sábado, 18 de abril de 2026

2013- JUSTICIA AUXILIAR – Ann Leckie


Ann Leckie es el claro ejemplo de que ese cierto tipo de éxito que se percibe como repentino e inesperado, puede ser, en realidad, es el resultado de años de trabajo y persistencia. Nacida en 1966 en Toledo, Ohio, Leckie creció rodeada de libros. Su padre era ingeniero especializado en el diseño y construcción de puentes, una ocupación de la que luego se haría eco ella en la forma en que imaginaría los sistemas de sus naves de ficción. En cuanto a su madre, era química y trabajó en un laboratorio antes de dedicarse por completo al cuidado de Ann y sus hermanos.

 

Leckie ha mencionado en varias entrevistas que creció en un hogar donde el pensamiento científico y la lógica eran fundamentales. Esa mezcla de precisión técnica heredada de sus padres y su propia formación (estudió Música en la Universidad de Washington, graduándose en 1989) conformó un estilo literario frío, preciso y casi matemático, pero con un ritmo muy melódico. Durante los años 90, su vida se alejó de la escritura profesional mientras desempeñaba diversos trabajos, desde camarera y recepcionista hasta técnico de grabación.

 

Establecida con su marido en San Luis, Missouri, decidió dedicarse a la crianza de sus hijos. Aunque los adoraba, la falta de estimulos intelectuales de esa vida exclusivamente doméstica le hizo sentir que su cerebro, utilizando sus propias palabras, se "derretía". Para combatir esa sensación y redescubierta su pasión por la ficción, empezó a escribir y enviar relatos cortos a revistas especializadas. En 2005, se inscribió en el prestigioso taller de escritores Clarion West. Y eso cambió su vida.

 

Ubicado en Seattle, el Clarion es un taller intensivo de seis semanas que, en el mundo de la literatura fantástica, viene a ser el equivalente a un periodo intensive de adiestramiento en las fuerzas especiales. No es un curso convencional, sino más bien una inmersión total. Los estudiantes viven juntos y deben escribir un relato corto cada semana, además de criticar los de sus 17 compañeros. Se dice que el ritmo es tan brutal que los escritores apenas duermen. Cada semana un autor consagrado diferente dirige el taller. En el año de Leckie, tuvo profesores de la talla de Andy Duncan y, sobre todo, Octavia Butler, que se convirtió en una gran influencia.

 

Allí, Leckie pasó de ser una aficionada con talento a una profesional con una red de contactos y una técnica pulida. Tras salir del taller, no publicó su primera novela inmediatamente llevada por su entusiasmo y encontrada autoconfianza sino que aplicó la disciplina allí aprendida para ir construyéndose un nombre con relatos publicados en algunas de las mejores revistas del género, como “Subterranean Magazine” y “Strange Horizons”. Fundó la revista digital “Giganotosaurus” y se involucró activamente en la SFWA (Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Estados Unidos).

 

Perfeccionar su técnica y cultivar su relación con el entorno profesional y de aficionados del género le llevó ocho años desde que finalizara el taller Clarion. Y fue entonces cuando, aparentemente de la nada, apareció “Justicia Auxiliar”, una novela de debut que consiguió lo que nadie antes: ganar "la triple corona" de la ciencia ficción en un mismo año: el Premio Hugo, el Nébula y el Arthur C.Clarke, además de otros asimismo muy prestigiosos, como el BSFA o el Locus. El impacto fue tal que no solo reorientó la "Space Opera" insertando temas más sociológicos y menos centrados en la tecnología bélica, sino que, de la noche a la mañana, convirtió a Leckie, a sus 47 años, en una de las voces más influyentes del género.

 

En un remoto planeta helado, más allá de las fronteras del Imperio Radchaai, una solitaria figura que se hace llamar Breq está próxima a culminar su búsqueda de venganza. Veinte años antes, la Justicia de Toren era un poderoso transporte de tropas, una de las naves más grandes de la armada Radchaai. Su IA controlaba y supervisaba las acciones de toda la nave, así como las de la multitud de "auxiliares" que servían a sus oficiales humanos, ya fuera como ayudantes o soldados según lo requiriera la ocasión.

 

El Imperio Radchaai, diseminado por la galaxia, se había edificado gracias a naves como la Justicia de Toren y los auxiliares que viajan en ella. Llegan a un sistema, lo sojuzgan, purgan a los elementos más rebeldes, lo integran en el sistema politico, otorgan la ciudadanía a aquellos considerados dignos y convierten al resto en “auxiliares”: criogenizan sus cuerpos para, cuando se les requiera, revivirlos y colocarles implantes que los convierten en meros títeres de la IA de la nave, carne de cañón que actúan perfectamente coordinadas. A todos los efectos, son una extensión de la nave.  

 

Dos décadas atrás, Justicia de Toren era una de esas naves, con milenios de servicio a sus espaldas, que había sido estacionada en la órbita de un mundo recién anexionado. Sin embargo, una traición imprevista se lo arrebató todo y ahora lo único que sobrevive de esa IA es un fragmento, la auxiliar Esk Una Diecinueve, que ahora se hace llamar Breq, pero que recuerda haber sido una inteligencia artificial inmensamente poderosa. Durante años, tuvo que aprender a vivir en un cuerpo humano individual, lidiando con la fragilidad, las emociones y la limitación de no tener una visión periférica constante de todo lo que ocurre a su alrededor. No comprende la razón por la que su nave matriz fue destruida, pero sí sabe quién fue la responsable: Anaander Mianaai, la inmortal Señora de los Radch. Debe pagar por ello, pero ¿cómo se mata a un enemigo que ocupa mil cuerpos diseminados por la galaxia? ¿Y por qué Breq arriesga una y otra vez su vida y el éxito de su misión para ayudar a Seivarden Vendaai, un/una oficial que sirvió en ella hace mil años y que ahora ha despertado de su criogenización y se ha convertido en un/a drogadicto/a?

 

Narrada en primera persona, la historia se divide en dos partes: el presente, que incluye una trama de suspense en la que Breq busca un arma con la que poder matar a Mianaai; y el pasado, donde descubrimos qué sucedió para que emprendiera el camino de esta venganza quijotesca y, a primera vista, inalcanzable. La primera parte del libro, en la que estás dos tramas van alternándose, es la más interesante dado que van desvelando el misterio de la protagonista y sus circunstancias. Pero una vez ese enigma se aclara, la novela pierde varios puntos de interés. Además, el final está escrito de tal manera que se hace casi obligatorio leer el siguiente libro de la saga (que se completaría con “Espada Auxiliar”, 2014; y “Misericordia Auxiliar”, 2015; además de otros relatos cortos y un par de novelas derivadas). No existe una conclusión satisfactoria, sino un final abierto que incita a seguir leyendo.

 

Ann Leckie construye un universo de gran complejidad diseñado con una minuciosidad quirúrgica, en el que cada detalle cultural y tecnológico sirve como vehículo para una exploración profunda de la identidad. Sus personajes habitan un espacio liminal fascinante, moviéndose con naturalidad entre comportamientos humanos reconocibles y lógicas inhumanas que desafían nuestra comprensión tradicional. A lo largo de la historia, la acción se ambienta en tres lugares distintos, planetarios o extraplanetarios, dentro y en los confines del imperio Radch. Uno es un planeta recientemente conquistado y aún no asimilado; otro se encuentra fuera de los límites del imperio; y el tercero es un centro neurálgico, en el corazón de la cultura y el dominio Radchaai. Cada uno se representa no solo con sus propias culturas y subculturas, sino también con marcadas variaciones y divisiones internas. También se menciona a los alienígenas presger, que en algunos aspectos son más poderosos que los Radchaii y con los que se firmó un tratado de paz. Parte de la historia gira en torno a unas armas fabricadas por esos extraterrestres que no pueden ser detectadas por la tecnología Radchaai.

 

A mi juicio exageradamente, se querido comparar la intrincada estructura social y política de los Radchaai con la de “Dune” (1965), pero en cuanto al tono, este Imperio comparte muchos más paralelismos con el Británico durante los siglos en los que controló una vasta red de colonias. El ejército Radchaai se basa en una rígida jerarquía con un Capitán al mando, pero las IAs que controlan las naves y los Auxiliares son tan omnipresentes que resulta difícil discernir quién ostenta mayor autoridad. Las interacciones sociales entre los Radchaai también son muy formales y complejas. Se insinúa más que se muestra una constante y agresiva lucha por el estatus, el reconocimiento, el honor familiar y el mecenazgo. Todos en el Imperio están obsesionados por vestir adecuada y recatadamente (de ahí la fijación por cubrir las manos con guantes). Y por si esos paralelismos con los británicos no fueran suficientes, los humanos del Imperio Radchaai consideran el té como la máxima expresión de ocio civilizado. De hecho, para ellos, el término “Radchaai” equivale a civilización, por lo que todos sus miembros son ciudadanos y todos los humanos ajenos a esa estructura, por consiguiente, bárbaros cuyo asesinato, esclavización y asimilación es aceptable.

 

Desde el principio, se muestran las víctimas de este imperio expansionista, pero las cuestiones morales a que dan lugar sus prácticas no las plantean sus ciudadanos, sino los conquistados, cuya resistencia es inútil, y, aún más interesante, la Auxiliar Breq, tanto en su identidad presente como en la de IA de la Justicia de Toren. El estatus de las IA entre los Radchaai es ambiguo: están subordinadas a los Capitanes pero el Imperio depende por completo de ellas para ejercer su poder militar y la administración de los mundos conquistados.

 

La prosa de Leckie es sobria, clara y contundente y sus tramas entrelazadas mantienen el suspense y el interés, con pausas y cambios de ritmo bien estudiados. Sobre todo, la autora consigue ofrecernos una perspectiva radicalmente inhumana: la psique fragmentada de una inteligencia artificial que una vez fue una nave de guerra. En el pasado, formaba parte de una vasta y eficaz maquinaria bélica en la que todos los implicados, humanos e IAS, tenían la seguridad de estar haciendo lo correcto al extender el equivalente a la Pax Romana por todo el universo. Pero incluso entonces, Esk Una, era especial, como lo demuestra su afición a recopilar canciones de las culturas que los Radchaai asimilaban y luego interpretarlas en boca de todos los Auxiliares que controlaba, creando armonías y coros en una imagen evocadora e impactante: “Mis cuerpos sudaban debajo de las chaquetas del uniforme y, aburrida, abrí tres de mis bocas, que estaban cerca unas de otras, en la plaza del templo. Y con aquellas tres voces canté: «Mi corazón es un pez. Escondido entre las plantas acuáticas…»”.

 

La transición de una conciencia colectiva a la soledad de un solo cuerpo se narra con claridad, permitiendo al lector experimentar esa extrañeza y sensación de pérdida desde el interior de la mente de la propia Breq. Eso sí, a mi parecer, la novela adolece de una falta de descripciones de lugares, personajes, entornos… Es un mundo asombroso, sí, pero que solo existe dentro de los límites de las pocas palabras que la autora emplea para pintarlo, que no salta del libro para envolver al lector.

 

Escribir en primera persona puede ser más difícil de lo que parece, dado que el autor se enfrenta a la difícil decisión de, o bien romper la estructura narrativa con el fin de transmitir información vital sobre sucesos que ocurren en lugares distintos a donde se encuentra el narrador, o bien renunciar a a dicha información. Leckie logra salir airosa del problema. En el tiempo presente, no hay necesidad de cambiar de perspectiva: Breq está sola o acompañada por Seivarden; en cualquier caso, todo lo importante que sucede gira en torno a ella. Y en cuanto a los flashbacks que explican cómo llegó a su situación actual, Breq era una IA con ojos allá donde hubiera un Auxiliar o un sensor de la nave. Esto le permite a la autora escribir esas escenas en primera persona omnisciente.

 

Ann Leckie realiza en “Justicia Auxiliar” una de las exploraciones del género más originales en la ciencia ficción contemporánea, utilizando su enfoque no sólo para ambientar y aportar profundidad a la cultura del futuro, sino como herramienta narrativa con la que desafiar la percepción del lector. Y es que en la cultura Radchaai no se hacen distinciones de género. En su idioma, solo existe un pronombre neutro. Para trasladar esta experiencia al lector, Leckie utiliza el femenino genérico ("ella", "nosotras", "ciudadana") para referirse a absolutamente todos los personajes, sin importar su sexo biológico. Al usar siempre el femenino, la autora obliga al lector a enfrentarse a sus propios prejuicios. A menudo, éste se encuentra intentando "adivinar" si un personaje es hombre o mujer basándose en su comportamiento o apariencia, para luego darse cuenta de que esa información es irrelevante para la trama. Se crea de esta manera una "ceguera de género" que imita la mentalidad de la protagonista.

 

Para Breq, que no deja de ser una inteligencia artificial ajena a la experiencia humana relacionada con la pertenencia biológica y cultural a un género determinado, la diferenciación de los humanos entre hombres y mujeres resulta confusa. Cuando viaja fuera del Imperio Radchaai, tiene que esforzarse por identificar las pistas visuales —como la ropa o la estructura ósea— para usar los pronombres correctos en otros idiomas. Y, aún así, suele equivocarse, poniendo de manifiesto que el género es una construcción social y no algo universalmente obvio.

 

Ha habido quien ha querido comparar “Justicia Auxiliar” con “La Mano Izquierda de la Oscuridad” (1969), pero esa semejanza es solo superficial. La sociedad de los gethenianos de la novela de Le Guin estaba integrada por humanos sin género que solo adoptaban rasgos masculinos o femeninos durante el cortejo y según la dinámica de cada pareja. La escritora proponía así un experimento mental mucho más sutil, imaginando cómo sería una sociedad sin personalidades masculinas ni femeninas, y en qué se diferenciaría de nuestro mundo actual, tan consciente y preocupado por el género.

 

Por el contrario, la sociedad Radchaai de Leckie sí está compuesta de hombres y mujeres, pero a esta diferenciación ya no se le da importancia. Tratándose de CF, podemos legítimamente imaginar que, tras miles de años, la civilización humana no estará tan obsesionada con el género. Los roles dominantes y subordinados ya no estarán ligados al sexo biológico sino que surgirán de las personalidades individuales. Al eliminar las etiquetas de género, Leckie separa las características de cada personalidad de las expectativas sociales tradicionales. De esa forma, los personajes pueden ser militares implacables, políticos astutos o figuras parentales sin que el lector los encasille automáticamente en roles "femeninos" o "masculinos". La anatomía casi nunca se menciona, lo que dessexualiza las interacciones y pone el foco en el poder, la ética y la identidad.

 

Ahora bien, esta elección, tiene sus inconvenientes y dependerá del lector valorar si superan a sus virtudes. El más obvio es la confusión: al carecer de una referencia clara de género para cada personaje, el lector está continuamente inmerso en una búsqueda de pistas que le ayuden a fijar aquél. Esto puede resultar fatigoso y distraer de la trama política y de ciencia ficción, especialmente si no están acostumbrados a literatura con ambición experimental. En la traducción española, además, el reto es aún mayor. Mientras que en inglés el uso de “she/her” es disruptivo pero fluido, en español, un idioma con mucha más flexión de género, el uso del femenino genérico por el que optó el traductor resulta en frases que suenan "extrañas" al oído hispanohablante tradicional.

 

Por otra parte, el efecto conseguido puede ser el opuesto al buscado porque, irónicamente, al usar "ella" para todos los personajes, se corre el riesgo de que el lector termine asumiendo un masculino genérico mental. Al eliminar las marcas de género, Leckie también sacrifica ciertas herramientas de descripción rápida. Y claro, también están los problemas de caracterización visual. Como todos los personajes son "ella", la autora se ve obligada a ser mucho más específica con otros rasgos (estatura, color de piel, uniformes, gestos) para evitar que unos y otros se mezclen en la mente del lector.

 

Y relacionado con la caracterización, este es otro punto que me parece manifiestamente mejorable. Entiendo que en la cultura Radchaai, no solo el lenguaje es uniforme; también lo es la estética. El Imperio trata de homogeneizar a todos sus sirvientes y a quienes se resisten a ello los “reeduca”. Al hablar y vestir todos de forma similar y ser referidos con el mismo pronombre ("ella"), la mente del lector, como acabo de decir, puede acabar creando una masa gris de personajes. El resultado es que, por ejemplo, hay que hacer un esfuerzo consciente para recordar si Anaander Mianaai es distinta de Seivarden, porque el lector no dispone del "archivo mental" automático de "él" o "ella" para individualizarlas.

 

A esto se suman otras limitaciones, desconozco si producto del estilo prosístico de la autora o de la elección de su narradora. Breq es una inteligencia artificial y, por tanto, un ser que tiene una forma clínica y distante de ver a los demás: se fija en la dilatación de las pupilas, el ritmo cardíaco o el tono de voz, pero rara vez describe a los personajes de forma que nos resulten "entrañables" o visualmente únicos, como, por ejemplo, mencionando el color del pelo, cicatrices o rasgos faciales. Vemos el mundo a través de un sensor, no de un ojo humano. Y si no se puede visualizar la cara de un personaje y tampoco asignarle un género, éste se convierte en una voz incorpórea. Comprendo que a la hora de abordar la lectura de esta novela, conviene no enfocarse en quién es hombre y quién mujer, sino clasificar cada personaje en function de su estatus o postura ética, pero, al menos en lo que a mí respecta, este recurso en concreto me resultó un incordio al extenderse más de cuatrocientas páginas.

 

Por otra parte, el concepto de Auxiliares es algo confuso. Entiendo que se trata de lo que podríamos denominar "soldados cadáver", humanos cuyas personalidades y recuerdos han sido borrados y que están bajo el control de una IA. Esta tecnología permite a las IAs tener ojos, oídos y control en toda una nave, estación o planeta. Anaander Mianaai, la Señora del Radch, también tiene auxiliares, pero descubrimos que una raza alienígena se ha infiltrado en algunos de ellos. Así que ésta debe ocultarse a sí misma algunas de sus propias actividades para que los auxiliares “rebeldes” no sepan lo que hacen los “puros”. Pero este Trastorno de Identidad Disociativo invalida la idea de que la Inteligencia central tenga control absoluto sobre los auxiliares y que algunos piensen por sí mismos. ¿Es esto un fallo argumental o está pensado para desarrollarse mejor en un volumen posterior?

 

“Justicia Auxiliar” es una novela compleja. Rebosa buenas ideas, conceptos interesantes, un ritmo ágil, una trama razonablemente bien desarrollada y temas importantes (el género, la inteligencia artificial, la consciencia y conciencia colectivas, la naturaleza de los imperios) y, desde luego, el aspecto en el que se ha centrado buena parte de los comentarios, positivos y negativos: el lenguaje sin género. Pero también hay demasiadas cosas que tienen un sabor familiar, una mezcla de los Borg, HAL 9000, el Imperio de Star Wars y el mundo helado y andrógino de “La Mano Izquierda de la Oscuridad”. Es más, examinadas de cerca, sus planteamientos resultan decepcionantemente simples: los imperios son malvados, los sistemas de clases son opresivos y el poder absoluto corrompe absolutamente. Su protagonista no deja de ser un Pinocho adulto, arrojado al cruel universo y obligado a aprender a comprender a los humanos para camuflarse entre ellos. Pese a haber sido alabada como una obra renovadora del género, en su fondo último “Justicia Auxiliar” es una novela de ciencia ficción de la vieja escuela.

 

Cada vez es menos frecuente encontrar en la Ciencia Ficción y la Fantasía material verdaderamente innovador pero, en manos de un buen escritor, una mezcla de ingredientes a priori sobados podría convertirse en una historia interesante. Para mi gusto, “Justicia Auxiliar” no es el caso. Sí, tiene todos los elementos para conformar una novela magnífica y no le falta ambición, pero, en último término, no cumple las expectativas y, desde luego, no reinventa el subgénero de la space opera por muchos premios que haya ganado.

 

 

 

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