sábado, 28 de diciembre de 2013

1978- BATTLESTAR GALACTICA (1)




Hay pocos programas en la televisión que se estrenen sin bombo publicitario y en el caso de “Battlestar Galáctica”, la serie de ciencia ficción que la cadena ABC presentó en el otoño de 1978, la campaña hizo hincapié en el dinero que habían invertido en ella: se trataba de la serie más cara de la historia. El episodio piloto costó 7 millones de dólares y el desembolso de los siguientes no bajó de un millón.


Tras un milenio de guerra, las doce colonias de humanos están a punto de firmar un tratado de paz con la civilización robótica del Imperio Cylon. Dos pilotos de Viper –las naves de combate coloniales- que se encuentran de patrulla descubren que el tratado no es sino una trampa orquestada por los cylones para hacer que las grandes astronaves de guerra humanas, las Estrellas de Combate, se alejen de sus respectivos mundos y los dejen indefensos. Ambos se dirigen con rapidez a informar a su nave nodriza, la Galactica, cuyo comandante, Adama (Lorne Greene) ante las alarmantes noticias, decide desobedecer las órdenes del Consejo e iniciar acciones militares para salvar a las colonias.

Pero el aviso llega demasiado tarde. Todas las Estrellas de Combate excepto la Galáctica caen en la emboscada y resultan destruidas mientras los mundos son arrasados por los cylones con la ayuda del traidor humano Baltar. Adama, último miembro del gobierno colonial, se da cuenta de que la única oportunidad para los supervivientes es reunirlos a bordo de una deslavazada flota compuesta de 220 naves de todo tipo, desde cargueros a cruceros de lujo, y guiarlos en busca de la mítica decimotercera colonia: la Tierra.

En 1978, justo después de que “Star Wars” (1977) se hubiera convertido en el film más taquillero de la historia, todos los estudios y cadenas de televisión se apresuraron a buscar en sus cajones aquellos guiones de ciencia ficción a los que no habían prestado atención alguna. Durante algunos meses, pareció que el sueño de cualquier aficionado a la CF se hubiera hecho realidad. Aparecieron secuelas de “La Invasión de los Ultracuerpos” (1978), “Buck Rogers” (1979), “Flash Gordon” (1980), un revival de “Star Trek” (1979), la adaptación televisiva de “Crónicas Marcianas” (1980), “El Abismo Negro” (1979) de Disney… y se habló de una nueva versión de “Ultimátum a la Tierra” (1951) y proyectos relacionados con la Trilogía de la Fundación de Isaac Asimov y “El Señor de la Luz” (1967) de Roger Zelazny.

Por desgracia, muy poco de aquella explosión “fantacientífica” tomó una forma satisfactoria para los fans. En lugar de ello, lo que invadió las pantallas, grandes y pequeñas, fueron una horda de clónicos de “Star Wars”, productos intercambiables con combates espaciales entre cazas armados de láser y robots amigables con que encandilar a los niños.

De todos los imitadores de “Star Wars”, la serie televisiva “Battlestar Galactica” fue la que menos ocultó su “inspiración” hasta caer en la pura desfachatez: robots que emiten extraños ruiditos, peleas en el espacio con cazas individuales, el piloto desvergonzado pero encantador, el muchacho que sueña con ser un héroe, un imperio malvado, una gigantesca base enemiga de aspecto amenazador… hasta la banda sonora de Stu Phillips recordaba a la de John Williams.

20th Century Fox, el estudio que produjo “Star Wars” no comulgaba con ese dicho que reza que la imitación es una forma de adulación, y emprendió una batalla legal contra el productor y guionista de la serie, Glen A.Larson, y el estudio que la albergaba, Universal, argumentando que la existencia de más de treinta similitudes entre ambas ficciones no era precisamente casualidad: los personajes de Apolo y Starbuck se parecían demasiado a Luke Skywalker y Han Solo, los cylones a las tropas de asalto, el líder cylon a Darth Vader, los Vipers de la Galáctica a los Ala X rebeldes, etc…

Por su parte, Larson se defendió argumentando que su guión había sido escrito antes de que se estrenara “Star Wars” y que si plagiaba de algún sitio, era del Éxodo bíblico, con Adama en el papel de Moisés, liderando a su pueblo hacia la Tierra Prometida, en este caso el planeta Tierra. Volveremos sobre el aspecto religioso enseguida.

Universal contraatacó con una demanda en la que acusaba a Lucas de haber plagiado ideas del
serial cinematográfico de “Buck Rogers” (1939) y los robots de “Naves Silenciosas” (1971). En honor a la verdad, hay que decir que algo de razón tenía Universal. “Star Wars” era una amalgama destilada de los recuerdos infantiles que Lucas atesoraba de los seriales de Buck Rogers y Flash Gordon. Pero, al menos, aquél supo combinar todas sus “ideas” de una forma lúdica y con una resonancia mitológica ausente en aquéllos, mientras que “Battlestar Galactica” se limitó a copiar sin imaginación y sin añadir nuevos matices a sus personajes. ¿Un ejemplo? R2D2 es un robot simpático y original, pero cuando en “Galáctica” se presenta un perro robot para que sirva de mascota a un niño huérfano –en realidad un chimpancé adiestrado con un disfraz-, el resultado es de un sentimentalismo indigesto.

Aunque la demanda de 20th Century Fox y Lucas fue desestimada por los tribunales y nunca prosperó, cualquier aficionado a la CF podrá encontrar en “Battlestar Galactica” indicios de plagio descarado del universo conceptual y visual de George Lucas. Pero Larson, como él mismo declaró, integró otros elementos tomados del ámbito de la religión y la ufología setentera en un desordenado revoltijo. La apertura de los títulos de crédito “toma prestado” el ideario de Erich Von Daniken: “Hay quien cree que los humanos llegaron del espacio y que fueron los antepasados de los egipcios, los toltecas y los aztecas, los arquitectos de las pirámides y las civilizaciones perdidas
de la Atlántida y Lemuria” (aunque ni siquiera alguien tan propenso a la fantahistoria como Daniken se tomó en serio la existencia de Lemuria; sólo se propuso como una idea para explicar la posible migración de animales entre continentes). La mayoría de los personajes tienen nombres extraídos del panteón mitológico griego, los cascos de los pilotos son de inspiración egipcia y los planetas fueron bautizados con las denominaciones de los signos astrológicos. Del judaísmo se tomó la idea de la propia Galáctica como una especie de Arca salvadora de los últimos especímenes de la Humanidad (de hecho, la serie iba a ser llamada originalmente “El Arca de Adama”).

El propio Larson, era mormón practicante y su religión no se libró de la siega iconográfica: el viaje de la Galáctica se parece menos al Éxodo de Moisés que al de Brigham Young guiando a sus correligionarios mormones a través del continente americano en una misión divina para terminar fundando Salt Lake City; el Consejo de los Doce es un trasunto de la principal autoridad mormona. Kobol, el planeta origen de las doce colonias, es un anagrama de Kolob, el mundo más cercano a Dios según los mormones; y la creencia que esa fe sostiene en la teoría -histórica y antropológicamente absurda- de que las doce tribus de Israel se extendieron por todo el mundo para formar los actuales grupos raciales, es la que se halla tras las Doce Colonias humanas de la serie.

Pero en el corazón de “Battlestar Galactica”, como en la otra serie televisiva que se estrenó por aquel entonces, “Buck Rogers en el siglo XXV” (1979-1981, también creada por Glen A.Larson) hay algo más que simple plagio, aunque su creador no fuera totalmente consciente de ello.

El referente último de “Battlestar Galáctica”, una sucesión de aventuras vividas en el curso de
un largo viaje, es, claro está, “La Odisea” de Homero. Las aventuras en el mar han servido como inspiración a muchas obras de ciencia ficción y, especialmente, space opera. En este caso, además, hay ciertos elementos propios del Western, relacionando el viaje por el espacio con la exploración del continente americano, algo que tampoco era ni mucho menos nuevo.

Tanto “Galáctica” como “Buck Rogers” utilizaban la exploración espacial como marco
narrativo para elogiar el potencial de mejora de la Humanidad. Irónicamente, mientras tanto, Norteamérica estaba perdiendo interés en las auténticas aventuras espaciales tras veinte años luchando por convertirse en líder de la Carrera Espacial. Esas aspiraciones no obedecieron únicamente al deseo de superar a la Unión Soviética –deseo éste, casi necesidad, que sentían sobre todo los políticos- sino a una tradición cultural que tenía en alta estima la figura del explorador, del pionero y el mito de la Frontera. Programas de televisión como “Star Trek”, “Battlestar Galáctica” o “Buck Rogers” retomaban esas ideas y las trasladaban al entorno espacial.

Tanto “Battlestar Galáctica” como “Buck Rogers” hacían uso de generosas dosis de humor, quizá en un intento de revitalizar y actualizar el género. Pero sobre todo, confiaban en la calidad de sus efectos especiales y en un conjunto de personajes con el que los espectadores pudieran identificarse fácilmente gracias a su simplicidad: eran básicamente arquetipos poco sofisticados trasladados a un entorno futurista: el patriarca, el héroe, el compañero gracioso, el villano…

El escenario político que plantea “Battlestar Galáctica” –los humanos son buenos porque creen en la libertad y los cylones malvados porque esclavizan- es similar a los vergonzantes sermones sobre democracia que estropeaban tantas series de ciencia ficción que bebieron de las enseñanzas de Star Trek (1966-69). En la práctica, los guerreros coloniales de la Galáctica son una mezcla de entusiastas cowboys espaciales y luditas de tinte racista.

Poco esfuerzo puso Larson en la construcción de los cylones como una raza alienígena compleja. Recuperando la tradicional y paradójica suspicacia que la ciencia ficción siente hacia las máquinas, los cylones (una sospechosa mezcla entre los cybermen del “Doctor Who” y las tropas de asalto de “Star Wars”) no son más que frías máquinas que obedecen sin contemplaciones a un líder supremo y cuya única meta parece ser esclavizar a otras razas. Pero sobre todo, lo que importa es que son malvados, sin excepciones ni matices; y que odian a los humanos por su amor a la libertad e independencia, así como por su necesidad de sentir, de preguntar, de reafirmarse y rebelarse contra la opresión.

“Battlestar Galáctica”, de esta forma, ponía en contraste la superioridad ideológica y moral de los colonos humanos y el salvajismo de los inhumanos alienígenas. Esta distribución de papeles –por otra parte tan común en la space-opera- no es más que una réplica de la idealizada experiencia histórica norteamericana, protagonizada por los colonos puritanos y los nativos indios, demonizando a estos últimos y representándolos como un obstáculo más de la Naturaleza al que había que vencer. 





(Finaliza en la próxima entrada

5 comentarios:

  1. ":::.y la creencia que esa fe sostiene en la teoría -histórica y antropológicamente absurda- de que las doce tribus de Israel se extendieron por todo el mundo para formar los actuales grupos raciales..." ESA AFIRMACION ES FALSA. La Iglesia afirma (tal como se lee en la Biblia, y en lo que todos los cristianos estamos de acuerdo) que las doce tribus se alejaron de Israel, tras la muerte del rey Salomón, y se encuentran perdidas. Eso es muchísimo después de los origenes del pueblo hebreo, y de los egipcios, asirios, fenicios y todos los demás pueblos. Absurdo es intercalar un dato como éste , sin siquiera darse una vuelta por sitios oficiales web o consultar directamente con los representantes

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  2. Esto es lo que en realidad se afirma. Nada que ver con lo que se deja deslizar en el post
    https://www.lds.org/topics/book-of-mormon-and-dna-studies?lang=spa

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  3. Y ahora, yo debo señalar un error propio, fueron doce las tribus de Israel, pero las que se alejaron después fueron diez

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  4. No querría entrar en este blog en debates histórico-religiosos, pero es verdad que cometí un error y fueron diez las tribus perdidas, según citan Esdras en la Biblia y el historiador judio-romano Josefo. Toda la importancia antropólogica, teológica e histórica que se atribuye a ese pasaje fue elaborada en tiempos posteriores en base a textos apócrifos. Y, desde luego, por mucho que se diga en una página a todas luces pro-mormón, está lejos de demostrarse que la población norteamericana desciende genéticamente de pueblos del este de Asia. Por no hablar de que el Libro de Mormón dice que los americanos descienden de una de las familias que construyeron la Torre de Babel en tiempos anteriores a Abraham... ejem, ejem.. Gracias en cualquier caso por la corrección. Mea Culpa...

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