domingo, 21 de febrero de 2016

1958- LA MOSCA – Kurt Neumann


Hasta su muerte en 1994, James Clavell fue conocido sobre todo por sus novelas ambientadas en Oriente, como “Tai-Pan” (1966) o “Shogun” (1976). Menos gente sabe que antes de obtener el éxito como autor literario pasó bastantes años trabajando como guionista cinematográfico. Suyos son los libretos de, por ejemplo, “Regreso a las Minas del Rey Salomón” (1959), “La Gran Evasión” (1963), “Escuadrón 633” (1964) o “Estación 3 Ultrasecreto” (1965). Llegó incluso a dirigir una película tan icónica como “Rebelión en las Aulas” (1967). Pues bien, “La Mosca” fue su primer guión, escrito a partir de un cuento de George Langelaan publicado en la revista “Playboy” en 1957.



Una noche, la policía de Montreal encuentra el cadáver del industrial y científico Andre Delambre (Al Hedison) con su brazo y su cabeza aplastados por una prensa hidráulica de su fábrica. Su esposa, Helene (Patricia Owens) afirma haber sido ella la asesina. Unos días después, el hermano de Andre, Francois (Vincent Price), la convence para que cuente a la policía lo que resulta ser una increíble historia.

Andre estaba investigando la forma de teleportar materia y, tras algunos fracasos iniciales, consigue desmaterializar y volver a recomponer molecularmente objetos inanimados primero y animales después. Pero un día se encierra en su laboratorio diciendo que algo ha salido mal. Sólo deja entrar a Helen e incapaz de
hablar por algún motivo, oculta su cabeza bajo una capucha y se comunica con ella mediante notas escritas a máquina. Es así como le revela a Helen que es vital que encuentre una mosca de cabeza blanca. Helen acaba descubriendo la horrible verdad: André había decidido probar consigo mismo su invento sin darse cuenta de que una mosca había quedado atrapada en la cabina de teleportación con él. En el proceso, ambos cuerpos se fusionaron y la mente de André empieza a sucumbir a su inhumanidad…

Clavell comete varios errores básicos en este guión. El más evidente es que pasa completamente por alto los obvios problemas fisiológicos que experimentaría un hombre con cabeza de mosca y, a la inversa y especialmente, una mosca con
cabeza humana. ¿Cómo es posible que Andre pueda pensar y recordar experiencias personales y conocimientos científicos con una cabeza de insecto sobre sus hombros? Evidentemente, Clavell no se molestó en informarse sobre las bases de la biología de los insectos: una mosca respira a través de sus patas gracias a un sistema de presión diferencial, pero este recurso sólo funciona a nivel microscópico y se necesitaría la fuerza de un huracán para absorber aire con una cabeza de tamaño humano.

En fin, que si se quiere disfrutar del visionado de “The Fly”, es necesario recurrir a una buena dosis de suspensión de la incredulidad. Dicho esto, se trata de un film excelente. Clavell compensa sus graves lagunas entomológicas construyendo un inteligente thriller lleno de suspense. La historia está narrada en forma de flashback desde el punto de vista de la esposa. La revelación de la tragedia que se ha abatido sobre el científico y su familia está muy bien construida dentro de ese flashback: primero Andre pasa notas a su mujer por debajo de la puerta del laboratorio, luego aparece con su cara oculta por una tela y su mano oculta en el bolsillo, obligándola a salir mientras come haciendo unos ruidos inquietantes. De hecho, Clavell consigue crear tanta expectación que los efectos especiales de la época no pueden estar a la altura; así, cuando por fin se revela al espectador la cabeza de la
mosca, probablemente se sentirá decepcionado. El único defecto de ritmo del guión es cuando detiene la acción para insertar un pesado diálogo sobre la ética de la ciencia.

Y este último es, precisamente, uno de los temas subyacentes de la película: la relación entre el hombre y las máquinas. Aunque de forma algo sensacionalista, la historia ofrece una pista de por dónde discurrirían films posteriores sobre el miedo a las armas nucleares. “La Mosca” es despiadada en su tesis: si la humanidad está dispuesta a construir máquinas capaces de romper nuestra propia biología, también debe estar dispuesta a sufrir las consecuencias….que es a lo que el científico André se condena a sí mismo, en un final muy poco tópico para el cine de género de los cincuenta. También es importante el discurso sobre las repercusiones de nuestros actos sobre otros seres vivos inocentes, ya sea una simple mosca o nuestras familias y amigos, que se ven envueltos involuntariamente en nuestras ruletas rusas
tecnológicas. Somos responsables no sólo de nosotros mismos sino de todos aquellos que nos rodean y que carecen de nuestros conocimientos y capacidades.

Los films de ciencia ficción tienden a ser excesivamente moralistas. El mensaje más frecuente en sus historias es el de los peligros que conlleva el uso inadecuado de la ciencia o la tecnología, un mensaje compartido por muchas películas de terror clásicas, como “Frankenstein”, “La Momia”, “La Isla de las Almas Perdidas” o “El Doctor Jekyll y Mr.Hyde”. Era frecuente en estas narraciones la inclusión de la figura del “científico loco”, un individuo que realiza experimentos peligrosos en contra del sentido común, siendo finalmente destruido por sus propias creaciones. Andre podría ajustarse a este arquetipo: realiza sus dusosos experimentos solo, en un laboratorio privado, sin la menor supervisión o ayuda, lo que le lleva a cometer errores y asumir riesgos innecesarios. Al mismo tiempo, presenta algunas peculiaridades no tan comunes
en los films de “científico loco” de aquellos años: el núcleo sentimental de la película es un matrimonio bien establecido en lugar de la típica pareja con tensión sexual; André es sociable y cariñoso con su mujer e hijo, se retrata como una buena persona a la que su ansia de conocimiento, de profundización en los misterios de la ciencia, le hace perder su buen juicio. Se endiosa, cae en la grandilocuencia e, inevitablemente, empieza a jugar con la vida. La primera víctima será el gato de la familia, desintegrado en el proceso y de cuya muerte Andre guarda silencio. Después, presa de la soberbia, será él mismo quien se someterá a su invento. Andre no crea un monstruo, sino que él mismo se ha convertido en uno al que debe destruir.

A diferencia de otros filmes “de monstruos” de la época, lo que “La Mosca” nos plantea es una
historia íntima, familiar, que transcurre alejada de la épica y el drama de grandes dimensiones que ofrecían otros títulos. No hay aquí intervención del ejército, destrucción a gran escala, muertes a mansalva, persecuciones por desiertos o ciudades… la acción se circunscribe prácticamente en su totalidad a la casa del científico y el jardín que la rodea que, además, se localiza no en una ciudad americana, sino en la francófona Montreal. La tragedia afecta exclusivamente a Andre y sus allegados más próximos, consiguiendo de este modo no sólo una tensión y sentimiento de claustrofobia muy particulares sino poner un mayor acento sobre el drama humano en lugar de la épica efectista.

“La Mosca” destaca también por su carácter de bisagra entre dos épocas, dos modos de abordar
el género fantástico. En 1958 los films , digamos, “procedimentales” de la ciencia ficción empezaron a dar paso en el corazón del público a revisitaciones de los clásicos del terror, en clave gótica y adornadas por brillantes colores, producidas primero por la Hammer y después por la AIP. Este thriller en CinemaScope –una técnica nueva por entonces- parece situarse justo en esa transición: se halla claramente enraizado en la tecnología de los cincuenta, pero su estética, iluminación y colorido remiten ya al nuevo cine gótico.

La película contó con la dirección de Kurt Neumann, un realizador de origen alemán que también firmó otros films de género en los cincuenta: cuatro películas de Tarzan con Johnny Weissmuller y Lex Barker, la fantasía oriental “Son of Ali Baba” (1952) y, en el campo de la ciencia ficción, “Cohete K-1” (1950), “She Devil” (1957) y “Kronos” (1957). Neumann murió una semana antes
de estrenarse “La Mosca”, si bien en los meses siguientes se lanzarían otras dos películas dirigidas por él. En cualquier caso, Neumann nunca salió de la serie B, era uno de esos profesionales a los que los estudios contrataban no buscando talento, sino resultados económicos. “La Mosca” fue su mejor película –para la que también ejerció de productor-, aunque su dirección no puede librarse de ese toque un tanto pedestre tan característico de las producciones de ciencia ficción de los cincuenta. Eso sí, tuvo el acierto de plantear la película como una historia realista, un drama que verdaderamente pudiera llegar a suceder y así se lo transmitió a los actores para que procuraran transmitirlo en sus interpretaciones. Neumann, a pesar de las limitaciones presupuestarias con las que hubo de trabajar –y a las que ya debía estar acostumbrado- consigue momentos brillantes: la apertura, con un gato que busca a su pareja perdida, anunciando la tragedia que va a duplicarse en el mundo de los humanos; el efecto sonoro que reproduce el maullido del gato desmaterializado que nunca llega a reaparecer; la desesperada caza de la mosca con cabeza blanca por el cuarto de estar de la casa; o la más recordada –y parodiada- de todas: la escena final en la que el comisario Charas y Francois se sientan en un banco del jardín sin oír los patéticos gritos de socorro de una mosca atrapada en la tela de una araña….

Ya he mencionado más arriba que los efectos especiales no estaban –no podían estarlo- a la altura del argumento. El maquillador Ben Nye fabricó una especie de cabeza de látex, pintura y plumas de pavo con forma de máscara de gas y una mano-pata que hoy resultan risibles si no se suspende la incredulidad. Más inquietante resulta el maquillaje de Andre en su estado “mosca”, atrapado en la telaraña esperando a ser devorado: envejecido prematuramente debido al corto periodo vital del insecto, con los ojos hinchados por el terror; es el tipo de pesadilla terrorífica que todos los
espectadores de los cincuenta esperaban ver en este tipo de películas. Merece asimismo mención el plano subjetivo en el que aparece multiplicado el rostro de Helene como si la estuviéramos viendo a través de los ojos multifacetados de la mosca. No es que las moscas vean así, claro –al fin y al cabo esas imágenes deben extrapolarse a partir de la visión humana-, pero sí es interesante el intento de ampliar la percepción del espectador “introduciéndolo” en la piel del monstruo, un recurso bastante raro en la ciencia ficción de la época.

Las interpretaciones de los actores, como solía ser habitual en este tipo de producciones, son
correctas sin llegar a ser brillantes. David Hedison se muestra particularmente creativo a la hora de dar vida al infortunado científico Andre. Originalmente, se buscó para el papel a Michael Rennie (“Ultimátum a la Tierra”), pero aunque hubiera resultado más convincente desde el punto de vista físico –por su vago parecido con su “hermano” Vincent Price- Rennie no quería pasarse la mitad de su tiempo en pantalla cubierto por una máscara de mosca. Al final, esto no supuso un problema para Hedison, quien sufrió durante el rodaje un accidente de coche que le provocó cortes y moratones en la cara. En cualquier otra película ello hubiera conllevado retrasos y sus consiguientes consecuencias sobre el presupuesto, pero dado que para ese momento del rodaje su rostro ya debía aparecer tapado por la máscara, no importó…Al menos al director, porque como los ojos de la máscara eran opacos, Hedison apenas podía ver o siquiera respirar.

Vincent Price, con su indiscutible carisma y veteranía, llena la pantalla con su presencia a pesar de
que el suyo sea en realidad un papel secundario y alejado de los personajes villanescos por los que era más conocido. Sin embargo, el peso dramático de la película y el enlace emocional con el espectador recae en Patricia Owens, que resulta razonablemente convincente teniendo en cuenta lo inverosímil que es la historia (quizá en ello tuvo algo que ver la fobia auténtica que sentía por los insectos).

En una época en la que menudeaban los fracasos de las grandes producciones con las que los estudios trataban de ganar prestigio y premios, “La Mosca” se convirtió en un inesperado bombazo de taquilla: con un presupuesto de 700.000 dólares recaudó tres millones, uno de los mayores éxitos de la 20th Century Fox aquel año, recordando a todos que la ciencia ficción podía ser rentable. Así que no es de extrañar que se diera vía libre a dos –aburridas- secuelas: “El
Regreso de la Mosca” (1959) seguía las mismas líneas que su predecesora, mientras que, años más tarde, “La Maldición de la Mosca” (1965) desarrollaba más la idea, teleportando varias personas a Londres que después empezaban a sufrir grotescas mutaciones. Hubo que esperar a 1986 para ver la versión que de la historia realizó David Cronenberg, una película aún más impactante que la original y de la que ya hablamos en una entrada anterior.

Aunque periódicamente sea objeto de parodias e injustas ridiculizaciones “La Mosca” es uno de los crossovers más memorables de los cincuenta entre el terror y la ciencia ficción y hoy está considerado como clásico de toda una era. Aunque científicamente implausible, fue un intento honesto de hacer algo original en el cine de género de los cincuenta, un intento que culminó con éxito, dejando una huella indeleble en los millones de espectadores que la han visto desde que se estrenó hace casi sesenta años.




4 comentarios:

  1. A mi no me parece que haya que hacer tanto esfuerzo para disfrutarla. A mi incluso me gusta más que la de Cronenberg. De todos modos el enfoque de esta peli es más de thriller que de CF. El tema es jugar con el misterio de si la esposa ha matado al esposo. Eso es lo realmente inquietante en los 50 pues lo otro era pura fantasía.

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  3. El enfoque de la de Cronenberg era muy diferente. En cuanto a si es o no CF, yo creo que sí. En aquellos años había bastantes cintas que mezclaban géneros y, aunque las explicaciones "científicas" son inverosímiles, al menos se intenta justificar. Ese componente racional, para mí, es lo que lo aleja del "fantástico" para acercarlo a la CF. En cualquier caso, el tema de las clasificaciones siempre es espinoso. Gracias por tu comentario!

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  4. Claro que es CF, me expliqué mal, me refería a que en la peli esta es un McGuffin para contar lo que interesa de una forma irreal para no resultar tan agresiva. Sus artífices se lo tomaron como que estaban haciendo un thriller o una parábola, no una peli de CF. Eso quise decir. Quizás por eso es de lo poco notable del cine de CF de los 50 del siglo XX.

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