miércoles, 23 de septiembre de 2026

1952- EL CUERNO DE CAZA – Sarban


Bebiendo de la tradición inglesa de novela pastoril, “El Cuerno de Caza” es uno de los ejemplos clásicos del subgénero ucrónico en su modalidad “¿Qué habría pasado si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial?”. Su autor fue un diplomático británico llamado John William Wall (1910-1989), que pasó su vida laboral (incluso durante la Segunda Guerra Mundial) en el Servicio Diplomático Británico, destinado en Beirut, Yeda, Tabriz, Isfahan, Casablanca y El Cairo. Utilizó el seudónimo de Sarban para separar su faceta como escritor de su carrera oficial en el Foreign Office británico. Su experiencia en Oriente Medio y el norte de África le otorgó una perspectiva cosmopolita que influyó sutilmente en la atmósfera de sus ficciones, entre las que se incluyen dos novelas breves más (inéditas en español) y varios cuentos, principalmente de terror.

 

“El Cuerno de Caza” es una obra difícil de encasillar, a medio camino entre la ucronía, la fantasía oscura, el relato de aventuras y el horror psicológico –con brochazos eróticos bastante perturbadores-, que utiliza elementos reconocibles de la cultura inglesa para mostrar cómo una tradición aparentemente idílica puede transformarse en el escenario de una pesadilla totalitaria y cómo operan los mecanismos de poder y control.

 

El teniente Alan Querdilion ha regresado de la Segunda Guerra Mundial convertido en otra persona, una transformación que preocupa a su madre y pone en peligro el matrimonio con su novia, Elizabeth, que todos daban por hecho. Ha pasado de ser un “joven alegre, animado, seguro de sí mismo, de una desbordante energía, tan hábil en todos los deportes, en esta criatura perpleja, inactiva y silenciosa”, que el narrador identifica como “una parte del general decaimiento del mundo y el debilitamiento de la fuerza y el ánimo que parecía haber sufrido Inglaterra desde 1939”.

 

Durante una reunión con varios invitados, su vivaz prometida participa en un debate sobre la naturaleza de la caza del zorro. Él, que antes encajaba en el perfil del típico hacendado rural inglés, se manifiesta rotundamente en contra de esa práctica, a pesar de que Elizabeth sí la apoya, y sólo acierta a decir: “Es el terror lo indescriptible”.  

 

Estamos en algún momento de finales de la década de 1940 y el narrador es un amigo de Alan a quien no veía desde 1939. Mientras la reunión se disuelve, Alan revela a su amigo lo que le atormenta. Tras el hundimiento de su barco frente a las costas de Creta en 1941, los alemanes lo confinaron en un campo de prisioneros. Él mismo reconoce que “un hombre en un campo de prisioneros de guerra sabe que es muy fácil perder el juicio. Le puede ocurrir a cualquiera, y no necesariamente a los que sufren más, o a los más preocupados”; lo cual da pie a pensar que quizá los sucesos que va a narrar no sean más que delirios.

 

Él, al igual que gran parte de los reclusos, había planeado escapar; de hecho, formaba parte de un grupo que organizaba intentos de fuga para diversos prisioneros. Finalmente, le llegó su oportunidad. Él y otro hombre habían cavado un túnel bajo la alambrada y, tras atravesarlo, se separaron para seguir rutas distintas hacia la libertad. Tras vagar durante días por el bosque, extraviado, consumido por la sed y agotado, Alan se topa con una fuerza misteriosa que le sume en la inconsciencia.

 

Despierta en lo que parece la habitación de un sanatorio privado y allí descubre que su accidente consistió en chocar contra algo llamado “Campo Bohlen”, una especie de campo eléctrico invisible. Bajo los cuidados de un médico alemán, el doctor Wolf von Eichbrunn, se recupera poco a poco pese a que nadie contaba con ello, pues ha sido el primero en sobrevivir a ese shock. Sin embargo, todo el personal se muestra hermético a sus preguntas y la atmósfera en general es opresiva. Para colmo, le dicen que han pasado unos cien años desde que el “Führer”, Adolf Hitler, instauró el Reich, y que la finca donde se encuentra pertenece al Guardabosques Mayor del Reich, el conde von Hackelnberg. Algunas noches, aún convaleciente, Alan oye el aterrador sonido de un cuerno de caza que penetra en su habitación desde la oscuridad del cercano bosque.

 

Unas semanas después, el doctor accede finalmente a mostrarle la finca y Alan descubre algunas de las terribles cosas que allí suceden: los sirvientes mudos, todos con el mismo aspecto; el equipo de caza; las referencias a esclavos y a “razas inferiores”… Cuando le pregunta a su guía por las muchachas semidesnudas con collar que están por todas partes en la casa principal, éste le responde: “Son más baratas que las máquinas. Además, el Graf tiene prejuicios contra la mecanización. No deja de aceptar algún aparato destructor, pero prefiere darme tres esclavos antes que un aspirador de basura.

—¿Qué son? ¿De qué nacionalidad son? —le pregunté.

El médico se encogió de hombros.

—Eslavos, supongo. Nunca estudié realmente su ascendencia. Para mí nunca fueron más que muestras de alguna subraza indiferenciada. Los crían extensivamente en el sur de Rusia. Supongo que su paréntesis histórico no le permitirá conocer los descubrimientos de Wesller sobre la concepción mecánicamente inducida, y la aplicación del proceso de Roeder-Schwab a la aceleración del crecimiento. ¿No es agradable pensar que el padre de esos dos bueyes es quizá el mismo trozo de alambre de cobre? ¿Qué edad tienen según usted?

 Dije que unos veintidós años.

—No más de quince, y más probablemente doce. Niños precoces, ¿no es cierto? Pero la precocidad es sólo física, afortunadamente diría yo”.

 

Y poco después, Alan presencia la cacería: mujeres vestidas de gatas que derriban ciervos, pero también persecuciones de seres humanos, conducidos hacia una zona de tiro. De un grupo de mujeres, todas son capturadas excepto una que consigue escapar. Después, atadas como pavos, son llevadas a la mesa para ser servidas a los invitados, con el permiso para que éstos las utilicen para lo que deseen. Es una escena grotesca, sádica y enfermizamente erótica.

 

Cuando el conde conoce a Alan, ordena que lo preparen para convertirlo en la siguiente presa de una de sus cacerías. Desnudo salvo por unas pieles que imitan las de un animal, el prisionero planea escapar, para lo que recibe la ayuda de Kit, la hermosa mujer a la que había visto huir en la cacería anterior. No revelaré cómo logra escapar Alan ni de qué forma regresa a nuestra línea temporal, pero -y esto queda bastante claro-, psicológicamente no ha superado su trauma y todavía vive atormentado por el sonido del cuerno de caza y el terror que sintió durante aquellos días.

 

He dicho al principio que “El Cuerno de Caza” bebía de la tradición inglesa de novela pastoril, pero lo que hace Sarban es contrastar la imagen idealizada de la campiña británica con la pesadilla política de una Europa dominada por el nazismo. El paisaje que tradicionalmente asociamos a la Inglaterra rural y que identificamos con la paz, la armonía con la Naturaleza, las grandes casas señoriales, la caza, la nostalgia por un mundo preindustrial y una sociedad regida por antiguas costumbres, se transforma para el protagonista en un entorno hostil donde es víctima de una violencia ritualizada.

 

La caza constituye uno de los principales puntos de encuentro entre ambos mundos. El imaginario aristocrático de la montería, con sus caballos, jaurías, cuernos de caza y bosques, pertenece a una tradición muy reconocible de la literatura y la cultura británicas. Sarban lo transforma en una actividad monstruosa al introducir en ella la ideología racial y exterminadora del nazismo. La persecución deja así de ser simplemente una práctica cinegética para adquirir el carácter de ceremonia de dominación, en la que el ser humano puede convertirse, literalmente, en presa. De este modo, la novela no presenta el nazismo únicamente como un sistema político alternativo dentro de una ucronía, sino como una fuerza oscura capaz de contaminar incluso los símbolos de una cultura aparentemente opuesta a él.

 

Aunque el título de la novela está tomado de una canción tradicional inglesa de caza del siglo XIX, “D’ye Ken John Peel?” (dedicada a John Peel, un célebre cazador de zorros de Cumberland) hay un evento histórico que me viene a la memoria a tenor de la cacería descrita por Sarban: la “Mühlviertler Hasenjagd”, que fue como los propios nazis designaron con hiriente cinismo la caza organizada de unos 500 prisioneros soviéticos fugados del Bloque 20 del campo de concentración de Mauthausen, en la noche del 2 de febrero de 1945. Las SS organizaron una persecución en la que participaron fuerzas nazis, militares y también numerosos civiles de la zona. La mayoría de los fugitivos fueron capturados y asesinados; solo unos once consiguieron sobrevivir hasta el final de la guerra. Ese crimen no sirvió de inspiración directa a la novela que ahora nos ocupa, pero la comparación resulta especialmente interesante dado que la palabra “caza”, fue empleada literalmente en Mauthausen para describir una persecución humana como la que padece el protagonista de Sarban

 

Personalmente, los momentos más impactantes de la novela no son aquéllos en los que se describe la truculenta teatralidad de las cacerías del conde von Hackelnberg, ni los híbridos de humano y animal, sino más bien las reflexiones silenciosas de Alan sobre la deshumanización que percibe y el miedo que reina en ese lugar. Cuando regresa al hospital en busca de suministros para su huida, las enfermeras que habían curado sus heridas lo observan aterrorizadas: “Me miraba fijamente, horrorizada. Si yo me hubiese aparecido envuelto en un sudario, a la luz de la luna, no creo que ella hubiese sentido tanto terror. No pronunció una sola palabra, ni siquiera oyó lo que le dije, me parece; se quedó allí, simplemente, petrificada, con los nudillos apretados contra los labios”. Es un mundo asfixiante sobre el que el conde ejerce un dominio absoluto. No hay lugar para la empatía, la compasión o la ayuda. Los esbirros del conde “son monomaniacos, y lo más inhumano en ellos es su total incapacidad para descubrir en una (de las mujeres a las que preparan para la cacería) a un ser humano”.

 

Y hablando de mujeres, “El Cuerno de Caza” guarda cierta similitud con lo que posteriormente se conocería como “Nazisploitation”, subgénero cinematográfico característico de las décadas de 1960 y 1970 en el que los nazis aparecen como villanos que someten y maltratan a mujeres indefensas. Sin embargo, la novela de Sarban es anterior a la aparición de ese fenómeno y, sobre todo, presenta un carácter considerablemente menos provocador, porque, pese a la naturaleza perturbadora de ciertas situaciones que describe, no recurre al sadismo explícito ni a una representación particularmente sangrienta de la violencia.

 

Sí existe, en cambio, una marcada dimensión voyerista. Sarban describe con cierto detenimiento a las diversas mujeres híbridas, dotadas de rasgos animales, que aparecen semidesnudas, así como elementos de su indumentaria y accesorios -entre ellos, unas inquietantes garras metálicas-, introduciendo una evidente carga de fetichismo en su representación. Una probable influencia para esto podrían ser las revistas masculinas de “True Adventures” de los años 50, publicaciones que recurrían con frecuencia a imágenes de mujeres capturadas, amenazadas o sometidas por nazis y comunistas, para después ser rescatadas por héroes rudos y valerosos. Tras esta fórmula subyacía una fantasía estrechamente vinculada a la gratificación de deseos eróticos y a una determinada concepción de la masculinidad.

 

La diferencia fundamental en este caso reside en que Alan Querdilion no responde en absoluto al arquetipo de ese héroe masculino. No es un tipo duro ni un aventurero capaz de imponerse a sus perseguidores, y tampoco rescata a ninguna de las mujeres-animal con las que se encuentra. En su lugar, la narración conduce progresivamente hacia una larga secuencia en la que es el propio protagonista quien se convierte en objeto de caza. La inversión de roles es muy llamativa porque la fantasía de dominación masculina característica de aquellas publicaciones se transforma aquí en una fantasía de indefensión y persecución. En este sentido, podemos considerar “El Cuerno de Caza” como una obra más próxima al masoquismo que al sadismo.

 

Resulta sorprendente que Sarban, en cierto sentido, se muestre más crítico con la caza que con el propio nazismo. Salvo por la figura del Guardabosques Mayor del Reich, los nazis que aparecen en “El Cuerno de Caza” parecen relativamente inofensivos si se los compara con los que suelen poblar otras ficciones sobre una hipotética victoria de Hitler. Incluso obras narradas, al menos parcialmente, desde la perspectiva del bando vencedor, como “Patria” (1992), de Robert Harris, o determinados pasajes de “El Hombre en el Castillo” (1962), de Philip K. Dick, no presentan al nazi corriente como un personaje tan indolente, mediocre o carente de iniciativa como buena parte de los que aparecen en la novela de Sarban.

 

Quiero pensar que, al tratarse de una de las primeras novelas construidas sobre la premisa de una victoria nazi, el autor no consideró necesario insistir demasiado en la maldad de sus personajes. Al lector de 1952 no había que explicarle lo que hubiera significado el triunfo del Tercer Reich, así que la novela podía dar por sentado ese conocimiento y concentrarse en otras dimensiones de la experiencia del protagonista. De hecho, aunque el conde sí es presentado como un auténtico monstruo, algunos de los nazis que acuden a contemplar sus cacerías reaccionan con horror y repugnancia ante ellas. Probablemente, Sarban quiso simbolizar con ese nefasto personaje la máxima expresión de la perversidad del régimen. Pero el resultado tiene un efecto colateral porque, al establecer una distancia moral tan marcada entre él y sus subordinados, termina haciendo que estos últimos parezcan, por contraste, bastante inofensivos.

 

El Guardabosques Mayor del Reich está concebido de manera tan deliberadamente grotesca que casi eclipsa al resto de los personajes nazis. Sarban lo presenta como una figura salvaje, primitiva y de barba particularmente prominente. Este último detalle puede parecer extraño al lector moderno, pero es posible que ese rasgo facial funcionara entonces como una evocación de los señores feudales y guerreros de la Edad Media, subrayando así el carácter arcaico y brutal del personaje. Dentro de la lógica simbólica de la novela, tal asociación resulta coherente puesto que el conde representa una regresión hacia una sociedad en la que la violencia, la jerarquía y la persecución se convierten en formas de entretenimiento y ejercicio del poder.

 

Sin embargo, se trata de una asociación cultural que no necesariamente conserva hoy la misma fuerza. Para un lector moderno, una barba abundante puede evocar precisamente cualidades muy distintas: sabiduría, sensibilidad, serenidad o incluso una imagen intelectual y bohemia, antes que la brutalidad de un genocida nazi. El personaje conserva su carácter monstruoso por el conjunto de sus actos y por la construcción de la novela, pero este código visual mediante el cual el autor pretendía transmitir esa monstruosidad ha perdido buena parte de su significado original.

 

No nos hallamos aquí ante una extrapolación mínimamente detallada de un futuro dominado por los nazis, como en “El Hombre en el Castillo” (1962) o incluso en la novela de preguerra “La Noche de la Esvástica” (1937), de Katherine Burdekin. Y tampoco es una ficción sobre una resistencia heroica frente a un futurista régimen nazi. Sarban no ofrece explicación alguna sobre cómo cambió o evolucionó el mundo a partir de un cierto punto de divergencia con nuestra línea temporal. Toda la historia transcurre en la finca del conde y apenas se insinúan detalles sobre lo que hay más allá. Las únicas referencias a una historia alternativa son que los captores de Alan llaman “Guerra de los Derechos Germanos” a nuestra Segunda Guerra Mundial, y que Kit menciona que los nazis invadieron Gran Bretaña en 1945 y que allí ha habido resistencia desde entonces.

 

La singularidad de “El Cuerno de Caza”, reside en optar por una aproximación alegórica y fantástica. El horror no procede solamente de descubrir un mundo en el que el Tercer Reich ha triunfado, sino de comprobar cómo ese mundo puede adoptar formas aparentemente familiares, incluso románticas, para ocultar bajo ellas una realidad monstruosa.

 

En 1952, la idea de un mundo gobernado por los nazis tras ganar la Segunda Guerra Mundial fue más innovadora de lo que hoy nos pueda parecer. Y eso es porque, desde entonces, esa idea se ha popularizado enormemente gracias a multitud de obras posteriores. A pesar de que el factor sorpresa de la premisa se haya diluido, la novela mantiene su vigencia gracias a su opresiva atmósfera pesadillesca, evocadora e inquietante, que no ofrece ningún consuelo ni siquiera en la humanidad y amor que demuestra Kit. Pese a su brevedad –unas 150 páginas-, constituye una exploración incisiva de la naturaleza de la deshumanización de un mundo gobernado por la aristocracia nazi y el terror que ésta genera.

 

 

 

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