martes, 1 de noviembre de 2022

1965- LOS GENOCIDAS – Thomas M.Disch (y 2)

(Viene de la entrada anterior)

Las estaciones del año marcan el tono de “Los Genocidas”: el invierno es un periodo de muerte, melancolía y estancamiento. Sin embargo, esa parálisis habría sido preferible para los personajes que la violencia en la que acaban sumidos. La muerte y el aire gélido los rodean día tras día, les impiden escapar del forzado confinamiento colectivo. Cuando el lector entra en la novela, los personajes ya llevan siete años de sufrimiento bajo la sombra de las Plantas, una ansiedad y tensión que se filtra a través de numerosos momentos de la historia. La manera en que cada uno de ellos maneja la situación, consciente o inconscientemente, es encontrando roles o hábitos que les permiten aceptar ese nuevo entorno. Esos roles no son asignados a la fuerza por el autor para dirigir la trama hacia donde desea, sino que son las circunstancias las que los crean de forma natural. Así, a Disch no le hace falta retorcer de forma incoherente el comportamiento de los personajes para exponer sus conceptos de moralidad ante una situación de supervivencia.

 

Los “portavoces” del autor en la novela son Neil, Buddy y Orville, los tres aspirantes a ocupar el puesto del patriarca Anderson y los tres personas muy diferentes que tienen otras tantas formas de ver el mundo y afrontar el futuro. Además de la fricción entre estos tres, hay otros focos problemáticos en el grupo a causa de la precaria situación en la que se encuentra Orville. Por una parte, la calculadora prudencia de éste frente a la adolescente inocencia de Blossom; y, por otra, la productiva relación entre la mente científica de Orville y la mentalidad religiosa de Anderson. Disch describe la tensión de todos estos escenarios de una forma sutil, sin caer en histrionismos ni estallidos emocionales, pero siempre consiguiendo que esas tiranteces creen en el lector un sentimiento de pesimismo ante lo que está por venir.

 

Y es que, efectivamente, “Los Genocidas” es una novela tremendamente sombría, en su atmósfera, en su desarrollo y en la mirada que arroja sobre el ser humano. En este sentido, es una pionera de lo que muy pronto iba a ser conocido como la Nueva Ola de la CF, una de cuyas características era, precisamente, la mirada morbosa a futuros en los que los hombres sufren y luchan por sobrevivir en un entorno hostil creado, en parte, por fuerzas externas (en este caso las Plantas alienígenas) y, en parte, por su propia esencia (como las tensiones entre la fe y la ciencia, las luchas por el poder, el recurso a la violencia, la venganza, los celos, la envidia, la incertidumbre que lleva a seguir a tiranos…).

 

El retroceso de nuestra especie es aquí imparable. Los pocos supervivientes, una vez se introducen en las raíces de las Plantas, acaban siendo el equivalente a parásitos levemente molestos dentro de un organismo mucho mayor que no les tiene en cuenta. No hay involución cultural hacia un estadio primitivo de la civilización en el que poder reconectar con la Naturaleza y recuperar los valores esenciales para luego reconstruir a partir de ahí. No, conforme la novela avanza, el lector se da cuenta de que es imposible –e incoherente con todo lo anterior- un final feliz. Da igual si los personajes salen con vida del trance o no. No va a aparecer de la nada un científico genial que ha encontrado el pesticida definitivo; o un reducto invulnerable a las Plantas donde poder sobrevivir y medrar. Tras haberse visto reducidos a “juguetes de la necesidad” primero y “gusanos que se arrastran por el interior de una manzana” después, los humanos están condenados a desaparecer.

 

Como Disch explicó en una entrevista de 1980 en referencia a esta novela: “Siempre fue estéticamente insatisfactorio ver alguna colosal fuerza alienígena meter la pata al final de una novela de invasiones. A mí me parecía perfectamente natural reconocer, seamos honestos, que el verdadero interés de este tipo de historias es ver algún cataclismo devastador exterminar a la humanidad. Existe una grandeza en esa idea que todos los demás desecharon y trivializaron. Mi intención era, simplemente, escribir un libro que no arruinara esa belleza y placer justo al final”. Así, el epílogo recibe el nada sutil título de “La Extinción de la Especie”.  

 

Incluso las historias apocalípticas de la Nueva Ola ofrecían cierto margen para la esperanza en forma de un nuevo comienzo. J.G.Ballard, en sus novelas de ecodesastres, hacía que sus personajes experimentaran una transfiguración que les llevaba a aceptar la metamorfosis surrealista que experimentaba su entorno. No es el caso de Disch en “Los Genocidas. No hay significado oculto ni salvación. Incluso el título de la novela es inexacto porque, aunque obviamente se produce un genocidio, es menos una agresión deliberada y dirigida contra un cierto grupo que un higiénico desbrozo agrícola (desde el punto de vista alienígena, claro). Las implicaciones de esto son desasosegantes. Lejos de la fe de Anderson en un propósito divino y un destino marcado, la vida en el planeta no es más que el resultado aleatorio de un accidente y puede ser eliminada de forma igualmente aleatoria e insignificante: “Le hería el orgullo pensar que su raza, su especie, su mundo, estaban siendo derrotados con tanta facilidad aparente. Lo peor, lo que no podía soportar, era la sospecha de que todo eso no significaba nada, de que el proceso de aniquilamiento era algo totalmente mecánico; en otras palabras, de que los destructores de la humanidad no libraban una guerra, sino simplemente desinfectaban el huerto”.

 

Para ser una novela que a menudo se integra dentro de la Nueva Ola, Disch pone un énfasis especial en la religión. Anderson es el ejemplo de individuo estoico cuya poca sofisticada moral deriva de la visión de un Dios cruel del Antiguo Testamento y una interpretación estricta y sin matices de las escrituras cristianas. No tengo muy claro si lo que articula aquí Disch es una feroz crítica a la religión, una sátira o ambas cosas. Por ejemplo, esa escena grotesca en la que la comida del Día de Acción de Gracias (¿de qué hay que dar gracias en una situación semejante?) en la que participa toda la comunidad de New Tassel consiste en largas salchichas elaboradas con la carne de los saqueadores ejecutados. Para justificar esta atrocidad, se pone sobre la mesa el naufragio del navío francés “Medusa” en 1816 o la Expedición Donner de 1846-47, cuyos supervivientes también recurrieron al canibalismo:

 

“La necesidad podía haberlo justificado, en parte. Había precedentes de sobra (el grupo Donner, el naufragio de la Medusa), y Buddy no habría tenido que buscar más lejos una excusa... si hubieran estado muriéndose de hambre. Más allá de la necesidad, las explicaciones se hacían complejas y un tanto metafísicas. Así, metafísicamente, en ese alimento la comunidad quedaba unida por un complejo vínculo, cuyo principal elemento era la complicidad en el crimen; pero esta complicidad era lograda mediante un ritual tan solemne y misterioso como el beso con el que Judas traicionó a Cristo; era un sacramento. El simple horror se transformaba en tragedia, y la cena de Acción de Gracias de la población era el crimen y la expiación, por así decirlo, al mismo tiempo”. ¿Acaso no hay aquí cierto sentido, muy negro eso sí, de humor?

 

Pero más allá del posible humor, Disch supo reflejar muy bien el poder que la religión tenía –y sigue teniendo- en la América profunda. En este sentido, su visión fue incluso presciente porque la CF más optimista de los años 60 e incluso 70 no supo predecir hasta qué punto la ignorancia, el conservadurismo y la religión condicionarían la vida política norteamericana. Disch plantea de forma recurrente en sus novelas la dicotomía pueblo-ciudad; el uno, rural, populista, religioso y xenófobo; la otra, liberal, tecnocrática, atea y sin corazón. Aunque muchas veces las abordó por separado, en este caso se centra en el primero. Las pequeñas poblaciones que describía Disch eran lugares brutales, dominados por la ignorancia, las figuras de autoridad religiosa y el conservadurismo social. La decencia no está ausente pero nunca dimana de la bondad de los corazones de la buena gente del campo, tal y como habían soñado otros escritores de CF habían soñado; caso de Clifford Simak o R.A.Lafferty, ambos, y no es coincidencia, católicos, fe de la que Disch había apostatado. 

 

Los habitantes del Medio Oeste norteamericano que retrata Disch no son populistas libertarios puros ni fanáticos religiosos absolutos (aunque ambas tendencias florecen fácilmente en ese ambiente). Tienen un fuerte sentido de la comunidad cuyos lazos están forjados no tanto por las creencias religiosas o la ideología política sino por la xenofobia, la necesidad de mantener al “extraño”, al forastero, lo más lejos posible con el fin de reafirmarse a sí mismos y su forma de vida. Por eso la comunidad de New Tassle de “Los Genocidas” adopta el canibalismo tan fácilmente. En el mundo exterior, la civilización se ha derrumbado pero ellos siguen empeñados en mantener su viejo estilo de vida tan puramente y por tanto tiempo como sea posible.

 

A lo largo de la novela, Disch va cambiando el punto de punto de vista entre los principales personajes, incluidos los alienígenas en la forma de un informe de progreso y unas instrucciones para la exterminación de todas las formas de vida antes del 4 de julio de 1979: “Para esta operación se utilizará el obsoleto Modelo Esferoide 37-Mg, debido a la escasez de Modelos 39-Mg y 45-Mg. Pese a su volumen, estos modelos son adecuados para exterminar toda vida mamífera que puedan encontrar. En verdad, tienen mecanismos termotrópicos más desarrollados que los modelos más recientes. En circunstancias excepcionales, sin embargo, la operación del Modelo 37-Mg no puede ser asumida sin excesiva demora por el Depósito Central de Información de esta Unidad”.

 

Este tipo de lenguaje muy técnico y que los alienígenas trabajen de acuerdo a un plan y unos objetivos concretos nos remite a la mentalidad corporativa que, con sus fríos informes de fallos mecánicos enviados a la Oficina de Aprovisionamiento, evaluaciones de progreso y estimaciones, se distancia de la crisis medioambiental que está provocando en el planeta. Disch bien podría haber dejado los procesos mentales alienígenas fuera de la novela y optado a cambio por mantenerlos bajo un misterio impenetrable, pero está claro que su intención no era esa. Que la fecha prevista de terminación de su proyecto coincida con el día de la Independencia norteamericana no es casual y apunta, como en el caso de la religión, a un propósito satírico.

 

Disch, habida cuenta de que escribió “Los Genocidas” a mediados de los años 60 del pasado siglo, demuestra una buena comprensión de las dinámicas y relaciones presentes en el mundo natural y la cadena trófica. Las Plantas, como he dicho, lo devoran todo, acaban con la biodiversidad y absorben todos los nutrientes del suelo, convirtiéndolo en un polvo que se lleva el viento. Las Plantas, dado su número y tamaño, alteran también el equilibrio de gases de la atmósfera y, por tanto, inducen un cambio climático que hace que ese último invierno que viven los personajes sea el más frio que nadie recuerda. 

 

Hubo críticos contemporáneos, como Algis Budrys, que maltrataron a la novela tachándola de pretenciosa, inconsistente, mal escrita… en fin, basura propia de un novato (recordemos que “Los Genocidas” fue su primera obra larga). En mi opinión, estas eran acusaciones injustas y exageradas porque la novela no es nada de lo anterior. Parecen más bien la reacción de alguien profundamente molesto por la visión pesimista de un autor que acarreaba sus propios traumas. Es cierto que la parte de la novela que transcurre en el sistema de raíces de la planta contiene descripciones algo repetitivas del entorno y que se torna algo monótona, pero esto también ayuda a espesar la sofocante atmósfera de oscuridad, desesperación, pesimismo y locura que caracterizan a todo el relato. ¿Qué autor de CF de los 60 se habría atrevido a describir cómo uno de los protagonistas, enloquecido, se sirve sexualmente de la cabeza decapitada de un cadáver para desahogar sus pulsiones?

 

Pero sí es cierto que Disch nunca tuvo un buen acomodo en la CF, en buena medida porque utilizó los tropos del género para elaborar sofisticados juegos literarios que no estaban al alcance ni el gusto de muchos aficionados. Éstos se dieron cuenta muy pronto de que era un autor que seguía su propio camino, uno muy diferente del de otros popes del género con los que estaban más familiarizados. Es imposible no reconocer su imaginación, la elegancia de su prosa, su amplia cultura, su visión postmoderna y su humor sardónico. Que sus novelas sean disfrutables por todo tipo de público es otra cuestión.

 

“Los Genocidas” sentó las bases del pesimismo existencial que permearía el resto de la obra de Disch y ejemplifica bien esa ambición de la Nueva Ola que fue coger viejos conceptos para retorcerlos de forma innovadora y arrojar una nueva luz sobre el universo y nuestro lugar en él. Es una novela demoledora y en absoluto complaciente sobre la terrible oscuridad que anida en el alma humana; una parábola sobre el pecado original, el concepto de que el hombre nace con una propensión hacia el Mal. Inquietante y descorazonadora, sí, pero también imprescindible para cualquiera que se diga amante de la CF.

 


1 comentario:

  1. Buf. Con lo mucho que me gustó 334 (que tampoco es precisamente complaciente), el saber que es una novela tan negra me echa un poco para atrás. Pero ante tan alta consideración, la añadiré a la lista. Quizás es sólo cuestión de saber en qué te metes y leerla cuando el espíritu está alto. Gracias por la reseña

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