miércoles, 20 de abril de 2016

2009- LA CHICA MECÁNICA – Paolo Bacigalupi







La concesión de premios siempre es un tema polémico sobre el que rara vez hay consenso. Los críticos suelen disentir unos de otros y el público con ellos. Hay obras galardonadas que al cabo de cinco años han quedado viejas y otras que no lo son y que todo el mundo considera clásicos. Pero muy de vez en cuando, aparece algún libro en el que todos parecen ponerse de acuerdo, como fue el caso de “Neuromante” (1984), de William Gibson, que ganó el triplete de los premios más importantes del género fantástico: el Hugo, el Nebula y el Philip K.Dick. Hubo que esperar nada menos que un cuarto de siglo para que se produjera la misma conjunción, y nada menos que, como había sido el caso de “Neuromante”, en una novela de debut: “La Chica Mecánica”.



Paolo Bacigalupi sólo había escrito anteriormente algunas historias cortas, eso sí, muy bien recibidas. Dos de ellas, nominadas al premio Hugo, “The Calorie Man” y “Yellow Card Man”, prefiguraban –y, de hecho, son a todos los efectos precuelas- el futuro que constituiría la base de su primera novela, “La Chica Mecánica”, un complejo relato que ganó el Hugo, el Nebula, el Locus y el John Campbell entre otros de menos renombre. Dado que estos premios los otorgan bien aficionados, bien profesionales o críticos especializados, sin duda se trataba de una novela digna de atención capaz de conquistar con sus méritos a un amplio espectro de lectores. No sólo eso, dada la relativa juventud de Bacigalupi en el momento de su publicación (36 años), apuntaba a una bienvenida y necesitada renovación generacional en el género.

¿Cuáles son, pues, las virtudes que granjearon a “La Chica Mecánica” semejante reconocimiento? Probablemente puedan resumirse en tres: tratamiento inteligente de temas de actualidad; valentía y destreza a la hora de construir un mundo futurista; y gran capacidad como narrador, tanto en el desarrollo de la trama como en la caracterización, ambientación y uso del lenguaje. Bacigalupi construye su mundo a partir de nuestra propia realidad geopolítica, social y tecnológica, centrándose en un futuro relativamente cercano y olvidándose de las extravagancias propias de la space opera, el viaje en el tiempo y otros temas de la ciencia ficción. Ese futuro resulta verosímil en tanto extrapolación de las tendencias que hoy podemos identificar en nuestro mundo. Y hay que decir que, desde luego, la suya no es una visión muy esperanzadora.

La Expansión –tal y como doscientos años en el futuro conocerán a nuestra época- llegó a su fin hace mucho tiempo, aniquilada por el agotamiento del petróleo y la incapacidad de las fuentes de energía alternativas para sustituirlo. Ahora la humanidad vive en la Contracción, un regreso a formas de vida materiales y sociales más primitivas y mucho menos satisfactorias. El mundo tampoco ha podido regresar al agrarismo, entre otras cosas porque la industria había cambiado demasiado las cosas como para que, simplemente, pudiera deshacerse lo hecho y retroceder en la Historia. Así que los supervivientes de este futuro moribundo siguen apiñándose en las ciudades, donde barrios enteros de rascacielos han sido abandonados. La energía se extrae de la
compresión de muelles a base de pura fuerza bruta y cuya tensión, liberada de forma controlada, impulsa las máquinas, desde ordenadores a vehículos terrestres o marítimos. El transporte aéreo, extinguido hace décadas, está renaciendo ahora en forma de dirigibles. El calentamiento global ha obligado al abandono de regiones enteras del planeta debido a la elevación del nivel de los océanos. Consecuencia de todo ello fueron las guerras civiles, las revoluciones, las matanzas…que movieron las fronteras transformando el mapa político del mundo.

Peor que todo eso han sido las consecuencias que sobre el medio ambiente han tenido los experimentos genéticos de las grandes compañías. Los megodontes, elefantes de gran tamaño modificados genéticamente, se utilizan como fuerza de trabajo para retorcer los muelles antes mencionados, los gatos domésticos, entre otras especies, han desaparecido eliminados por una nueva especie felina camaleónica creada en algún laboratorio que se ha convertido en una plaga. La manipulación genética de los cultivos ha aniquilado especies vegetales enteras y, peor aún, creado plagas que han arrasado ecosistemas de inmensas regiones del planeta y degenerado en virus que matan a millones de personas. Dada la capacidad de éstos para mutar continuamente y
que buena parte del conocimiento genético es custodiado celosamente por compañías privadas, resulta muy difícil acabar con esas letales enfermedades, un fantasma muy real al que todos temen y contra cuya expansión los gobiernos deben tomar medidas radicales y muy crueles.

El derrumbe del ecosistema global ha provocado la consiguiente ruina de la agricultura y, por tanto, hambrunas generalizadas. La mayor obsesión de los agrónomos es cómo proporcionar comida a la población, porque el mercado de la alimentación ha quedado en manos de grandes compañías multinacionales, únicas proveedoras de preparados artificiales o especies modificadas genéticamente. La dependencia de ellas es casi total y el descontento de muchos ha dado lugar incluso a movimientos globales de corte místico que abogan por una vuelta radical a la Naturaleza.

Al comienzo de libro, sin embargo, existe la sensación de que el mundo podría estar al borde de una nueva Expansión. Nuevos desarrollos tecnológicos en el transporte marítimo y aéreo y el consiguiente aumento del comercio internacional hacen pensar a algunos que las cosas están cambiando. Pero no todos están de acuerdo en lo que ese cambio puede conllevar.

Anderson Lake es un espía a sueldo de AgriGen, una compañía de ingeniería genética, que vive en Bangkok bajo la fachada de gerente de una ruinosa empresa que fabrica muelles. Su verdadera y secreta misión es la de encontrar nuevos especímenes vegetales, ya que Tailandia, que ha seguido siendo ferozmente independiente del resto del mundo, cuenta con una inusitada riqueza biológica que sólo puede explicarse por la existencia de algún genio de la genética trabajando en
las sombras y protegido por el gobierno. Los tailandeses siguen consumiendo alimentos naturales que en el resto del mundo están extintos desde hace años. Además, Lake debe encontrar la forma de contactar con el gobierno y proponerle un trato para que AgriGen pueda beneficiarse del banco genético del país. Por el momento, le sigue la pista a una nueva fruta, llamada ngaw, que se vende en los mercados y que probablemente es producto de la ingeniería genética.

Entonces, Lake conoce para su desgracia a Emiko, la Chica Mecánica del título. Se trata de una criatura fruto de la ingeniería genética japonesa, originalmente diseñada para satisfacer las exigencias de los hombres como secretaria, amante y ayudante personal de individuos pudientes. Tras ser abandonada por su benefactor durante un viaje de negocios en Bangkok, ha quedado reducida a esclava sexual en un tugurio de mala muerte. Legalmente se la considera un objeto y su dependencia de uno de los capos del submundo de Bangkok se explica por las particulares necesidades de su biología artificial: su piel se diseñó tan suave que carece prácticamente de poros y no puede sudar, por lo que cualquier actividad física puede sobrecalentarla hasta la
muerte. Por tanto, sólo puede sobrevivir en ambientes controlados y a base de consumir abundante agua muy fría (algo no tan fácil de conseguir en un mundo en el que las fuentes de energía son un lujo). Además, los movimientos sincopados que realiza en sus movimientos corporales y que no puede impedir, le hace imposible pasar desapercibida entre auténticos humanos.

Emiko sólo desea una cosa: la libertad, y utiliza a Lake para acercarse a ese sueño. Sin embargo, y aunque ella misma lo desconoce, su cuerpo esconde un asombroso potencial para la violencia que sacudirá completamente los cimientos no sólo de la vida y planes de Lake, sino el delicado equilibrio sobre el que se sustenta el gobierno de Tailandia. El involuntario despertar de los “poderes” de Emiko pondrá en marcha una cadena de sucesos que culminará con un cataclismo que, al menos para el país asiático, supondrá al tiempo un final y un nuevo comienzo.

Lo primero que llama la atención de la novela es la elección de la ciudad en la que se ambienta. En lugar de situar la acción en algún distante planeta o una futurista urbe al estilo del Los Angeles de “Blade Runner”, Bacigalupi elige una ciudad asiática en un estadio postindustrial y decrépito ¿Por qué Bangkok y no las tradicionales Nueva York o Londres? La capital de Tailandia, como Hong Kong u otras grandes capitales de la nueva Asia, es un crisol de lo tradicional y lo moderno, de lo exótico y lo familiar. El feng-shui y el budismo son tan importantes para sus ciudadanos como internet o la realidad virtual y junto a rascacielos de última generación se apiñan pequeños templos donde los estudiantes queman palillos de incienso venerando a los espíritus de sus
antepasados antes de acudir a la tienda Apple más cercana…. Es un cosmos vibrante, desconcertante, un batiburrillo que no debería existir…pero que lo hace.

Además, Tailandia, el antiguo reino de Siam, es una nación fuerte, con una rica historia, que tiene a gala no haber sido sometida nunca a la influencia colonial. Descendiente de un antiguo y agresivo imperio, su espíritu nacionalista le ha granjeado conflictos con sus vecinos, pero en el futuro planteado en la novela también ha sido lo que la ha salvado del cataclismo ecológico que se ha abatido sobre el resto de naciones de la región. A ello se añade una accidentada trayectoria política, con gobernantes corruptos, un ejército poderoso siempre con un pie en el poder y, sobre todos ellos, la figura del monarca, por la que el pueblo siente auténtica veneración y que constituye la razón de la estabilidad nacional.

Todos esos aspectos se hallan presentes de una u otra forma en la novela, en la que se describe el Bangkok futurista como una urbe densa, decrépita, vibrante y sensorialmente exuberante. El sudor, los perfumes, el calor y la humedad, los colores y los sonidos confluyen y se materializan en texturas palpables y omnipresentes al estilo de una de las novelas de ambiente colonial que
firmaran Graham Greene o Somerset Maugham. La ciudad misma se convierte en una metáfora de la condición humana: es sofocante, opresiva, demasiado húmeda…todo parece estar a punto o bien de fundirse o bien de derrumbarse.

La tecnología y cultura imperantes en la Contracción están bien descritas mediante pequeños detalles, como el que los ciudadanos de ese futuro consideren a los escasos y toscos automóviles impulsados con motores de gasolina como máquinas espantosamente rápidas. A lo largo de la trama, los personajes se mueven por diferentes ambientes y estratos sociales de la ciudad, desde los bares a los que acuden los expatriados occidentales a los barrios populares, de los decrépitos bloques de la época de la Expansión en los que se apiñan los inmigrantes malayos de raza china (expulsados violentamente de su país por fundamentalistas islámicos) hasta los clubs nocturnos… añadiendo complejidad y riqueza al entorno urbano de la novela.

Bacigalupi, además, introduce alusiones, comentarios de pasada en los diálogos, que sugieren la riqueza del mundo que se extiende más allá de Tailandia: las masacres islámicas en Tailandia, la caída del gigante chino y la ruina de la India, los movimientos fundamentalistas americanos, los enigmáticos japoneses y sus herméticas cultura y tecnología, las referencias a las pasadas
Guerras del Carbono, la destrucción en un ataque terrorista de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard… Son pinceladas que lanzan un anzuelo a la curiosidad del lector y abren puertas a ampliar la novela con secuelas o historias cortas que exploren ese mundo del futuro.

Pero es la dinámica e impredecible interacción entre los componentes del rico reparto de personajes lo que constituye el aspecto más absorbente del libro. “La Chica Mecánica” es una historia sin héroes, aunque varios de los personajes se perciban a sí mismos como tales en algún momento. Los protagonistas, son complejos y verosímiles en tanto en cuanto están lastrados por defectos, secretos, obsesiones y miedos. Con la posible excepción de Jaidee y Kanya –que, a su vez, son también individuos muy cuestionables moralmente en ciertos aspectos- nadie parece albergar la más mínima preocupación por el prójimo aunque esto no los convierta en villanos.

A su corrupta y mercenaria manera, Anderson Lake es un sujeto sensible a la belleza del mundo botánico, lo que da sentido a la atracción que siente por alguien tan hermoso y sentimental como Emiko. El capitán Jaidee, héroe popular conocido como el Tigre de Bangkok, comanda los Camisas Blancas, una fuerza de choque del Ministerio de Medio Ambiente encargada de proteger al país de las intrusiones biológicas del exterior; es un individuo al tiempo insigne y corrupto, valiente pero insensato, leal a sus ideales pero tan inflexible que acaba causando su desgracia y la
de los suyos. Su segunda al mando, la eficiente y taciturna Kanya Chirathivat, vive atormentada por un terrible secreto que a lo largo de la novela le causa profundos dilemas existenciales acerca de su auténtica lealtad…

El chino-malasio Hock-Seng, supervisor de la fábrica de Anderson Lake, es, en cambio, una especie de reverso oscuro de Jaidee: ladino, manipulador y traidor, no tiene más ideal que su propio beneficio. Pero su motivación no es la maldad o la codicia, sino el terror a que se repita en Tailandia lo que ya tuvo que vivir en su nativa Malasia: la pérdida de su familia, su riqueza, su condición social y hasta su propia humanidad. Su cobardía, el impulso de sobrevivir a toda costa, de recuperar parte de su dignidad perdida, hace de él un personaje fascinante y ambiguo al que uno no sabe si condenar o compadecer. A ellos se suman hombres de negocios occidentales que operan en la sombra, señores del crimen, proxenetas, soldados, ministros… Y, por supuesto, Emiko, una refrescante variante del paria de naturaleza noble, (ATENCIÓN: SPOILER) una figura trágica que de la resignación autocompasiva pasa a convertirse en la madre de toda una
nueva estirpe destinada a suceder al Homo sapiens como especie dominante del planeta (FIN SPOILER).

Emiko es la que más se aproxima al estereotipo heroico, pero ello es más por su firme determinación de alcanzar la libertad que por la defensa de cualquier otra virtud personal o colectiva. De hecho, ella tiene pocas razones para querer defender a los humanos. Su papel en la novela comienza siendo anecdótico, un toque de bello exotismo erótico en un mosaico mucho más amplio. Pero pronto crece como personaje gracias a que, pese a haber sido creada y adiestrada para ser una esclava, tiene la capacidad de comprender que debe haber algo mejor que la vida que se ve obligada a llevar, y la fortaleza emocional para anhelar y perseguir su sueño. Ese rasgo tan humano que encuentra en su interior hace que también trace un límite a la cantidad de abusos que puede soportar. Cuando la cruza, se convierte en el catalizador del terremoto político que acaba destruyendo la ciudad, una tragedia a la que asiste indiferente.

Ha habido quien ha encontrado deprimente este plantel de personajes imperfectos, pero lo cierto es que resulta coherente con el distópico futuro descrito por el autor. En nuestro mundo occidental
contemporáneo, las comodidades y seguridades de las que disfrutamos hoy –al menos por el momento y puede que no por mucho tiempo-, nos permiten desviar nuestra atención y desvelos desde nuestra propia persona y familia hacia el exterior. En un mundo en el que las necesidades básicas no estén cubiertas y la perspectiva de mejora material y social sea mínima, el código moral de la población sin duda pasa a un segundo plano respecto a la pura supervivencia.

Ciertamente, algunos pasajes del libro provocan incomodidad por su perversa intensidad, como es el caso de los abusos sexuales a los que Emiko se ve sometida cotidianamente. Aunque Bacigalupi no recurre al sexo de forma gratuita ni con ánimo de provocar, tampoco huye de ello. El futuro es desagradable, incluso horrible, para quienes viven en él, y el autor no tiene inconveniente en mostrarlo con toda su crudeza. Si, por el contrario, hubiera optado por evitar los momentos más escabrosos de su vida (las violaciones, humillaciones, maltratos, traiciones y chantajes), el personaje habría perdido buena parte de su fuerza y su autosuperación y liberación no tendría el significado e intensidad emocional. Puede que el lector se sienta incómodo y molesto en algunos momentos de la novela, pero si eso no le impide continuar leyendo se sentirá más próximo a las tribulaciones emocionales de los personajes, se dejará llevar por ellos y se congratulará o lamentará por lo que el destino –y el escritor- les depare al final de la historia.

La estructura narrativa del libro está construida a base de desarrollar individualmente en cada capítulo la trama de cada uno de los principales personajes. Ello aporta no sólo agilidad, sino también diferentes perspectivas de ese mundo del futuro, conformando un tapiz en el que se
entrelazan hebras de ambición, política, lujuria, corrupción y desesperación. Es cierto que, mientras se van tejiendo las intrigas políticas y especialmente al principio, el ritmo es lento y la trama difusa –en el primer tercio no pasa prácticamente nada de relevancia-, pero conforme las acciones de unos personajes influyen y actúan de catalizadores de las de los demás, la historia cobra cada vez mayor pulso hasta que todo converge en un final explosivo. Como punto negativo cabría destacar lo innecesario, por reiterativo, de algunas descripciones y reflexiones internas de los personajes

Está claro que la novela constituye una feroz crítica a lo que las actuales compañías alimentarias –Monsanto es el ejemplo paradigmático-, pueden llegar a provocar con su codicia e ignorancia de las consecuencias de sus experimentos: expolio de la riqueza biológica de países enteros, creación de seres mutantes imposibles de exterminar, plagas, empobrecimiento genético, hambrunas…

Por otra parte, el libro expone con acierto el tipo de maniobras que realizan las grandes
multinacionales con el fin de mantener en una situación de dependencia a todo un país y a sus habitantes como rehenes. De ellas depende, por ejemplo, el mantenimiento de las compuertas que impiden que el mar –cuyo nivel, como dijimos, había subido en los últimos doscientos años- engulla a Bangkok, lo que significaría el fin del gobierno tailandés. Igualmente grave es el hecho de que plantar una cosecha o criar ganado tal y como se hacía en el siglo XX se haya hecho imposible. Las semillas y animales naturales no fueron lo suficientemente fuertes como para resistir las pesadillas genéticas que asolaron la Tierra. Todo lo que existe ahora son alimentos, vegetales y animales, diseñados por las multinacionales, y que están dispuestos a vender al precio que ellos marquen. Si el país en cuestión paga, no hay problema; si no, llega el desabastecimiento, la hambruna, las revueltas, la barbarie, el genocidio, la revolución y la consecuente e inevitable caída del gobierno.

En el caso de Tailandia, a la vista de tal situación, existen profundas divisiones y luchas entre el Ministerio de Medio Ambiente, encargado de impedir la entrada de productos foráneos potencialmente contaminados, y el de Comercio, que quiere alentar las importaciones y está dispuesto a dejarse sobornar por los “demonios extranjeros”. Es un conflicto no sólo ideológico, sino de poder entre los líderes de ambas instituciones. Para lograr la supremacía, unos y otros recurren al soborno, el chantaje e incluso el asesinato.

Pero, con toda la crudeza con la que expone sus argumentos, Bacigalupi consigue evitar el sermón fácil al tiempo que avisa sobre lo que puede suceder cuando los productos básicos –en este caso la
comida- llegan a ser tan difíciles de obtener que cierta gente hará cualquier cosa por controlarlos. No hay moralina, afán didáctico ni dedos que señalen el camino correcto; y quizá por eso resulte tan convincente.

Ese mensaje de advertencia contra un futuro en el que el poder no resida en los gobiernos sino en las multinacionales y en el que éstas controlen de forma privada una tecnología cuyas consecuencias pueden afectar al ecosistema de todo el planeta no es lo único sobre lo que “La Chica Mecánica” anima a reflexionar. El tortuoso viaje personal de Emiko suscita otras cuestiones. ¿Somos capaces de superar nuestra programación original? Los humanos también estamos programados, aunque sea genéticamente. ¿Podemos realmente sobreponernos a la dictadura de la biología? Si es así, ¿bajo qué circunstancias? La lucha de Emiko lanza un mensaje de esperanza en un mundo muy necesitado de ella: en nuestro interior hay un potencial oculto esperando a que venzamos nuestros miedos para manifestarse.

Ese mensaje de redención que encarna sobre todo Emiko se extiende también a otros personajes.
Los “ganadores” aquí son aquellos que logran sobrevivir con su integridad moral intacta, mientras que aquellos que comprometen alegremente los pocos principios que puedan tener, acaban siendo engullidos por el torbellino que ellos mismos provocan. Aunque quizá lo más inquietante y digno de reflexión del libro no sea el retrato de un mundo post-capitalista sin fuentes de energía baratas, sino lo poco que sus habitantes han aprendido de la Historia. Mientras todo se colapsa a su alrededor, siguen luchando entre ellos por el dinero, el poder y la ideología en lugar de unirse para resolver los problemas.

“La Chica Mecánica” es un gran thriller bio-punk repleto de protagonistas apasionantes, un libro complejo que no complicado, vívido y absorbente. Puede que cueste un poco entrar en su mundo ya que el autor no brinda demasiadas concesiones, pero una vez que se consigue la inmersión es completa y ya no puede abandonarse la lectura. Sin duda, una de las novelas más interesantes de la ciencia ficción moderna.


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