sábado, 31 de mayo de 2014

1949- 1984 - George Orwell (y 2)







(Viene de la entrada anterior)
 
Este deseo de controlar los pensamientos de sus ciudadanos ha llevado al Partido a manipular incluso el lenguaje. Uno de sus principales proyectos es el desarrollo de la Neolengua, un idioma oficial basado en el inglés pero modificado para limitar las ideas que puede formular: si uno no puede vehicular verbalmente una idea, no se puede pensar en ella. Así, su meta es clara: privar a la población de un vocabulario y una gramática con los que poder disentir. Por supuesto, equipos de traductores se ocupan de modificar los clásicos de la literatura adaptándolos a la Neolengua, suprimiendo por el camino las pasiones y pensamientos que el Partido considera poco acordes con sus principios.



El proyecto Neolengua es una parte integral de la ideología del Partido, según la cual, la “realidad” es una construcción socio-lingüística. Para el Partido, nuestra percepción de la realidad emana no de un acceso directo a dicha realidad, sino que es un producto de todo un sistema de conceptos y creencias preexistentes: la Verdad no está en función de la Realidad, sino de la política del Partido.

La relación de “1984” con la Ciencia Ficción no ha sido fácil. Cuando se publicó por primera vez, no fue como novela de este género. No es que fuera algo extraordinario. Muchos libros que hoy consideramos claramente como pertenecientes a la Ciencia Ficción, no lo fueron entonces ya que ese término no se popularizaría en Inglaterra hasta los años cincuenta. Pero años después, muchos de los que se consideran a sí mismos intelectuales, siguen negando que “1984” sea ciencia ficción, lo cual no hace sino demostrar su ignorancia.

En primer lugar, porque la historia se desarrolla tres décadas después del momento en que fue escrita, y eso, automáticamente, la convierte en ciencia ficción; en segundo lugar, porque integra inventos avanzados que no existían entonces, como las telepantallas o cierta tecnología bélica. Lo que ocurre es que, por otra parte, el régimen político y social que describe la novela no tiene espacio para la tecnología. El repetido eslogan acerca de controlar el futuro es circular y sin sentido: no hay futuro en Oceanía, sólo un perpetuo presente dominado por el Partido. Incluso el año del título refuerza esta noción: Orwell, escribiendo en 1948, simplemente intercambió las dos últimas cifras para llegar a esa fecha ficticia. A diferencia de la tradición instaurada por los libros especulativos (a los cuales, en buena medida, deconstruye), “1984” no es ficción futurista porque no hay futuro hacia el que los ciudadanos de ese mundo puedan progresar, social, política, cultural o científicamente.

Y, sin embargo, la fantasia de Orwell es, sin duda y por mucho que les pese a algunos, ciencia
ficción. Eso sí, el modelo que sigue no es tanto la fábula tecnológica de los pulps norteamericanos de los años veinte o treinta como la sutil y profunda ciencia ficción de, por ejemplo, Olaf Stapledon. Ello se percibe claramente en la parte final de la novela, durante el interrogatorio al que O´Brien somete a Smith. Porque lo que tiene lugar en las cámaras del Ministerio de la Verdad no son interrogatorios, puesto que Smith tiene poco que confesar y el Partido ya lo sabe todo antes de comenzar el procedimiento. En cambio, es O´Brien quien lleva el peso de la escena, apoyándose en largos monólogos. Hay quien interpreta estos pasajes como un defecto. Y es que no resulta obvio por qué Smith merece ese tratamiento especial.

La explicación reside en que este libro no debe ser leído de acuerdo a la lógica propia de las “novelas de personajes” que nacieron en el siglo XIX. De hecho, el propio O´Brien deja bien claro que en esa sociedad no es el individuo el que importa, sino el Partido, una nueva forma de cuasidivino ser inmortal: “ si el hombre logra someterse plenamente, si puede escapar de su propia identidad,
si es capaz de fundirse con el Partido de modo que él sea el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal “. La ausencia formal y conceptual de personajes es una de las razones por las que “1984” es una obra más vanguardista de lo que a menudo se piensa y de gran importancia no sólo para la ciencia ficción, sino en el marco del desarrollo de la novela del siglo XX.

Mencioné en la anterior entrega otras dos distopias consideradas clave en la CF y en las que se debatía una de las grandes cuestiones del siglo XX, la relación entre la ciencia, el poder y la política: “Un Mundo Feliz” y “Nosotros”. La primera fue escrita por Aldous Huxley, que fue, como dijimos, profesor de Orwell en Eton. Orwell y Huxley se encontraron por primera vez en el otoño de 1917, cuando ninguno de los dos tenía aún en mente sus respectivos libros por los que obtendrían la inmortalidad. Mientras profesor y alumno paseaban por los tranquilos pasillos de esa venerable institución, la historia avanzaba con rapidez más allá de Inglaterra. Rusia se hallaba al borde de la revolución bolchevique mientras que al otro lado del mundo Henry Ford impulsaba el capitalismo al hallar un método, el montaje en cadena, con el que fabricar un millón de coches baratos al año. Los trabajos de Orwell y Huxley reflejaron los miedos de un mundo que estaba transformándose, fracturándose y avanzando en direcciones opuestas al mismo tiempo. Huxley temía que aquello que más amamos, nos terminaría destruyendo; a Orwell pensaba que lo que odiamos, nos arruinaría.

Más allá de “Un Mundo Feliz”, el propio Orwell no sólo admitió haberse sentido siempre
fascinado por la CF, sino haberse inspirado en ella para escribir “1984”. Siendo un muchacho, había devorado tanto las revistas pulp norteamericanas como las novelas de Julio Verne o H.G.Wells. Aquella afición afloraría de nuevo en su profesión de escritor. En 1946, Orwell listó las cosas en las que creia: “…socialismo, industrialización, la teoría de la evolución… la educación universal obligatoria, la radio, los aviones…” Esa relación ponía de manifiesto su preocupación por el progreso y sus consecuencias sobre la sociedad. Durante su estancia en la BBC como editor, organizó programas con científicos como el biólogo evolucionista J.B.S.Haldane y el físico irlandés J.D.Bernal

En un ensayo escrito tras la Segunda Guerra Mundial, “¿Qué es la Ciencia?”, defendía la introducción del pensamiento crítico en la educación. Durante los años cuarenta, escribió sobre el avance industrial y la gran contradicción inherente a la idea del industrialismo: “La tendencia del progreso mecánico es hacer de lo que os rodea algo seguro y cómodo; y sin embargo os esforzáis para manteneros osados y duros. Estáis, al mismo tiempo, conteniéndoos y empujando desesperadamente… Así que en último término, el campeón del progreso es también el campeón del anacronismo”.

Además, de Huxley, la otra gran influencia de Orwell fue H.G.Wells. Él mismo reconoció el efecto que ese compatriota escritor tuvo en su juventud al inspirarle la idea de un cambio social: “allá por la primera década del siglo, descubrir a Wells fue una experiencia maravillosa para un muchacho… aquí tenía a ese fantástico hombre que podía hablarte sobre los habitantes de los planetas y el fondo del mar y que sabía que el futuro no iba a ser como la gente respetable se imaginaba”.

Pero Orwell no compartía la incondicional fe de Wells en la ciencia. En 1923, Wells había
escrito la novela utópica “Hombres como Dioses”, que ya comentamos aquí en su momento. En ella se describe un mundo en el que la ciencia ha eliminado la enfermedad. Wells, como muchos intelectuales de su tiempo, era un convencido partidario de la eugenesia: creía que los “indeseables” debían ser tratados como “un tumor maligno al que extirpar”. Para Wells, su sociedad de semidioses y científicos perfectos era una meta ideal. A Orwell le parecía una distopia fascista.

La idea política que con más tesón defendió Wells fue la del Estado Mundial. Esta sociedad, descrita por ejemplo en “La Liberación Mundial” (1914), consistiría en una meritocracia centralista que alentaría el avance científico; los nacionalismos desaparecerían de una vez por todas y la democracia, el gobierno de los mediocres, pertenecería al pasado. El ciudadano medio no recibiría la educación precisa para resolver las grandes cuestiones, porque éstas quedarían a cargo de quienes sí dispondrían de los conocimientos y, consecuentemente, del poder de decisión: ingenieros, científicos, planificadores… entre los que, supongo, se imaginaba el propio Wells.

En su ensayo “Wells, Hitler y el Estado Mundial” (1941), Orwell se muestra despiadado en su crítica a tales ideas. “La Alemania moderna es más científica que Inglaterra y mucho más bárbara. Gran parte de lo que Wells ha imaginado y por lo que ha luchado está ahí, en la Alemania Nazi”. Y eso es lo más amable que se puede encontrar en dicho ensayo. No es de extrañar que el propio Wells contestara a Orwell calificándolo de “mierda”.

La tercera gran referencia para entender “1984” es “Nosotros” (1924), de Yevgeni Zamiatin. Es más, se ha acusado repetidamente -y puede que no sin razón- a “1984” de ser un pastiche de esa antiutopía rusa. Aunque “Nosotros” no se publicó en Gran Bretaña hasta 1970, sí se había editado una traducción al inglés en los Estados Unidos en 1924, así como a otros idiomas en Europa antes de que Zamiatin muriera exiliado en París en 1937. Es muy posible que Orwell- y quizá Huxley antes que él- consiguiera una copia de ese libro en francés”. Si se lee “Nosotros” se ve inmediatamente que la idea orwelliana de un hombre contra el super Estado no era nueva ni original.

Brian Aldiss llega a apuntar la posibilidad de que Orwell también tomara prestados conceptos
de la particular ficción que el norteamericano A.E.van Vogt había ido desgranando en las páginas de las revistas pulp norteamericanas. Por ejemplo, la Neolengua bien podría ser una versión de la Semántica General de “El Mundo de los No-A”; el argumento del honrado hombre medio enfrentado al universo es asimismo propio de van Vogt…

La novela de Orwell, sin embargo, no se limita a ser, ni mucho menos, un revoltijo de ideas ajenas.

En su ensayo “Tú y la Bomba Atómica”, publicado en octubre de 1945, tan solo unos meses después de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, Orwell escribía con agudeza excepcional acerca de la nueva era del armamento nuclear que se avecinaba. Estaba, claramente, meditando sobre el negro futuro que imaginaría para “1984”:

“Tenemos ante nosotros la perspectiva de dos o tres monstruosos super Estados, cada uno de los cuales será poseedor de un arma con la que millones de personas puedan ser barridas en unos segundos, dividiéndose el mundo entre ellos”. Se ha asumido con cierta ligereza que eso significará guerras mayores y más sangrientas y, quizá, el auténtico final de la civilización mecánica”.

La visión de Orwell era una de superpotencias siempre enfrentadas pero al mismo tiempo tácitamente de acuerdo en no usar su armamento más devastador. Él no creía que ese equilibrio se rompería en forma de guerra nuclear total. De hecho, en “1984” describe cómo cada superestado se contenta con alentar conflictos locales en territorios fronterizos y alejados de los centros de poder, con el fin de mantener un continuo estado psicológico de miedo. Para cuando “1984” salió a la venta, la Guerra Fría ya era una realidad y, de hecho, fue Orwell quien inventó tal término en el ensayo que he mencionado. Su interpretación de la nueva geopolítica, no por menos apocalíptica más optimista, resultó acertada.

Por otra parte, a diferencia de sus predecesores utopistas como H.G.Wells o incluso los distópicos como Huxley, se identificaba con las clases más bajas de la sociedad aun cuando las encontraba repulsivas. Winston Smith, aunque asimilable a una clase media, comprende claramente que la única posibilidad de acabar con el estancamiento de esa pesadillesca sociedad reside en los “proles”: “ Si había esperanza, tenía que estar en los proles porque sólo en aquellas masas abandonadas, que constituían el ochenta y cinco por ciento de la población de Oceanía, podría encontrarse la fuerza suficiente para destruir al Partido. Éste no podía descomponerse desde dentro. Sus enemigos, si los tenía en su interior, no podían de
ningún modo unirse, ni siquiera identificarse mutuamente (…) Pero los proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspirar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana

Asimismo, las ideas de Orwell para una sociedad ideal son, por así decirlo, mucho más proletarias que las de Platón, Tomás Moro o el propio Wells. Nada de progreso científico deslumbrante, ausencia de guerras, paz social o eliminación de trabajos pesados para dedicarse en exclusiva a las elevadas tareas propias de la cultura, la filosofía y la ciencia. No, para gente como Winston Smith y sus semejantes sería suficiente disponer de una alimentación adecuada, privacidad, cierta comodidad material y una pareja sexual/sentimental.

A Orwell le preocupaban sobremanera los devastadores efectos de la ciencia y la tecnología. Escribió en 1937 que “Salvo guerras y desastres imprevistos, el futuro se imagina como una marcha cada vez más rápida de progreso mecánico; máquinas para ahorrar trabajo, máquinas para ahorrar pensamiento, máquinas para ahorrar dolor, higiene, eficiencia, organización… hasta que terminemos en la ya familiar “Utopía” wellsiana, acertadamente caricaturizada por Huxley en “Un Mundo Felix”, el paraíso de los hombrecillos gordos”.

Para Orwell, los avances científicos descritos en “Un Mundo Feliz”, no tenían ni sentido ni propósito. No había una razón clara de por qué la sociedad debería estratificarse de una forma tan grotesca y compleja como la que Huxley describía. La ciencia había hecho de la fuerza física algo innecesario. La vida “se había hecho tan inútil que es difícil de creer que semejante sociedad pudiera sobrevivir”.

Huxley había imaginado una tecnología excitante; Orwell la interpretaba como un instrumento
de control. En “1984”, la ciencia y la tecnología han avanzado tanto que podría haberse alcanzado una verdadera utopía; sin embargo, lejos de ese estado imaginado por H.G.Wells, el Partido mantiene deliberadamente la pobreza y la desigualdad para no perder el control. La insidiosa naturaleza de la cultura de la vigilancia de “1984” se materializa en las telepantallas y la Policía del Pensamiento. El Partido racionaliza el lenguaje y pervierte la Historia; se manipula el tiempo, las fechas y los acontecimientos; la ciencia de la información se utiliza como instrumento de control, subrayando el argumento de Orwell acerca de que “lo verdaderamente terrorífico del totalitarismo no es que cometa atrocidades, sino que ataca el concepto de verdad objetiva: afirma controlar el pasado tanto como el futuro”.

Como ya dijimos al principio, el impacto de “1984” se vio incrementado por el contexto en el que se editó por primera vez: el comienzo de la Guerra Fría, cuando los recuerdos del fascismo y el nazismo europeos aún estaban frescos y la retórica antiestalinista empezaba a cobrar impulso internacional. Así, la novela de Orwell pareció en su momento versar sobre temas y miedos de gran actualidad. Sus evocaciones de un futuro decadente resultaron especialmente vívidas en la Gran Bretaña de la posguerra, exhausta tras la guerra, despojada de su manto de gran potencia y sumida en la penuria material. Leída hoy, “1984” nos ofrece un vistazo a la psique del ciudadano medio británico de aquellos años. Pero en los Estados Unidos, el efecto fue diferente: la novela ayudó a alimentar la creciente demanda de advertencias sobre los horrores del estalinismo… en contra de la intención original del escritor.

Orwell había identificado el advenimiento de una nueva edad oscura. Para él, era necesario abordar un cambio social que se acompasara al frenético progreso de la ciencia y la tecnología y así “reinstaurar la fe en la comunidad humana”. La Guerra Fría, sin embargo, había creado la necesidad de una superarma ideológica… y la encontró en “1984” y su panorama desesperanzador en el que nadie tiene la menor oportunidad de victoria, ni siquiera la esperanza de obtenerla.

Lo que había sido descrito por el propio Orwell como un aviso contra los excesos que podrían
darse en Inglaterra en su intento de combatir el comunismo, se convirtió, contra sus deseos y alimentado por los medios de comunicación, en un instrumento de propaganda del bando occidental frente al encabezado por la Unión Soviética que anunciaba la llegada de una pesadilla de pasividad, control y pérdida de la individualidad. Y tuvieron éxito. La adaptación que realizó la BBC para la televisión en 1954 fue vista por más de nueve millones de espectadores. Fue un programa polémico que suscitó debates parlamentarios y quejas acerca de su naturaleza subversiva y terrorífico contenido.

Los militantes de izquierda se mostraban hostiles a “Rebelión en la Granja” o “1984” porque decían que atacaban el socialismo. Tenían razón. Pero los lectores simpatizantes de la derecha que aplaudían esas mismas obras, no se daban cuenta de que, por ejemplo, el Ministerio de la Verdad o la demonización de Goldstein, se referían a ellos. En lugar de facilitar la reflexión y un entendimiento más claro de la situación, la novela de Orwell se había convertido en una propaganda que animaba a millones de personas a seguir interpretando el enfrentamiento Este-Oeste en términos de blanco y negro.

Indignado por el sesgo anticomunista que los periódicos norteamericanos de tendencia republicana habían extraído de su novela, Orwell escribió una declaración desde la cama del hospital donde pronto moriría, a los 47 años de edad, en 1950. En ella, acusaba a los medios y las autoridades de tratar de manipular a los habitantes de los países occidentales, ya fueran socialistas o liberales, con el fin de prepararlos para una guerra contra la URSS. Asimismo, veía peligroso que los intelectuales de todas las inclinaciones ideológicas aceptaran como inevitables o incluso deseables las tendencias totalitarias.

“1984” es una novela dura cuya visión del futuro no ha satisfecho a otros autores de ciencia
ficción. El propio Ray Bradbury, autor de otra distopia imprescindible como “Fahrenheit 451”, declaró en una entrevista de 1979: “El “1984” de Orwell cumplió treinta años este verano. No hay ni una mención al viaje espacial en ella como alternativa al Gran Hermano, como forma de escapar de él. Eso demuestra lo miopes que eran los intelectuales de los años 30 y 40 acerca del futuro. No querían ver algo tan emocionante y revelador como el viaje espacial. Porque podemos escapar, y escapar es muy importante, tonificador para el espíritu humano. Escapamos de Europa hace 400 años y fue para bien”.

Pero aun sin naves ni aventuras espaciales, “1984” ha resultado ejercer más influencia en la conciencia popular de Estados Unidos y Gran Bretaña que cualquier otra novela de ciencia ficción. Es más, se trata de uno de los libros de este género más influyentes de toda la Literatura al ofrecer algunas de las imágenes e ideas más perdurables y conocidas de la cultura occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial. Palabras y frases del libro como “Policía del Pensamiento”, “Doblepensar” o “El Gran Hermano te Vigila” se han convertido en parte del lenguaje inglés, siendo utilizadas incluso por aquellos que nunca han leído el libro. Hasta la palabra “orwelliano” se utiliza para describir cualquier cosa opuesta a una sociedad libre.

George Orwell murió tan solo un año después de publicar “1984”. Pero su obra, de estilo claro, sobrio y honesto y su original manera de exponer ciertas ideas que no eran ya nuevas, le han sobrevivido y lo seguirán haciendo aún mucho tiempo. Como he dicho, en 1954, la BBC realizó una adaptación televisiva, y treinta años más tarde se estrenó una cinematográfica dirigida por Michael Radford. Su influencia literaria ha sido también muy importante, con sucesores directos como “La Naranja Mecánica” (1962) de Anthony Burgess, especialmente recordada por el uso que las autoridades realizan de reacondicionamiento psicológico.

La pervivencia de “1984” en nuestra cultura ha tomado otras formas y caminos. Apple anunció
por primera vez su ordenador Macintosh mediante un corte televisivo emitido el 22 de enero de 1984, en el descanso del tercer tiempo de la Super Bowl. Fusionando diversos iconos de la ciencia ficción, el director de aquel anuncio fue nada menos que Ridley Scott, bien conocido ya entonces por sus magistrales “Alien” (1979) y “Blade Runner” (1982). En aquel minuto escaso, se nos mostraba una atlética heroína rubia que, como Dorothy en “El Mago de Oz”, aparecía en color contrastando con el mundo monocromo en el que se desenvolvía. Vestida con un top en el que figuraba el logo de Apple y un mazo en las manos, esta rebelde corre hacia el espectador huyendo de un anónimo ejército de policías y atravesando filas de obreros esclavizados salidos del “Metrópolis” de Fritz Lang que miran idiotizados una pantalla en la que un Gran Hermano –que representa a IBM- les alecciona con voz estentórea: “Hoy, celebramos el primer glorioso aniversario de las Directivas de Purificación de la Información. Hemos creado, por primera vez en nuestra historia, un jardín de pura ideología en el que cada obrero puede florecer, a salvo de las plagas que venden pensamientos contradictorios. Nuestra Unidad de Pensamiento es un arma más poderosa que cualquier flota o ejército de la Tierra. Somos una sola persona. Con una sola voluntad, una sola resolución, una sola causa. Nuestros enemigos hablarán hasta morir y los enterraremos en su propia confusión. ¡Prevaleceremos!”. Entonces, la joven guerrera lanza el martillo contra la pantalla, todo explota y se anuncia un mundo nuevo. La imagen final del anuncio unifica el mensaje visual y sonoro: “El 24 de enero, Apple Computer presentará Macintosh. Y verán por qué 1984 no se parecerá a “1984”. Era una clara y deliberada referencia a la famosa distopia de Orwell en la que la individualidad queda suprimida.

Los PC aparecieron en los años 70 como herramientas utilitarias; en los 80, ya eran objetos de consumo doméstico definidos no sólo por su valor, sino por los significados, expectativas e ideales que la publicidad les otorgaba. La campaña de Apple aludía a los valores subversivos y revolucionarios del hacker ciberpunk. Con este anuncio de 1984, Apple identificaba a Macintosh con una puerta al poder, una interpretación de su PC como un arma con la que combatir contra la conformidad y afirmar la propia individualidad en un mundo dominado por las corporaciones –aún cuando ella misma era ya un gigante multinacional-.

No sólo “1984” es uno de los libros de ciencia ficción más famosos de todos los tiempos y uno de los mejores del subgénero distópico, sino que, en un mundo políticamente muy diferente del que lo vio nacer, no ha perdido relevancia ni interés. Puede que el comunismo y el fascismo ya no existan como tales, pero en este planeta nuestro, cada vez más globalizado y controlado por grandes consorcios capitalistas (comerciales, energéticos, mediáticos) siguen existiendo multitud de intereses que, como el Partido, pretenden que veamos la realidad e interpretemos el pasado no como es, sino como a ellos les conviene.

La sociedad descrita en el libro, una población de zombis sin criterio propio, esclavos de un sistema que aparentemente funciona a la perfección pero que en realidad condena a la mayor parte de sus ciudadanos a una vida dominada por la precariedad y las privaciones, guarda alarmantes semejanzas con el mundo que estamos creando, una percepción que no es nueva. En 1954, el historiador de la ciencia norteamericano Lewis Mumford declaró que el mundo del Gran Hermano “ya quedaba incómodamente claro”; el científico social William H.Whyte citó la influencia de Orwell en su ensayo superventas de 1956, “El Hombre de la Organización”, en el que se examinaban las dictaduras corporativas de compañías como General Electric o Ford. El sociólogo David Riesman explicó la popularidad de las distopias: “Cuando los gobiernos tienen poder para destruir el planeta, no resulta sorprendente que las novelas anti-utópicas como “1984” sean populares, mientras que el pensamiento político utópico… casi desaparezca”.

Hoy, las autoridades de los países desarrollados ejercen una continua vigilancia sobre la vida
pública y privada a través de cámaras urbanas, radares, satélites, ordenadores o televisiones interactivas. No es algo tan extremo como lo que Orwell describe, de acuerdo –al fin y al cabo nunca pretendió predecir nada con exactitud, sino describir una situación de su tiempo exagerando sus matices-, pero un fenómeno que hubiera resultado inadmisible cincuenta años atrás, el de la vigilancia global, lo hemos asumido y convertido en cotidiano ante las afirmaciones de los gobiernos de que, como en el mundo de Orwell, todo lo hacen para velar por nuestra seguridad…y libertad.

La visión que nos ofrece “1984” es extrema, deliberadamente repelente y, al mismo tiempo, fascinante. Como sátira de la política –cualquiera que sea su ideología- y los efectos corruptores del poder, no tiene igual en ninguna otra obra anterior o posterior. Es una de esas novelas por las que el siglo XX no sólo será recordado, sino juzgado.


7 comentarios:

  1. Excelente trabajo de reseña el que nos ofreces aquí.

    Muchísimas gracias.

    Carlex.

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  2. Gracias a ti por pasarte por aquí y dejar tu opinión. Un saludo.

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  3. ...excelente su trabajo!! realmente "1984" nos dá la idea de que no hemos aprendido nada de los horrores del pasado..muchas gracias por compartir sus conocimientos!!

    Rubén

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  4. Por fin tengo el gusto de leer y disfrutar esta segunda parte de tu díptico dedicado a esta gran obra; nuevamente me has hecho ver con ojos más críticos su gran significancia,,,¿Dedicarás algún articulo a su genial peli de los ochenta?

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  5. Hola Elwin. Gracias por tus comentarios. En cuanto a la película, sí, espero poder colgar el comentario en fechas próximas. Permanece atento... Un saludo.

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  6. Hermosa reseña.

    Leí el libro hace unos años (lamentablemente lo perdí) y es increíble su influencia, y vigencia.

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  7. Gracias por tu comentario. Y te animo a recuperar el libro -no tendrás problemas, se reedita continuamente también en ediciones baratas- y lo releas cuando estés en el adecuado estado de ánimo. El libro aguanta subsiguientes relecturas sin problemas y esa es una de las razones de que siga siendo un clásico no solo de la CF, sino de la literatura del siglo XX.

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