La ciencia ficción siempre ha sido una buena forma de tomar el pulso de una sociedad: sus tendencias, esperanzas, problemas, desafíos… puesto que al proyectarlos a un escenario futuro, se puede reflexionar sobre ellos con cierta distancia e incluso plantear los posibles escenarios a los que aquellos podrían dar lugar. En la década de los cincuenta del siglo pasado, una nueva generación de editores de ciencia ficción comenzó a ofrecer una aproximación más liberal al género y, al mismo tiempo, con mayor calidad literaria que cualquier cosa que Hugo Gernsback o John W.Campbell hubieran podido imaginar años atrás.
La sátira económica y social, por ejemplo, fue una de las temáticas preferidas de Horace.L.Gold, editor de “Galaxy Science Fiction”. Así, en sus primeros años de existencia, esta revista publicó clásicos del peso de “El Hombre Demolido” de Alfred Bester, “Amos de Títeres” de Robert A.Heinlein, las historias que conformarían “Mercaderes del Espacio” de Frederik Pohl y C.M.Kornbluth, y, en su quinto número, el relato corto,”El Bombero”, de Ray Bradbury, germen de lo que más adelante se convertiría en “Fahrenheit 451”.
Una de las principales preocupaciones de los escritores de ciencia ficción –y, en realidad, de

La hedonista sociedad de “Fahrenheit 451” rechaza la palabra escrita. Después de todo, leer lleva a pensar, y pensar aboca al conflicto y la infelicidad. Las masas buscan en la televisión una placidez vacía y artificial. Los bomberos ya no apagan fuegos, sino que su misión consiste en quemar aquellos que ciudadanos rebeldes se empeñan en esconder, entregando a continuación a sus propietarios a la policía para su consiguiente castigo. El título del libro hace referencia, precisamente, a la temperatura a la que arde el papel (si bien este es un dato incorrecto, puesto que tal temperatura depende de factores tales como la antigüedad y tipo del papel, su grosor, etc…).

Tal y como demuestran las portadas que acompañan a este artículo, el símbolo más poderoso en

De esta forma, las casas se construyen sin porches para que la gente no se siente por las tardes a conversar con los vecinos. La curiosidad y la imaginación se consideran rasgos anormales de la personalidad, así como cualquier interés por la Naturaleza o el simple disfrute de cosas tan sencillas como la lluvia, el olor de las flores o pasear por la noche. Se espera de la gente que extraiga toda su diversión del entretenimiento artificial preparado por el gobierno. Bradbury anticipó de forma magistral la fascinación moderna con las pantallas de gran formato, así como por la televisión basura. En la novela, los personajes de las “televisiones murales” son considerados “familia”, tan reales como la gente auténtica o incluso más. El pensamiento crítico ha desaparecido: los espectadores se limitan a absorber pasivamente y dar por cierto cualquier cosa que se les lance desde la televisión. Toda la sociedad está diseñada para vivir deprisa y que nadie tenga tiempo de detenerse y reflexionar sobre el mundo que les rodea. Y, causa y consecuencia de todo lo anterior, todo está dominado por un sentimiento de conformismo, lo que Bradbury denomina “el sólido e inconmovible ganado de la mayoría”. No es que nadie se atreva a ser diferente –después de todo, podrían acabar en la cárcel-; es que no lo desean.
Resulta difícil hablar de censura literaria y libros prohibidos sin pensar en Ray Bradbury. Y no

No puede extrañar por tanto que esa pasión encontrara reflejo en su propia obra. Muchos de sus más de 500 escritos publicados, ya fueran poemas, ensayos, cuentos, novelas u obras teatrales, incluían o giraban alrededor de libros y/o bibliotecas. Y también escribió con igual ardor sobre sociedades sin libros, sin libertad intelectual y las terribles consecuencias que tendrían que arrostrar como resultado de tales carencias.

Sin embargo, no le fue fácil venderlo. Lo rechazaron todas las revistas y sólo Horace Gold, editor de “Galaxy Science Fiction” se atrevió a publicarlo en un momento por lo demás muy delicado para los escritores norteamericanos comprometidos que se oponían activamente a la censura y la uniformidad ideológica. Por entonces, la caza de brujas desatada por el Comité de Actividades Antiamericanas empezaba a cobrar fuerza. De acuerdo con el propio Bradbury, fue esa situación la que inspiró su novela, aunque los temas que en él se tratan, como veremos, son más amplios que la “simple” quema de libros y el ejercicio de la censura directa.

La novela original no tuvo demasiados problemas para verse publicada. Pero en los años cincuenta, si un autor quería que los lectores se interesaran por su obra, la opción más sensata era serializarla en alguna revista popular -por no mencionar que los derechos de serialización significaban recibir dinero por otra vía-. Pues bien, ninguna revista quiso aceptarr “Fahrenheit

Un joven editor de Chicago con tantas energías como poco dinero leyó aquella historia de una sociedad que quema libros y no sólo le pareció adecuada a los tiempos que se estaban viviendo, sino lo suficientemente polémica y desafiante como para ser publicada en la nueva revista que acababa de fundar aquel mismo año 1953. Así que ofreció 450 dólares a Bradbury por el manuscrito y lo incluyó en los números dos, tres y cuatro de esa revista. El editor se llamaba Hugh Hefner y la publicación, “Playboy”.
Resulta también muy apropiado que la “caza de brujas” anticomunista que inspirara “Fahrenheit 451” sirviera asimismo como base para otra de las grandes críticas antimacarthistas: la obra teatral “El Crisol”, de Arthur Miller, que utilizó los juicios contra las brujas de Salem del siglo XVII como una alegoría de la locura anticomunista de los cincuenta. Y digo que resultaba apropiado porque Bradbury era descendente de una de aquellas brujas, Mary Perkins Bradbury, quien fue sentenciada a morir ahorcada en 1692 aunque consiguió escapar antes de la ejecución.

Orwell había imaginado un horrible futuro a partir de los abusos soviéticos, en el que la gente sufría un control y una manipulación impuestos desde arriba por parte de un Gran Hermano omnipresente y omnisciente. Estas sociedades han existido, existen y existirán. Pero no era lo que interesaba a Bradbury. La suya es una distopia claramente norteamericana en el sentido de que son sus ciudadanos los que, libremente, eligen nublar su propio juicio y sumirse

El personaje que mejor ilustra esa muerte intelectual es la esposa de Montag, Mildred: ama de casa atrapada bajo una densa capa de maquillaje, está tan anestesiada respecto a la realidad que al principio de la novela intenta suicidarse (los suicidios son tan frecuentes en esa sociedad que hay equipos de funcionarios que acuden a domicilio para realizar lavados de estómago, como si fueran fontaneros) y luego ni siquiera puede recordar tal episodio. Carece de cualquier empatía emocional, interés intelectual o aprecio por cualquier cosa que no sean los programas televisivos y las conversaciones superficiales que sobre ellos mantiene con sus repelentes amigas.
En alguna ocasión, Bradbury afirmó que su libro no versaba tanto sobre la censura como sobre la perspectiva de que el libro fuese sustituido por la televisión. Le preocupaba la forma en que la tecnología estaba reduciendo el nivel y capacidad intelectuales de la sociedad –y esto antes de los reality shows y las pseudocelebridades-. Describió un futuro en el que la tecnología, en lugar de unir a la Humanidad, desconectaba a ésta del mundo real y a todos sus miembros entre sí. Es más, utilizaban la tecnología para,

Bradbury había tenido su propia experiencia con esa censura emanada no del gobierno, sino de los propios generadores y consumidores de cultura. Varios de sus libros e historias cortas, en un lugar u otro del mundo, en uno u otro momento, se han intentado prohibir. Aunque no tanto como “Un mundo feliz” o “1984”, la novela “Fahrenheit 451” ha tenido que enfrentarse de vez en cuando con la oposición de ciertos colectivos desde que se publicó en 1953. Algunos padres y educadores, por ejemplo, no parecen entender la ironía inherente al acto de prohibir un libro que versa sobre prohibir libros. Sin embargo, quizá la censura más indignante que hubo de soportar esa novela vino, precisamente, de su editor.

Otras historias cortas de Bradbury también se encontraron con oposición, como “El Altiplano”

Pero fue “Fahrenheit 451”, irónicamente, el mejor representante de la acción de la autocensura editorial. Aunque se escribió durante una época complicada desde el punto de vista político, la novela nunca pretendió –al menos de forma explícita- tomar postura a favor o en contra de ideología alguna. Pero se criticó su lenguaje ofensivo (como si las tímidas maldiciones que puntean el texto pudieran ofender el delicado oído neoyorquino), que la Biblia fuese uno de los muchos libros que resultan incinerados en el transcurso de la trama y que la figura de Jesucristo se utilizara como una especie de “famosete” que vende artículos comerciales.

“Hay más de una forma de quemar un libro. Y el mundo está lleno de gente corriendo por ahí con cerillas encendidas. Cada minoría, ya sean Baptistas, Unitarios, Irlandeses, Italianos, Octogenarios, Budistas Zen, Sionistas, Adventistas del Séptimo Día, Feministas, Republicanos, Mataquinarios o Cristianos de la Iglesia Cuadrangular, creen que tienen la voluntad, la verdad y el deber de mojar con keroseno y encender la mecha”.
En la trama del propio libro hay un punto en el que el capitán de bomberos Beatty desarrolla esta idea hasta su conclusión natural: una sociedad sin libros ni pensamiento crítico, gobernada por la autocensura y la ignorancia:
“Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más


Otro de los temas capitales de la novela es el control que los medios de comunicación, y en especial la televisión, ejercen sobre la población, así como la perniciosa influencia que tienen sobre los hábitos lectores de los individuos y la alienación que provocan. En los ochenta se decía que el vídeo había matado la radio. Pues bien, de forma equivalente la televisión ha cambiado de forma rápida, brutal y completa los hábitos de ocio de la mayor parte de la sociedad.
Puede que esto suene obvio a estas alturas del siglo XXI, especialmente para un adolescente

Resulta irónico –pero en absoluto infrecuente- para un escritor de ciencia ficción que su talento a la hora de predecir los avances tecnológicos venga acompañado de escepticismo respecto a los mismos. En el caso de Bradbury, ese escepticismo le acompañó siempre e incluso lo aplicó a su vida cotidiana: nunca aprendió a conducir y sólo autorizó que “Fahrenheit 451” se publicara en formato digital en una fecha tan tardía como noviembre de 2001. Sin embargo, aunque la novela abunda en alegatos antitelevisivos, no está en el fondo tan

“No son libros lo que usted necesita, sino alguna de las cosas que en un tiempo estuvieron en los libros. El mismo detalle infinito y las mismas enseñanzas podrían ser proyectados a través de radios y televisores, pero no lo son. No, no: no son libros lo que usted está buscando. Búsquelo donde pueda encontrarlo, en viejos discos, en viejas películas y en viejos amigos; búsquelo en la Naturaleza y búsquelo por sí mismo. Los libros sólo eran un tipo de receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos. La magia sólo está en lo que dicen los libros, en cómo unían los diversos aspectos del Universo hasta formar un conjunto para nosotros”
El problema con los medios de comunicación en “Fahrenheit 451” no reside por tanto en su existencia, sino en la forma en que exacerban una forma de pensamiento disperso y superficial. Bradbury, en las palabras del profesor Faber describe los tres requisitos que debe reunir cualquier sociedad que se precie en llamarse civilizada: “calidad de la información… tiempo libre para digerirla… y el derecho a actuar de acuerdo con lo que aprendamos de la interacción de los dos primeros”.
Cierto es que no hemos alcanzado todavía el pesadillesco futuro descrito por Bradbury. Aún


Por supuesto, la quema de libros por parte de fundamentalistas sigue ocurriendo de cuando en cuando, desde ejemplares de Harry Potter hasta volúmenes del Corán. Este tipo de acciones, hijas de la ira, la frustración y la ignorancia, todavía despiertan rechazo y desconfianza en la mayor parte de la población. Pero como el propio Bradbury afirmó con acierto en el prólogo de la edición de “Fahrenheit 451” realizada con motivo de su cincuentenario: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee,

¿Elegiremos finalmente crear nuestra propia distopia, tal y como hicieron los habitantes del siglo XXIV en la novela de Bradbury? ¿Preferiremos vivir como Mildred Montag, en un mundo saturado por los medios de comunicación, narcotizados mental y emocionalmente y sacrificando el desafío intelectual por una estimulación superficial y vacía? ¿U optaremos por mantener nuestra fascinación por aquellos libros que desafían nuestra visión de la realidad, ofreciendo nuevas perspectivas sobre aspectos que quizá preferiríamos evitar?
El aviso que Bradbury lanzó al mundo con “Fahrenheit 451” no esta articulado de una forma tan demoledora, colérica y deprimente como la que eligió Orwell para “1984”. Su tono es amable, elegíaco, a ratos poético y con un evocador espíritu nostálgico que lo invade todo, el mismo que utilizó en tantas de sus obras. Incluso, a pesar del estallido final de la guerra nuclear, intenta concluir con un mensaje tan esperanzador como iluso: el futuro nos aguarda en el campo, lejos de las ciudades, las autoridades y la tecnología; y los libros, o mejor dicho, el

Bradbury murió en junio de 2012, a los 91 años de edad. En su lápida se grabó solamente una frase: ‘Ray Bradbury, autor de Fahrenheit 451‘. Así de importante es este libro, una obra maestra de la ciencia ficción distópica: inteligente, creativa, bellamente escrita e intelectualmente estimulante. Un clásico imprescindible.
F 451 FUE UNO DE LOS PRIMEROS LIBROS DE CIENCIA FICCION QUE COMPRE, INCLUSO ANTES DE LEER CRONICAS MARCIANAS Y EL CONCEPTO DE ESA HISTORIA CALO HONDO EN MI ALMA (TENIA TAN SOLO 13 AÑOS) YA QUE AMABA A LOS LIBROS Y ME PARECIA ATERRADOR QUE UNA SOCIEDAD QUE DESTRUIA SUS LIBROS. CLARO QUE MAS TARDE QUE LA MISMA NO ERA PRECISAMENTE UNA ATERRADORA VISION DISTOPICA SINO QUE YA HABIA HABIA SUCEDIDO EN LA ALEMANIA DE HITLER, PREVIO A LA SEGUNDA GUERRA
ResponderEliminarComo siempre, Manuel, leerte me es un gozo y un aprendizaje, ya que en este caso concreto me ayudas a mirar una de mis obras predilectas de forma más íntegra, de modo que su apreciación llega a ser mayor. Leí esta novela siendo adolescente y Bradbury fue uno de los primeros autores de ciencia ficción que conocí (y que me encantó). Hago leer esta novela seguido a mis alumnos, pues la considero una obra capital dentro del género y esencial para llevar a la reflexión a las nuevas generaciones. En mi propio blog le he dedicado a Bradbury más de una entrada http://elcubildelciclope.blogspot.com/2012/07/en-honor-ray-bradbury.html y http://elcubildelciclope.blogspot.com/2011/09/utopias-y-antiutopias-parte-2.html Le debo bastante a este caballero.
ResponderEliminarNo eres el único profesor que lo hace. En el mundo anglosajón, forma parte del canon de literatura básica de muchos institutos de enseñanza. Lástima que aquí en España los profesores se sigan empeñando año tras año en obligar a los alumnos obras con las que difícilmente pueden identificarse y con las que es poco probable que se aficionen a leer.
ResponderEliminarUn saludo.
Un clásico sobre la distopia del propio individuo
ResponderEliminares increíble, pero , toda la vida me he sentido como atrapado en Fahrenheit 451 D: , sobre todo en la preparatoria, ahora , dando nivelaciones para ingresar a la superior, me doy cuenta que ni siquiera los chicos que vienen de 2 o 3 años menos que yo , tienen mucha menos cultura ... y son ultra-dogmaticos ... fahrenheit nos alcanzo mas rápido de lo que yo , aun siendo un niño me esperaba... sin duda pensaba que era cuestion de ciencia ficcion, pero, ahora ya nos alcanzo y eso me duele mucho :(
ResponderEliminarPor eso es tan grande esta obra, porque no parece que por ella hayan pasado los años y Bradbury supo entender perfectamente hacia dónde iban las cosas -a pesar suyo y de tantos de nosotros-.
EliminarMuy buena entrada, es un complemento perfecto a la lectura de este clásico 👍
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