jueves, 6 de febrero de 2014

1980- CRÓNICAS MARCIANAS




Ray Bradbury fue uno de los escritores de género que alcanzó en vida el estatus de leyenda literaria americana. Comenzó escribiendo relatos cortos de ciencia ficción, terror y fantasía a comienzos de la década de los cuarenta y firmó clásicos de la altura de “Fahrenheit 451” (1951), “El Vino del Estío” (1957) o “La Feria de las Tinieblas” (1962), mientras que sus cuentos se recopilaron bajo títulos como “El Hombre Ilustrado” (1951), “Las Doradas Manzanas del Sol” (1953) o “El País de Octubre” (1955).

Su prosa es a menudo melancólica, impregnada de nostalgia y entusiasmo por su perdida niñez en una pequeña ciudad americana así como de desconfianza hacia el cambio y el progreso; todo lo cual, aunque le separó del resto de escritores de ciencia ficción, también le hizo merecedor del aplauso de la intelectualidad, quien le bautizó como el Walt Whitman del género. Pero la principal característica de su trabajo y aquello por lo que será recordado es la calidad poética de sus historias y su habilidad para evocar imágenes de extraña fascinación.




Crónicas Marcianas” (1950) es uno de sus dos trabajos más famosos (el otro es el magnífico “Fahrenheit 451”). Se trata de una serie de catorce historias y varios poemas en prosa que Bradbury escribió en el curso de un par de años y que, más que trazar una línea narrativa claramente definida, se limitaban a agruparse alrededor de una serie de temas comunes. Esa dispersa y dilatada creación dio lugar a ciertas inconsistencias, muy especialmente en lo que se refiere a la descripción de los marcianos. Mientras que al principio éstos son un trasunto de humanos domésticos residentes en Marte, en otros relatos se convierten bien en criaturas etéreas de asombrosa capacidad artística e intelectual, bien en seres siniestros o incluso criaturas que han trascendido la encarnación en cuerpos físicos

El motivo por el que “Crónicas Marcianas” sea hoy considerado un clásico, más de sesenta años después de su publicación, es sobre todo la elegiaca evocación que Bradbury hizo de un Marte más fantástico que real, más basado en las ficciones de H.G.Wells y Edgar Rice Burroughs que en las certezas científicas. A diferencia de esos autores, Bradbury era muy consciente de la verdadera y hostil naturaleza de Marte, pero decidió ignorarla y utilizar en sus cuentos un marco propio del romance planetario sobre el que reflexionar acerca del choque de culturas, los perjuicios de la colonización, la pérdida de la inocencia y, en general, los aspectos menos edificantes de nuestra especie.

Uno de los temas habituales en esta obra de Bradbury es la triste capacidad de la humanidad para desaprovechar, conscientemente o no, lo maravilloso. Marte es interpretado como una sociedad ideal que venera las artes, la filosofía, los logros intelectuales y el respeto al medio ambiente. La llegada del hombre conlleva la destrucción tan involuntaria como conveniente de una cultura nativa de milenios de antigüedad que había llegado a los más altos niveles de sofisticación artística, ética e intelectual.

Igualmente, la obra nos dice que en un mundo en el que existe la telepatía y la proyección de ilusiones mentales, la humanidad puede hallar más satisfacción en los espejismos y el pasado que en la realidad y el presente.

El poder fascinador de los relatos de “Crónicas Marcianas” ha suscitado desde finales de los
cincuenta más de un intento de llevarlos a la gran pantalla. El problema que inevitablemente siempre frustraba cualquier proyecto fue el de cómo convertir un conjunto de historias mayormente independientes y sin personajes fijos en una película coherente que respetara el espíritu de la obra. Por fin, tras el impulso experimentado por la ciencia ficción cinematográfica y televisiva a mediados de los setenta gracias al estreno de “Star Wars” (1977), se dio luz verde a la miniserie televisiva de tres episodios de hora y media de duración que ahora comentamos.

Zeus I, la primera misión tripulada a Marte, sale de la órbita terrestre en dirección al planeta
rojo en 1999. Ylla, una mujer marciana, presiente en sus sueños la aproximación de los astronautas y su celoso marido, el señor K, decide que, a su llegada, deben ser eliminados por el bien de Marte. Algún tiempo después, llega una segunda expedición sólo para descubrir que están en un facsímil perfecto de Green Fields, Illinois, el pueblo natal del comandante del grupo, y que sus seres queridos, fallecidos tiempo atrás, salen a recibirles con los brazos abiertos. Pero no se trata más que una ilusión telepática proyectada por los marcianos para engañarlos y asesinarlos.

Es la tercera expedición, dirigida por el coronel John Wilder (Rock Hudson), la que tiene éxito, y ello solamente porque los marcianos han sido exterminados por una epidemia de varicela llevada al planeta por alguno de sus difuntos predecesores. Un miembro de la tripulación, Jeff Spender, se aventura en las ahora desiertas y ruinosas ciudades marcianas. Cuando regresa, trata de matar a sus compañeros con el propósito de que la expedición fracase y evitar así que la humanidad contamine material y espiritualmente el planeta y los restos de la cultura marciana que allí ha encontrado.

Sin embargo, la colonización avanza aparentemente imparable. En febrero de 2004, la ocupación de Marte se desarrolla con rapidez, los cohetes llegan como “langostas plateadas”, cargados de colonos en busca de los más diversos sueños. Se suceden ahora episodios en los que se apunta a que no todos los marcianos murieron. Un padre jesuita se interna con su acólito en las colinas desérticas tratando de convertir a los marcianos que, se rumorea, aún moran allí. El colono Leif Lustig y su mujer reciben la visita de su hijo fallecido, pero no tardarán en descubrir que se trata de un marciano que adopta la apariencia de las personas añoradas por quienes tiene alrededor. Los Parkhill desean hacer fortuna en los negocios y el propio Wilder sueña con encontrar un marciano.

El tercer episodio, “Los Marcianos”, adelanta la acción hasta noviembre de 2006. Con la amenaza de una guerra nuclear cada vez más próxima en la Tierra, los colonos abandonan Marte para regresar a casa. La Tierra acaba convertida en un infierno nuclear y un puñado de colonos abandonados en Marte son los únicos supervivientes de la especie humana. Uno de los que se quedan atrás es el astronauta Sam Parkhill, que ha puesto una cafetería en el desierto esperando la llegada de unos mineros que nunca aparecerán. Parkhill, presa del pánico y la sorpresa, mata a un marciano y es perseguido por sus congéneres. También atrás, olvidado, ha quedado Ben Driscoll, que vagabundea por las ciudades desiertas hasta que responde a la llamada telefónica de otra superviviente, Genevieve Seltzer. Pero cuando por fin ambos se encuentran, se da cuenta de que la mujer, aunque hermosa, no es la mejor de las compañías.

Tras presenciar los efectos de la guerra nuclear en la Tierra, el coronel Wilder regresa a Marte, donde, gracias a su encuentro con un marciano de otro tiempo, tomará conciencia de su verdadera situación y del futuro que debe encarar junto a su familia: ahora son ellos los verdaderos marcianos y quienes deben establecer el comienzo de una nueva Historia.

El guión de esta miniserie viene firmado por un veterano de la categoría de Richard Matheson,
quien había comenzado su carrera en los cincuenta como novelista pero que halló en Hollywood una prolífica salida como guionista: solamente en el ámbito de la ciencia ficción y la fantasía, escribió los guiones para, entre otros, “El Increíble Hombre Menguante” (1957, basado en su propia novela), diversas adaptaciones de relatos de Edgar Allan Poe dirigidas por Roger Corman, la versión cinematográfica de “El Amo del Mundo” de Julio Verne (1961), “El Último Hombre sobre la Tierra” (1964, a partir de su novela “Soy Leyenda”) o el televisivo “El Diablo Sobre Ruedas” (1971) dirigido por Steven Spielberg.

Matheson se dio cuenta de la imposibilidad de adaptar tal cual la obra de Bradbury y de la
necesidad de establecer una continuidad narrativa lineal apoyándose en personajes fijos. Cortó y modificó varios de los cuentos, eliminó algunos menores, como “La Mañana Verde”, “La Tienda de Equipajes” o “Los músicos”, así como otros muy atractivos pero escasamente cinematográficos, como “Usher II”; o bien porque su tema hubiera quedado fuera de su época, como el alegato antiracista “Un camino a través del aire”. Asimismo, añadió pasajes narrativos con una voz en off, que trataban de hilar y añadir cohesión a la estructura.

Desgraciadamente, la purga afectó necesariamente a algunos de los mejores relatos, imposibles de trasladar a la pantalla, como “Vendrán Lluvias Suaves”, acerca de una casa que, tras un holocausto nuclear, continúa realizando sus tareas automáticas y que la habilidad literaria de Bradbury convierte en un ser vivo cercano al lector. Matheson intentó proyectar un débil reflejo de esa historia sin personajes humanos cuando el coronel Wilder llega a una base militar terrestre que, tras la guerra, sigue funcionando aunque ya sin nadie que pueda escuchar los mensajes de sus altavoces.

Hay ausencias menos explicables, como la de “Los Hombres de la Tierra”, sobre el fracaso de la segunda expedición, uno de los más ingeniosos cuentos del libro. Además, Matheson añadió otro relato que no apareció en la edición original de “Crónicas Marcianas” sino en “El Hombre Ilustrado”: “Los Globos de Fuego” , acerca de unos jesuitas y su encuentro con unos marcianos incorpóreos (este pasaje, sin embargo, pasó a incluirse en la compilación “oficial” a partir de la emisión de la miniserie).

Si me extiendo algo sobre el guión es porque el esforzado trabajo de Matheson constituye quizá
lo mejor de la serie. En el libro, el capitán Wilder había sido el oficial al mando de la cuarta y exitosa misión a Marte, apareciendo brevemente en otro relato más hacia el final de la obra. Matheson lo convierte en el hilo narrativo de la adaptación televisiva, convirtiéndole bien en protagonista bien en invitado en las historias de otros personajes. Éstos son a menudo descritos con la profundidad estrictamente necesaria para que cumplan su papel en el episodio en cuestión, como el trastornado Spender o el decepcionado Parkhill, pero aportan muy poca sustancia al desarrollo de la historia central.

El efecto, no obstante la encomiable intención del guionista, es algo forzado y es posible que si en lugar de haberse planteado la miniserie como un drama en tres partes de cinco horas de duración se hubiera planificado como un conjunto de episodios individuales de media hora, formato en el que quizá se habría podido conseguir algo mucho más cercano a la obra original.

Pero, con todo, el guión de Matheson habría podido funcionar bien de no haber sido porque
prácticamente todo lo demás en la miniserie es, en el mejor de los casos, mediocre. Empezando por el director, el británico Michael Anderson, un realizador que comenzó firmando películas de gran presupuesto en los cincuenta, como “La Vuelta al Mundo en 80 Días” (1956), deslizándose luego a films de género con resultados como mínimo cuestionables, como “La Fuga de Logan” (1976). En “Crónicas Marcianas”, como solía ser norma en su filmografía, Anderson hace gala de una falta de imaginación y una pesadez narrativa que raya en la incompetencia. En historias como “La Tercera Expedición”, “El Marciano” o “Los Largos Años”, se las arregla para que el espectador adivine sin problemas el supuesto final sorpresa. Otros relatos están estirados a base de planos largos, aburridos e innecesarios.

Y aún peor, su pobre dirección no halla alivio en unos efectos visuales sugestivos. Todo lo contrario. Ya la primera escena sienta la pauta para lo que ha de venir: una recreación del aterrizaje de la sonda americana Viking en Marte realizada con una maqueta tan mal hecha y una fotografía tan pedestre que abochorna. La temible arma marciana no es más que un paraguas con pintura metalizada, los cohetes parecen sacados de la juguetería de la esquina, las naves de arena parecen adornos de un pastel de boda y los trajes de corte setentero resultan totalmente incongruentes con el supuesto entorno extraterrestre. Sí, las cosas eran más difíciles en los tiempos anteriores a los efectos digitales, pero en este caso no sirve de excusa. Incluso la serie televisiva de Star Trek, emitida diez años antes, ofrecía una factura más sofisticada que la de que aquí se nos ofrece.

Las supuestas ciudades marcianas –en las que se teóricamente podía apreciarse el grado de
sofisticación alcanzado por la civilización que las construyó- no son más que un reiterativo decorado a base de piedras bien pulidas o los claramente identificables templos neolíticos –y muy humanos- de Malta. Parte de la serie se rodó en esa isla, y también en Lanzarote cuyo paisaje, por mucho que se le suela calificar como extraterrestre, no lo es tanto como para pasar por Marte, especialmente cuando no se hace esfuerzo en disimular los cielos azules tachonados de nubes blancas y la dispersa vegetación que crece entre las rocas.

El casting es otro de los clamorosos fallos de la serie. El a menudo impávido Rock Hudson, está aquí más rígido y falto de inspiración que de costumbre, arrastrando por todos los episodio su figura y expresión a mitad de camino entre la tristeza y el desconcierto (sentimientos ambos compartidos en buena medida por autor, público y crítica en el momento de su emisión).

Pero, aún así, Hudson es el que mejor papel realiza. Mucho peor es la interpretación que Fritz Weaver hace del torturado Padre Peregrine: o un Nicholas Hammond que apenas parece sorprendido tras encontrar que no ha aterrizado en Marte sino en un Illinois que nunca existió; .o el trabajo de Darren McGavin dando vida a un lunático Sam Parkhill que siempre parece estar fuera de lugar, con ese atuendo hortera a mitad de camino entre un cantante country de pega y un vendedor de coches usados y una actitud histriónica que arruina la atmósfera cuasimágica que debería transmitir las historias que protagoniza.

Otro de los nefastos episodios es el de “Las Ciudades Silenciosas”, en las que Christopher
Connelly interpreta a Ben Driscoll un minero abandonado en Marte tras el éxodo de los colonos. Driscoll sale en busca de la que cree la otra única persona que ha quedado en el planeta, Genevieve, a la que da vida Bernadette Peters. Richard Matheson trata de hacer funcionar la historia eliminando las razones que en el libro ahuyentaban a Driscoll: la obesidad y carácter dependiente de Genevieve. Pero la caracterización de la mujer aquí es igualmente sexista y desacertada: vanidosa, estúpida y obsesionada de forma irracional y exagerada por su aspecto. Para colmo, Anderson emplea un tiempo desproporcionado en subrayar hasta el hastío esos indeseables rasgos.

Hasta la banda sonora carecía de una dirección clara, mezclando pasajes de horrible y caduca música disco con extractos etéreos apoyados en instrumentos de viento y coros.

Sí, hay momentos en los que “Crónicas Marcianas” consigue funcionar bien, pero ello no
parece ser gracias a Michael Anderson, sino más bien a pesar de él. Por ejemplo, se consigue transmitir con cierta eficacia la extraña naturaleza alienígena de los marcianos, con sus cabezas calvas, ausencia de orejas, brillantes ojos dorados, blancas túnicas de estilo griego e inquietantes máscaras en forma de V gigante con un único ojo en el centro.

Algunas de las historias tienen cierto encanto, especialmente aquellas que juegan con el tema de la ilusión y la identidad. Una de las mejores es la adaptación de “La Tercera Expedición”, cuya poca sutileza malogra la sorpresa final, pero que logra recrear la misma sensación de irreal fantasía que el relato original de Bradbury. Algo similar puede decirse de “El Marciano”, en el que un miembro de esa raza vive atormentado al verse obligado a transformarse en la persona deseada por los que le rodean.

En último término, la miniserie fracasó no sólo por su escaso presupuesto en relación a la tarea a acometer y el poco talento de quienes debían ponerla en escena, sino por la incompatibilidad de los dos principales factores de la ecuación. Por un lado, Bradbury, un escritor que basa su obra en la imaginería semifantástica, la alegoría, la nostalgia y el poder evocador de la prosa; por otro, Michael Anderson, un realizador carente de imaginación y personalidad, incapaz de trasladar al lenguaje de las imágenes la sutileza y elegante fantasía de la obra del primero. Además, aunque el guión de Matheson fue inusualmente fiel a su obra de referencia, la prosa poética del escritor sale perjudicada cuando se recita tal cual ante la cámara.

Así que, ¿a quién puedo recomendar “Crónicas Marcianas? Difícil pregunta. Aquellos que conozcan y aprecien el libro de Bradbury posiblemente quedarán decepcionados por la torpeza e ineptitud de su puesta en escena; quienes no lo conozcan, encontrarán una serie a ratos incomprensible, abstrusa y lenta a la que los treinta años transcurridos no han hecho sino acartonarla aún más.

Ni siquiera en su momento la serie disfrutó de una apreciación más positiva. Originalmente planificada para estrenarse en septiembre de 1979 como una de las grandes novedades de la nueva temporada, el propio Bradbury, que había participado directamente en la producción colaborando con Matheson en la escritura del guión, se encontró, poco antes del estreno, solo ante los periodistas cómo único representante del equipo de producción durante una rueda de prensa. Cuando le preguntaron su opinión sobre la miniserie, no pudo sino calificarla como “aburriiiiiida”. Alarmada, la NBC, responsable de su distribución en territorio americano, decidió archivar el programa hasta que la tormenta pasara y su estreno se retrasó hasta enero de 1980.

Hay un sector de los aficionados, ignoro cuán grande, que guarda un recuerdo nostálgico de la serie y trata de defender sus escasos méritos excusando sus defectos. Ciertamente, en su momento fue un proyecto ambicioso que se desmarcó de la más en boga space opera que impulsaba series de televisión de entonces como “Battlestar Galactica” o “Buck Rogers”, un intento honesto de ofrecer una ciencia ficción seria, adulta y reflexiva que se alejara de la verosimilitud científica y la épica galáctica en favor del lirismo más romántico, el misterio y la tragedia.

Pero eso fue todo. Un intento cuyos resultados, lastrados por el escaso presupuesto, la falta de talento cinematográfico y la mediocridad visual, quedaron muy lejos de sus pretensiones.


10 comentarios:

  1. Como siempre, muy completo tu texto y excelentes argumentos, no obstante en mi caso particular sí me gustó esta miniserie y mucho (de niño aluciné con ella y hace unos años atrás la volví a ver y esta vez me gustó aún más).

    ResponderEliminar
  2. Hola Elwin. Me alegro de que te gustara. Como ocurre con cualquier obra, independientemente de los valores objetivos de la misma, es posible disfrutarla al encontrar en ella algo que llega a nuestro interior. Puede ser que nos deslumbre la estética, que nos anime a reflexionar, que sintonice con nuestros gustos o que nos despierte la nostalgia. Todos tenemos nuestros pecadillos, esas canciones, películas o libros que sabemos que son malos, pero que, por alguna razón que no podemos racionalizar, nos encantan.

    Un saludo

    ResponderEliminar
  3. Vì la miniserie, años despuès de leer la novela y aùn a sabiendas de lo que me esperaba (en Argentina tuvieron el tupè de exhibirla primero en cine!) Agrego a tu post, la poco creìble actuaciòn de Spencer, que en un apresurado parlamento parece querer comprimir lo que en el relato lleva màs tiempo y reflexiòn, y tambièn la apariciòn de Ben Driscoll, metida con calzador, en el final del relato de la familia androide. Rescato , eso sì, el parlamento del marciano al final de lla Tercera Expediciòn, cuando trata de explicarle al capitàn en nombre de toda su raza, que obra en cntra de su voluntad. Creo que es màs entendible que la actitud de los marcianos en el relato, que siguen con su teatralizaciòn hasta el dìa siguiente para realizar un funeral

    ResponderEliminar
  4. hola ¡ a mi m paso lo mismo con la serie,m habia re flasheado ,alucinado¡¡¡ tnia 13 0 14 años cuando se streno en argentina ,era verano,ahora tngo 42 jaja, y eso q no habia leido el libro en ese entonces...,se y entiendo todo lo negativo q tuvo esta serie.., pero a mi m encanto y m sigue encantando..., en mas stoy planificando un juego de mesa inspirado en las cronicas marcianas¡ jaja :-D

    ResponderEliminar
  5. A mí me ocurre lo mismo que en algunos comentarios, con la diferencia que no he podido revisitarla de adulto, pero me queda el regusto por la fascinación que me proporcionó al verla en la infancia. El libro, leido después, lo que hizo fue trasladarme a escenas que se quedaron como mágicas en mi subconsciente. Y mejor así, segundas visitas nunca fueron buenas.

    http://casaquerida.com/2015/03/31/banderas-de-nuestros-muertos/

    ResponderEliminar
  6. A mi la serie me encantó, no se si por su atmósfera y la filosofía que hay detrás, pero tengo una gran duda, juraría que hay más capítulos

    ResponderEliminar
  7. A mi me encantó la serie, algo distinto,la vi de adolescente, claro, pero me sigue gustando cierta atmósfera y la filosofía que hay detrás, aunque tengo una duda sostenida por algo leído en internet y es que hay más capítulos.

    ResponderEliminar
  8. Que yo sepa, no hay más capítulos. Tengo la serie en DVD y eso es todo. Tampoco mi documentación dice que la cosa fuera más allá... Si averiguas algo cuentánoslo... Un saludo

    ResponderEliminar
  9. Yo la volví a ver nuevamente, y me gustó mucho, también la vi cuando chico en los ochenta, pero en esta revisita me di cuenta que al menos en Chile fue censurada, ya que la escena de Cristo no apareció, esta serié me hizo querer leer el libro, cosa que no pude hacer hasta bastante años después, incluye ahora debo de tener dos ediciones del mismo

    ResponderEliminar