miércoles, 16 de septiembre de 2026

2014- EL LARGO VIAJE A UN PEQUEÑO PLANETA IRACUNDO – Becky Chambers


A los aficionados a la Ciencia Ficción y la Fantasía nos encanta la buena construcción de mundos. Pero preparar la obra a partir de la creación de un nuevo y sofisticado reino o futuro imaginarios suele implicar que la trama se centre en los principales arcos históricos de dicha realidad. Habiendo trabajado tanto los mínimos detalles del trasfondo, tiene sentido que el autor invierta mucho en trazar para el lector las líneas generales y la mitología del mismo: cómo salvar el mundo; cómo ganar la guerra; cómo moldear la realidad con unos pocos elementos básicos… Son historias que dan pie a grandes trilogías cinematográficas, inspiran la creación de wikis de fans y voluminosas guías ilustradas. Son, en fin, el tipo de historias que nos reconfortan cuando el mundo se nos antoja demasiado claustrofóbico y nuestra mente necesita otro para escapar a él.

 

Sin embargo, hay algo especial en las historias que empiezan con algo pequeño, que se centran en las dificultades de los individuos dentro de un entramado más amplio, que describen y examinan lo cotidiano en las vidas de personas que pueden ser extraordinarias sin que ellas mismas tengan conciencia de ello. Ese enfoque es exactamente el que plantea “El Largo Viaje a un Planeta Iracundo”, la novela debut de la californiana Becky Chambers.

 

Existe una gran galaxia ahí fuera, pero la Peregrina es tan solo una vieja nave muy baqueteada encargada de abrir agujeros de gusano para conectar diferentes puntos de la galaxia. Es tan sólo una pequeña pieza de un panorama mucho más amplio que sólo se intuye. Conocemos algo de la historia de la Confederación Galáctica a la cual pertenecen varias civilizaciones, meros fragmentos que vamos descubriendo a medida que conocemos a la tripulación de la nave. Averiguamos paulatinamente con qué alienígenas ha contactado la Humanidad, qué le ha sucedido al planeta Tierra durante todo ese tiempo o por qué y cómo los humanos emigraron a otros planetas.

 

El punto de contacto con el lector es una joven marciana, Rosemary Harper, quien comienza su viaje en esta nave como una forma de escapar de su antigua vida. Cuando se une a la tripulación –falsificando su información- para encargarse del papeleo y la burocracia, no espera gran cosa. La Peregrina es una nave destartalada que ha visto tiempos mejores, pero le ofrece todo lo que busca: un pequeño y tranquilo espacio al que llamar hogar por un tiempo, aventuras en rincones remotos de la galaxia y distanciamiento de un pasado del que se avergüenza. Pero Rosemary se encuentra con más de lo que esperaba.

 

La tripulación es una mezcla heterogénea de especies y personalidades. El capitán, Ashby Santoso, un humano de origen indonesio, considera a su tripulación como su propia familia. Su principal prioridad no es el beneficio económico, sino el bienestar y la seguridad de todos los que viven bajo su mando. Sabe gestionar con calma y justicia los roces y tensiones propias de vivir en un espacio reducido con especies tan diversas y, a pesar de ser la máxima autoridad de la nave, no ejerce un liderazgo autoritario. Su vida personal está marcada por su relación secreta y a distancia con Pei, una hembra aeluon.

 

Sissix es la piloto y pertenece a los aandrisks, cuya cultura destaca por su estructura familiar dividida en nidos, plumas y casas, y por su absoluta necesidad de contacto físico constante dado que son de naturaleza reptiliana y, por tanto, sangre fría. Por ello le encanta dar abrazos, acurrucarse con sus compañeros y demostrar afecto de forma física, lo que desafía los prejuicios humanos relacionados con su apariencia. Al igual que el capitán, considera a toda la tripulación de la nave como su familia cercana y está dispuesta a dar la cara por cualquiera de ellos sin dudarlo. A pesar de su carácter alegre y relajado, aporta una perspectiva muy sabia sobre la vida, la muerte y las relaciones personales, influenciada por la visión abierta y colectiva de su propia especie.

 

La nave tiene dos “tecs” o ingenieros especialistas. Kizzy Shao posee una vitalidad desbordante, habla rápido, se entusiasma con facilidad y llena cualquier espacio con su alegría y risa contagiosa. Aunque a veces su forma de ser parezca caótica, es una ingeniera cibernética y mecánica excepcional, con una habilidad innata para entender y arreglar la compleja tecnología de la nave.  Dice exactamente lo que piensa, es extravagante en su forma de vestir y actuar, y no le importan las convenciones sociales o el qué dirán.

 

Kizzy tiene un vínculo especial con su compañero técnico, Jenks. En el universo de la novela, donde la modificación genética y las correcciones médicas están muy extendidas, Jenks no creció de manera convencional porque su madre se negó a someterlo a tratamientos cuando nació con enanismo. Él se muestra sumamente orgulloso de su identidad y de su cuerpo tal y como es, rechazando por completo la idea de que su condición sea un defecto que deba ser "curado". A diferencia de Kizzy, Jenks suele ser más sosegado, centrado y paciente, viviendo por y para la IA de la nave, Lovelace. De hecho, ambos están enamorados y uno de los dilemas que tienen que afrontar en el curso de la trama es si dotar a aquélla de un cuerpo artificial para llevar su relación al plano físico, algo que no sólo es ilegal, sino que puede tener profundas consecuencias en su relación.  

 

Artis Corbin es el especialista en algas de la nave. Es, con diferencia, el miembro más antipático, arisco y desagradable de la tripulación. Prefiere pasar el tiempo encerrado en su laboratorio cuidando de las algas que alimentan y dan soporte vital a la nave, antes que relacionarse con los demás. A menudo choca con sus compañeros, en especial con Sissix, a quien llega a tratar con desprecio utilizando términos despectivos como “lagarta”, algo que horroriza al resto de la tripulación humana. 

 

Ohan es el navegante y es un Par Sianat, esto es, un organismo base infectado por un parásito simbiótico que le permite percibir visualmente el espacio-tiempo y las rutas para los agujeros de gusano, lo que le hace imprescindible para el trabajo de la tripulación. Es físicamente muy frágil y permanece aislado en su camarote la mayor parte del tiempo. Por último, el Dr. Chef es el cocinero y médico de a bordo. Pertenece a los grum, una especie alienígena de aspecto robusto, con tentáculos faciales y una complexión imponente. Su gran pasión es la cocina. Considera que alimentar bien a la tripulación es la forma definitiva de cuidar de su "familia", y se esmera en preparar platos nutritivos y reconfortantes adaptados a las necesidades de cada uno de sus camaradas. En su otra faceta profesional, es un médico directo, sin florituras pero sumamente eficaz para los problemas habituales del día a día en el espacio. A pesar de su apariencia intimidante para un humano desprevenido, es un ser sumamente pacífico, paciente, hogareño y con un gran sentido del humor.

 

La vida a bordo es caótica, pero más o menos pacífica, justo lo que Rosemary busca y necesita. Hasta que a la tripulación se le ofrece el trabajo de sus vidas: la oportunidad de perforar un túnel hiperespacial desde el sistema perteneciente a una especie conflictiva, los toremi, dividida en clanes hostiles y en perpetua guerra unos con otros. Uno de esos grupos ha firmado la adhesión a la Confederación, lo que implica abrir un túnel que propicie el comercio. Los miembros de la Peregrina ganarán suficiente dinero para vivir cómodamente durante años y realizar todas las mejoras que la nave pide a gritos. Pero antes tienen que sobrevivir al largo viaje de un año a través del espacio interestelar que les llevará hasta el punto de apertura del portal. A lo largo del periplo, Rosemary descubrirá que no es la única a bordo con secretos que ocultar.

 

Existe un panorama político general, con diferentes civilizaciones, tratados, leyes... pero la novela está confinada a un minúsculo rincón de la galaxia habitado por un puñado de seres de diferentes especies. Y ahí es precisamente donde debemos estar. Los grandes acontecimientos que dan forma al universo están ahí fuera, pero eso no es lo que hace que la historia sea interesante o conmovedora.

 

En cambio, todo gira en torno a los intercambios culturales entre la tripulación y las dinámicas cotidianas del peculiar hogar que han construido en medio del espacio. Rosemary se maravilla con el invernadero, repleto de plantas y con vistas a las estrellas; la tripulación se sienta a la mesa para disfrutar de comidas caseras preparadas por el Dr. Chef, quien siempre se entusiasma con la posibilidad de variar sus cenas con nuevos alimentos y hierbas procedentes de cualquier sitio de la galaxia. Kizzy, le hace a Rosemary, como sorpresa de bienvenida, cortinas especiales para que su habitación sea más acogedora. Como he dicho, Jenks y la IA de la nave están enamorados, y Rosemary se siente atraída por Sissix. Hay una trama más amplia y un contexto más profundo, pero esta obra no es ni por aproximación una space opera centrada en batallas espaciales o grandes conflictos e intrigas galácticas, sino un “slice of life”, un vistazo a unos meses en la vida de una tripulación en el espacio explorando diferencias culturales, prejuicios, costumbres y formas distintas de entender las relaciones. Y eso es lo que hace diferente a la novela.

 

Becky Chambers dedica tiempo a todos los personajes y les proporciona un pasado, una personalidad, esperanzas y sueños. A menudo se ha comparado a la novela con la serie televisiva “Firefly” (2002), porque todos los personajes tienen carisma y vida. No son contrabandistas espaciales al estilo de los de la serie. Al contrario, hay muy poca violencia en este libro, lo que hace aún más digno de elogio que sea una novela tan absorbente. La autora sabe que las tensiones culturales, aprender cosas nuevas, adaptarse a la vida en el espacio y hacer bien un trabajo puede ser tan emocionante como las guerras intergalácticas.

 

Aunque Rosemary es el primer personaje con el que resulta fácil simpatizar, eso es, simplemente, porque es la primera que conocemos y la “nueva” que debe descubrir cómo funcionan las relaciones a bordo. Pero en pocas páginas, el resto de los personajes cobran vida propia. Lovey es mucho más que un ordenador, aunque las autoridades de la Confederación no se ponen de acuerdo sobre si las inteligencias artificiales autoconscientes deberían considerarse personas o máquinas, una indecisión que enfurece a Jenks, quien, como he dicho, está profundamente enamorado de Lovey. Sissix puede parecer un lagarto emplumado, pero es su cultura lo que la hace tan fascinante, algo en lo que se profundiza con ocasión de la escapada que hacen ella y Rosemary a su planeta natal.

 

De hecho, ir parando en planetas es, básicamente, lo único que ocurre hasta que la tripulación finalmente llega a su destino, el planeta Hedra Ka, momento en el que las cosas se les empiezan a complicar severamente. Durante el trayecto, hacen paradas en distintos mundos para reponer provisiones, repostar, encontrarse con viejos amigos y tomarse un tiempo de descanso para no acabar volviéndose locos dentro de la nave. Es como subirte a un coche -en este caso, una nave espacial- con tus mejores amigos y emprender un viaje por carretera de un año entero. Esta estructura de ir saltando de planeta en planeta puede resultar un poco episódica en algunos momentos –otra de las razones por las que se la ha comprado con “Firefly”-, pero a mí no me molestó en absoluto porque Chambers la utiliza para ir, en cada uno de esos capítulos, profundizando y dando protagonismo a cada personaje.

 

Dado que se trata más bien de una historia episódica, una especie de relato costumbrista, no hay una trama principal bien definida. El contrato que acepta el capitán los embarca en un viaje más largo de lo habitual, sí, pero la historia no culmina tanto en un climax bien marcado como en lo que parece un capítulo más. Sin embargo, como en muchas otras cosas, lo que importa aquí no es el destino, sino el viaje. Los tripulantes de la Peregrina no sólo están trabajando juntos, sino que construyen vidas con sentido y propósito para sí mismos y para los demás. Se enfrentan a algunos sucesos muy tristes por el camino, pero esto no eclipsa el espíritu optimista de la historia porque, hasta el final, siguen siendo personas capaces de alcanzar sus metas y que anhelan un futuro mejor juntos.

 

Una de las cosas más destacables de este libro es su diversidad y la forma en que los problemas se resuelven pacíficamente. Esta actitud no sale espontáneamente de ninguna parte. En la historia de fondo se nos explia que la Humanidad, después de tornar inhabitable la Tierra, consiguió escapar a las estrellas y ser rescatada y acogida, como refugiados que huyen de la desolación, por compasivos extraterrestres. Los "Exodanos" -los humanos que se marcharon de la Tierra moribunda- han aprendido la lección sobre la paz, la guerra y la importancia de la cooperación frente a la competencia. Esa es una de las razones por las que, por ejemplo, Ashby no quiere instalar armas a bordo: para no tener la tentación de usarlas.

 

Casi todos los miembros de la tripulación pertenecen a una especie diferente. La convivencia entre individuos con culturas, situaciones y concepciones de la vida tan distintos genera problemas y conflictos. Pero, en lugar de pelear, malinterpretarse o aferrarse a los prejuicios, lo que hacen es ser amables y comprensivos, dando más importancia a los lazos y experiencias que los unen que a la normatividad de sus respectivas especies. Así de sencillo.

 

Rosemary a veces se sorprende a sí misma dando por sentadas cosas sobre los demás, pero siempre tiene que corregir esa primera impresión cuando se informa sobre sus culturas o alguien le da un trasfondo del pasado de ese compañero. Y si alguien de la tripulación es involuntariamente grosero con otro, no inician una guerra por ello, sino que lo hablan, se disculpan y todos aprenden algo del error. Esto lo vemos, por ejemplo, cuando, tras un ataque pirata, deben decidir si instalar armamento en la nave, algo que, como he dicho, Ashby aborrece pero otros tripulantes consideran conveniente; o cuando uno de los protagonistas es encarcelado por violar involuntariamente una ley y es necesario decidir si salvarlo o no.

 

Chambers ha señalado en reiteradas ocasiones que su ciclo de novelas de “Los Peregrinos” –cuyo primer volumen es este que comentamos ahora- no existiría en su forma actual de no ser por su etapa viviendo y trabajando en el extranjero, en lugares tan distintos como Escocia o Islandia. Para ella, existe una brecha entre el conocimiento intelectual de que el mundo es diverso –esto es, entender a nivel abstracto que en otros países se hablan otros idiomas, se tienen costumbres distintas y se organizan de formas diferentes- y la vivencia real de coexistir con esas diferencias, la cual moldeó su enfoque literario. Desde su perspectiva, esa sensación de vulnerabilidad, desorientación y adaptación constante le otorga una ventaja intuitiva a la hora de construir alteridad en la literatura especulativa. Según su propio criterio, para escribir de manera convincente y empática sobre seres extraterrestres y civilizaciones no humanas, es fundamental haber experimentado en carne propia lo que significa sentirse como un alienígena en un mundo ajeno.

 

Y es por todo lo anterior que Becky Chambers está considerada como una de las autoras pioneras y más representativas de lo que se ha venido en llamar “hopepunk”. La novela que nos ocupa encarna los pilares de este movimiento: rechazo al nihilismo y el grimdark en favor de la empatía y la colaboración; y la resolución de conflictos mediante el esfuerzo colectivo, el entendimiento mutuo y la creación de redes de apoyo y lazos de familia elegida.

 

En definitiva, que su literatura asume la premisa de que mantener la esperanza y la decencia es un acto de resistencia frente al pesimismo sistémico. Frente a la saturación de futuros distópicos, colapsos sociales o medioambientales y violencia endémica, leer algo donde los personajes simplemente intentan entenderse, crear comunidad y cuidar los unos de los otros ofrece un bienvenido respiro y demuestra que se pueden construir conflictos narrativos interesantes y emocionales sin necesidad de recurrir al sufrimiento extremo o al nihilismo.

 

Chambers autopublicó “El Largo Viaje a un Pequeño Planeta Iracundo” en 2014, tras una exitosa campaña en Kickstarter. La editorial Harper Voyager la publicó al año siguiente y, desde entonces, ha aparecido en numerosas listas de los mejores libros y ha sido nominada a importantes premios. Pero ojo, este también es un libro que puede dividir a los lectores, bien sea porque esperan de él algo que no les va a ofrecer –dado que no es su propósito-, bien porque lo encuentran falto de acción, suspense o trama y demasiado cargado de buenos sentimientos. Cada vez que la tripulación se enfrenta a alguna presión, tensión o conflicto, éstos se resuelven rápida y fácilmente recurriendo a la cooperación, la diplomacia, la amabilidad o, simplemente, haciendo lo correcto. Tampoco es que sea un libro dirigido a niños, porque que incluye lenguaje malsonante, sexo y consumo de drogas, pero incluso con estos elementos más adultos, muchos lectores quedan con la impresión de haber leído algo infantilmente ingenuo.

 

La novela tiene muchos puntos positivos: una buena construcción de mundos y descripciones vívidas, tecnología interesante, incidentes divertidos, varias escenas conmovedoras... pero nada particularmente desafiante desde el punto de vista intelectual o conceptual. En cambio, es una especie de "ciencia ficción social" superficial con el mensaje de que podemos aprender mucho de quienes son diferentes a nosotros (y un subtexto subyacente que sugiere que los seres humanos somos unos cretinos incivilizados, muy inferiores a todas las especies más ilustradas que Chambers inventa para su historia). Este mensaje multiculturalista y reconfortante, por agradable que sea, posiblemente aburrirá a no pocos lectores que esperen algo más profundo y donde los conflictos sean más complejos, habida cuenta de la fama que ha alcanzado la novela.

 

En “El Largo Viaje a un Pequeño Planeta Iracundo”, podemos encontrar exploración espacial, desarrollo de personajes, hermosas amistades, un grupo que ha decidido ser familia, diversidad cultural e incluso algo de acción. Es el tipo de historia que te hace querer preparar la maleta, subirte a una nave espacial y viajar por la galaxia contemplando las maravillas del universo en compañía de amigos de confianza. Becky Chambers convierte un viaje espacial en una historia sobre la convivencia, la amistad, el amor, la identidad y las diferencias culturales. El espacio es el escenario, pero los verdaderos protagonistas son las relaciones entre los miembros de la tripulación.

 

 

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