miércoles, 27 de enero de 2010

1884-Un cuento de gravedad negativa - Frank R.Stockton


De nuevo nos encontramos aquí a vueltas con la antigravedad. Ya comentamos en la entrada correspondiente a “De la Tierra a la Luna” cómo la solución “balística” de Julio Verne a la hora de enfrentarse al campo gravitatorio terrestre fue bastante peculiar y no compartida por la mayor parte de los escritores de CF, prefiriendo éstos inventarse elementos o inventos antigravitatorios. Aquí tenemos un ejemplo.

Thonias Hewlings Stockton (1834-1902) fue un clérigo, escritor y humorista americano cuyo nombre artístico, Frank Richard Stockton, ha pervivido hasta hoy gracias sobre todo a una serie de cuentos de fantasía para niños enormemente populares a finales del siglo XIX. Pero su obra no se restringió sólo al mundo infantil. Como tantos autores de la época, escribió novelas para adultos tocando diferentes géneros, entre ellos, aunque él no lo sabía entonces porque aún nadie había acuñado su nombre, la Ciencia Ficción.

En este cuento, un inventor americano crea una mochila antigravedad con la que sube montañas y levanta pesados objetos. Acaba desmontándola por el miedo de que su invento acabe con la felicidad de su esposa debido a la fama que le granjearía el que se hiciese público.

Su papel de pionero en la CF no debe ocultar otro hecho relevante de su biografía: durante algún tiempo antes de dedicarse a escribir con éxito, se ganó la vida como campeón comedor de perritos calientes, batiendo el récord mundial al zamparse 2,5 perritos y sus panecillos en 60 segundos.

El relato apareció incluido en el titulo “Lo Mejor de la Ciencia Ficción del siglo XIX”, editado por Martínez Roca en 1983. Probablemente se pueda encontrar de segunda mano a través de algún portal de internet. Para quien prefiera leer el libro online puede hacerlo aquí ; también se puede descargar para ebook aquí.

miércoles, 20 de enero de 2010

1882-El siglo XX: cuento de un parisiense en el pasado mañana - Albert Robida


A finales del siglo XIX, Robida era un ilustrador muy popular en Francia. Trabajador incansable, editó durante más de una década la revista La Caricature, publicó en periódicos y semanarios diversos miles de dibujos satíricos que reflejaban los años de la Belle Epoque y escribió y dibujó más de ochenta libros relativos a todo tipo de temas, desde los viajes a la literatura infantil. Su estilo suelto y dinámico con toques de humor, fue el precursor de, por ejemplo, los chistes de Far Side de Gary Larson.

Pero Robida se recuerda hoy sobre todo por sus tres novelas, escritas entre 1882 y 1892, en las que predecía cómo sería la vida a mediados del siglo venidero. Fue una figura única en la CF del siglo XIX puesto que integró en su trabajo literatura e ilustración, creando lo que algún autor ha calificado como “novelas de CF multimedia”: los imaginativos textos de Robida eran completados con maravillosos dibujos.

El primero de sus trabajos fue "El Siglo XX...", donde las ilustraciones se apoderan de la floja línea narrativa. La protagonista, Hélène, una hermosa huérfana adoptada por la adinerada familia Ponto, vuelve a un Paris futurista desde la institución de provincias en la que se encontraba. Robida la usa como ingenua testigo a través de cuyos ojos contemplamos las transformaciones operadas en la ciudad y sus habitantes. De hecho, la ignorancia de Hélène acerca de los avances del futuro es tan completa que resulta difícil de creer: se sorprende al ver una red de telecomunicaciones (aun cuando dicha red es global) que proyecta en pantallas de cristal imágenes de todo el mundo acompañadas de sonido; se le tiene que explicar el funcionamiento de las fábricas de comida centralizadas, que bombean el alimento por tuberías a cada casa (el hogar de los Ponto resulta inundado de potaje al romperse una canalización); la educación en academias de política, derecho y literatura es mixta...

Más avanzado el relato, el hijo de la familia Ponto, Philippe, ha de ser rescatado de Inglaterra, que se ha convertido en una colonia de mormones fanáticos donde la poligamia es obligatoria y los solteros son encarcelados como criminales peligrosos. Tras su huida, Hélène se casa con él y ambos se embarcan para pasar su luna de miel en un viaje por el mundo. Mientras atraviesan el Pacífico, su submarino choca con una mina, un derelicto de la guerra mundial de 1910, y los pasajeros consiguen llegar a una de las muchas islas artificiales que puntean las rutas marítimas. Allí, Philippe concibe un plan para construir un sexto continente en el Pacífico. El libro termina cuando comienza a ponerse en práctica tal plan.

Pero eso no es todo. La desbordante imaginación de Robida nos regala otras imágenes de un futuro fascinante: la Luna ha sido atraída hacia la Tierra 675 km, aparentemente sin más razón que la de iluminar las noches; Rusia ha sido totalmente destruida e inundada durante una guerra mientras que Italia ha sido comprada por compañías comerciales y convertida en una especie de paraíso turístico; Mónaco, otra nación reconvertida en parque temático, está tan dispuesta a salvaguardar su parte en ese mercado que se prepara para entrar en guerra con su vecino...

Si la ligera vivacidad de todas estas visiones del futuro puede tender a distraernos y evitar nuestra implicación en la historia, las ilustraciones lo solucionan. Son dibujos para contemplar despacio, a mitad de camino entre Phiz y Heath Robinson y llenos de detalles: aeronaves, cañones, maquinaria futurista... incluso los vestidos de época están plasmados con todas sus florituras y ornamentación.

El éxito de “El siglo XX…” animó a Robida a continuar con la creación de ese mundo futurista en “La Guerra en el Siglo XX” (1887), que narra una guerra en 1945 ayudado por aún más ilustraciones que en su obra anterior; y “La Vida Eléctrica” (1892), donde defiende la posibilidad de que la electricidad se convierta en la tecnología del futuro, planteando de manera poco científica toda una serie de posibilidades bastante fantasiosas, como que esa nueva y fascinante energía sea capaz de controlar el clima. Su visión, no obstante, guarda también un aspecto de desconfianza hacia la ciencia, un elemento común a los autores de CF de la época.


No puedo dejar de comentar con más detalle uno de los inventos que describe, el telefonoscopio, una fascinante mezcla de televisión e internet: un artefacto que transmite documentos, imágenes en movimiento y sonido y que funciona como receptor y emisor de mensajes personales, pudiendo ser utilizado desde el propio domicilio o bien desde oficinas públicas abiertas a tal efecto. Robira no tenía por supuesto ni idea acerca de televisión, ondas de radio, microchips de silicio o redes de información, pero supo plantear un invento útil que satisfaría las necesidades del hombre.

Robira ofrecería muchos más ejemplos de inventiva futurista que, a medida que la ciencia y la tecnología lo han permitido, han pasado a formar parte de la vida cotidiana. Los helicópteros, por ejemplo, que Robira imaginó se convertirían en el medio de transporte familiar del futuro, circulando a diferentes alturas y aterrizando en los domicilios particulares; trenes de alta velocidad que discurren por el interior de tubos metálicos; la guerra bacteriológica y química... además de nuevos escenarios sociales en los que la superpoblación es un problema y donde la mujer desempeña oficios como ingeniera y científica.

Sus libros pueden ser incluidos dentro de lo que entonces era aún una novedad dentro de los géneros literarios: la novela científica, cuyo primer y mejor representante hasta la fecha era Julio Verne. Como ya hemos visto en entradas anteriores, en los argumentos de estos libros jugaban un papel importante el conocimiento científico y la tecnología. Robida sería el más popular de los seguidores de Verne, aunque su estilo era muy diferente.

En primer lugar, mientras que Verne era un erudito que basaba toda su ficción tecnológica en hechos o leyes científicas (llegó a rellenar 25.000 tarjetas de datos como fuente de consulta y archivo), Robida confiaba más en su instinto, dejándose llevar por él a la hora de imaginar cuáles serían los avances tecnológicos que marcarían el futuro pero siendo, eso sí, incapaz de explicar los principios científicos que los hacían posible. Simplemente asumió como algo natural que los científicos y los sabios acabarían desarrollando los prodigios que él soñaba. Es curioso que, dejando que su imaginación volara libre, acabó dando en el clavo respecto a muchos de los avances técnicos y sociales por venir.

En resumen, el interés de Robida es doble. Por un lado, como visionario -mucho más osado que Julio Verne- de un mundo futuro, con sus milagros científicos y tecnológicos, sus amenazas ecológicas, avances sociales y la peligrosa relación entre los militares y la ciencia. Por otro, aunque la prosa de Robida es interesante, su mérito principal tiene más que ver con su papel de visionario dentro del aspecto formal de la CF: se anticipó en casi un siglo a la fusión de lo verbal y lo visual, siendo este último ciertamente original. Aunque las novelas de Verne solían estar ilustradas por terceros, los dibujos solían hacer hincapié en enormes maquinarias y gigantescos armamentos que pretendían causar impresión y asombro en el lector. Robida, en cambio, ilustraba sus propias novelas con un grafismo más amable, incluso comercial: sabía que los dibujos de chicas vendían y no dudó en llenar sus ilustraciones con mujeres elegantes de figuras esbeltas.

Robida es un autor muy conocido en Francia, donde se le considera algo así como una versión ligera de Julio Verne. En España no es fácil conseguir su obra pero en este enlace: http://literfan.cyberdark.net/2009/GuerraSigloXX.htm puede encargarse el libro "La Guerra en el siglo XX".

viernes, 8 de enero de 2010

1882-El Plazo Fijado - Anthony Trollope


Anthony Trollope, escritor londinense enormemente prolífico y tan popular entre el público como poco querido por los críticos, publicó sólo un trabajo de CF, una curiosa novela titulada “El Plazo Fijado”.

Esta novela corta tiene lugar en el entonces lejano año de 1980, en una colonia británica imaginaria, Britannula (su nombre inglés juega con el significado de “pequeña Inglaterra” y “anuladora de Britania”), localizada en algún lugar del Pacífico cerca de Australia. Los neocelandeses que la fundaron consiguen la independencia de la metrópoli y, conservando las leyes, costumbres y moneda inglesas, deciden crear un país basado en la justicia y el sentido práctico. Como no hay división social basada en clases, prescinden de una segunda cámara gubernamental. Así, la única cámara existente, compuesta por representantes jóvenes y encabezada por el presidente John Neverbend, aprueba por mayoría una ley que establece la eutanasia obligatoria para todos los ciudadanos de más de 66 años. Al llegar a esa edad, deberán ser llevados a una institución situada en la ciudad de Necrópolis en la que reciben buenos cuidados mientras se preparan para morir, lo que tiene que suceder no más tarde de un año.

La razón para tal medida es aliviar al país de la carga de sostener a una población ya inútil y, por otro lado, librar a los ancianos de tener que vivir lo que va a ser el peor periodo de sus vidas. Comoquiera que la población de Britannula es todavía joven, no hay aún ningún ciudadano que deba someterse al “tratamiento”.

Un miembro fundador del nuevo país y hasta el momento apoyo incondicional de Neverbend, Gabriel Crasweller, se encuentra enfrentado a sus propias ideas cuando, no habiendo sufrido ni un solo dolor de cabeza en toda su vida, su nombre aparece el primero en la lista de candidatos a la eutanasia por ser el ciudadano de mayor edad. Aunque en su día votó a favor de la ley, al aproximarse su turno sus convicciones se tambalean. La tensión se traslada a las familias de los implicados: la hija de Crasweller está enamorada del hijo del presidente, Jack Neverbend, quien por simpatía se opone a las intenciones legislativas de su padre. La esposa del mandatario, Sarah, también es contraria, por principios, a la eutanasia.

Anthony Trollope escribió la obra preocupado por su vejez. Precisamente contaba 67 años cuando terminó el libro y la proximidad del invierno inglés le había hecho sentirse viejo y próximo a la muerte (efectivamente, fallecería muy poco después). Más que a la muerte, temía a la inutilidad y falta de propósito que la vejez conlleva, lo que quizá haga más comprensible el que escribiera a una edad avanzada un libro tan alejado de sus queridos temas costumbristas.

Por otra parte, algunos comentaristas han equiparado esta obra a las sátiras del estilo de Jonathan Swift. En mi opinión, el mundo éticamente deformado de los políticos y la medida extrema de la eutanasia oficial no tenían nada de satírico. No solamente ese debate se convertiría en algo recurrente en la CF (recordemos películas como “Cuando el destino nos alcance” (1973) o “La Fuga de Logan” (1976)), sino que el panorama que se describe no es totalmente negro. Neverbend no es un tirano ni un dictador que sume a su pueblo en un agujero negro de terror y miseria: además de instituir ese “Plazo Fijado” de eutanasia obligatoria, ha levantado un sistema educativo universal progresista, abolido la pena de muerte y en otros aspectos ha convertido al país en un lugar muy agradable en el que vivir.

La ambientación futurista de esta utopía fantástica es la propia de un escritor poco avezado en este tipo de obras. Introduce elementos tecnológicos como supercañones capaces de destruir ciudades enteras, una especie de teléfonos móviles, un antecesor lejano del fax, triciclos impulsados a vapor que sirven como medio de transporte individual… pero, por otra parte, los británulos siguen desplazándose en coches tirados por caballos y en barcos de vapor cuando salen de su isla. Los 250.000 habitantes del nuevo país trabajan en su mayoría en el campo y las mujeres siguen viviendo subordinadas a los hombres, sin papel alguno en el ámbito público.

Al final, Inglaterra, escandalizada por lo que está pasando, envía su proverbial cañonera a la capital, Gladstonópolis. Los ciudadanos, en su mayoría enemigos de la nefasta idea de su presidente, reciben de buena gana a los británicos y aceptan a su nuevo gobernador. El “Plazo Fijado” se anula y Neverbend es llevado a Inglaterra, donde escribirá sus memorias –que resultan ser el propio libro, narrado por él en primera persona. Siempre queda la duda de si los ingleses estaban realmente motivados por sus elevados ideales o bien no buscaban más que una excusa para volver a poner sus manos en la antigua colonia. Bueno, después de todo quizá no haya tantas dudas.

“El Plazo Fijado” se inscribe dentro de la moda literaria de utopías futuristas que nació en aquella época –y de las cuales ya hemos visto varios ejemplos en este blog-, un pequeño ámbito que no solamente demostró ser rentable económicamente, sino que otorgaba al autor una flexibilidad y libertad que la novela realista no permitía. Trollope trató en ella el delicado tema de la eutanasia, pero también dejó caer algunas otras de sus preocupaciones, como la cuestión del autogobierno de las colonias, el potencial destructivo de las nuevas tecnologías y los peligros de un gobierno unicameral; toda una muestra del amplio espectro temático que puede desplegar la Ciencia Ficción.


El libro se puede descargar en el proyecto Gutemberg en : http://www.gutenberg.org/etext/27067

viernes, 1 de enero de 2010

1880-Across The Zodiac - Percy Greg


En la entrada en la que se comentaba "De la Tierra a la Luna" mencionamos cómo Julio Verne propuso escapar al campo gravitatorio terrestre mediante el lanzamiento de una cápsula desde un cañón, una solución que no gustó ya en su época al entender -correctamente- que el ser humano no podría sobrevivir a la experiencia. Debía haber otra manera de situar al hombre fuera de la Tierra. Los escritores de ciencia ficción, antes y después de Verne, habían comenzado a jugar con el concepto de instrumentos o elementos “antigravitatorios”.

El primero de esos aparatos puede ser atribuido a “Joseph Atterley”, seudónimo del autor norteamericano George Tucker, cuyo “Viaje a la Luna" (1827) se lleva a cabo en una nave recubierta de un metal antigravitatorio. J.L.Riddell fue el autor de una aventura lunar poco conocida, "Orrin Lindsay´s Plan of Aerial Navigation" (1847) en el que el científico protagonista usa un campo antigravitatorio para pilotar su nave hasta la Luna. Un libro más popular, también en inglés, fue escrito por un tal “Chrysostom Trueman”, probablemente el seudónimo de James Hinton: "The History of a Voyage to the Moon, with an Account of the Adventurer´s Subsequent Discoveries" (1864), donde un ingenio antigravitatorio (un mineral llamado “repellante”, extraído de las montañas de Colorado) lleva a sus dos protagonistas a la Luna. Los dos aventureros alcanzan nuestro satélite usando una nave impulsada con propelente. Allí descubren una sociedad utópica de pequeños humanoides llamados “Notol”. Tras pasar un año viviendo entre ellos y explorando el satélite, escriben sus aventuras en láminas de metal y las disparan a la Tierra arrojándolas al interior de un volcán lunar. El libro especula con que los selenitas son en realidad almas humanas reencarnadas, algo cercano a las tradiciones de viajes místicos a la Luna propias de siglos anteriores.

El autor británico Percy Greg recogió el concepto del elemento antigravitatorio, al que bautiza como apergión, para su novela “Across the Zodiac: the Story of a Wrecked Record”. Un veterano de la Guerra Civil Americana naufraga en una misteriosa isla en 1867 y allí presencia cómo se estrella una nave espacial: “tenía un disco muy visible… Me encontré fragmentos de un brillante metal amarillo pálido… [y una] dureza sobresaliente”. De los restos de aquel proto-ovni extrae un manuscrito en latín en el que su anónimo autor revela el secreto del apergion y su utilización en una expedición realizada en 1820 a Marte en una nave llamada Astronauta. Fue la primera vez que se utilizó esta palabra.

Tras narrar el viaje hasta Marte haciendo uso de la energía antigravitacional del apergión, el relato se hunde con largas reflexiones sobre la sociedad y moral utilitarias de los marcianos, unos seres diminutos de pelo amarillo, barbas y mostachos, que no creen que pueda existir vida en otros planetas, considerando al recién llegado como un marciano de elevada estatura originario de alguna aislada y desconocida región.

Los marcianos disfrutan de una tecnología avanzada: tienen películas -que no existían en el momento de escribir el libro- y teléfonos. Pero, como suele suceder en la CF y en la realidad, no todo es agradable en este mundo aparentemente utópico. Su superior capacidad cerebral ha sido adquirida a expensas de sus emociones, su vitalidad y su sentido de la existencia. Organizados en una sociedad de tipo feudal nacida tras una fallida revolución comunista, son profundamente sexistas. Las hembras reciben una educación enfocada a ser buenas mujeres y madres y aunque existe una igualdad de sexos teórica, son pocas las mujeres que se acogen a ella, siendo éstas consideradas hombres de tercera clase y no deseadas en absoluto como consortes. "Cualquiera que sea la educación que reciban, nuestras mujeres siempre han encontrado que la independencia que podrían adquirir trabajando duro era menos satisfactoria que la dependencia, con la comodidad y seguridad que disfrutan como consortes, amantes o esclavas, del otro sexo".

Y no hay espíritu satírico en tal afirmación. Percy Gregg (1836-1889) fue un dotado y prolífico periodista que a lo largo de su vida, a medida que envejecía, fue pasando del secularismo al espiritualismo para terminar como adalid del feudalismo y el absolutismo de convicciones políticas y religiosas reaccionarias y radicales, algunas de las cuales asoman en esta novela.

El narrador establece una relación de lánguido amor con una dama del lugar, Eveena, una jovencita "veinteañera" que recuerda mucho -incluso en el nombre-, a la delicada Weena de "La Máquina del Tiempo", escrita por H.G.Wells años después, en 1895. De hecho, no son pocos los estudiosos que opinan que Wells posiblemente se inspiró en esta bella marciana. La cosa mejora hacia el final, con una intriga política e intentos de asesinato. Eveena se sacrifica para que su amado pueda dejar el planeta y volver a la Tierra. Greg prometió un segundo volumen que nunca llegó a ver la luz.


Las razones por las que este libro destaca sobre otros con temas similares aparecidos en la misma época son diversas. Por supuesto, y no es poca cosa, la utilización de una palabra tan bella como astronauta, "marinero de las estrellas". Ha pasado a convertirse en algo tan cotidiano y manido que perdemos de vista su poético significado. Por otra parte, Greg anticipó correctamente la ingravidez en el viaje espacial y llenó los primeros capítulos de su libro con datos científicos cuidadosamente detallados. Su interés por dotar de verosimilitud a la historia lo apartaba de muchos de sus colegas escritores.

En tercer lugar, Percy Greg fue el primer escritor que imaginó un lenguaje alienígena de forma minuciosa, incluyendo tablas de lingüística y declinaciones, algo que no se había hecho hasta la fecha y que permanecería como la más detallada lengua imaginaria de la literatura hasta que Tolkien introdujo las lenguas élficas en su obra.

Y, por último, esta novela fue también vanguardista como iniciadora del subgénero del "romance interplanetario", un línea de la CF muy visitada en las revistas pulp de años posteriores. El "romance interplanetario" es básicamente un relato de aventuras cuya acción se sitúa en otros planetas. El origen de este tipo de ficciones se encuentra en fantasías de civilizaciones perdidas como "Ella" de H.Rider Haggard y novelas de capa y espada como "El Prisionero de Zenda" (1894) de Anthony Hope. Normalmente, el protagonista es un terrestre, valiente, heróico, caballeroso y hábil guerrero que combate contra monstruos o malvados alienígenas, enfrentándose al peligro con gallardía y ganándose el amor de una princesa nativa. Veremos en futuras entradas más ejemplos de este tipo de aventuras, siendo el más popular de ellos el ciclo de relatos de Jon Carter, escritos por Edgar Rice Burroughs muchos años después.

Novela adelantada a su tiempo, Greg llevó a sus lectores a un mundo de maravillas extraterrestres que mezclaba elementos tecnológicos propios de la ciencia ficción con otros de tipo místico, como la telepatía.

sábado, 26 de diciembre de 2009

1879-LOS QUINIENTOS MILLONES DE LA BEGUN - Julio Verne


Durante décadas, los estudiosos de Julio Verne han mantenido una dura y enconada controversia contra la idea popular de que el escritor fue el "Padre de la Ciencia Ficción" además de un profeta del futuro. Han insistido en que las malas traducciones, el cine de Hollywood e incluso los parques de Disney han reducido la figura e ideas del autor de los Viajes Extraordinarios a esquemas simplistas y desprovistos de contexto. Y también se han quejado, con razón, de la imagen de Verne como campeón del positivismo científico y el progreso, aun cuando al menos la mitad de sus novelas son o bien opuestas a la ciencia o bien escépticas respecto a los beneficios que el progreso tecnológico puede aportar a un mundo profundamente imperfecto.

Estos mismos estudiosos afirmaron durante mucho tiempo que el cambio en la visión de Verne tuvo lugar a mediados de la década de los ochenta del siglo XIX tras una serie de tragedias familiares y bastante después de haber escrito sus trabajos más famosos. En la actualidad, tras el descubrimiento y publicación de "París en el siglo XX", escrito al comienzo de su carrera literaria, todos estos expertos tendrán que replantearse sus argumentos y, probablemente, otorgar mucho más peso a la influencia del editor Pierre Hetzel en los temas y estilo de Verne.

“Los Quinientos Millones de la Begún” (o "Los quinientos millones de la princesa india", como también se le ha titulado en algunas versiones) es uno de esos trabajos "oscuros" de Verne, muy alejado del triunfalismo científico


Al principio del llbro, el Dr.Sarrasin recibe una extraordinaria noticia: por una carambola genealógica, resulta ser heredero de una inmensa fortuna dejada por una princesa india (la Begún del título). Individuo apacible, de mentalidad científica y con aspiraciones filantrópicas, decide invertir el dinero en un colosal proyecto: la fundación de una nueva ciudad, France-Ville, diseñada con criterios científicos y en la que se erradicarán todos los males que aquejaban a las ciudades de entonces –y a muchas de ahora-: suciedad, falta de higiene, pobreza... Será "una ciudad del bienestar y la salud", tal y como proclama entusiasmado ante sus colegas científicos.

En cuanto la noticia se hace pública, otro pariente perdido, Schultze, un químico alemán, sale a la luz y reclama su parte de la herencia que, en último término, ha de dividirse entre ambos a partes iguales. Verne solventa en dos párrafos el perfecto retrato del alemán: un individuo tiránico y despiadado que, al sernos presentado, se halla escribiendo un artículo para una revista científica, titulado: "¿Por qué todos los franceses presentan diferentes grados de degeneración hereditaria?"

El proyecto que trama Schultze con el dinero recibido es producto de sus ideas de supremacía racial sobre el resto de la humanidad y sobre los latinos en particular: la "ley del progreso decretaba la anulación de la raza latina, su sometimiento a la raza sajona y, por consiguiente, su desaparición total de la superficie del globo". El resultado es Stahlstadt, una ciudad fortificada de hierro y acero consagrada a la construcción de armamento -en un intencionado paralelismo con Alfred Krupp, el magnate alemán del acero-. Ambas ciudades, Stahlstadt y France-Ville se sitúan en las entonces lejanas y poco exploradas regiones de Oregón, aún no absorbidas a Estados Unidos.

Marcel Bruckmann, un joven alsaciano, íntimo amigo del Dr.Sarrasin, consciente de la amenaza que supone Schultze, decide llevar a cabo una peligrosa operación de espionaje, haciéndose pasar por suizo -lo que explica su acento alemán- e infiltrándose en la ciudad de acero para averigüar los planes del científico. Empezando desde los trabajos más básicos y ascendiendo en el escalafón por méritos propios, Marcel va pasando por los altos hornos, las minas de hulla y el departamento de diseño hasta llegar al círculo interno de la ciudad, donde, horrorizado, descubrirá cuál es el secreto que amenaza a France-Ville y, después, al resto del mundo: un colosal cañón preparado para disparar obuses cargados de ácido carbónico, capaces de aniquilar por asfixia y congelación a miles de personas. Como declara orgulloso Schultze: "con mi sistema no hay heridos, sólo muertos". Marcel deberá, en un tiempo límite, evitar la inminente catástrofe que segará la vida de miles de personas.

Como se supo tiempo después, la historia estaba basada en el manuscrito de Pascal Grousset, un revolucionario corso exiliado en Estados Unidos que había luchado en la Comuna de París. Incapaz de publicar en Francia debido al veto que recaía sobre él, le vendió a Hetzel la obra y éste se la pasó a Verne para que la puliera y elaborara una historia sobre ella. Hasta hoy sigue sin estar claro qué elementos son atribuibles a cada cual.

Al margen de estas curiosidades editoriales, el libro es muy interesante por varias razones. En primer lugar, como hijo de su tiempo. En 1870, se declara la guerra franco-prusiana –en aquel año Verne había publicado “Veinte mil leguas de viaje submarino” y “Alrededor de la Luna”-. Menos de dos meses después, el general Mac Mahon es derrotado en Sedán y Napoleón III capturado. Se acaba el Imperio y se inicia una resistencia “nacional” por iniciativa de los republicanos Fabre y Gambetta, con la proclamación de la Tercera República. Pero la milicia nacional republicana no tiene fuerzas ante la máquina de guerra prusiana y, con los ejércitos germanos ya en Versalles, Francia capitula en enero de 1871, perdiendo las provincias de Alsacia y Lorena.


La humillación nacional que sufrió Francia fue profunda y duradera. El propio Verne fue movilizado en la Guardia Nacional, ocupándose de la defensa costera, con escasísimos medios y municiones. Con el fin del conflicto, el escritor pasa dificultades económicas, puesto que su editor anda escaso de liquidez. Este libro de Verne es, en buena medida, una especie de revancha literaria y como tal hay que leerlo. Hasta entonces, Verne no había demostrado una animadversión particular hacia los alemanes y, de hecho, los protagonistas de "Viaje al Centro de la Tierra" eran de esa nacionalidad. En esta novela, sin embargo, el retrato de los alemanes, simbolizados por Schultze, es el de una nación militarista y fanática.



Aun cuando hoy muchos comentaristas lo interpreten a la luz de la muy posterior Segunda Guerra Mundial como una especie de proto Hitler y un aviso de los horrores que vendrían cuatro décadas después, en su origen no fue más que una representación deformada de la opinión francesa del momento, un tópico ciertamente forzado (el alemán no hace más que comer salchichas y sauercraut y beber cerveza aunque su negocio de venta de armamento le haya convertido en el hombre más rico del mundo) pero, a efectos narrativos, eficaz. No nos extrañará, a tenor de lo dicho, que el libro gozara de una tardía popularidad en Israel en los años cincuenta, (si bien la versión hebrea se preocupó de eliminar algunas referencias antisemitas que Verne había dejado caer en la novela).


Otro ejemplo de la relación del libro con la guerra de 1870 lo constituye el protagonista, el valiente alsaciano Marcel, quien ha mantenido intactas sus lealtades hacia Francia por mucho que su tierra haya caído bajo dominio germano. Por otra parte, el tercer protagonista de la historia, Octavio, hijo natural del doctor Sarrasin, es un trasunto del propio hijo de Verne, Michel. Octavio es un joven de débil personalidad cuyo único sostén para no caer en la vida muelle es el ejemplo de su amigo Marcel. Cuando éste desaparece para infiltrarse en Stahlstadt, cae en la degradación utilizando la fortuna de su padre para relacionarse con círculos sociales poco recomendables, gastar fortunas en el juego, ropa y fiestas y, en fin, sumergirse en una existencia absurda y sin sentido. En la novela, Verne quiso redimir al personaje, haciendo que tomara conciencia de la decadencia en la que estaba sumido y haciéndole volver con su familia y su amigo Marcel. En la vida real, el escritor no tendría la misma suerte.


Verne mantuvo una muy difícil relación con su hijo Michel. La mala conducta de éste hizo que su padre lo internara sin éxito en una clínica psiquiátrica, llevándolo luego a un reformatorio. Cuando cumplió 18 años, los disgustos continuaron. Le pidió a su padre la emancipación para casarse con una cupletista, de la que no tardará en separarse, tras haber secuestrado a una menor. Verne lo echa de casa, pero corre con sus gastos para evitar males mayores. En años sucesivos, ya después de publicada esta novela, Michel continuaría cargando a su padre con los déficits de sus ruinosas aventuras empresariales.

En un solo libro, Verne planteó los dos extremos tan queridos y desarrollados en años posteriores por la ciencia ficción: la utopía y la distopia. Stahlstadt, como hemos indicado, es una mole de metal amurallada y dividida en sectores, una especie de ciudad industrial completamente dedicada a la fabricación de bienes de equipo y armamento, un sistema regido con fría eficiencia germánica donde los obreros se reconocen por un número y en el que la vegetación se halla totalmente ausente -a excepción de una selva tropical que aprovecha el calor de los hornos de fundición y de la que se beneficia tan solo el líder-. Es un micromundo hostil, deshumanizado, donde la gente trabaja en condiciones durísimas, ejemplificadas en el libro por la desgraciada muerte del pequeño amigo de Marcel, Carl, un niño que literalmente vive en los corredores de las minas y cuyo único amigo es un caballo ciego que hace años que no ha visto la luz del sol. Todo el complejo está dominado por el Bloque Central y, en mitad del mismo, su centro neurálgico: la altísima Torre del Toro, donde vive y manda Schultze.


Opuesta a la pesadilla de Stahlstadt, Verne imagina la ciudad perfecta, France-Ville, donde el gobierno no está centralizado en nadie en particular, como ocurre en Stahlstadt, sino que las decisiones se toman de manera asamblearia, con lo que la continuidad de gobierno está asegurada –un aspecto este fundamental en el desarrollo de la novela-. Todo el mundo está sano y vive feliz en una ciudad que no parece tener ningún problema gracias a su perfecta planificación material y humana. Maravilloso… ¿o no?




Ciento treinta años después de que se escribiera la novela, las disposiciones de Verne para la construcción de la ciudad ideal nos parecen bien poco apetecibles. Por ejemplo, la ciudad en su estadio inicial es edificada por un ejército de trabajadores chinos, a los que Verne no considera candidatos recomendables para su proyecto: “El producto de los trabajos era depositado todas las semanas (...) en el Gran Banco de San Francisco, y todo chino que lo cobrase estaba obligado a regresar a su país. Precaución indispensable para deshacerse de una población amarilla que no habría dejado de modificar de una manera bastante molesta las características de la nueva ciudad”.

Ésta es una de las razones por las que el trabajo de Julio Verne se edita en la actualidad mayormente en forma de “adaptaciones” censuradas y mutiladas. Los originales contienen multitud de pasajes racistas y sexistas que ofenderían al lector moderno. La creencia de que los habitantes de cada nación tenían una serie de características particulares que los hacían más o menos aptos para la evolución y la supervivencia, era algo común en los años de Verne, como lo era la actitud hacia las mujeres. En la novela, la hija del doctor Sarrasin se lamenta de lo terrible que es ser mujer porque no hay nada que ella pueda hacer para ayudar en la defensa de France-Ville contra los planes de Schultze.

Las normas de construcción que rigen en esta comunidad utópica dan como resultado algo muy parecido a un barrio residencial edificado en retícula, con calles designadas por un número y con árboles flanqueando las vías. Todas las viviendas son unifamiliares y disponen de un jardín. Hasta aquí, no nos parece algo extraño. Realmente Verne supo ver más allá de su propia época e incluso en nuestros días algunos ayuntamientos tienen normativas mucho más estrictas en cuanto a apariencia y cuidado de las viviendas particulares se refiere, regulando las alturas, los colores y el estado en el que se deben mantener los jardines.

Sin embargo, otras normas que teóricamente iban destinadas a crear una ciudad ideal, no dejan de ser, a los ojos contemporáneos, agobiantes y coartadoras de libertad: "quedan terminantemente proscritos dos peligrosos elementos de enfermedades, verdaderos nidos de miasmas y laboratorios de venenos: las alfombras y los papeles pintados. El entarimado (...) evitará que se oculten los restos de una limpieza dudosa". Lo cierto es que tanta norma obsesiva por la limpieza raya en la ridiculez y podríamos incluso llegar a pensar que Verne estaba escribiendo una sátira: se prohíben los edredones y se regulan los muebles que debe tener el dormitorio; los humos de las chimeneas se depuran en hornos especiales para evitar la contaminación ambiental. Esa rigidez se extiende incluso a los espacios públicos: "cualquier comerciante que venda un huevo podrido (...) es tratado como lo que es: un envenenador".

Por otra parte, "para obtener el derecho de residencia (...), es necesario poseer buenas referencias y hallarse apto para ejercer una profesión útil o liberal en la industria, en las ciencias o en las artes (...). No se toleran las existencias ociosas". "No hay para que decir que los niños son obligados desde la edad de los cuatro años a seguir los ejercicios intelectuales y físicos que puedan contribuir a desarrollar sus facultades (...) se les habitúa a todos a una pulcritud tan escrupulosa que una simple mancha en sus vestidos la consideran un verdadero deshonor". Suena tiránico.

A Verne siempre le interesó el urbanismo y la planificación de la vida en las ciudades y tendría oportunidad de poner en práctica, al menos parcialmente, algunas de sus ideas años más tarde. En 1888 le proponen y acepta una candidatura de concejal para el ayuntamiento de Amiens, en la lista del partido radical socialista, que a pesar de su nombre era bastante moderado, y resulta elegido. Su labor pública estaría a la altura de su obra, ocupándose de asuntos artísticos y culturales.

Si dejamos a un lado “París en el siglo XXI”, el lado oscuro de la ciencia había ya aparecido en relatos anteriores del escritor, como “El experimento del Dr.Ox” (1874), en el que un investigador transforma un tranquilo pueblo en un hirviente caldero de emociones bombeando oxígeno puro en los hogares y edificios públicos. Todos los sentimientos se intensifican, los metabolismos se aceleran. Ante la Bandera (1896) vuelve a tocar la amenaza del aspirante a conquistador provisto de armas de destrucción masiva. Robur el Conquistador (1886) pretende dominar el mundo con su artefacto combinación de fortaleza volante, tanque y submarino; “La Misión Barsac” (1919) –completada por Michel Verne tras la muerte de su padre- nos lleva hasta una ciudad-fortaleza en África, desde donde un genio del mal usa sus inventos para desencadenar un caos mundial.


En resumen, “Los quinientos millones de la Begún”, no se cuenta entre lo más granado de la obra de Julio Verne. El propio escritor consideraba imposible la tecnología que Grousset había imaginado en su manuscrito pero, sometiéndose obedientemente a las órdenes de Hetzel, no lo cambió. Pero se trata de un libro importante que, leído con las referencias adecuadas, nos cuenta cosas sobre Verne, sobre su vida y su visión de la tecnología, sus ideas y las de sus contemporáneos en la Europa del siglo XIX. Se trata, en suma, de una fábula política con moraleja, parte distopia, parte tratado social de estilo dickensiano.

sábado, 5 de diciembre de 2009

1877-HECTOR SERVADAC - Julio Verne


Nos encontramos en esta ocasión con una novela a mitad de camino entre la fantasía y la ciencia ficción, resultado quizá del cambio fundamental que el escritor hubo de hacer en el argumento a instancias de su editor. Como tantos libros de Verne, la historia comienza con un misterio, un enigma que llevará a sus protagonistas a embarcarse en un viaje con el fin de resolverlo.

El personaje que da título al libro es un oficial del ejército francés destinado en la costa de Argelia en misión cartográfica, contando con la única ayuda de su fiel ayudante Ben-Zuf. La noche del 31 de diciembre al 1 de enero experimentan un fuerte temblor de origen desconocido y cuando se recuperan del shock se encuentran con que el mundo ha sufrido una transformación desconcertante: el Sol sale por el oeste y se pone por el este, días y noches han pasado a tener una duración uniforme de seis horas, la fuerza de la gravedad ha disminuido y el firmamento nocturno ha modificado su aspecto.

Realizan un viaje por los alrededores pero no consiguen encontrar a ningún otro ser humano. Finalmente, hace su aparición la goleta rusa Dobryna, propiedad del conde Timascheff. En ese navío se lanzan a surcan un mar Mediterráneo cuyas costas han cambiado por completo: han desaparecido las islas, el continente africano se ha volatilizado en su gran mayoría y el resto parece estar delimitado por infranqueables arrecifes de formaciones rocosas poligonales de un mineral desconocido. Conforme avanza el relato, encuentran otros supervivientes: un grupo de ingleses en Gibraltar, otro de españoles en Ceuta, una niña italiana en Cerdeña, un mercader judío y un sabio francés en las Baleares. Las observaciones celestes que realizan y la evolución de los fenómenos atmosféricos les llevan a una asombrosa conclusión: el paso de un cometa muy cerca de la Tierra ha proyectado fuera del planeta trozos del mismo que han acabado adheridos a la superficie del cuerpo errante, pasando a formar un minimundo al que sus nuevos colonos bautizan Galia y que se mueve en una órbita elíptica alrededor del Sol. Conforme se alejan de la estrella, la temperatura desciende y se ven obligados a buscar un medio para poder sobrevivir. Lo encuentran en las profundidades del cometa, junto a un volcán activo cuyo calor les permite resistir en los pasadizos subterráneos a la espera de que el bólido sobrepase su afelio y vuelva a acercarse al Sol.

En realidad, es un libro que casi se podría englobar en la categoría de "robinsoniadas" que tan de moda estuvo en el siglo XIX: personajes aislados del resto del mundo que deben utilizar sus conocimientos y recursos para solucionar todos los problemas con los que se van encontrando. El mismo Verne escribió varias novelas de este tipo, como “La Isla Misteriosa” (1874), "Escuela de Robinsones" (1882) o "Dos años de vacaciones" (1888). Aquí vuelve sobre este tema, ya explorado en “La Isla Misteriosa” o “Las Aventuras del Capitán Hatteras” (1866): los protagonistas se encuentran en un medio ambiente hostil, básicamente igual al entorno terrestre aunque con temperaturas árticas, y han de ingeniárselas para sobrevivir.

Al final, y tras observar muchos lugares interesantes desde el punto de vista astronómico, el meteoro regresa al sistema solar interior. Los humanos construyen un globo con las velas del barco y abandonan su pequeño mundo esperando llegar a la atmósfera terrestre, a casa; y en una extraña conclusión con tintes oníricos, eso es lo que hacen, encontrando el mundo exactamente igual que como lo dejaron. El resultado es que, después de haber llevado al lector al más fantástico de los viajes, al final se descubre que no han estado en ninguna parte.

Quizá lo que más llama la atención en una primera lectura es el tono optimista de la novela, una característica de la mayoría de los libros de Verne pero que aquí parece fuera de lugar. Los personajes se encuentran víctimas de una catástrofe colosal, náufragos en un cuerpo celeste, aislados para siempre del resto de la humanidad y amenazados por un medio hostil. Sin embargo, su actitud es bien la de templanza bien la de una indiferencia aun más imposible de entender. Verne era capaz de evocar sentimientos de tragedia y crear atmósferas opresivas o deprimentes. Ya lo demostró en "París en el siglo XX" o "El Chancellor" (1875) y estaría presente en buena medida en la siguiente obra que comentaremos, "Los Quinientos Millones de la Princesa India". El que esa sensación de cataclismo se halle ausente en "Hector Servadac" responde a una buena razón: en realidad, Verne quería describir un mundo devastado por la catástrofe, pero su editor Hetzel lo rechazó, presionando al autor para que no dejara un sabor de boca amargo al lector. Sin embargo, eso es precisamente lo que le ocurre al lector moderno: la sensación de que una buena idea, una buena novela, nunca llegó a buen puerto.

Quizá Verne, disgustado por ver sofocada su creatividad, transmitió ese disgusto a sus personajes. Ciertamente, Verne siempre destacó más por el planteamiento de las historias que por el desarrollo de sus protagonistas (con notables excepciones, como el capitán Nemo o Phileas Fogg). En esta ocasión, el escritor no estuvo particularmente brillante en la creación de los nuevos colonos del cometa. El capitán Hector Servadac, el conde ruso Timascheff y el capitán de la goleta, Procopio, son intercambiables, prototipos del héroe monolítico, valeroso, sensato, no especialmente sabio pero con recursos... y bastante aburrido. Ben-Zuf, el asistente de Servadac tiene más chispa pero no deja de ser una figura ya clásica dentro de la literatura y la narrativa popular: la contrapartida humorística del personaje principal, un recurso ampliamente utilizado por Verne en muchas de sus novelas. El excéntrico y gruñón profesor Palmirano Roseta tiene momentos divertidos pero tampoco constituye una novedad (sin ir más lejos, el profesor Liddenbrock de "Viaje al Centro de la Tierra")

Lo que constituye una desgraciada novedad en esta novela no dice mucho a favor del escritor ni de la sociedad de la época. Resulta chocante la fuerza con la que afloran los prejuicios de Verne hacia otras razas y nacionalidades. Lo que en otros de sus libros podría ser benévolamente interpretado como chauvinismo, aquí traspasa con mucho la línea de lo políticamente correcto. No es ya que a los ingleses los trate de estirados, egoístas y soberbios y a los españoles los contemple con desprecio ("Estos españoles, desaprensivos andaluces, indolentes por naturaleza, holgazanes por afición, tan dispuestos a esgrimir la navaja como a tocar la guitarra, labradores de profesión. (....) ¡Bah!, aunque lo comprendieran, no les importaría mucho. Los españoles son demasiado fatalistas, como los orientales, y éstos no se impresionan demasiado. Una canción, una guitarra y un poco de baile y castañuelas y estarán contentos"). No, va incluso más allá:



despliega un antisemitismo rabioso a través del personaje de Isaac Hakhabut, un judío patético al que maltrata durante toda la narración y que no es más que una amalgama de tópicos ("ojos vivos pero de mirada falsa, nariz aguileña, barba inculta, grandes pies, manos largas y dedos engarabitados o lo que es lo mismo, el tipo acabado del judío, del usurero de flexible espina y de corazón seco, roedor de escudos y sumamente avaro") que, retrospectivamente y a la vista de las consecuencias que acabaría causando semejante actitud, ofende al lector contemporáneo.



Y no sólo al contemporáneo. La novela se publicó por entregas en la revista
Magazine d'Éducation et de Récréation. Cuando apareció el capítulo 18, en el que se presenta el judío en cuestión con las palabras que he transcrito, el principal rabino de París escribió una carta a Hetzel quejándose de que ese material no tenía cabida en una publicación para jóvenes. Hetzel y Verne respondieron conjuntamente excusándose, afirmando que no tenían intención de ofender a nadie y prometiendo que lo corregirían en la siguiente edición. Fue Hetzel el encargado de modificar el texto pero los cambios fueron mínimos y el tono antisemita no desapareció. Quizá fuera uno de los factores que hicieron que las ventas fueran inferiores a otros libros de Verne y que sólo recibiera una edición en América.


Como era habitual en los libros de Verne, aparecen largos capítulos dedicados a inundar al lector con toneladas de datos y hechos, en este caso acerca de la historia de los cometas y los períodos de los más conocidos así como de la mecánica celeste y las características de algunos de los planetas a los que el cometa se aproxima en su largo viaje. Más allá de lo curioso que puede ser comparar los conocimientos que entonces se tenían sobre esos campos de la astronomía con los actuales, esos pasajes rompen la acción y, a menos que se tenga un interés muy específico en ello, resultan tan aburridos como prescindibles. De hecho, se pueden pasar por alto todas esas páginas y no perder nada de la sustancia de la historia. Lo que de interesante y novedoso podían tener en el siglo XIX aquellas descripciones de Júpiter o Saturno se ha perdido para el lector del siglo XXI.

Por otro lado, esas avalanchas de datos científicos no parecen casar muy bien con la premisa de la historia: un cometa metálico de 700 km de circunferencia que se aproxima a nuestro planeta sin ser observado por ningún astrónomo excepto el lunático Palmirano Roseta. De alguna forma, dicho cometa "absorbe" una sección de la Tierra, incluyendo buena parte de Argelia, suficiente agua del Mediterráneo y aire para crear un gran mar y una tenue atmósfera respirable. Todo ello dejando intacto el relieve de la tierra "transportada" (árboles, cultivos…) y sin que los seres vivos que la habitan sufran daño. Aunque el cometa se aleja del Sol hasta más allá de Saturno, la temperatura no baja por debajo de -60ºC. Dos años después del primer choque y siguiendo su órbita, vuelve a coincidir con la Tierra. No se trata solo de errores disculpables por el estado de la ciencia en el siglo XIX, o inexactitudes matemáticas cometidas por el escritor (como la composición del cometa o la órbita del mismo, imposible según la plantea Verne), sino de un cúmulo de "casualidades" e imposibilidades físicas que empujan al relato al campo de la fantasía alejándolo de la ciencia-ficción.

Hasta aquí el lector ya se habrá dado cuenta de que no estamos ante una de las mejores novelas de Verne. El motivo por el que he decidido incluirla en esta antología es por ser quizá la primera novela en la que aparece un cometa como causa de un cataclismo. Hoy se ha convertido en un tópico e incluso Hollywood ha sacado buenos réditos de este argumento -recordemos el taquillazo de "Armaggedon" (1998)- pero en la literatura de la época constituyó toda una novedad. No es que Verne se inventara totalmente el asunto. Los cometas habían despertado desde siempre una gran fascinación, cuando no temor, y sus regulares visitas hacía ya tiempo que habían sido tabuladas. Durante el siglo XIX se produjeron pánicos -alentados en buena medida por los periódicos y los comentarios de los propios científicos- ya que la gente creía que la cola del cometa podía estar compuesta de gases venenosos que emponzoñarían la atmósfera haciéndola irrespirable. H.G.Wells, años después, recogería exactamente esos temores en su novela "En los días del cometa" (1906). El propio Verne volvería sobre un asunto similar en "La caza del meteoro" (1908), en la que un cometa compuesto de oro cae en la Tierra y desata una fiebre mundial por hacerse con él.

"Hector Servadac" fue, pues la novela que pudo haber sido y no fue. En un momento determinado, Verne describe las consecuencias de una colisión directa con el planeta, sugiriendo un planteamiento mucho más interesante que el que finalmente adoptó: "La Tierra perdería instantáneamente su celeridad tangencial de traslación, y todos los seres, árboles y casas, serían lanzados al espacio (…). Los mares lanzaríanse fuera de sus cuencas naturales, aniquilándolo todo. Las partes centrales del globo que permanecen aún en estado líquido, rasgarían la cubierta que las contiene y se escaparían al exterior. Variando el eje de la Tierra, un nuevo ecuador sustituiría al antiguo y, por último, la celeridad del globo podría quedar absolutamente suprimida, y, no estando modificada la fuerza atractiva del Sol por ninguna otra, la Tierra caería sobre él en línea recta (…).” Una visión inexacta científicamente, pero no por ello menos apocalíptica y, desde luego, mucho más interesante a priori.

Ni siquiera al final pudo hacer lo que quiso. El escritor ya había tenido que cambiar su concepto inicial de desastre planetario por el de un viaje alrededor del sistema solar. Intentó "colar" un final más verosímil, matando a todos los personajes cuando el cometa regresa a la Tierra y se estrella contra ella. Al fin y al cabo, Servadac es la palabra francesa "cadavres" (cadáveres), escrita al revés. De nuevo, el editor Hetzel se mostró inflexible, forzando a Verne a urdir el increíble final de carácter fantástico que ya comentamos más arriba.

Como conclusión, podemos aconsejar este libro para los amantes de Verne y las narraciones de aventuras del siglo XIX. Para aquellos que busquen un libro sobre viajes interplanetarios con una mínima base científica, probablemente encontrarán mejores obras.

martes, 10 de noviembre de 2009

1877-EL HOMBRE SIN CUERPO- Edward Page Mitchell


He aquí uno de tantos casos en los que el autor de relatos cortos sufre un injusto olvido, eclipsado por sus "hermanos mayores", los novelistas. Edward Page Mitchell cursó estudios de medicina, pero descubrió su verdadera vocación en el periodismo, llegando a ser uno de los escritores más populares del diario neoyorquino The Sun, el principal periódico del país, del que llegaría a convertirse en editor en 1903 y en el que trabajaría durante nada menos que cuarenta y siete años.

Mitchell no respondía al arquetipo de escritor maldito. Fue muy popular, pero nunca buscó un reconocimiento intelectual por parte de sus colegas del que, por otra parte, podría haber disfrutado. Tuvo una vida feliz, dos matrimonios satisfactorios (su primera mujer falleció), crió cinco hijos, desarrolló una buena carrera profesional e incluso fundó un nuevo pueblo, Glen Ridge. Sin embargo, una vez falleció en 1927, nadie pareció acordarse ya de él. Sus crecientes responsabilidades en el periódico le habían ido apartando de la escritura, toda su obra apareció de forma anónima en periódicos y no fue publicada como libro. Así que no es de extrañar que Mitchell vegetara en el limbo durante décadas. Pero en 1973, la publicación de una antología de sus historias despertó el interés por su obra entre los aficionados quienes reconocieron su papel de pionero en el género de la CF.



Mitchell fue durante toda su vida un estudioso del ocultismo y el mundo de lo sobrenatural, afición que se reflejó en varios de sus relatos. De hecho, el cuento que le hizo merecedor de un puesto en el New York Sun fue precisamente uno de fantasmas, "Back from that Bourne", escrito como si fuera una noticia auténtica. Varias de sus colaboraciones periodísticas fueron investigaciones de encantamientos y apariciones que, según él mismo determinó, tenían una explicación perfectamente racional.

Pero lo que más nos interesa aquí tiene que ver con sus incursiones en el mundo de la CF. Quizá su primera toma de contacto con el género fuera a través de Edward Everett Hale, uno de los pioneros de la CF y del que ya hablamos en una entrada anterior. Fue su mentor en sus primeros escarceos con el oficio para el Daily Advertiser, de Boston y en los años siguientes, a partir de 1874, escribió una notable cantidad de historias cortas que fueron viendo la luz anónimamente en periódicos, redactadas como si de noticias auténticas se trataran -tal y como dictaba el estilo periodístico de la época-.

Por desgracia, Mitchell, sigue siendo virtualmente desconocido en España, donde actualmente tan sólo se pueden encontrar historias sueltas publicadas en un par de antologías de relatos de CF. Es posible, sin embargo, descargarse de internet el libro que en 1977 publicara la editorial argentina Andrómeda, “El Hombre de Cristal”, recopilando ocho historias que originalmente fueron publicadas en The Sun entre 1877 y 1883 y que gloso brevemente a continuación.

- El taxipompo (1874) es un relato satírico sobre el obsesivo y cerrado mundo de los matemáticos y en el que el humor es la base tanto del estilo como del fondo. Un mediocre estudiante aspira a conseguir la mano de la hija del erudito matemático, Abscissa Surd, pero para ello deberá resolver el desafío que su futuro suegro le plantea: resolver el problema aparentemente insoluble de cómo viajar a más velocidad que la luz.

- El espectroscopio del alma (1875) es una divertidísima relación de los enloquecidos experimentos llevados a cabo por el profesor Dummkopf, entre ellos la fotografía de los olores ("imaginé el otro día que había obtenido un nítido negativo del aroma de un humeante guiso de cebollas y la idea me ha dado ánimos desde entonces"), el envasado del sonido en botellas ("no creo que las botellas comunes pudieran contener la música de Wagner. Sería necesario usar garrafones") o el espectroscopio del alma ("Basta de matrimonios desgraciados. La novia me traerá a su voluble pretendiente antes de aceptar o rechazar su proposición, y yo le diré si su espectro exhibe las características del amor puro, la constancia y la ternura, o las de la sórdida avaricia, el afecto vacilante y la futura crueldad").

- El hombre sin cuerpo (1877) recupera de nuevo al excéntrico profesor Dummkopf -o, mejor dicho, su cabeza- en otra hilarante historia en la que se plantea la posibilidad de transmisión de materia a través del cable, como si fuera un teléfono.

- El hombre más capaz del mundo (1879) nos presenta el primer ciborg de la CF, un ruso al que se le ha injertado un cerebro mecánico con una precisa y fría inteligencia artificial y que deslumbra al mundo con sus dotes para la política y la diplomacia. Cuando un jugador de póker americano descubre el secreto, se da cuenta de que el fin último de esa fusión de hombre y máquina es convertirse en el ser más poderoso del mundo.

- La hija del senador (1879): quizá el mejor relato de la compilación. Situada en el futuro de Mitchell (esto es, 1937), aventura descubrimientos que entonces eran casi fantasía: transporte por tubos neumáticos, calefacción eléctrica, pastillas concentradas que sustituyen a la comida, retransmisiones internacionales instantáneas, técnicas criogénicas... por no hablar de predicciones sociales como el voto femenino, una guerra entre Estados Unidos y China (ganando esta última), congresistas americanos de raza oriental y matrimonios interraciales.

- El hombre de cristal (1881) es un claro antecesor de "El Hombre Invisible", de H.G.Wells, que se publicaría diecisiete años después. Como los otros relatos, la influencia de Edgar Allan Poe es manifiesta en el planteamiento de un misterio, el de un hombre que ha alcanzado la invisibilidad gracias a investigaciones científicas pero que se ve incapaz de revertir a su estado normal. Como le sucedería al personaje de Wells, el desequilibrio mental que ello supone unido al rechazo de la mujer que ama, lo precipita a la tragedia.

- El reloj que retrocedía (1881): una máquina del tiempo, de nuevo precediendo a Wells. Un reloj construido en el siglo XVI transporta a dos jóvenes del siglo XIX a la holandesa Leyden en los últimos momentos del asedio de los españoles dándoles la oportunidad de participar en un momento clave de la historia de la ciudad.

- El árbol-globo (1886) narra la búsqueda y encuentro en la selva de dos exploradores con una nueva especie vegetal, un árbol inteligente capaz no sólo de moverse, sino de sentir y pensar.

Estas son sólo ocho de las treinta historias con que contaba la edición original norteamericana. En ellas nos encontramos con un autor que imaginó el primer ciborg, el primer hombre invisible, la primera máquina del tiempo, la primera técnica criogénica y el primer alienígena amistoso de la historia de la literatura por mencionar sólo algunas cosas. En otras historias no incluidas en esta selección imaginó la existencia de mutantes con poderes ("Old Squids and Little Speller") o el intercambio de mentes ("Exchanging Their Souls"). Algunos estudiosos opinan que no sólo se anticipó a H.G. Wells, sino que éste -en una época en la que los periódicos de uno y otro lado del Atlántico copiaban sin reparos historias aparecidas en la competencia y donde los derechos de autor no existían- tomó de Mitchell (que, no lo olvidemos, publicaba sus trabajos anónimamente) muchas de las ideas que servirían de base para sus libros más famosos y con los que alcanzaría el estatus de maestro de la CF.

Sea así o no, lo cierto es que sus historias son sumamente interesantes desde el punto de vista de la perspectiva histórica, al tiempo que perfectamente legibles en la actualidad. Su estilo es limpio, ágil y elegante, a menudo inteligente y con frecuentes cuñas humorísticas. Pero por encima de esas virtudes, los cuentos de Mitchell sacan a colación las profundas implicaciones filosóficas de su época, un tiempo en el que el avance científico y tecnológico abría nuevas e insospechadas posibilidades. Preguntas que casi siglo y medio después siguen sin respuesta.


Aquí podreis encontrar las referencias de las antologías en español con historias del autor.