domingo, 26 de octubre de 2014

1980- EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS – Don Taylor




Las historias de viajes en el tiempo que quieren abordar el tema con cierta seriedad son terreno resbaladizo. Las paradojas temporales, los universos paralelos, las historias alternativas, los puntos dunbar… son conceptos que desafían la lógica cotidiana y que pueden dar dolor de cabeza no sólo al espectador/lector sino también al autor que debe tratar no sólo de atar todos los cabos con una mínima coherencia, sino de atreverse a plantear y resolver ideas desafiantes que animen a la reflexión. “El final de la cuenta atrás” no supo hacerlo.



El portaaviones Nimitz, comandado por el capitán Matthew Yelland (Kirk Douglas) parte de la base naval de Pearl Harbor para realizar una serie de maniobras. El navío es atrapado por una misteriosa tormenta electromagnética que aparece de la nada y que desaparece tan súbitamente como surgió. Pero sus efectos resultan sorprendentes y peligrosos. Las comunicaciones han desparecido y los equipos del barco sólo pueden captar emisiones de radio antiguas y transmisiones militares codificadas con claves obsoletas; un vuelo de reconocimiento sobre Pearl Harbor muestra que en la base se hallan anclados barcos que resultaron destruidos por el bombardeo japonés que inició la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial; los reactores del portaaviones divisan asimismo bombarderos Zero japoneses. Las pruebas son irrefutables: el Nimitz se ha visto transportado por la tormenta al 5 de diciembre de 1941, la víspera del ataque a Pearl Harbor por la flota nipona. El dilema está servido: ¿deben intervenir y utilizar el avanzado armamento y tecnología del portaaviones para destruir a la flota japonesa cumpliendo con su deber de soldados americanos? ¿O, por el contrario, es mejor permanecer al margen y no intentar alterar el curso de la historia conocida?

Esta es una de esas pocas ocasiones en las que el final de una película marca la diferencia entre lo que podría haber sido uno de los grandes títulos de ciencia ficción de la década y el producto mediocre que resultó ser. Ni siquiera la grandeza de Blade Runner (1982) se vio alterada por su insulsa conclusión. “El Final de la Cuenta Atrás” es uno de esos casos. Es triste ver cómo los cineastas dejaron escapar la oportunidad de haber dejado huella en el género.

La historia plantea una idea con grandes posibilidades: ¿qué pasaría si un arma moderna, un
portaaviones, fuera transportado hacia atrás en el tiempo hasta la víspera de Pearl Harbor, donde podría afectar el resultado no sólo de aquel acto de guerra, sino de toda la historia del siglo XX? La película presenta bien la idea, ofreciendo conversaciones en las que se menciona la paradoja del nieto que mata al abuelo e introduciendo a un personaje de la tripulación que, muy convenientemente, resulta ser un especialista en ese periodo histórico concreto (James Farentino). Las escenas en las que oficiales y marineros escuchan desconcertados los viejos programas de radio y la sorpresa e indignación del senador Charles Chapman (Charles Durning) por hallarse a bordo de un buque bautizado con el nombre de un almirante aún en servicio (para él), ayudan a redondear la sensación buscada de desorientación producto del desplazamiento en el tiempo.

Por desgracia, tanto el tráiler de la película como el mismo poster arruinaban la sorpresa y el suspense antes incluso de entrar en la sala: todas las escenas en las que los tripulantes del Nimitz tratan de averiguar qué había ocurrido dejan de tener carga de misterio alguna y los espectadores se limitan a esperar a que caigan en la cuenta de lo que ellos ya saben desde el principio y que pasen a lo que realmente les interesa: ¿vencerán o no a los japoneses? ¿Podrá el armamento moderno de un solo barco superar a un enemigo menos avanzado tecnológicamente pero superior en número?

(AVISO DE SPOILERS) Desgraciadamente, esta cuestión –el debate ético acerca del derecho a
intervenir en la guerra y cambiar la historia y las intrigantes posibilidades sobre realidades alternativas que se derivarían de tal intervención- se evita completamente de la manera más chapucera y decepcionante posible: justo cuando va a comenzar la batalla, aparece de nuevo la tormenta y el Nimitz es devuelto al tiempo presente. Es un remate frustrante porque toda la película ha ido dirigida a construir un clímax que debería culminar con el choque entre el portaaviones y la flota japonesa y cuando esto se le hurta al espectador, no sólo se siente estafado, sino que además tiene la acertada impresión de que los guionistas (David Ambrose, Gerry Davis, Thomas Hunter y Peter Powell) han pecado gravemente de cobardía intelectual. El premio de consolación final, con un guiño a la paradoja temporal que se produce (¿puede un hombre que viajó hacia atrás en el tiempo y permaneció allí, encontrarse al cabo de los años con su yo presente?) no compensa la decepción global y además no está mínimamente explicado.

En descargo –parcial- de la película conviene recordar que hasta el momento de su estreno, aparte de episodios aislados de las series televisivas de “Star Trek” o el “Doctor Who” (una serie para la que uno de los guionistas del film, Gerry Davis, había trabajado en los sesenta), el tema de los viajes en el tiempo nunca se había abordado con valentía y rigor. El pasado y el futuro eran simplemente lugares y momentos en los que correr aventuras de la misma forma que en otras narraciones se utilizaban planetas extraterrestres; o bien fuente de origen de visitantes de esos tiempos ajenos al nuestro con los que tejer relatos de choque cultural. Si “El final de la cuenta atrás” se hubiera rodado cinco años después de que otras películas sobre viajes en el tiempo maduraran el tema (“Terminator”, 1984; o “Regreso al Futuro”, 1985), es muy posible que hubieran conseguido una historia de ciencia ficción más atrevida e interesante.

El director Don Taylor tenía ya cierta experiencia en el cine fantástico. Previamente a esta cinta
se había encargado de “Huida del Planeta de los Simios” (1971), “La Isla del Dr. Moreau” (1977) o “La maldición de Damien” (1978). Ahora se enfrentaba a una historia de corte mucho más realista pese a abordar el tema del viaje en el tiempo. En este sentido, desarrolla la historia que le ha sido encomendada de una forma discreta –poco más podía hacer-. Fue la última película que dirigió para el cine, llevando el resto de su carrera a la televisión.

El trabajo de los actores es poco destacable. A pesar de contar con gente del peso de un envejecido Kirk Douglas y el habitualmente sólido Martin Sheen, ninguno parece estar realmente integrado en su papel. Habida cuenta del problema que sus personajes tenían entre manos, todos parecen tomarse la situación de una forma demasiado relajada, incluso distanciada. No hay tensiones, disensiones, ni verdaderas discusiones, como si sus desayunos hubieran incluido una dosis de Prozac. Aún peor, el personaje de Martin Sheen, el analista de sistemas Warren Lasky, es prácticamente irrelevante. Su participación se limita a ir de un lado a otro, mirar y realizar
alguna observación sobre las paradojas temporales, pero la historia se podría haber contado perfectamente sin su presencia, que sólo sirve para dotar de algo de enjundia al final.

Pero el verdadero protagonista de la película, más interesante aún incluso que el propio argumento de la misma, es el portaaviones Nimitz. Porque lo cierto es que la cinta acabó siendo un extenso anuncio publicitario de la Armada estadounidense. Peter Vincent Douglas –hijo de Kirk Douglas que a la sazón tenía 25 años y que asumía la labor de productor por primera vez - consiguió la autorización del Departamento de Defensa para rodar a bordo del auténtico Nimitz mientras el buque efectuaba maniobras reales. Las escenas de aviones de diferentes clases apontando y
despegando, de las operaciones de la tripulación de cubierta y los cazabombarderos F-14 Tomcat evolucionando en el aire al ritmo de la banda sonora de John Scott, están verdaderamente logradas (en cambio, las escenas con los Zeros japoneses fueron recicladas de “Tora, Tora, Tora”). Y cuando mencionaba lo de “anuncio publicitario”, quería decir exactamente eso. La película fue utilizada como anzuelo de enganche por parte de la marina y su cartel promocional se colocó en las oficinas de reclutamiento.

El interés de las escenas militares compensa hasta cierto punto la pobreza de los efectos especiales: la tormenta magnética/portal temporal fue diseñada por alguien del renombre de Maurice Binder (creador de las características secuencias de apertura de las películas clásicas de James Bond), pero el escaso presupuesto sólo dio para representarlo mediante una maqueta del portaaviones silueteada contra un túnel de humo iluminada con rayos láser. Esas escenas, que deberían haber supuesto uno de los momentos álgidos del film, parecen un descarte de “El Abismo Negro” (1979) de Disney.

En resumen, “El Final de la Cuenta Atrás” es una suerte de episodio alargado de “La Dimensión Desconocida” que prometió más que dio y que probablemente gustará a los niños y a aquellos aficionados a la tecnología y parafernalia militar. Para los demás no es sino una oportunidad perdida de profundizar en los aspectos más fascinantes de los viajes en el tiempo.


6 comentarios:

  1. Estupendo análisis. El tema sobre los viajes en el tiempo, en su mayoría, quedan en historias tópicas infantiles: viajar para cambiar el pasado, para bien o para mal. Viajes turísticos a otra épocas, en fin. O, cuando se trata de una manera sesuda a lo Robert A. Heinlein con su Todos vosotros zombis... No obstante es un tema de lo más interesante como juego mental, es decir, las paradojas, y de eso vive el género. Eisntein dijo que se podía viajar a través del tiempo, y después le siguieron muchos físicos y astrónomos. Esta otra literatura es también imprescindible, tanto como dos películas estupendas que hablan sobre todo esto, pero en estado mental,como Rosas salvajes de Bergman o La prima Angélica de Saura. ¿Son de ciencia ficción? La vida, la mente, las percepciones... quizá sí.

    Estupendo blog y si me lo permites te enlazo porque soy un gran seguidor de este género, más literario que cinematográfico.

    Un cordial saludo.

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  2. Gracias por tu aportación y encantado de que me enlaces. En cuanto a historias de viajes temporales "con fundamento", te recomiendo He Aquí el Hombre, de Michael Moorcock, reseñada en este mismo blog. Es curiosa, ágil e irreverente. "Puerta al Verano" es asimismo interesante, como también, por supuesto, "La máquina del tiempo". Un saludo.

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  3. "no es sino una oportunidad perdida de profundizar en los aspectos más fascinantes de los viajes en el tiempo."
    Con esta frase me demuestras que solo viste la película "Cuenta regresiva final" solo UNA VEZ... y con pocas ganas.
    Sí, es un gran anuncio pro NAVY, pero desde la primera vez que la vi me encantó, no por los jets sino porque me interesó la historia primero... ¿el truco? No tengo la mala costumbre de ser un completo estúpido y ver los trailers o poner atención a los posters de las películas... Como dice tvtropes, los trailes/posters pueden dar spoilers y arruinar la película.
    Las paradojas temporales no están porque la película maneja al tiempo y la historia como algo inmutable.
    La ficción está ahí, si se desea ver, pero criticar así una película de culto, solo porque tus estándares de ficción son de nivel astronómico, es imperdonable...

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  4. En realidad, la película la he visto tres veces en diferentes momentos de mi vida. La primera de ellas fue cuando se estrenó, siendo yo un chaval. Me dejó un gran recuerdo tanto por el tema como por el desenlace, aunque claro, a los diez años uno es bastante impresionable. Diez años después, la volví a ver, con menos entusiasmo esa vez. Y otra para la escritura de esta entrada. Desde luego, mi visión, gustos y capacidad de análisis como adulto -afortunadamente- no es la misma que de la primera vez que la vi.

    Lamento que te moleste mi opinión porque no coincida con la tuya, pero creo que vas errado en tu respuesta. Para empezar, ¿qué es exactamente una película "de culto"? ¿La que una generación disfrutó en su día y de la que guarda buen recuerdo independientemente de su calidad o de que haya envejecido bien o mal? ¿Aquella que sólo disfruta una minoría? ¿La que sólo recibe buenas críticas y el público desprecia? En este blog, a d día de hoy, hay publicadas unas 120 reseñas de películas, no pocas de ellas de películas que muchos califican "de culto". En algunas ocasiones, les encuentro más virtudes que defectos, en otras, es al revés. Si crees que una crítica desfavorable por mi parte está motivada por su consideración como "de culto" por ciertos sectores, te equivocas bastante. Muchas de ellas me parecen buenas, otras no tanto pero me entretienen y otras me parecen cintas muy sobrevaloradas. Por supuesto, es una opinión, la mía, que no tiene por qué coincidir con la del resto, pero en cualquier caso intento dar razones y argumentos que la sostengan.

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  5. Al margen de los detalles exclusivamente cinematográficos, esta película recoge detalles que sólo un entendido en aviación puede apreciar y que paso a detallar a modo de datos interesantes:
    -Los supuestos Mitsubishi Zero son Texan T-6 de entrenamiento (como los que tuvo el Ejército del Aire español y que utilizó en misiones de guerra real en el Sahara) pilotados por pilotos de una asociación estadounidense que volaban y vuelan aviones históricos (¿confederate air force?)
    -El combate aéreo entre los Tomcats (ya retirados de los portaaviones USA) y los "Zero" constituye toda una demostración del "dogfight" entre un avión rápido, el reactor, y un avión lento "el de hélice", intentando cada uno de ellos "cogerle la cola" al otro ("juegue con ellos") con la dificultad que tiene el reactor de ir lento, ya que la velocidad mínima de vuelo a la que puede volar (si vá más lento literalmente se cae como una piedra) es muy superior a la del avión de hélice. Esto se puede apreciar en la escena en la que un Tomcat sigue a un Zero en un ascenso, el Zero pica y el Tomcat se pone en invenrtido para caer hacia el mar. En el momento del punto máximo de ascenso el Tomcat está casí en "pérdida" (velocidad mínima) para recuperar velocidad tiene que caer, pero tanto cayó hacia el mar el reactor en la escena, que se quedó a 30 metros del agua. Cuándo se presentó la película (antes de su estreno) a los familiares de los pilotos reales, la mujer del piloto del f-14 Tomcat de esa escena dió un chillido, chillido que fue incorporado al sonido de los motores en el montaje de la película.
    -El avión de reconocimiento que despega y hace fotos de Pearl Harbour supuestamente estando en 1941, es un F-8 Crusader, ya desaparecido del arsenal USA hace años. Este avión, conocido como el "ultimo cañonero" tenía una velocidad de aterrizaje en portaaviones muy alta, lo que hacía que muchas veces (como en la escena de la película) al aterrizar se apoyara sólo en la rueda delantera, lo que dá una idea de la fortaleza del tren de aterrizaje. Cuándo la marina francesa compró este avión para sus portaaviones, más pequeños que los americanos, lo primero que solicitó fue que rediseñaran algunos aspectos del ala para reducir la velocidad de aterrizaje, "o se quedaba sin pista".
    Y bueno, todas las escenas aéreas son de una calidad y realismo envidiables, incluso para documentales aeronáuticos.

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