miércoles, 4 de junio de 2014

1942- GRAN CAÑÓN - Vita Sackville-West

Imaginar líneas temporales en las que Alemania emergía victoriosa de la Segunda Guerra Mundial ha sido una idea tan recurrente entre los autores de ciencia ficción que casi se puede hablar de subgénero propio. Pero lo cierto es que el miedo a los ejércitos alemanes ha sido algo que se remonta más atrás aún, quizá hasta la guerra Franco-Prusiana de 1870-1871. Ingleses y franceses se recrearon desde entonces, con una mezcla morbosa de temor y fascinación, (Julio Verne incluido, en su recomendable “Los Quinientos Millones de la Begún”) en fantasear con relatos en los que o bien las tropas teutonas invadían sin resistencia sus territorios, o bien era la propia sociedad alemana la que se convertía en centro de una distopia mecanicista al estilo de lo que acabaría plasmando en imágenes –curiosamente- un alemán, Fritz Lang, en “Metrópolis”.
Sin embargo, lo que hoy es un ejercicio lúdico propio de lo que se ha dado en llamar Historia Alternativa, en los años treinta y cuarenta era algo mucho más angustioso. De los avisos cada vez más explícitos de algunas novelas escritas antes del estallido de la guerra (como “La Noche de la Esvástica”, de Katherin Burdekin) se pasó al temor fundado en cuanto el conflicto comenzó. Los autores de entonces no pensaban en términos de “¿qué hubiera pasado si…?”, sino en “¿qué pasará si…?”




De repente, las fantasías más negras podían convertirse en realidad y Gran Bretaña estaba en la primera línea de combate, amenazada con sufrir, finalmente, la invasión tan temida durante casi un siglo. Y de la misma forma que en la Primera Guerra Mundial surgieron autores británicos que animaron a la sociedad a luchar y no dejarse vencer por la tentación de contemporizar (como fue el caso de “Cuando vino Guillermo” de H.H.Munro), ahora, en la Segunda, volvían a aparecer escritores que transmitían angustiosamente el mismo aviso. H.V.Morton, por ejemplo, seguía instrucciones del Ministerio de Información inglés cuando escribió “Yo, James Blunt”, en la que describía el proceso de “germanización” de la isla tras su invasión en 1944. El libro que ahora comentamos brevemente es otro ejemplo.

“Gran Cañón” fue publicada en 1942, en los días más oscuros de la Guerra, con Francia invadida, Gran Bretaña amenazada, el resto de Europa dominada, Rusia en jaque y Estados Unidos enredado en su propia guerra contra Japón. Era imposible entonces aventurar el desenlace de un conflicto que todavía se prolongaría tres largos años y por eso su hipótesis de una Alemania triunfante se siente menos como un experimento narrativo propio de la Historia Alternativa que como una inquietud muy real, la sensación de hallarse ante el final de una etapa de la Historia del propio país y del planeta en su conjunto.

En el libro, Alemania ha conseguido derrotar a Inglaterra para, a continuación, volverse hacia
Estados Unidos; pero no para prolongar el conflicto sino para, aparentemente, detenerlo. El gobierno americano acaba de poner un satisfactorio punto y final a su guerra con Japón cuando recibe una solicitud de mediación por parte de Alemania junto a los términos de un plausible acuerdo de paz basado en el statu quo anterior a 1939.

Por supuesto, se trata de un engaño. Engaño al que, sin embargo, los Estados Unidos se avienen por su deseo de figurar –¡ay, que poco han cambiado las cosas!- como los grandes artífices de la paz mundial. La novela examina las consecuencias de no haber puesto un definitivo punto y final a la guerra o, lo que es lo mismo, haber dejado a Alemania salirse con la suya con tal de detener la lucha.

A diferencia de otros relatos de “Nazis victoriosos”, “Gran Cañón” no está escrito al estilo de un thriller. Su prosa, muy cuidada, respira un fuerte tono lírico, mientras que las reflexiones y diálogos de los personajes tienen una cualidad que roza la abstracción. De hecho, durante la primera parte de la novela, su carácter de futuro especulativo se reduce a la mínima expresión.

Ambientada en un hotel emplazado en el borde del Gran Cañón, Arizona, la novela comienza
con el encuentro allí de dos extraños de mediana edad, Lester Dale y Helen Temple, dos exiliados de una Gran Bretaña ahora ocupada por los nazis. Junto a otros invitados y personal de ese establecimiento, ambos se recrean en una existencia autocontenida y apartada del nuevo orden global que la conclusión de la Segunda Guerra Mundial ha impuesto. Todos juntos forman una peculiar comunidad que pasa sus días comiendo, bebiendo y bailando.

Entonces, una noche, sin previo aviso, el ambiente festivo es interrumpido por el sonido de aviones que se aproximan. La invasión de América ha comenzado.
Los británicos sienten que la historia se repite. América nunca comprendió realmente el sufrimiento de Europa y la amenaza alemana, y cometió el error de preferir una paz incómoda pero segura a la prolongación de una guerra de dudoso final en la que empantanar sus tropas. Ahora llega el momento de pagar las consecuencias.

Así, la segunda parte del libro describe la invasión y las vivencias de los residentes en el hotel, ahora refugiados en el fondo del Cañón. Cuando éste se convierte en el nexo estratégico donde tendrá lugar la próxima gran batalla, Lester y Helen asumirán el papel de líderes de su pequeño grupo con la misión de conducirlo hacia un incierto futuro.

Aunque no tan conocida como otros miembros del grupo de Bloomsbury (un conjunto de
intelectuales y amantes de las artes que solían vivir o trabajar en el barrio londinense de ese nombre y entre los que se contaban Virginia Woolf, John Maynard Keynes o E.M.Forster) Vita Sackville-West fue sin duda el arquetipo de mujer liberada de comienzos del siglo XX. Hija de aristócratas, aceptó casarse por conveniencia a los 21 años con un joven diplomático con el que mantuvo un matrimonio “abierto” –en el que, sin embargo, nunca faltó el auténtico afecto- que incluía relaciones con miembros del mismo sexo. Así, Vita fue amante de la gran Virginia Woolf y la inspiración directa de su “Orlando”.

Vita inició su carrera literaria como poeta, obteniendo cierto éxito antes de pasar, a principios de los años treinta, a la novela social con especial énfasis en el papel que la mujer jugaba en ella. Sus dos principales títulos de esta época son “Los Eduardianos” y “Toda Pasión Apagada”. Pero su más original obra fue precisamente esta que ahora comentamos y que refleja claramente el cambio que experimentó la alta burguesía desde su sensual indolencia de los años veinte a la amarga percepción de la barbarie amenazante. Ello queda hábilmente reflejado en la novela mediante la tensión y drama crecientes que van acumulándose desde la existencia idílica descrita al comienzo del libro hasta la pesadilla de la guerra que sobreviene después.

Es una novela en la que Vita probablemente volcó sus propias emociones personales ante los bombardeos de la Luftwaffe alemana que llovieron sobre Londres y la angustia por un futuro que se adivinaba oscuro. Aún así, incluso en los pasajes en los que se describe la muerte y la destrucción, la autora nunca sacrifica la evocación de la belleza y la elegancia de la prosa a favor de un estilo más directo y contundente. Herencia, sin duda, de su etapa de Bloomsbury y su defensa de la importancia de la forma sobre el fondo.

“Gran Cañón” es una novela de ciencia ficción literaria que, probablemente, nunca pretendió ser considerada como tal. Escrita con la urgencia y sinceridad emocional propias de los tiempos de guerra, hoy puede leerse como el testimonio de los miedos y ansiedades de una generación ante la posibilidad de que todo lo que siempre conocieron se desvaneciera sustituido por todo aquello que siempre odiaron.

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