domingo, 29 de diciembre de 2013

1978- BATTLESTAR GALACTICA ( y 2)






(Viene de la entrada anterior)

Ya mencionamos más arriba el contubernio por plagio entre la Universal y la 20th Century Fox. En no poca medida ello fue debido a lo que sin duda fue un factor clave en el éxito de la serie: sus efectos especiales. A cargo de los mismos se encontraba John Dykstra, contratado por Universal tras ganar un Oscar por su trabajo en “Star Wars”. Dykstra copió su propio trabajo en la película de Lucas, pero al menos lo hizo bien y las escenas de batallas o las tomas generales de las naves son convincentes y emocionantes, de una calidad nunca vista hasta el momento en el medio televisivo. El problema es que el abultado presupuesto publicitado por la cadena debió agotarse pronto, porque en un evidente intento de ahorrar costes, dichas tomas comienzan a repetirse una y otra vez, episodio tras episodio, llegando a tornarse aburridas y de todo punto predecibles. Todas las batallas con los cylones, todos los despegues, todas las evoluciones en el espacio, están compuestos de montajes ligeramente diferentes de las mismas secuencias.


Otros aspectos de la serie obtuvieron mucho peor resultado. El argumento básico se agota enseguida y se vuelve repetitivo: el convoy de naves liderado por la Galáctica huyendo de los hostigadores cylones y escapando de sus torpes planes una y otra vez. Así, la calidad de las historias más allá de los dos o tres primeros episodios es, siendo amables, mediocre. Problemas como el desabastecimiento de alimentos son inexplicablemente ignorados a menos que puedan servir como excusa para iniciar alguna peripecia. Tras haber muerto, Baltar es revivido sin razón alguna y convertido de forma inverosímil en líder de los cylones. Y el fin último que supuestamente perseguían, encontrar la Tierra, se diluye en una sucesión de episodios sin relevancia, consecuencia de que los guionistas y el creador no tenían en mente una cronología de hechos ni un final concreto hacia el que dirigirse, al estilo de lo que hizo Straczynski en “Babylon 5”.

La mayor parte de las historias no son más que aventuras rutinarias y predecibles, plagios de clásicos del western o del cine bélico, como “Los Siete Magníficos”, “Los Cañones de Navarone” o “Doce del Patíbulo”. Los planetas a los que llegaban los héroes eran o bien medievales o bien recreaciones del Salvaje Oeste, y los cylones, inexplicablemente, nunca andaban lejos, preparados para meter en problemas a Apollo y Starbuck, ya fuera juntos o por separado.

Ello dice mucho de los guionistas, probablemente poco conocedores de la ciencia ficción, género al que consideraban como una especie de cajón de sastre al que podían trasplantarse tópicos de otros géneros sin más que cambiar los caballos por naves, el Oeste por planetas alienígenas y los soldados nazis o los indios por cylones. Su idea de la originalidad consistió en hacer que la tripulación de la Galáctica se encontrara con un alien que afirmaba ser Satán. La ausencia de base científica es abismal (no hay sentido alguno de las distancias cósmicas, por ejemplo), y el tono general es claramente infantil, como si fuera un dibujo animado que se hubiera tomado demasiado en serio a sí mismo.

En cuanto a los actores, tampoco hay mucho que se pueda salvar. Lorne Greene presta cierta
dignidad a su interpretación de Comandante Adama, una combinación de Moisés y Ben Cartwright (al fin y al cabo, la serie integraba, como dijimos, elementos religiosos y del western). Adama era el padre biológico de Apolo y simbólico de todos los supervivientes y Lorne Greene, que había interpretado al patriarca de los Cartwright en “Bonanza”, era ya por entonces una de las figuras paternales más conocidas de la historia de la televisión. Eso sí, dado que el aspecto y la conducta de Lorne Greene se asemejaban más al de un abuelo jubilado que al de un firme líder guerrero, la acción debía recaer en otros personajes: Apolo y Starbuck.

Richard Hatch da vida a Apolo un aguado héroe, tan perfecto que resulta aburrido y al que la
muerte de su bella esposa Serina (Jane Seymour) al comienzo de la serie no parece trastornar demasiado en episodios subsiguientes. John Colicos da vida a un histriónico y usualmente ridículo Baltar; su experiencia como actor teatral clásico probablemente le habría permitido hacerlo mucho mejor de no haber sido por lo vulgar de su personaje. La belleza de la exmodelo Maren Jensen (Atena, la hermana de Apolo) no compensa su carencia de talento interpretativo y los demás… El único que se salva es Dirk Benedict, que da vida a Starbuck (cuyo nombre no provenía de la mitología griega sino de la novela “Moby Dick”, aunque su personalidad bebía directamente del Han Solo de “Star Wars”): extraordinario piloto y mejor amigo de Apolo, heroico como el que más, pero cuyos pecadillos (es mujeriego, trapisondista, jugador y caradura) le hacen más humano, más próximo al espectador.

“Battlestar Galactica” no parece tener tampoco interés en plasmar aquella diversidad étnica
por la que “Star Trek” se había hecho famosa. Dada la multiplicidad de procedencias de los componentes del convoy, hay, de hecho, una escasa variedad racial. La especie humana no parece haber evolucionado nada a pesar de los milenios transcurridos y todos los personajes de relevancia son humanos, aunque los alienígenas aparecen de vez en cuando (incluyendo un grupo de ellos en una escena de bar que no es sino una recreación-plagio de la famosa taberna de Mos Eisley en “Star Wars”). Todos los humanos son blancos y, si ocupan puestos de responsabilidad, son hombres. El segundo al mando, el coronel Tigh (Terry Carter) o Boomer (Herbert Jefferson, Jr.) son negros, sí, pero no son más que una llamativa excepción.

En cuanto a las mujeres, parecen figurar como meros elementos decorativos: los principales papeles femeninos están interpretados por actrices bellas y jóvenes. Sí, Atena es la oficial de comunicaciones de la Galáctica (en la tradición de Uhura, de “Star Trek”), pero su puesto en la nave parece estar más relacionado con el nepotismo (su padre es el comandante Adama) que con la igualdad de oportunidades entre los sexos. El otro personaje femenino de importancia, Casiopea (Laurette Spang), no tiene mucho que hacer aparte de servir de interés romántico para Starbuck y enfermera ocasional.

Con anterioridad a su emisión televisiva, Larson realizó un montaje de 121 minutos con los dos primeros episodios y lo distribuyó en forma de película en los cines de Canadá. La respuesta fue tan positiva que meses más tarde se decidió hacer lo mismo en Estados Unidos en lo que probablemente fue una de las mejores jugadas de marketing de la historia de la televisión: Larson no sólo convenció al público para que pagara por ver otra vez algo que ya habían disfrutado gratis en televisión, sino que la película era 23 minutos más corta que los episodios televisivos y sólo contaba con el aliciente de un sonido Sensurround y la muerte del personaje de Baltar (que se había considerado en exceso violenta para la televisión). Pero el caso es que la cinta funcionó fenomenalmente bien allí donde se proyectó (Japón, Europa), entre otras cosas porque sus efectos especiales lucían mucho mejor en una pantalla grande.

“Battlestar Galactica” duro solamente una temporada de 24 episodios de 45 minutos emitidos entre 1978 y 1979. A pesar de los planos personajes y la ausencia de argumentos sólidos e imaginativos, los impresionantes efectos especiales granjearon a “Battlestar Galactica” una considerable audiencia. Pero solo al principio. Porque esos efectos, como hemos dicho, se apreciaban mucho mejor en la pantalla grande y ello, junto a su reiteración y lo poco interesante de sus relatos, hicieron que los espectadores pronto perdieran el interés. Aunque la cadena siempre afirmó que las cifras de audiencia eran buenas, justificó la cancelación afirmando que la serie resultaba demasiado costosa como para que resultara rentable.

Tras su retirada de la parrilla de emisión, la ABC se vio sorprendida por un aluvión de correspondencia solicitando el regreso de la serie, una respuesta de los espectadores muy inhabitual por aquél entonces. Así que la cadena contactó con Glen A.Larson y le solicitó que remodelara el concepto y el formato con el fin de resucitarla a un coste más reducido.

El ahorro debía venir, entre otras partidas, del recorte del número de protagonistas. Se decidió prescindir de bastantes de los personajes de la etapa anterior: el coronel Tigh, Atena, Casiopea y Boxey… de hecho, inicialmente, los únicos que se iban a mantener de la serie original iban a ser Boomer –ahora ascendido a coronel-, Apolo, Starbuck, el comandante Adama y Baltar, que inexplicable e increíblemente, se habría arrepentido de su traición a las colonias y no sólo habría sido perdonado, sino que llegaba a ser nombrado presidente del Consejo de los Doce.

Sin embargo, Dirk Benedict no estaba disponible y Richard Hatch se mostró disconforme con el
enfoque de la nueva etapa, por lo que, al carecer de los personajes más conocidos, los productores hubieron de redefinir la historia y situarla treinta años después del final del último episodio de la serie original. El capitán Troy y asumiría el papel de Apolo mientras que un tal teniente Dillon sustituiría a Starbuck. El papel de Baltar fue eliminado en favor de un nuevo villano, el comandante rebelde Xavier.

Así nació “Galactica 1980”. La flota de colonos ha llegado por fin a la Tierra sólo para encontrarse con una decepción: sus habitantes no disponen de la ciencia y la tecnología necesarias para ayudarles o siquiera para defenderse de la amenaza de los cylones.

Inicialmente, la premisa de la serie iba a consistir en una rutina muy definida: cada semana, el comandante Xavier viajaría en el tiempo con la intención de modificar en algún punto el pasado de la Tierra y forzar así cambios tecnológicos en el presente; y Troy y Dillon le perseguirían para impedir sus planes. Pero la ABC no se mostró muy conforme con la temática del viaje temporal más allá del episodio piloto y obligó a Larson y su co-productor, Donald P. Bellisario, a eliminarlo (este último retomaría la idea años más tarde para la más exitosa “Quantum Leap”). Así, finalmente, el Consejo de los Doce decide enviar en secreto equipos de guerreros coloniales con la misión de ayudar a la comunidad científica a impulsar avances en ese campo así como proteger a algunos niños coloniales enviados a la Tierra para propiciar la fusión de ambas razas y que, a consecuencia de su especial fisiología resultan tener superpoderes en la Tierra.

Y puesto que la Galáctica y su historia era la misma, ¿qué explicación se daba al destino de los
“antiguos” personajes? En el curso de su breve vida, la serie contaría que Apolo había muerto, aunque no se decía cómo; Starbuck había quedado abandonado en un planeta desértico; el capitán Troy era en realidad Boxey, el hijo adoptivo de Apolo; y Baltar se había convertido en un oficial de la flota cylon

Esta segunda entrega duró tan solo diez episodios. Los fans desertaron en masa ante la ausencia de sus héroes favoritos y la evidente falta de presupuesto e imaginación; y los críticos la consideraron una de las peores series de ciencia ficción de todos los tiempos. No es de extrañar que haya sido relegada al olvido más oscuro.

Hoy no son pocos los comentarios elogiosos que sobre “Battlestar Galactica” se pueden encontrar en todos los medios, a menudo expuestos por gente que vio la serie en su emisión original. Mi apreciación personal es que dicho fervor entusiasta es más producto de la nostalgia que de un análisis crítico de las virtudes y defectos del programa. Yo mismo me cuento entre los que, siendo niños, pudimos asistir a la proyección cinematográfica de la película y a la emisión televisiva de la serie regular. Y lo cierto es que por aquel entonces y con los ojos de un niño, “Battlestar Galactica” sobresalía mucho respecto al resto de series de ciencia ficción. No podía ser de otra manera. Además de los deslumbrantes efectos especiales, las historias eran sencillas de seguir y los personajes escasamente complejos y predecibles. Después de todo, ¿a qué niño no le hubiera gustado vestir un uniforme, llevar pistola láser, pilotar un Viper, luchar contra los cylones –a los que se abatía sin esfuerzo- o tener una mascota robotizada?

Pero a la hora de valorar la calidad de una serie o su interés para un adulto –especialmente si es
amante y conocedor de la ciencia ficción-, la nostalgia no es una buena consejera. Ver “Battlestar Galáctica” hoy supone constatar que el tiempo no la ha tratado bien y que aunque determinados elementos de su estética mantengan su validez, sus historias no lo han hecho. Eso sí, quizá en los niños de hoy pueda seguir despertando ese sentido de lo maravilloso tan inseparable de este género y tan imprescindible para su disfrute.

Y aunque no sea por otra cosa, los fans mantuvieron vivo el recuerdo de la serie lo suficiente para que a finales de los noventa Richard Hatch y Glen A.Larson lucharan por producir un revival de “Battlestar Galactica”, revival que finalmente se estrenó en 2003, recogiendo las ideas del programa original, situándolas en un escenario más plausible y adulto y cosechando con ello un gran éxito de público y crítica. Pero eso es otra historia…


2 comentarios:

  1. En Argentina, también se emitió primero como película y como gancho resultó perfecto. Pero la serie se cayó enseguida; particularmente ridículo es el episodio en el que Starbuck cae en un planeta medieval y los personajes se la pasan cantando (¿!) Cuando vino el reboot, un amigo mío entusiasta ( que también adoraba la versión anterior), buscó la serie original y no la pudo soportar

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  2. Hay cosas que es mejor dejar dormir en el baúl de los recuerdos y no tratar de reavivar la ilusión con la que las disfrutamos siendo niños... Esta es una de ellas. Un saludo.

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