jueves, 6 de octubre de 2016

1982- 2010: ODISEA DOS – Arthur C.Clarke


 

A diferencia de los autores de otros universos de ficción, ya sean “Dune” o “Star Wars”, Arthur C.Clarke no se esforzó demasiado por crear lo que podríamos llamar un “cuerpo canónico” de obras, un marco sólidamente armado y coherente en el que todo el material creado encaja sin fisuras –o con las menos posibles-. No, su saga de “2001” está llena de incoherencias y fallos de continuidad. Y ese problema empezó aquí, en “2010: Odisea Dos”, puesto que se trata de una obra híbrida en la que Clarke intentaba casar su primera novela, “2001”, con la película de Stanley Kubrick.



En el año 2010, el doctor Heywood Floyd, organizador de la misión que terminó trágicamente diez años atrás, es invitado por las autoridades rusas a unirse a una nueva expedición a Júpiter para recuperar los datos registrados en la nave Discovery, que todavía orbita como un pecio abandonado en la órbita de Júpiter, y tratar de averiguar qué ocurrió allí en realidad. Además, deberán explorar las lunas del gigante gaseoso e investigar en la medida de lo posible el Monolito que aún se encuentra allí. Además de la tripulación soviética de la nave Leonov, a Floyd le acompañará el técnico en sistemas Walter Curnow y el programador original de HAL, el doctor Chandra.

Una expedición china con el mismo objetivo y que se había mantenido en secreto hasta el mismo momento de su partida, se adelanta por poco a la Leonov y llega a la luna de Europa para abastecer de agua sus motores. Allí, los astronautas y la nave caen presas de una forma de vida pseudovegetal sin que rusos y americanos puedan hacer nada por ellos. Éstos, por su parte, consiguen llegar a la Discovery, reiniciar sus sistemas y encender de nuevo a HAL, que aparentemente no guarda memoria de lo sucedido en las horas que precedieron a su desconexión por Bowman. Sin embargo y a excepción de Chandra, nadie se fía del todo de que el ordenador vuelva a convertirse en un asesino.

La investigación del Monolito, a pesar de todos los esfuerzos, no revela ningún secreto. Permanece inerte hasta que, de repente, algo surge de él y se encamina hacia la Tierra a gran velocidad… Se trata de David Bowman, o, mejor dicho, del ser que antiguamente fue Bowman. Su visita a la Tierra sirve para atar algunos cabos de su pasada vida como humano y actuar de sonda viviente para la inteligencia que ahora se sirve de él. A continuación, regresa a Júpiter y avisa al doctor Floyd de que deben desalojar la zona inmediatamente, pues un evento cósmico va a tener lugar….

Clarke admitió de forma tácita la preeminencia del film sobre su propia novela cuando decidió que la segunda entrega, “2010”, sería más una continuación de la película que de su propio libro. Al fin y al cabo, había más gente que había visto la primera que leído el segundo. Así que en vez del viaje de la Discovery a Saturno, ésta se quedaba en Júpiter; y en lugar de emplazar el monolito en la superficie de la luna de Japeto, lo colocó, como en la película, orbitando al gigante gaseoso. Estas discrepancias en la continuidad –que se extenderían a las posteriores entregas de la serie- implican que la saga de “Odisea del Espacio” está compuesta de novelas que pueden ser interpretadas como historias que transcurren en líneas temporales ligeramente divergentes. Esta
explicación es la que dio el propio Clarke, excusando así los fallos de coherencia pasados y futuros, ya fuera por pereza o simplemente porque este tipo de estrictas continuidades le restaban libertad para contar lo que deseaba.

Al trasladar la acción a la órbita de Júpiter en lugar de a Saturno, Clarke pudo aprovecharse del conocimiento más profundo que a principios de los ochenta tenían los astrónomos sobre los dos mayores planetas del sistema solar gracias al paso de la sonda Voyager. Siendo como es un militante fiel de la escuela de la CF “dura”, Clarke ofrece a sus lectores un auténtico tour por sistema joviano, describiendo con detalle tanto lo que se sabe con cierta seguridad de las lunas de Júpiter –especialmente Europa e Io- como lo que podría extrapolarse sin descuidar las leyes físicas. En este sentido, el viaje al interior de Júpiter resulta fascinante: las diferentes capas de su densa y turbulenta atmósfera, las criaturas que podrían medrar allí y la sorprendente naturaleza de su núcleo.

La altura de Clarke como divulgador científico no viene acompañada, sin embargo, por su calidad como constructor de personajes. Ciertamente, la caracterización de éstos es mejor que en “2001” (al fin y al cabo, esta última no era sino una novela de ideas, no de personas): intenta dar rasgos distintivos a los personajes principales e introducir situaciones que pueden otorgarles algo más de profundidad (las tensiones matrimoniales de Floyd, la homosexualidad de Curnow, el trauma de Zenia), pero, a la postre, todo ello se queda en meros apuntes que no acaban de definirse y que no contribuyen a que los personajes experimenten una verdadera evolución. Clarke consigue crear un ambiente y una dinámica de grupo entre rusos y americanos que debió parecer novedosa en la época, todavía a la sombra de la guerra fría: todos los que se encuentran a bordo de la Leonov comprenden perfectamente que son científicos y que su misión está por encima de las rivalidades políticas de sus países, colaborando y compartiendo información con total naturalidad. Ahora bien, al descender al nivel individual, la increíble aventura que todos comparten no sirve para que al menos uno de ellos experimente una verdadera evolución personal y, al término de la misma, todos ellos siguen siendo los mismos que al principio.

Al fin y al cabo, lo que realmente le interesa a Clarke es otra cosa: el detallado relato de las
maniobras orbitales, la descripción de los paisajes y criaturas de otros mundos… De todas maneras, algunos personajes sí resultan lo suficientemente afables como para que el lector pueda encontrar en ellos un ancla a lo que de otra forma sería un frío ensayo científico. El doctor Heywood Floyd es el protagonista y vínculo con la primera novela; Max Brailovsky y Walter Curnow insuflan algo de humor a la árida vida de abordo; las tres mujeres, la capitana Tania, y las doctoras Katerina y Zenia, en cambio, carecen de rasgos definitorios, como el resto de la tripulación de la Leonov; el distante Sivasubramanian Chandrasegarampillai (Dr. Chandra), creador de HAL 9000, difícilmente puede resultar simpático e incluso llega a rozar la caricatura, aunque se redima hasta cierto punto con los arranques emocionales que siente por su “hijo” mecánico; Bowman, por último, está en una especie de tierra de nadie en el umbral de la transhumanidad, por lo que no es probable que el lector pueda identificarse con él o apenas entender lo que pasa por la “cabeza” de un ser con semejante poder y perspectiva cósmica.

De nuevo, HAL resulta ser el personaje más interesante de la novela. Sus intervenciones son breves y puntuales, pero no sólo constituye (como Floyd y Bowman) un nexo con “2001”, sino que alrededor de él se articula uno de los clímax de la novela (ATENCIÓN: SPOILER) cuando sus dudas acerca de las decisiones que toman los humanos y la perspectiva de su posible “muerte” llevan a pensar que podría caer, una vez más, en el motín. Por otra parte, y a diferencia de Floyd, a quien sus sentimientos de culpabilidad por el fracaso de la primera misión le llevan a formar parte de la tripulación de la Leonov; y de Bowman, que ya se encuentra más allá de la emoción humana; HAL permanece constante: preocupado por el buen fin de la misión y atento a las emociones y reacciones de los humanos que lo rodean. Su destino final, liberado de su servidumbre al Hombre y transformado en un ente independiente, supone un digno y cariñoso final para este interesante personaje. (FIN SPOILER).

En este como en todos los demás aspectos de “2010”, Clarke aparca cualquiera de las reflexiones que suscitaba “2001”. Al comienzo de ésta, la Humanidad alcanzaba la inteligencia gracias a los alienígenas y HAL 9000 podía interpretarse como el fruto más excelso de ésta: de igual modo que los extraterrestres habían sido capaces de insuflar inteligencia mediante el Monolito, los hombres han creado inteligencia en una máquina. Y en una historia que trataba sobre la evolución y la autoconciencia, la presencia de una inteligencia artificial se antoja una consecuencia natural de esos temas, planteando de paso cuestiones muy importantes. Dado que HAL 9000 se volvía contra los humanos que lo crearon, ¿representa eso nuestro futuro? ¿Es nuestro destino crear máquinas que un día nos sobrepasarán, desplazarán y, quizá, eliminarán? Y si los humanos son a HAL 9000 como los aliens fabricantes del Monolito lo son a nosotros, ¿apunta la rebelión y subsiguiente desactivación de HAL a lo que los aliens harán con el Hombre? ¿Nos juzgarán
indignos del don de la inteligencia y demasiado violentos y, por tanto, decidirán “desactivarnos”? Pues bien, todas esas interesantes preguntas son obviadas en “2010” y HAL pasa a ser “simplemente” una amenaza potencial. Además, si en la primera parte el Monolito no había prestado atención alguna a HAL, ¿por qué en “2010” Bowman sí lo hace e, incluso, lo transforma en una entidad independiente cuando sólo minutos antes lo había tratado como una mera herramienta con la que trasmitir un mensaje a la Tierra?

Hacia la mitad de la novela, Clarke aparca la narración de la misión a Júpiter y reintroduce a
David Bowman, el único superviviente de la nave Discovery. Superviviente, sí, pero no como humano. El autor utiliza una parte de esta sección central del libro para reexaminar los últimos capítulos de “2001”. Mientras que aquella novela finalizaba con una descripción algo confusa con tintes místicos de las experiencias y ulterior metamorfosis de Bowman, en esta ocasión, la criatura que una vez fue el astronauta ha empezado a asimilar su nuevo ser y comprender su lugar en el universo. La prosa de Clarke es ahora más concreta y al lector, ahora sí, se le ofrecen pistas acerca de lo que le sucedió a Bowman y por qué. No es que sea una explicación enteramente coherente, pero sí responde a varias de las preguntas que quedaron pendientes al final de “2001”.

De todos los cambios retroactivos que Clarke realizaría en su saga de la Odisea del Espacio, quizá el más drástico y discutible fue el de pasar de la transfiguración de Bowman al final de la primera novela a ser simplemente una especie de programa “cargado” en el ordenador del Monolito (tal y como se vería en posteriores libros de la saga). La parte final de “2001” se cuenta entre los momentos más recordados de la historia de la CF precisamente porque el tema que se trata, la transcendencia, presentaba todo un desafío a la hora de representarlo, ya fuera con palabras o con imágenes. Sí, el “cargar” la personalidad de un hombre moribundo en un sofisticado ordenador también puede ser entendido como transcendencia, pero Clarke no parece interesado en explorar la sustancia existencialista de tal idea.

Prueba de ello es que en “2010” el autor ignora la primera y última partes de la película (el despertar de la inteligencia y la transfiguración de Bowman), que son las que llevan la carga existencialista: el origen, naturaleza y destino de la Humanidad, su lugar en el Universo… Entre esas dos secuencias, estaban otras dos, en las que los personajes viajaban a la Luna y luego a Júpiter, y que son las que Clarke elige para continuar como piedra de toque para la continuación, centrada pues en la aventura del hombre en el espacio. Ése es, para él, el tema sobre el que centrar la atención, y no el futuro de la especie humana.

Y es que Clarke, aunque sentía cierta atracción hacia la mística (eso sí, no religiosa) no era un
escritor existencialista. Sus novelas siempre han destacado por su descripción realista y profética de la ciencia y la tecnología, desde los satélites de comunicaciones al auténtico viaje espacial o los ascensores orbitales. Pero el tipo de temas verdaderamente existenciales y abstractos en los que, por ejemplo, Philip K.Dick no temía adentrarse cuestionando la realidad o la identidad, eran algo que se encontraba más allá del interés –y puede que de la capacidad- de Clarke, tal y como demostraron las secuelas de “2001”, todas ellas incapaces de emular y expandir la naturaleza existencial de esa primera obra.

Clarke se muestra disperso y vago respecto a ciertos pasajes que, a mi juicio, hubieran debido ser explorados con mayor profundidad y que en la novela son dejados de lado una vez expuestos incluso con cierto grado de detalle. Por ejemplo, el hallazgo de vida en la luna de Europa, las tensiones políticas con China o el pánico global que desata la llegada de la Entidad-Bowman y que luego parece disiparse como un azucarillo. Asimismo, el final, aunque bello y sugerente, también se me antoja algo decepcionante por su falta de explicaciones coherentes. (ATENCIÓN: SPOILER): ¿Por qué los alienígenas ponen tanto interés en proteger y desarrollar
la vida inteligente en Europa y desprecian –y exterminan- los seres que ya habitaban en la atmósfera de Júpiter? (FIN SPOILER).

El autor también desvela más datos acerca de las intenciones de los alienígenas y el origen y propósito de los monolitos. En “2001”, el monolito representaba el misterio, lo incognoscible, la herramienta de una inteligencia extraterrestre a la que no podíamos aspirar a entender y cuyas capacidades, visión del universo y propósito no compartiríamos hasta trascender nuestro actual estadio evolutivo. Pero en “2010”, a través de Bowman, ya se nos aportan más datos acerca de la misión de los monolitos y el empeño de quienes los crearon y aunque ello puede responder a algunas cuestiones que dejara pendientes la novela-película anterior y satisfacer hasta cierto punto nuestra curiosidad, también es cierto que apaga el sentido de la maravilla, la incógnita que espoleaba la imaginación del lector y el debate de los aficionados. Así, y esto es sólo una opinión personal, esa compulsión de muchos autores a continuar obras de éxito mediante sagas multivolumen –probablemente más por una cuestión económica que porque esas obras necesiten realmente una expansión-, independientemente de su valor como entretenimiento, diluyen el impacto de la obra original (véanse también “Pórtico”, de Frederik Pohl o “Mundo Anillo”, de Larry Niven, por nombrar sólo un par de series famosas).

Carente del misticismo y el misterio que impregnaba todo “2001”, la secuela es una novela de
ciencia ficción dura mucho más directa y tradicional en la que se incorporan, además, los conocimientos astrofísicos acumulados en los catorce años que mediaron entre la publicación de ambas. “2010: Odisea Dos” puede soportar favorablemente la comparación con muchos otros libros del género de gama media. Incluso, colocada junto a “2001”, sigue siendo un libro entretenido que anima a pasar página tras página. Eso sí, lo que no puede emular, ni ahora ni nunca, es el aura que rodea “2001”.

Me atrevo, por tanto, a recomendar esta obra siempre y cuando se conozca, al menos, su predecesora fílmica (con la que, como he dicho, tiene menos problemas de continuidad que con la primera novela).


2 comentarios:

  1. Ya he pensado en un futuro leer este libro por tu recomendación.vi la pelicula y muy espectacular era al principio con esos primates y la música.Kubrick también dirigió el resplandor pero esa pelicula no daba miedo.para mi miedocre

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  2. Fascinante como siempre esta nueva entrada. Coincido con vd en que es mejor ver la pelicula antes de seguir con la saga escrita en 2010.
    Y el Resplandor no la considero mediocre , pero su doblaje al castellano SI que da miedo.Griselda , si puede , veala en VO....creo que notará el cambio (a mejor). Saludos

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