Ann Leckie es el claro ejemplo de que ese cierto tipo de éxito que se percibe como repentino e inesperado, puede ser, en realidad, es el resultado de años de trabajo y persistencia. Nacida en 1966 en Toledo, Ohio, Leckie creció rodeada de libros. Su padre era ingeniero especializado en el diseño y construcción de puentes, una ocupación de la que luego se haría eco ella en la forma en que imaginaría los sistemas de sus naves de ficción. En cuanto a su madre, era química y trabajó en un laboratorio antes de dedicarse por completo al cuidado de Ann y sus hermanos.
Leckie ha
mencionado en varias entrevistas que creció en un hogar d
onde el pensamiento
científico y la lógica eran fundamentales. Esa mezcla de precisión técnica
heredada de sus padres y su propia formación (estudió Música en la Universidad
de Washington, graduándose en 1989) conformó un estilo literario frío, preciso
y casi matemático, pero con un ritmo muy melódico. Durante los años 90, su vida
se alejó de la escritura profesional mientras desempeñaba diversos trabajos,
desde camarera y recepcionista hasta técnico de grabación.
E
stablecida
con su marido en San Luis, Missouri, decidió dedicarse a la crianza de sus
hijos. Aunque los adoraba, la falta de estimulos intelectuales de esa vida
exclusivamente doméstica le hizo sentir que su cerebro, utilizando sus propias
palabras, se "derretía". Para combatir esa sensación y redescubierta
su pasión por la ficción, empezó a escribir y enviar relatos cortos a revistas
especializadas. En 2005, se inscribió en el prestigioso taller de escritores
Clarion West. Y eso cambió su vida.
Ubicado en
Seattle, el Clarion es un taller intensivo de seis semanas que, en el mundo de
la literatura fantástica, viene a ser el equivalente a un periodo intensive de adiestramiento
en las fuerzas especiales. No es un curso convencional, sino más bien una inmersión
total. Los e
studiantes viven juntos y deben escribir un relato corto cada
semana, además de criticar los de sus 17 compañeros. Se dice que el ritmo es
tan brutal que los escritores apenas duermen. Cada semana un autor consagrado
diferente dirige el taller. En el año de Leckie, tuvo profesores de la talla de
Andy Duncan y, sobre todo, Octavia Butler, que se convirtió en una gran
influencia.
Allí, Leckie
pasó de ser una aficionada con talento a una profesional con una red de
contactos y una técnica pulida. Tras salir del taller, no publicó su primera
novela inmediatamente llevada por su entusiasmo y encontrada autoconfianza sino
que aplicó la disciplina allí aprendida para ir construyéndose un nombre con
relatos publicados en algu
nas de las mejores revistas del género, como “Subterranean
Magazine” y “Strange Horizons”. Fundó la revista digital “Giganotosaurus” y se involucró
activamente en la SFWA (Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía
de Estados Unidos).
Perfeccionar su técnica y cultivar su relación con el entorno profesional y de aficionados del género le llevó ocho años desde que finalizara el taller Clarion. Y fue entonces cuando, aparentemente de la nada, apareció “Justicia Auxiliar”, una novela de debut que consiguió lo que nadie antes: ganar "la triple corona" de la ciencia ficción en un mismo año: el Premio Hugo, el Nébula y el Arthur C.Clarke, además de otros asimismo muy prestigiosos, como el BSFA o el Locus. El impacto fue tal que no solo reorientó la "Space Opera" insertando temas más sociológicos y menos centrados en la tecnología bélica, sino que, de la noche a la mañana, convirtió a Leckie, a sus 47 años, en una de las voces más influyentes del género.
En un remoto
planeta helado, más allá de las fronteras del Imperio Radchaai
, una solitaria
figura que se hace llamar Breq está próxima a culminar su búsqueda de venganza.
Veinte años antes, la Justicia de Toren era un poderoso transporte de tropas,
una de las naves más grandes de la armada Radchaai. Su IA controlaba y
supervisaba las acciones de toda la nave, así como las de la multitud de
"auxiliares" que servían a sus oficiales humanos, ya fuera como
ayudantes o soldados según lo requiriera la ocasión.
El Imperio Radchaai, diseminado por la galaxia, se había edificado gracias a naves como la Justicia de Toren y los auxiliares que viajan en ella. Llegan a un sistema, lo sojuzgan, purgan a los elementos más rebeldes, lo integran en el sistema politico, otorgan la ciudadanía a aquellos considerados dignos y convierten al resto en “auxiliares”: criogenizan sus cuerpos para, cuando se les requiera, revivirlos y colocarles implantes que los convierten en meros títeres de la IA de la nave, carne de cañón que actúan perfectamente coordinadas. A todos los efectos, son una extensión de la nave.
Dos
décadas
atrás, Justicia de Toren era una de esas naves, con milenios de servicio a sus
espaldas, que había sido estacionada en la órbita de un mundo recién
anexionado. Sin embargo, una traición imprevista se lo arrebató todo y ahora lo
único que sobrevive de esa IA es un fragmento, la auxiliar Esk Una Diecinueve,
que ahora se hace llamar Breq, pero que recuerda haber
sido una inteligencia
artificial inmensamente poderosa. Durante años, tuvo que aprender a vivir en un
cuerpo humano individual, lidiando con la fragilidad, las emociones y la
limitación de no tener una visión periférica constante de todo lo que ocurre a
su alrededor. No comprende la razón por la que su nave matriz fue destruida,
pero sí sabe quién fue la responsable: Anaander Mianaai, la inmortal Señora de
los Radch. Debe pagar por ello, pero ¿cómo se mata a un enemigo que ocupa mil
cuerpos diseminados por la galaxia? ¿Y por qué Breq arriesga una y otra vez su
vida y el éxito de su misión para ayudar a Seivarden Vendaai, un/una oficial
que sirvió en ella hace mil años y que ahora ha despertado de su criogenización
y se ha convertido en un/a drogadicto/a?
Narrada en
primera persona, la historia se divide en dos partes: el present
e, que incluye
una trama de suspense en la que Breq busca un arma con la que poder matar a
Mianaai; y el pasado, donde descubrimos qué sucedió para que emprendiera el
camino de esta venganza quijotesca y, a primera vista, inalcanzable. La primera
parte del libro, en la que estás dos tramas van alternándose, es la más
interesante dado que van desvelando el misterio de la protagonista y sus
circunstancias. Pero una vez ese enigma se aclara, la novela pierde varios
puntos de interés. Además, el final está escrito de tal manera que se hace casi
obligatorio leer el siguiente libro de la saga (que se completaría con “Espada
Auxiliar”, 2014; y “Misericordia Auxiliar”, 2015; además de otros relatos
cortos y un par de novelas derivadas). No existe una conclusión satisfactoria,
sino un final abierto que incita a seguir leyendo.
Ann Leckie
construye un universo de gran complejidad diseñado con una minuciosidad
quirúrgica, en el que cada detalle cultural y tecnológico sirve como vehículo
para una exploración profunda de la identidad. Sus pe
rsonajes habitan un
espacio liminal fascinante, moviéndose con naturalidad entre comportamientos
humanos reconocibles y lógicas inhumanas que desafían nuestra comprensión
tradicional. A lo largo de la historia, la acción se ambienta en tres lugares
distintos, planetarios o extraplanetarios, dentro y en los confines del imperio
Radch. Uno es un planeta recientemente conquistado y aún no asimilado; otro se
encuentra fuera de los límites del imperio; y el tercero es un centro
neurálgico, en el corazón de la cultura y el dominio Radchaai. Cada uno se
representa no solo con sus propias culturas y subculturas, sino también con
marcadas variaciones y divisiones internas. También se menciona a los
alienígenas presger, que en algunos aspectos son más poderosos que los Radchaii
y con los que se firmó un tratado de paz. Parte de la historia gira en torno a unas
armas fabricadas por esos extraterrestres que no pueden ser detectadas por la
tecnología Radchaai.
A mi juicio
exageradamente, se querido comparar la intrincada estructura social y política
de los Radchaai con la de “Dune” (1965), pero en cuanto al
tono, este Imperio
comparte muchos más paralelismos con el Británico durante los siglos en los que
controló una vasta red de colonias. El ejército Radchaai se basa en una rígida
jerarquía con un Capitán al mando, pero las IAs que controlan las naves y los
Auxiliares son tan omnipresentes que resulta difícil discernir quién ostenta
mayor autoridad. Las interacciones sociales entre los Radchaai también son muy
formales y complejas. Se insinúa más que se muestra una constante y agresiva lucha
por el estatus, el reconocimiento, el honor familiar y el mecenazgo. Todos en
el Imperio están obsesionados por vestir adecuada y recatadamente (de ahí la
fijación por cubrir las manos con guantes). Y por si esos paralelismos con los
británicos no fueran suficientes, los humanos del Imperio Radchaai consideran
el té como la máxima expresión de ocio civilizado. De hecho, para ellos, el
término “Radchaai” equivale a civilización, por lo que todos sus miembros son
ciudadanos y todos los humanos ajenos a esa estructura, por consiguiente, bárbaros
cuyo asesinato, esclavización y asimilación es aceptable.
Desde el
principio, se muestran las víctimas de este imperio expansionista, pero las
cuesti
ones morales a que dan lugar sus prácticas no las plantean sus
ciudadanos, sino los conquistados, cuya resistencia es inútil, y, aún más
interesante, la Auxiliar Breq, tanto en su identidad presente como en la de IA
de la Justicia de Toren. El estatus de las IA entre los Radchaai es ambiguo:
están subordinadas a los Capitanes pero el Imperio depende por completo de
ellas para ejercer su poder militar y la administración de los mundos
conquistados.
La prosa de
Leckie es sobria, clara y contundente y sus tramas entrelazadas mantienen el
suspense y el interés, con pausas y cambios de ritmo bien estudiados. Sobre
todo, la autora consigue ofrecernos una perspectiva radicalmente inhumana: la
psique fragmentada de una inteligencia artificial que una vez fue una nave de
guerra. En el pasado, formaba parte de una vasta y eficaz maquinaria bélica en
la que todos los implicados, humanos e IAS, tenían la seguridad de estar
haciendo lo correcto al extender el equivalente a la Pax Romana por todo el
universo. Pero incluso entonces, Esk Una, era especial, como
lo demuestra su
afición a recopilar canciones de las culturas que los Radchaai asimilaban y
luego interpretarlas en boca de todos los Auxiliares que controlaba, creando
armonías y coros en una imagen evocadora e impactante: “Mis cuerpos sudaban debajo de las chaquetas del uniforme y, aburrida,
abrí tres de mis bocas, que estaban cerca unas de otras, en la plaza del
templo. Y con aquellas tres voces canté: «Mi corazón es un pez. Escondido entre
las plantas acuáticas…»”.
La transición de una conciencia colectiva a la soledad de un solo cuerpo se narra con claridad, permitiendo al lector experimentar esa extrañeza y sensación de pérdida desde el interior de la mente de la propia Breq. Eso sí, a mi parecer, la novela adolece de una falta de descripciones de lugares, personajes, entornos… Es un mundo asombroso, sí, pero que solo existe dentro de los límites de las pocas palabras que la autora emplea para pintarlo, que no salta del libro para envolver al lector.
Escri
bir en
primera persona puede ser más difícil de lo que parece, dado que el autor se
enfrenta a la difícil decisión de, o bien romper la estructura narrativa con el
fin de transmitir información vital sobre sucesos que ocurren en lugares
distintos a donde se encuentra el narrador, o bien renunciar a a dicha
información. Leckie logra salir airosa del problema. En el tiempo presente, no
hay necesidad de cambiar de perspectiva: Breq está sola o acompañada por Seivarden;
en cualquier caso, todo lo importante que sucede gira en torno a ella. Y en
cuanto a los flashbacks que explican cómo llegó a su situación actual, Breq era
una IA con ojos allá donde hubiera un Auxiliar o un sensor de la nave. Esto le
permite a la autora escribir esas escenas en primera persona omnisciente.
Ann Leckie
realiza en “Justicia Auxiliar” una de las exploraciones del género más
originales en la ciencia ficción contemporánea, utilizando su enfoque no sólo
para ambientar y aportar profundidad a la cultura del futuro, sino como
herramienta narrativa con la que desafiar la percepción
del lector. Y es que en
la cultura Radchaai no se hacen distinciones de género. En su idioma, solo
existe un pronombre neutro. Para trasladar esta experiencia al lector, Leckie
utiliza el femenino genérico ("ella", "nosotras",
"ciudadana") para referirse a absolutamente todos los personajes, sin
importar su sexo biológico. Al usar siempre el femenino, la autora obliga al
lector a enfrentarse a sus propios prejuicios. A menudo, éste se encuentra
intentando "adivinar" si un personaje es hombre o mujer basándose en
su comportamiento o apariencia, para luego darse cuenta de que esa información
es irrelevante para la trama. Se crea de esta manera una "ceguera de
género" que imita la mentalidad de la protagonista.
Para Breq,
que no deja de ser una inteligencia artificial ajena a la experiencia humana
relacionada con la pertenencia biológica y cultural a un género determinado, la
diferenciación de los humanos entre hombres y mujeres resulta confusa. Cuando
viaja fuera del Imperio Ra
dchaai, tiene que esforzarse por identificar las
pistas visuales —como la ropa o la estructura ósea— para usar los pronombres
correctos en otros idiomas. Y, aún así, suele equivocarse, poniendo de
manifiesto que el género es una construcción social y no algo universalmente
obvio.
Ha habido quien ha querido comparar “Justicia Auxiliar” con “La Mano Izquierda de la Oscuridad” (1969), pero esa semejanza es solo superficial. La sociedad de los gethenianos de la novela de Le Guin estaba integrada por humanos sin género que solo adoptaban rasgos masculinos o femeninos durante el cortejo y según la dinámica de cada pareja. La escritora proponía así un experimento mental mucho más sutil, imaginando cómo sería una sociedad sin personalidades masculinas ni femeninas, y en qué se diferenciaría de nuestro mundo actual, tan consciente y preocupado por el género.
Por el
contrario, la sociedad Radchaai de Leckie sí está compuesta de ho
mbres y
mujeres, pero a esta diferenciación ya no se le da importancia. Tratándose de
CF, podemos legítimamente imaginar que, tras miles de años, la civilización
humana no estará tan obsesionada con el género. Los roles dominantes y
subordinados ya no estarán ligados al sexo biológico sino que surgirán de las
personalidades individuales. Al eliminar las etiquetas de género, Leckie separa
las características de cada personalidad de las expectativas sociales
tradicionales. De esa forma, los personajes pueden ser militares implacables,
políticos astutos o figuras parentales sin que el lector los encasille
automáticamente en roles "femeninos" o "masculinos". La
anatomía casi nunca se menciona, lo que dessexualiza las interacciones y pone
el foco en el poder, la ética y la identidad.
Ahora bien,
esta elección, tiene sus inconvenientes y dependerá del lector valorar si
superan a sus virtudes. El más obvio es la confusión: al carecer de una
referencia clara de género para cada personaje, el lector está con
tinuamente
inmerso en una búsqueda de pistas que le ayuden a fijar aquél. Esto puede
resultar fatigoso y distraer de la trama política y de ciencia ficción,
especialmente si no están acostumbrados a literatura con ambición experimental.
En la traducción española, además, el reto es aún mayor. Mientras que en inglés
el uso de “she/her” es disruptivo pero fluido, en español, un idioma con mucha
más flexión de género, el uso del femenino genérico por el que optó el
traductor resulta en frases que suenan "extrañas" al oído
hispanohablante tradicional.
Por otra
parte, el efecto conseguido puede ser el opuesto al buscado porque,
irónicamente, al usar "ella" para todos los personajes, se corre el
riesgo de que el lector termine asumiendo un masculino genérico mental. Al
eliminar las marcas de género, Leckie también sacrifica ciertas herramientas de
descripción rápida. Y claro, también están los problemas de caracterización
visual. Como todos los personajes son "ella", la autora se ve
obligada a ser mucho más específica con otros rasgos (estatura, color de piel,
unifor
mes, gestos) para evitar que unos y otros se mezclen en la mente del
lector.
Y relacionado con la caracterización, este es otro punto que me parece manifiestamente mejorable. Entiendo que en la cultura Radchaai, no solo el lenguaje es uniforme; también lo es la estética. El Imperio trata de homogeneizar a todos sus sirvientes y a quienes se resisten a ello los “reeduca”. Al hablar y vestir todos de forma similar y ser referidos con el mismo pronombre ("ella"), la mente del lector, como acabo de decir, puede acabar creando una masa gris de personajes. El resultado es que, por ejemplo, hay que hacer un esfuerzo consciente para recordar si Anaander Mianaai es distinta de Seivarden, porque el lector no dispone del "archivo mental" automático de "él" o "ella" para individualizarlas.
A e
sto se suman
otras limitaciones, desconozco si producto del estilo prosístico de la autora o
de la elección de su narradora. Breq es una inteligencia artificial y, por
tanto, un ser que tiene una forma clínica y distante de ver a los demás: se
fija en la dilatación de las pupilas, el ritmo cardíaco o el tono de voz, pero
rara vez describe a los personajes de forma que nos resulten
"entrañables" o visualmente únicos, como, por ejemplo, mencionando el
color del pelo, cicatrices o rasgos faciales. Vemos el mundo a través de un
sensor, no de un ojo humano. Y si no se puede visualizar la cara de un
personaje y tampoco asignarle un género, éste se convierte en una voz
incorpórea. Comprendo que a la hora de abordar la lectura de esta novela,
conviene no enfocarse en quién es hombre y quién mujer, sino clasificar cada
personaje en function de su estatus o postura ética, pero, al menos en lo que a
mí respecta, este recurso en concreto me resultó un incordio al extenderse más
de cuatrocientas páginas.
Por otra
parte, el concepto de Auxiliares es algo confuso. Entiendo que se tr
ata de lo
que podríamos denominar "soldados cadáver", humanos cuyas
personalidades y recuerdos han sido borrados y que están bajo el control de una
IA. Esta tecnología permite a las IAs tener ojos, oídos y control en toda una
nave, estación o planeta. Anaander Mianaai, la Señora del Radch, también tiene auxiliares,
pero descubrimos que una raza alienígena se ha infiltrado en algunos de ellos.
Así que ésta debe ocultarse a sí misma algunas de sus propias actividades para
que los auxiliares “rebeldes” no sepan lo que hacen los “puros”. Pero este
Trastorno de Identidad Disociativo invalida la idea de que la Inteligencia
central tenga control absoluto sobre los auxiliares y que algunos piensen por
sí mismos. ¿Es esto un fallo argumental o está pensado para desarrollarse mejor
en un volumen posterior?
“Justicia
Auxiliar” es una novela compleja. Rebosa buenas ideas, conceptos interesant
es,
un ritmo ágil, una trama razonablemente bien desarrollada y temas importantes
(el género, la inteligencia artificial, la consciencia y conciencia colectivas,
la naturaleza de los imperios) y, desde luego, el aspecto en el que se ha
centrado buena parte de los comentarios, positivos y negativos: el lenguaje sin
género. Pero también hay demasiadas cosas que tienen un sabor familiar, una
mezcla de los Borg, HAL 9000, el Imperio de Star Wars y el mundo helado y
andrógino de “La Mano Izquierda de la Oscuridad”. Es más, examinadas de cerca,
sus planteamientos resultan decepcionantemente simples: los imperios son
malvados, los sistemas de clases son opresivos y el poder absoluto corrompe
absolutamente. Su protagonista no deja de ser un Pinocho adulto, arrojado al
cruel universo y obligado a aprender a comprender a los humanos para camuflarse
entre ellos. Pese a haber sido alabada como una obra renovadora del género, en
su fondo último “Justicia Auxiliar” es una novela de ciencia ficción de la
vieja escuela.
Cada vez es
menos frecuente encontrar en la Ciencia Ficción y la Fant
asía material
verdaderamente innovador pero, en manos de un buen escritor, una mezcla de
ingredientes a priori sobados podría convertirse en una historia interesante.
Para mi gusto, “Justicia Auxiliar” no es el caso. Sí, tiene todos los elementos
para conformar una novela magnífica y no le falta ambición, pero, en último
término, no cumple las expectativas y, desde luego, no reinventa el subgénero
de la space opera por muchos premios que haya ganado.

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