lunes, 12 de marzo de 2018

2008- EL ÚLTIMO TEOREMA – Arthur C.Clarke y Frederik Pohl


Arthur C. Clarke, uno de los autores más importantes de la ciencia ficción del siglo XX, no era precisamente el exponente más ilustre de la prosa experimental. Su estilo no era más que una herramienta con la que construir una ventana invisible hacia lo maravilloso. Aunque su entusiasmo por el progreso científico a veces lo dejaba en evidencia con el correr de los años (la reedición de 1999 de “Secretos del Futuro”, una colección de ensayos especulativos originalmente aparecida en 1962, demuestra lo optimistas que fueron sus predicciones), sus novelas y cuentos se pueden contar entre lo mejor que ha dado el género.



En ellos, pueden distinguirse dos discursos entrelazados. Por una parte, el del poeta que dio forma a los sueños de los años cincuenta respecto al viaje espacial en una época y lugar, la Gran Bretaña de la posguerra, que trataba de levantarse de las cenizas y dejar atrás los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Si otros escritores de CF ingleses como John Wyndham o John Christopher vertieron en sus novelas la ansiedad de aquellos tiempos, las primeras narraciones de Clarke ofrecían esperanza, la posibilidad de que la Historia podía cambiarse y que la humanidad es capaz de controlar su destino. Es un sueño construido sobre la superación de los miedos de la época y la tensión entre el conservadurismo y la visión dramática del futuro. El que Gran Bretaña jugara un papel relevante en la venidera edad espacial nunca dejó de ser una fantasía, pero en su momento ofreció a muchos una ilusión acerca de cómo moldear al país que ya había dejado atrás su gloria imperial.

En segundo lugar y quizá más importante, su obra desprende un sentido del porvenir mucho más universal que el de otros autores. La reputación de Clarke permanecerá por siempre unida a una visión del futuro que asumió, años antes de que llegara a producirse en el mundo real, que el viaje espacial era posible y deseable. Muchas de sus ficciones pueden leerse como documentos históricos de la edad espacial escritos por alguien que deseaba profundamente que se hicieran realidad.

En la última etapa de su carrera, Clarke anunció repetidamente que cada nuevo libro que escribía sería el último…sólo para volver a publicar uno más. Hasta “El Último Teorema”, que
no solo fue, esta vez sí, el ultimo sino que, de hecho, apareció tras su muerte. Mientras trabajaba en la novela, su salud empezó a deteriorarse y contactó con su viejo amigo Frederik Pohl para que le ayudara. La carrera de Pohl fue de lo más variada y distinguida. Empezó escribiendo relatos cortos bajo varios seudónimos en los años treinta, editó un par de pequeñas revistas de ciencia ficción en los cuarenta, se reconvirtió en agente literario durante la segunda mitad de esa década, colaboró con otros autores en algunas de las novelas más destacables de los cincuenta, ocupó el cargo de editor de las revistas “Galaxy” e “If” en los sesenta y luego se estableció como novelista a tiempo completo en los setenta. Clarke le envió cien páginas de notas, sólo la mitad de ellas en forma de texto completo. El propio Clarke tuvo problemas para descifrar qué había escrito allí, pero aún así Pohl terminó el manuscrito y se lo envió para su revisión. Unos días después, en marzo de 2008, Clarke moría a la edad de noventa años (Pohl sólo era un par de años más joven que él y moriría en 2013, a los noventa y tres).

“El Último Teorema” sigue la vida de Ranjit Subramanian desde su adolescencia a la madurez, en lo que es un futuro cercano sin determinar. Ranjit, de etnia tamil, nace y crece en Sri Lanka. Es un muchacho dulce y estudiante perezoso en la universidad de Sri Lanka, hijo de un importante sacerdote hindú cuyas esperanzas de que siga sus pasos religiosos se ven frustradas
por la obsesión del muchacho con las matemáticas en general y la teoría de números en particular. Ni siquiera le presta mucha atención a la chica más inteligente y hermosa de la universidad, Myra de Soyza, cuando ésta se le acerca con interés.

Ranjit se obsesiona con demostrar el último teorema de Fermat, que afirma que el teorema de Pitágoras no puede aplicarse en dimensiones superiores a dos. A mediados del siglo XVII, Pierre de Fermat dejó al mundo una nota afirmando que había hallado la manera de demostrarlo, pero si llegó a escribirlo en papel, éste no sobrevivió. Su teorema, de hecho, fue luego demostrado pero utilizando matemáticas a las que el propio Fermat nunca tuvo acceso en su época. Ranjit está convencido de que el matemático no fue un bocazas presuntuoso y está decidido a probarlo. Mientras tanto, su mejor amigo, Gamini, con quien había mantenido una breve relación homosexual (que le cuesta a Ranjit el contacto con su padre, no sólo por la homosexualidad sino porque no puede aprobar las relaciones entre un tamil y un cingalés) se muda a Londres para estudiar economía y luego a un trabajo secreto en las Naciones Unidas.

Ranjit no tiene tanta suerte, al menos al principio. Mientras visita a su progenitor en el templo que éste dirige, comienza a ayudar a una familia del lugar cuyo padre está en prisión. Cuando
éste escapa, Ranjit se encuentra involuntariamente involucrado en el secuestro de un crucero turístico, y cuando las fuerzas de seguridad de la India toman el control de la situación es acusado de terrorismo, torturado y encarcelado. Durante todo el tiempo que pasa en aislamiento, logra mantener la cordura concentrando su mente en el enigma de Fermat y justo antes de que lo liberen, encuentra la solución. No pasa mucho tiempo hasta que se convierte en una celebridad y, ya casado con Myra, se embarque en una gira mundial de discursos. En el transcurso de la misma, la CIA trata de reclutarlo para un trabajo que nunca se detalla demasiado, ni a Ranjit ni al lector. Lo mismo hace Gamini para su agencia en la sombra de la ONU. Ranjit rechaza todas estas ofertas y regresa a Sri Lanka para aceptar un puesto de profesor en su antigua universidad, un trabajo en el que continuará el resto del relato y desde el que ya no ejercerá ninguna influencia sobre su cambiante entorno.

Una segunda trama de la novela se desarrolla muy lejos de la Tierra. Desde que detonara los primeros ingenios nucleares en el desierto de Nevada en 1945, el hombre ha hecho explotar alrededor de unas 1.500 armas atómicas en la atmósfera, dejando cada una de ellas una huella
de luz y radiación claramente detectable desde el espacio. Dadas las distancias estelares y la velocidad de la luz, ha hecho falta bastante tiempo hasta que alguien se diera cuenta de nuestra presencia, pero cuando lo hace la respuesta es implacable. Una especie conocida como los Grandes de la Galaxia, ordena a una de sus razas esclavas, los Unoymedios, que se dirijan a la Tierra y nos exterminen.

“El Último Teorema” parece muy consciente de su propio estatus de novela de ficción. Lo primero que encontramos en ella son tres preámbulos. El tercero es una introducción a la historia que se nos va a narrar, pero los dos primeros son fragmentos semiautobiográficos de Clarke y Pohl, quienes nos dicen que sus vivencias no sólo inspiraron esta ficción sino que de algún modo forman parte de ella. Incluso, cuando arranca la trama, la primera frase es: “Ha llegado, por fin, la hora de que conozcamos a Ranjit Subramanian, la persona en torno a cuya vida, tan larga como extraordinaria, gira todo el presente libro”, un tono, como digo, muy autoconsciente de su carácter de historia narrada y que por su intimidad se aleja bastante del estilo tradicional de Clarke. Es más, el último de los cuatro epílogos de la novela no es sino una muy breve nota sobre los propios autores, que elijen formar parte de ella en lugar de aparecer al margen como “meros” creadores de la misma.

Todo lo cual resulta bastante apropiado en tanto en cuanto “El Último Teorema”, aunque a
primera vista no lo parezca, es una novela de ciencia ficción que trata sobre la ciencia ficción; o, más específicamente, sobre la ciencia ficción de Arthur C.Clarke. Las matemáticas, claro está, juegan un papel importante en la novela (eran la gran pasión de Frederik Pohl) pero no son más que una distracción y no debería ser razón suficiente para que alguien no particularmente interesado en ellas no se acerque al libro. Los autores no pretenden desentrañar el misterio de Fermat, se limitan a insertar algunos trucos numéricos y conceptos generales pero nada particularmente complicado y sí razonablemente entretenido.

No, lo que hacen Clarke y Pohl es reciclar elementos que el primero había presentado en otras novelas anteriores. Cuando uno de los personajes dice que cierta idea fue propuesta por un escritor de ciencia ficción unos treinta años atrás, sólo explicita lo que subyace por todo el libro. El ascensor espacial apareció en “Las Fuentes del Paraíso” (1979); la carrera entre yates espaciales impulsados por velas solares está tomada de uno de los antiguos cuentos de Clarke, “Veleros Solares” (1964); y cuando por fin se revelan los alienígenas, éstos se asemejan a demonios, como en “El Fin de la Infancia” (1953). Éstos, además, son seres misteriosos, incognoscibles, que nos vigilan ocultos y se erigen en nuestros jueces, un papel que ya habían desempeñado en “2001: Una Odisea del
Espacio” (1968) o la mencionada “El Fin de la Infancia”. De una forma un tanto arrogante, el libro parece sugerir en su última parte que de haber adoptado y desarrollado muchas de las ideas propuestas por el propio Clarke décadas atrás, el mundo sería un lugar mejor, más seguro y satisfactorio; una utopía, en definitiva.

Las partes de la novela que incluyen detalladas descripciones de la vida y la sociedad de Sri Lanka son obviamente obra de Clarke (quien, de hecho, se inserta en la trama como el personaje del escritor que nunca abandona su casa). Otros detalles parecen dimanar de los intereses de Pohl, como las diversas razas de sirvientes alienígenas con pintorescos nombres. Y también hay aspectos que representan una síntesis de la sensibilidad y creencias de ambos escritores, como su constante preocupación por la sociedad humana, una sociedad que parece que nunca va a terminar de madurar lo suficiente como para convertirse en algo que merezca la pena preservar.

Quizá el problema más grave del libro resida en su estructura y su ritmo. Unos dos tercios del mismo transcurren de forma pausada, siguiendo la vida profesional y sentimental de Ranjit y cambiando el foco de vez en cuando hacia los entresijos de la política mundial. Pero en el último
tercio, una vez ha tenido lugar el primer contacto con los extraterrestres, todo se precipita y la vida de Ranjit toma un curso inesperado al que los autores dedican proporcionalmente mucha menos atención y grado de detalle que a sus andanzas estudiantiles, bastante menos interesantes desde el punto de vista de la ciencia ficción.

Y paralelamente está la parte de los extraterrestres, muy torpemente manejada. (ATENCIÓN: SPOILER) No sólo es que Clarke recicle una vez más –y ya iban unas cuantas- el antes mencionado concepto de unos alienígenas inefables y cuasidivinos en el papel de observadores y jueces de nuestra especie; es que en esta ocasión, tal y como están presentados, suenan y se comportan de una forma casi vergonzantemente pulp. Además, sus motivos para decidir nuestro exterminio por el bien del universo son cualquier cosa menos convincentes, especialmente cuando se hace evidente que todo nuestro armamento nuclear no supone una amenaza para ellos. Y para colmo, el desenlace: durante toda la novela, ambos autores habían ido aumentando el suspense alrededor de la idea de que los alienígenas viajan durante décadas hacia la Tierra enviados por los Grandes de la Galaxia para “esterilizar” el planeta de nuestra presencia; pero cuando al final llegan, justo cuando se están celebrando los primeros Juegos Olímpicos en el espacio,
todos sus comandantes cambian de opinión al mismo tiempo y se convierten en nuestros benefactores, regalándonos nuevas fuentes de energía y la inmortalidad. (FIN SPOILER). Uno no puede evitar preguntarse si era necesario tomar tanto impulso para un salto final tan mediocre. ¿O fue quizá que Pohl y Clarke, a la vista del deterioro de la salud del segundo, decidieron apresurar y acortar la resolución?

Si nos atenemos a su influencia sobre la trama, se puede decir que el protagonista del libro es más Arthur C.Clarke que Ranjit Subramanian (al fin y al cabo, nos dice el propio libro, fue un joven Clarke el que tonteando con un radar durante la Segunda Guerra Mundial, acaba llamando la atención de los alienígenas hacia la Tierra). Y es que aunque Ranjit sea el personaje central, no juega papel directo y/o relevante en ninguno de los acontecimientos que se suceden, ni siquiera es testigo de la mayoría de ellos. Los cambios políticos y sociales que acontecen en la Tierra le afectan o se narran por la televisión, pero apenas interviene en ellos, así que difícilmente puede calificársele de “héroe” de la novela.

De hecho, todo lo que resulta más interesante de la trama sucede entre bambalinas y Ranjit tiene poco que ver con ello, como la organización para la que trabaja su amigo Gamini, Pax per Fidem (Paz por Transparencia), que tiene a su disposición una superarma que deja inoperativa
toda la tecnología moderna sin matar a nadie (o, al menos, no a gran escala). El primer lugar donde se utiliza este ingenio es Corea del Norte y pronto su mera amenaza basta para neutralizar todos los conflictos entre naciones del planeta. Al final, Ranjit es un personaje atractivo –construido probablemente a partir del propio Clarke-, pero resulta tener poca o ninguna intervención en el noventa por ciento de los sucesos relevantes del libro. Incluso la resolución del problema de Fermat viene de sucesos fuera de su control. Y tras ello, Ranjit todavía tiene menos papel hasta el punto de que en la última parte del libro es su hija Natasha la que pasa a ser el centro de la historia. El problema es que tampoco ella, aunque es un personaje muy interesante y con un gran potencial, llega a ser verdaderamente la protagonista. Conocemos sus logros y peripecias a través del punto de vista del padre orgulloso que es Ranjit. En resumen, que el que los sucesos principales que acabarán dando forma al futuro sean ajenos a los actos de los personajes y que además sean descritos con cierta lejanía por terceras personas, resta intensidad a la trama y aleja al lector de los protagonistas.

Al final, “El Último Teorema” es una novela que deja sentimientos encontrados. Su estilo es ameno y no resulta aburrida, contiene especulaciones científicas fascinantes y observaciones
satíricas de la sociedad moderna. La trama de política-ficción mezclada con tecnología relacionada con Pax per Fidem y un nuevo orden mundial hubiera resultado más que suficiente para sostener por sí sola una buena historia. Además, teniendo en cuenta que los libros de Clarke jamás se preocuparon demasiado por la caracterización, los dos personajes centrales, Ranjit y Myra, están bien construidos y su relación resulta verosímil y entrañable. Sin embargo, a pesar de ofrecer muchas ideas brillantes, éstas resultan estar desaprovechadas, insuficientemente desarrolladas o directamente poco plausibles, como el que Estados Unidos, China y Rusia cooperen en el desarrollo de una superarma para luego perder el control de la misma cediéndosela a la ONU. El texto adolece también de una estructura desequilibrada, con pasajes que parecen desconectados del resto (como el secuestro de Ranjit por parte de unos piratas) y otros mal enlazados entre sí.

Tanto Pohl como Clarke han demostrado con los años ser capaces de firmar trabajos bastante poco destacables, especialmente cuando se han dedicado a alargar de forma bastante artificial sus sagas de “Pórtico” y “2001” respectivamente. “El Último Teorema” no es, en definitiva, un libro aburrido y funciona mejor que otras de las colaboraciones de Clarke con otros autores en la última etapa de su carrera. Y, desde luego, sería una novela aceptable viniendo de cualquier otro escritor con menos nombre que Clarke y Pohl. El problema es, claro, que el lector espera que de la suma de esfuerzos de dos titanes de la ciencia ficción resulte una gran obra. Y no es así. “El Último Teorema” tiene demasiados defectos como para ser considerada una gran novela. Por supuesto, si se es seguidor de Clarke y siendo éste su último libro, podría decirse que es casi lectura obligada. El autor no se reinventa en absoluto y quienes hayan leído más de su bibliografía casi todo aquí les resultará familiar. Si ese reencuentro con lo ya conocido es lo que buscan aquí, sin duda lo encontrarán. Si no es el caso y lo que se quiere es una puerta de entrada al genial escritor, habría que recurrir sin duda a alguno de sus títulos anteriores.


No hay comentarios:

Publicar un comentario