jueves, 21 de marzo de 2024

1951- LAS ARENAS DE MARTE - Arthur C.Clarke

 


A menudo cargado con el pesado título de “Más Importante Escritor de CF del Siglo XX”, Arthur C.Clarke construyó su reputación gracias a la rigurosidad con la que construía sus ficciones. Sus historias cortas eran precisos cuentos en los que desarrollaba con ingenio la introducción de alguna novedad tecnológica; y algunos de sus libros más disfrutables profundizaban en las exigencias que sobre el hombre tendría el viaje y colonización espaciales.

 

Ese es el caso de “Las Arenas de Marte”, su primera novela publicada (“Preludio al Espacio” apareció antes, pero serializada en “Galaxy”. Su edición en libro habría de esperar hasta 1953) más o menos al mismo tiempo en el que aparecía serializada su historia “Vacaciones en la Luna” (enero-abril 1951). Ambas tenían un planteamiento similar: un visitante poco ortodoxo llega a un asentamiento humano en otro mundo y decide convertirse en colono. En este caso, se trata de un popular escritor de ciencia ficción, Martin Gibson, contratado para viajar al planeta del título y escribir sobre sus experiencias.

 

Gibson es uno de los arquetipos que Clarke utilizaba como protagonistas de sus novelas: el observador (otros eran el “turista” y el “explorador”), alguien que, básicamente, se dedica a ver cómo trabajan los demás. Fue el caso del historiador Alexson en “Preludio al Espacio” (1951), encargado de documentar el primer lanzamiento de una nave espacial; el científico Floyd de “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) que es enviado a la Luna para aprender más sobre el monolito allí encontrado; Bradley de “El Espectro del Titanic” (1990), que rehusa participar en la misión de recuperar partes del famoso pecio y escoge un trabajo de administrador para supervisar y arbitrar a los competidores por el tesoro; o Sadler en “Claro de Tierra” (1955), enviado a un observatorio lunar para identificar a un espía.

 

La primera mitad de la novela transcurre a bordo de la nave Ares con rumbo a Marte y en ella se da abundante información acerca de su funcionamiento y tripulación. Aun cuando entonces faltaban diez años para que un hombre llegara al espacio y el conocimiento de cómo podría ser esa experiencia era por tanto limitado, Clarke es capaz de presentar una narrativa plausible e incluso visionaria, tal vez un poco seca en su estilo, pero tampoco terriblemente aburrida y sobrecargada de árida información científica. Relata la primera experiencia de Gibson con la baja gravedad y la caída libre, así como su ataque inicial de mareo espacial; presenta una descripción impresionante de la galaxia más allá de la distorsión atmosférica; acompañamos a Gibson en su primer y único paseo espacial... Clarke está en su elemento, cogiendo los aspectos técnicos relacionados con el viaje espacial que se sabían o imaginaban con buen fundamento en ese momento e insertándolos en una narrativa lineal y sencilla de seguir.

 

Los comentarios irónicos acerca de las diferencias entre las fantasiosas historias que imaginaba Gibson para sus novelas y la auténtica experiencia del viaje espacial dan a entender inequívocamente que Clarke aspiraba a un mayor realismo que otros escritores contemporáneos a la hora de describir tanto los futuros viajes espaciales como los desafíos de la colonización exoterrestre. Lo cual no significa, claro, que no encontremos aquí unos cuantos divertidos anacronismos, como el imposiblemente primitivo equipo de comunicaciones y navegación; o que Gibson mecanografíe sus textos en papel con copias en carboncillo y que luego se transmitan a la Tierra a través de algo parecido a un fax; la nave tira al espacio sus desperdicios, como se hacía en los tiempos anteriores a que la basura espacial se convirtiera en un riesgo para los viajes espaciales…

 

El vuelo entre la Tierra y Marte transcurre sin incidentes ni aventuras reseñables. De un relato de viajes espaciales pasamos a continuación a uno de frontera combinado con una intriga detectivesca en segundo plano. Los colonos de Marte traman algo y guardan secretos, pero Gibson, aunque no tarda en darse cuenta de ello, no parece muy motivado para descubrir de qué se trata. En lugar de ello, su interés reside en descubrir por sí mismo Marte y el espíritu de los colonos allí establecidos. Clarke nos describe un planeta inhóspito con una atmósfera irrespirable. La mayoría de los colonos viven bajo las cúpulas presurizadas y oxigenadas del principal asentamiento, Port Lowell.

 

El principal hito de la estancia de Gibson en Marte es su descubrimiento de unas criaturas parecidas a canguros y con la inteligencia de una mascota terrestre. Hay cierto suspense en el pasaje en el que el avión en el que viaja se estrella durante una tormenta de arena, dejando a los pasajeros varados en una región desde donde los mensajes de radio no pueden llegar a Port Lowell o a la luna de Fobos, pero él resuelve la situación recurriendo al potente flash de su cámara para llamar la atención de los observadores de Fobos e indicarles su ubicación. Pero, principalmente, esta segunda mitad se centra en la interacción entre los distintos personajes y cómo afrontan los peligros que les rodean.

 

Aunque en la novela no hay grandes momentos de peligro, ello no significa que Clarke fuera ciego a los riesgos del viaje a y la exploración de otros mundos. De hecho, desde el principio de su carrera literaria en la CF reconoció con frecuencia que no siempre sería posible sobrevivir a los desastres espaciales. Mientras efectuaba un vuelo de prueba en la que sería la primera nave espacial, el protagonista del cuento "Inheritance" (1947) perece cuando problemas no especificados provocan una "detonación", aunque su hijo parece destinado a sucederle en esa misión heroica. Debido al agotamiento del oxígeno, uno de los dos pilotos espaciales del relato "Breaking Strain" (1949) debe morir para que el otro pueda sobrevivir. Y en "Las Arenas de Marte", un miembro de la primera expedición a Saturno describe someramente las tres bajas que sufrieron: “Dos de los tripulantes murieron a causa de radiaciones tras hacer reparaciones de emergencia en uno de los motores atómicos. Fueron enterrados en Dione, el cuarto satélite. Y el capitán Envers, jefe de la expedición, pereció en Titán bajo una avalancha de aire congelado; su cuerpo nunca pudo ser localizado.

 

Parte del drama de "Las Arenas de Marte" e historias similares dimana de la meticulosa atención que Clarke ponía en la tecnología que los colonos espaciales necesitarían para sobrevivir en ambientes inhóspitos, como máscaras de oxígeno y cúpulas presurizadas y llenas de oxígeno extraído a partir del óxido de hierro marciano. Más inusual es la otra idea que Clarke plantea como alternativa a la “simple” adaptación a un duro mundo alienígena: la terraformación. Utilizando reacciones nucleares, los científicos marcianos transforman Fobos en un sol en miniatura cuya radiación le proporcionará a Marte un clima más templado. Sólo otras dos historias de Clarke se refieren brevemente a la terraformación: "Transience" (1949) menciona que los humanos futuros "habían derribado las montañas de la Luna y llevado aire y agua"; y el epílogo de "El Espectro del Titanic” describe un Marte terraformado pero ya abandonado donde "los océanos marcianos se habían reducido a unos pocos lagos poco profundos, pero los grandes bosques de pinos mutantes aún sobrevivían a lo largo del cinturón ecuatorial". Venus también había sido terraformado, pero el planeta "antes llamado Nuevo Edén había revertido a su antiguo Infierno".

 

Es más, en “Las Arenas de Marte”, ese esfuerzo de terraformación se lleva a cabo en secreto y contraviniendo las instrucciones de la Tierra. El administrador de la colonia, Warren Hadfield, está dispuesto a reducir la dependencia de la Tierra –y, por tanto, asegurar su pervivencia-. Un mejor clima les permitirá cultivar y, con el tiempo, transformar la atmósfera gracias a las plantas. Poder sobrevivir en el exterior sin tecnología especializada imposible de fabricar en Marte, les dará una autonomía con la que la Tierra no se siente cómoda. El surgimiento de una identidad marciana y el movimiento político inherente a la misma es una gran idea que será recogida por muchos otros autores y llevada a su cúlmen por Kim Stanley Robinson en su Trilogía Marciana.

 

Clarke reconoció en varias ocasiones esta consecuencia no buscada pero inevitable de la aventura espacial: los residentes fuera de la Tierra, ya estuvieran en otro planeta, en estaciones espaciales o navegando por el cosmos, acabarían sintiéndose alienados de su mundo natal. Observaciones al respecto aparecían en “2001: Una Odisea del Espacio”, pero también y mucho antes en “Las Arenas de Marte”, uno de cuyos momentos clave para su protagonista llega cuando, tras enviar uno de sus informes a la Tierra, Hadfield nota su “cambio de actitud”: “Cuando usted llegó, nosotros éramos “ellos. Ahora somos “nosotros”, subrayando que Gibson, cuya intención original era sólo la de visitar el lugar, ha pasado a verse a sí mismo como uno más de los colonos.

 

Habida cuenta de que el entorno espacial o en otro planeta es fundamentalmente diferente del de la Tierra, es legítimo y necesario plantearse dos preguntas: ¿qué tipo de individuos están mejor preparados para vivir y trabajar en el espacio?; y ¿cómo afectará la vida en el espacio a quienes la elijan? Al abordar la primera cuestión, los escritores de ciencia ficción han solido argumentar que el espacio atraerá a personas particularmente fuertes, valientes y curiosas, por lo que la colonización espacial funcionará como una especie de proceso de selección, separando a los individuos superiores de los débiles, cobardes y complacientes que escogen permanecer en la Tierra.

 

Sin embargo, Clarke generalmente se mostró remiso en sus historias a homenajear a los “ciudadanos” del espacio tanto como denigrar a quienes se nieguen a unirse a esa aventura. Al fin y al cabo, megaproyectos como los que imaginó en sus novelas (el ascensor espacial, la conquista de las profundidades oceánicas, por ejemplo), requerían también buenas dosis de temple, sacrificio y espíritu aventurero. Sólo en unas pocas ocasiones Clarke elogió las cualidades especiales de los colonos. Una de ellas la encontramos precisamente en "Las Arenas de Marte", donde Gibson reconoce “su creciente respeto por quienes lo rodeaban, su admiración por la competencia bien intencionada, por la prontitud con que aceptaban los riesgos bien calculados, cosa que los había capacitado, no sólo para sobrevivir en ese mundo hostil y descorazonador, sino también para sentar las bases de la primera cultura extraterrestre”. Otra mención laudatoria llegaría en “2001: Una Odisea del Espacio”, donde apunta que los residentes lunares “eran todos científicos y técnicos altamente cualificados, cuidosamente seleccionados antes de que abandonaran la Tierra”. Y otra más en “Regreso a Titán” (1975): “Todo el que había venido a Titán había sido cuidadosamente seleccionado por su inteligencia y habilidad”.

 

Para aliviar la soledad de los “hombres del espacio”, Clarke plantea dos soluciones: por una parte, identificarse con una comunidad más amplia con identidad propia; y, por otra, forjar fuertes vínculos con otros hombres que, si bien no son sexuales, sí ofrecen tanta satisfacción como el matrimonio. En este sentido, se diría que “Las Arenas de Marte” es una obra de transición: por un lado, Gibson se parece mucho al historiador Alexson de “Preludio al Espacio”: no es un hombre joven, aunque "su edad no llegaba a los cuarenta y cinco años"; su trabajo es observar y registrar el trabajo de los demás; asume su estatus de "forastero", "el papel que siempre había preferido desempeñar", y nunca se casó ni formó una familia. Por otro lado, a diferencia de "Preludio al Espacio", "Las Arenas de Marte" muestra una clara preocupación por la proximidad de la mediana edad: Gibson reconoce que "tal vez, por el temor de mostrar sus sentimientos más profundos, los había disimulado con burlas y hasta, en ocasiones, con sarcasmos". El enfoque de la novela, más que en las revelaciones sobre Marte, se pone en el esfuerzo de Gibson por comprender las razones de su soledad y aliviar ese sentimiento.

 

En un momento determinado, se descubre que Gibson aspiró en su juventud a ser científico, pero, mientras estudiaba en la universidad, se enamoró de una mujer. Distraido por el romance, descuidó sus estudios y acabó expulsado del centro. Culpando a la mujer de su fracaso –una reacción que acabó admitiendo fue injustificada- Gibson se distanció de ella, y después de que sufriera “un colapso nervioso y me aconsejaran no volver a la universidad”, un psicólogo le convenció para que se "dedicara a escribir durante su convalecencia, con resultados sorprendentes para ambos", lanzando así su carrera como escritor. Pero el éxito que obtuvo Gibson no le ha compensado de "el futuro que había perdido", y continúa amargado por el naufragio de relación con su amante: "Nunca me enamoré de nuevo y (...) me di cuenta de que nunca lo haría". Sintiéndose maltratado por otra persona a la que amó y lo convirtió en un eterno "forastero", Gibson entiende que las vivencias de su juventud deformaron su personalidad.

 

Con el tiempo, Gibson alivia su sentimiento de soledad uniéndose e identificándose con una comunidad, la de las colonias marcianas. Como ya comenté antes, el administrador jefe, Warren Hadfield, subraya su "cambio de actitud". "Convirtiéndose en parte de la comunidad marciana", Gibson solicita permanecer en Marte y Hadfield lo acepta: "me gustaría que usted dirigiera una pequeña sección, que ha de ser, en términos directos, nuestro departamento de publicidad. ¡Ya pensaremos un nombre más bonito, por supuesto! Su trabajo consistirá en vender Marte, dirigir una pequeña sección que, evidentemente, será nuestro departamento de propaganda".

 

Una segunda solución, quizás más significativa, a los problemas espirituales de Gibson adopta la forma de un compañero de tripulación en el viaje a Marte, Jimmy Spencer, el “chico para todo” de la Ares. Gibson acaba deduciendo a través de las conversaciones que mantiene con él que es su hijo ilegítimo nacido de su amante después de que se separaran. El escritor no informa a Jimmy de su descubrimiento, pero sí pasa a adoptar el rol de padre, buscando su compañía y ayudándole en el romance que el muchacho empieza con la hija de Hadfield.

 

Aunque la novela no proporciona detalles, sí se dice que la relación de Gibson con Hadfield también será importante en su futuro: “Más tarde, al repasar los hechos, Gibson identificaría ese momento con el comienzo de su amistad con Hadfield, el primer hombre a quien podía entregar su admiración y su respeto sin reservas. Y aquella amistad tendría un papel de mucha importancia en el futuro de Marte, hasta un punto que ninguno de los dos habría podido prever”.

 

Parece haber poco de autobiográfico en la historia de Gibson. Es poco probable que Clarke se sintiera herido por algún romance adolescente nunca revelado. Se graduó en la universidad y completó su trabajo de posgrado en Astronomía antes de abandonar voluntariamente cuando vio que se iba acomodando en un “aburrimiento terminal”, tal y como afirmó en 1984 en "Ascent to Orbit": A Scientific Autobiography. The Technical Writings of Arthur C. Clarke" (1984). Pero sí continuó trabajando en eñ ámbito científico como ayudante de editor en la revista “Physics Abstracts" hasta que los ingresos obtenidos de sus escritos le permitieron renunciar y dedicarse a la literatura a tiempo completo.

 

Sin embargo, la meta original de Clarke, al igual que la de Gibson, había sido convertirse en científico, e incluso después de amasar fama y premios como escritor pudo de algún modo haberse sentido amargado por las circunstancias que imposibilitaron su carrera científica; tal vez una sociedad clasista que, por su condición humilde, no le permitió ingresar a la universidad a una edad más temprana; o quizá el profesor que lo alejó de la Astronomía al centrar sus clases introductorias en temas aburridos y superespecializados.

 

Además, la forma en que Gibson lidia con su soledad presagia inquietantemente la que sería la vida de Clarke a partir de finales de la década de 1950. En primer lugar, cualesquiera que fueran sus razones para mudarse a Sri Lanka, desarrolló un profundo cariño hacia ese país, sus gentes y su cultura, algo que trasladó a varias de sus obras como “Las Fuentes del Paraíso” (1979) o “El Último Teorema” (2008). En segundo lugar, a finales de la década de los 50, Clarke forjó una sólida relación con dos hombres más jóvenes que él: el fotógrafo Mike Wilson (pionero, como Clarke, de la exploración submarina en Sri Lanka y que acabó creyéndose un avatar del dios Vishnu) y su socio comercial y también submarinista pionero Héctor Ekanayake, ejerciendo de una especie de padre sustituto para ambos, ya que acabaron casándose un poco a la manera de Spencer en la novela. De hecho, a lo largo de su larga carrera, Clarke se convirtió, en sentido figurado, en padre de muchos hijos, tanto en su obra literaria como en su vida.

 

Aún así, tal vez porque aún no había dado tales pasos en 1951, los dramas personales de Gibson no son del todo plausibles, empezando con la casualidad que supone encontrarse a un hijo perdido del que no sabía nada y que resulta formar parte de la tripulación de una nave espacial que consta de sólo seis hombres; nada en sus conversaciones intermitentes sugiere que se esté desarrollando una verdadera intimidad entre ambos; y los esfuerzos de Gibson por ayudar a Spencer en su romance parecen motivados más por un sentido del deber que por un afecto verdadero. Sólo más tarde Clarke podría –o querría- abordar asuntos personales de esa índole con mayor eficacia gracias a sus experiencias personales.

 

En cuanto a los marcianos, lo cierto es que, con excepción de un puñado de historias en clave humorística –“How We Went to Mars” (1938), “Loophole” (1946) o “Security Check” (1957)- en las que se describían florecientes civilizaciones alienígenas en el sistema solar, Clarke no fue muy amigo de fantasías en este sentido, sabedor de que los otros mundos de nuestro sistema no reunían las condiciones necesarias para albergar vida y le resultaba muy difícil ignorar los hechos científicos.

 

En algunas historias, llega al límite de reconocer que Marte podría haber estado habitado en el pasado. En “Transience” acepta las teorías de los canales marcianos de Percival Lowell y menciona a un príncipe de ingenieros, Cardenis, luchando por salvar la vida de su pueblo ante una imparable desertización; “Report on Planet Three” (1972) presenta un supuesto documento de una civilización marciana que acabó autodestruyéndose en una guerra nuclear; en “Trouble with Time” (1960), se narra el intento de robo de una estatua humanoide esculpida por una exinta especie marciana. En cuanto a “Las Arenas de Marte”, algunos se preguntan si los seres con apariencia de canguros que encuentran son los “supervivientes degenerados de una raza que, largo tiempo atrás, había alcanzado una civilización, sólo para dejarla escapar cuando las condiciones se tornaron demasiado severas? Ése era un punto de vista romántico, puesto que no había prueba alguna al respecto. Los científicos coincidían en la opinión de que Marte no había conocido culturas elevadas…, pero se habían equivocado una vez y podrían hacerlo nuevamente”.

 

Valorar este libro en términos convencionales respecto a lo que habitualmente se espera de una historia larga de CF es complicado. Y es que, aunque nos ofrece múltiples claves sobre la visión que tenía Clarke del futuro y cómo iba a desarrollarse su obra –e incluso, como hemos visto, su propia vida en las décadas siguientes-, lo cierto es que no pasan demasiadas cosas en “Las Arenas de Marte”. No es una novela mala ni aburrida, ni siquiera lenta. Es, sencillamente, tranquila. A Gibson le cuesta casi la mitad del libro llegar a Marte, y aun cuando seguir las interacciones entre los tripulantes puede tener cierto intéres, tampoco puede decirse que sea emocionante. Una vez llegados los personajes a su destino, el ritmo no se acelera. Clarke describe los paseos, las comidas, las conversaciones, las nuevas experiencias e incluso los accidentes y descubrimientos con el mismo tono práctico y sereno, como si fuera un diario de viajes.

 

Tampoco ayuda que Gibson sea un protagonista muy insulso. Es, de hecho, una refutación de la cuestionable veracidad de esa vieja directriz “Escribe de lo que Sabes”. Clarke, como su personaje, también era escritor de CF y es posible que, como él, de haber tenido la oportunidad, hubiera viajado a Marte como corresponsal. Pero aparte de algunos rasgos antes indicados del personaje, hay que admitir que Clarke no supo hacer de Gibson un “héroe” interesante, entre otras cosas porque se limita a ejercer de observador. Incluso cuando hace un descubrimiento con potencial para cambiarlo todo –el de los animales marcianos-, son otros los que realizan el verdadero trabajo. Esto no carece de sentido dado que, al fin y al cabo, él es sólo un novelista, no un científico. Pero que sea realista no lo hace emocionante ni alimento para una buena historia. Asímismo y representativo de su época, los roles de género están muy marcados: los escasísimos personajes femeninos son meros comparsas con los que los varones interactúan, siendo estos los que desempeñan todos los trabajos importantes.

 

Pero ojo, esto no quiere decir que “Las Arenas de Marte” sea un libro completamente prescindible. Es el tipo de novela que seguramente inspiró en muchísimos jóvenes de su época el interés por la ciencia y el espacio. Y, a su manera, ofrece una lectura agradable, pintoresca, con una prosa clara y concisa que nos ofrece una imagen rigurosa -de acuerdo a los conocimientos científicos de la época- de lo que podría ser un proceso de colonización marciana. En el último tercio de la novela hay ideas verdaderamente interesantes, aunque sin el desarrollo que años más tarde el autor les concedería en otras de sus obras más renombradas. En esencia, esta es una historia de exploración, pero como ocurre con gran parte del trabajo de Clarke y tal y como he indicado, podemos desgranar tanto varias capas en la narrativa como elementos que serían recurrentes en su trabajo posterior.  

 

“Las Arenas de Marte” en fin, no es un libro que destaque particularmente de la bibliografía de Clarke y, por tanto, no constituye la mejor puerta de entrada a su obra. Pero quienes ya conozcan y gusten del autor, encontrarán aquí una pieza importante en su evolución como gran pope de la CF dura, especialmente si se pone en relación con otras novelas contemporáneas que nunca alcanzaron el mismo grado de realismo en su visión del futuro.

 

 

1 comentario:

  1. Interesante análisis. Sí, tener en cuenta el momento de su escritura no lo vuelve prescindible, tal vez no "envejeció" de todo bien en lo que relata y/o expone, pero responde a lo que se pensaba que podría suceder en esa época. Se lo podría comprar con "Astronautas" de Lem, escrito contemporáneo, en donde el planteamiento general es bastante similar pero con Venus, no así la premisa ni el estilo de escritura, por suerte.

    Saludos,
    J.

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