martes, 8 de mayo de 2018

1997- HORIZONTE FINAL – Paul Anderson


Los últimos años noventa del siglo pasado fueron un momento peculiar para el cine de género en su vertiente más mayoritaria. A comienzos de esa década se produjo una revolución en los efectos especiales generados por ordenador gracias a películas como “Terminator 2” (1991), “El Cortador de Césped” (1992) o “Parque Jurásico” (1933). Al rápido abaratamiento de los efectos digitales se sumó una época de bonanza financiera en los estudios de Hollywood en la que parecía haber dinero sin límites para invertir en carísimos decorados, efectos y acción sin fin. La cosa culminó en la carísima y pasadísima de presupuesto “Titanic” (1997), de James Cameron, al que todo el mundo auguraba un fiasco. El caso es que los guionistas no parecieron llevarse su parte del pastel y tras el bombardeo de sofisticados efectos visuales que exhibían muchas películas, las historias no estaban ni mucho menos a la altura. Y en esta tendencia es donde entra “Horizonte Final”.



En el año 2047, la tripulación de la nave “Lewis y Clark”, encabezada por el capitán Miller (Laurence Fishburne), se ve obligada a renunciar a su muy necesitado descanso para embarcarse en una nueva misión: llegar hasta la “Horizonte Final”, nave que se creía perdida desde hacía años y que ha aparecido de repente en las proximidades de Neptuno, en los confines del Sistema Solar. Acompañándoles en esta empresa está el doctor Billy Weir (Sam Neill), que les revela que, contra lo que se dijo a la opinión pública en su momento, la “Horizonte Final” fue lanzada siete años atrás para poner en práctica en un lugar seguro un motor de singularidad diseñado por él que permitiría abrir un agujero de gusano y trasladarse a un punto lejano del universo. Pero tan pronto como el motor se activó, la nave desapareció.

Al llegar a su destino, la “Lewis y Clark” se acopla a la “Horizonte Final” y el equipo de rescate
penetra en su interior para encontrarse los cuerpos de la tripulación salvajemente mutilados. El diario de abordo contiene grabaciones de gritos horrendos que parecen decir “Salvadme” en latín. Poco después, empiezan a experimentar alucinaciones que juegan con sus más íntimos temores y les impelen a suicidarse de formas grotescas. No tardan en darse cuenta de que el motor de curvatura abrió una especie de puerta dimensional a un lugar infernal y que, al regresar, la nave ha cobrado vida. Esa presencia maléfica no está dispuesta a dejar que la recién llegada tripulación escape y encuentra en el doctor Weir su presa más fácil.

El caso de Paul W.S.Anderson es digno de estudio. Ya había tocado el cine de género con “Mortal Kombat” (1995) y en los años que seguirían a “Horizonte Final” continuaría
encargándose de películas de este tipo con títulos como “Soldier” (1998), “AVP: Alien vs Predator” (2004) o “Death Race: La Carrera de la Muerte” (2008), por no hablar de que ha sido el responsable de la adaptación a la pantalla de una de las franquicias de videojuegos más exitosas de todos los tiempos: “Resident Evil”, dirigiendo cuatro entregas y produciendo otras dos (además de casarse en 2008 con su actriz principal, Milla Jovovich). A pesar de haber estado asociado con franquicias multimillonarias y haber rodado películas que han recaudado muchísimo dinero, el suyo es un ejemplo de que hacer cine a prueba de malas críticas no implica ganarse el respeto de los aficionados más serios. Sin embargo, “Horizonte Final”, aún cuando en su momento traicionó las esperanzas que despertaron las espectaculares imágenes promocionales, parece haber mantenido cierto estatus de film de culto y muchos siguen considerándola la mejor película de Anderson.

“Horizonte Final” es una película que ofrece efectos especiales y diseño de producción de
primera división, sí, pero su historia pertenece claramente al campo de la serie B. De hecho, la idea que constituía el motor de la trama ya había sido explorada unos años atrás en “La Cara Oculta de la Luna” (1990) e incluso films todavía más antiguos ofrecían ya algunos elementos muy similares, como “El Abismo Negro” de Disney o el episodio en dos partes “La Guerra de los Dioses” (1979) de la televisiva “Battlestar Galactica”. El problema es que a la hora de la verdad, la historia no tiene demasiado sentido.

Muchos blockbusters de CF de los ochenta y noventa del siglo pasado incorporaron referencias
teológicas pasados por el filtro de la metáfora y el materialismo. Ahí están las superexplotadas ideas de la penitencia o del mesías (desde “Matrix” (1999) hasta “Superman” (1978) pasando por “El Gigante de Hierro” (1999)). Pero cuando en la CF el elemento religioso se traslada de forma demasiado literal, el guión suele hacer aguas. Es el caso de “Horizonte Final”, donde nunca se termina de aclarar si la nave ha regresado literalmente del Infierno (una idea del averno como espacio físico que ya no tiene cabida en el imaginario contemporáneo) o bien se refiere a algún tipo de dimensión alienígena. Hay frases que hablan de “la maldad definitiva” o “algo infinitamente más terrorífico que el Infierno”, pero en otras ocasiones el guión juega con imaginería tradicionalmente asociada con el infierno cristiano, como extraños símbolos pintados con sangre, secciones de la nave que parecen cámaras de tortura o frases crípticas en latín (la razón por la que una tripulación anglosajona grita en latín justo cuando va a morir entre horribles tormentos es otro detalle absurdo). El guión, pues, no termina de aclararse sobre qué concepto del Infierno es el que maneja. En el cristianismo, es un lugar de castigo en cuerpo y alma para aquellos que han desobedecido las leyes del Todopoderoso, pero en la película tanto podría ser una dimensión de alienígenas o seres extradimensionales (de hecho, es imposible no pensar en “Hellraiser”, 1987).

Por otra parte, la entidad en la que se transforma el doctor Weir es casi la antítesis de la figura
de Cristo: posee poderes milagrosos y su misión es la de convertir al resto de sus compañeros a su causa pseudomística. En cuanto Anticristo, se caracteriza por su ansia de conocimientos y experiencias y debido a esto su cuerpo queda horrendamente mutilado por su propia suerte de estigmas.

Paul Anderson se ha quejado siempre de que el estudio le obligó a efectuar numerosos cortes en el proceso de edición para dejar el metraje en la hora y media. Los ejecutivos de la Paramount debieron quedarse verdaderamente escandalizados del grado de violencia (algo en
lo que también parecieron coincidir los espectadores que acudieron a pases de prueba), así que le obligaron a recortar treinta minutos de metraje en aras de obtener una calificación por edades que apelara a un público más amplio. A pesar de que durante años se habló de un posible montaje alternativo del director, lo último que se ha publicado (en 2017) es que esas escenas se han perdido para siempre. Sencillamente, en la época anterior a la digitalización la película se destruyó y las pesquisas de Anderson por todo el mundo para localizar fragmentos (a veces incluso en formato VHS) del metraje rodado y no incluido en la versión estrenada, no dieron el resultado esperado.

Es posible que de haberle dejado al director consumar su visión, la historia hubiera ganado
algo de coherencia (y de violencia sangrienta, claro). Resulta evidente, por ejemplo, que el personaje del doctor Weir fue severamente recortado. Su súbito y drástico giro en el último tercio se produce sin una explicación satisfactoria. Lo mismo puede decirse de todo lo que rodea a la puerta espacial/dimensional: la tecnocháchara que intercambian los personajes no acaba de describir lo ocurrido. También las escenas de violencia orgiástica de la tripulación de la “Horizonte Final”, bastante explícitas, fueron eliminadas. A pesar de los rumores de que se utilizaron estrellas porno y personas amputadas para causar más impacto, esos fragmentos son tan breves que es difícil hacerse una idea del tipo de pesadilla que aguarda a los tripulantes.

Dicho lo cual y a pesar del escaso y flojo guión –sea o no responsabilidad del director-,
“Horizonte Final” funciona como película de ciencia ficción terrorífica en ciertos pasajes. Es, por ejemplo, uno de los pocos films de CF espacial que se preocupa por eliminar la gravedad (aunque de forma un poco caprichosa; a veces se conecta, luego se desactiva; y mientras tenemos una descompresión explosiva cuando el personaje de Justin abre la esclusa, luego ese efecto se pasa por alto cuando la cristalera del puente se rompe). Quizá lo más interesante de la película sea su fusión de ciencia ficción dura y el subgénero de casas encantadas. Porque lo que tenemos aquí es básicamente una historia de entorno maldito en el que un espíritu malvado acecha a la gente por los corredores de una nave en vez de un caserón gótico. Es la extensión lógica de ese cuento de fantasmas espaciales que trató de ser “Solaris” (1972), pero en esta ocasión el director sabe crear auténtico suspense y el equipo de diseñadores hacen un gran trabajo construyendo decorados que combinan lo gótico con lo futurista: la “Horizonte Final” se modeló tomando como referencia la catedral de Notre Dame en París y sus siniestros corredores parecen perderse en el infinito; la forma de la cruz se puede encontrar en bastantes elementos del diseño, como también arcos abovedados y columnas. Tenemos también el motor de curvatura con la forma de una bola negra rotatoria con pinchos; el laboratorio médico como una cámara de tortura medieval; y momentos auténticamente desasosegantes, como cuando el equipo de rescate aborda por primera vez la nave y los destellos del panel de control del puente revelan las paredes cubiertas de sanguinolentos restos humanos.

Así, a pesar de las abundantes estupideces en las que incurre el guión y su moderado metraje (una hora y treinta y seis minutos), el director Paul Anderson (que más tarde se acreditaría como Paul W.S.Anderson para evitar que se le confunda con Paul Thomas Anderson, director de “Boogie Nights”, “Magnolia” o “Pozos de Ambición”) realiza un trabajo ejemplar a la hora de crear una atmósfera inquietante y crecientemente terrorífica, en parte gracias a que no existe un monstruo alienígena acechante, sino algo más inquietante aún: el tormento de los propios temores y la amenaza de la locura. Por ejemplo, la escena en la que el doctor Weir oye extrañas voces y tiene flashes de su esposa muerta mientras se arrastra por los pasadizos de mantenimiento, hará saltar a más de uno del asiento. También las tomas de efectos especiales son de factura sobresaliente, con la “Horizonte Final” surgiendo de las nubes de la atmósfera de Neptuno; el plano de apertura que retrocede desde la claraboya de la estación espacial y rota mientras recorre su gran estructura y se aleja de la órbita de la Tierra; o la toma final, en la que la sección de proa de la nave fantasma se separa con una explosión del resto y pasa a través de un anillo de llamas hacia su liberación.

En cuanto al reparto, no es que haya mucho que destacar. Los más conocidos son Laurence Fishburne, que encarna a un testarudo, eficaz y circunspecto comandante; y Sam Neill, un actor de gran presencia y que hace un buen papel como individuo con su mente en la cuerda floja durante casi toda la película. Pero al final, cuando es totalmente poseído por el espíritu maligno de la nave, se automutila de forma grotesca y recurre al asesinato y al sabotaje directo, resulta un tanto chirriante y hunde la ya de por sí débil plausibilidad de la película.

Lo cierto es que, como mencionaba más arriba, la película ha conseguido mantener cierto estatus de culto, esa imprecisa definición que tanto vale para buenas películas infravalorada
por el gran público como para truños infumables que sólo disfrutan los amantes de lo extraño. No son sus acartonados diálogos lo que recuerdan quienes la han visto, sino su extraña mezcla de ciencia ficción y terror, tomando ingredientes de “Alien” (1979), “Hellraiser”, “2001: Una Odisea del Espacio” (1968), “Planeta Prohibido” (1956), “El Resplandor” (1980) o “El Exorcista” (1973). Por supuesto, ya lo he dicho, no llega ni a acercarse a la calidad de esas cintas, pero es ese confuso revoltillo de subgéneros de terror, de la presencia de lo sobrenatural e incluso de lo religioso, lo que –junto a una buena dosis de gore- le ha permitido sobrevivir en el recuerdo de no pocos aficionados. Además, hay quien toman esos agujeros de guión y las cosas que quedan sin explicar como una virtud, interpretando esa vaguedad e indefinición como algo que contribuye a espesar la atmósfera inquietante en mayor medida que si todo hubiera recibido una exhaustiva explicación científica. De acuerdo con esta visión, lo que encuentran los astronautas en la “Horizonte Final” es una inteligencia que no pueden comprender, pero sí temer.

Al final, tenemos una película difícil de recomendar sin reservas. Nunca deja de ser una serie B con medios técnicos superiores a la media de la época y tiene serios problemas de guión, pero al mismo tiempo es efectiva como película de terror y es incluso probable que con el paso del tiempo uno guarde mejor recuerdo de ella de lo que en realidad es.



2 comentarios:

  1. Esta peli me encantó cuando la vi en su momento en el cine, que es como hay que videarla. Lo hizo porque yo no le doy mucho al Terror así que por entonces apenas había visto poco deste estilo. Luego la he vuelto a ver y es decepcionante porque sin la sorpresa todo es bastante mediocre y se ve que tiene la habitual seriedad de un guión jolibudiense, cómo meten en la nave a alguien tan tocao como el prota? Cualquier autoridad médica lo hubiera prohibido. De todos modos creo que quieres hilar demasiado fino con lo que da la peli. Está claro que nadie de la 1ª y de la 2ª tripulación entiende lo que le pasa, y por eso lo explica como puede, tirando por imaginería cristiana más o menos. Por otro lado por qué alguien no puede gritar algo en latín antes de morir, sobre todo un personaje que desconocemos totalmente y por ello no sabemos nada de sus gustos, educación, etc? En fin, es una peli para chavales, para gente poco fogueada en el Cine como las serie B de los 50 y 60, que hay que ver en pantalla grande porque no tiene sentido de otra manera porque es un film comercial típico, forma pero no fondo.

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  2. Muy buena sinopsis. A mi me gustó bastante, por esa época todo llega tarde a los cines donde vivo, o no llegaban y debí verla no recuerdo si en video o en la tele. Personalmente el tema de la poca explicación me gusta, lo interpreto como ambigüedad para mantener el interés y explicar todo en una secuela, o no, y de última quienes miramos cine no somos tan tontos, no necesitamos explicaciones literales. Es mi opinión. Tuve la desgracia de ver antes en el cine la horrible Esferas (1998) con Dustin Hoffman con una trama parecida y lógicamente, ante eso Horizonte Final (1997) pierde un poco. También pierde fuelle Hoorizonte final por ser muy, muy parecida a La galaxia del terror (1981) de Roger Corman. Pero eso es mérito para el público masivo, yo valoro bantante ésta. Saludos, buena reseña, como siempre.

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