lunes, 5 de octubre de 2026

2023- EL CLON DE TYRONE – Juel Taylor


A Hollywood le encantan las películas sobre la esclavitud. Los ejecutivos parecen disfrutar autoflagelándose recordando lo mal que estaba Estados Unidos en el pasado y, al mismo tiempo, felicitándose por lo mucho que están mejorando el país al permitir que cineastas negros realicen filmes sobre temas raciales. Sin embargo, la verdad es que el racismo no desapareció por arte de magia tras la emancipación de la población negra. Hoy en día, simplemente adopta una faceta más hipócrita y, en ocasiones, llega incluso a presentarse como una actitud no racista. Precisamente en ese racismo contemporáneo, engañoso y casi invisible es en el que se centra “El Clon de Tyrone”, debut como director de Juel Taylor tras haber escrito los guiones de “Creed II” (2018) y “Space Jam: Nuevas Leyendas” (2021).

 

La película transmite la sensación de haber sido escrita por alguien que conoce desde dentro el ambiente que describe. Taylor ha explicado que el guion nació, en buena medida, de las teorías conspirativas y paranoicas que él mismo escuchó durante su infancia y juventud. No resulta extraño, por tanto, que el film consiga combinar una conspiración disparatada con una atmósfera que, en determinados momentos, resulta inquietantemente plausible. Se la ha comparado con “Perdona Que Te Moleste” (2018), aunque ésta se inclinaba más hacia el surrealismo, mientras que “El Clon de Tyrone” se aproxima a la paranoia de “Demasiados Secretos para un Hombre Solo”, en la que una compañía telefónica conspiraba para implantar microchips a la población.

 

Fontaine (John Boyega) es un traficante de drogas en El Glen, un barrio urbano marginal. Es un hombre hosco, desconfiado y consumido por la amargura. Un vecino lo describe como alguien con el gesto permanentemente fruncido, los ojos cansados y una expresión de enfado que parece formar parte de su personalidad desde hace años. Su hermano pequeño murió después de recibir un disparo de la policía y ese trauma ayuda a explicar su carácter y su relación con el mundo que le rodea. Fontaine vende drogas, vive con su madre -a la que nunca vemos porque permanece encerrada en su habitación viendo telenovelas- y trata de sobrevivir dentro de un entorno que parece haberle asignado un papel del que resulta difícil escapar.

 

Una noche, visita a Slick Charles (Jamie Foxx), un proxeneta que le debe dinero y que vive en un motel. Éste se encuentra acompañado por Yo-Yo (Teyonah Parris), una de sus prostitutas, con quien mantiene una relación tóxica de discusiones constantes. La dinámica entre los tres personajes posee desde el principio un componente cómico: sus conversaciones se pisan, los conflictos cotidianos adquieren proporciones absurdas y los protagonistas parecen personajes de una película blaxploitation de los años 70 que hubieran terminado, por accidente, en una historia de ciencia ficción.

 

Al salir del motel, Fontaine es atacado por un traficante rival. Recibe cuatro disparos y muere en el aparcamiento. Sin embargo, a la mañana siguiente despierta ileso y continúa con su rutina como si nada hubiera ocurrido. Compra alcohol y tabaco, intenta cobrar una deuda y se encuentra con Slick Charles, que contempla con desconcierto cómo el hombre al que vio morir la noche anterior vuelve a presentarse ante él, aparentemente sin recordar nada.

 

Este es el momento en el que “El Clon de Tyrone” empieza a encontrar su verdadero tono. Tengo que admitir que me costó bastante entrar en la dinámica de la película. Los primeros veinte minutos transcurren en una penumbra tan densa y granulosa que a menudo resulta difícil distinguir los rasgos de los actores. Taylor nos guía por el lado más sórdido de El Glen mientras seguimos a Fontaine en sus encuentros con traficantes, prostitutas, recaderos y el proxeneta. El ritmo resulta irregular y los personajes todavía no ofrecen suficientes puntos de identificación.

 

Pero la muerte y posterior “resurrección” de Fontaine dan un giro a esa trayectoria, haciendo que la historia encuentre una energía que antes no tenía. Taylor ha explicado que concebía a sus protagonistas como una especie de versión "pirata" de “Scooby-Doo”: un proxeneta, una prostituta y un traficante de drogas convertidos en héroes de una investigación. La ocurrencia resume bastante bien el peculiar funcionamiento de la película. Tres personajes que el cine y la sociedad suelen colocar en los márgenes se convierten en los protagonistas de una historia de conspiración.

 

Fontaine convence a Slick Charles y a Yo-Yo para investigar lo ocurrido. Siguen una pista hasta una casa abandonada y descubren un ascensor oculto que conduce a un laboratorio subterráneo. Allí, Fontaine descubre algo que lo conmociona: su propio cadáver yace sobre una camilla con las heridas de bala que recibió la noche anterior. En el laboratorio encuentran también una sustancia blanca que Slick Charles confunde al principio con cocaína. Poco después descubren que se encuentra presente en productos cotidianos del barrio: el pollo frito, los zumos, productos de belleza… El misterio empieza a extenderse por todo El Glen. Iglesias, supermercados, restaurantes de comida rápida, peluquerías y otros establecimientos forman parte de una red destinada a suministrar sustancias capaces de alterar el comportamiento de los vecinos.

 

Uno de los mayores aciertos de la película es la construcción visual de ese universo. “El Clon de Tyrone” parece desarrollarse en una época imposible de determinar. La imagen posee un acabado granuloso que recuerda al celuloide de los años 70 y el vestuario remite de forma evidente al cine blaxploitation. Slick Charles, con su llamativo peinado, sus trajes y su extravagante apariencia, parece salido de una película de explotación afroamericana de aquella década. Pero la ambientación no se limita a reproducir el vestuario y calidad fotográfica de las películas de los años 70. Hay coches antiguos y televisores de tubo, sí, pero también teléfonos móviles y canales de noticias por cable propios de una época posterior. Las matrículas de los vehículos incluso contienen la frase "A Swell Place” (“Un Lugar Estupendo”, en un inglés coloquial hoy ya desfasado), un detalle irónico que contribuye a la sensación de estar contemplando una realidad ligeramente desplazada de la nuestra.

 

Esta mezcla de épocas no parece un simple capricho estético. La película quiere que El Glen resulte familiar y extraño al mismo tiempo. La vida cotidiana parece atrapada en una especie de presente artificial, construido a partir de recuerdos culturales, iconos del pasado y elementos contemporáneos. Cuando se descubre que el barrio funciona como un gigantesco escenario de experimentación, esa incoherencia visual adquiere sentido.

 

La puesta en escena introduce pequeñas anomalías que preparan al espectador para la gran revelación. Los anuncios, la decoración, los televisores, los coches, el vestuario e incluso el comportamiento repetitivo de algunos personajes transmiten la sensación de que algo no funciona como debería. La madre de Fontaine, siempre encerrada en su habitación y de la que sólo oímos su voz, es un ejemplo especialmente significativo. Los habitantes de El Glen parecen desempeñar papeles previamente escritos, como personajes secundarios de un videojuego que repiten una serie limitada de acciones.

 

La fotografía refuerza todavía más esa impresión. El grano, la iluminación oscura y la textura visual recuerdan, como he dicho, al cine blaxploitation, pero la película utiliza ese aspecto retro para hablar de problemas contemporáneos. No pretende reconstruir una época concreta, sino fabricar un espacio donde diferentes momentos de la historia cultural estadounidense puedan coexistir. El resultado encaja con la propia naturaleza de la conspiración ya que El Glen no es tan solo un barrio, sino un escenario diseñado para que sus habitantes desempeñen determinados papeles.

 

Cuando Fontaine, Slick Charles y Yo-Yo descubren el pastel, la película entra ya de lleno en el terreno de la paranoia conspirativa. La aparición de Nixon (Kiefer Sutherland), aparente responsable del proyecto, conduce la historia hacia un terreno todavía más inquietante, porque lo que al principio parecía una historia sobre clones, drogas y experimentos científicos termina convirtiéndose en una alegoría sobre el control social y, en particular, sobre la relación histórica entre las instituciones estadounidenses y la población afroamericana. No es casual que se haya elegido El Glen como laboratorio: es una comunidad marginada, pobre y con escasos recursos, cuya población puede ser utilizada y desechada sin provocar una reacción inmediata de las estructuras de poder u otras esferas sociales.

 

El paralelismo histórico más evidente es con los Experimentos de Tuskegee, realizados en Alabama entre 1932 y 1972. En aquel estudio, el Servicio de Salud Pública estadounidense monitorizó durante décadas la evolución de la sífilis en cientos de hombres afroamericanos, ocultándoles información sobre su enfermedad e impidiéndoles acceder a un tratamiento adecuado. El caso terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más graves de abuso médico y racismo institucional de la historia estadounidense.  La conexión tiene una importancia especial porque Juel Taylor nació y creció en Tuskegee. Él mismo ha reconocido que aquellos experimentos formaban parte del imaginario con el que desarrolló la película. No pretende afirmar que la conspiración de “El Clon de Tyrone” sea una reproducción de Tuskegee, sino utilizar hechos históricos de ese tipo como fundamento para una ficción deliberadamente exagerada.

 

También existe una conexión evidente con MK-Ultra, el programa secreto de la CIA desarrollado durante la Guerra Fría para investigar técnicas de modificación de la conducta y control mental. El programa utilizó drogas, interrogatorios y otros métodos experimentales, en ocasiones sin conocimiento ni consentimiento de las personas sometidas a ellos. Aunque la película no reproduce literalmente aquellos procedimientos, la idea de una organización gubernamental que experimenta con seres humanos para encontrar formas de manipulación colectiva constituye un precedente histórico para la historia de Taylor.

 

La película juega con esta frontera entre la conspiración absurda y la realidad histórica. Clones, productos manipulados y laboratorios secretos pueden parecer elementos propios de una fantasía disparatada. Pero Estados Unidos, como he mencionado, posee una historia de experimentación y abuso institucional que hace que algunas de esas ideas resulten menos inverosímiles de lo que deberían. El verdadero golpe de efecto no reside solo en descubrir que existen clones, sino en comprender que la premisa fantástica se apoya en episodios históricos. Taylor y su coguionista Tony Rettenmaier llevan esos antecedentes hacia la ciencia ficción y la sátira. En “El Clon de Tyrone” no se experimenta solo con una enfermedad o una sustancia sino que se intenta diseñar toda una sociedad.

 

Los habitantes de El Glen reciben drogas y productos de consumo cotidiano capaces de alterar su comportamiento, mientras determinados individuos son clonados y condicionados para perpetuar determinados arquetipos sociales: Fontaine siempre reaparece como el joven negro violento y traficante de drogas; Slick Charles encarna al proxeneta extravagante; Yo-Yo responde, al menos en apariencia, al estereotipo de la prostituta descarada y sexualizada. Los clones fueron concebidos como versiones estereotipadas de determinados miembros de la comunidad negra porque el programa de control había sido creado décadas atrás por científicos blancos que habían construido su propia visión de lo que supuestamente representaba a esa comunidad. Pero la historia acaba revelando que todos son más complejos que las etiquetas que les han impuesto.

 

Aquí aparece una de las ideas más perversas de la película: el poder no se limita a controlar a una población, sino que puede intentar decidir de antemano cómo debe comportarse esa población. El estereotipo deja de ser una representación cultural y se convierte en una herramienta de ingeniería social. Si se espera que el traficante sea violento, que el proxeneta sea extravagante o que la prostituta se comporte de una determinada manera, basta con reproducir esas imágenes hasta que terminen pareciendo naturales.

 

La película lleva esta idea todavía más lejos. Fontaine no es clonado porque sea una persona especialmente importante, sino porque su función dentro del barrio resulta necesaria. El sistema necesita un traficante de drogas; necesita que determinados habitantes mantengan al vecindario en una situación de pobreza, violencia y marginalidad para que las autoridades puedan seguir ignorándolo. Por eso Fontaine no es un personaje malvado en sentido convencional. Es una persona atrapada en un papel. Incluso cuando descubre que es un clon, le cuesta abandonar la función que le ha sido asignada. Romper con un patrón de conducta resulta difícil cuando no se conoce otra forma de vida. La película plantea así una cuestión incómoda: ¿cuánto de aquello que consideramos una decisión individual está condicionado por el entorno que nos ha tocado vivir?

 

La conspiración adquiere otra faceta cuando se descubre que no todos los clones desempeñan la misma función. Algunos, como he dicho, sirven para mantener el barrio en condiciones que permitan justificar su marginación. Otros, en cambio, obedecen a una estrategia de asimilación racial. La idea es perturbadora: la sociedad dominante estaría dispuesta a aceptar a la población negra siempre que ésta adopte los rasgos considerados aceptables por sus conciudadanos blancos. Algunos personajes negros de piel más clara forman parte de ese programa de asimilación y el objetivo final sería transformar de forma progresiva a la población negra, a lo largo de generaciones, hasta eliminar las diferencias raciales. La frase "la asimilación es mejor que la aniquilación", pronunciada por el cerebro científico tras el plan, resume una lógica profundamente perversa porque no plantea una convivencia entre grupos diferentes, sino la desaparición de las diferencias mediante la adaptación del grupo subordinado a los valores y características del grupo dominante.

 

El control no necesita recurrir de forma permanente a la violencia cuando puede conseguir que las personas acepten voluntariamente aquello que las mantiene sometidas. Por eso, uno de los detalles más inteligentes de la película consiste en implementar ese control social a elementos cotidianos. La referencia explícita a “Un Mundo Feliz” (1932), de Aldous Huxley, refuerza esta lectura. La bebida Somaah remite al “soma” de la novela, una sustancia destinada a mantener satisfecha y dócil a la población. En “El Clon de Tyrone” desempeña una función semejante. Es una idea clásica de la ciencia ficción distópica: una sociedad puede ser controlada con mayor eficacia cuando sus habitantes creen que son libres. El sistema opresor no necesita impedir que la población consuma, se divierta, trabaje o vaya a la iglesia. Basta con asegurarse de que esas actividades contribuyan a mantenerla dentro de los límites establecidos.

 

Y aquí aparece otro de los temas centrales de la película: la frontera entre culpa y responsabilidad. Taylor ha explicado que la idea surgió, en parte, de una experiencia personal relacionada con un amigo cuya vida quedó condicionada por circunstancias que escapaban a su control. A partir de ahí, él y Rettenmaier desarrollaron una pregunta que la historia no pretende responder de manera tajante: ¿hasta qué punto somos responsables de nuestra situación cuando existen fuerzas sociales, económicas o históricas fuera de nuestro alcance pero que condicionan nuestras posibilidades? La cuestión adquiere en este caso una dimensión racial. Desde fuera, resulta sencillo observar un barrio como El Glen y atribuir la pobreza, la delincuencia o la falta de oportunidades a las decisiones individuales de sus habitantes. Pero hay una posibilidad mucho más incómoda: ¿y si algunas de esas circunstancias fueran consecuencia, al menos en parte, de un sistema que las ha producido artificialmente?

 

Ahora bien, Taylor evita convertir todo esto en una soflama política. Una de sus influencias reconocidas es “Están Vivos” (1988), de John Carpenter, en la que un hombre descubre que la sociedad aparentemente normal que lo rodea está sometida a una forma de dominación que permanece oculta para la mayoría.

 

No es esa la única influencia. “El Clon de Tyrone” recoge elementos de “Déjame Salir” (2017) en su representación de una sociedad aparentemente normal que oculta una forma de violencia racial; de “La Naranja Mecánica” (1971), cuyos ecos aparecen en determinados detalles visuales; y de las películas de los hermanos Coen, tanto por su combinación de humor y conspiración como por la presencia de personajes atrapados en situaciones absurdas. También podemos localizar rastros de “Atrapado en el Tiempo” (1993) y “El Hombre Que Nunca Estuvo Allí” (2001). Ya he mencionado al principio “Perdona Que Te Moleste”, pero “El Clon de Tyrone” posee una identidad propia. Su mezcla de sátira, misterio, ciencia ficción, comedia y cine negro puede resultar excesiva en algunos momentos, pero también constituye uno de sus principales atractivos.

 

El problema es que Taylor intenta encajar muchas ideas en una sola película. El tramo central pierde parte del impulso inicial, algunas explicaciones resultan previsibles y la acumulación de conceptos hace que la trama se vuelva algo confusa. El desenlace tampoco posee la misma fuerza que algunos de los momentos anteriores. Pero incluso sus excesos nacen de una voluntad creativa evidente.

 

La película se sostiene en buena medida gracias al trío protagonista. Si no se supiera de antemano, difícilmente se adivinaría que John Boyega es el mismo actor que interpretó a Finn en la tercera trilogía de “Star Wars”. Allí parecía mucho más joven y estaba asociado a un personaje de registro muy diferente. Fontaine, en cambio, es un hombre adulto que lleva toda la vida en el gueto y cuya dureza parece consecuencia de una acumulación de amargas experiencias. Boyega demuestra una vez más su capacidad para alejarse de personajes anteriores. Su interpretación se apoya más en la contención que en la expresividad, una estrategia adecuada para un protagonista que ha construido a su alrededor una coraza emocional.

 

Jamie Foxx interpreta a Slick Charles como una versión resentida y extravagante de un personaje que podría haber salido de una película de Samuel L. Jackson. Sustituye el sarcasmo habitual de éste por una actitud amarga, agresiva y llena de frustración. Su vestuario y su presencia física son fundamentales para convertirlo en uno de los motores cómicos de la película. Pero el gran descubrimiento es Teyonah Parris. Su Yo-Yo desprende un carisma que en determinados momentos llega a eclipsar a sus compañeros. Además, su relación con Slick Charles permite que buena parte de la comedia surja de los diálogos e interacción entre ambos.

 

La interacción entre los tres protagonistas está muy bien calibrada porque Taylor no los presenta como simples caricaturas. Empieza utilizándolos como estereotipos para después desmontar esas mismas etiquetas. Gracias a la humanidad que transmiten al espectador, la alegoría funciona.

 

“El Clon de Tyrone” no es una película perfecta. Le cuesta arrancar, su tramo central resulta algo previsible y alargado, la acumulación de géneros e ideas provoca cierta confusión y algunas de las explicaciones de la conspiración presentan agujeros argumentales. El suspense tampoco consigue mantenerse durante sus casi dos horas de duración. Pero juzgarla solo por esos defectos supondría pasar por alto lo más interesante de la propuesta. Taylor ha construido un film con identidad propia, llena de ideas y con el valor de utilizar la ciencia ficción para hablar de problemas sociales que no tienen nada de fantásticos.

 

Y ahí se encuentra su principal virtud. El director y guionista no pretende ofrecer una explicación sencilla del racismo estadounidense. Lo que hace es construir un mundo exagerado que nos permite identificar ciertos mecanismos y dinámicas que en la realidad son más difíciles de identificar. El resultado puede ser irregular, excesivo y, en algunos momentos, confuso. Pero también es una película con personalidad, ambición y algo que decir. Y en una época en la que muchas producciones parecen diseñadas para no incomodar a nadie, esto no es una cualidad menor.

 

 


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