sábado, 13 de febrero de 2016

2001- I.A. INTELIGENCIA ARTIFICIAL - Steven Spielberg (y 2)





(Viene de la entrada anterior)

Entonces, Spielberg empieza a mover la película en otra dirección. En lugar de querer regresar a casa, David se embarca en la búsqueda del Hada Azul para que lo convierta en un niño humano. Durante un rato, uno se pregunta hasta dónde puede llevar Spielberg esta idea tan potencialmente absurda –un niño androide en una narración realista buscando un personaje inexistente de un cuento infantil- y si no estará acercándose peligrosamente al tipo de historias que tanto frecuenta Disney. Pero no, toda esa trama –que también contiene momentos visuales sobresalientes, como el vuelo a través de la inundada Manhattan - desemboca en una imagen de extraordinaria y mágica belleza: David encontrando su Hada Azul entre las ruinas inundadas de Coney Island, sentado en su submarino mientras desea intensamente, una y otra vez, convertirse en un niño de verdad, esperando que sus baterías se agoten y los océanos se congelen. La emotividad de esta escena es incuestionable.



Pero ese dramático momento es también el foco de una de las muchas discusiones que suscita esta película. Para muchos, la historia debería haber terminado aquí y no tratar de llevarla más allá para darle una especie de forzado final feliz. A diferencia de otras películas de robots en las que éstos exceden sus limitaciones, en “I.A.” los mecas se definen por las barreras que los humanos les han impuesto en su fabricación. David siempre será un niño; Gigolo Joe siempre será un sexbot. Se trata de una narración acerca de la crueldad inherente a crear un ser que existe para desempeñar una sola función y al que no se permite ir más allá. Al darle a David lo que desea en la coda final, se diluye la tragedia que supone ser quien (o que) es. Según este punto de vista, la mejor opción hubiera sido dejarlo en el fondo del océano, atrapado en un emotivo bucle, tratando por siempre de superar los límites de su propia naturaleza sin conseguirlo jamás. David –y los espectadores- se quedarían por siempre esperando que pueda convertirse en un auténtico niño sabiendo que nunca podrá lograrlo.

No fue ésa la única crítica que recibió el final. Hubo quien argumentó que se parecía demasiado al de “2001: Una Odisea del Espacio”, que la voz en off de Ben Kingsley narrando lo que pasaba y
cómo se sentía David era redundante y menospreciaba la inteligencia del público, que era un desenlace lento y aburrido…

Desde luego, esto es una cuestión de gustos y sensibilidades y esas críticas no están exentas de peso. Pero a mí personalmente también me parece muy interesante el tremendo salto conceptual que Spielberg y Kubrick dan en esa última parte de la película, trasladándonos mil años al futuro. Es una transición casi tan abrupta y atrevida como la que Kubrick ofreció al pasar del hueso prehistórico en el aire a la nave espacial en órbita en “2001: Una Odisea del Espacio”.

Sí, desde luego que el final tiene una tremenda carga emocional –sentimentalismo bochornoso, según otros-, pero creo que pertenece más a Kubrick que a Spielberg en su imaginería visual y
metafórica. Así, la secuencia final es una inversión de la inicial: el niño creado como compañía artificial se convierte en el portador de los últimos recuerdos de la Humanidad; Monica, que añoraba tanto a su hijo que aceptaba un sustituto robótico, acaba convirtiéndose en el futuro en un simulacro para David, tanto era lo que él la echaba de menos; en los últimos momentos de David y Mónica juntos, el pasado se convierte en algo irreal y el presente en lo real, aun cuando no sea más que una ilusión artificial. Esas imágenes e ideas son mucho más sagaces que nada que se pueda encontrar en los anteriores filmes de Spielberg. El final es sin duda uno de los momentos más tristes de toda su filmografía, un instante en el que las dispares sensibilidades de Spielberg y Kubrick se fusionan de forma armónica.

Desde el momento de su estreno y hasta hoy, las opiniones sobre la película han estado profundamente divididas. Quizá parte del problema resida en las expectativas del espectador. Quienes acudieron a verla animados por el nombre de Spielberg, se encontraron con una cinta alejada en muchos aspectos del cine que de él habían visto hasta entonces: más lento, más profundo, menos optimista y, puntualmente, bastante violento. En cambio, aquellos que esperaban ver una prolongación póstuma del cine de Kubrick, renegaron del protagonista infantil y su osito de peluche y de las escenas demasiado sentimentales para su gusto.

En realidad, la película es una extraña mezcla de ambas sensibilidades. Sí, es verdad que contiene ese sentimentalismo de Spielberg, pero con un toque oscuro e inquietante. Tomemos, por ejemplo, a Monica, la “mami” de David. Es un personaje patético porque su vida carece de opciones: su
único papel y contacto social es su marido, y, dado que su hijo está en coma, no puede ni criarlo ni llorar su muerte para seguir adelante. A medida que su relación con David avanza y crece, uno empieza a sentir la implacable y opresiva exigencia emocional de David. Un aura de obsesión y desesperación engulle a la familia y la insistencia de David en conseguir el amor de Mónica parece más el comportamiento de un niño caprichoso que algo enternecedor. Al final de la película –que uno no sabe si calificar de feliz o no- el clon de Mónica es un ser tan carente de opciones como al principio. No tiene conexión con el exterior de la casa en la que ha sido creada, ni relación mental y emocional con el pasado o el futuro. Su única función es la de amar a David y dejarse amar por él, exactamente igual que al principio.

A menudo se le ha criticado a Spielberg su sentimental retrato del mundo infantil. Algo de eso hay,
puesto que la utilización de niños para suscitar emociones es un recurso demasiado fácil además de un terreno resbaladizo. “I.A. Inteligencia Artificial” es una película de personajes y emociones más que de acción; pero también es algo más que una simple fábula para adultos empapada de sentimentalismo barato. Es una historia que no podía contarse desde la lógica y fría teatralidad con las que Kubrick abordaba sus películas. En cambio, Spielberg ya había demostrado que era muy capaz de transmitir la visión que del mundo adulto tendría un niño (“E.T.El Extraterrestre” es el mejor ejemplo), que es precisamente de lo que se trataba en “I.A. Inteligencia Artificial”. En este sentido, Spielberg refleja perfectamente la sensación de confusión, desamparo y miedo que siente David al verse abandonado en un mundo ruidoso, violento y desconcertante del que no sabe nada. Y, por primera vez en su filmografía, también nos muestra a través del personaje de Martin Swinton lo inmensamente crueles y maquiavélicos que pueden ser los niños

Por otra parte, y aunque parezca sorprendente, las partes y elementos más sentimentales de la
película no provienen de Spielberg, sino de Kubrick: todo el lacrimógeno final, la primera parte con la entrada y posterior desahucio de David de la familia, e incluso el personaje de Teddy. Quizá fuera por eso que Kubrick le ofreciera la producción primero, y la dirección después, a Spielberg: sabía que él sería capaz de alcanzar, narrativa y visualmente, el tono emocional requerido.

Hay otros temas en los que la película se interna con resultados desiguales. Por ejemplo, el concepto del androide que busca convertirse en humano responde a ese viejo sentimiento
antropocéntrico en virtud del cual no hay mejor forma de vida que la nuestra. ¿A qué mejor ideal podría aspirar un robot si no es a ser igual que sus creadores? No es un concepto nueva, ni mucho menos. La ciencia ficción literaria ha jugado con ella desde hace cien años y en lo que respecta al medio audiovisual, es una aproximación que han abordado multitud de obras de la ciencia ficción ( “Star Trek: La Nueva Generación” (1987-94), “Robocop” (1987), “Automatic” (1995),“Solo, el Destructor” (1996), “Almost Human” (2013-14), etc), contraponiéndose a esa otra en la que las máquinas acaban considerándose superiores al hombre (“Matrix” o “Terminator”). En el contexto de esta historia no tendría sentido alguno, pero creo que es más interesante el concepto de una inteligencia artificial que ni nos odie ni aspire a emularnos, sino que tenga su propia individualidad, objetivos y visión del universo. En cualquier caso, poner a un niño en el foco y hacerlo artificialmente esclavo de sus sentimientos, es una idea intrigante que merece reconocimiento, así como que esos sentimientos sean filiales y no románticos, como solía ser más habitual en el subgénero de robots.

De todas formas, adoptando un punto de vista estrictamente científico, construir robots con forma
humana se antoja bastante inútil. La biomecánica que a nosotros nos viene tan bien es algo difícil de replicar y carente de sentido desde el punto de vista de la ingeniería. Si se desea una máquina que levante pesos, cocine, construya otras máquinas o trabaje en lugares peligrosos, lo lógico es fabricarlas con una forma lo más idónea posible para la tarea que deban realizar. Pero ¿y si su función es hacer compañía… o incluso amar?

Tendemos a olvidar que, en el fondo, a la gente no le gustan los robots con forma humana. Cuando
algo artificial se asemeja demasiado a lo humano, sentimos repulsión, una reacción que podemos ver en Mónica cuando le presentan a David por primera vez y durante el periodo inicial en el que el androide deambula por la casa algo desconcertado, escrutando a sus “padres” con una intensidad inquietante. Haley Joel Osment transmite muy bien esa incómoda sensación al espectador cuando actúa como un robot que se esfuerza por parecer humano, oscilando entre la mirada ausente de una máquina y el brillo maravillado de los ojos de un niño. Monica lo resume bien cuando, entre lágrimas, dice: “es tan real… pero no lo es”.

Pero quizá el principal problema de la historia, al menos desde el punto de vista de la ciencia y la
tecnología, es que plantea un mundo en el que Internet parece que nunca existió. En la actualidad, Internet es posiblemente la herramienta más importante para desarrollar programas inteligentes, desde el algoritmo buscador de Google al de Facebook, que nos muestran más de lo que nos gusta y menos de lo que no. El nuestro probablemente no será un mundo de máquinas que caminen junto a los humanos, sino de programas que no necesitarán tener forma física.

Evidentemente, la película no aborda ese tipo de inteligencia artificial porque de lo que trata es de robots. En una escena, David y el excéntrico Gigolo Joe viajan a Rouge City para preguntarle al Doctor Know, un programa de ordenador basado en un entorno fijo y concreto, algunas cuestiones bastante sencillas. ¿En qué futuro posible podemos imaginar que alguien viaje a otra ciudad para preguntarle algo a un ordenador? La información ha de extenderse, no confinarse.

En la primera escena, Spielberg reflexiona sobre la cuestión de la inteligencia artificial y la responsabilidad moral que conlleva. Hay quien ha criticado que Spielberg no resuelva la cuestión de si las emociones que un androide puede expresar son reales o, por el contrario, simples respuestas simuladas. Creo que es un reproche injusto. En primer lugar, habría que definir lo que son las auténticas emociones y preguntarse si las del ser humano no son también respuestas condicionadas por nuestra “programación” biológica. Es cierto que no hay en la película un diálogo, un discurso que explique la auténtica naturaleza de las emociones de David. Sin embargo, creo que los actos del personaje aclaran la cuestión. Su decisión de encontrar al Hada Azul para convertirse en humano y ver así correspondido su amor por Mónica, el miedo a morir y el terror que experimenta al ver la destrucción de otros robots en la Feria de la Carne, el ataque de ira y desesperación que sufre al descubrir a sus “gemelos” en la sede de Cybertronics, su intento de suicidio… son pruebas de una individualidad y capacidad emocional que supera con mucho a la de los otros mecas que aparecen en la película. Las emociones que siente David, en definitiva, sí son reales y, por tanto, el discurso inicial del profesor Hobby sobre la responsabilidad que el hombre debe tener sobre sus creaciones cobra todo el sentido –al menos en el caso de David-.

Por otra parte, el profesor Hobby nos informa cómo el cerebro de David se ha fabricado para emular la función neural, que es la clave del aprendizaje y el concepto sobre el cual están trabajando actualmente los científicos que quieren crear inteligencia artificial. David es único en ese sentido y esa es la razón por la que, durante la película, evoluciona desde una tabula rasa a
una persona formada, a diferencia de Gigolo Joe, que está programado para comportarse y pensar de una forma determinada para siempre jamás. La personalidad de David se ha formado a través del aprendizaje y la experiencia, mientras que la de Joe viene de fábrica. Visualmente, esto se refleja muy acertadamente por el contraste entre el acartonamiento del rostro de Joe, limitado a una serie de expresiones prefijadas sobre un rostro de textura plastificada, frente a la rica expresividad de David, cuya cara sí se asemeja en todo a la de un niño.

Pero lo más interesante de la historia son las ramificaciones culturales y los conflictos que surgen por la interacción entre lo humano y lo artificial. La primera parte de la película, en la que David sigue constantemente a Mónica, inseguro de cómo hacer las cosas e incapaz de otra cosa que no sea responder a una acción humana, enfatiza cómo las Inteligencias Artificiales están inextricablemente unidas a los hombres. No pueden hacer cosas por su cuenta, espontáneamente, incluso siendo lo suficientemente inteligentes como para ser conscientes de su existencia como entes individuales. Al final, Gigolo Joe no ha aprendido nada; lo único que sabe es cómo complacer a las mujeres y nada más. Un robot diseñado para facilitar el desfogue sexual –y ese modelo sí que seguramente lo acabemos viendo en la realidad- no puede diseñar edificios o enseñar física de partículas.

Quizá haya una razón para temer el logro de una verdadera Inteligencia Artificial, pero probablemente tenga menos que ver con una rebelión liderada por Skynet que con la forma en que los humanos explotemos y abusemos de la misma buscando el beneficio personal. Gente con opiniones tan dignas de tener en cuenta como Stephen Hawking o Bill Gates han expresado su preocupación al respecto y la necesidad de que la investigación y
utilización de la Inteligencia Artificial se realice con exquisito cuidado. Por el contrario, empresarios tan ambiciosos como Elon Musk quieren democratizar ese descubrimiento, dando vía libre a que una tecnología tan poderosa se utilice para satisfacer los más oscuros deseos. El niño-androide David es un ejemplo de ello: concebido por Hobby como un prodigio tecnológico, un prototipo único que exorcice el trauma personal que le atormenta, su destino es acabar siendo tan sólo el primero de millones de unidades destinadas a cubrir la demanda de padres frustrados por las leyes de natalidad y necesitados de alguien –o algo, como en este caso- sobre quien proyectar su amor.

Se trata, en definitiva, de la banalización y utilización de una tecnología muy controvertida (¿acaso no está creando en realidad una nueva forma de vida esclava?) para la consecución de un objetivo económico, el de Cybertronics. Al considerarlo como un objeto, no nos sentimos responsables de su destino, que es lo que ocurre cuando a David, como si fuera un juguete viejo o un perro del que se ha cansado la familia, lo envían a la fábrica para que lo destruyan sin pararse a pensar que pueda tener genuinos sentimientos.

Por eso es una lástima que semejante dilema científico-ético se trate en la película de una forma tan burda y superficial. El guión carga las tintas en la Feria de la Carne mostrando de forma explícita el deplorable trato que los humanos dispensan a los mecas. En ella, una multitud de humanos fanatizados, histéricos y deseosos de dar salida a sus peores instintos, reivindican el papel central de la Humanidad en un acto de destrucción de robots. El problema es que ese discurso es tan torpe como el de examinar el fenómeno deportivo concentrándose sólo en el comportamiento de los hinchas más violentos. Esa defensa de los valores “humanos” a que supuestamente responde la Feria de la Carne, esconde tras sus iracundos discursos y violentas escenificaciones algo bastante primario y comprensible: el miedo. Miedo a ser reemplazados, a dejar de ser necesarios. Y no les falta razón, aunque la manera que tienen de transmitirnos su
mensaje sea odioso: en un momento dado de la película, Gigolo Joe le dice a David: “Nos hicieron demasiado listos, demasiado rápidos y demasiado numerosos”. Joe sabe –y la película le da la razón al final- que los robots aún seguirán en el mundo cuando los humanos desaparezcan. (AVISO SPOILER: Contrariamente a lo que mucha gente cree, los seres sin rasgos y vagamente humanoides que aparecen al final no son extraterrestres sino la evolución última de los robots, que buscan aprender sobre sus orígenes y sus creadores, los humanos, viendo en David la clave que puede desentrañar un enigma enterrado por el tiempo y el hielo de las glaciaciones. (FIN SPOILER).

Kubrick había tratado ya el tema de la deshumanización del hombre en “2001: Una Odisea del Espacio”. En esa película, de una forma sutil pero elegante y efectiva, se mostraba cómo el entorno higienizado e hipertecnológico había acabado influyendo en las relaciones humanas. Los
hombres eran tan fríos como máquinas mientras que éstas, representadas por HAL, se comportaban como antes lo habían hecho los humanos. La de nuestra dependencia de las máquinas y cómo la tecnología ya está afectando a nuestro comportamiento individual y colectivo es una preocupación real y legítima. En la película, por ejemplo, vemos cómo los androides han sustituido a los humanos en tareas como la prostitución. El que una mujer prefiera a Gigolo Joe antes que a un hombre auténtico, ya es motivo de reflexión y parece razonable que existiera algún tipo de movimiento organizado de resistencia a ese tipo de “sumisión” a la tecnología, una especie de nuevos luditas. Sin embargo, Spielberg opta, como hemos dicho, por retratarlo como un grupo de paletos embrutecidos que lo único que transmiten es rechazo y no la necesidad de una reflexión sobre sus reclamaciones. Ni siquiera es una escena bien resuelta: el que un público tan entregado a la violencia contra las máquinas sienta una súbita compasión por un robot, por mucho que tenga forma de niño, no resulta verosímil.

En cuanto a los actores, tengo que decir –y esto es algo totalmente subjetivo-, que Haley Joel
Osment me resulta algo cargante y no puedo evitar sentir cierto rechazo hacia él. Pero ello no me impide reconocer que hace un buen trabajo en “I.A.”, oscilando su interpretación entre lo bizarro y lo natural, lo robótico y lo humano. Realiza muy bien la transición desde su presentación inicial, cuando parece una criatura inhumana e incluso siniestra, al momento posterior a su activación emocional por parte de Mónica, cuando da comienzo su auténtica vida, una transformación que puede verse en sus ojos y expresión. Seguramente, parte del mérito puede atribuírsele a Spielberg, que siempre ha tenido buena mano dirigiendo a niños.

Entre los actores adultos, cabe destacar a Frances O´Connor como madre perpetuamente al borde de un ataque de nervios, sin duda uno de los dos papeles más complicados de la película; y un desconcertantemente robótico Jude Law como meca programado para proporcionar placer a las mujeres, cínico y dulce a la vez, que emite música romántica inclinando la cabeza y que tiene una frase preparada para cada situación. William Hurt es un actor de mucha presencia y aunque su intervención como profesor Hobby sea breve, resulta convincente como científico brillante, algo excéntrico y custodio de sus propios traumas secretos.

Especialmente reseñables son los efectos especiales, tanto en su concepción como en su
ejecución. Están pensados para dar forma a un mundo futurista, pero no demasiado, que va trasladándose gradualmente de lo familiar (la casa de Mónica y Henry, los coches) para pasar a lo extraño pero verosímil (Rouge City) y terminar en lo extraordinario (los mecas en sus diferentes versiones, los vehículos voladores, Manhattan sumergida y el futuro glacial habitado por extraños seres). Spielberg vuelve a demostrar su maestría a la hora de utilizar los efectos visuales no como cebo chirriante para impactar a las sensibilidades intelectualmente menos exigentes, sino como herramientas para contar una historia, ambientarla y dotarla de texturas.

“I.A.Inteligencia Artificial” es una película mestiza, extraña. Visualmente es sobresaliente: tiene algunos efectos que seducen al ojo sin tomar el protagonismo. La historia aborda temas dignos de reflexión mediante un protagonista que es mitad Pinocho y mitad Frankenstein, dos caras tan diferentes como las de sus padres creativos. La emotividad de Spielberg queda atenuada por una vena oscura, melancólica y racional heredada de Kubrick. Sospecho que ninguno de los dos trabajando por su cuenta habría sido capaz de crear “I.A. Inteligencia Artificial” tal y como la vemos hoy, pero juntos produjeron un clásico que flirtea con la grandeza aunque nunca llegue a alcanzarla. Se la ha criticado mucho y muy duramente; desde luego, no se cuenta entre lo mejor de la filmografía de Spielberg, pero me sigue pareciendo una cinta inteligente, con momentos de gran belleza y de recomendable visionado.

1 comentario:

  1. Excelente review.

    Es irónico pensar que algunos de los momentos más melosos de la película, fueron pensados por Kubrick!

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