jueves, 19 de julio de 2018

1980- SATURNO 3 – Stanley Donen


“Saturno 3” fue una producción de moderado lujo que apareció como parte de la explosión de CF que vivió el cine a finales de los setenta y principios de los ochenta. A primera vista, tenía todos los elementos para funcionar bien artística y comercialmente: un presupuesto generoso, la participación de algunos de los profesionales más veteranos y capaces del medio, un actor conocido, una bella actriz en la cima de su popularidad y un género que estaba en pleno auge y del que se tomó el tema de la casa encantada en el espacio (como había hecho “Alien”) y la amenaza de una inteligencia artificial enloquecida del estilo de HAL en “2001: Una Odisea del Espacio” (1968). El resultado no fue el esperado, sino una película extraña y fallida.



La película tuvo su origen en una idea de John Barry, extraordinario diseñador de producción conocido por su trabajo en películas como “La Naranja Mecánica” (1971), “Star Wars” (1977, por la que ganó un Oscar) o “Superman” (1978) (y al que, por cierto, no se debe confundir con el también famoso compositor, autor de la música de muchas películas de James Bond). Corría el año 1978 y Barry se lo comentó a la actriz Yvette Mimieux, esposa del gran director Stanley Donen. Éste, que había colaborado con Barry anteriormente, se mostró interesado y le sugirió que encabezara el proyecto él mismo, brindándole apoyo adicional como productor. Al fin y al cabo, el inmenso éxito que habían cosechado las películas mencionadas permitía a Barry aspirar a cumplir su sueño y ascender en el escalafón cinematográfico.

Se trataría de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto y Donen se la presentó a Lew
Grade, presidente y fundador de ITC Entertainment, una productora británica creada en 1954 y especializada en series de televisión, muchas de ellas de gran popularidad, como “El Santo”, “El Prisionero”, “Thunderbirds” o “Espacio: 1999”. A finales de los setenta, empezó a financiar películas de mayor presupuesto que contaban sobre todo con actores norteamericanos, como “El Regreso de la Pantera Rosa” (1975), “Capricornio Uno” (1977), “Los Niños del Brasil” (1978) o “La Película de los Teleñecos” (1979).

Barry tenía puestas las esperanzas en que esta película, a partir de una idea original suya, sería
un buen debut como realizador, pero las cosas marcharon mal desde el principio. Tras sólo un par de semanas de rodaje, se retiró alegando ese eufemismo al que estudios y profesionales se refieren como “diferencias creativas”, expresión que en este caso parece ser que ocultaba, según Donen, una flagrante ineptitud a la hora de encarar aspectos de la producción como la fotografía o la dirección de actores. Otros testimonios apuntan a enfrentamientos con Kirk Douglas. Sea como fuere, Barry se unió acto seguido a la producción de “El Imperio Contraataca” como director de la segunda unidad antes de morir de meningitis a los 43 años, en mayo de 1979.

Así que Donen, además de producir la película, se vio forzado a sustituirle en la silla de director. Donen era uno de los veteranos de Hollywood, famoso sobre todo por sus musicales y comedias románticas de tono ligero, como “Cantando Bajo la Lluvia” (1952), “Siete Novias para Siete Hermanos” (1954), “Una Cara con Ángel” (1957), “Charada” (1963), “Arabesco” (1966) o “Dos en la Carretera” (1967) Se había aventurado en el terreno de la fantasía con las versiones musicales “Malditos Yanquis” (1958) y “El Pequeño Príncipe” (1974), así como en la comedia negra “Al Diablo con el Diablo” (1967), pero “Saturno 3” fue su único contacto con la ciencia ficción, un género por el que nunca había demostrado interés ni afinidad algunos.

De todas maneras, Donen pareció abordar el proyecto con entusiasmo. En una entrevista concedida a la revista “Starlog” en 1980, declaró haber visto “Alien” unas semanas antes de comenzar el rodaje de “Saturno 3” y confesó su admiración por otro clásico de la CF y el Terror, “El Enigma de Otro
Mundo” (1951). Pero había algo que le preocupaba: hacer una película de terror en el espacio con sólo tres humanos. ¿Eran suficientes para generar el suspense necesario durante toda la historia? Al fin y al cabo, en “Alien” había siete tripulantes. Desde luego, tenía razones para estar inquieto.

Benson (Harvey Keitel), un piloto espacial que ha sido relevado de su puesto por inestabilidad mental, asesina a un compañero y se hace pasar por él para llevar a cabo su misión. Ésta consiste en atravesar los anillos de Saturno y descender en Titán, una de sus lunas, donde se encuentra una instalación científica gestionada en solitario por una pareja de amantes, Adam (Kirk Douglas) y Alex (Farrah Fawcett). Una vez en la base, Benson monta un robot, Hector, cuyo cerebro está compuesto de tejido neuronal humano. Para calibrarlo, Benson lo conecta a su propio y enfermo cerebro. No es de extrañar por tanto que cuando activa la máquina, ésta empiece
pronto a desarrollar el mismo comportamiento violento, obsesivo y psicópata que su “mentor” y, llevado por su lujuria, emprenda una imparable persecución de Alex.

“Saturno 3” llegó a rebufo del colosal éxito de “Alien” (1979) y puede dar la impresión de que pretendía copiar el mismo esquema sustituyendo como criatura acechante en los solitarios corredores al repulsivo xenomorfo por un robot gigante. En parte, esto es así, pero hay que tener en cuenta que la génesis de “Saturno 3” es anterior al estreno de “Alien”, por lo que probablemente pueda vérsele más acertadamente como un “Frankenstein” (1931) trasladado a un entorno espacial y adornado con forzadas alusiones al Paraíso habitado por dos
amantes inocentes (el personaje masculino incluso se llama Adam). Benson, por su parte, sería la serpiente que contamina el edén con los celos, la lujuria y la violencia.

Aunque la idea primigenia había sido obra de John Barry, Donen le sugirió que el guión debía pasar por manos de alguien más experimentado, así que se lo pasó al joven novelista Martin Amis, quien, este sí, tenía interés en la ciencia ficción (su segunda novela, “Niños Muertos”, 1975, estaba ambientada en un futuro cercano). Ahora bien, tampoco el desastre en el que se convirtió la película puede achacársele a Amis. Ciertamente, fue la versión de su guión (que tenía el título completamente distinto de “El Ayudante”) la que captó la atención del productor Lew Grade y
la actriz Farrah Fawcett; pero Steve Gallagher, que escribió la novelización de la película, describió la versión que le pasaron como “terrible” y “auténticamente inepta”. Ahora bien, no se sabe si el problema estuvo en el guión de Amis o en el trabajo de reescritura posterior al que fue sometido por toda una serie de guionistas no acreditados que, probablemente a requerimiento del estudio, trataron de aproximarse a lo que Ridley Scott había hecho con tanto éxito en “Alien”.

La ordalía de escribir el guión le dejó a Amis una profunda cicatriz. En 1984, escribió la novela
“Dinero”, directamente inspirada en su breve –y única- participación en una producción millonaria. El argumento del libro trata sobre un director de anuncios publicitarios que trata de hacer su primera película. Ésta sufre cambios de título y una producción que experimenta todo tipo de problemas, como las excentricidades de una vieja gloria de la interpretación obsesionado con aparecer en pantalla con la menor ropa posible para intentar demostrar que aún conserva su virilidad juvenil (referencia directa a Kirk Douglas en “Saturno 3”).

Aunque el guión pecaba de pretencioso y falto de ritmo, Stanley Donen se defiende como puede y ofrece algunas escenas razonablemente decentes en la última parte de la cinta, cuando el robot persigue a los protagonistas. Sin embargo, todo se embrolla hacia el final. La conclusión es abrupta y pesimista, con Alex dirigiéndose a la Tierra, aun cuando ésta se ha puesto varias veces en la película como símbolo de decadencia material y moral, lo que en último término supone que ella renuncia a conservar la pureza.

“Saturno 3” costó unos respetables 10 millones de dólares (en comparación con, digamos, los 18
de “El Imperio Contraataca” o los 20 de “Flash Gordon” aquel mismo año; o los 11 millones de “Alien” un año atrás), la mayor parte de los cuales parece haberse gastado en los decorados, bastante imaginativos, diseñados por Stuart Craig en su primer trabajo en solitario (antes había sido ayudante de Barry en “Superman” y más tarde se encargaría de películas como “Las Amistades Peligrosas”, “El Paciente Inglés” o la saga de Harry Potter). Un equipo de ochenta personas se afanó durante cuatro meses en construir la base Titán ocupando la totalidad de dos platós de los estudios Shepperton. Este esfuerzo se hace evidente en la película ya que en ningún momento da la impresión de que el decorado termine justo donde la cámara recorta el plano.
La única pega es que, quizá en un intento de evitar el aspecto industrial y algo sucio que predominó en el cine de CF tras “Star Wars” y “Alien”, las instalaciones resultan más extravagantes que prácticas, rayando a veces en lo kitsch.

Hector, el robot, fue otro de los apartados más caros de la película, llegando a absorber un
millón de dólares del presupuesto. Se fabricaron varias versiones, algunas con un hombre dentro pero la mayoría de ellas manejadas por radiocontrol y operadas por un equipo de veinte personas que, con todo, tuvieron continuos problemas para conseguir que el robot hiciera que lo que director ordenaba, como mover las piezas sobre un tablero de ajedrez. A pesar de todo el dinero y tiempo invertido en él, este personaje mecánico no me resulta demasiado convincente como amenaza letal. Su gran corpachón viene rematado por unos bracitos absurdos y unas piernas que lo mueven de forma torpe y lenta. Además, al carecer de cabeza, tampoco tiene expresividad alguna más allá del parpadeo de sus “ojos”.

Los efectos especiales son irregulares. La secuencia de apertura en la que la cámara atraviesa Saturno y recorre la nave; el hangar con figuras vestidas de negro; el asesinato del compañero
de Benson por el método de abrir la esclusa de vacío; el viaje por los anillos de Saturno y el aterrizaje en Titán, están razonablemente conseguidos, aunque las pinturas mate y los trucos ópticos se hagan evidentes en más de una ocasión. Además, hay un par de secuencias diseñadas más en base a la estética que al sentido común: ¿Por qué hay gente en la estación espacial que camina por el techo y otros en diferentes ángulos? ¿O por qué un piloto preferiría sufrir la pesadilla de atravesar un anillo repleto de letales rocas de hielo en lugar de dar un rodeo?

Estos continuos traspiés en el apartado visual y escénico probablemente respondan a que la producción era más ambiciosa de lo que permitía el presupuesto disponible. ITC Entertainment, se había embarcado simultáneamente –nunca mejor dicho- en otra superproducción, “Rescaten al Titanic” (1980), basada en una novela de Clive Cussler y que absorbió gran parte del dinero disponible en las arcas de la compañía (sólo para hundirse tan profundamente como el navío del título: de un presupuesto de 40 millones sólo recaudaron 7).

Kirk Douglas y Farrah Fawcett no se esfuerzan demasiado en dotar de energía y carisma a sus
personajes. Fawcett estaba entonces en la cima de su éxito y belleza y tras su participación en una sola temporada de “Los Ángeles de Charlie” (1977-81) se había convertido en uno de los iconos sexuales del momento. Su inclusión en la película obedeció con total seguridad a la popularidad que entonces arrastraba y no a sus dones actorales. Los críticos la atacaron entonces –justificadamente- por su absoluta falta de talento interpretativo, una carencia que se hace evidente en “Saturno 3”. En la década de los ochenta, sin embargo, demostró que podía hacerlo mucho mejor gracias a una serie de papeles femeninos intensos en miniseries televisivas como “Maltratada” (1984) o la película “La Humillación” (1986). En cuanto a Kirk Douglas en el papel de Adam, cuanto menos se diga mejor.

Por su parte, Harvey Keitel, que entonces no era ni mucho menos tan conocido como hoy,
aporta con su rostro pétreo y ojos muertos de muñeca una sensación de amenaza real. Pero bien fuera porque se negó a regresar a la producción para doblar su propia voz –algo muy habitual cuando el sonido directo no tiene la calidad necesaria-, bien porque a Lew Grade no le gustaba su acento neoyorquino, se tuvo que llamar a un tercero para prestar su voz, el actor británico Roy Dotrice, un veterano que ha estado presente en todo tipo de producciones, desde “Espacio 1999” a “Juego de Tronos” pasando por “Hellboy” o “Hércules”. ¿Qué se podía esperar de combinar una voz que parece sacada de una vieja película de kung fu con diálogos como “Tu cuerpo es muy hermoso. Me gustaría utilizarlo”?

Uno no puede sino preguntarse qué habría ocurrido si John Barry hubiera permanecido a
bordo de la producción. Su talento puede verse en los decorados y en ciertos detalles que apuntan a ideas muy interesantes que nunca se llegan a explorar. ¿Qué son esos extraños símbolos tatuados en la piel de los personajes? ¿Qué desastre ecológico dejó la Tierra en un estado tal que, como dice Benson, la gente se ha visto reducida a comerse a los perros? La visión que Barry había tenido para “Saturno 3” parece más interesante y rica en matices que el thriller de robot asesino que al final llegó a las salas. Imaginó a Hector, ya lo he apuntado, como una suerte de monstruo de Frankenstein, una criatura inocente que hereda los vicios y defectos de su creador.

En lugar del thriller de bajo presupuesto que había soñado Barry años atrás, la producción acabó inflándose hasta alcanzar un coste sobredimensionado mientras nadie sabía muy bien cómo orientar el producto, lo que a su vez causaba continuos quebraderos de cabeza al
departamento de márketing de ITC. El propio Donen admitió que con los actores contratados y a punto de empezar el rodaje, no tenía guión definitivo. Durante la filmación se efectuaron profundos cambios en la historia. ¿Era aquello una mezcla de terror y CF? ¿O más bien una fantasía adolescente de tono ligero? Prueba de esos vaivenes son las fotos de producción que se utilizaron para promocionar la película y en las que Farrah Fawcett aparecía ataviada con un mono de cuero y ligueros, una mezcla de Barbarella y dominatrix espacial. Ese vestuario correspondía a una escena que fue finalmente recortada a petición de la propia actriz–aquella en la que Adam y Alex se drogan con una de las pastillas de Benson-. Sin embargo, esas imágenes continuaron utilizándose en posters y elementos publicitarios, hasta el punto de que la película parecía dar más peso a la sexy actriz que al robot asesino.

La lencería espacial de Fawcett no fue lo único que se recortó de la película. La banda sonora
que había compuesto el gran Elmer Bernstein tampoco se utilizó y un par de escenas de violencia explícita no superaron el corte final –en una de ellas, Hector destripaba a Benson-. Todas estas indecisiones y cambios derivaron en sobrecoste, hasta tal punto que un par de tomas con efectos especiales se reciclaron de un episodio de “Espacio 1999”.

A “Saturno 3” le llovieron las críticas negativas inmediatamente tras su estreno. El lema que acompañaba a la película, “¡Algo malo ocurre en Saturno 3!” se convirtió en motivo de bufa y título de algunos de esos comentarios críticos. Se la calificó justificadamente como un producto torpe, lento, inane y hasta ridículo, cuando no lo inintencionadamente cómico. Ofrece un par de pasajes algo inquietantes y el diseño de producción quizá le habría reservado un lugar modesto dentro del
cine de culto, pero ello no compensa lo absurdo del guión, los problemas de ritmo, lo acartonado de los diálogos y los insulsos personajes. No en vano la película y los dos actores principales fueron nominados a los Razzies. Inevitablemente, la recaudación fue otro fiasco y ni siquiera se recuperó el dinero invertido.

“Saturno 3” no fue ni de lejos el taquillazo que sus creadores habían esperado. Ni tenía el alcance épico y optimismo de “Star Wars” ni resultaba tan claustrofóbico y desasosegante como “Alien”. Tampoco ha acabado siendo considerado un clásico menor ni una película de culto. Su principal mérito es haber sido una de las peores superproducciones de la historia de la CF, lo cual, ya de por sí, no es poca cosa. Y, como sucede siempre, este tipo de productos fallidos y extraños siempre encontrará un público entusiasta

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