jueves, 12 de septiembre de 2013

1968-EL PLANETA DE LOS SIMIOS (y 4)





(Viene de la entrada anterior)

La tercera película de la saga volvió a triunfar en taquilla. La idea de Dehn había obtenido buenos resultados y los productores no tardaron en recibir el encargo de un cuarto film. Esta entrega, “La Rebelión de los Simios” (1972) estaría destinada a ser la más controvertida de la serie.


El comienzo de la acción se sitúa en el año 1991, ocho años después de que una plaga haya matado a todos los perros y gatos de la Tierra. Añorando a sus animalitos, los humanos empezaron a adoptar como mascotas a los simios, que, gracias a su superior inteligencia y destreza, no tardaron en convertirse en sus sirvientes y, después, sus esclavos (historia que ya había sido narrada por Cornelius y Zira en “Huida del Planeta de los Simios”). En ese distópico futuro (hoy nuestro pasado), una organización conocida como Control de Simios supervisa la compra, adiestramiento y venta de simios a particulares e instituciones.

César (Roddy McDowall), el pequeño chimpancé hijo de Cornelius y Zira que al final de la película anterior había sido dejado a cargo de Armando, el propietario de un circo, acaba viéndose obligado a vivir en el mundo real y contempla y experimenta con indignación la crueldad y humillaciones a las que son expuestos sus congéneres. Amargado por lo que ve a su alrededor y afectado por la muerte de su “padre” Armando cuando intentaba protegerlo, César organiza un alzamiento violento de los simios contra sus opresores. Da así comienzo el declive de la civilización humana.

Cada película de la saga había visto su presupuesto recortado respecto a su inmediata antecesora y “Rebelión…” no fue una excepción. El director J.Lee Thompson era un veterano en cuyo currículo figuraban títulos como “El Cabo del Miedo” o “Los cañones de Navarone”. Teniendo en cuenta que su misión era mostrar una revolución multitudinaria, Thompson hizo lo que pudo dadas las limitaciones financieras con las que tuvo que contar (menos de 1.5 millones de euros).

El destino quiso que recientemente se hubiera construido un complejo residencial y comercial llamado Century City sobre unas tierras antaño propiedad de la Fox. Era un complejo arquitectónico brutal, edificado a base de abundante hormigón y agresivos ángulos que proporcionaría el decorado apropiado para una ciudad futurista de corte distópico. El director completó el efecto escogiendo una limitada gama de colores (básicamente rojo y negro), rodando cámara en mano y recurriendo a lentes de gran angular que causaban un efecto desorientador e inquietante.

McDowall volvió a demostrar su talento dando vida al resentido Cesar, un simio forzosamente
muy diferente de su bondadoso padre. Su apasionado discurso final, en el que anuncia “el inevitable día de la caída del Hombre”, cuando las ciudades humanas queden sepultadas por escombros radioactivos, es la cumbre interpretativa del actor dentro de esta saga.

El espectador, no obstante –y como sucedía en las otras películas de la saga- debe que realizar un ejercicio de suspensión de la realidad en ciertas escenas, como aquella en la que César finge su muerte en el potro de tortura. Aunque el brutal estado policial se retrata de forma sencilla pero efectiva, su sociología es absurda; por ejemplo, resulta difícil de creer que los simios pudieran ser capaces de realizar tareas tan complejas como las que se muestran; el argumento de que todo lo que necesitan los simios para hablar –a pesar de su carencia de cuerdas vocales- es tener a alguien que les enseñe, es igualmente es inverosímil.

El montaje inicial de “Rebelión…” tenía un tono mucho más violento y políticamente controvertido que sus predecesoras, consideradas como un agradable entretenimiento familiar. La rebelión de los simios fue ideada de acuerdo a los disturbios raciales que tuvieron lugar en el barrio de Watt, en Los Ángeles, en agosto de 1965, los más graves experimentados por la nación hasta los de 1992. Las referencias y paralelismos que traza la historia con la lucha por los derechos civiles y el movimiento Black Power resultaban asimismo evidentes (parece ser que la película tuvo un especial éxito entre el público negro).

Los pases preliminares, con los simios rebeldes muriendo ametrallados o abrasados y las explícitas peleas cuerpo a cuerpo con la policía, confirmaron los temores del estudio: la calificación “familiar” de la saga que tan buenos resultados económicos le había proporcionado a la Fox, estaba en peligro. Así que los productores exigieron un recorte sustancial en la violencia. Se eliminaron ciertos planos y McDowall hubo de grabar una versión menos virulenta de su discurso final. Esta última modificación resulta desde luego postiza y poco creíble además de afectar negativamente al impacto de la película, pero al mismo tiempo puso las bases para resolver un problema narrativo que el propio Dehn había creado.

Efectivamente, el guionista consideraba que las cuatro películas de la saga formaban parte de
una línea temporal coherente, pero en realidad había caído en una paradoja temporal de difícil solución. Porque, ¿cómo es posible que Cesar hubiera liderado la revolución que llevó al ascenso de la civilización simia, si sus padres habían sido viajeros temporales provenientes de un futuro aún inexistente? Cornelius y Zira jamás habrían existido sin la lucha iniciada por su hijo en el pasado, pero, al mismo tiempo, César no habría existido sin el viaje de Cornelius y Zira. Es un bucle que ejemplifica la clásica paradoja temporal y un ejemplo perfecto de por qué el viaje en el tiempo ejerce tanta fascinación. Algunos argumentan que el tiempo es un círculo cerrado; otros insisten en que cualquier cambio en el pasado dará como resultado la aparición de una línea temporal alternativa. Esta última es la explicación que eligió Dehn para finalizar la saga en la siguiente y última película.

A pesar de su contenido violento y políticamente incendiario, del menguante presupuesto, el recelo de los padres y la calificación “para menores acompañados”, “La Rebelión de los Simios” volvió a arrojar buenos resultados económicos para la Fox.

La quinta y última película de la saga original, “La Batalla por el Planeta de los Simios” (1973), sugería la posibilidad de que, después de todo, el futuro no estaba definido de forma categórica. Paul Dehn había planeado un final tremendamente oscuro para la saga, con César convertido en un emperador loco que realizaba experimentos en humanos para extirpar su capacidad de hablar. Sin embargo, la Fox y el productor Arthur Jacobs no querían replicar el tono violento de la cinta anterior y se inclinaban en cambio a continuar la historia con un regreso al cine más familiar.

Así, contrataron al matrimonio de guionistas compuesto por John y Joyce Corrington
(responsables del guión de “El Último Hombre…vivo”), quienes escribieron una historia ambientada diez años después de los acontecimientos narrados en “Rebelión en el Planeta de los Simios”. Ya ha tenido lugar el profetizado conflicto nuclear y ahora Cesar y los simios supervivientes viven en una comunidad primitiva que, supuestamente, acabará evolucionando en el futuro en la ciudad que vimos en la primera película (el espectador tiene que creer que los simios han aprendido a hablar en el curso de unos pocos años, hazaña asombrosa incluso aunque, como dijimos, los monos contaran con cuerdas vocales). Por su parte, los humanos viven junto a los simios, no como esclavos pero tampoco como iguales.

Algunos de los hombres que se quedaron en la ciudad cuando cayeron las bombas atómicas, han conseguido sobrevivir a costa de sufrir mutaciones y permanecer recluidos en el subsuelo. Sus descendientes serán los fanáticos que el espectador pudo ver en “Regreso al Planeta de los Simios”.

En el curso de una expedición a la Zona Prohibida, Cesar ve unas viejas grabaciones de sus padres y averigua el secreto de la futura destrucción de la Tierra. Mientras tanto, la frágil paz existente entre simios y humanos se ve amenazada por un motín organizado por los gorilas y liderado por el general Aldo (Claude Akins). Las cosas empeoran cuando los humanos de la Zona Prohibida lanzan un ataque contra el asentamiento simio.

Tras cuatro películas, la saga de los simios comenzaba a mostrar claras tensiones narrativas. En buena medida ello se debió a la incompatibilidad de un ambicioso guión con el magro presupuesto asignado. Había demasiados elementos puestos en juego –las tensiones cotidianas entre simios y humanos, los gorilas insurrectos, el ataque de los mutantes subterráneos, la obsesión de César por la historia de sus padres…- como para que todos pudieran recibir un tratamiento adecuado.

Es más, el espectador podría llegar a preguntarse si no se había perdido una película entre “Rebelión..” y “La Batalla…”, puesto que la primera finalizaba con los simios organizando su insurrección contra los humanos mientras que la segunda empieza con ambas especies viviendo en paz, por no mencionar que ha tenido lugar nada menos que una guerra nuclear. Todas esas piezas son introducidas sin demasiado acierto ni sentido del orden en un guión con diálogos pretenciosos en busca de una postiza profundidad.

La batalla final es harto rudimentaria y poco satisfactoria (más parece una escaramuza entre
pandilleros que un decisivo enfrentamiento entre especies), consecuencia de un presupuesto incapaz de atender las necesidades estéticas del guión. Está elaborada a base de planos cortos y montaje acelerado que tratan de ocultar la evidente falta de extras. Los productores se vieron incluso obligados a recortar el número de simios debido al tiempo que se invertía en maquillar a los actores. Había que rodar rápido y hacerlo barato.

Un director con talento lo hubiera tenido difícil, pero para J.Lee Thompson fue imposible. Su dirección es monótona y previsible, un preludio de su etapa de declive como realizador que se confimaría en los setenta y ochenta con una serie de horribles películas protagonizadas por Charles Bronson y el ridículo remake de “Las Minas del Rey Salomón”.

En general, toda la producción irradia una sensación de cansancio, de cortedad de medios, que las buenas interpretaciones de Roddy McDowall, Lew Ayres y Severn Darden no consiguen compensar.

Por no ser completamente negativos, podemos mencionar como punto de interés la
esperanzadora sugerencia de que el apocalíptico futuro visto en las dos primeras películas podría ser evitado, rompiendo lo que parecía un círculo temporal ineludible. La película finaliza de forma un tanto ambigua, apuntando a la posibilidad –que no la seguridad- de que simio y hombre puedan alcanzar una coexistencia pacífica. Esa idea de que una catástrofe futura pueda no ser inevitable volvería a sustentar años después otra exitosa franquicia, la de Terminator, aunque con un resultado muy diferente.

Desde el comienzo de su producción, el estudio supo que “La Batalla por el Planeta de los Simios” sería la última película. Cada entrega había ido obteniendo peores resultados de taquilla y continuar la historia no sólo resultaría arriesgado desde un punto de vista narrativo, sino que hacerlo con un presupuesto igual o inferior al de las anteriores hubiera supuesto una grave equivocación.

Para cuando se dio cerrojazo a la saga cinematográfica, Arthur Jacobs hacía ya un par de años que venía sopesando la posibilidad de llevar su creación al medio televisivo. Sin embargo, ocupado con otras producciones (no sólo las películas de simios sino otras como “Sueños de un Seductor” o “Adiós, Mr.Chips”), no había encontrado el tiempo necesario. Ya no lo hallaría. Falleció de un ataque al corazón en junio de 1973. Sólo tenía 51 años.

Tras la muerte de Jacobs, su productora vendió todos los derechos sobre la franquicia a la Fox, quien, a su vez, cedió los derechos televisivos a la CBS. En septiembre de 1973, un pase de las tres primeras películas obtuvo una gran audiencia, por lo que se decidió continuar la saga en la pequeña pantalla, con una serie estrenada en septiembre de 1974.

Impulsados más de mil años al futuro al atravesar su nave una brecha temporal, los astronautas Alan Virdon (Ron Harper) y Pete Burke (James Naughton) se encuentran con que el mundo ha sufrido una transformación radical: los simios son la especie gobernante, los hombres son sus esclavos y la tecnología ha revertido a un estadio primitivo.

La serie se acomodó inmediatamente en la fórmula narrativa de “El fugitivo”: semana tras
semana, ambos astronautas eran perseguidos por los gorilas encabezados por el brutal general Urko, quien los veía como elementos desestabilizadores de su sociedad. Virdon y Burke, mientras tanto, no renunciaban a la esperanza de regresar a su propia época. El inteligente chimpancé Galen (Roddy McDowell) se convertía en su aliado. El tercer simio con un papel protagonista era el consejero Zaius, un orangután que pasaba la mayor parte del tiempo tratando de moderar los excesos de Urko.

Aunque concebido como un programa de acción sin complicaciones dirigido básicamente a una audiencia infantil, la serie consiguió mantener algunos de los elementos alegóricos de la saga original y la novela de Boulle, utilizando la sociedad simia como base para realizar agudos comentarios sobre la moralidad, prejuicios y miedos de nuestra propia especie.

Por desgracia, el formato televisivo pareció privar a los simios de su magnetismo. Aunque en otros países atrajo a una gran audiencia, en Norteamérica no superó el 27%, tres puntos por debajo de lo que entonces se estimaba el mínimo para mantener un programa en las ondas. Así, la CBS cortó abruptamente la producción tras catorce episodios, en diciembre de 1974, dejando la historia en el aire.

Igualmente tibia acogida recibió una serie de animación producida por la NBC en 1975, “Regreso al Planeta de los Simios” (1975). Sus trece episodios volvían sobre el mismo tema: astronautas humanos transportados al futuro dominado por los simios, si bien en esta ocasión éstos disfrutaban de un nivel tecnológico equivalente al nuestro. Sus peripecias se limitaban a tratar de escapar de ellos, averiguar lo sucedido y proteger a sus congéneres. Tomó prestados personajes de las películas, la serie de televisión y la novela (Zaius, Urko, Cornelius, Brent, Nova o los mutantes subterráneos).

Por aquellos años, la popularidad de los simios obtuvo cotas fenomenales: en 1970, Gold Key
fue la primera en publicar un comic basado en la franquicia (la adaptación de la primera película); entre 1974 y 1977, Marvel Comics editó una revista en blanco y negro que incluía adaptaciones de las películas, historias originales y artículos; y otras editoriales en lugares tan distantes del mundo como Gran Bretaña, Japón, Argentina, Filipinas o Hungría realizaron sus propias traslaciones al lenguaje de las viñetas.

El merchandising fue asimismo sensacional. Más de sesenta empresas recibieron licencias para vender cientos de artículos con la imagen de los simios: muñecos, máscaras, material escolar, juegos… La franquicia fue pionera en este aspecto, recogido y aumentado pocos años más tarde por “Star Wars” y hoy parte habitual del lanzamiento de muchas superproducciones.

“El Planeta de los Simios” fue objeto de un remake en 2001 bajo la dirección de Tim Burton si bien, reflejando el cambio en las ansiedades que bullían en la sociedad del momento, la pesadilla nuclear como punto de partida del ascenso de la civilización simia fue sustituida por experimentos genéticos fuera de control. El anuncio de su producción fue recibido con gran interés, especialmente la noticia de que Rick Baker, el mago del maquillaje, se encargaría de ese apartado, así como los cameos de Linda Harrison y Charlton Heston. Las expectativas fueron rápidamente ahogadas en el momento de su estreno merced a un trabajo mediocre e insulso (entre otras cosas, Mark Wahlberg no es Charlton Heston).

La saga de “El Planeta de los Simios” fue importante por muchas más razones que el innovador
maquillaje y sus escenas icónicas. Como visiones distópicas del futuro, estos films surgieron durante un tiempo de crisis de valores y tales momentos históricos son terreno fértil para propuestas apocalípticas articuladas a través de historias en las que se plantean cambios radicales, rupturas entre el pasado y el futuro. Como otras películas de la misma época, el suyo era un mensaje de advertencia inspirado por los movimientos contraculturales: de seguir por el sendero de la proliferación nuclear y la injusticia social, el resultado sería la destrucción no sólo de Norteamérica, sino también de toda la Humanidad.

Aunque las de la saga de los simios no fueron las primeras películas en imaginar el fin de la civilización humana, desde luego sí se encuentran entre las más originales, más completas y más complejas (si bien la serie televisiva contradecía algunos de los hechos establecidos en las entregas cinematográficas). Las secuelas son contempladas con cierto desprecio por los críticos, pero lo cierto es que a diferencia de muchas de las sagas cinematográficas de los ochenta y noventa (“La Profecía”, “Viernes 13”, “Pesadilla en Elm Street”…) no se limitaron a repetir una y otra vez el esquema de la película original, sino que cada una contó una historia diferente, una pieza más de ese futuro de ficción.

Es más, los creadores de la saga comprendieron perfectamente las posibilidades de la ciencia
ficción como medio para transmitir, camufladamente, mensajes potencialmente muy controvertidos. Eran unos años particularmente convulsos en Estados Unidos; muchos ciudadanos comenzaban a dudar de la solidez de su democracia, tal y como en la primera película refleja la sarcástica risa de Taylor cuando su compañero planta una pequeña bandera americana en el suelo del planeta al que acaban de arribar. En ese contexto, las cinco películas de los simios abarcaron desde los conflictos raciales y de clase al fundamentalismo religioso, los derechos de los animales, la Guerra Fría, la estulticia intelectual, la intervención en la Guerra de Vietnam y la incapacidad de los humanos para vivir en paz a causa de su sustancial primitivismo. Bajo su aparente fachada “palomitera”, estas películas hicieron lo que las mejores obras de ciencia ficción: animar al espectador a reflexionar y, no menos importante, hacerle aceptar finales a menudo trágicos, pero verosímiles y coherentes con la historia narrada.

Por todo ello, cuarenta años después de su estreno, podemos afirmar que “El Planeta de los Simios” fue algo más que una simple franquicia de éxito. Fue, y sigue siendo, un fenómeno cultural.


1 comentario:

  1. Interesante texto. De chico me fascinaron estas películas y, de cuando en cuando, vuelvo a ver alguna.

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