A Hollywood le encantan las películas sobre la esclavitud. Los ejecutivos parecen disfrutar autoflagelándose recordando lo mal que estaba Estados Unidos en el pasado y, al mismo tiempo, felicitándose por lo mucho que están mejorando el país al permitir que cineastas negros realicen filmes sobre temas raciales. Sin embargo, la verdad es que el racismo no desapareció por arte de magia tras la emancipación de la población negra. Hoy en día, simplemente adopta una faceta más hipócrita y, en ocasiones, llega incluso a presentarse como una actitud no racista. Precisamente en ese racismo contemporáneo, engañoso y casi invisible es en el que se centra “El Clon de Tyrone”, debut como director de Juel Taylor tras haber escrito los guiones de “Creed II” (2018) y “Space Jam: Nuevas Leyendas” (2021).
La película
transmite la sensación de haber sido escrita por alguien que conoce desde
dentro el ambiente que describe. Taylor ha explicado que el guion nació, en
buena medida, de las teorías conspirativas y paranoicas que él mismo escuchó
durante su infancia y juventud. No resulta extraño, por tanto, que el film
consiga combinar una conspiración disparatada con una atmósfera que, en
determinados momentos, resulta inquietantemente plausible. Se la ha comparado
con “Perdona Que Te Moleste” (2018), aunque ésta se inclinaba más hacia el
surrealismo, mientras que “El Clon de Tyrone” se aproxima a la paranoia de “Demasiados
Secretos para un Hombre Solo”, en la que una compañía telefónica conspiraba
para implantar microchips a la población.
Fontaine
(John Boyega) es un traficante de drogas en El Glen, un barrio urbano marginal.
Es un hombre hosco, desconfiado y consumido por la amargura. Un vecino lo
describe como alguien con el gesto permanentemente fruncido, los ojos cansados
y una expresión de enfado que parece formar parte de su personalidad desde hace
años. Su hermano pequeño murió después de recibir un disparo de la policía y
ese trauma ayuda a explicar su carácter y su relación con el mundo que le
rodea. Fontaine vende drogas, vive con su madre -a la que nunca vemos porque
permanece encerrada en su habitación viendo telenovelas- y trata de sobrevivir
dentro de un entorno que parece haberle asignado un papel del que resulta difícil
escapar.
Una noche, visita
a Slick Charles (Jamie Foxx), un proxeneta que le debe dinero y que vive en un
motel. Éste se encuentra acompañado por Yo-Yo (Teyonah Parris), una de sus
prostitutas, con quien mantiene una relación tóxica de discusiones constantes.
La dinámica entre los tres personajes posee desde el principio un componente
cómico: sus conversaciones se pisan, los conflictos cotidianos adquieren
proporciones absurdas y los protagonistas parecen personajes de una película
blaxploitation de los años 70 que hubieran terminado, por accidente, en una
historia de ciencia ficción.
Al salir del
motel, Fontaine es atacado por un traficante rival. Recibe cuatro disparos y
muere e
n el aparcamiento. Sin embargo, a la mañana siguiente despierta ileso y
continúa con su rutina como si nada hubiera ocurrido. Compra alcohol y tabaco,
intenta cobrar una deuda y se encuentra con Slick Charles, que contempla con
desconcierto cómo el hombre al que vio morir la noche anterior vuelve a
presentarse ante él, aparentemente sin recordar nada.
Este es el
momento en el que “El Clon de Tyrone” empieza a encontrar su verdadero tono.
Tengo que admitir que me costó bastante entrar en la dinámica de la película.
Los primeros veinte minutos transcurren en una penumbra tan densa y granulosa
que a menudo resulta difícil distinguir los rasgos de los actores. Taylor nos
guía por el lado más sórdido de El Glen mientras seguimos a Fontaine en sus
encuentros con traficantes, prostitutas, recaderos y el proxeneta. El ritmo
resulta irregular y los personajes todavía no ofrecen suficientes puntos de
identificación.
Pero la
muerte y posterior “resurrección” de Fontaine dan un giro a esa trayectoria,
haciendo que la historia encuentre una energía que antes no tenía. Taylor ha
explicado que concebía a sus protagonistas como una especie de versión
"pirata" de “Scooby-Doo”: un proxeneta, una prostituta y un
traficante de drogas convertidos en héroes de una investigación. La ocurrencia
resume bastante bien el peculiar funcionamiento de la película. Tres personajes
que el cine y la sociedad suelen colocar en los márgenes se convierten en los
protagonistas de una historia de conspiración.
Fontaine
convence a Slick Charles y a Yo-Yo para investigar lo ocurrido. Siguen una
pista hasta una casa abandonada y descubren un ascensor oculto que conduce a un
laboratorio subterráneo. Allí, Fontaine descubre algo que lo conmociona: su
propio cadáver yace sobre una camilla con las heridas de bala que recibió la
noche anterior. En el laboratorio encuentran también una sustancia blanca que
Slick Charles confunde al principio con cocaína. Poco después descubren que se
encuentra presente en productos cotidianos del barrio: el pollo frito, los
zumos, productos de belleza… El misterio empieza a extenderse por todo El Glen.
Iglesias, supermercados, restaurantes de comida rápida, peluquerías y otros
establecimientos forman parte de una red destinada a suministrar sustancias
capaces de alterar el comportamiento de los vecinos.
Uno de los
mayores aciertos de la película es la construcción visual de ese universo. “El
Clon de Tyrone” parece desarrollarse en una época imposible de determinar. La
imagen posee un acabado granuloso que recuerda al celuloide de los años 70 y el
vestuario remite de forma evidente al cine blaxploitation. Slick Charles, con
su llamativo peinado, sus trajes y su extravagante apariencia, parece salido de
una película de explotación afroamericana de aquella década. Pero la
ambientación no se limita a reproducir el vestuario y calidad fotográfica de
las películas de los años 70. Hay coches antiguos y televisores de tubo, sí,
pero también teléfonos móviles y canales de noticias por cable propios de una
época posterior. Las matrículas de los vehículos incluso contienen la frase
"A Swell Place” (“Un Lugar Estupendo”, en un inglés coloquial hoy ya
desfasado), un detalle irónico que contribuy
e a la sensación de estar
contemplando una realidad ligeramente desplazada de la nuestra.
Esta mezcla de épocas no parece un simple capricho estético. La película quiere que El Glen resulte familiar y extraño al mismo tiempo. La vida cotidiana parece atrapada en una especie de presente artificial, construido a partir de recuerdos culturales, iconos del pasado y elementos contemporáneos. Cuando se descubre que el barrio funciona como un gigantesco escenario de experimentación, esa incoherencia visual adquiere sentido.
La puesta en
escena introduce pequeñas anomalías que preparan al espectador para la gran revelación.
Los anuncios, la decoración, los televisores, los coches, el vestuario e
incluso el comportamiento repetitivo de algunos personajes transmiten la
sensación de que algo no funciona como debería. La madre de Fontaine, siempre
encerrada en su habitación y de la que sólo oímos su voz, es un ejemplo
especialmente significativo. Los habitantes de El Glen parecen desempeñar
papeles previamente escritos, como personajes secundarios de un videojuego que
repiten una serie limitada de acciones.
La
fotografía refuerza todavía más esa impresión. El grano, la iluminación oscura
y la textura visual recuerdan, como he dicho, al cine blaxploitation, pero la
película utiliza ese aspecto retro para hablar de problemas contemporáneos. No
pretende reconstruir una época concreta, sino fabricar un espacio donde
diferentes momentos de la historia cultural estadounidense puedan coexistir. El
resultado encaja con la propia naturaleza de la conspiración ya que El Glen no
es tan solo un barrio, sino un escenario diseñado para que sus habitantes
desempeñen determinados papeles.
Cuando
Fontaine, Slick Charles y Yo-Yo descubren el pastel, la película entra ya de
lleno en el terreno de la paranoia conspirativa. La aparición de Nixon (Kiefer
Sutherland), aparente responsable del proyecto, conduce la historia hacia un terreno
todavía más inquietante, porque lo que al principio parecía una historia sobre
clones, drogas y experimentos científicos termina convirtiéndose en una
alegoría sobre el control social y, en particular, sobre la relación histórica
entre las instituciones estadounidenses y la población afroamericana. No es
casual que se haya elegido El Glen como laboratorio: es una comunidad
marginada, pobre y con escasos recursos, cuya población puede ser utilizada y
desechada sin provocar una reacción inmediata de las estructuras de poder u
otras esferas sociales.
El
paralelismo histórico más evidente es con los Experimentos de Tuskegee,
realizados en Alabama entre 1932 y 1972. En aquel estudio, el Servicio de Salud
Pública estadounidense monitorizó durante décadas la evolución de la sífilis en
cientos de hombres afroamericanos, ocultándoles información sobre su enfermedad
e impidiéndoles acceder a un tratamiento adecuado. El caso terminó
convirtiéndose en uno de los ejemplos más graves de abuso médico y racismo
institucional de la historia estadounidense. La conexión tiene una importancia especial
porque Juel Taylor nació y creció en Tuskegee. Él mismo ha reconocido que
aquellos experimentos formaban parte del imaginario con el que desarrolló la
película. No pretende afirmar que la conspiración de “El Clon de Tyrone” sea
una reproducción de Tuskegee, sino utilizar hechos históricos de ese tipo como
fundamento para una ficción deliberadamente exagerada.
También
existe una conexión evidente con MK-Ultra, el programa secreto de la CIA
desarrollado durante la Guerra Fría para investigar técnicas de modificación de
la conducta y control mental. El programa utilizó drogas, interrogatorios y
otros métodos experimentales, en ocasiones sin conocimiento ni consentimiento
de las personas sometidas a ellos. Aunque la película no reproduce literalmente
aquellos procedimientos, la idea de una organización gubernamental que
experimenta con seres humanos para encontrar formas de manipulación colectiva constituye
un precedente histórico para la historia de Taylor.
La película
juega con esta frontera entre la conspiración absurda y la realidad histórica.
Clones, productos manipulados y laboratorios secretos pueden parecer elementos
propios de una fantasía disparatada. Pero Estados Unidos, como he mencionado,
posee una historia de experimentación y abuso institucional que hace que
algunas de esas ideas resulten menos inverosímiles de lo que deberían. El
verdadero golpe de efecto no reside solo en descubrir que existen clones, sino
en comprender que la premisa fantástica se apoya en episodios históricos. Taylor
y su coguionista Tony Rettenmaier llevan esos antecedentes hacia la ciencia ficción
y la sátira. En “El Clon de Tyrone” no se experimenta solo con una enfermedad o
una sustancia sino que se intenta diseñar toda una sociedad.
Los
habitantes de El Glen reciben drogas y productos de consumo cotidiano capaces
de alterar su comportamiento, mientras determinados individuos son clonados y condicionados
para perpetuar determinados arquetipos sociales: Fontaine siempre reaparece
como el joven negro violento y traficante de drogas; Slick Charles encarna al
proxeneta extravagante; Yo-Yo responde, al menos en apariencia, al estereotipo
de la prostituta descarada y sexualizada. Los clones fueron concebidos como
versiones estereotipadas de determinados miembros de la comunidad negra porque
el programa de control había sido creado décadas atrás por científicos blancos
que habían construido su propia visión de lo que supuestamente representaba a
esa comunidad. Pero la historia acaba revelando que todos son más complejos que
las etiquetas que les han impuesto.
Aquí aparece
una de las ideas más perversas de la película: el poder no se limita a
controlar a una población, sino que puede intentar decidir de antemano cómo
debe comportarse esa población. El estereotipo deja de ser una representación
cultural y se convierte en una herramienta de ingeniería social. Si se espera
que el traficante sea violento, que el proxeneta sea extravagante o que la
prostituta se comporte de una determinada manera, basta con reproducir esas
imágenes hasta que terminen pareciendo naturales.
La película
lleva esta idea todavía más lejos. Fontaine no es clonado porque sea una
persona especialmente importante, sino porque su función dentro del barrio
resulta necesaria. El sistema necesita un traficante de drogas; necesita que
determinados habitantes mantengan al vecindario en una situación de pobreza,
violencia y marginalidad para que las autoridades puedan seguir ignorándolo. Por
eso Fontaine no es un personaje malvado en sentido convencional. Es una persona
atrapada en un papel. Incluso cuando descubre que es un clon, le cuesta
abandonar la función que le ha sido asignada. Romper con un patrón de conducta
resulta difícil cuando no se conoce otra forma de vida. La película plantea así
una cuestión incómoda: ¿cuánto de aquello que consideramos una decisión
individual está condicionado por el entorno que nos ha tocado vivir?
La
conspiración adquiere otra faceta cuando se descubre que no todos los clones
desempeñan la misma función. Algunos, como he dicho, sirven para mantener el
barrio en condiciones que permitan justificar su marginación. Otros, en cambio,
obedecen a una estrategia de asimilación racial. La idea es perturbadora: la
sociedad dominante estaría dispuesta a aceptar a la población negra siempre que
ésta adopte los rasgos considerados aceptables por sus conciudadanos blancos.
Algunos personajes negros de piel más clara forman parte de ese programa de
asimilación y el objetivo final sería transformar de forma progresiva a la
población negra, a lo largo de generaciones, hasta eliminar las diferencias
raciales. La frase "la asimilación
es mejor que la aniquilación", pronunciada por el cerebro científico
tras el plan, resume una lógica profundamente perversa porque no plantea una
convivencia entre grupos diferentes, sino la desaparición de las diferencias
mediante la adaptación del grupo subordinado a los valores y características
del grupo dominante.
El control
no necesita recurrir de forma permanente a la violencia cuando puede conseguir
que las personas acepten voluntariamente aquello que las mantiene sometidas.
Por eso, uno de los detalles más inteligentes de la película consiste en
implementar ese control social a elementos cotidianos. La referencia explícita
a “Un Mundo Feliz” (1932), de Aldous Huxley, refuerza esta lectura. La bebida
Somaah remite al “soma” de la novela, una sustancia destinada a mantener
satisfecha y dócil a la población. En “El Clon de Tyrone” desempeña una función
semejante. Es una idea clásica de la ciencia ficción distópica: una sociedad
puede ser controlada con mayor eficacia cuando sus habitantes creen que son
libres. El sistema opresor no necesita impedir que la población consuma, se
divierta, trabaje o vaya a la iglesia. Basta con asegurarse de que esas
actividades contribuyan a mantenerla dentro de los límites establecidos.
Y aquí aparece
otro de los temas centrales de la película: la frontera entre culpa y
responsabilidad. Taylor ha explicado que la idea surgió, en parte, de una
experiencia personal relacionada con un amigo cuya vida quedó condicionada por
circunstancias que escapaban a su control. A partir de ahí, él y Rettenmaier
desarrollaron una pregunta que la historia no pretende responder de manera
tajante: ¿hasta qué punto somos responsables de nuestra situación cuando
existen fuerzas sociales, económicas o históricas fuera de nuestro alcance pero
que condicionan nuestras posibilidades? La cuestión adquiere en este caso una
dimensión racial. Desde fuera, resulta sencillo observar un barrio como El Glen
y atribuir la pobreza, la delincuencia o la falta de oportunidades a las decisiones
individuales de sus habitantes. Pero hay una posibilidad mucho más incómoda: ¿y
si algunas de esas circunstancias fueran consecuencia, al menos en parte, de un
sistema que las ha producido artificialmente?
Ahora bien, Taylor evita convertir todo esto en una soflama política. Una de sus influencias reconocidas es “Están Vivos” (1988), de John Carpenter, en la que un hombre descubre que la sociedad aparentemente normal que lo rodea está sometida a una forma de dominación que permanece oculta para la mayoría.
No es esa la
única influencia. “El Clon de Tyrone” recoge elementos de “Déjame Salir” (2017)
en su representación de una sociedad aparentemente normal que oculta una forma
de violencia racial; de “La Naranja Mecánica” (1971), cuyos ecos aparecen en
determinados detalles visuales; y de las películas de los hermanos Coen, tanto
por su combinación de humor y conspiración como por la presencia de personajes
atrapados en situaciones absurdas. También podemos localizar rastros de
“Atrapado en el Tiempo” (1993) y “El Hombre Que Nunca Estuvo Allí” (2001). Ya
he mencionado al principio “Perdona Que Te Moleste”, pero “El Clon de Tyrone”
posee una identidad propia. Su mezcla de sátira, misterio, ciencia ficción,
comedia y cine negro puede resultar excesiva en algunos momentos, pero también
constituye uno de sus principales atractivos.
El problema
es que Taylor intenta encajar muchas ideas en una sola película. El tramo
central pierde parte del impulso inicial, algunas explicaciones resultan
previsibles y la acumulación de conceptos hace que la trama se vuelva algo
confusa. El desenlace tampoco posee la misma fuerza que algunos de los momentos
anteriores. Pero incluso sus excesos nacen de una voluntad creativa evidente.
La película
se sostiene en buena medida gracias al trío protagonista. Si no se supiera de
antemano, difícilmente se adivinaría que John Boyega es el mismo actor que
interpretó a Finn en la tercera trilogía de “Star Wars”. Allí parecía mucho más
joven y estaba asociado a un personaje de registro muy diferente. Fontaine, en
cambio, es un hombre adulto que lleva toda la vida en el gueto y cuya dureza
parece consecuencia de una acumulación de amargas experiencias. Boyega
demuestra una vez más su capacidad para alejarse de personajes anteriores. Su
interpretación se apoya más en la contención que en la expresividad, una
estrategia adecuada para un protagonista que ha construido a su alrededor una
coraza emocional.
Jamie Foxx interpreta a Slick Charles como una versión resentida y extravagante de un personaje que podría haber salido de una película de Samuel L. Jackson. Sustituye el sarcasmo habitual de éste por una actitud amarga, agresiva y llena de frustración. Su vestuario y su presencia física son fundamentales para convertirlo en uno de los motores cómicos de la película. Pero el gran descubrimiento es Teyonah Parris. Su Yo-Yo desprende un carisma que en determinados momentos llega a eclipsar a sus compañeros. Además, su relación con Slick Charles permite que buena parte de la comedia surja de los diálogos e interacción entre ambos.
La interacción entre los tres protagonistas está muy bien calibrada porque Taylor no los presenta como simples caricaturas. Empieza utilizándolos como estereotipos para después desmontar esas mismas etiquetas. Gracias a la humanidad que transmiten al espectador, la alegoría funciona.
“El Clon de Tyrone” no es una película perfecta. Le cuesta arrancar, su tramo central resulta algo previsible y alargado, la acumulación de géneros e ideas provoca cierta confusión y algunas de las explicaciones de la conspiración presentan agujeros argumentales. El suspense tampoco consigue mantenerse durante sus casi dos horas de duración. Pero juzgarla solo por esos defectos supondría pasar por alto lo más interesante de la propuesta. Taylor ha construido un film con identidad propia, llena de ideas y con el valor de utilizar la ciencia ficción para hablar de problemas sociales que no tienen nada de fantásticos.
Y ahí se encuentra su principal virtud. El director y guionista no pretende ofrecer una explicación sencilla del racismo estadounidense. Lo que hace es construir un mundo exagerado que nos permite identificar ciertos mecanismos y dinámicas que en la realidad son más difíciles de identificar. El resultado puede ser irregular, excesivo y, en algunos momentos, confuso. Pero también es una película con personalidad, ambición y algo que decir. Y en una época en la que muchas producciones parecen diseñadas para no incomodar a nadie, esto no es una cualidad menor.

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