sábado, 28 de julio de 2018

1956- ¡TIGRE, TIGRE! / LAS ESTRELLAS MI DESTINO – Alfred Bester




Algunas veces parece que la ciencia ficción –y también y especialmente la fantasía- sean géneros compuestos exclusivamente por trilogías y series de larga duración. Pero algunos de los mejores y más grandes escritores de CF sólo escribieron obras individuales y autoconclusivas. No les hacía falta seguir acudiendo al mismo pozo a sacar ideas una y otra vez hasta dejarlo seco. Uno de ellos fue Alfred Bester, quien escribió menos de diez novelas. La primera de ellas fue “El Hombre Demolido” (1953), de la que ya hablé en una entrada anterior. La segunda fue “¡Tigre, Tigre!”, que, como la anterior, suele estar siempre incluida en las listas de mejores libros de la CF y que, como la anterior, consta de un solo libro aunque rebosa de tantas ideas que otros autores habrían escrito pentalogías enteras sólo con ellas.



Gully Foyle, asistente mecánico de tercera clase, es, según la evaluación personal realizada por sus superiores, “un hombre de gran fuerza física y de un potencial intelectual adormecido por la falta de ambición. Trabaja lo menos posible. Es el estereotipo del Hombre Medio. Posiblemente algún shock insospechado le despertaría, pero el Gabinete Psiquiátrico no puede hallar la llave. No se le recomienda para promociones. Ha alcanzado su tope máximo”. En otro párrafo se dice de él: “fácilmente se metía en líos y pocas veces se divertía, demasiado vacío para tener amigos, demasiado vago para el amor”. Ahora bien, el autor también apunta que: “de todas las bestias con vida del mundo era la que valía menos, y la que más probablemente sobreviviría”.

Efectivamente, cuando su nave, la “Nomad” es atacada en el curso de la guerra entre los Satélites Exteriores y los Planetas Interiores y convertida en un pecio en el vacío, él es el único superviviente. Su temple se pone a prueba con éxito cuando durante meses se ve obligado a sobrevivir al borde permanente de la muerte, confinado en un simple armario de minúsculas dimensiones. Pero la experiencia
que verdaderamente cambiará su existencia llegará cuando el “Vorga”, una nave mercante del clan Presteign, supuestamente en su mismo bando, pasa de largo desoyendo deliberadamente sus llamadas de auxilio y condenándole a morir.

En ese momento, Gully se transforma en un individuo obsesionado por la venganza. Es rescatado por el Pueblo Científico: “Eran salvajes, los únicos salvajes del siglo veinticuatro; descendientes de un grupo investigador compuesto por científicos que se habían perdido y habían quedado náufragos en el cinturón de asteroides dos siglos antes, cuando se había averiado su nave. Para cuando fueron redescubiertos sus descendientes, se habían fabricado un mundo y creado una cultura propia, y prefirieron permanecer en el espacio, recuperando y despojando, y practicando una bárbara imitación del método científico que recordaban de sus antepasados”. Éstos le hacen un monstruoso tatuaje que ocupa toda su cara y que le dará, como dice el título, un aspecto de tigre.

Gully empieza su campaña de venganza atacando la propia nave “Vorga” mientras se halla en
un espaciopuerto, pero luego se da cuenta de que quien debe pagar es el capitán que dio la orden de dejarlo náufrago. Es atrapado y encarcelado en una prisión a prueba de teleportadores, escapa y averigua el secreto que escondía la “Nomad”: un cargamento de Piros, una sustancia de enorme potencial destructivo que se desencadena al contacto de una voluntad férrea o el pensamiento de un telépata y que puede decidir el destino de la guerra. Pero no solo eso: Foyle se hace rico robándole su fortuna al magnate Presteign; se reinventa con una nueva y sofisticada personalidad, la de Geoffrey Fourmyle, un extravagante hombre del espectáculo; se enamora de Olivia, la hija de su enemigo… Y poco a poco, paso a paso, va pelando las capas del misterio que rodean no sólo al “Nomad”, sino a sus propios y ocultos poderes.

Bester imaginó “¡Tigre, Tigre!” en el breve periodo –poco más de un año- en el que residió en Inglaterra antes de volver a su nativa y muy querida Nueva York. La escribió en Roma y la envió a Horace L.Gold, editor de “Galaxy Science Fiction”, la revista en la que tres años atrás había publicado también “El
Hombre Demolido”. La primera edición en libro se lanzó en Inglaterra bajo el título “¡Tigre, Tigre!”, tomando parte del verso de William Blake que abre la obra. En Estados Unidos, sin embargo, el título se cambió por el de “Las Estrellas Mi Destino”. Así, el libro es más conocido por uno u otro título dependiendo de la popularidad de una u otra edición.

La inspiración original provino de un artículo que Bester leyó en la revista “National Geographic” acerca de la hazaña de Poon Lim, camarero chino en un navío mercante británico que fue hundido por un submarino alemán en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Lim sobrevivió a bordo de una lancha el tiempo record de 133 días. Los navíos que pasaban cerca no le recogieron porque lo tomaron por el anzuelo de una trampa tendida por algún submarino al acecho. Lim fue finalmente rescatado por tres pescadores brasileños cuando acabó acercándose a las costas de ese país. A partir de ese hecho real, Bester imaginó la historia de Gully Foyle como una recreación en clave de space opera de ese clásico de la literatura universal que es “El Conde de Montecristo”, de Alejandro
Dumas. Efectivamente, como Edmundo Dantés, Foyle es encarcelado, contacta secretamente con otro prisionero (Jizbella McQueen) que le enseña y educa y con quien traza un plan para escapar. También como Dantés, utiliza una recién adquirida fortuna para reinventarse y adoptar otra identidad, la del excéntrico y sofisticado Geoffrey Fourmyle.

A un nivel básico, la historia se desarrolla en tres niveles. El superior es la narración de la búsqueda de venganza por parte del protagonista. Tras éste se encuentra el decorado del futuro de la humanidad, un futuro en el que se ha poblado el sistema solar y se ha obrado una fractura social y económica que ha enfrentado a dos bandos, los Planetas Interiores (la Tierra, la Luna, Venus y Marte) y los Satélites Exteriores (las lunas de Júpiter, Saturno y Neptuno). Y, por último, la historia de cómo esa humanidad experimenta un cambio fundamental, dando un paso evolutivo y adquiriendo una habilidad que, una vez generalizada y dominada, abrirá el camino a las estrellas. Bester inicia la novela describiendo el espíritu de esos tiempos:

“Era una Edad de Oro, una época de grandes aventuras, de vidas frenéticas y muertes violentas...
pero nadie pensaba en ello. Era un futuro de fortunas y robos, pillaje y rapiña, cultura y vicios... pero nadie lo admitía. Era una época de posturas extremas, un fascinante siglo de rarezas... pero a nadie le gustaba. Todos los mundos habitables del sistema solar estaban ocupados. Tres planetas y ocho satélites y once billones de personas llenaban una de las edades más interesantes jamás conocidas y, sin embargo, las mentes todavía añoraban viejos tiempos, como siempre. El sistema solar era un hormiguero de actividad... luchar, alimentarse, procrear, aprender las nuevas tecnologías que aparecían casi antes de que se hubiesen dominado las antiguas, prepararse para la primera exploración a las lejanas estrellas del profundo espacio; pero...«¿Dónde están las nuevas fronteras?», gritaban los románticos… “

Era una edad de monstruos, de seres deformes y grotescos. Todo el mundo estaba retorcido en
formas maravillosas y malevolentes. Los clasicistas y románticos que lo odiaban no se daban cuenta de la grandeza potencial del siglo veinticinco. Estaban ciegos para los fríos hechos de la evolución... para la idea de que el progreso surge del choque de extremos antagónicos, del
matrimonio de monstruosidades máximas”
. Bester describe el futuro…pero también su propia época y, ya puestos, la nuestra.

El fuerte de Bester era coger las convenciones de ciertos géneros pulp (ya fuera el policiaco en “El Hombre Demolido” o la space opera –con tintes también de serie negra- de “¡Tigre, Tigre!”) y subvertirlos llevándolos al terreno psicológico y sociológico, esto es, centrarse en la caracterización y el retrato de la sociedad del futuro. En relación a esto último, Bester parte de una premisa implausible desde el punto de vista científico: que la teleportación por la simple fuerza de la voluntad es posible. El primer capítulo de la novela establece las reglas y limitaciones de tal
habilidad, por ejemplo, que el “jaunteador” debe conocer de antemano su destino, que debe tener seguridad en sí mismo y que no se puede jauntear más de mil millas de una sola vez y nunca en el espacio.

A partir de ese arranque y durante el resto de la novela, construye un mundo caleidoscópico, coherente y lógico de acuerdo a la existencia de tal habilidad y las reglas descritas. Así, tenemos una sociedad que se ha visto obligada a cambiar en múltiples niveles: los transportes públicos ya no cumplen ninguna función; las cárceles han de diseñarse de otra manera; las viviendas y edificios que quieran mantener su privacidad deben instalar laberintos de entrada o mantener secreto su interior; la gente ya no está atada a una ciudad, ni siquiera a un continente, por trabajo; quienes pierden su capacidad de jauntear se convierten en inválidos sociales de facto que deben someterse a cursos para recuperar aquélla; el turismo cobra una nueva entidad; el comercio planetario e interplanetario se transforma totalmente causando un colapso económico y nuevas brechas sociales; surgen nuevos tipos de crimen, profesiones e incluso aristócratas (que
demuestran su “superioridad” respecto al vulgo renunciando al jaunteo), la nueva libertad y correspondientes excesos que brinda el jaunteo provoca el surgimiento de una corriente reaccionaria y puritana …

Bester va descubriéndonos en cada capítulo nuevos rincones de esa compleja y colorida vida del futuro: la temible cárcel de Gouffre Martel, el Castillo Presteign, la Fábrica de Extravagancias, las sofisticadas fiestas de sociedad, comunidades extravagantes como la de los adoradores de la ciencia del cinturón de asteroides o la secta de fanáticos en Marte que voluntariamente se cercenan los sentidos para vivir sumidos en una permanente contemplación y aislamiento del mundo exterior. Escenarios todos estos poblados por individuos igualmente originales, como Robin Wednesday, la telépata unidireccional; Olivia Presteign, la albina ciega que puede percibir los campos electromagnéticos; o Daniel Dagenham, un auténtico hombre radioactivo cuyo contacto es letal…La inventiva de Bester parece inacabable.

Como sucedía en “El Hombre Demolido”, en esta novela importa tanto la trama como los personajes y, en especial, Gully Foyle y su perturbada personalidad. Uno de los que arrolla en su búsqueda de venganza lo describe como un "villano inflexible, lascivo, traicionero, despiadado", una frase tomada de “Hamlet”. El príncipe danés de Shakespeare, sin embargo, la pronunciaba mientras se reprendía a sí mismo por su indecisión, mientras Foyle se define por su sed de venganza. Foyle es un cúmulo de contradicciones: el antihéroe libertario por excelencia; el individuo de orígenes humildes y limitadas capacidades que por sus propios medios acaba convertido en un superhombre; un monstruo que acaba desarrollando conciencia; un ser solitario y egoísta que aprende lo que significa amar; y un violento depredador que termina compartiendo el inmenso poder que le ha sido otorgado. Es una de las creaciones más memorables de la ciencia ficción, pero al mismo tiempo y como pasaba con el protagonista de la otra gran novela de Bester, “El Hombre Demolido”, resulta difícil simpatizar con él durante al menos tres cuartas partes del libro. De hecho, se le describe como “un cáncer andante”, alguien consumido por un sentimiento negativo e incapaz de retomar su vida –quizá porque no tenía vida digna de ser retomada-.

Al final, burlado otra vez por el destino y frustrada su sed de venganza, Foyle se ve obligado a
reconocer que “La venganza tan sólo se da en los sueños... nunca en la realidad”, y que su autodidacta búsqueda por “convertirse en una criatura pensante” ha sido inútil: “Fantaseamos sobre el libre albedrío, pero no somos otra cosa que unas respuestas condicionadas... reacciones mecánicas en grabaciones preseleccionadas”. Aunque termina buscando el castigo y la redención “para pagar por lo que ha hecho y saldar las cuentas”, se le recuerda a su pesar que “no hay escapatoria” de uno mismo. En una serie de simbólicos intercambios con un camarero robot defectuoso que parece manifestar una especie de pensamiento independiente antes de desconectarse, se le exhorta a que acepte los desafíos que le presenta la vida:

-¿Por qué? ¿Para qué alcanzar las estrellas y las galaxias? ¿Por qué?
—Porque uno está con vida, señor. También se podría preguntar: ¿por qué estoy vivo? Pero no lo hace. Vive
—Tiene que haber algo más que el simple vivir —le dijo Foyle al robot.
—Entonces hállelo por usted mismo, señor. No le pida al mundo que se deje de mover porque tiene dudas.
—¿Por qué no podemos movernos todos juntos hacia adelante?
—Porque todos ustedes son distintos. (…) Algunos tienen que ir por delante, y esperar que los demás les sigan.
—¿Quién va por delante?
—Los hombres que deben hacerlo... los hombres con una misión, los hombres que se sienten compelidos a ello. “


Esa conversación convence a Foyle para asumir su compromiso final, uno que supone confiar en que la humanidad sepa tomar sus propias decisiones: “¿No se da cuenta de que no puede fiarse de la gente? No saben lo que es bueno para ellos. —Entonces que aprendan o mueran. Estamos todos juntos en esto. Vivamos o muramos juntos”.

“Vosotros, cerdos, vosotros. Vosotros la metéis como cerdos. Tenéis lo mejor en vosotros y usáis lo peor. ¿Me escucháis, vosotros? Tenéis un millón en vosotros y gastáis céntimos. Tenéis un genio en vosotros y pensáis en loco. Tenéis un corazón en vosotros y os sentís vacíos. Todos vosotros. Cada uno de vosotros (…) Tenéis que tener una guerra para gastar. Tenéis que estar en líos para pensar. Tenéis que encontraros en problemas para ser grandes. El resto del tiempo estáis
sentados vagos, vosotros. ¡Cerdos, vosotros! ¡De acuerdo, Dios os maldiga! Os reto, yo. Morid o vivid y sed grandes. Haceos estallar hasta el infierno o venid a buscarme a mí, Gully Foyle, y os haré hombres. Os haré grandes. Os daré las estrellas”.

En el libro se refleja una continua preocupación, tal y como Bester lo expone, por “el beneficio y la pérdida, el pecado y el perdón, el idealismo y el realismo”. Todos estos conceptos contrapuestos juegan un papel en la historia y pueden aplicarse a prácticamente todas las situaciones que se narran, incluyendo la obsesión de Foyle, hacia la cual el autor adopta una postura ambigua. Su inextinguible ira vengadora le lleva a actos abominables, a cometer crímenes, a arruinar su propia vida y las de quienes se cruzan en su camino. Incluso, al sacar a la luz el Piros, provoca una enorme destrucción. Pero al mismo tiempo, no puede sino admirarse lo que consigue gracias a esa misma obsesión: alcanza todo su potencial físico e intelectual y demuestra hasta dónde es capaz de llegar un hombre común, sin educación y al que nadie daba ningún futuro. Al final, Gully se arrepiente, asegura que el tigre que rugía en su interior ha desaparecido y dona el secreto de su inmenso
poder a toda la Humanidad: el siguiente paso en el jaunteo, la teleportación por el espacio, lo que abrirá las puertas de todo el universo a la colonización humana. Es, por tanto, un viaje tanto exterior como interior para Foyle, de hombre simple y embrutecido a monstruo para terminar como algo parecido a un mesías que encuentra su conciencia y busca la redención de sus pecados. .

Así, Bester describe un mundo complejo en el que los buenos y los malos no se distinguen por vestir de blanco o negro y en el que la vida no es fácilmente categorizable. Es un tiempo de grises en el que, como dice el prólogo, “el progreso surge del choque de extremos antagónicos, del matrimonio de monstruosidades máximas”. Se abordan algunas cuestiones bastante profundas, como la naturaleza y propósito de la venganza, la influencia de los ricos y poderosos o las diferencias entre los que actúan y los que flotan pasivamente por sus vidas. Además, dibuja un escenario bélico de fondo en el que los embargos comerciales han provocado la guerra entre los Planetas Interiores y los Satélites Exteriores. En general, la política que imagina Bester para esta novela es más
compleja y adulta que la de muchos de sus contemporáneos, evitando los tópicos de los dictadores benevolentes o las sabias figuras paternalistas. No hay aquí deux ex machinas ni respuestas fáciles para ninguna de las cuestiones planteadas, a excepción quizás de la declaración que hace un sirviente robot tras escuchar a sus amos humanos debatiendo: “Todos ustedes son fenómenos, señor. Pero siempre lo han sido. La misma vida es un fenómeno. Ésa es su gloria y esperanza”.

La trama se desarrolla con un imparable ritmo que mantiene al lector pegado a sus páginas conforme la acción se traslada de la Tierra al espacio, de un lugar del planeta a otro, de vuelta al espacio, otra vez a la Tierra... El ansia de venganza de Foyle es lo que impulsa la historia, pero Bester acierta al no limitarse a eso, sino a incluir un “McGuffin”, el Piros, que permite no sólo añadir un grado de complejidad a la trama sino que los personajes secundarios tengan un papel más activo y justificado en la historia. Además, se guarda algunas cartas sorpresa para el final que cambian completamente el juego y que descubren un nuevo fenómeno que había permanecido oculto durante toda la novela. Estos golpes de efecto son trucos propios del pulp y es que, al fin y al cabo, ésa fue la escuela de aprendizaje de Bester a comienzos de los años cuarenta. El de Bester es un estilo pulp depurado, con un elegante uso del lenguaje que incorpora términos nuevos y, cuando es necesario, una jerga patibularia. Bester fue de los
primeros autores en reconocer que el lenguaje de los iletrados y los bajos fondos también experimentaría una evolución con el paso del tiempo.

Bester experimenta salvajemente con la forma en el pasaje final, en el que Gully sufre temporalmente sinestesia, una interferencia de percepciones y sensaciones: oye colores, siente el sabor del tacto, escucha la luz… La manera que tiene el escritor de plasmar algo tan extraño (pero auténtico) como describir un sonido como si fuera una visión mediante las palabras, los dibujos, la disposición del texto, el juego con las tipografías… es tan original y efectivo como vanguardista. Este juego con el lenguaje tanto en fondo como en forma venía facilitado por la mentalidad abierta de Horace Gold, editor de “Galaxy”, más proclive a este tipo de “extravagancias” que el otro gran editor del género en los cincuenta, John W.Campbell Jr. (“Astounding Science Fiction”). De hecho, a menudo se cita esta obra como precursora tanto de la New Wave de los
sesenta como del ciberpunk de los ochenta. A la primera se anticipó veinte años gracias a su utilización del lenguaje en formas heterodoxas; el segundo tomaría de ella su pesimista futuro, los cuerpos mejorados cibernéticamente (Foyle se convierte en un ciborg y se describe algo prácticamente igual al “bullet time” de “Matrix”) y las corporaciones omnipotentes y codiciosas.

Hay cierto aroma de misoginia en el trabajo de Bester del que ya había dado ciertas señales en “El Hombre Demolido”. En “¡Tigre, Tigre!”, Foyle viola a la primera mujer que amenaza sus planes, Robin; traiciona a Jisbella dejándola abandonada a su suerte en el espacio y experimenta una epifanía y eventual remisión de su rabia cuando, horrorizado, ve en Olivia, la mujer que ama, el mismo monstruo que ruge en su propio interior. En el ámbito del reparto de papeles según el género, Bester resulta un autor convencional para su época, si bien esto queda –al menos en mi opinión- compensado por su osadía a la hora de romper moldes en otros aspectos y hacer madurar al género.

Hay otros aspectos discutibles en el libro, al menos desde el punto de vista del lector moderno.
Por ejemplo, el personaje de Dagenham, el hombre radioactivo: debido a un accidente se ha convertido en un emisor permanente de radiación que debe vivir aislado –el contacto con otros no puede superar los cinco minutos so pena de resultar letal- y que brilla en la oscuridad. Es algo tan extravagante que parece salido de uno de esos comic books que Bester escribió para DC en los cuarenta. De hecho, ese peculiar rasgo suyo resulta innecesario para el desarrollo de la trama. Hay algunos pasajes relacionados con el robo del contenido de la nave Nomad que tienen un saborcillo excesivamente pulp. Pero todo esto son pegas menores en relación a los aciertos, mucho más numerosos, de la novela.

Aunque fue escrito hace más de sesenta años, “¡Tigre, Tigre!” ha aguantado bien el paso del tiempo. Mejor, de hecho, que algunas novelas Ciberpunk de los ochenta a las que sirvió de inspiración. Y ello ha sido gracias a que, a diferencia de muchas obras de CF, Bester no la referenció a algún periodo concreto de tiempo ni introdujo demasiados elementos tecnológicos susceptibles de quedar rápidamente desfasados. Los saltos
hacia el futuro que da su imaginación parecen incluso adelantados a nuestro propio tiempo. Y, sobre todo, la novela mantiene su vigencia por su elemento humano: en un mundo fantástico en el que los hombres pueden trasladarse mil millas con un simple pensamiento y construir civilizaciones tan maravillosas como decadentes, se nos recuerda continuamente que aún debemos enfrentarnos y vencer nuestras pasiones e instintos más primitivos. Además y a pesar de su inmensa riqueza de ideas y de su potencial para convertirse en una saga, Bester nunca sintió la necesidad de regresar al futuro dominado por la teleportación y la guerra interplanetaria que imaginó para esa novela.

Asombrosamente, ningún estudio cinematográfico se ha atrevido a llevar esta fascinante y rica historia a la gran pantalla. Es un texto tan repleto de ideas que nadie ha sido capaz de resumirlas sin mutilar severamente la historia original. Durante décadas se ha estado hablando de llevarlo al cine sin que ningún proyecto cuaje. Tras el éxito de “Pretty Woman” (1990), Richard Gere se hizo con los derechos con la intención de protagonizarla. El alemán Bernd Eichinger, productor de films como “La Historia Interminable” (1984), “El Nombre de la Rosa” (1986), “Resident Evil” (2002) o las películas de
los Cuatro Fantásticos (2005, 2007) compró los derechos y contrató a Neal Adams para realizar arte conceptual. Tampoco salió adelante. Más tarde, Paul W.S.Anderson fue designado como director, pero acabó haciendo en cambio “Horizonte Final” (1997). Desde entonces, se han escrito varios tratamientos de guión (el último, según creo, de 2015 para Paramount), pero sin que se concrete nada. Los estudios parecen preferir resguardarse en sagas y franquicias antes que arriesgar con productos nuevos.

Puede que una de las dificultades a la hora de adaptar este libro para un público actual y mayoritario resida en el propio protagonista. Es un individuo desagradable que recurre al asesinato, la tortura y la violación y con el que, como he dicho, no resulta fácil simpatizar. Ver sus tropelías y su locura en imagen real podría resultar incluso más chocante que leerlo en la página impresa. Tampoco esa filosofía libertaria, antigubernamental y resueltamente contraria al poder de las corporaciones y las élites parece algo que pueda tener buen acomodo en el cine de hoy.

Además de una dramatización radiofónica de la BBC en 1991, sí existe una adaptación al comic
realizada por el guionista Byron Preiss y el dibujante Howard Chaykin en 1979, dentro de la etapa “pictórica” de este último. Se trata de una novela gráfica pura, esto es, una combinación de texto e imágenes, de libro y comic ciertamente espectacular en la que el autor ofrece montajes experimentales y viñetas muy trabajadas. Originalmente, sólo pudo verse la primera parte de la obra dado que la editorial, Baronet Publishing, quebró. En 1992, Marvel realizó una edición completa dentro de su línea Epic. Algunas de sus viñetas sirven de acompañamiento a este artículo.

A finales de los cincuenta, Bester dejó de escribir ciencia ficción por segunda vez (la primera había sido a principios de los cuarenta) dedicándose a la televisión, para la que escribió capítulos de diferentes series. A mediados de los sesenta y durante un breve periodo, regresó a la CF antes de editar “Holiday Magazine”, ocupación que desempeñó hasta el cierre de esa revista en 1971, cuando se refugió en su género favorito una vez más. Aunque llegó a recibir varias nominaciones a los premios Hugo y Nébula, no consiguió alcanzar con su nuevo trabajo el grado de reconocimiento de crítica y público de que había disfrutado con sus relatos
y novelas de los cuarenta y cincuenta. Además, su vista empezó a fallarle y escribir le resultaba cada vez más difícil. Siguió otro periodo de ausencia del género, de 1975 hasta 1979 –durante el cual llegó a trabajar en un tratamiento para la película de “Superman”- . Sus últimos trabajos para la CF datan de comienzos de los ochenta, pero su salud era cada vez peor y en 1987, tras haber cancelado su asistencia como invitado de honor a la WorldCon que se celebraba en Brighton, Inglaterra, murió a consecuencia de complicaciones derivadas de una caída que le fracturó la cadera. Poco antes tuvo noticia que la Asociación de Escritores Americanos de Ciencia Ficción le iba a otorgar uno de los mayores reconocimientos del género: el premio Nébula Gran Maestro.

Esta novela junto a “El Hombre Demolido” hizo de Bester uno de los grandes nombres de la CF. Incorporó en “¡Tigre, Tigre!” muchos tópicos del género para luego darles una vuelta de tuerca y sorprender continuamente al lector. Hay quien la ha calificado como la mejor novela de CF de todos los tiempos. Quizá tal consideración sea algo excesiva, pero de lo que no cabe duda es que esta exótica mezcla de space opera, odisea heroica, intriga político-bélica y ácido comentario social ha cautivado a generaciones de lectores y aparece persistentemente en muchas listas de clásicos imprescindibles del género. Una novela, en definitiva, tremendamente influyente y que apenas ha envejecido un ápice.


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