jueves, 15 de septiembre de 2016

2005- EL SONIDO DEL TRUENO – Peter Hyams


“El Sonido del Trueno” es un relato corto escrito por Ray Bradbury en 1952. Bradbury es sobre todo conocido por novelas como “Crónicas Marcianas” (1950), “El Hombre Ilustrado” (1951) o “Fahrenheit 451” (1953), por nombrar sólo las más famosas. Fue uno de los pocos escritores de ciencia ficción en obtener aclamación unánime también de los críticos y lectores de literatura generalista. Ahora bien, “El Sonido del Trueno” no fue uno de sus mejores trabajos. En él trataba de imaginar los problemas que podrían derivarse del viaje temporal: unos turistas temporales cazaban dinosaurios en la prehistoria y aplastaban sin querer una mariposa; al regresar a su presente, descubrían que el país estaba ahora gobernado por un dictador y que la lengua inglesa se pronunciaba de manera diferente. La historia terminaba en ese punto, basándose en el impacto del final sorpresa. Aquel relato fue adaptado en un episodio de la antología televisiva “The Ray Bradbury Theater” (1986-92). Una de las influencias culturales más curiosas de este cuento fue que dio nombre al conocido como “Efecto Mariposa” de la Teoría del Caos, según el cual, en un sistema complejo, un suceso aleatorio (como matar una mariposa o que ésta agite sus alas sobre Tokio) puede tener efectos devastadores e imprevistos sobre otra parte de ese mismo sistema.

Y entonces, a comienzos del siglo XXI, alguien decidió que aquel relato podría servir como base para una gran película de ciencia ficción. Bradbury no ha tenido suerte con las adaptaciones de sus obras. Como muestra, véanse “El Hombre Ilustrado” (1968) o “Crónicas Marcianas” (1980). Pero “El Sonido del Trueno” es probablemente la peor de todas.



Chicago, año 2055. Charles Halton (Ben Kingsley) ha fundado Time Safari, una empresa que ofrece a sus ricos clientes la oportunidad de viajar hacia atrás en el tiempo y experimentar la emoción de cazar un dinosaurio. El gobierno se ha visto obligado a crear la División de Regulación Temporal para supervisar y controlar este tipo de actividades y asegurarse de que los viajeros no afectan de ningún modo al pasado, pues cualquier alteración podría suponer cambios impredecibles en el futuro. Así, los “cazadores” sólo pueden matar dinosauros que van a morir de todas formas (por ejemplo, a resultas de la inminente erupción de un volcán) y no pueden tocar o recoger nada ni dejar ningún objeto atrás.

El biólogo Travis Ryer (Edward Burns) ejerce como desganado guía para los viajes temporales de Halton. Un día, conoce a Sonia Rand (Catherine McCormack en un papel demasiado parecido al
de Ian Malcolm en “Parque Jurásico”), la antigua experta en informática de Halton y diseñadora de la inteligencia artificial que controla la compleja física e ingeniería de los viajes temporales. Rand irrumpe en las instalaciones de Halton profetizando un apocalipsis por la utilización que del viaje temporal se está haciendo y, efectivamente, un día, tras uno de los safaris, Ryer descubre que, inadvertidamente, cambiaron algo en el pasado. El presente pronto se ve golpeado por ondas temporales cada vez más intensas que hacen que una línea temporal alternativa vaya progresivamente desplazando a la actual, una en la que la vida vegetal reina suprema y una especie de seres híbridos de reptiles y simios ejercen de reyes de la cadena trófica. Travis y Sonia deberán abrirse paso por una ciudad cada vez más salvaje y encontrar el origen de la disrupción del tiempo (uno de los cazadores pisó una mariposa) y que Travis pueda regresar al pasado para prevenir el incidente antes de que ocurra.

Desde el mismo inicio del proyecto, la película se vio acosada por problemas y desencuentros. Estaba previsto que empezase a rodarse en Montreal en 2001 bajo la dirección de Renny Harlin (“La Jungla de Cristal 2”, “Máximo Riesgo”, “Deep Blue Sea”) y con Pierce Brosnan en el papel protagonista. Pero el comienzo de la producción se retrasó y Harlin, por desacuerdos con Bradbury, se marchó acompañado de Brosnan. Este último fue sustituido por Edward Burns, un
actor indie de perfil bajo. Y, como director, entró Peter Hyams, una elección que a los aficionados más veteranos del género podía hacerles albergar algunas esperanzas. A caballo entre los setenta y los ochenta, dirigió clásicos como “Capricornio Uno” (1978), “Atmósfera Cero” (1981) o “2010” (1984). Después, durante algunos años, permaneció alejado el género, dirigiendo thrillers y films de acción como “Apunta, Dispara y Corre” (1986), “Más fuerte que el odio” (1988) o “Testigo Accidental” (1990). En los noventa volvió al fantástico con cintas como “Permanezca en Sintonía” (1992), “Timecop, policía en el tiempo” (1994), “The Relic” (1997) o “El fin de los días” (1999), intercalando más cintas de acción como “Muerte Súbita” (1995) o “El Mosquetero” (2001).

Aunque las películas de ciencia ficción de Hyams en los ochenta permitieron adivinarle una carrera interesante, lo cierto es que su trabajo posterior fue decepcionante: títulos de encargo, de factura plana, por los que no parecía sentir interés alguno más allá de servir de mero artesano al servicio de los productores de turno. Por tanto, aunque su nombre se viera ahora vinculado a “El Sonido del Trueno”, ya no era garantía de calidad, ni siquiera de interés. Por otra parte, la
sustitución de Harlin y Brosnan por Hyams y Burns ya denotaba un notable cambio en el tono, nivel y aspiraciones de la película, algo que hacía sospechar lo peor.

Para colmo, Hyams tuvo que empezar la producción sin tener resueltos los problemas de financiación. La película acabó rodándose en la República Checa en 2002, donde a causa de unas tremendas inundaciones se perdieron varios decorados. Se tomó la decisión de sustituir éstos por CGI, pero ello supuso una inversión adicional muy fuerte en el departamento de efectos especiales, inversión que llevó a la quiebra a la productora QI Quality International GmbH & Co.KG, ya tocada por otros desastres en los que había participado recientemente como “Campo de Batalla: la Tierra” (2000). A mitad de producción, la película hubo de ser apuntalada financieramente por todo un ramillete de compañías internacionales (hasta dieciséis) y se efectuaron drásticos recortes en el apartado visual con las predecibles consecuencias sobre el resultado final.

Y para que todo resultara aún más humillante, después de haber retrasado la fecha de estreno una
y otra vez a lo largo de más de un año, “El Sonido del Trueno” sólo recaudó mundialmente unos miserables 6 millones de dólares sobre un presupuesto de 52 millones. A ello no ayudó tampoco el que Warner Bros, temiendo tener una bomba entre las manos y reacio a gastar más dinero en publicidad, distribuyó la cinta a sólo 816 cines en Estados Unidos para estrenarla el Día del Trabajo, tradicionalmente de poca afluencia al cine. Por supuesto, no se hizo promoción alguna y tan sólo se estrenó porque el estudio tenía la obligación de hacerlo. Estreno, por cierto, que como era de esperar vino acompañado de unas críticas demoledoras que hicieron que en la mayoría de los países el film nunca llegara a las salas de cine, pasando directamente a video.

La pregunta es si de verdad “El Sonido del Trueno” es el desastre que todo parece indicar. La respuesta es, lamentablemente, sí. Lo que comienza como una película de ciencia ficción moderadamente interesante; de repente sufre un giro que la convierte en un film de acción tópico
y predecible, para continuar como una cinta de terror con monstruos incluidos y regresar a la ciencia ficción justo antes de terminar. Mezclar géneros no sólo no es malo sino que puede resultar enriquecedor, pero en esta ocasión la combinación es molesta en lugar de creativa.

Las primeras señales de alerta aparecen ya desde el principio, cuando se nos informa mediante cartelas: “Año 2055. Se ha inventado una nueva tecnología que podría cambiar el mundo…o destruirlo. Un hombre llamado Charles Halton la usa para hacer dinero”. Esta premonitoria y sobada introducción, ya apunta a que el tema explorado por Bradbury –los problemas inherentes al viaje temporal- ha sido engordado por siniestros avisos luditas y el cliché del codicioso capitalista al que reconocemos como el villano de la historia nada más aparecer. El relato de Bradbury destacaba por su concisión, mientras que la película cae en ese error tan común entre las cintas que tratan de alargar hasta las dos horas lo que originalmente era un material muy breve: sobrecargan la trama hasta tal punto que el concepto primigenio deja
de tener sentido. Al verse en la necesidad de expandir la historia de Bradbury mucho más allá del sorprendente regreso de los turistas temporales con el que terminaba el cuento, los guionistas acaban sepultando el concepto original y caen en incoherencias y absurdos. Por ejemplo, resulta difícil de digerir que tras descubrir algo tan formidable como el viaje en el tiempo, algo que cambiaría radicalmente todo nuestro mundo y nuestra concepción de la realidad, lo único que se le ocurra a la sociedad –a través del personaje del empresario Halton- sea organizar cacerías de dinosaurios para ricos.

Hay momentos en el film que son de auténtico sonrojo. El Principio de Indeterminación de Heisenberg se cita para justificar que no existe la “tolerancia cero” en un sistema, que los accidentes ocurren. En realidad, ese principio afirma que es imposible conocer simultáneamente la velocidad y la posición de una partícula subatómica. Aquí, en cambio, se utiliza para invocar algo
similar a la Teoría del Caos, de la misma forma que esa teoría se utilizó en “Parque Jurásico” (1993) en lugar de la Ley de Murphy, esto es, que si hay elementos impredecibles en un sistema, inevitablemente se manifestarán y harán que todo salga mal.

No solamente es la física lo que patina estrepitosamente en “El Sonido del Trueno”, también hay inconsistencias lógicas. Parece que (debido a los baratos efectos especiales) los turistas-cazadores viajan en el tiempo para abatir el mismo dinosaurio una y otra vez; pero si así fuera, acabarían encontrándose las diferentes partidas en el mismo lugar al mismo tiempo para matar al mismo tiranousaurio.

Casi más absurda aún es la noción de “ondas temporales”, en virtud de la cual los cambios efectuados en el pasado van dejando sentir su influencia en el futuro bajo la forma de “ondas”
cada vez más intensas. Se trata de una tontería inventada exclusivamente para insuflar tensión y dramatismo a la sección central de la película, cuando los protagonistas recorren la ciudad teniendo que hacer frente a criaturas prehistóricas fuera de control. El sentido común –si es que se puede aplicar este término a los viajes temporales- nos dice que cambiar el pasado añadiría una nueva línea temporal: todo lo que sucediera a partir de ese punto seguiría una dirección nueva y el presente que conocemos ya no existiría. Los recuerdos de la gente serían distintos, algunas personas no habrían nacido y la Historia probablemente se desarrollaría de forma diferente. La causalidad no es como una goma elástica que ondea cuando se la estira y se la suelta.

De todas formas, para ser justos, hay que decir que el escenario que plantea Bradbury es igualmente implausible: que un cambio efectuado hace 64 millones de años tenga como consecuencia un presente prácticamente igual, en el que nace el mismo dictador y con la única diferencia de que éste alcanza el poder. En este sentido, el guión de la película resulta más verosímil, ya que el resultado final se ajusta más al de la existencia de líneas temporales paralelas, cuyos ecosistemas y cambios evolutivos han sido muy diferentes. Con todo, resulta difícil de justificar –y, de hecho, los guionistas ni lo intentan- que la muerte de una simple mariposa pueda desencadenar semejantes cambios. (“Timecop”, también dirigida por Peter Hyams, planteaba una historia de viajes en el tiempo mucho más lógica y coherente).

Por si todo esto no fuera ya suficiente despropósito, el colmo es que la película proponga que la
evolución pudiera haber dado como resultado unas criaturas híbridas de simio y dinosaurio. Además de la imposibilidad biológica de semejante popurrí –una idea de la que incluso un estudiante de instituto se reiría- su plasmación en pantalla resulta igualmente ridícula.

Los efectos especiales, ya lo he apuntado antes, son realmente mediocres en una época en la que las maravillas digitales ya eran moneda corriente incluso en producciones modestas (recordemos que aquel mismo año se estrenaron “Star Wars: La Venganza de los Sith”, “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”, “Las Crónicas de Narnia”, “King Kong” o “La Guerra de los Mundos”). El diseño de producción es tosco y la fotografía real y digital están mal integradas: las escenas en las calles futuristas de Chicago se hacen a base de escandalosos
cromas sobre los que se insertan los coches y los edificios y frente a los cuales caminan los actores sobre una obvia cinta transportadora. La carga del dinosaurio contra los turistas se recicla un par de veces y la bestia tiene un aspecto gomoso que ni se acerca a los vistos en “Parque Jurásico” doce años atrás. Ni siquiera hubo dinero suficiente para diseñar algún tipo de efecto con el que representar dignamente el viaje temporal. El volcán que aparece al fondo parece diseñado en un PC y cuando se produce un terremoto, el efecto se consigue haciendo temblar la cámara mientras los actores se tambalean, algo que parece sacado de un episodio de la serie original de “Star Trek”. El resultado es que el tono visual de “El Sonido del Trueno” equivale al de una película cutre del canal SyFy.

Tampoco los actores están a la altura de sus capacidades. Alguien del calibre de Ben Kingsley
interviene claramente sólo por motivos alimenticios y, aunque consigue mantener la dignidad, su interpretación es meramente funcional y tan tópica como lo es su personaje. Edward Burns no sólo se siente incómodo en el papel de héroe de acción sino que parece comprender lo mala que es la película en la que está participando porque no se molesta en disimular su apatía, pronunciando sus líneas con la emoción de un cadáver, ya sea mientras recibe una bronca de su jefe, seduciendo a una cliente o siendo perseguido por una bestia jurásica. El resto del reparto aún pasa más desapercibido en un guión que no les ofrece ni un solo momento en el que poder desarrollar sus personajes.

En resumen, el relato de Bradbury era un entretenimiento, una fábula breve acerca de los peligrosas consecuencias que podían tener los accidentes casuales. La película, en cambio, trata de construir una compleja historia sobre esa sucinta base, transformándose en una cinta de acción claramente deudora de “Alien” o “Parque Jurásico” en la que un grupo de personajes son cazados uno a uno por monstruos y en la que el giro sorpresa del final de la historia de Bradbury, tan abierto como pesimista, es sustituido por uno más reconfortante y cerrado.

El único consuelo para el fan de CF es que los responsables de este despropósito no quedaron sin
castigo. El dúo de guonistas, Thomas Dean Donnelly y Joshua Openheimer, no volvieron a ver su nombre en otra película hasta 2010 (momento, eso sí, en el que ofendieron a todos otra vez con “Dylan Dog, los muertos de la noche” y “Conan el Bárbaro”). Tampoco Peter Hyams salió bien parado: desde aquel momento sólo ha dirigido las mediocres “Más allá de la duda” (2009) y “Cerco al Enemigo” (2013, con Jean Claude Van Damme). Y es que Hollywood puede perdonar y olvidar las películas malas, pero no las catástrofes económicas…

Eso sí, “El Sonido del Trueno” siempre será de visionado obligatorio para todos aquellos fans de las “películas tan malas que son divertidas”. Hay tantos fallos y tan flagrantes que verla en alegre compañía puede ser un ejercicio muy divertido. Y, en cualquier caso, siempre quedará como ejemplo de cómo un proyecto prometedor puede evolucionar hasta convertirse en una total debacle.




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