El título de esta miniserie de seis episodios de una hora de duración producida por HBO sugiere algún documental conspiranoico del tipo que abundan en YouTube. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que tenemos aquí es una Ucronía o Historia Alternativa, un subgénero en el que la Historia discurrió de una forma diferente a la que conocemos, ya sea con los nazis ganando la Segunda Guerra Mundial, los dinosaurios sobreviviendo al paso de un meteorito que no impactó o un Imperio Romano de Occidente que se extendió más allá del siglo V d.C.
El primer ejemplo de Ucronías en el ámbito cinematográfico
fue “It Happened Here” (1965), ambientada en una Inglaterra conquistada por los
na
zis. A lo largo de los años, fueron desfilando, de forma bastante esporádica,
otros escenarios de historia alternativa: “Quest for Love” (1971), que presenta
un mundo en el que Kennedy sigue siendo presidente y la guerra de Vietnam nunca
se libró; “Patria” (1994), en la que Alemania había ganado la Segunda Guerra
Mundial; “Atrapado” (1995), con unos Estados Unidos donde los negros se han
convertido en mayoría y los blancos en minoría; “C.S.A.: Estados Confederados de América”, ambientada en una Norteamérica en la que el Norte perdió la Guerra
Civil y la esclavitud perduró hasta la actualidad; o “Yesterday” (2019), cuyo
protagonista se despierta en un mundo en el que los Beatles nunca se juntaron.
Gracias a la mayor libertad de formato y diversidad de
temas que permiten las plataformas digitales, e
n los últimos años, la Historia
Alternativa ha aumentado su presencia en la televisión. Por ejemplo, tenemos
“El Hombre en el Castillo” (2015-2019), ambientada en unos Estados Unidos
divididos por las fuerzas de ocupación nazis y japonesas. Un tratamiento más
interesante del mismo tema fue el de la miniserie británica “SS-GB” (2017), que
retrataba una Inglaterra bajo la ocupación nazi. Por otra parte, aún sigue viva
“Para Toda la Humanidad” (2019- ), que imagina qué hubiera pasado de haber sido
los rusos los primeros en llegar a la Luna; y “Pares y Nones” (2020- ) transcurre
en una Inglaterra colonizada por África y cuya población blanca ha pasado a ser
minoría.
Originalmente, “La Conjura contra América” fue una novela
publicada en 2
004 y escrita por Philip Roth. En su época, Roth obtuvo un gran
reconocimiento de la crítica gracias a un conjunto de novelas a través de las
cuales analizó la identidad judía, la sexualidad, la mortalidad y la historia
de su país, como “El Mal de Portnoy” (1969), “Pastoral Americana” (1997) o “La
Mancha Humana” (2000). Roth ganó casi todos los premios literarios existentes
(Pulitzer, National Book Award, Man Booker International), aunque falleció en
2018 sin haber recibido el Premio Nobel de Literatura, lo cual sigue siendo
motivo de debate y queja entre sus seguidores.
Varias de sus novelas han sido adaptadas al cine, aunque la
que ahora nos ocupa es la única que califica dentro de la Ciencia Ficción. Roth
la escribió basándose parcialmente en su propia infancia en Newark y en los
prejuicios que sufrió como niño judío. En la historia aparece un personaje
llamado Philip, de una edad similar a la que Roth tenía en aquel entonces, y la
familia protagonista guarda muchas similitudes con la suya.
Por otra parte, Roth basó gran parte de su argumento en la
figura de Charles L
indbergh (1902-1974). Éste era un anónimo piloto del servicio
postal aéreo estadounidense cuando, en 1927, realizó el primer vuelo
transatlántico en solitario y sin escalas de Nueva York a París. Esto lo
convirtió de la noche a la mañana en un héroe nacional y, posteriormente,
realizó numerosas giras por todo el mundo. En una de ellas, en 1938, en
Alemania, Hermann Göring le otorgó una medalla. Durante la Segunda Guerra
Mundial, Lindbergh destacó como un ferviente opositor a la entrada de Estados
Unidos en el conflicto y ejerció de portavoz del Comité America First, que
abogaba por la no intervención. La postura de Lindbergh sobre la raza y, en
concreto, contra el pueblo judío, ha generado considerable controversia desde
entonces. Se manifestó en este sentido en repetidas ocasiones y los
historiadores siguen debatiendo si era o no un simpatizante nazi. En varias
foros aseguró que Hitler no representaba una amenaza; él y Henry Ford eran
amigos y, al parecer, cuando se reunían, hablaban con frecuencia sobre la
perniciosa influencia que, según ellos, ejercían los judíos.
Años antes de que se produjera la miniserie que ahora nos
ocupa, David Simon (creador de “The Wire”) recibió una oferta de HBO para
adaptar la novela. En ese momento, el guionista rechazó el proyecto
argumentando que, aunque admiraba a Roth, la premisa d
e un Estados Unidos
cayendo en el fascismo le parecía "demasiado improbable" en el
contexto político de aquel entonces. Pensaba que las instituciones democráticas
eran demasiado fuertes como para que la historia pareciera verosímil. Sin
embargo, tras las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, cambió
radicalmente de postura. Al observar el resurgimiento del populismo, la
retórica del "America First" y la polarización social, llegó a la
inquietante revelación de que la novela ya no era una fantasía ambientada en el
pasado sino un espejo del presente. Antes de morir en 2018, Roth se reunió con
Simon para discutir la adaptación. Aunque el escritor era conocido por ser muy
protector con su obra, el enfoque propuesto le convenció y dio su visto bueno.
En 1940, en Newark, Nueva Jersey, Herman Levin (Morgan
Spector) r
e
acciona con consternación ante el éxito que cosecha en sus
apariciones públicas el aviador Charles Lindbergh y cuando anuncia la
presentación de su candidatura a la presidencia norteamericana con una política
que defiende la neutralidad y, por tanto, la no intervención en la guerra que
se está librando en una Europa ya conquistada o todavía asediada por los nazis.
Bajo el lema "America First", capitaliza el miedo de las familias
estadounidenses a ser arrastradas a otra guerra europea y se presenta como el
"candidato de la paz", argumentando que los intereses de EE. UU. no
coinciden con los de los aliados europeos.
Lo que indigna a Herman, demócrata convencido, es que la
retórica populista de Lindbergh no oculta sus ideas antisemitas, sugiriendo que
son los judíos los que han ido empujando al país hacia la guerra. Y es que Herman
es un judío que vive en una comunidad hebrea de clase media y bien integrada, y
se gana la vida como laborioso y orgulloso agente de seguros para MetLife. Las
noticias que llegan de Europa referentes al destino de los judíos son cada vez
más preocupantes y Herman las sigue con atención, compartiendo su preocupación
con su esposa Bess (Zoe Kazan). La solterona Evelyn Finkel (Winona Ryder),
hermana de Bess, inicia una relación sentimental con el rabino Lionel
Bengelsdorf (John Turturro), quien se manifiesta públicamente a favor de
Lindbergh, afirmando que éste ni es nazi ni apoya las políticas antisemitas de
Hitler.
El apoyo de la comunidad judía (o parte de
ella, a la que
da voz Bengelsdorf), resulta crucial para el “blanqueamiento” de Lindbergh y su
consecuente victoria electoral sobre Roosevelt. Inmediatamente tras ganar la
presidencia, firma un pacto de no agresión con la Alemania nazi, manteniendo
reuniones cordiales con diplomáticos alemanes e invitando a la Casa Blanca a Joachim
von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores de Hitler. Ese acuerdo garantiza
que Estados Unidos no intervendrá en las políticas nazis en Europa ni en la
expansión alemana, validando así internacionalmente al nefasto régimen.
Para desarticular la cohesión de la comunidad judía nacional
sin recurrir a campos de concentración, el gobierno de Lindbergh implementa
programa
s sociales orquestados por la recién creada Oficina de Absorción
Estadounidense (OAA). Por ejemplo, Just Folks (Gente Común), con el que, en periodo
estival, se envía a niños judíos a granjas en el interior del país (como
Kentucky) para "americanizarlos". El objetivo real es separarlos de
sus raíces y debilitar su identidad cultural; o “Homestead 42”, una ley de
reasentamiento que obliga a familias judías enteras a mudarse de enclaves
urbanos a zonas rurales aisladas del sur y el oeste, bajo la excusa de la "integración",
pero con el fin de dispersar su fuerza política y electoral y privarles de
apoyo comunitario y soporte cultural.
El sobrino de Herman, Alvin (Anthony Boyle), viaja a Canadá
y se alista para servir en la guerra, pero termina perdiendo una pierna durante
su primera misión, en Noruega. Al regresar a Estados Unidos, es acusado de traición
por violar la política de no intervención estadoun
idense y, como consecuencia,
excluido de cualquier trabajo –vía presiones del FBI de Hoover-. Tras criticar ácidamente
a Bengelsdorf durante una cena familiar, los Levin se encuentran con la
sorpresa de haber sido seleccionados para participar en el mencionado proyecto
Homestead 42. Herman opta por dimitir de su trabajo y emplearse como mozo de
carga en la empresa de su hermano, empeñándose en permanecer en Estados Unidos
pese a que Bess le insta a que huyan a Canadá mientras aún estén a tiempo.
Conforme pasan los meses, el ambiente se enrarece primero y se degrada
rápidamente después, tanto en el plano democrático como en el de la convivencia
social.
A diferencia de la mayoría de las obras de Historia Alternativa,
Sim
on y su coguionista, Ed Burns (su colaborador en “The Wire”) escogen no
presentar de inmediato el punto Dunbar, esto es, el momento crítico en el que
esa Historia de ficción diverge de la nuestra. Al menos durante los dos
primeros episodios, la serie no se preocupa tanto del contexto histórico como
de los personajes y su devenir cotidiano. Esto tiene todo el sentido, porque
cada pequeño fragmento de ese drama familiar, acabará desempeñando un papel
importante en los acontecimientos por venir.
La trama empieza a cobrar fuerza al final del segundo episodio,
cuando el rabino Bengelsdorf pronuncia su elocuente discurso pro-Lindbergh.
A partir de aquí, vamos asistiendo al lento y sutil d
eslizamiento del país
hacia el antisemitismo: el rechazo que sufren los Levin en el hotel que habían
reservado en Washington D.C., el acalorado enfrentamiento con un hombre en un
restaurante… Luego viene la introducción de la Ley Homestead 42 y la
enumeración de las empresas (aún existentes hoy, como Coca-Cola, IBM y General
Motors) que la apoyan de grado o se arrugan ante las presiones del gobierno
para que señalen sus empleados judíos susceptibles de ser “exiliados”. A quien
no se ve demasiado es al propio Charles Lindbergh, siempre una figura distante
cuyos discursos son proyectados en los noticieros cinematográficos (su esposa
tiene mucho más tiempo en pantalla que él), aunque al que sí se retrata como un
auténtico canalla –y sólo hace falta una escena- es a Henry Ford.
Es en el sexto y último episodio donde todas las piezas encajan
p
or fin en el drama, para entonces convertido en un thriller angustioso: las
escenas en las que Sheldon (Jacob Laval) pide ayuda por teléfono a Bess sabedor
de que han asesinado a su madre; el viaje de ida y vuelta de Herman y su hijo
para recoger al niño en Kentucky, sorteando barricadas del Ku-Klux-Klan y
cadáveres incinerados en sus coches; la participación de Alvin en una oscura
trama de la que nada le cuentan…
La miniserie desarrolla sus temas y personajes con una
sutileza y realismo que contrastan con los excesos s
atíricos de otras
distopías. La paranoia se instala en la mente de los Levin y otros cercanos a
ellos, de modo que dejan de confiar incluso en personas con motivos loables. La
progresista Evelyn y el rabino pacifista Bengelsdorf, aunque alimentan su
vanidad con el roce con las esferas de poder, creen en el fondo que lo que
hacen es por el bien del país, aunque terminan convertidos en colaboradores de
un gobierno que cada vez oculta menos sus inclinaciones filonazis. La rebeldía
adolescente de Sandy (Caleb Milis) lo lleva por una dirección similar, mientras
que las trágicamente frustradas inclinaciones heroicas del inquieto Alvin lo acabarán
integrando en el submundo criminal. Y, desde luego, una administración que
quiere anteponer los intereses de Estados Unidos a los de otros países, termina
por verse envuelta y comprometida con dictaduras extranjeras.
“La Conjura contra América” es una miniserie que descansa
en los personajes y, por tanto, en el trabajo interpretativo de todo el elenco.
En este sentido, el nivel es sobresaliente incluso entre los actores más
jóvenes, aunque yo destacaría el trabajo de John Turturro y Zoe Kazan. Ésta
última mantiene un perfil discre
to durante gran parte de la trama, pero hay
momentos en los que inesperadamente demuestra su valía y fuerza interior, como
ese en el que, en el último episodio, tiene que animar a Sheldon a valerse por
sí mismo por teléfono mientras en el exterior de su casa suenan disparos. De
hecho, los momentos más emotivos de la miniserie giran en torno a Sheldon, un
personaje que parece escrito para tocar todas las fibras sensibles posibles: es
un niño, su padre está gravemente enfermo y, debido a lo que parece un autismo
no diagnosticado, es socialmente inepto y nadie quiere jugar con él.
“La Conjura contra América” es una
serie estéticamente
impecable. El equipo de producción dedicó mucho esfuerzo a recrear los
escenarios con el máximo detalle, de modo que los edificios, el vestuario, los
muebles, los automóviles… parecen tan reales que se diría que uno podría
atravesar la pantalla, olerlos y tocarlos. La paleta cromática y el trabajo de Martin
Ahlgren en la dirección fotográfica consiguen una nitidez exquisita.
Roth escribió su novela durante la presidencia de George W.
Bush, pero a Burns y Simon no les costó retorcer algo la historia para que los
espectadores de su adaptación pudieran fácilmente establecer paralelismos entre
“s
u” Charles Lindbergh y Donald Trump; las declaraciones del aviador contra el
pueblo judío y los ataques de Trump contra los latinoamericanos; las políticas
de reubicación de familias y los niños inmigrantes encerrados en jaulas; entre
el KKK campando a sus anchas por las calles y los grupos armados que invadieron
el Capitolio; entre la negativa de Lindbergh a condenar la violencia de las
turbas y la frase de Trump “Hay gente muy buena en ambos bandos” (agosto de
2017, durante una rueda de prensa en respuesta a los violentos incidentes
ocurridos días antes en Charlottesville, Virginia, cuando grupos de extrema
derecha, incluyendo neonazis y miembros del KKK, organizaron la marcha
"Unite the Right" para protestar por la retirada de una estatua del
general confederado Robert E. Lee).
Si bien Roth, Simon y Burns se centran en una comunidad
judía, lo que cuentan bien puede aplicarse a cualquier ot
ra minoría racial o
religiosa en nuestra línea temporal. Esa, sin embargo y al mismo tiempo, es
también una pega de la miniserie: no se hace mención alguna a otros grupos
sociales que bien podrían estar poniendo sus barbas a remojar tras la victoria
de Lindbergh. Me cuesta creer que en una América tan polarizada racialmente
como la que vemos aquí, otros grupos no se vieran afectados, como sí lo fueron
en la vida real. Cabe recordar que, en nuestro mundo, los estadounidenses de
origen japonés fueron confinados en campos hacia el final del período en el que
se desarrolla la miniserie, por el gobierno mucho más liberal de Franklin
Delano Roosevelt.
Esto, por supuesto, nos lleva a la pregunta de qué sucedió
con Pearl
Harbor en esta línea temporal. Aquel ataque en 1941, marcó el
comienzo de la guerra de Estados Unidos y Japón, pero en la miniserie la acción
termina en noviembre de 1942, cuando (ATENCIÓN: SPOILER HASTA EL FINAL)
Lindbergh desaparece misteriosamente. El bombardeo no fue un arrebato impulsivo,
sino una decisión estratégica desesperada. Japón sentía que Estados Unidos le había
puesto una soga al cuello y que la única forma de sobrevivir como imperio era
asestar un golpe que sacara a la flota estadounidense del tablero. Japón estaba
inmerso en una guerra de expansión en China y, como respuesta a esa agresividad
y las atrocidades cometidas en aquel país, Estados Unidos (bajo el gobierno de
Roosevelt) impuso severas sanciones económicas. La más crítica fue el embargo
de petróleo en agosto de 1941. S
in petróleo, la maquinaria de guerra japonesa
se detendría en meses. Japón vio esto como un acto de guerra indirecto y
decidió que debía capturar las reservas de petróleo en las Indias Orientales
Holandesas (actual Indonesia) y los recursos del resto del Sudeste Asiático. El
imperio nipón sabía que la Flota del Pacífico norteamericana, estacionada en
Hawái, era la única fuerza capaz de hacerls frente. En la miniserie no cuesta
imaginar que, como parte de su política de neutralidad-contemporización con
regímenes totalitarios, Lindbergh no llegó nunca a ordenar un embargo contra
Japón y, por ende, ese imperio siguió expandiéndose libremente por Asia.
El final
de la miniserie es ambiguo. Una poco aclarada
conspiración de “amantes de la libertad”, hacen desaparecer al presidente
mientras pilota su avión rumbo a algún acto político. Su esposa, Anne Morrow
Lindbergh toma el relevo de su marido, dando marcha atrás a las políticas
antisemitas (aparentemente, sin el respaldo de ninguna ley del Congreso). Anne,
en la vida real, apoyaba las ideas de Lindbergh y era políticamente activa, pero
si poseía la perspicacia y capacidad para ejercer ese talento es una gran
incógnita. La miniserie la presenta como una especie de hada madrina cuyas
verdaderas intenciones y pensamientos quedan siempre ocultos tras una fachada
de elegancia e impecables modales.
Igualmente indeterminada es la resolución definitiva. La
convocatoria de nuevas elecciones viene acompañada del robo de urnas de los
colegios electorales en los que las clases populares son mayoritarias, lo que
hace igualmente probable que, o bien Roosevelt gane y “reconduzca” la línea
temporal hacia la que nosotros c
onocemos, o bien acabe siendo víctima del fraude
y los conspiradores sitúen a otro títere pronazi en el Despacho Oval.
“La Conjura contra América” es una muy recomendable obra del subgénero de Historia Alternativa. Como tantas producciones de HBO, es una serie que se cuece a fuego lento, así que nadie espere aquí generosas dosis de acción ni un thriller convencional, sino drama y suspense contenido. Y si las semejanzas con nuestra propia época provocan sensación de incomodidad en el espectador, es porque así debe ser. Las mejores ucronías inventan mucho menos de lo que podríamos imaginar.

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