Sin embargo,

el oscuro y misterioso comandante del Nautilus no puede ser calificado claramente como villano -tal y como aparece retratado en algunas adaptaciones cinematográficas-. Su profundo resentimiento contra el mundo y los actos que lleva a cabo son comprensibles en el marco de su sentido del honor y estricta lealtad a los principios que rigen su vida. O eso es lo que parece, porque cuando Nemo hunde sin compasión un navío de guerra de una potencia imperial -que no llega a especificarse- el lector se pregunta si su idealismo no es sino un deseo de venganza por la muerte de su mujer e hijo, ante cuyas fotos se postra. Es esa complejidad la que lo ha convertido en su creación más famosa y sobre la que volvería en más ocasiones... aunque no exactamente.
Y es que, como ocurrió con “
De la Tierra a la Luna” y “Alrededor de la Luna”, la concepción que Verne tenía de la historia cambió desde el momento de publicación de la primera a la segunda parte. En "Veinte mil leguas de viaje submarino" el misterioso comandante del Nautilus era un aristócrata polaco revolucionario cuya familia había sido asesinada por los rusos al participar en el alzamiento de enero de 1863. El editor de Verne, Hetzel insistió en que se retirara la mayor parte de las alusi

ones directas a su identidad por considerarlo demasiado ofensivo para la Rusia zarista, entonces aliada de los franceses. En la secuela del libro, “La Isla Misteriosa” (1874), se revela que Nemo es un noble indio, el príncipe Dakkar, cuya animosidad es contra los imperialistas británicos (enemigos tradicionales de Francia) por matar a su familia durante el Motín de 1857. Tal cambio, sin embargo, haría que muchos detalles referentes a su edad y biografía no concordasen con el primer libro. En otra novela posterior, “Viaje a través de lo Imposible” (1882) coescrita con Adolphe d´Ennery, Nemo, el idealista radical y amigo de los oprimidos, se ha convertido en un reaccionario intolerante. En resumen, Nemo, como muchos personajes de ficción, es una especie de concepto en movimiento continuo, modelado por las exigencias particulares de cada historia.
En cuanto a los elementos de ciencia ficción (que hoy ya han dejado de serlo puesto que se han transformado en una realidad que a nadie sorprende), destaca ciertamente el maravilloso Nautilus. El desarrollo de submarinos era un campo en el que ya existían considerables avances y en el que se venía trabajando desde el siglo XVII. En 1859, Narcís Monturiol había botado su primer submarino, el Ictineo I; Cosme García probó el suyo en 1860; los norteamericanos usaron un submarino, el Alligator, en la Guerra de Secesión y los franceses inventaron el primero no impulsado por fuerza humana, el Plongeur, en 1863.
Así, la creencia

popular de que Verne "inventó" o "profetizó" el submarino no puede estar más alejada de la realidad. Sin embargo, sí se le pueden atribuir otros méritos, como el uso de la electricidad como fuerza motriz e incluso medio de defensa (electrificando el casco e impidiendo que nada ni nadie se acercara) y la generación de esa electricidad a partir de una misteriosa fuente de energía que Nemo muestra a Aronnax -aunque no se lo explica- y que bien podría ser algo parecido a la energía nuclear. La necesidad de emerger periódicamente para renovar el aire, la velocidad desarrollada y el aire furtivo de sus movimientos son destellos proféticos de Verne. El submarino cuenta además con laboratorios de procesamiento, biblioteca y todo lo necesario para vivir durante meses de forma autónoma, como un gran submarino nuclear moderno. Otras características del Nautilus, sin embargo, revelan que Verne desconocía los efectos que sobre el casco de un submarino podía tener la presión. De hecho, los personajes salen de la nave a pasear por el lecho marino sin más protección que un traje de buzo y un aparato respirador, cuando en realidad hubieran resultado aplastados por la diferencia de presión.
Acabamos de mencionar el aparato respirador. Los equipos autónomos de buceo moderno serían inventados por Jacques Cousteau tras la Segunda Guerra Mundial pero ya en 1865, los también franceses Benoit Rouquayrol y Auguste Denayrouze habían desarrollado un primitivo aparato con tanques de aire y que se llevaba a la espalda mientras el buzo caminaba -no nadaba- por el lecho marino. Como hizo con el submarino, Verne cogió la idea de un invento preexistente y la perfeccionó.
De nuevo nos encontramos aquí con la aproximación ambivalente de Verne a la ciencia, la tecnología y los nuevos descubrimientos: el triunfo de la máquina alberga un lado os

curo. El Nautilus, un estimulante prodigio de la ingeniería que permite acceder a los misterios de la ciencia oceanográfica y domar el desconocido mundo submarino es, al mismo tiempo, un arma en manos de alguien que pretenda, bien buscar el lucro personal bien atacar a aquellos que no comulguen con la propia ideología. En tiempos de Verne, la invención de la navegación a vapor, más segura y rápida que los navíos a vela, había convertido a ese medio de transporte en un pilar fundamental del comercio, la economía y el entramado colonial de los países. Al comienzo del libro, la gran preocupación es el efecto que ese "monstruo" está teniendo en el comercio y la economía.
Por tanto, el planteamiento del submarino como arma fue algo más novedoso que el diseño del mismo. Al fin y al cabo, veinte años después de la publicación de la novela de Verne, en 1888, Isaac Peral puso en marcha su submarino, el primero verdaderamente moderno y cuyo diseño aún se mantiene vigente. En cambio, el escenario político/económico imaginado por Verne, el hundimiento por submarinos de navíos de carga y transatlánticos, no haría su aparición hasta la Primera Guerra Mundial.
Ciertamente, Verne no escapa aquí a sus defectos, el más molesto de los cuales quizá sean las largas list

as de criaturas marinas y detalladas indicaciones sobre las localizaciones geográficas que va glosando a medida que el Nautilus pasa de un océano a otro. “Educación” y “Diversión” conforman el espíritu de la obra de Verne: emocionantes aventuras entremezcladas con extensos fragmentos de hechos científicos o geográficos, a menudo copiados literalmente de libros especializados. Así, los textos combinan el didactismo enciclopédico con aventuras de altos vuelos para formar narraciones poderosas, a menudo estructuradas alrededor de un viaje iniciado e impulsado por fuerzas externas (escapar de alguien, la búsqueda de una respuesta a un misterio o alguna otra misión específica. Muy raramente el motivo es la exploración pura y dura). Verne pasó miles de horas en las bibliotecas, empapándose de datos, con los que elaboró un amplio archivo. Su didactismo, no obstante, resulta hoy cargante e innecesario aunque también es verdad que el lector puede saltarse esos aburridos párrafos y continuar leyendo la aventura sin que la narración se resienta en absoluto (las innumerables adaptaciones y versiones mutiladas de la obra cortaban inmediatamente esos pasajes).

Carente de un argumento estructurado, la novela no es más que un largo diario de viaje a bordo, hilando una tras otra aventuras bajo las cuales no discurre ningún desarrollo temático. Desde el punto de vista estilístico, su tiempo ya pasó y aunque la prosa no es particularmente brillante y su estilo pueda resultar indigesto para un adolescente acostumbrado a Harry Potter y los videojuegos, la fuerza de las imágenes que describe no han sufrido el desgaste del tiempo: el ataque del gigantesco Kraken, el funeral submarino, la visita a las ruinas sumergidas de Atlantis, el bloqueo del submarino en los hielos antárticos mientras las reservas de oxígeno se van consumiendo, la huída de los caníbales, el ataque del Nautilus a la fragata Abraham Lincoln, la masacre de cachalotes, los pecios hundidos en la bahía de Vigo o el final del sumergible tragado por el maelstrom.
A mediados de la década de los setenta del siglo XIX, el éxito de Verne aún tenía mucho que ver con “Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino”. La secuela de esa novela, que ya hemos mencionado, “L

a Isla Misteriosa” sólo revela su condición de segunda parte hacia el final de la historia. Es, de hecho, una doble secuela, puesto que también continúa con una línea argumental planteada en “Los Hijos del Capitán Grant” (1868). El libro comienza con la huída de Richmond, en plena guerra civil norteamericana, de cinco hombres usando un globo. Los vientos los empujan fuera del rumbo pretendido y acaban cayendo en la isla del título. La mayor parte del relato se centra en los esfuerzos y éxitos de los náufragos a la hora de sobrevivir en la isla. El que no mueran a pesar de las hostiles condiciones ambientales y el ataque de unos piratas, es debido a la misteriosa ayuda que les llega en los momentos cruciales de un desconocido que permanece oculto. Al final se nos descubre que este benefactor no es otro que el capitán Nemo, que ha atracado su submarino en un escondido rincón de la isla.
Verne retomaría la figura del capitán de submarino, esta vez ya un villano sin escrúpulos, en "Ante la Bandera" (1897): Ker Karraje es un pirata que sólo busca su propio beneficio y que carece de la sabiduría y el código moral de Nemo. Como Nemo, Karraje captura a unos franceses pero sus fechorías terminan cuando éstos se rebelan y, además, ha de enfrentarse a una fuerza internacional.
Otro personaje similar a Nemo, si bien menos atractivo, sería el científico rebelde Robur, sólo que en esta ocasión en vez de un submarino comanda una aeronave. Sobre él y las dos novelas que protagoniza, "Robur el Conquistador" (1896) y "El Amo del Mundo" (1904), hablaremos en una entrada posterior.
"Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino" ha recibido innumerables ediciones en todos los idiomas y diversas adaptaciones cinematográficas desde los primeros pasos de ese arte. Incluso la marina norteamericana dio el nombre de Nautilus a su
primer submarino nuclear, que realizó la

primera travesía bajo los hielos árticos. Conviene señalar, sin embargo, que a menudo lo que se puede ver en las librerías y bibliotecas son adaptaciones, no traducciones íntegras del manuscrito original. Se han eliminado pasajes, infantilizado el estilo, acortado la narración, aligerado el vocabulario... Conviene intentar hacerse con una
edición decente para poder entender por qué esta novela no sólo es uno de los títulos más famosos –si no el que más- del escritor galo, sino un clásico de la literatura universal que ha conseguido mantener su popularidad durante los 144 años que han transcurrido desde que el primer lector pudo conocer a Nemo y su Nautilus. Hoy, hayan leído o no el libro, todo el mundo conoce al capitán Nemo tal es su grado de integración en la cultura popular. Y eso es el mejor elogio que Verne puede recibir.