martes, 30 de enero de 2018

1975- ROLLERBALL - Norman Jewison


La década que medió entre “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) y “Star Wars” (1977) abundó en películas de ciencia ficción interesantes, la mayoría receptoras y amplificadoras del pesimismo acerca del futuro y el hombre que imperaba en amplias capas de la sociedad norteamericana. Muchas de ellas eran producciones modestas que no obtuvieron demasiado éxito comercial y que sólo el paso del tiempo las ha colocado en el lugar que merecen. “Rollerball”, en cambio, gozó de un generoso presupuesto y fue un éxito comercial aun cuando la crítica le achacase ser un producto glorificador de la violencia deportiva sin comprender que en realidad se trataba de un ataque a la vieja política de “pan y circo” y la pasividad de una sociedad abotargada por el consumismo.


Desde las historias de bárbaros combates a muerte hasta las pruebas para demostrar la valía de la especie humana, los juegos, competiciones y deportes de la ciencia ficción de los setenta desempeñaron un papel importante en la construcción de una creíble y a menudo impactante visión del futuro. Utilizados con frecuencia para enfatizar la futilidad de la vida en un mundo distópico, los deportes y juegos reflejaban los elementos más oscuros de la sociedad civil: la violencia, el conflicto, la intolerancia y la corrupción. Y eso es exactamente de lo que trataba “Rollerball”.

En el año 2018, tras las “Guerras Corporativas”, todos los problemas del mundo han sido sofocados tras la bancarrota y consecuente desaparición de las antiguas naciones y su sustitución por un gobierno de grandes conglomerados empresariales que controlan los recursos, desde la comida a la energía o el agua. Entre ellas, la más poderosa es Energy Corporation, de Houston, para la que incluso se han compuesto himnos al estilo de los nacionales que se cantan al comenzar los partidos. Por otra parte, la sociedad se basa en la uniformidad y el materialismo ha pasado a ser el destino último de la humanidad. Las masas son apaciguadas canalizando su violencia hacia un espectáculo deportivo rápido y ultraviolento, el rollerball, una combinación de los peores aspectos del rugby, el hockey, el roller derby, el motocross y el combate de gladiadores y en el que los
jugadores a menudo resultan muertos o seriamente heridos. El objetivo del juego, que se libra en una pista ovalada, se organiza en una liga internacional y se retransmite por todo el mundo, es atrapar una pesada bola puesta en circulación por el árbitro, completar un circuito y encajarla en una estrecha portería.

Uno de los jugadores más hábiles de ese deporte, Jonathan E (James Caan), se ha convertido en superestrella como parte del equipo de Energy Corp. A pesar de ello, tras conseguir una nueva victoria, su presidente, Bartholomew (John Houseman) le pide a Jonathan que se retire voluntariamente tras su larga carrera profesional sin darle una explicación más sólida que un ambiguo “bien común”. Jonathan se niega a aceptarlo y mientras investiga las razones ocultas tras la oferta de jubilación continúa
jugando aun cuando los partidos van volviéndose más peligrosos conforme las corporaciones liberalizan las reglas con la intención harto evidente de que Jonathan muera en la pista. La razón de esta presión sobre el jugador es que él ha demostrado el potencial humano. Su éxito personal ha puesto en entredicho la intención última que las corporaciones tenían al crear el Rollerball, esto es, subrayar la futilidad del esfuerzo individual y subrayar subliminalmente que las grandes decisiones deben dejarse en manos de unos pocos poderosos. Para los presidentes de las compañías, el ascenso popular de ídolos deportivos supone un peligro para su control total.

A pesar del peligro en el que se encuentra, Jonathan se niega a doblegarse. Su desafío lleva a que las corporaciones decidan que el próximo partido en el que participe no tenga reglas ni límite de tiempo, lo que les permitirá liquidarlo con facilidad.

El director Norman Jewison se había un hecho un nombre gracias a películas como “En el Calor de la Noche” (1967), “El Caso de Thomas Crown” (1968), “El Violinista en el Tejado” (1971) o “Jesucristo Superstar” (1973). En esta ocasión, tomó el guión que William Harrison
había escrito a partir de su propio relato, “The Roller Ball Murder” (1973, publicado en “Esquire”), y lo convirtió en una película con mensaje -no demasiado sutil, eso sí- que denunciaba el gusto por los deportes violentos, el poder de las corporaciones y los riesgos personales y sociales de renunciar al individualismo. “Rollerball” fue uno de los primeros films de CF distópica en abordar el tema del individuo que triunfa contra la conformidad narcotizada de una sociedad inserta en un futuro confortable pero totalitario.

La distopía que se nos presenta aquí recuerda bastante a otras imaginadas en el cine de la
década de los setenta, recogiendo elementos de “2001: Una Odisea del espacio”, “La Amenaza de Andrómeda” (1971), “THX 1138” (1971) o “Zardoz” (1974), sociedades que habían alcanzado o estaban en el proceso de alcanzar la perfección tecnológica al tiempo que sus ciudadanos quedaban ahogados por la esterilización del entorno y el espíritu. En “Rollerball”, algunas localizaciones futuristas de Dallas nos sugieren una suerte de utopía aparente; una ilusión que se desvanece al insertar momentos que demuestran que bajo la superficie ideal late un sentimiento de insatisfacción vital.

En este sentido, una de las escenas más potentes del film es aquella en la que un grupo de asistentes a una fiesta se dedican a incinerar árboles con una pistola láser, reflejo de la decadencia y aburrimiento existencial en que se hallan sumidos, por no hablar de su violencia reprimida. No es el único momento revelador de la auténtica naturaleza de la sociedad del futuro. Todos los ciudadanos son tratados como empleados sin poder real al servicio de la “Clase Ejecutiva”. Ello implica, por ejemplo, que tu esposa pueda ser “transferida” a otro hombre más poderoso con un simple trámite burocrático, una indignidad que sufrió en el pasado Jonathan E. y que no ha olvidado. Todavía ama a su mujer, pero un ejecutivo en Italia tenía más poder que él y se la llevó, eso sí, indemnizándola generosamente por dejar a su marido.

En otro nivel temático, “Rollerball” reflexiona sobre el tópico de la libertad en una sociedad
tecnológica e invadida por los medios de comunicación de masas. La esposa de Jonathan, Ella (Maud Adams), le pregunta por qué simplemente no obedece a sus jefes y acepta la abundante recompensa que le ofrecen a cambio. Jonathan responde que es una elección “entre poseer cosas bonitas o la libertad”. Ella le replica: “Pero la comodidad es libertad”. Una visión del mundo que él no comparte: “Eso nunca ha sido así. Sus privilegios nos compran”. En otras palabras, esa sociedad no se preocupará por la libertad mientras tenga cosas que comprar.

En parte, la razón por la que la gente consiente semejante arreglo es debido a la privación
deliberada de material educativo e información imparcial. La televisión sólo emite partidos de rollerball y las bibliotecas locales son ordenadores impersonales que únicamente ofrecen “resúmenes” de obras literarias. De hecho, son las corporaciones las que poseen la información y, por tanto, el conocimiento de la verdadera historia. El compañero de Jonathan le pregunta inocentemente “¿Para qué quieres los libros? Mira, si quieres aprender algo, consigue un Maestro Corporativo para que venga y te enseñe. Utiliza tu Tarjeta de Privilegios”. Está claro que el guionista –como casi todos los autores de CF- no pudo prever internet. En un momento de la historia, Jonathan viaja a Ginebra para visitar los archivos informatizados en los que las corporaciones almacenan todos los datos. No resulta sorprendente que el bibliotecario, Zero (Ralph Richardson), demuestre una total ineptitud a la hora de conseguir la información que le requieren. De hecho, el ordenador ha “perdido” todo el siglo XIII. No hay por tanto lugar en el mundo donde pueda aprenderse Historia o Ciencia. Todo gira alrededor del rollerball, porque en tanto lo único en lo que pienses sea en el juego y en quien gana o pierde, no te preguntarás quién fija las reglas del sistema político y social y para beneficio de quién. Una sociedad narcotizada por la ignorancia y el espectáculo es un caldo de cultivo ideal para las dictaduras, sean estas de una ideología, de la contraria o de ninguna en absoluto, como es este el caso.

Muchos críticos de la época no se mostraron demasiado entusiasmados con la película, acusándola de ser demasiado compleja, introducir tramas políticas y románticas que no llevaban a ninguna parte y mostrar la violencia de forma harto explícita. Son críticas con fundamento. Efectivamente, los partidos son muy sangrientos: el enfrentamiento contra el equipo de Tokio acaba en un baño de sangre e incluso un jugador muere envuelto en llamas. El choque final entre Houston y Nueva York es todavía más brutal. Pueden verse salpicones de
sangre por toda la pista, el equipo de socorro es arrollado por una motocicleta y Jonathan E asesina a otro jugador enfrente de Bartholomew y a la vista de millones de espectadores. De fondo, un auditorio enfebrecido aplaude y corea la orgía de violencia. En su forma de expresar abiertamente la violencia, “Rollerball” fue una película-bisagra entre las producciones de antaño –en las que la sangre y la brutalidad explícita se maquillaban mediante, por ejemplo, elipsis, giros de cámara o salidas de plano- y las de los años siguientes, cada vez más osadas en este aspecto hasta alcanzar niveles de auténtica vulgaridad.

El tiempo da perspectiva, sin embargo, y cuando hoy se revisa la cinta, independientemente de sus virtudes o defectos cinematográficos y con una mayor tolerancia hacia la violencia escénica, llama más la atención su presciencia acerca de la presencia en nuestras vidas de la violencia
deportiva, el poder de las corporaciones y la influencia de la televisión en una sociedad saturada por los medios de comunicación de masas, obsesionada por el consumismo y dispuesta a ceder libertad a cambio de bienestar material.

Y es que de todos los futuros distópicos que poblaron el cine de CF de los setenta, el de “Rollerball” es quizá el que mejor se aproxima a la deriva actual y real, en la que el mundo está cada vez más invadido por un capitalismo rampante y gobernado –todavía en la sombra, eso sí- por una élite de presidentes de enormes e influyentes corporaciones cuya facturación supera los presupuestos de algunos países y en el que las masas se aplacan gracias al seguimiento compulsivo de competiciones deportivas más o menos violentas (como la Superbowl, las carreras NASCAR o la WWF) que extienden su agresividad más allá de los terrenos de juego, a las hinchadas fanatizadas. Tanto es así, que cuando en 2002 se realizó un remake de esta película, se ambientó en el presente y ya no en el futuro. El film, sin embargo, no
tiene en cuenta un error fundamental que sí puede verse fácilmente en el auténtico fenómeno deportivo: aunque utilizar espectáculos violentos para aplacar a las masas es una estrategia muy antigua en la historia de la civilización, a diferencia de lo que se muestra en el film la buscada catarsis se obtiene no a través de la supresión de la individualidad sino todo lo contrario, a su promoción, tratando a los deportistas como auténticos ídolos a los que admirar, algo que ya sucedía en la antigua Grecia con los luchadores o en Roma con gladiadores o corredores de cuadrigas y que sigue pasando hoy con futbolistas, bateadores o velocistas.

Cinematográficamente, “Rollerball” no está a la altura de las ideas que plantea. Para empezar,
su metraje de dos horas se antoja excesivo. Éste se divide básicamente en dos dimensiones. Por una parte, se describe la sociedad inane en la que se desenvuelve Jonathan E y los dilemas éticos a los que éste va enfrentándose profesional y sentimentalmente. Por otro, las largas secuencias en las que se desarrollan los partidos de rollerball. Con demasiada frecuencia, Norman Jewison y William Harrison cometen el error de transformar la descripción de una sociedad estéril y éticamente erosionada en aburrimiento narrativo. Hay varias escenas lastradas por un dramatismo solemne y pesado y aunque el argumento dedica bastante tiempo a las crisis personales de Jonathan E (la ruptura forzada con su mujer y posterior reencuentro, su camarada sumido en un coma), esas partes supuestamente más emotivas no consiguen captar la simpatía del espectador. En cambio, donde la película toma pulso es precisamente en los momentos que supuestamente son objeto de su condena: las escenas en las que se refiere la brutalidad y violencia del Rollerball. Ahí, en la pista en la que, literalmente, se juega la vida el protagonista, es donde resulta más fácil empatizar con él gracias al movimiento, la acción y la tensión con la que está rodado el juego. Ciertamente, mucha gente acudió a ver la película no por el mensaje social que incluía, sino por la mera satisfacción de sumergirse en esa violencia. Toda una ironía.

Casi todas las interpretaciones son bastante flojas. Podría hacerse una excepción con el
veterano John Houseman, que encarna al presidente de la corporación con su habitual dignidad y presencia. El único que brevemente añade algo de color es Ralph Richardson, quien interpreta a un excéntrico bibliotecario que se enzarza en una discusión con el irascible ordenador empeñado en desordenar y borrar los datos. Tampoco el minimalista diseño de producción es particularmente destacable, limitándose a encontrar localizaciones con esa arquitectura impersonal que por esa misma época mostraban cintas como “La Rebelión de los Simios” (1972), “La Fuga de Logan” (1976) o “THX 1138”.

El tema de los deportes extremos como espectáculo público del futuro demostró su
perdurabilidad en las décadas que siguieron, con títulos como “El Imperio de la Muerte” (1982), “El Precio del Peligro” (1983), “Perseguido” (1987), “Acero Puro” (2011) o “Los Juegos del Hambre” (2012). El mismo año en que se estrenó “Rollerball”, el productor Roger Corman y el director Paul Bartel rodaron la sátira deportivo-futurista “La Carrera de la Muerte del año 2000” (1975), que fue pensada como un rápido “exploitation” del film de Jewison pero que ofrece un deporte futurista similar, motorizado y sangriento, y los mismos puntos de reflexión pero con mucha menos pomposidad y más exageración y espíritu lúdico. Ambas películas, sin embargo, recibieron la misma calificación “para adultos”, aunque Jewison trató de rebajarla afirmando que los niños deberían poder ver esta historia admonitoria a pesar de la violencia. A pesar de la polémica con los ratings de edad, “Rollerball” fue un éxito comercial que recaudó 30 millones de dólares sobre un presupuesto de 6; tanto gustó que llegó a hablarse de formar equipos reales para jugar una liga, una iniciativa que no se llevó finalmente a cabo pero que, como es de suponer, horrorizó a Jewison.

Quizá fue aquél éxito lo que llevó en 2002 a la MGM a asociarse con la nipona Toho para producir un remake dirigido por John McTiernan (quien, curiosamente, ya había dirigido unos años antes una nueva versión de otra película de Jewison, “El Caso de Thomas Crown”). Por entonces, McTiernan era uno de los grandes directores de acción, con películas hoy clásicas en su haber como “Predator” (1987), “La Jungla de Cristal” (1988) o “La Caza del Octubre Rojo” (1990). En los noventa, su carrera empezó a tambalearse al encadenar los fracasos de “Los Últimos Días del Edén” (1992) y “El Último Gran Héroe” (1993) u obtener sólo una respuesta tibia con el mencionado “El Caso de Thomas Crown” (1999) o “El Guerrero nº 13” (1999). “Rollerball” fue el penúltimo clavo de su ataúd (el último sería “Basic” sólo unos meses después). Tal fue el batacazo de “Rollerball”, que hasta la fecha no ha vuelto a dirigir otra película.

Conviene recordar que en 1975 no había nacido todavía lo que hoy conocemos como género de
acción. Como hemos visto, el “Rollerball” original fue ideado como una película distópica con mensaje pero su éxito se debió en gran medida a que al público le encantó su acción más que su moraleja. En cambio, el remake llega no sólo tras dos décadas de excelentes cintas de acción sino en un momento en el que los deportes futuristas ultraviolentos ya se habían convertido casi en un cliché –y casi en una realidad en los casos que comentaba más arriba-.

El remake, coescrito por John Pogue y Larry Ferguson (“Los Inmortales”, “La Caza del
Octubre Rojo”, “Alien 3”) sigue la misma trama básica que el original, con un protagonista, Jonathan (Chris Klein), que se ha convertido en una estrella del rollerball, empieza a dudar de su papel en ese deporte, su mejor amigo es asesinado en un partido, desafía a la corporación dueña del equipo y llega a un clímax con un partido en el que se eliminan las reglas y donde se juega la vida. Los veintisiete años transcurridos entre ambos films se notan en detalles como la presencia de mujeres jugadoras y mayor diversidad étnica en el reparto, pero el cambio más radical es la localización espacial y temporal de la acción: aunque no se dice nada al respecto, la historia bien podría transcurrir en el presente y en lugar de Estados Unidos, se ha optado acertadamente por situar los juegos en el marco de los siempre inestables estados desgajados de la antigua Unión Soviética.

Todos esos cambios incluyen la eliminación de cualquiera de los mensajes y reflexiones que proponía la película de los setenta para transformarla en un film de acción moderno.
Desaparece completamente el desafío de Jonathan contra un estado totalitario como ensalzamiento de la individualidad frente a la conformidad social. En cambio, tenemos una desleída crítica a la violencia en del deporte, el bombardeo mediático y la disposición de las organizaciones deportivas y las televisiones a perpetrar cualquier tropelía con tal de ganar la batalla de las audiencias, pero el guión nunca llega a articular esto de forma mínimamente coherente. Además, McTiernan y sus guionistas alargan el final original con una serie de estereotipadas escenas en las que los campesinos rusos se alzan y derrocan a sus corruptos opresores capitalistas. Irónicamente, el remake exhibe la misma hipocresía que el original, a saber, hacer una película sobre el uso corrupto de la violencia institucionalizada con el fin de apaciguar a las masas, y atizar esos mismos instintos en sus espectadores con una serie de escenas tan emocionantes como sangrientas.

Dado que el “Rollerball” de 2002 no es ya siquiera una película de CF, ¿es al menos un buen film de acción? Pues tampoco. El guión no está particularmente bien desarrollado: la subtrama sobre la conspiración corporativa, por ejemplo, no está explorada y en cambio sobran escenas con los protagonistas lanzándose a toda velocidad en monopatines, coches y motocicletas; el partido del clímax tiene poca carga emocional, los personajes son unidimensionales, los diálogos horribles, la música cargante, el montaje mareante y todo el argumento predecible.

Quizá asustados por el nefasto resultado final, los estudios paralizaron la distribución de la cinta durante algunos meses, se realizó un nuevo montaje eliminando violencia para rebajar la calificación por edades y apelar así a una mayor audiencia. Cuando por fin llegó a las pantallas, las críticas fueron tan demoledoras que acabó casi inmediatamente relegada a los videoclubs. Una película innecesaria y decepcionante en todos los aspectos, especialmente considerando que fue dirigida por quien fue un maestro del género en los ochenta.

9 comentarios:

  1. Esta peli mencanta y por eso la dediqué un extenso post en mi blog.

    Yo no veo sus desaciertos tan mal. Es pretenciosa pero es que intenta ser sublime, cosa que consigue y por eso se le ha de perdonar las ínfulas. Quizás el problema esté en que es una peli mixta. Como bien dices tiene cosas de antes y cosas nuevas (para entonces) que es pionero en mostrar. Así, en lo romántico es un cliché y en la violencia se queda corto por novato. Este es uno de los pocos casos en que un remake estaría bien. La violencia de la peli ha envejecido mucho y eso hace que se la desprecie. En fin, el film hubiera necesitado otra forma de hacer humano al prota (a eso obedece la historia de amor) y más brutalidad en la acción. El año anterior a su estreno es el de la masacre de Texas. Había más margen.

    Yo no veo fallo en lo de la idolatría al campeón ya que entiendo que nunca se ha dado un campeón. E es el 1º y por eso se monta la que se monta. Los ejecutivos no saben como enfrentarse a ello. Viendo las prácticas empresariales actuales en que no se da estabilidad a nadie para no tener que pagar más, no reúna dchos. y no gane experiencia creo que es razonable pensar que los ejecutivos compraban, se cargaban o despedían cada temporada a los que descollaban hasta que se dieron de bruces con un testarudo que por resentimiento no iba dejar que nadie le ganase. Creo que no es conceder nada que E fuese el 1º campeón y precisamente por lo que comentas, tal y como funciona el héroe en las sociedades de masas, se vuelva automáticamente peligrosísimo para una codictadura.

    De todos formas es posible que haya incongruencia en el personaje de E. Seguramente más a ntros. ojos que a los de los yankis. E es el típico macho blanco de la sociedad estadounidense tradicional que hoy representa Trump (queste sea abuelo y E un joven evidencia bien el paso del tiempo) que correlaciona con el individualismo feroz que es el valor nº 1 en EE.UU. Esto hace que E sea un personaje paradójico: un héroe antisocial. La peli lo muestra genialmente en su final. E aclamado por las masas se pira pasando dellas. Las ha liberado pero él no es ningún Moisés, no las va a llevar a la Tierra Prometida. Por eso el último plano de la peli es E mirándonos diciendo: cada uno ha de liberarse. El héroe sólo mira por sí mismo.

    Un peliculón (no porque sea una oda al individualismo y al macho).

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  2. quisiera solicitar al maravilloso autor de este blog, un ranking de peliculas de ciencia ficcion, las que mas te hayan marcado, o se parezcan mas a la realidad,

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    1. Casi na. Por principios, no soy de listas. Nada tienen q ver gattaca, blade runner, alien, el planeta de los simios, king kong,wall-e o interstellar. Y todas me encantan! Cada una tiene su momento y su temperamento y requiere de la actitud adecuada q no siempre tiene uno. En cuanto a pelis q se aproximen a la realidad.. pues algunas, la realidad ya las superó, como destino a la luna (1950) y otras, como la mencionada gattaca o el show de truman (las dos con participación de andrew niccol) parecen tristemente cerca. La propia rollerball tiene aspectos q hoy ya nos son familiares.no te podria hacer un ranking, lo mejor es q cada uno vaya haciendose el suyo conforme amplíe su videoteca. Un saludo

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  3. Muy buena tu reseña sobre esta película, mientras lo leía comencé a comparar la historia con lo que pasa actualmente en argentina, con el chusmerio barato del fútbol, en casi todos los programas, espectáculos, noticieros y programas de deportes que ya parecen programas de chismes, y con el bailando, la versión local de un realitie mexicano, si bien no es a muerte como el rollerball es implacable a la hora de causar daño de forma verbal, prácticamente después de abril todos los programas giran en torno a eso. Saludos desde Argentina

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  4. Lo del espectaculo para atontar a las masas es tan viejo como la civilización humana. Solo se transforma y adapta a los tiemps y sensibilidades

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  5. Pensar que por culpa de esta película después se puso de moda el Roller Derby femenino. En fin.
    Muy buen análisis de la película.

    Saludos y Suerte,

    J.

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  6. Muy buen análisis y crítica de, como dices, una de las películas señeras de la ciencia ficción de los 70. Un tipo de CF que, aunque disfruto como un enano con Star Wars y otras space opera, echo mucho de menos.

    Un detalle. ¿Hasta qué punto la economía en Hollywood ha cambiado? '“Rollerball” fue un éxito comercial que recaudó seis millones de dólares sobre un presupuesto de 30'. Me imagino que aquí ha habido alguna errata :)

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