sábado, 12 de enero de 2019

1987- ROBOCOP - Paul Verhoeven (y 2)



(Viene de la entrada anterior)

A “Robocop” se la ha considerado con justicia una de las principales películas ciberpunk, pero sobre esto también caben matizaciones. Como las novelas de ese subgénero escritas por autores como William Gibson, Bruce Sterling o Neal Stephenson, “Robocop” transcurre en un futuro dominado por una prolongación y ampliación de la América de Reagan, un país dominado por corporaciones privadas más poderosas que los gobiernos; la popularización del entonces todavía nuevo ordenador personal; la intrusión de la cibertecnología en la vida de la gente ordinaria en formas que difuminaban la línea entre lo real y lo virtual, lo humano y lo artificial; y la ampliación de la brecha entre una élite acomodada y una mayoría empobrecida sin clase media entre ambas.



La ciencia ficción cinematográfica siempre ha estado más que dispuesta a llevarse el Ciberpunk literario a su terreno e incluso “Blade Runner” (1982) se adelantó en dos años a la novela que luego sería considerada fundadora del género, “Neuromante” (1984). Ahora bien, salvo excepciones, el ciberpunk literario y el cinematográfico han seguido caminos diferentes. Mientras que casi todas las novelas y cuentos adscritos a ese segmento de la CF exploran la forma en que la revolución electrónica de los ochenta afectaba a la vida de la gente y el funcionamiento de la sociedad del futuro, en el cine el ciberpunk se quedó atascado en el tema del humano luchando por encontrar su identidad tras la invasión de las máquinas.

La mayoría de las películas ciberpunk se apoyan en la batalla de los hombres contra los seres artificiales, desde el mencionado “Blade Runner” hasta las sagas de “Terminator” o “Matrix”. La diferencia entre el enfoque literario y el cinematográfico se ejemplifica perfectamente examinando el opuesto planteamiento de ambos. Los protagonistas de las novelas de Gibson y otros escritores afines son hackers solitarios que viven alienados de la sociedad, normalmente con inclinaciones anarquistas contra el sistema corporativo que rige las vidas de la mayoría. “Robocop” y otras obras audiovisuales ciberpunk,
como la televisiva “Superforce” (1990-92), “Freejack: Sin Identidad” (1992), “Némesis” (1992) o “Virtuosity” (1995), se apropian del universo visual y conceptual del subgénero sólo para desarrollar vacías tramas de acción. Son en su mayoría fantasías futuristas protagonizadas por tipos musculosos o policías ciborg que revientan criminales a mansalva y defienden un estatus quo a la postre distópico.

“Robocop” no ofrece ninguna reflexión seria sobre temas relevantes, pero dentro de la avalancha de violentas películas de acción de los ochenta, sí es más punzante en su retrato del futuro y anima a debatir sobre determinados aspectos.

Así, por ejemplo, la película nos advierte sobre el peligro de descuidar los bienes y servicios públicos cediéndoselos en aras de una mal entendida eficiencia a una empresa privada cuyo objetivo, en último término, no es la prestación adecuada del servicio sino la maximización del beneficio. Así, la OCP se sirve de sus contratas públicas para sus propios fines, en este caso
utilizar la policía para limpiar un distrito peligroso y edificar en él un barrio de lujo con el que lucrarse. Para ello y escudándose en ese lenguaje tan ampuloso y hueco propio de los ejecutivos no dudan en cometer todo tipo de tropelías, incluido pactar con los señores del crimen locales. En ningún momento ninguno de los directivos de la OCP menciona la seguridad pública ni las vidas de los ciudadanos o policías, sino los millones de dólares en juego y su prestigio y posicionamiento personales dentro de la jerarquía de la compañía. Queda muy clara la indiferencia que los dos principales directivos, Dick Jones (Ronny Cox) y Bob Morton (Miguel Ferrer), sienten por la vida humana, sean sus empleados, los policías o los propios ciudadanos. Los agentes de la ley que están construyendo, robots o ciborgs, son meras herramientas con las que alcanzar sus intereses corporativos.

Y, efectivamente, a Murphy no lo tratan en ningún momento con el respeto debido a alguien una vez humano y muerto trágicamente en el cumplimiento del deber. De hecho, Morton dice
de él: “No tiene un nombre. Tiene un programa. Es un producto”. Producto, además, para el que se han protegido los peces gordos de OCP, introduciendo en su sistema un programa que le impide tomar acciones contra cualquier empleado de la Corporación. “No podemos dejar que nuestros productos se vuelvan contra nosotros”, dice el pérfido Dick Jones. Ese tradicional recelo que la CF a menudo ha tenido por las máquinas (y llevado al culmen en “Terminator” tres años antes) recibe aquí un tratamiento refrescante porque son los humanos los corruptos y la máquina la única que puede acabar con ellos.

El tema de la identidad, de lo que nos hace humanos, ha sido siempre una piedra angular de la Ciencia Ficción y la figura del ciborg es ideal para explorar tal concepto, como demuestra, por ejemplo, la novela “Homo Plus” (1976), de Frederik Pohl. Verhoeven, como he dicho más arriba, prefiere concentrarse en la acción pura y dura pero aún así deja suficientes hilos como para que podamos seguir la gradual rehumanización de Murphy desde un ciborg más robot
que persona a su última escena de la película, cuando tras acabar con el villano, el presidente de OCP le felicita: “Buen disparo hijo, ¿Cuál es tu nombre?” y Rococop responde: “Murphy”. La moraleja es que puedes sustituir miembros y órganos, pegar piel acorazada y cargar en el cerebro un software cuestionable que controle las reacciones, pero mientras hayan sobrevivido recuerdos y sueños, el humano bajo el metal no habrá desaparecido totalmente. Si en “Terminator” la carne y piel falsas de Schwarzenegger eran destruidas para revelar un interior completamente metálico y robótico, “Robocop” retira la armadura para descubrir al todavía humano Murphy.

Y relacionado con el tema de la identidad estaría el propio estatus legal de Robocop/Murphy,
otra cuestión que la película deja sin resolver aunque hubo intentos de abordarla en entregas posteriores de la saga. Murphy tenía esposa e hijo. Cuando entra en su antigua casa –de la que su viuda se ha mudado- empiezan a aflorar a su mente recuerdos fragmentarios de momentos felices experimentados allí en su antigua vida. Entonces, ¿Robocop es Murphy con una armadura prostética? ¿O se ha convertido en un nuevo ser con recuerdos residuales de su pasado humano? La película, en línea con su tono cínico, parece inclinarse por la segunda opción.

Sin embargo, si Murphy es ahora un nuevo ser, ¿se le debe considerar como ciudadano de pleno derecho, alguien vivo, inteligente y con emociones con todo lo que ello implica en el orden ontológico, legal y moral? ¿O, como Bob Morton afirma, no es más que una máquina
propiedad de la OCP sin más derechos que un ordenador o un robot industrial? El desprecio que los científicos y los ejecutivos tienen por su máquina es reflejado en pantalla mediante planos subjetivos de los momentos fragmentarios en los que Murphy/Robocop va recobrando la conciencia y el uso de sus sentidos. En ningún momento intentan ayudarle a ajustarse a su nueva situación e incluso la comida que diseñan para él (porque su parte humana sigue necesitando nutrientes) parece sacada de una poza séptica. Está claro que no les importa en absoluto.

Al final de la película, Robocop es aceptado por sus colegas de la policía y, aparentemente, el
público respetuoso con la ley (de los cuales vemos muy pocos ejemplos). Quiere hacérsenos creer que con las muertes de Dick Jones y Bob Morton se ha purgado la OCP de sus manzanas podridas… pero no hay motivos para creerlo dado que fue precisamente la compañía la que los promocionó hasta puestos de máxima responsabilidad sin que le importara su catadura moral; y tampoco hay razones para pensar que el presidente de la compañía (Dan O’Herlihy) o cualquiera de sus otros ejecutivos tengan más escrúpulos. En último término y después de que máquinas y humanos hayan fracasado, el personaje más honrado y digno de confianza de toda la historia es una mezcla de ambos, un ciborg.

Asusta la presciencia de “Robocop” en algunos aspectos. Aunque se abordara de forma satírica e hiperbólica, treinta años después nos encontramos no sólo con grandes corporaciones que intervienen directamente en las decisiones políticas sino con un auténtico tiburón de los negocios sentado en la Casa Blanca; un público zombificado tanto por una programación
televisiva alienante basada en el morbo y el escándalo como por contenidos de internet tan falsos y estúpidos como cualquier reality show. Y puede que aún no se haya privatizado la policía, pero sí al menos parte del ejército norteamericano. ¿O qué es Academi (antes conocida como Black Water) sino una empresa privada de mercenarios con 40.000 empleados y con el estatus de mayor contratista del Departamento de Defensa estadounidense. Y, como en “Robocop”, esta empresa no atiende necesaria y exclusivamente al interés público: se han documentado amenazas, asesinatos y tráfico ilegal de armas cometidos por sus hombres en los diferentes teatros de operaciones en los que interviene –por dinero-.

“Robocop” también y para desgracia de los ciudadanos de Detroit, profetizó lo que iba a ser el destino de esa ciudad. Ahogada por la crisis económica y una actividad industrial en recesión,
la población cayó de los casi dos millones de habitantes a 700.000, dejando decenas de miles de casas y naves industriales abandonadas y en ruinas. Solares vacíos convertidos en vertederos, viviendas reconvertidas en puntos de venta de droga y calles sin iluminación urbana han hecho de Detroit una ciudad que se asemeja siniestramente a la imaginada por Verhoeven en “Robocop”. Aún peor, el recorte de gastos municipales –que no impidió que el Ayuntamiento se declararse en bancarrota en 2013- dejó barrios enteros prácticamente abandonados a su suerte. Detroit siempre ha tenido fama de peligrosa (varias veces se la “nombró” capital de los asesinatos en Estados Unidos), pero la situación empeoró desde los años noventa.

Y con el crimen, aumentó el nivel de violencia ejercido por la policía. En el año 2000, el Ayuntamiento pidió a la fiscalía de los Estados Unidos que investigara al Departamento de
Policía de la ciudad. En aquel momento, Detroit tenía el mayor índice de tiroteos con policías involucrados de todo el país, superando a Los Angeles, Nueva York o Houston. En 2001, el Departamento de Justicia concluyó que había encontrado suficientes prácticas irregulares que atentaban contra los derechos humanos (brutalidad, fuerza excesiva en los arrestos, detenciones ilegales…) como para que la gestión de esa institución pasara a ser supervisada por el gobierno federal, situación que se prolongó desde 2003 a 2014.

No puede por tanto culparse a los ciudadanos de Detroit de mostrar su desesperación apoyando con su dinero una iniciativa de crowdfunding para erigir una estatua de RoboCop sin comprender que simbolizaba no tanto el heroísmo de su policía como la degradación de la urbe que había hecho necesario un luchador contra el crimen semejante. Pese a las comprensibles reticencias del alcalde, el proyecto arrancó en 2011 y se recaudaron más de 67.000 dólares. Se encadenaron varios retrasos debido a problemas técnicos y la enfermedad del escultor designado, Giorgio Gikas, pero parece que finalmente la estatua de bronce se erigirá en el Michigan Science Center. Cierro este pequeño inserto con un punto de optimismo: parece que Detroit está resurgiendo poco a poco de sus cenizas y puede que no acabe convertida para siempre en una pesadilla a mitad de camino entre lo distópico y lo postapocalíptico.

La dirección de Verhoeven es austera y sintética, con un especial talento para componer la escena. A pesar de los rígidos y lentos movimientos de Robocop –al menos para los estándares actuales- consigue momentos de impactante acción explosiva y nada remisos, por así decir, a mostrar en pantalla la fragilidad del cuerpo humano.
En cuanto al reparto, Michael Ironside fue considerado para el papel de Murphy, pero su físico no se ajustaba al traje previsto. Lo contrario le pasó a otro candidato, Arnold Scwharzenegger, cuya corpulencia también le cerró la puerta de la película (ambos, Ironside y Schwarzenegger hallarían justa compensación por Verhoeven protagonizando su siguiente película, “Desafío Total” (1990)). Entonces entró en liza Peter Weller, ya conocido por los aficionados gracias a “Las Aventuras de Buckaroo Banzai” (1984) y cuya figura más esbelta le permitía encajar mejor en el traje. Su papel en “Robocop” lo afianzó como actor vinculado a la CF, volviendo al género en el futuro con películas como “Asesinos Cibernéticos” (1995) o la televisiva “Odyssey 5” (2002).

No fue este un papel fácil para Weller y no sólo por los problemas que suponía pasar largas sesiones maquillándose y metiéndose en el aparatoso y sofocante traje y moverse con él (para lo que buscó ayuda del director del departamento de movimiento de la Escuela de Artes Juilliard, uno de los mayores expertos en mimo del país, con el que ensayó durante siete meses), sino porque su “interpretación” se
reduce a su voz y la parte inferior de su cara. Nancy Allen cumple con su escaso papel. Destacan mucho más los villanos: Kurtwood Smith compone un asesino brutal y carismático; Miguel Ferrer como ejecutivo ambicioso y sin escrúpulos; y Ronny Cox como directivo curtido y maquiavélico.

Por supuesto, uno de los ingredientes de la película que han hecho de Robocop un personaje icónico, es su traje, elaborado con espuma de látex, plástico y fibra de vidrio por el reputado Rob Bottin (“Aullidos”, “La Cosa”, “Exploradores”, “Legend”, “Las Brujas de Eastwick”), que consumió un millón de dólares elaborando medio centenar de modelos de arcilla hasta dar con lo que el exigente Verhoeven tenía en la cabeza. A ello había que añadir, ya lo he comentado más arriba, el maquillaje para crear la “cara de Murphy”. La cabeza de Weller con todos los prostéticos no
cabía dentro del casco así que el maquillaje sólo se aplicaba aquellos días que había que rodar escenas a “cara descubierta”.

El principal efecto visual de la película fue el ED-209, el robot prototipo de la OCP inicialmente descartado pero luego convertido en némesis de Robocop, cuyo aspecto se inspiró en los “mechas” del anime japonés “Macross” (1982, estrenada en Estados Unidos como “Robotech” en 1985). Se trataba de una maqueta animada por el especialista Phil Tippett en un proceso que él diseñó y al que bautizó como “go-motion” (en contraste con el clásico “stop-motion”). En esta técnica la figura es filmada fotograma a fotograma, pero a la vez que se disparaba la fotografía se la movía muy ligeramente con unas varillas, lo que generaba un temblor que hacía más realista el movimiento cuando los fotogramas se pasaban a
velocidad normal. El relativamente modesto presupuesto de “Robocop” no dejó espacio para efectos ópticos con pinturas mate, que era el recurso estándar de la época para insertar un objeto en un entorno rodado previamente. Ello obligó a Tippett a recuperar un truco utilizado por Ray Harryhausen, el de la retroproyección de los fondos fotograma a fotograma, por detrás de la figura, durante el proceso de animación. La escena en la que el ED-209 acaba fuera de combate tras caer por unas escaleras fue rodada en tiempo real, arrojando la miniatura por una maqueta, aunque el violento pataleo que sigue sí fue animado por Tippett.

En el apartado técnico también es preciso resaltar la banda sonora de Basil Poledouris (que ya
había colaborado con Verhoeven en “Los Señores del Acero”), característica de su estilo épico con un punto de ampulosidad y que mezcla acertadamente sonidos de sintetizador (en los momentos protagonizados por Robocop) con la orquestación tradicional (cuando la parte humana del ciborg pasa a primer plano) en un reflejo de la naturaleza del propio personaje, fusión de máquina y humano.

Verhoeven supo darle a “Robocop”un tono de ligera irrealidad, a menudo comparado con el de un comic-book (símil hoy tan impreciso como cuestionable) que hacía algo más digerible el nivel de violencia expuesto en pantalla. Esa inclinación hacia lo histriónico, lo caricaturesco e irreverente se extiende asimismo a los spots
televisivos que puntean la película y que contribuyen a dar forma al futuro distópico en el que transcurre la acción. En ninguna de las secuelas y productos derivados se alcanzó ese equilibrio entre el arte y el pulp más gamberro que tan buenos resultados dio en la primera película. Ésta tuvo dos secuelas de “Robocop”: la primera (1990) es habitualmente vapuleada aun cuando tiene algunos aspectos más interesantes que su predecesora; y la segunda y difícilmente salvable, “Robocop 3” (1993). Paul Verhoeven no participó en ninguna de ellas y Peter Weller repite en la segunda, siendo reemplazado en la tercera por Robert Burke. Nancy Allen se apuntó a todas ellas. Sobre el remake de 2014 hablaré más extensamente en otra entrada. El universo de Robocop, ya convertido en un icono de la cultura popular, fue ampliado a una serie televisiva bastante mediocre que se emitió entre 1994 y 1995, protagonizada por Richard Eden y que sólo duró 23 episodios. “Robocop: Prime Directives” (2000) fue una miniserie de seis horas con Page Fletcher en el papel protagonista.

También se produjeron varios spinoffs en forma de dibujos animados: “Robocop” (1988-89), con doce episodios; y “Robocop: Alpha Commando” (1998-99), con cuarenta. Parece algo extraído de la propia película de Verhoeven que la ironía de trasladar un film repleto de violencia gratuita al público infantil pasara inadvertida para los ejecutivos de televisión (de hecho, en todas sus versiones televisivas, a Robocop no se le permitía disparar a los sospechosos). Cuanto más se alargaba la franquicia, más se acercaba a ser lo mismo que satirizaba la primera entrega.

“Robocop” es una obra hija de su tiempo que, como he dicho, causó un gran impacto en su momento y dejó su huella sobre toda una generación de espectadores adolescentes que, con el tiempo, la han subido a un pedestal. Combina con efectividad la acción y la sátira de una sociedad que, treinta años después y para nuestra desgracia, es más parecida a la nuestra que a la de entonces.



7 comentarios:

  1. Excelente artículo. Muy interesante, y bien sustentada, la interpretación de que, más que una sátira, es un vehículo para que Verhoeven proyecte su misantropía. Así también, es triste ver cómo una película con 30 años encima como esta (por su mensaje), siga con total vigencia hoy día, demostrando que seguimos siendo los mismos, o peores, que entonces. Lo cual, irónicamente, le da la razón al director.
    Saludos y gracias por la reseña.

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    1. Gracias a tí por pasarte por aquí y comentar. Efectivamente, hemos cambiado poco. Pero es que seguimos siendo los mismos que hace mil años por mucho que ahora llevemos encima una capa de civilización y tecnología. Rasca un poco y verás lo que sale... Un saludo

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  2. Esta es uno de los pocos éxitos de los 80 que aún se sostiene con vigor. Yo creo que más que no hemos cambiado, que es verdad, somos los mismos que adorábamos faraones hace 5500 años, es que sigue la mentalidad de Reagan y Thatcher en la élite mundial (Botella la puso una plaza en Madrid a pesar de que entre muchas cosas era una homófoba terrible). Vivimos como hace 30 años porque lo que se hizo hace 30 años para salir de una crisis no la solucionó porque no cambió la forma de pensar. Ntra. generación, los niños de los 80, no piensa muy diferente que los cuarentones que votaron a Reagan o a Thatcher como demuestran muy bien Trump y el Brexit.

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  3. Su trabajo señor Manuel es increíble gracias por compartir con nosotros, saludos desde Argentina

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    1. Gracias a usted por leerlo! Especialmente en estos tiempos en los que cada vez menos gente lee blogs y todo parece diluirse en facebook o twitter. Un saludo

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  4. Que gran artículo. Su blog es una joya.
    Sublime análisis de esta gran película, que demuestra lo mucho que empeoró todo en estos últimos treinta y tantos años.

    Un saludo enorme.

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    1. Un saludo a usted también y gracias por pasarse por aquí. Espero que sigas visitándome en el futuro.

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