martes, 16 de julio de 2019

1961- FORASTERO EN TIERRA EXTRAÑA – Robert A.Heinlein (y 2)



(Viene de la entrada anterior)

“Forastero en Tierra Extraña” es un libro que no tiene por qué gustar a todo el mundo. Para empezar, creo que es excesivamente largo para la historia que cuenta. Más allá de un encadenamiento de escenas construidas alrededor de diálogos, no se puede decir que haya un argumento muy sólido. Se produce también un brusco cambio de tono y estilo. Al principio, parece que nos vamos a encontrar con una especie de thriller en el que los políticos conspiran contra Mike Smith, pero Jubal pronto desmonta sus planes y esa amenaza se disipa. A partir de ese momento, el libro nos narra brevemente los vagabundeos de Smith por Estados Unidos, descubriendo la riqueza humana y experimentando diversos trabajos para, finalmente, fundar una religión en la que todos los adeptos obtienen todo el sexo que desean, se liberan de los celos y el apego material, aprenden a hablar y pensar como un marciano y, en el proceso, desarrollan poderes telekinéticos y telepáticos.



Hay que decir, no obstante, que la versión que podemos leer hoy es la que podríamos llamar “integral” u original. La que se publicó en su momento (por cierto, dedicada entre otros a Philip José Farmer, escritor pionero en el tratamiento del sexo en la CF) fue recortada en 70.000 palabras para hacerla más “aceptable”, menos polémica y, por tanto, más vendible. Y, aún así, fue el libro de CF más largo publicado hasta la fecha.

Tras la muerte de Heinlein en 1988, su viuda Virginia, muy activa en gestionar y vigilar el legado de su marido, descubrió en su archivo una copia del manuscrito original, anterior al recorte exigido. En 1991, se editó esta versión integral, pero sin retirar de circulación la versión de 1961. Ahora bien, si se examinan ambas versiones, en la ampliada no vamos a encontrar escenas eliminadas que enriquezcan la historia o los personajes y que aporten profundidad al mensaje, En lo que sólo puede imaginarse como un doloroso esfuerzo, Heinlein consiguió cortar esas decenas de miles de palabras de su manuscrito eliminando pasajes de aquí allá, una frase en esta página, quizá un adverbio o un adjetivo en la siguiente… La historia y su mensaje, sin embargo, no sufrió cambio sustancial alguno.

En muchos aspectos, “Forastero…” es una novela indigesta cuya inmensa reputación puede explicarse al menos en parte en el ansia que a comienzos de los sesenta tenían los aficionados de que su género favorito gozara del reconocimiento merecido y escapar del estigma de las space operas tontorronas. Así, estaban dispuestos a ensalzar cualquier novela que pareciera más
“literaria” que lo habitual en la CF aun cuando las aspiraciones estilísticas de Heinlein aquí tienen un sabor presuntuoso y casi involuntariamente cómico. El propio autor, al arrancar aquella década, estaba molesto por las limitaciones que él mismo se había creado al establecerse como un reputado escritor de novelas de aventuras para adolescentes. Eran éstas, como he apuntado en otras entradas, buenos libros en su categoría y no hay vergüenza en ello si se hace bien. Pero Heinlein aspiraba a más y mejores cosas en el mundo literario.

Elegir la historia de un mesías “extraterrestre”, un “Niño Salvaje” arquetípico que descubre las virtudes y miserias de la especie humana le sirvió a Heinlein para crear una sátira política y religiosa no particularmente sutil. Afirmar que los movimientos religiosos populistas son poco más que un ejercicio de venta agresiva que explota a los parias emocionales e intelectuales, no constituye una revelación nueva y trascendental. Pero al menos Heinlein sí lo hace con estilo.

Uno de los problemas fundamentales de la novela es que, sátira o no, no hay una sola escena que parezca realista. Son pasajes artificiosamente orquestados. No se trata de que la acción discurra en una versión alternativa de nuestro mundo real; es que ni siquiera en la versión que nos presenta Heinlein las cosas que ocurren y los personajes que las provocan parecen
convincentes. Todo resulta demasiado sencillo. No sólo Jubal desmonta con relativa facilidad el intento de quitar a Smith de en medio y consigue recuperar con vida a Ben Caxton, sino que todas las barreras que se va encontrando Smith se derrumban con solo apoyar un dedo en ellas. Y es que el humano criado en Marte puede hacer desaparecer a voluntad tanto a gente como objetos, hacer cosas milagrosas con sus poderes mentales, tiene una riqueza inconmensurable, puede transformar su apariencia física, ralentizar su ritmo cardiaco, liberar la mente de su cuerpo, influir en las mentes de los demás, es un amante fabuloso… Y de repente, al final del libro (ATENCIÓN: SPOILER) se deja matar en un martirio mesiánico absurdo y sus seguidores se comen su cuerpo. Igualmente decepcionante me resulta la forma en que Heinlein aparta de sopetón la amenaza de invasión-destrucción marciana que se había sugerido al principio y que apuntaba a que Smith no era sino un agente quintacolumnista enviado para estudiarnos. Es como si esa subtrama hubiera estado pensada inicialmente para jugar un papel importante pero que, al final, el autor, absorbido por sus propias disquisiciones místico-políticas, decide rematar deprisa y corriendo. (FIN SPOILER).

Por otra parte, habrá quien, con razón, encontrará a todos los personajes insoportablemente petulantes. No sólo Jubal, cuyos interminables monólogos ocupan una parte desproporcionada de la narración. Incluso Mike el marciano se transforma en un engreído una vez se adapta y
entiende los resortes de la mente y sociedad humanos. Ello deriva en largos diálogos con ánimo didáctico, que pueden resultar comprensiblemente aburridos, en los que unos y otros sermonean y pontifican acerca de cómo funciona el mundo.

Desde el punto de vista de la ciencia ficción propiamente dicha, Heinlein se aparta de la rigurosidad con la que había abordado otras novelas en el pasado. Así, si Mike es humano, no estaría de más saber cómo exactamente es capaz de realizar esos trucos maravillosos que a todos dejan estupefactos y que incluye desintegrar personas o alterar la propia fisonomía. Se deja claro que fue educado por alienígenas pero parece evidente que haría falta algo más que eso para poder modificar la realidad física a voluntad. La forma en que sus acólitos se inician en esas fantásticas habilidades también resulta muy oscura. Se nos dice que basta con aprender el lenguaje marciano para “asimilar” el universo y poder manipularlo, pero ese es un argumento bastante pobre (que más adelante, por ejemplo, sería retomado y desarrollado con mayor profundidad por Ian Watson en “Empotrados”, 1973).

En cuanto a la sátira religiosa, a mi parecer sólo se consigue a medias. Smith descubre la
religión a través del popular –e improbable- culto fosterita, cuyos ritos y celebraciones parecen espectáculos de Las Vegas. Smith se muestra intrigado al principio pero su ingenuidad no tarda en convertirse en decepción y cinismo cuando descubre las mentiras y ambiciones muy terrenales que se esconden tras la fachada de esa religión. Sin embargo, y como indiqué en el resumen del argumento, comprende que para alcanzar sus propios objetivos, la unión armoniosa de todo el planeta, tiene que utilizar las mismas mañas de vendedor que los predicadores populistas. La sátira social y religiosa que podría haberse derivado de aquí queda demasiado diluida por la falta de profundidad del propio Smith, la continua inserción de los discursos de Jubal y la ingenuidad infantil del mensaje “love is all you need” ofrecido como una serie de encuentros sexuales a medio gas y narrados de forma bastante poco estimulante –al menos para un adulto-.

Y ya puestos, hablemos de género y sexo, que es uno de los aspectos que más polvo ha levantado en esta novela.

La actitud de Heinlein, en principio libertaria y meritocrática, debería defender la eliminación del doble rasero de medir tanto sexual como profesional. Pero la sensación que transmite el libro es que los hombres siguen teniendo un papel dominante y patriarcal. Tanto Smith como
Jubal forman a su alrededor una especie de harén de mujeres arrobadas por su protector y líder, muy inteligentes y capaces, sí, pero a la postre subordinadas a ellos. Se ha discutido mucho sobre lo subversiva que es la política sexual que Heinlein propone aquí, pero lo cierto es que tiene una actitud condescendiente hacia la mujer. En su mundo, las mujeres pueden ser superdotadas siempre y cuando recuerden cuál es su lugar, se preocupen por mantenerse siempre femeninas y se sometan a las órdenes y caprichos de su mentor.

Por otra parte, Heinlein nos sugiere repetidamente a lo largo del libro y de forma más o menos explícita que el sexo es algo que los hombres desean y las mujeres poseen. Cuando escribe sobre mujeres disfrutando del sexo, quiere decir que disfrutan con cualquiera y con todos los compañeros que elijan. Desde luego, hay pasajes que al lector moderno le van a hacer fruncir el ceño, como la pobre opinión que parece tener de los gays (“pobres invertidos”) o esa afirmación de Jill de que “en nueve de cada diez veces, si una chica es violada, en buena parte la culpa le corresponde a ella”. Esto, sin embargo, puede defenderse como posturas “primitivas” de ciertos personajes antes de su iluminación y conversión a la religión de Smith.

Sin embargo, hay detalles más sutiles y que tampoco podemos decir que sean muy progresistas sino producto de las fantasías sexuales de un hombre maduro atrapado en una sociedad conservadora. Por ejemplo, todos los hombres son heterosexuales en todo momento, antes y
después de convertirse a la religión de Smith; en cambio, cuando las mujeres se liberan de sus inhibiciones, están dispuestas a tener sexo todo con todo el mundo, hombres y mujeres, y en cualquier momento, como en una película pornográfica. La costumbre esquimal de intercambiar esposas se presenta casi como la receta de la felicidad: “Pese a su curiosa cocina y sus lamentables posesiones, los esquimales han sido siempre considerados el pueblo más feliz de la Tierra. Jamás podremos estar seguros de por qué eran felices, pero sí podemos afirmar absolutamente que cualquier desdicha que sufrieran no estaba causada por los celos sexuales. Se prestaban sus esposas los unos a los otros, tanto por conveniencia como simplemente para divertirse, y eso no les hacía desgraciados. Uno se siente tentado a pensar: ¿quién es más lunático? ¿Mike y los esquimales, o el resto de nosotros? No podemos juzgar por el hecho de que usted y yo no tengamos estómago para practicar ese deporte de grupo”. La opinión de las mujeres o si tienen elección en esa costumbre, ni se plantea.

Y es que la fantasía sexual masculina de disfrutar del sexo con todas las mujeres que uno desee no puede hacerse realidad si se les deja decidir a ellas. Heinlein tenía razón en que las mujeres disfrutan del sexo, pero en la vida real son bastante más exigentes de lo que se nos dice en el libro. También –quizá en menor grado- los hombres. Y el sexo es, debe ser, un acto consensuado. Incluso en un paraíso como el que Smith aspira a construir en la Tierra, donde la gente no envejezca ni necesite dormir, habrá quien diga “No” a otras personas y éstas se
molestarán y enfadarán. Existirán fricciones y, por tanto, tendencia al desorden y la violencia. La idea central de la novela, que los problemas de la Humanidad podrían resolverse practicando sexo promiscuo y grupal- era estúpida entonces y lo sigue siendo hoy. De alguna forma, Heinlein era como un adolescente tratando de definirse a sí mismo mediante nuevas ideas y experiencias pero sin ser todavía capaz de desprenderse de las creencias y enseñanzas impresas en su más profundo espíritu por el peso de las generaciones anteriores (algo que, por otra parte también definiría a la propia década de los sesenta).

¿Cómo no iba a gustar esto a los estudiantes de los sesenta?¿Cómo no iban a sentirse identificados con el protagonista? Smith es un hombre joven, inteligente, curioso y sensible. Es educado por un padre (Jubal) temperamental y sabio pero nunca pierde su optimismo, generosidad y compasión. Tiene poderes sobrehumanos que le permiten eliminar a sus enemigos con un simple acto de voluntad. Conforme avanza la historia, madura y descubre el sexo y gracias a su carisma y poderes, consigue todo el sexo que desea e inicia un culto en el que todos le adoran, atrae a más mujeres hermosas y las induce al sexo en grupo. Irresistible.

Ya mencioné que el editor obligó a Heinlein a purgar su manuscrito original para hacerlo más digerible y vendible, pero también le instó a eliminar pasajes potencialmente explosivos para la época en un género en el que tradicionalmente no se había hecho hincapié en el sexo. Es el caso de una escena que tiene lugar después de que Smith y Jill expliquen de forma un tanto velada a Ben, potencial recluta de su culto, los beneficios de su vida comunal:

-Ben, no lo creerás hasta que lo haya hecho, pero Mike puede proporcionarte fortaleza… fortaleza física, no sólo apoyo moral. Yo sólo puedo prestarte un poco. Pero Mike puede hacerlo de veras.

—Jill puede hacer mucho —Mike la acarició—. “Hermanito” es una torre de fortaleza para todo el mundo. Desde luego, anoche lo fue —le dirigió una sonrisa a Jill, luego cantó:

Jamás encontrarás una chica como Jill,
ni una entre mil millones.
De todas las chicas voluntariosas
¡la más voluntariosa es nuestra Gillian!
¿… no es cierto, Hermanito?

—Bah —repuso Jill, evidentemente complacida, al tiempo que cogía la mano de Mike y la apretaba—. Dawn es exactamente como yo… y bastante más voluntariosa”.

Lo que esconde toda esta aparente ternura (el eufemismo de “Hermanito” no es precisamente sutil) se hace evidente en el pasaje eliminado de la versión de 1961, cuando Ben le explica a su mentor Jubal:

—Jubal —dijo Caxton, muy serio—, no le hubiera contado esto en absoluto… si no fuera imprescindible para explicarle cómo me siento respecto a todo el asunto, y por qué estoy preocupado por ellos… por todos ellos, Duque y Mike y Jill, así como el resto de las víctimas de Mike. Aquella mañana yo mismo me había quedado medio convencido, y había llegado a pensar que todo estaba bien… extraño como un demonio en algunos aspectos, pero delicioso. El propio Mike me había fascinado; su nueva personalidad es absolutamente poderosa. Autoritario y a la vez persuasivo como un supervendedor, y muy convincente. Pero luego él… o los dos… me dejaron más bien azarado, así que aproveché aquella ocasión para levantarme del diván.

«Entonces me volví para mirarles… y no pude creer lo que veían mis ojos. No me había vuelto en otra dirección ni cinco segundos, y Mike se las había arreglado para librarse de todas sus ropas… y, Dios me ayude, lo estaban haciendo, mientras yo y otros tres o cuatro en la habitación mirábamos… ¡tan osadamente como unos monos en el zoo!

»Jubal, me impresioné tanto que casi vomité el desayuno”.


Ben sirve en este momento de portavoz de los lectores para los que la religión de Mike es motivo
de profunda reprobación. Tanto en la opinión de este personaje como en el abundante y educado uso de eufemismos sexuales, Heinlein mantenía todavía el estatus de baluarte de la decencia, pero su mensaje esencialmente machista y al servicio de la autoestima masculina no se diferencia tanto del de las novelas de “Gor” escritas por John Norman: el destino genético de la mujer es servir a los deseos sexuales del hombre y someterse a su voluntad.

En cualquier caso, esa sobreabundancia y ensalzamiento del sexo no le hace ningún favor a la historia. Incluso los personajes secundarios pierden sus identidades –por poco que estuvieran bosquejadas- en el momento en que quedan absorbidos en el culto de Smith. Ben Caxton desaparece de escena hasta casi el final, y Jill, que al principio era algo así como la novia no oficial de Smith, una mujer fuerte y segura de sí misma, que sabe que es atractiva y que no tiene inconveniente en utilizarlo pero siempre sin dejar que nadie se aproveche de ella, a mitad de novela queda confinada al rol de mujer subordinada al hombre, sin muchas luces y objeto sexual.

Y luego está esa incontrolable inclinación de las mujeres de este libro a tener bebés. En aquella época las cosas ya empezaban a cambiar y los roles tradicionales de los géneros empezaban
lentamente a erosionarse pero todavía nadie sabía muy bien qué iba a suceder cuando las mujeres tuvieran igual salario y oportunidades que los hombres y no hubieran de venderse en matrimonio para asegurarse un futuro. Es evidente que la especie humana necesita bebés para sobrevivir, pero es que en “Forastero…”, todas parecen desear un bebé sin aclarar muy bien las razones.

En general y a lo largo de su carrera, Heinlein escribió a los personajes femeninos bastante mejor que sus contemporáneos. Pero “Forastero…” no es un buen ejemplo de ello. Todas las mujeres son iguales: jóvenes, inteligentes y hermosas… intercambiables al fin y al cabo. Las que son más maduras (Patty, Allie, Ruth), en virtud de su aprendizaje con Mike acaban modificando su aspecto físico para ser más jóvenes y atractivas. Eso sí, el anciano Jubal no necesita rejuvenecer para atraer a las mujeres, le bastan su carisma e inteligencia. Sólo hay una mujer entrada en años en todo el libro: Alice Douglas, la horrible esposa del Secretario General, descrita como “esencialmente virginal”, que duerme separada de su marido y que se nos presenta como una arpía manipuladora obsesionada por la astrología. La única mujer que hubiera podido ser verdaderamente interesante aquí no llega a tomar parte directa en la acción: la madre de Mike, Mary Jane Lyle Smith, inventora del motor espacial que lleva su nombre y valiente exploradora.

“Forastero en Tierra Extraña” es un libro que, a la postre, no me resulta fácil recomendar sin
reservas. Cuando lo leí por primera vez siendo un adolescente, me impactó tanto como imagino hizo a las generaciones de jóvenes de los sesenta. Los lectores de CF acostumbrados a la escuela clásica del género, se encontraban con uno de sus maestros ofreciendo una obra iconoclasta que nada tenía que ver con lo que habían leído hasta ese momento. De ahí, el Hugo que le otorgaron los aficionados. No es difícil ver a Valentine Michael Smith como molde de iconos hippies como Timothy Leary o el Maharishi Mahesh Yogi. El propio Smith podría haber adoptado como himno de su religión la canción “Come Together” de los Beatles”. Se dice que algunos discípulos de Charles Manson eran grandes admiradores de esta novela, aunque su líder niega haberla leído jamás. El inconveniente de ser en tan gran medida un producto de su época es que cuando esta queda atrás, también lo hace aquél. Y así, revisada hoy, desde el punto de vista de un lector más experimentado, con un mayor bagaje vital y literario a mis espaldas y habida cuenta de lo mucho que evolucionaría la ciencia ficción desde mediados de los sesenta del siglo pasado, mi apreciación es menos entusiasta.

Los personajes principales, ya lo he dicho, me resultan demasiado pedantes; los diálogos ocupan una parte desproporcionada de la novela hasta el punto de que uno empieza a dudar a veces si lo que tiene entre las manos no será un ensayo en vez de ficción; y 200.000 palabras parecen excesivas para transmitir un mensaje de amor, sexo y paz que los Beatles podían articular en tres minutos. Es una novela, en definitiva, que podría haber sido mucho más de lo que en realidad es y que, siendo audaz para su época, no está a la altura de su ambición.

La Ciencia Ficción jugó un papel considerable en la redefinición del pensamiento y las costumbres en la década de los sesenta. Introdujo en la ficción fantástica los conceptos del pacifismo y los límites a la aplicación militar de la Ciencia; el disfrute del sexo libremente por parte de ambos sexos; exploró el uso de las drogas y la forma en que todo lo anterior se fundía en los movimientos culturales vigentes. La Ciencia que se desarrolló durante la New Age de los sesenta cambió la sociedad, pero la Ciencia Ficción actuó como catalizador de esos cambios gracias a libros como “Forastero en Tierra Extraña”. Publicado al comienzo de la Era de Acuario y el ascenso de la New Age, el libro de Heinlein allanó el camino para autores dispuestos a explorar una ciencia ficción más experimental y comprometida. Aunque quedó superada por bastantes de sus sucesores, sigue siendo un libro de relevancia histórica dentro del género y en su momento sirvió de inspiración y marco de debate sobre el papel del individuo dentro de la sociedad.

Y, después de todo, algunas de sus agudas observaciones sobre la forma en que interactúan sociedad, individuo y religión, no han quedado desfasadas y, desgraciadamente, siguen tan vigentes hoy como entonces.



2 comentarios:

  1. Si añadimos Heinlein a Sade y a Freud uno empieza a sospechar que las revoluciones culturales o son sexuales o no son...

    El mayor defecto desta novela es que es demasiado gorda. Yo me la leí en mi juventud por su aura y no me dejó poso; y ahora que debería leerla porque es ahora cuando puedo apreciarla en su justa medida pasó porque tiene demasiadas páginas; y tú, Manuel, no le haces un favor con tu exhaustiva reseña :) Es curioso como todos los intelectuales maduros con la vida resuelta achacan los problemas de Occidente a la represión sexual como si la injusticia social y otros males de ntra. sociedad fuese culpa de reprimidos y frígidos o como si todo el mundo tiene seguridad y dinero pero no sexo.

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  2. Fue leída hace años...no es que es mala (puede que la traducción fuera medio du-duh) pero es que los soliloquios me parecen bastantes largos. En esta época sería bastante difícil no hallar errores y horrores con el rol que narra esta novela, pero hay que entender cuándo fue escrita, envejeció muy mal. Hay bastantes referencias a lo "pecaminoso" de la homosexualidad (incluso en metáforas) y la exigencia del hombre por satisfacerse (sin importar el goce de la mujer). Una obra que le doy un 6. Muchas gracias por la reseña, siempre paso para leerlos

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