jueves, 10 de enero de 2019

1987- ROBOCOP – Paul Verhoeven (1)


Nadie vio venir a “Robocop” y mucho menos los mismos espectadores que acabarían convirtiéndolo en un éxito. La película se anunciaba en trailers y anuncios como un violento film de serie B, una derivada fantacientífica del género de drama policiaco más sucio que floreció en los setenta y ochenta. Pero además de constituir un giro refrescante –y especialmente sangriento- respecto a lo habitual en ese tipo de películas, también resultó ser sorprendentemente divertida, inesperadamente satírica y mordaz. En definitiva, un ilustre miembro de esa reducida categoría que podría denominarse “basura inteligente”.


La acción transcurre en el distópico Detroit de un futuro cercano, donde la empresa privada OCP (Omni Consumer Products Corporation) dirige la fuerza de policía. Los ejecutivos de aquélla quieren aumentar sus ingresos derribando la parte vieja y muy deteriorada de la ciudad y edificar allí un ambicioso proyecto urbanístico. Para ello se sirven de la policía, que debe limpiar de peligrosos criminales la zona. Sin embargo, los efectivos disponibles, mal dotados y enfrentados a un tipo de delincuentes extraordinariamente violentos, no son suficientes. Así, aparecen dos proyectos posibles con los que reforzar el cuerpo policial: un robot fuertemente armado y un ciborg. Tras el estrepitoso fracaso del primero durante una prueba, el presidente de OCP da vía libre al segundo.

Mientras tanto, el agente de policía Alex Murphy (Peter Weller) llega a su nuevo destino, una
complicada comisaría donde le emparejan con Ann Lewis (Nancy Allen). En su primer día de patrulla se topan con una banda de sádicos criminales liderados por Clarence Boddecker (Kurtwood Smith) y éstos les reducen y torturan a Murphy volándole a tiros los brazos y las piernas antes de dejarle por muerto. El ambicioso ejecutivo de OCP a cargo del proyecto ciborg, Robert Morton (Miguel Ferrer), reclama la propiedad del cuerpo para la empresa, le borra la memoria de su comatoso cerebro y lo reconstruye con un exoesqueleto blindado y un ordenador en su cabeza. Nace así Robocop.

Pero la personalidad y recuerdos de Murphy no han sido completamente eliminados y cuando éstos empiezan a aflorar, el ente que ahora forman él y el ciborg Robocop deben aprender a convivir en una nueva realidad al tiempo que busca a los criminales que le asesinaron. Éstos, sin embargo, cuentan con el apoyo encubierto de individuos bien situados en la propia corporación que está a cargo de la policía….

Después de dar muchas vueltas con su guión a cuestas, Michael Miner y Ed Neumeier
consiguieron vendérselo a la productora Orion, que aún recordaba lo bien que había funcionado “Terminator” (1982), película que no habían producido pero sí distribuido. Al fin y al cabo, de lo que se trataba aquí era de algo parecido, ¿no? Pero en vez de con un “robot” malo, con uno bueno. Y entonces empezó la búsqueda de un director que poner al frente del proyecto, tarea que se reveló más difícil de lo esperado. A priori, el guión no prometía demasiado: la idea de un policía robotizado o ciborg no era nueva, la trama cabía en un dedal y los diálogos parecían sacados de una película de serie B. De hecho, cuando Verhoeven leyó el guión lo rechazó por "estúpido" y fue su mujer quien le urgió a que reconsiderara su decisión. Y lo hizo, descubriendo que, después de todo y tras darle un toque más realista y transformar la comicidad que planteaba el libreto original en descarnada sátira, “Robocop” podía ser un vehículo perfecto para sus obsesiones y estilo. La idea de Neumeier de una compañía de defensa con tendencias neofascistas conspirando para rehacer el centro de Detroit mientras sus corruptos ejecutivos cerraban tratos con criminales (idea basada muy libremente en las propias experiencias de Neumier como ejecutivo de la industria del cine y sus opiniones sobre la guerra de Vietnam), le brindaron a Verhoeven el escenario ideal sobre el que desplegar un ácido comentario social, una metáfora sobre el potencial deshumanizador de la tecnología y, por supuesto, salpicarlo todo con la sangre y explosiones desmesuradas que tanto le gustaban .

Muchos aficionados a la CF fruncieron el ceño cuando se anunció el título de la película y el eslogan que lo acompañaba: “Parte hombre. Parte Máquina. Todo Policía”. Al fin y al cabo los policías robotizados habían sido asiduos de la televisión y el cine setenteros, normalmente emparejados con algún inspector veterano, gruñón y reacio inicialmente a aceptar a su inusu
al compañero. Pero la desconfianza dio paso a la entrega absoluta ante la perversa combinación de ultraviolencia, acción y sátira que ofrecía la película.

Y así, de forma inesperada, “Robocop” obtuvo un éxito colosal. Realizado con un modesto presupuesto de 13 millones de dólares recaudó 53 sólo en Estados Unidos y se convirtió en un blockbuster internacional. No tardó en obtener la consideración de clásico moderno del género, se hicieron secuelas, una serie de animación y en la década siguiente a su estreno el tema del policía ciborg (u “organismo cibernético”, término acuñado en 1960 y que hace referencia a un ser orgánico con partes mecánicas o viceversa) fue uno de los más utilizados por el cine que mezclaba acción y CF.

Quizá lo más sorprendente fueron las buenas críticas que recibió por parte de comentaristas no
especializados en el género. Tanto es así, que apareció en muchas listas de los mejores films del año, una rareza tratándose de una película de CF y acción. Y es que aunque en su momento “Robocop” ya era claramente un film tremendamente violento, este “pequeño” detalle fue o bien pasado por alto o bien excusado por los periodistas (los mismos que precisamente por esa misma razón castigaron duramente posteriores films de Paul Verhoeven con el mismo o mayor grado de violencia explícita). Quizá lo que hizo que la gente obviara el impacto de las escenas de violencia fue el tono inteligentemente sarcástico que permeaba la historia y su comentario social, que alcanzaba casi el grado de lo intelectual.

Más allá de la trama de acción que articula la película, “Robocop” es una ácida sátira de la América de Reagan. En una época en la que se popularizaron términos como “tiburón de los
negocios”, “OPA hostil” o “La Codicia es Buena”, Reagan (y Margaret Thatcher al otro del Atlántico) encabezó una era de enriquecimiento financiero cuyo precio fue el recorte del gasto gubernamental y la privatización de los servicios públicos en la creencia –que el tiempo ha desmentido- de que una empresa privada podía prestar los mismos servicios con mejor nivel de calidad y por menos dinero. En ese contexto, la idea de un cuerpo de policía gestionado de forma privada parecía la extensión lógica de tal política (de hecho, poco después del estreno de la película, en los Estados Unidos empezaron a abrirse penitenciarías privadas).

Asimismo, el mazazo a los fondos públicos tuvo como consecuencia la desaparición o drástico desplome de los servicios sociales que se prestaban a las capas más desfavorecidas de la sociedad. La derivada inmediata fue un incremento masivo de la delincuencia, fenómeno al que la administración Reagan respondió con una política de mano dura en la promulgación y ejecución de leyes. Fue por entonces que también se anunció la campaña de Guerra contra las Drogas y se autorizó la venta de excedentes militares a las agencias de mantenimiento del orden, lo que permitió crear equipos SWAT fuertemente armados.

En el cine, las dos películas esenciales que reflejan el reaganismo americano fueron el documental “Roger y Yo” (1989), de Michael Moore, sobre el coste humano de las reestructuraciones corporativas; y la película de Oliver Stone “Wall Street” (1987), que ponía de manifiesto la amoralidad y codicia sin límites del ejecutivo financiero norteamericano. De hecho, “Robocop” presenta no pocos puntos en común con “Wall Street” y otra película de Stone, “Asesinos Natos”, en la el polémico director que trató de satirizar el fetichismo de los medios de comunicación hacia la violencia.

De todo ello, es evidente, bebieron los guionistas de “Robocop” para crear esta visión satírica de la inmoralidad corporativa, las fuerzas de seguridad privatizadas y puestas al servicio de
intereses privados y el ensalzamiento neofascista de combatir el crimen por el mero recurso del endurecimiento de los métodos policiales. Sátira que se articula no sólo en la propia trama sino en el humor negro de los insertos “publicitarios” de videojuegos sobre la guerra nuclear, la Iniciativa de Defensa Estratégica o “Star Wars” impulsada por Reagan; o los programas televisivos tan populares como vacíos de contenido. Verhoeven declaró en entrevistas que la idea de esa televisión vacua y orientada a la publicidad la tuvo cuando en 1986, recién llegado a Hollywood, en la habitación de su hotel, asistió al desastre del transbordador espacial Challenger, una tragedia continuamente interrumpida por anuncios de vendedores de coches usados y estupideces semejantes (la integración visual y conceptual de la televisión en una estructura narrativa, sin embargo, había sido presentada antes en el mundo del comic, en obras como “American Flagg” (1983), de Howard Chaykin; o “El Regreso del Caballero Oscuro” (1986), de Frank Miller).

Fue ese formato de película de acción que, utilizando el humor negro y la hipérbole, ofrecía una visión de las corrientes sociales, económicas, culturales y políticas de los Estados Unidos de los
ochenta, lo que le dio a “Robocop” la justificación intelectual que convenció tanto a público como a crítica.

Por otra parte cabría preguntarse si “Robocop” es de verdad una sátira. ¿Se trata de una aproximación deliberadamente irónica a la ultraviolencia tan presente en el cine de acción? ¿O, con una perspectiva más amplia de la carrera de Verhoeven de la que se tenía entonces, estamos sólo ante una feliz concurrencia de guión inteligente y director entregado a su inclinación por la violencia explícita?

Antes de llegar a Estados Unidos el holandés Paul Verhoeven ya era en su país un director famoso pero polémico cuyas películas solían combinar sexo y violencia explícitos. Debutó en la
pantalla grande con “Delicias Holandesas” (1971), una historia basada en las memorias de una prostituta real de Amsterdam y que marcó la pauta al futuro y frecuente interés del director por el material subido de tono. Siguieron otras películas para el mercado holandés como “Delicias Turcas” (1975), acerca de los amoríos de un artista (interpretado por Rutger Hauer en su primer papel); “Un Novia Llamada Katie Tippel” (1975), también sobre prostitución; el exitoso “Eric, Oficial de la Reina” (1977); “Vivir a Tope” (1980), contando las vidas de ciclistas quinceañeros en una pequeña ciudad; y la extraña e interesante “El Cuarto Hombre” (1983), en la que mostraba sexo hetero y homosexual, mutilaciones, traumas craneales y suficiente iconografía religiosa como para soliviantar a todos los predicadores del país. Pero la película que empezó a mostrar de verdad su amor por los excesos fue su primer éxito internacional, la ultraviolenta “Los Señores del Acero” (1985). Fue el éxito de esta última cinta la que le abrió las puertas de Hollywood.

Se ha dicho que además de una actualización del mito de Frankenstein (la criatura fabricada
por el hombre que toma conciencia de sí mismo y se vuelve contra su creador), “Robocop” toca el tema de la lucha del hombre contra la máquina que quiere poseerle, una idea que a raíz del impacto de la película sería retomada por muchos otros films. Es esta una afirmación sobre la que cabe cierto debate porque aunque Peter Weller interpreta muy bien al ciborg, el director apenas se molesta en retratar su parte humana como Alex Murphy antes de acabar con él. Al contrario, Verhoeven pone el énfasis no tanto en la reaparición de la humanidad de Murphy como en las hiperbólicas escenas de Robocop en acción para luego pasar a las detestables intrigas y corrupciones corporativas, que reciben más tiempo en pantalla que el sufrimiento interior de Murphy. Así que es lícito preguntarse: ¿Realmente le interesa a Verhoeven la humanidad de Murphy? La escena en la que el policía es poco a poco asesinado a tiros resulta impactante, pero tras la enésima muerte por métodos aún más sangrientos (inmersión en ácido tóxico, disparos a la cabeza, explosiones…) la brutalidad de ese pasaje inicial queda enterrado por una montaña de violencia. Verhoeven disfruta más con la provocación y la violencia explícita que con la exploración de la psique de sus personajes.

Es más, el tono que adoptan esas escenas y otras protagonizadas por Robocop en plena acción, es de claro sarcasmo. Puede ser ilustrativo comparar esta película con otras de la época, como por ejemplo las protagonizadas por Arnold Schwarzenegger entonces: “Comando” (1985),
“Ejecutor” (1986) o “Depredador” (1987), donde el musculoso actor austriaco era presentado como una especie de imparable superhéroe que despachaba a sus adversarios con la mayor facilidad y violencia posibles mientras lanzaba bromas y juegos de palabras; o las fantasías de justicieros como la saga de “Harry el Sucio” (1971) con Clint Eastwood o “Cobra” (1986) de Sylvester Stallone. Todos ellas son películas cuya violencia, por exagerada, tiene un aire irreal; también “Robocop”, pero a diferencia de la catarsis moral que suponía ver a Harry Callahan cargándose criminales que se merecían lo peor o al arrogante superhombre de turno interpretado por Schwarzenegger triunfando sobre sus enemigos, en esta ocasión todo eso es reemplazado por un humor negro que se toma la exterminación de criminales como una gran broma.

(Aunque a menudo se cita como influencias reconocidas de Edward Neumeier a la hora de escribir el guión a “Blade Runner” (1982) en lo que se refiere a la situación invertida de un ser
artificial persiguiendo humanos; y al Juez Dredd (1977- ) como policía sin emociones protagonizando violentas historias cargadas de sátira, se suele obviar un precedente a mi juicio claro: “Deathlok” (1974), un personaje ciborg de la Marvel que anticipó muchas ideas presentes en “Robocop”, como la del soldado muerto en acto de servicio y resucitado como ciborg, la interfaz visual/ vocal con la computadora, la búsqueda de su familia y su intento de ajustarse a una nueva realidad. Al fin y al cabo, Robocop tiene mucho en común con los superhéroes “con problemas” de la Marvel, en su caso la pérdida de memoria y familia y el encontrarse alienado del mundo al que pertenecía).

Sospecho que a Paul Verhoeven no le gusta demasiado la gente. Pocos de los protagonistas de sus películas resultan particularmente cálidos para el espectador. Dedica poco o ningún
esfuerzo a procurar que el público pueda simpatizar con ellos y no se puede decir que sea un director reconocido por plasmar bien en pantalla la emoción y la psicología. La mayoría de los arcos que siguen sus personajes se definen por un proceso de aprendizaje a ser más duros en un mundo brutal. Verhoeven amontona la violencia en sus películas pero a menudo parece que ésta exista porque sí, independientemente de las personas que la ejercen o la sufren. Lo cual produce un efecto de sadismo aplicado a gente inocente, sin otra razón que la de satisfacer el gusto del director. En “Desafío Total” hay matanzas de viandantes que no participan de la acción y en “Tropas del Espacio” la violencia se toma como una gran broma invitando a reírse de ello; tanto “Instinto Básico” como “El Hombre sin Sombra” estimulan al espectador a participar en fantasías de violación, mientras que en “Showgirls” uno no está seguro de si nos quiere suscitar indignación por la patente explotación sexual de las strippers o disfrutar como voyeurs con las humillaciones a que son sometidas.

Todas estas películas denotan a Verhoeven como un director que siente un desprecio cínico por la humanidad. Hay pocos realizadores cuyos héroes y heroínas deban sufrir tantas palizas y degradaciones antes de alcanzar la catarsis mientras que cualquiera seleccionado para figurar como extra es considerado como carne de cañón. De hecho y debido al lenguaje subido de tono y al asesinato ultraviolento de Murphy, el montaje original de la película recibió una calificación “X”, sentencia de muerte comercial para cualquier producción. Presionado para extraer una rentabilidad de los millones de dólares invertidos, el estudio optó por pasar por encima de Verhoeven y hacer los cortes necesarios para rebajar –algo- el tono y conseguir de este modo una más benevolente calificación “R”.

Es por todo lo expuesto por lo que, en mi opinión, caben dudas acerca de si el sesgo satírico de “Robocop” es más producto de un inteligente análisis de la América contemporánea que de un visceral ejercicio de desprecio por la misma.



(Finaliza en la siguiente entrada)

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