lunes, 9 de diciembre de 2019

2003- TERMINATOR 3: LA REBELIÓN DE LAS MÁQUINAS – Jonathan Mostow


Las dos películas de Terminator dirigidas por James Cameron, en 1983 y 1991 respectivamente, son clásicos de la ciencia ficción y del cine de acción. Con la primera de ellas, “Terminator” (1984), el director hizo milagros con un presupuesto de serie B y se postuló como realizador en ascenso al mismo tiempo que consolidó a Arnold Schwarzenegger como el actor número uno del género de acción en los ochenta. Con la segunda, “Terminator 2: El Día del Juicio Final”, Cameron amplió la escala de lo ya mostrado en la primera hasta límites nunca vistos y haciendo de esa cinta una vara de medir para los efectos especiales y el cine de acción modernos. Dada la espectacular recaudación obtenida por esa segunda entrega (519 millones de dólares sobre un presupuesto de 102), era inevitable que antes o después se produjera una tercera. Inevitable, sí; pero no sencillo.



Para empezar estaba la reticencia de Cameron a continuar en la saga, un obstáculo complicado de salvar; pero incluso eso podría haberse superado de haber sido capaz el director de asegurarse los derechos de la franquicia al caer Carolco en bancarrota a mediados de los noventa. Cuando el último paquete de activos de la productora salió a subasta en 1997, entre ellos el 50% sobre la posible tercera parte de Terminator, la oferta de James Cameron (asociado a 20th Century Fox) fue superada por los ocho millones de dólares que ofrecieron los socios fundadores de la propia Carolco, Mario Kassar y Andrew Vajna. Éstos, a continuación, fundaron la productora C2 Pictures con el fin casi exclusivo de seguir explotando esos derechos y los de su otra franquicia de éxito, “Instinto Básico”. Su orgullo herido por el fracaso, Cameron se negó a trabajar en lo sucesivo con los fundadores de Carolco, lo que generó al proyecto otro problema, porque Schwarzenegger había jurado no hacer otra película de Terminator si no era con Cameron.

Tal y como comentaré más adelante, el actor acabaría ejerciendo su derecho a cambiar de opinión ante la deriva que estaba tomando su carrera. Mientras tanto y durante años, por internet circularon muchos posibles tratamientos de guión escritos por fans pero cuando por fin se anunció la nueva película y se confirmó la total desvinculación de Cameron de la misma, la noticia fue un negro augurio de lo que podría esperarse del producto final.

Diez años después de los acontecimientos narrados en “Terminator 2”, un nuevo modelo de androide asesino, el T-X (Kristanna Loken), fabricado con un cuerpo femenino que incorpora un letal arsenal, llega desde el futuro a la ciudad de Los Ángeles del presente buscando a John Connor. Al mismo tiempo, el viejo y ya familiar modelo T-800 (Arnold Schwarzenegger) aparece en nuestro tiempo para protegerle. Tratando de sobrevivir y habiendo fallecido ya su madre a causa de la leucemia, John (Nick Stahl) vive ahora como un vagabundo al margen de la ley atormentado hasta casi la locura por visiones del apocalipsis. Cuando irrumpe en una clínica veterinaria buscando medicinas, se topa con Kate Brewster (Claire Danes), una antigua compañera de escuela, justo antes de verse ambos metidos en el fuego cruzado entre los dos Terminator.

Kate se queda de piedra cuando se entera de que su destino es casarse con John y convertirse
en su lugarteniente cuando aparezca la resistencia contra las máquinas en el futuro. John, por su parte, recibe la amarga confirmación de que la amenaza de Skynet no se conjuró sino que su aparición sólo se prorrogó unos años. Mientras tanto, un virus informático está propagándose por todo internet y los dispositivos con acceso a ella, por lo que el responsable del proyecto militar Skynet, el general Brewster y padre de Kate (David Andrews), recibe la orden de activar el programa para que rastree y limpie el virus por toda la red mundial. Con la Inteligencia Artificial ya activa y a punto de despertar a la conciencia, John y Kate tratan desesperadamente de detener la cuenta atrás que finalizará con el Día del Juicio Final desencadenado por Skynet. Para complicar aún más las cosas, su protección, el T-800, es claramente obsoleto e impotente frente al T-X.

“Terminator 3” fue posible en gran medida gracias a la participación de la ex mujer de
Cameron, Gale Anne Hurd, que además de propietaria de parte de los derechos de la franquicia había producido junto a su ex marido las dos primeras películas de la misma. Hurd, en equipo con Cameron, tuvo además un papel importante como productora en “Aliens” (1986) y “Abyss” (1989). Su carrera en solitario ha sido más irregular, firmando pequeñas joyas del género como “Temblores” (1990) o la curiosa “Hechizo Letal” (1991) para televisión para luego tratar de emular los espectáculos visuales de su marido en títulos como “Escape de Absolom” (1994), “Un Pueblo Llamado Dante´s Peak” (1997), “Armageddon” (1998) o “Virus” (1999), ninguna de las cuales impresionaron demasiado a los fans. En el nuevo siglo ha enderezado su carrera gracias a la producción de algunas películas de superhéroes Marvel (“Hulk”, “The Punisher”) y la exitosa “The Walking Dead” (2010-2019).

La mayoría de los actores principales de las anteriores películas (Linda Hamilton, Michael
Biehn o Robert Patrick) rehusaron participar en “Terminator 3”. Edward Furlong probablemente sí habría aceptado pero fue apartado de la producción debido a sus problemas con la ley por posesión de drogas. El único reincidente fue Arnold Schwrzenegger. Aunque el primer Terminator lo había convertido en gran estrella, su carrera había ido en declive durante la segunda mitad de los noventa, protagonizando (con la excepción de “Mentiras Arriesgadas”, 1994, también con James Cameron) una serie de títulos poco afortunados en crítica y taquilla: “El Último Gran Héroe” (1993), “Eraser” (1996), “El Fin de los Días” (1999), “El 6º Día” (2000) o “Daño Colateral” (2002). Aún peor, en 1999, la revista “Premiere” publicó una devastadora evisceración del actor mostrándolo como un burdo mujeriego y un abusón con sus ayudantes, que le hizo un flaco favor a su imagen. Por no ahondar en su disposición a entrar en la sucia arena política presentándose a gobernador de California por el Partido Republicano más o menos al mismo tiempo que se estrenó “Terminator 3”.

La verdad, por tanto, es que Schwarzenegger había estado buscando un éxito durante buena parte de los noventa. El que supuestamente renunciara a 1,4 millones de dólares de su salario para que la secuencia de destrucción masiva con el camión-grúa pudiera completarse, dice mucho de su situación.

Así y todo, no se esperaba que “Terminator 3” resultara ser una película tan mediocre. Hay demasiadas cosas que no funcionan, quizá porque se nombró como responsables del control creativo a aspirantes con poco recorrido. El director, Jonathan Mostow, un cineasta competente pero no particularmente brillante, había debutado en 1989 con la nefasta “Ladrones de Cuerpos de Beverly Hills” antes de firmar un par de títulos correctos: el thriller “Breakdown” (1997) y “U-571” (2000) pasable film bélico si se pasa por alto su completa despreocupación acerca de los hechos históricos que supuestamente narra. El guión de “Terminator 3” viene firmado por el dúo compuesto por John Brancato y Michael Ferris, responsables de la sosa “La Red” (1995) y “The Game” (1997), y que más adelante volverían a colaborar para el libreto de las horribles “Catwoman” (2004) y “Cocodrilo (Un Asesino en Serie)” (2007). Curiosamente, el trío Mostow, Brancato y Ferris se reencontrarían en 2009 para realizar una película de CF bastante más interesante que la nos ocupa: “Los Sustitutos”.

Quizá lo más decepcionante de “Terminator 3” radique en algo tan inevitable como es el
compararla con las dos películas que la antecedieron. Entre la primera y la segunda, James Cameron multiplicó por cien la escala y ambición, construyendo sobre una película de serie B un espectáculo emocionante y pionero. No hay nada en “Terminator 3” que suponga un salto equivalente respecto a la precedente. En cambio, parece limitarse a utilizar su nutrido presupuesto de 200 millones de dólares para copiar y pegar fragmentos de “Terminator” y “Terminator 2”.

Para empezar, el concepto básico es tremendamente limitado. El guión se contenta con coger la trama básica de la segunda película (un Terminator reconfigurado regresa al pasado para ayudar a John Connor contra un malvado androide), variando únicamente el sexo del villano. El T-1000 fue una idea innovadora frente a la cual el T-X no parece sino un paso atrás. Al fin y al cabo, después de un androide de metal líquido que puede adoptar cualquier forma que desee, ¿qué podía inventarse? La Terminatrix femenina parece simplemente un giro poco inspirado porque el T-1000 podía igualar y superar cualquier cosa que ella haga. Los gadgets que forman parte
de su equipamiento (un brazo del que sale un cañón de rayos y un lanzallamas, la capacidad de detectar y analizar ADN o controlar coches policía a distancia) son invenciones muy pobres que parecen salidas de un comic-book de segunda.

La supermodelo Kristanna Loken se mueve bien y resulta adecuadamente atractiva y poco sutilmente agresiva vestida con un llamativo mono de cuero rojo, adornada con grandes pechos y conduciendo un coche deportivo, pero como villana carece de carisma, ni siquiera de personalidad. Al poco de empezar su participación en la trama ya queda claro que no transmite la frialdad y la sensación de peligro que Robert Patrick proyectaba en “Terminator 2” o la presencia imponente e implacable de Arnold Schwarzenegger en la original. Hay, además, algunos aspectos del T-X que desafían la lógica: si puede cambiar de forma y alterar su
apariencia, ¿Por qué no recorta ese cabello que la obliga siempre a llevar un moño? ¿Por qué necesita matar a un motorista para robarle la ropa si, cuando resurge tras haber sido devorada por un fuego, demuestra su capacidad de reconstruir el atuendo que vestía a partir de su piel? Además, Jonathan Mostow tiende a dirigir al personaje como si fuera un evidente villano en lugar de un androide. Mientras que tanto Schwarzenegger como Patrick interpretaban sus respectivos androides como máquinas asesinas sin sentimientos, Kristanna Loken se permite mostrar varias sonrisitas arrogantes y muy humanas.

Como reemplazo de Edward Furlong, Nick Stahl es un error de casting monumental. Mientras que el Furlong de entonces supo imprimir a su interpretación toda la arrogancia y espíritu desafiante propio de una adolescencia difícil, Stahl parece limitarse a hacer muecas mientras se esfuerza en dotar de expresividad a su personaje. Y si uno trata de imaginarse al endurecido líder rebelde del futuro en el que supuestamente se convertirá John Connor, le resulta imposible ver ni la más mínima traza de él en este actor.

Todavía más grave para la película es que los personajes carezcan tanto de la motivación como
del alma que hicieron inmortales a los de “Terminator 2”. En esa ocasión, Camerón dio forma al vínculo entre John Connor y el androide como metáfora de las relaciones padre-hijo. No hay nada similar en la tercera parte. Y mientras que “Terminator 2” contenía un mensaje moral y pacifista que cuestionaba la propia violencia que se escenificaba en pantalla, “Terminator 3” no es más que un espectáculo de efectos especiales que no aborda cuestión relevante alguna.

Cada escena de “Terminator 3” parece, como he apuntado, una copia poco original de otras ya vistas en las cintas de Cameron. Apenas hay en esta una secuencia de acción que no pueda encontrarse en aquéllas: persecuciones con coches policía; un momento en el que el androide perverso conduce un vehículo pesado mientras persigue a Connor y el Terminator bueno a bordo de un automóvil más pequeño, sembrando la destrucción a diestro y siniestro; un tiroteo entre el T-800 y un equipo SWAT de la policía reunido en el exterior de un edificio, sin que el androide dañe fatalmente a nadie; la irrupción en unas instalaciones de alta tecnología para detener el Día del Juicio Final; los dos androides combatiendo salvajemente y destruyéndose pedazo a pedazo; el T-800 letalmente dañado pero siendo aún capaz de reiniciar sus sistemas; el Terminator asesinando a personas siguiendo los nombres de un listín telefónico; ni siquiera aporta nada nuevo el personaje de Kate, la joven soltera que es involuntariamente arrastrada a la lucha y descubre el fundamental rol que va a jugar en la futura resistencia.

Así, Mostow y Hurd permiten que “Terminator 3” se convierta en un pastiche que
constantemente da por sentado que el público está familiarizado con los clichés y diálogos de las dos primeras películas. El T-800 vuelve a someterse al proceso de aprendizaje de los modismos del lenguaje; hay una broma recurrente con los intentos del androide de mantener en su sitio las gafas de sol; el guión también parodia la frase de la primera película, “Volveré”, que se somete a las permutaciones “Ella volverá” y “He vuelto”. El propio Schwarzenegger se había autoparodiado con esa frase en “El Último Gran Héroe”, por lo que ni siquiera el chiste era nuevo. Todavía peor es la escena en la que el T-800 consigue su ropa: en lugar de acercarse a un motero y exigírselas, acaba en un club de striptease y hace lo mismo, solo para salir enfundado un traje de motorista de cuero y unas horrendas gafas que parecen sacadas del guardarropa de Elton John.

En resumen, que “Terminator 3” acaba estando peligrosamente próximo a la autoparodia,
repitiendo conscientemente los mismos momentos y diálogos de las anteriores películas a un público dispuesto a identificarlos y reírse de ellos. Y, encima, a costa de diluir la presencia y carisma del androide protagonista. De hecho, hay cierta afectación camp en la interpretación de Schwarzenegger durante buena parte de la película, como si no hubiera terminado de desprenderse de su personaje de Mr.Hielo en “Batman y Robin” (1997).

Este sesgo paródico es una de las razones por las que muchos fans del sector purista fingen que la película nunca existió. Pero hay otro motivo incluso más importante. Mientras que las dos películas dirigidas por Cameron concluían en que no hay más destino que el que nosotros labramos, la de Mostow insiste en que el Día del Juicio Final es inevitable, hagamos lo que hagamos. Para sus detractores, “Terminator 3” contradice todo lo que defendían los dos primeros films: mientras que éstos
abogaban por el libre albedrío y el control sobre nuestro destino, aquélla nos dice que no importa lo mucho que luchemos, el desastre se abatirá sobre nosotros.

Por si fuera poco, hay agujeros de guión por todas partes. Se suponía que Skynet había sido destruida al final de “Terminator 2” pero aquí lo encontramos funcionando como un programa activo. Además, los guionistas no se informaron demasiado acerca de cómo funcionan los ordenadores reales: una de las grandes sorpresas es que Skynet es un programa que no tiene CPU base, lo que lleva a la pregunta obvia: ¿dónde está albergado? Se ofrece una vaga información sobre su localización en el ciberespacio, pero éste no es un lugar físico sino una serie de ordenadores interconectados. De vez en cuando, la película da –uno se siente tentado a pensar que por casualidad- con algunas ideas decentes, como la revelación de
que el Terminator bueno será en el futuro el responsable de la muerte de John Connor. Es sorprendente y bienvenido que la historia evite los típicos “happy end” para terminar de forma tan deprimente como coherente con la propia franquicia, aunque un cínico podría imaginar que ello es simplemente porque se pensaba ya en continuarla en el inevitable “Terminator 4”.

Las pocas escenas originales de acción que aparecen en pantalla son aquellas que incluyen a los drones volando por los pasillos y lanzando misiles, pero incluso éstas están rodadas tan descuidadamente que una explosión ni siquiera arruga la ropa de una persona a tres metros. No hay ninguna secuencia aquí que mantenga al público mordiéndose las uñas tal y como sí consiguió Cameron en sus dos
películas. Parecen más bien excusas para mostrar destrucción masiva y, para colmo, resueltas de forma tan rutinaria que se olvidan fácilmente en cuanto aparecen los títulos de crédito.

En este sentido, el trabajo de Industrial Light and Magic en los efectos visuales resulta inesperadamente soso y poco inspirado. La destrucción cuando finalmente llega el Día del Juicio Final es poco ambiciosa en escala comparada con el apocalipsis que nos había enseñado “Terminator 2”. Las escenas con los planeadores robóticos por los pasillos y la visión de un Los Ángeles en ruinas a través de una ventana parecen CGI de serie B, lo que resulta sorprendente no sólo habida cuenta de la intervención de ILM sino del presupuesto de la propia película, bastante más abultado que el de “Terminator 2” (que en su momento recordemos, fue la cinta más cara de la Historia).

A pesar de lo dicho y de su deprimente conclusión, “Terminator 3” ofrece suficiente diversión como para pasar un rato entretenido. Ciertamente, fracasa como continuación a la historia creada por James Cameron; pero si por un momento prescindimos de las dos películas anteriores y la juzgamos por sus propios méritos, es exactamente el tipo de espectáculo violento y rápido al que aspiran sin conseguirlo muchas películas veraniegas. Y así lo reconocieron los espectadores porque, aunque no fue un éxito de las dimensiones de su predecesora -gesta imposible de igualar- dobló más que sobradamente su presupuesto, asegurando otra secuela.

Sin embargo, unos pocos meses después del estreno del film, en un giro más enrevesado de lo que hubiera podido imaginar cualquier guionista de Hollywood, su principal estrella se convirtió en gobernador de California. Estaba por ver si la franquicia Terminator podría continuar sin sus dos grandes valedores, James Cameron y Arnold Schwarzenegger.


2 comentarios:

  1. Excelente tal cual usted lo ha dicho señor Manuel

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  2. Una porquería, lo que pasó es que la segunda parte es endiabladamente tan buena que esta entrega (de por sí mala) ya parece una joda. Ni hablar las continuaciones, apeas más decentes. Era para acabar en Terminator 2 y dejarlo así

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