentarios:

  1. hola, no la conocia la serie, parece que esta muy bien, salvo que es un poco metaforico y eso no se si me gustaria tanto, pero los guiones son ingeniosos y no tienen miedo de meterse en temas espinosos, encima con pocos efectos especiales, es una gran enseñanza para los que creen que con efectos especiales y buenos actores se pueden tapar guiones hechos asi nomas y que se les ven los hilos, muy bueno lo tuyo, saludos.

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  2. a descargarla se a dicho

    gracias por descubrir nuevas series, para los fanaticos de la CF

    saludos de un creyente que la realidad supera la ficcion

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