domingo, 30 de diciembre de 2018

1998- DARK CITY – Alex Proyas


Quién soy, dónde estoy y hacia dónde me dirijo son preguntas nucleares de la filosofía occidental y, como no podía ser menos, obsesiones para la ciencia ficción más intelectual, que nunca ha sido remisa a inspirarse en el buen material para sus historias venga de donde venga. Al fin y al cabo, son cuestiones filosóficas que llevan implícita una narrativa porque una de las mejores formas de reflexionar sobre ellas es plantear experimentos ficticios que nos revelen las consecuencias de variar radicalmente nuestras vidas, nuestra realidad, y cómo nos sentiríamos en el momento preciso de descubrir que todo ha cambiado. Y ello, por definición, es una historia.

Pocos han sido los filósofos que han reconocido tomar conceptos e ideas de la CF. En cambio, muchos de los temas que aborda ésta sí tienen orígenes filosóficos, como es el caso de la Disonancia Cognitiva, que a finales del siglo XX inspiró un buen puñado de películas destacables como “Abre los Ojos” (1997), “El Show de Truman” (1998), “eXistenZ” (1999), “Matrix” (1999), “Nivel 13” (1999)…o la que ahora nos ocupa, “Dark City”.



“Dark City” fue la tercera película dirigida por Alex Proyas, nacido en Egipto pero criado en Australia. Comenzó como realizador de vídeos musicales para gente de la talla de Fleetwood Mac, Mike Oldfield o Sting. Su debut en el cine americano vino con “”Espíritus del Aire, Gremlins de las Nubes” (1989) antes de llamar la atención mundialmente con “El Cuervo” (1994), un film fantástico que a punto estuvo de descarrilar debido a la muerte de su actor principal, Brandon Lee, durante el rodaje de una escena. Sin embargo, el éxito que cosechó esta película oscura y muy personal le permitió a Proyas dar un paso más en su carrera y unir fuerzas con David S.Goyer, un guionista que empezó en producciones de escaso relumbrón a comienzos de los noventa para labrarse una carrera que más adelante estaría jalonada por éxitos como la trilogía de Blade (1998-2004), los “Batman” de Christopher Nolan (2005-2012), o “El Hombre de Acero” (2013). De la retorcida imaginación de ambos nació “Dark City”, una lúgubre historia sobre abducciones alienígenas que navega cómodamente entre diferentes géneros.

En una misteriosa ciudad sin nombre, de arquitectura ecléctica y donde nunca sale el sol, John
Murdoch (Rufus Sewell) se despierta en la habitación de un hotel habiendo perdido la memoria incluso de su propia identidad. A su lado está el cadáver de una chica cuya piel ha sido mutilada con extrañas marcas elípticas. Confuso y asustado, no tarda en verse perseguido por el inspector Bumstead (William Hurt) que le busca por el asesinato de varias prostitutas. Pero lo que comienza como un misterio propio del género negro, deviene algo mucho más extraño cuando un grimoso doctor Schreber (Kiefer Sutherland) le aborda insistiendo en que está loco y necesita ayuda; luego se topa con unos alienígenas humanoides, los Ocultos, que cuando llega cada medianoche detienen la marcha de la ciudad haciendo que todo el mundo caiga dormido y modificando su estructura fundamental. Murdoch comienza la búsqueda de su olvidado pasado descubriendo una conspiración que deshace ante sus ojos la propia realidad y la vida de todos los que conoce. No puede contarse mucho más so pena de arruinar las sorpresas y giros argumentales que puntean la historia. Por ello aviso que este comentario contendrá en lo sucesivo abundantes spoilers.

Decía Proyas que la inspiración original para esta película la extrajo de un sueño que le atormentaba en su juventud en el que unos individuos extraños entraban en su habitación y
modificaban la realidad. Pero lo cierto es que esa pesadilla no es sino el reflejo subconsciente de una de las principales preocupaciones de los pensadores de todos los tiempos: la auténtica naturaleza de la realidad.

Una de las metáforas más famosas de las utilizadas por los filósofos para reflexionar sobre ese aspecto fue la del Genio Maligno de Descartes: la hipótesis de que tal vez nos haya creado un dios que pretende engañarnos incluso con aquellos conocimientos que consideramos más evidentes; aun cuando nos parezca vivir en la verdad, en realidad estamos en el más profundo error. Otra es por supuesto, la Caverna de Platón, en la que unos hombres sentados de espaldas a la salida de la cueva en la que están prisioneros, sólo perciben del exterior –el
mundo real-, sombras proyectadas sobre la pared. La idea pitagórica de la “Armonía de las Esferas” está también relacionada con lo anterior. Y todo ello encuentra su reflejo en la ciencia ficción literaria y cinematográfica. Así, por ejemplo, la situación planteada en “Matrix” bebería del Genio Maligno.

En lo que se refiere a la antes mencionada Disonancia Cognitiva, hay abundantes ejemplos de ella en la ciencia ficción. Tenemos, por ejemplo, el entorno de realidad consensuada que se rompe bajo un cuidadoso escrutinio demostrando no ser más que un espejismo, una ilusión creada para mantener secuestrado el raciocinio de un individuo o colectividad. Su formulación más clásica la podemos
encontrar en el cuento “Ellos” (1941), de Robert A.Heinlein, en el que todo en el universo está específicamente diseñado para engañar a una persona que, liberada de la ilusión de vivir en América, sería demasiado poderosa como para controlarla.

Otro lugar común de la CF es el del mundo aceptado como real por los personajes que viven en él pero que el lector reconoce como algo extraño y peculiar. Como ejemplo tenemos a los pasajeros de la nave generacional que han perdido el conocimiento tecnológico y el recuerdo colectivo de su pasado y no saben que están en un entorno artificial que se mueve por el vacío interestelar. “Nave Estelar” (1958), de Brian Aldiss; o “Huérfanos del Espacio” (1964), de nuevo de Robert A.Heinlein, son dos ejemplos clásicos.

En todas estas narrativas se plantea una relación interesante entre el proceso mediante el cual
el protagonista descubre la realidad a partir de la irreal cotidianidad y aquel por el que el lector va averiguando los elementos discordantes de ésta. Su traslación a la ciencia ficción cinematográfica es aún más compleja dado que en parte ese proceso de descubrimiento incluye la decodificación de los tópicos visuales del género incluidos en esa realidad. Y ésa es precisamente una de las dificultades del director: hacer que tal proceso de decodificación sea accesible para el espectador poco avezado sin aburrir de paso al entendido.

En el caso de “Dark City”, la historia transcurre en un mundo de apariencia deliberadamente artificial que bien podría haber nacido de la fusión de múltiples elementos extraídos no sólo de los recuerdos de sus habitantes sino también de los de sus espectadores. Así, podemos identificar sin dificultad pinceladas de “Metrópolis” (1927), “Brazil” (1985), la Gotham City del “Batman” de Tim Burton, las pinturas de Edward Hopper, el expresionismo alemán o el ciberpunk. Pero esta ciudad perpetuamente nocturna no es un lugar futurista ni tampoco una urbe del pasado, sino algo desorientadoramente distinto.

En ese pastiche, Proyas y Goyer evocan especialmente el estilo e imaginería del cine negro de
los años treinta y cuarenta: todo el mundo viste gabardinas y sombreros fedora, las mujeres portan un aura fatal, los coches son antiguos y la tecnología tiene un aspecto propio de los años cuarenta del siglo XX. Asimismo, este look retro transmite una amenazadora sensación distópica, como esa cafetería en la que cada porción de comida es colocada en un diminuto compartimento con puerta de plástico y un rótulo genérico. A ello contribuye también la iluminación tenebrista y la fotografía monocroma que sume a la ciudad en una noche permanente. Su evocación del género negro y el tono sepia de sus imágenes provoca un sentimentalismo engañoso, como ese cartel publicitario en el que se anuncia una playa soleada con palmeras y que resulta ser tan falso como todo lo demás en esta ciudad.

Por supuesto, en este mundo noir todo dista mucho de ser normal y el espectador se da cuenta de ello nada más empezar. En un arranque clásico propio de las películas de “falso culpable”, Murdoch se despierta amnésico en un hotel sólo para tener que huir como sospechoso de un asesinato que no parece haber cometido. En el primero de los sorprendentes giros argumentales de “Dark City”, averigua que es inmune a la influencia de un grupo de alienígenas calvos que habitan bajo la ciudad y que cada noche reordenan la realidad física y psicológica de sus habitantes. En sus esfuerzos por tratar de comprender la situación, el héroe llega al también clásico acto de descubrimiento: la ciudad no es sino un enorme laboratorio utilizado por los extraterrestres para modificar y trasplantar los recuerdos entre las personas dormidas con el fin de penetrar en los secretos del alma humana. Cuando despiertan sólo sienten una leve sensación de desorientación pero para ellos la nueva vida que les dicta sus recuerdos recién implantados ha sido la que han llevado siempre. Hay escenas verdaderamente conseguidas, como aquéllas en las que la ciudad experimenta sus transformaciones, con edificios surgiendo del suelo y fusionándose con otros, creando nuevas estructuras o cambiando de forma; o esa centrada en el matrimonio de extracción humilde que cae dormido a medianoche y cuyo apartamento es ampliado y decorado hasta convertirse en un lujoso comedor iluminado con candelabros, despertando ellos a continuación y reanudando una conversación nunca empezada como si nada hubiera pasado.

“Dark City” está llena de ingeniosos e hipnóticos toques que muestran de forma sutil pero
evidente la cambiante realidad del lugar, como cuando Murdoch se reencuentra con el recepcionista del hotel, convertido ahora en un quiosquero que afirma haber trabajado allí durante veinticinco años. Una de las escenas con mayor intensidad emocional es aquella en la que Murdoch trata de explicarle a su “esposa”, Emma (Jennifer Connelly) que los recuerdos de su matrimonio son falsos, implantados tan sólo la noche anterior, a lo que ella responde llorosa “Pero no puede ser. Te quiero”. Puede que los Ocultos le hayan robado su identidad, pero no su esencia fundamental. Uno de los momentos más emotivos y esperanzadores de la película es el final. Con sus recuerdos de nuevo borrados, Emma se encuentra con Murdoch otra vez. Él no trata de usar sus nuevos poderes con ella para forzar la situación sino que la acepta y decide empezar con ella de cero y volver a conquistarla, como haría cualquier ser humano normal. La película se cierra con los dos paseando por la recién formada Shell Beach, juntos al menos por el momento.

Esta es una película que trata sobre cómo encontrar la forma de escapar de un laberinto y para ello primero hay que ser consciente de que se está dentro de uno. Murdoch va averiguándolo gradualmente conforme avanza la historia y se da cuenta de que ni está loco ni es un asesino. Para recuperar la cordura, debe autoabsolverse del sentimiento de culpa que la sociedad y/o la religión imponen sobre uno mismo. Cuando, en uno de los clímax más intensos del film, Murdoch y Bumstead derriban un muro y se encuentran mirando un océano de estrellas, escenifican una metáfora de lo que el primero ha estado tratando de hacer desde el principio (Hay, por cierto, otra obra, esta literaria, cuyo héroe viaja acompañado de un amigo y mentor por una ciudad en espiral para finalizar su viaje mirando a las estrellas: se trata de la primera parte de “La Divina Comedia” (1304), de Dante Alighieri, en la que la ciudad es el Infierno). Una vez que el protagonista comprende la realidad, sólo le queda cambiarla.

Resulta interesante también el personaje del inspector Bumstead, cuya búsqueda de la verdad discurre paralela a la de Murdoch, aunque es mucho más restringida por cuanto lo que él desea es únicamente resolver un asesinato mientras que aquél se enfrenta a enigmas de mayor calado. En una historia sobre el ascenso a la divinidad, un hombre limitado como Bumstead, sin
importar lo inteligente y honesto que sea, está tan condenado como la arquetípica figura del mentor del héroe: es el amigo que comparte la vida humana del salvador pero que no puede acompañarle hasta el fin. Su comprensión postrera del enigma, mirando a la ciudad mientras se aleja flotando de ella y descubriendo que es una isla artificial que flota en el espacio, una retorcida y mutante versión de Manhattan, supone también su muerte.

La premisa de la película, los temas que propone, la atmósfera que construye y su tono visual son muy interesantes, como también el que los alienígenas no sean necesariamente malvados sino que simplemente buscan una forma de mejorar su conocimiento del universo y de ellos mismos experimentando con lo que consideran una forma de vida inferior. El problema es que el suspense y la sensación de amenaza va diluyéndose conforme aprendemos más de los Ocultos y toda la trama acaba desembocando en una escena de acción bastante tópica y grandilocuente (así como corta de presupuesto) que no casa con la línea que ha seguido la película hasta ese punto. En el momento en que Murdoch obtiene el control pleno de sus poderes telekinéticos y se convierte en una especie de superhéroe, el interés de la historia baja varios enteros, convirtiéndose en una rimbombante aventura de acción, destrucción y muerte que socava la atmósfera de misterio e incertidumbre tan cuidadosamente construida hasta ese punto.

El trabajo interpretativo del reparto varía, pero Sewell, Hurt (irradiando una integridad
intelectual que en otros tiempos bien podría haber sido retratada por Henry Fonda) y Sutherland (imitando a Peter Lorre en su papel de científico tan loco como brillante) encajan muy bien en sus característicos personajes de film noir. No está a su altura Jennifer Connelly, pero su cálida belleza resulta imprescindible para introducir una nota de esperanza y sentimiento en una ciudad eternamente nocturna, fría y deprimente. Los Ocultos, por su parte, tienen un aire a los cenobitas de “Hellraiser” (1987) pasados por el filtro de F.W.Murnau, pero a la postre son poco más que humanos decolorados con poderes extraños, no particularmente originales pero sí suficientemente siniestros para lo que la historia requiere.

Cuando “Dark City” se estrenó, ni el público ni la mayoría de los críticos generalistas pudieron asimilar el bombardeo de ideas y conceptos sobre los que Alex Proyas, David S.Goyer y el coguionista Lem Dobbs habían construido la película. A pesar de la cuestionable decisión (proviniera del equipo creativo o del preocupado estudio) de incorporar al inicio la voz en off del doctor Schreber aireando innecesariamente spoilers), la película fue calificada de confusa y difícil de seguir, acusaciones falsas a poco que el espectador ponga algo de su parte. Tampoco ayudó que en su reparto no figurara ninguna primera espada. Rufus Sewell, William Hurt o Kiefer Sutherland (antes de su “renacimiento” con la serie “24”) no tenían el suficiente gancho como para llevar a la gente a las salas de cine. ¿Resultado? La película fue un fracaso comercial, apenas recaudando la mitad del presupuesto invertido.

Y entonces, al año siguiente llegaron los hermanos Wachowski con “Matrix” (1999), que se
convirtió en un fenómeno mundial. Ambas películas tienen numerosos puntos en común –que cada cual piense lo que quiera respecto al posible plagio-: las dos presentan a un héroe que descubre que la realidad percibida es una simulación, que tiene la capacidad para manipular tal ilusión y que pese a sus reservas acepta el papel de mesías liberador; también en ambas los villanos visten de negro y tienen un aspecto amenazador; y las dos juegan con el mismo aspecto ominoso y subterráneo. Mientras que “Matrix” alternaba en sus escenas iniciales la hiperrealidad del mundo de los clubs nocturnos y la gris vida del oficinista con las imposibles acrobacias de Trinity, “Dark City” presentaba un collage de tres décadas de thriller urbano con el que el espectador sentía al tiempo familiaridad y desconcierto.

Por muchos ensayos y sesudos artículos que se hayan escrito sobre la metafísica que sustentaba la historia de “Matrix”, lo cierto es que acaba prestando más atención a la acción y los efectos especiales que “Dark City”. Ésta, además, es más sutil y sofisticada a la hora de introducir símbolos, detalles y referencias, como esas espirales que puntúan los títulos de crédito y con las que luego el asesino marcará a sus víctimas. Las espirales simbolizan laberintos y se mueven lentamente, como las agujas de un reloj. No sólo la productora de la película se denomina Magic Clock sino que los relojes tienen una presencia especial en la historia. O ese pez que nada más empezar Murdock tira al suelo por accidente y al cual recoge para salvarlo pese al apuro en el que se encuentra metido; no sólo es un pequeño detalle que pone de manifiesto la auténtica naturaleza del personaje sino que también lo simboliza: un pez fuera del agua, boqueando al borde de la muerte y cuyo destino está en manos de un ser para él incognoscible; o el nombre del doctor Schreber, extraído de un famoso paciente de Sigmund Freud que creía haber sido violado por Dios y visto
su sexo cambiado para dar a luz a un mesías (lo que, hasta cierto punto, hace el personaje en la película); su preferencia por pasar tiempo en piscinas cubiertas se justifica en la historia por el hecho de que los Ocultos odian el agua pero esos lugares húmedos simbolizan también el útero y, por ende, la fertilidad; su mutilación física (el ojo, la cojera) e intelectual (ha perdido por completo sus recuerdos) lo convierten en alguien medio vivo y medio muerto, lo que en muchas culturas se asocia con la sabiduría…

Podrían asimismo trazarse ciertas similitudes entre “Dark City” y “Solaris” (1972) en tanto en cuanto ambos films están protagonizados por individuos atrapados en desconcertantes simulaciones de realidad y memoria. Las dos son también opuestas: mientras que “Solaris” afirma que los recuerdos son lo único real que poseemos y los protagonistas han de encajar el que éstos cobren vida, en “Dark City” los recuerdos no son sino simulaciones efímeras en las que no se puede confiar hasta el punto de que nunca llega a saberse quienes fueron realmente esas personas en origen. Pero tanto una como otra comparten el desesperado intento del protagonista por aferrarse a algo tangible dentro del laberinto de simulacros al que se ha visto arrojado.

A pesar de su decepcionante último tercio –al menos comparado con los dos anteriores-, el tiempo ha ido dejando a cada uno en su lugar y “Dark City” ha mejorado su consideración como clásico menor de la ciencia ficción cinematográfica y una de las películas de culto más destacables de los noventa que utiliza tópicos del género para explorar profundos conceptos filosóficos.




3 comentarios:

  1. Excelente reseña y excelente película.
    Personalmente recomiendo el "director's cut", que elimina el innecesario prólogo y recupera algunos minutos clave eliminados de la versión para cines para aligerar el metraje. Esas alteraciones fueron cosa de los productores, que no entendían la película, y molestaron bastante a Alex Proyas (y a Rufus Sewell).
    También es muy destacable la música compuesta por Trevor Jones, "inspirada" por Prokofiev.

    Saludos!!!

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  2. La ví en el cine y me gustó bastante. Aunque es verdad que la parte final varía totalmente el tono con el que la peli se ha desarrollado.
    Aunque hay un detalle que recuerdo todavía después de tantos años que me desagradó cuando la vi: la música no para. Suena durante todo el metraje y a bastante volumen. Es agotador y agobiante. Como un párrafo muy largo sin signos de puntuación.

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  3. Interesante artículo.
    No había pensado en la relación entre Dark City y Solaris, pero resulta sugerente.
    Y sí, el componente filosófico se encuentra mucho más presente en esta película que en Matrix, pero la acción y el suspenso oculta cualquier otra posible lectura de la segunda película, junto con los efectos especiales en los cuales se basó toda su publicidad.

    Continúo recomendando Dark City y viéndola al menos una vez al año.

    Saludos,

    J.

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