jueves, 6 de febrero de 2020

2006- IDIOCRACIA - Mike Judge


Mike Judge se hizo muy conocido en los años 90 del pasado siglo por ser el creador y la voz de dos de los personajes más famosos de la cultura popular de la época, Beavis and Butt-Head, cuya serie de animación emitió la MTV de 1993 a 1997. Judge dirigió el largometraje para cines del detestable dúo (“Beavis y Butt-Head Recorren America”, 1996) y luego debutó en la imagen real con la corrosiva “Trabajo Basura” (1999). “Idiocracia” fue su tercera película, que escribió conjuntamente con Etan Coen (ninguna relación con el hermano Cohen de Joel), con quien ya había colaborado en episodios de sus series de animación y que luego firmaría los libretos de películas como “Madagascar 2” (2008), “Men in Black 3” (2012) o “Holmes & Watson” (2018).



En 2005, Joe Bauers (Luke Wilson), un archivista del ejército, es seleccionado para un experimento no sólo por carecer de familia sino por ser considerado como un individuo absolutamente normal y gris en todos los aspectos. Dicho ensayo consiste en congelar criogénicamente a dos sujetos, un hombre y una mujer, durante un año. La fémina es Rita (Maya Rudolph), una prostituta a cuyo chulo ha pagado el ejército para que se la “preste” a tal fin. Después de ser ambos congelados, el jefe del proyecto es arrestado por corrupción y toda la documentación queda destruida y las instalaciones demolidas. Las cámaras de criogenización, que nadie sabe qué son ni que están ocupadas, acaban en la basura con Joe y Rita en su interior.

Mientras ellos duermen y pasan los años, la inteligencia media de los humanos se desploma debido a que los más inteligentes optan por no tener hijos mientras los estúpidos se reproducen sin control. En el 2525, la cantidad de basura es tan inmensa que se apila en auténticas montañas, una de las cuales se desploma con una avalancha, propulsando la vaina de Joe contra un apartamento y despertándolo. Joe va dándose cuenta gradualmente de que se encuentra en el futuro y, para colmo, uno dominado por grandes corporaciones y poblado por millones de idiotas incapaces de pensar o actuar más allá de satisfacer sus necesidades más primarias.

La policía lo arresta y encarcela por carecer de un tatuaje de identidad, pero cuando los test
revelan que es el hombre más inteligente del mundo, es llamado a la Casa Blanca y nombrado consejero del Presidente Dwayne Camacho (Terry Alan Crews) -un antiguo actor porno y luchador de wrestling- para que resuelva los graves problemas que aquejan al mundo, empezando por la desaparición de las cosechas y la inminente amenaza de una hambruna.

La historia toma prestada la premisa de “Cuando el Durmiente Despierte” (1899), de
H.G.Wells: un hombre del presente que despierta en un futuro desconcertantemente distinto y en el que llega a destacar por méritos propios. Es un arranque que se remonta en realidad todavía más en el tiempo, hasta “Rip van Winkle” (1819), de Washington Irving y que ha sido adoptado por muchísimas historias de ciencia ficción, desde las novelas utópicas del siglo XIX a Buck Rogers pasando por “El Planeta de los Simios” (1968), “Hibernados” (1991), “Eternamente Joven” (1992) o “Demolition Man” (1993). Dentro de ese argumento marco, que el “viajero temporal” se encuentre con que en el futuro todos sean más idiotas que él debido a una población creciente y la falta de presiones evolutivas, el antecesor más destacado es “La Marcha de los Retrasados Mentales” (1951), un relato corto escrito por Cyril M.Kornbluth. En el cine, la película más cercana a “Idiocracia” en concepto, tono e intenciones es “El Dormilón” (1973), de Woody Allen.

Pero no sólo de la mencionada novela de Wells bebe “Idiocracia”. En “La Máquina del
Tiempo” (1895), el autor inglés postulaba que en el futuro la humanidad podría dividirse en dos subespecies modeladas de acuerdo a los roles económicos y sociales ejercidos durante milenios: una bella y otra monstruosa, aunque ambas igualmente cretinizadas e impulsadas tan solo por instintos primarios. De forma parecida, la secuencia de apertura de la película ilustra con alarmante plausibilidad cómo los humanos más estúpidos consiguen superar en número a los inteligentes y se apoderan del mundo, desplomando en el proceso el coeficiente intelectual medio.

Es verdaderamente divertido -y, de nuevo, preocupantemente verosímil- ver las consecuencias
cotidianas de tal fenómeno degenerativo, provocado por la comodidad material y la eliminación del esfuerzo como requisito para satisfacer necesidades, básicas o superfluas. Así, la gente ordinaria -que invariablemente tiene una mirada acuosa y expresión ausente o bobalicona- ve compulsivamente cadenas como el “Canal Masturbatorio” o el “Canal de Violencia”, donde triunfa el programa “¡Ay! Mis Pelotas”, una sucesión de videos caseros donde un hombre sufre continuos ataques y accidentes contra sus gónadas. Joe va a un hospital y la recepcionista se esfuerza por encontrar el diagnóstico en un panel de botones con iconos, como si fuera un establecimiento de comida rápida preparado para ser gestionado por niños de seis años. Los educados esfuerzos del protagonista por explicarse son siempre recibidos con burlas y calificativos de “marica”. Y cuando lo llevan ante el juez, lo hace vestido con un mono naranja como si fuera un preso de Guantánamo... Nadie es capaz de pensar ni mantener la atención durante dos minutos consecutivos como no sea mirando la telebasura.

Algunos de los objetivos más sangrientamente atacados por Judge son las poderosas corporaciones de nuestro mundo y que en ese futuro se han hecho con el control absoluto. En un momento determinado, Joe quiere parar en un Starbucks y su abogado, Frito (Dax Shepard), le responde con un cortante “No tenemos tiempo para una paja”; más adelante espectador y protagonista se enteran de que esos establecimientos se han convertido en suministradores de servicios sexuales. Luego, ambos llegan a un gigantesco centro comercial de Costco (un
conocido mayorista estadounidense) cuyos pasillos repletos de mercancía barata y de mala calidad se extiende hasta donde se pierde la vista y donde Frito informa a Joe que allí fue donde estudió Derecho. Incluso uno de los miembros del staff presidencial se presenta como “Soy el Secretario de Estado, presentado por Carl´s Jr”, porque cada vez que lo dice cobra una comisión de esa famosa marca de hamburguesas.

Hay una subtrama muy cáustica sobre cómo la corporación Brawndo, que produce bebidas
energéticas, acaba consiguiendo que se prohíba el consumo de agua para aniquilar así a su competencia. El resultado es que las cosechas mueren porque lo único que hay para regar los campos es esa bebida. Cuando Joe pide un vaso de agua, se le quedan mirando como si estuviera loco y le responden, “¿Agua? ¿Cómo la del wáter?”.

El único problema con este enfoque satírico es que -y esto es muy común en la CF cinematográfica- se centra exclusivamente en la cultura americana, dando por supuesto que ésta ha sido adoptada por el mundo entero y que no existen alternativas o matices a la misma. Aunque “Idiocracia” es una proyección satírica perfecta de la Norteamérica contemporánea, no resulta creíble si la extrapolamos fuera de ese entorno sociocultural.

Las películas sobre gente estúpida pretenden triunfar siendo estúpidas ellas mismas. No hay más que pensar en “Dos Tontos muy tontos” (1994), la mayoría de la filmografía de Will Ferrell o, ya en la ciencia ficción, “Los Locos del Planeta Blob” (1985), “La Loca Historia de las Galaxias” (1987) o “Mom and Dad Save the World” (1992). Por el contrario, “Idiocracia” va a sobrevivir mejor que estos títulos gracias a que sabe mantener el foco del humor sobre la sátira y no sobre las gansadas que hacen los personajes. Es
cierto que el guion traspasa la frontera en varias ocasiones cebándose con bromas bastas y estridentes, pero en general, la película sale airosa del desafío.

Con todo lo divertida que la película es, el subtexto que la permea puede ser ofensivo o, como mínimo, polémico. A diferencia de otros films que satirizan a los medios de comunicación como manipuladores del público con programas sensacionalistas (ahí está, por ejemplo, la extraordinaria “El Gran Carnaval”, 1951), “Idiocracia” responsabiliza del entumecimiento intelectual a las clases más bajas de la sociedad, lo que implica una solución inquietante: la eugenesia.

Y es que la premisa sobre la que se apoya la película es que a comienzos del siglo XXI, la gente
embrutecida y poco alfabetizada tiene muchos hijos mientras que los inteligentes no se reproducen. Por tanto, lo que se da por supuesto es que los inteligentes son ricos y los analfabetos pobres. Y de ahí puede pasarse a creer que la gente rica es inherentemente más inteligente y, por tanto, merece su fortuna. Este nexo entre inteligencia y riqueza es un concepto peligroso con el que muchos defienden políticas eugénicas que, a la postre, siempre llevan al desastre (ahí están, por ejemplo, los brutales desequilibrios socioeconómicos que ya afectan a China debido a la política de hijo único -abolida en 2015- y que amenazan su futuro).

El razonamiento sería: si pudiéramos librarnos de los individuos menos educados, tendríamos
como mínimo una oportunidad de construir un mundo utópico poblado por gente inteligente y civilizada. Naturalmente, todos quienes piensan así se incluyen en este último segmento. Son “los otros” -los torpes, los estúpidos, los pobres- los que están arruinando nuestro país/planeta con sus programas de televisión basura, comida basura e internet basura. ¿Acaso creen que el pasado fue mejor? ¿Qué cuando no existían los memes, los influencers y los reality shows la gente de cualquier estrato socio-económico empleaba su tiempo libre en leer literatura clásica y debatir filosofía? Lo cierto es que eso nunca ocurrió, tal y como demuestran muchos ejemplos en artículos periodísticos de los años treinta, cuarenta o cincuenta del siglo XX, acusando a sus compatriotas de estar más interesados en las estrellas de cine o las tiras cómicas que en las siguientes elecciones presidenciales (estrellas de cine que, por otro lado, protagonizaron muchos films inmortales, o comics que hoy son considerados obras maestras de la cultura popular).

“Idiocracia” es una película producto de la frustración de una capa de la sociedad por el deplorable estado general de la misma (al menos, así es percibido), pero la solución que implícitamente aportan (hacer que la gente inteligente se reproduzca y limitar a los que no lo sean) no es más que una distracción de las disfunciones institucionales que se hallan en la base del problema. No se trata de que la gente estúpida (o su equivalente en ese razonamiento, pobre) tenga demasiados niños; el problema es que no estamos viviendo de acuerdo a los ideales y promesas que hemos heredado
de generaciones anteriores: un salario digno, una educación adecuada, una asistencia sanitaria universal y eficaz, unas leyes que protejan al ciudadano… Herramientas, en definitiva, que brinden más posibilidades de prosperar a los individuos con menos recursos económicos. Esos son los pilares para construir una sociedad mejor y no multiplicar a gente cuyo coeficiente intelectual no es garantía de honradez, iniciativa, solidaridad ni eficacia institucional.

No quiero decir con esto que en los últimos años no hayan empeorado ciertos aspectos de este
mundo en el que vivimos; ni que los medios de comunicación no tengan responsabilidad alguna dado que en muchos sentidos es a través de ellos como nos llega el conocimiento de ese mismo mundo. La gran ironía de “Idiocracia” es que, si llevamos la película hasta su conclusión lógica, el 99% de los ciudadanos tendrían que ser esterilizados. Y si tú, como yo, dedicas un rato todos los días a ver alguna película o serie en vez de estudiar mecánica cuántica o leer a los filósofos alemanes del siglo XIX, probablemente estarías en ese porcentaje.

Más allá de esa premisa de partida, hay otros aspectos que plantea la película con mayor
acierto. Es una ley natural a menudo olvidada que la versatilidad intelectual es la mejor arma contra el cambio y la amenaza. Un animal en completa armonía con su entorno es un mecanismo perfecto que no necesita sustituir o complementar el instinto con la inteligencia. No hay inteligencia si no hay necesidad de cambiar, de adaptarse. “Idiocracy” nos dice que una sociedad materialmente satisfecha tiende hacia la pereza intelectual; y hace del deterioro del lenguaje la muestra más patente de ello. El lenguaje -la forma en que nos expresamos o somos capaces de entender lo escrito o hablado por otros- es el músculo intelectual de nuestro cerebro en ausencia de amenazas a nuestra supervivencia. Es la única forma de mantener claras las ideas, transmitirlas con eficacia y conservar el recuerdo de nuestras emociones. Y ese es precisamente uno de los problemas que tiene Joe en el futuro: puede entender a los demás, pero no a la inversa. Y cuando es finalmente nombrado presidente, comprende que no tiene más remedio que rebajar su nivel al de su audiencia. El deterioro del lenguaje que estamos experimentando en los últimos tiempos –a todos los niveles, popular e institucional- es una verdadera amenaza para nuestro futuro.

Poco tengo que decir del apartado interpretativo. Luke Wilson da perfectamente el perfil de tipo normal y corriente y Dax Shepard interpreta al abogado idiota Frito con total verosimilitud. El departamento de efectos especiales hace también un buen trabajo construyendo, con un presupuesto modesto, una América en plena decadencia.

“Idiocracia” fue un fracaso cuando se estrenó. Parece ser que 20th Century Fox tenía serias reservas respecto a la misma e intentó asfixiarla en la cuna. Al fin y al cabo la clara ideología conservadora de la corporación a la que pertenece el estudio entraba en conflicto con el ataque corrosivo de Judge contra el consumismo, las técnicas de marketing agresivas, el capitalismo ciego y la emisión de información tendenciosa que practican muchas de las empresas que pertenecen al propio grupo Fox. Además, los ejecutivos temían que las referencias directas a marcas reales les causaran problemas legales de algún tipo (curiosamente, el estudio no tuvo problemas en patentar y licenciar la marca de bebidas “Brawndo”, “El Asesino de la Sed”, que durante algún tiempo llegó incluso a comercializarse y que hoy es objeto de coleccionismo)

Pero es que, además, los pases previos de prueba resultaron tan decepcionantes que el estudio
prefirió congelar la cinta durante un año inseguro acerca de cómo venderla. El contrato con la productora exigía que la cinta se estrenara así que Fox decidió cumplir el acuerdo mínimo: la estrenó en 130 salas de siete ciudades norteamericanas (ninguna de ellas un mercado importante), prácticamente sin promoción (algunos de los exhibidores ni siquiera recibieron por anticipado el nombre de la película) y la retiró al cabo de tan solo una semana. Así de mayúscula era la desconfianza y el embarazo que sentían hacia el film. Sin embargo, poco a poco y desde entonces, “Idiocracia” ha ido ganando un modesto estatus de culto gracias sobre todo al dvd y el boca oído.

Sea o no la de “Idiocracia” una premisa errónea -algo que, al menos, puede dar lugar a debates, como el que yo he expuesto en este artículo-, no se puede discutir que plantea algunas escenas y personajes que irremediablemente y aunque exagerados, nos recuerdan momentos y personas con los que nos topamos cotidianamente. Y precisamente por eso nos hace gracia. Quizá no sea todavía, como algunos defienden, un documental en vez de una película, pero sí un producto irreverente y divertido que nos advierte de algunas derivas peligrosas en nuestra sociedad y cultura. Esperemos que dentro de medio siglo, los espectadores la revisiten e interpreten como testimonio de los miedos respecto al futuro que albergamos hoy, unos miedos que nunca llegaron a concretarse.


3 comentarios:

  1. Yo la ví hace poco y me recordó mucho al cuento de Bacigalupi "La bomba número seis", aunque el cuento es posterior a la película.

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  2. Una perfecta parodia de las películas en las que se preocupan en conservar la especie humana, vista como una raza especial porque es pensante, dotada de conciencia y superior a todas las demás. Ahora la gente podrá vivir hasta cien años pero sólo la basura es inmortal.

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  3. Una película que me gustó y como tu dices, me hizo recordar a personas que conozco , que hacen burla u ofenden a la gente que sabe más que ellos.
    Hoy en día vemos que la gente ya no se preocupa por escribir correctamente . Ya casi nadie se preocupa por los conocimientos de "cultura general", y pues eso hace pensar que la película tiene sentido.

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