martes, 12 de abril de 2016

1979- BUCK ROGERS EN EL SIGLO XXV


En los años setenta del pasado siglo, los miedos asociados a la Guerra Fría empezaban a difuminarse al mismo tiempo que la llegada de Estados Unidos a la Luna en 1969 diluyó la fascinación del país –y, en realidad, de casi todo el mundo- por la carrera espacial. Así, las posibilidades y riesgos potenciales de la investigación científica fueron motivo de menos interés en el imaginario social de lo que lo habían sido diez años atrás. Ello es sin duda uno de los factores que hicieron que las producciones televisivas de CF fueran tan escasas a comienzos de la década.

Hubo, claro, otros factores. La fallida intervención de Estados Unidos en Vietnam, la crisis energética y el Watergate se combinaron con el temor cada vez más extendido a las consecuencias de la superpoblación y la contaminación ambiental para suscitar un sentimiento de cinismo y pesimismo acerca de lo que aguardaba en el futuro. En el cine de CF, ello se tradujo en una cadena de películas distópicas entre las que podemos citar “La Naranja Mecánica” (1971), “El Último Hombre…Vivo” (1971), “Naves Misteriosas” (1972), “Cuando el Destino nos Alcance” (1973) o “Zardoz” (1974). En la televisión norteamericana, menos proclive a amargar a sus espectadores con semejantes visiones del futuro, el resultado fue la casi desaparición de los programas de ciencia ficción.

La situación era algo mejor en la televisión británica, aunque también es verdad que la serie más importante de la década fue el “Doctor Who”, que no era sino un superviviente de los sesenta. Entre las nuevas series que los ingleses pudieron ver en sus pantallas estuvieron “UFO” (1970-71), “Espacio: 1999” (1975-77) y, ya al final de la década, la interesante “Los 7 de Blake” (1978-81).

El inesperado e inmenso éxito comercial de “Star Wars” en 1977 cambió completamente no sólo el panorama cinematográfico, sino también el televisivo. A su sombra nació, por ejemplo, “Battlestar Galáctica” (1978-79). La favorable acogida de ésta en la ABC llevó a su vez a la NBC a revivir un clásico del género: “Buck Rogers en el Siglo XXV”.



Buck Rogers fue un personaje creado a partir de dos novelas cortas, “Armageddon 2419 AD” (1928) y “The Airlords of Han” (1929), publicadas en la revista pulp “Amazing Stories” y escritas por Phillip Francis Nowlan. No se trata de una lectura demasiado recomendable a día de hoy, atrapadas como están entre la space opera grandilocuente del estilo de EE.”Doc” Smith y un desagradable racismo hacia los chinos, quien aquí adoptan el papel de perversos villanos en vez de recurrir a alguna exótica raza alienígena. Esos relatos, sin embargo, sirvieron de base para la creación de Buck Rogers en su primera encarnación como tira de comic para la prensa, un amplio recorrido que comprende desde su debut en 1929 hasta su cancelación en 1967 y del que ya hablamos en su entrada respectiva.

Más que las novelas de Nowlan, fue la tira de comic la que fijó la imagen popular del personaje como valiente héroe ataviado con un casco de aviador y armado con una pistola de rayos que recorre el sistema solar a bordo de cohetes de estilizado diseño. A raíz del éxito de los tres seriales de Flash Gordon protagonizados por Larry “Buster” Crabbe, se produjo uno de
Buck Rogers –al que dio vida el mismo actor- en 1939. Hubo también una ya olvidada serie televisiva (1950-51) y un programa radiofónico que se emitió desde 1932 a 1947.

No deja de ser irónico que “Star Wars” fuera el resultado final del intento de George Lucas de rodar una película de Flash Gordon o Buck Rogers, cuyos seriales tanto había disfrutado él en su infancia. Al encontrar los derechos de adaptación de ambos personajes demasiado caros, decidió escribir su propia space opera, a raíz de cuyo éxito se produjeron, a su vez, revivals de los dos héroes espaciales: por una parte, el film de Dino de Laurentiis sobre Flash Gordon en 1980; y, por otra, la traslación que el productor Glen A. Larson realizó a la pequeña pantalla de las aventuras de Buck Rogers (1979-1981).

Glen A.Larson fue sin duda uno de los grandes productores de la televisión norteamericana. Además de “Buck Rogers”, en el ámbito de la ciencia ficción creó
la “Battlestar Galactica” original y “El Coche Fantástico”, así como los menos exitosos pero muy apreciados por cierto sector de la audiencia “Manimal” y “Automan” (lanzó también otros programas pertenecientes a otros géneros, como “Magnum” o “Nancy Drew”). Aunque se le acusaba de aprovecharse del éxito de otros productos (como “Star Wars”), Larson siempre afirmó que él sólo daba a los espectadores lo que pedían. Y, dado el nivel de popularidad que alcanzaron sus series, es difícil discutírselo.

En este caso, Larson había heredado un proyecto puesto en marcha un año antes por otras personas. La fiebre de la CF había animado a los estudios Universal a planear una nueva serie protagonizada por Buck Rogers y dirigida por los productores Andrew J.Fenady y Richard Caffry. Dado que se pensó como algo muy cercano a “Star Trek”, con Buck Rogers ejerciendo de explorador galáctico a bordo de una nave, se llamó a guionistas que habían trabajado para aquella serie mítica, como D.C.Fontana o David Gerrold, pero la iniciativa acabó finalmente en manos de Glen A.Larson y su colega en “Battlestar Galactica”, el productor Leslie Stevens.

Ambos trabajaron para desarrollar no una serie televisiva, sino una película, con valores de producción más ambiciosos (se contrató, por ejemplo, al magnífico ilustrador conceptual Ralph McQuarrie, que ya había trabajado en superproducciones como “Star Wars” o “Encuentros en la Tercera Fase”). Universal, no obstante, rechaza la idea y ésta se reconvierte como serie de tres telefilmes para la NBC cuando un cambio en la cúpula directiva de la cadena lleva a la anulación del proyecto. Estaba siendo un recorrido
demasiado accidentado y las perspectivas no eran en absoluto halagüeñas. Pero entretanto, ya se había rodado el episodio piloto y, a la vista de lo que el equipo de Larson había conseguido, Universal reconsidera su primera decisión y decide estrenarlo en salas comerciales en marzo de 1979 realizando algunos cambios (nuevo tema musical, el redoblaje de algunos diálogos demasiado infantiles y la adición de algunas escenas).

No obstante y a diferencia de lo que había ocurrido con la película de “Battlestar Galáctica”, la proyección de “Buck Rogers en el siglo XXV” en pantalla grande dejaba bien a las claras su origen televisivo y los límites presupuestarios que coartaban los valores de producción. Los efectos y los duelos entre naves espaciales están competentemente realizados, pero las costuras se hacen visibles, por ejemplo, en el interior de la nave draconiana (micrófonos que asoman por el extremo del encuadre, la actriz supuestamente desnuda pero que ostensiblemente lleva un mono…). Lo peor, sin embargo, es su forzado intento de estar a la moda, lo que, claro está, la dejó pasada de moda en poco tiempo. La mezcla de humor y erotismo que en el salón de casa resultaba entretenido, perdía buena parte de su atractivo al formar parte de un film de larga duración por el que había que pagar una entrada y del que se esperaba más de lo que ofrecía. Le sobraban erotismo y humor baratos y le faltaba inteligencia. En este sentido, el film de “Flash Gordon”, que seguía una línea similar, funcionó considerablemente mejor.

Sea como fuere, la maniobra salió mejor que bien: sobre un presupuesto de 3,5 millones de
dólares, la película recaudó más de 21 millones. La NBC no necesitaba ningún argumento más para contratar la serie, que empezó a emitirse en septiembre de 1979, arrancando con un capítulo doble que no era sino la película –eso sí, sin las modificaciones que se habían introducido para su estreno en salas-.

La premisa original que planteaba el comic de Buck Rogers comenzaba con un antiguo piloto de las fuerzas aéreas estadounidenses que se veía afectado por un extraño gas tóxico mientras investigaba en el pozo de una mina abandonada cerca de Pittsburgh. Sumido en una especie de letargo durante quinientos años, despierta en el siglo XXV para encontrarse con un mundo amenazado por los orientales. En la serie, por el contrario, Buck (Gil Gerard) era un astronauta que, en 1987, es lanzado en una misión de exploración del espacio profundo. A
consecuencia del paso de un cometa, su cohete se desvía de la trayectoria prevista y él queda congelado durante cinco siglos antes de ser encontrado, despertado y devuelto a la Tierra por una nave Draconiana que se dirige a nuestro planeta para firmar un tratado. Al mando de la misma se halla la malvada pero bella Princesa Ardala (Pamela Hensley), que trata de seducir a Buck. Cuando éste llega a la Tierra, se encuentra con que los últimos restos de la civilización sobreviven en una ciudad protegida por una cúpula y rodeada por los restos de un holocausto. A partir de ese momento, Buck y sus nuevos compañeros terrestres se verán envueltos en el conflicto entre la Tierra, los Draconianos (deliberadamente diseñados como orientales, al estilo de los mongoles, un guiño al racismo inherente a la primera época de la tira de comics) y otras amenazas alienígenas.

Además de Buck y su compañera, la coronel Wilma Deering (Erin Gray), otros personajes
regulares fueron el científico doctor Huer (Tim O´Connor) e, inevitable en cualquier serie de CF de la época, un pequeño robot como contrapunto humorístico: Twiki, cuya vibrante voz era (en la primera temporada y parte de la segunda) era la del gran Mel Blanc, más conocido por dar voz a personajes de animación de la Warner como Bugs Bunny. Por la serie desfilaron una destacable sucesión de estrellas invitadas, como el propio Buster Crabbe (quien, a sus 71 años, salió de su retiro para interpretar a un anciano brigadier), Ray Walston, Frank Gorshin, Cesar Romero, Julie Newmar (estos tres, villanos en la sesentera serie de “Batman”), Roddy McDowall, Jamie Lee Curtis o Jack Palance.

Es una pena que “Buck Rogers en el siglo XXV” se planteara como un intento de aprovechar el éxito de “Star Wars” en lugar de tratar de recuperar el espíritu más nostálgico de la tira de comic. Poco quedó en la serie del personaje de las viñetas–algo que, de todas formas, también ocurrió con el serial de los años treinta-. La entrada en la serie del productor Bruce Lansbury (hermano de la actriz Angela Lansbury) ya en los
primeros episodios no hizo sino empeorar las cosas, al menos para los amantes del género en su forma más pura. Productor de éxito que había llevado al estrellato series como “Misión Imposible” o “Jim West”, no sentía el menor interés por la ciencia ficción. Su filosofía era ofrecer historias sencillas que pudieran funcionar bajo los parámetros de cualquier género, protagonizadas por personajes sin matices interpretados por actores atractivos. Con todo ello pretendía llegar al mayor número posible de espectadores y no sólo a los –minoritarios- aficionados de la ciencia ficción. Ello, por supuesto, implicaba nivelar el contenido intelectual al mínimo común múltiplo.

No puede extrañar que los puristas se rasgaran las vestiduras, pero “Buck Rogers en el siglo XXV” era, sin duda, un héroe típico de los ochenta. En lugar del virtuoso adalid de los comics de los años treinta, Gil Gerard daba vida a un tipo descarado en la línea de
Han Solo: valiente pero irreverente, virtuoso pero cínico, capaz y al mismo tiempo amigo de la diversión, y que se negaba a tomarse en serio la frialdad computerizada de la sociedad del futuro.

Tampoco es que la serie se tomara en serio a sí misma, todo lo contrario. Pretendía solamente ser un entretenimiento escapista con un estilo visual y unos efectos especiales llamativos que, como en el caso de “Battlestar Galactica”, se beneficiaban de las nuevas técnicas desarrolladas por Lucas para “Star Wars”. Sin embargo, mientras que “Galactica” trataba de recuperar la grandeza épica de relatos como “La Odisea” o “La Biblia”, “Buck Rogers” era pura cultura pop: banal y tan efervescente como efímera. Además, los creadores del programa se aprovecharon de la permisividad erótica que
traían los nuevos tiempos para proporcionar al héroe una nueva arma con la que enfrentarse a los ratings de audiencia: el sexo, encarnado en la figura de la actriz Erin Gray, quien interpretaba a la sofisticada compañera de Buck, Wilma Deering, siempre ataviada con ajustados monos de licra brillante; o la Princesa Ardala, modélica mujer fatal cuyos escasos modelitos hacían olvidar al héroe –y a muchos espectadores- que su meta era la destrucción de la especie humana.

Desde un punto de vista objetivo, hoy se puede encontrar poco material salvable en la serie. Puede que a finales de los setenta, cuando la CF espacial comenzaba a despertar de su letargo y aún había pocos productos que ofrecer al siempre agradecido aficionado infantil, causara impacto, pero hoy no sólo su aspecto visual ha quedado
caduco, sino que demasiados de sus guiones resultan no sólo absurdos, sino hasta reaccionarios. Es el caso, por ejemplo, de “Space Rockers”, en el que se retrata al rock (bueno, más bien una especie de tecno-pop sin letras) como una música que ejerce una perversa influencia sobre la juventud y en el que el villano es un productor discográfico que utiliza los conciertos de un grupo para convertir a los adolescentes en anarquistas violentos.

Si uno echa un vistazo a algunos de los títulos de los episodios puede hacerse una idea de la calidad del material: “El Planeta de las Chicas Esclavas”, “Las Vegas en el espacio”, “El Niño Prodigio Cósmico”, “Crucero a las Estrellas”, “El Planeta de las Mujeres Amazonas”… Otro episodio que ejemplifica bien el tono de la serie es “Escape de la Felicidad Matrimonial”: la
Tierra está en peligro porque la malvada Princesa Ardala (ataviada, claro está, con su lencería brillante y una tiara) ha declarado que utilizará una superarma para destruir Nueva Chicago a menos que Buck acceda a casarse con ella –y así poder colocarle un “collar de obediencia”-. Cuando llega a la Tierra para encontrarse con su futuro esposo, los terrícolas la agasajan con un popular “baile tradicional” que resulta ser…¡disco skating!”. Y por si ello no fuera suficiente para hacer saltar las lágrimas del espectador moderno, éste puede ver tras la Princesa a dos soldados lucir sus uniformes gay, hechos de poliéster blanco y con brazaletes de arco iris.

En general, ése es el problema de la serie: ha quedado tan anclada en su tiempo que hoy sólo
puede verse como producto kitsch con el que arrancar sonrisas abochornadas por lo anticuado que resulta. Gil Gerard resulta petulante hasta la irritación con su despliegue de mal entendida masculinidad, el robot supuestamente ingenioso acaba siendo insufrible, las referencias a las modas del momento son hoy risibles (el disco-dancing, los peinados cardados, los brillos y lentejuelas…), el tratamiento del género es cínico y el humor, que se derivaba en buena parte del choque cultural entre el pasado de Buck Rogers como hombre del siglo XX y su nuevo entorno de quinientos años después, tenía un recorrido muy limitado.

Con todo y en un primer momento, la serie obtuvo un considerable aunque efímero éxito. En Inglaterra, por ejemplo, donde se estrenó en agosto de 1980, reunió una audiencia de 9.9 millones de espectadores frente a los 9 millones del “Doctor Who” (entonces en su última temporada con Tom Baker). La razón de ese éxito temporal probablemente no residía tanto en el humor de la serie, sino en sus efectos especiales y en unos personajes estereotipados con los que muchos espectadores podían identificarse, en parte porque no eran más que transposiciones casi sin adulterar de las modas de la época a un entorno futurista.

Si en su primera temporada la serie ya había explotado su lado más camp, alguien debió darse
cuenta de que esa vena tenía un límite y Buce Lansbury dejó paso a John Mantley, otro veterano productor en cuyo currículo figuraban muchos episodios de “La Ley del Revolver” o “La Conquista del Oeste”. Fue él quien, cuando se inició la segunda temporada en la primavera de 1981 (tras una huelga de actores que impidió su arranque en el otoño de 1980), introdujo cambios sustanciales tanto en la premisa como en los personajes: en lugar de pasar la mayor parte del tiempo en la Tierra con el doctor Huer, Buck y Wilma pasan a formar parte de la tripulación de la nave “Searcher”, cuya misión es explorar la galaxia buscando a los descendientes de aquellos que abandonaron siglos atrás la Tierra escapando del “gran holocausto” que se produjo poco después de que el cohete de Buck despegara en el siglo XX. De este modo, la serie trasladaba su énfasis de la invasión alienígena a la exploración espacial.

El Searcher estaba comandado por el Almirante Asimov (Jay Garner) y otros miembros de la tripulación incluían al excéntrico doctor Goodfellow (interpretado con sufrida dignidad por Wilfrid Hyde-White); y el nuevo compañero de Buck: Hawk (Thom Christopher), último superviviente de una raza de hombres-pájaro, que parece sacado de una juerga de los Village People. Aunque el robot Twiki seguía formando parte del reparto (con una voz todavía más estúpida que en la primera temporada), el personaje “artificial” más importante de este segundo año era Crichton, un ordenador tan sofisticado que despreciaba a los humanos y no podía creer que hubiera sido creado por ellos.

Sin embargo, a pesar del cambio de orientación de la segunda temporada, con una mayor
presencia de los viajes espaciales y nuevos personajes, la serie ya había tocado techo. Tras sólo trece episodios, fue cancelada en abril de 1981.

El fenómeno de las series televisivas inspiradas en “Star Wars” no duró mucho. “Battlestar Galáctica” no superó la primera temporada y “Buck Rogers”, con sus treinta y siete episodios, sobrevivió tan sólo un poco más. La ciencia ficción volvió a descender a niveles mínimos en la televisión hasta que en 1987 acudió al rescate “Star Trek: La Nueva Generación”, propulsando al género en la pequeña pantalla a una nueva dimensión de la que todavía hoy nos beneficiamos.




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